Silvia Pérez Cruz

domingo, 31 de julio de 2016

La trampa del teléfono - Vanesa Pérez-Sauquillo - España


Caía fatalmente en la trampa del teléfono
que como un abismo atrae a los objetos que lo rodean
Nicanor Parra

Éste es mi contestador automático.
Para herir, simplemente marque 1.
Para contar mentiras que me crea, marque 2.
Para las confesiones trasnochadas, marque 4.
Para interpretaciones literarias producto del alcohol, marque 6.
Para poemas, marque almohadilla.
Para cortar definitivamente la comunicación,
no marque nada, pero tampoco cuelgue,
titubee en el teléfono (a ser posible durante varios meses)
hasta que note que voy abandonando el aparato
a intervalos de tiempo cada vez más largos.
No desespere. Aguante.
Espere a que sea yo la que se rinda.
Le evitará cualquier remordimiento.
Gracias.

viernes, 29 de julio de 2016

América en el idioma de la memoria - Gioconda Belli - Nicaragua


I
He oído la lengua de mis antepasados en sueños.
He visto sus figuras en habitaciones confusas,
que sólo puedo nombrar con el habla ajena
de quienes para siempre los confinaron
a la región de las sombras.
No entiendo sus palabras,
pero en los sueños se alargan como palmeras,
brillan como las plumas del Quetzal.
¿Cómo habrán sido los mercados de Tenochtitlan,
el pregón de los vendedores de penachos de papagayo,
la voz de la mujer ofreciendo quequisques o yuca,
la sombría voz del vendedor de papas?
¿Con qué palabras sonando a río o aguacero,
se declararían el amor el héroe del juego de pelota
y la muchacha dulce con las cestas de jipijapa?
Las palabras de los pueblos se parecen a sus montañas
y a sus lagos,
se parecen a sus árboles, a sus animales.
¿Cómo sería la lengua que hablaría de los ceibos
y los jaguares,
de la luna incasdescente y ecuatorial,
de los volcanes erectos?
He oído la lengua de mis antepasados
en sueños.
En habitaciones confusas que sólo puedo describir
con la lengua del despojo.

II
Ocultamos nuestros Dioses,
nuestros mitos,
bajo la púrpura vestidura de sus santos.
Recreamos su idioma.
Lo rehicimos nuestro,
le hicimos decir la lluvia torrencial,
y el dulce ulular de la quena,
la altura de los Andes,
y la selva impenetrable del Amazonas.
Nos cambiamos los nombres para sobrevivir,
pero el mundo lo nombramos
con códigos y códices que aún ahora les son indescifrables.
Nos quisieron cambiar de piel,
pero untamos de cacao sus genes
para engendrar el chocolate claro
y el chocolate quemado:
hombres y mujeres de chocolate
poblando de nuevo el Continente
del Trueno y la Desolación.

Reconstruímos nuestras ciudades magníficas
México, Buenos Aires, Lima, Río
y guardamos en lo más hondo de nuestras tinajas
la sabiduría de nuestra memoria avasallada.

III
No triunfamos.
Éramos inocentes y hablábamos a la Tierra con respeto,
como huéspedes, no como Señores.
Sacrificábamos la Vida al Sol
ellos, en cambio, se la ofrecían al oro,
que no hace más que imitarlo.
La Tierra era nuestra cómplice.
La honrábamos, la celebrábamos.
Ellos no amaban la Tierra,
la despojaban como si les perteneciera,
igual que nos despojaron a nosotros
como si también les perteneciéramos.
Nos obligaron a usar sus palabras
a vestirnos con sus ropas.
Nos obligaron a adorar al Dios
que ellos mismos habían crucificado.
Ni siquiera de la culpa que sentían por su muerte nos eximieron
diciéndonos que también había muerto por nosotros
y que teníamos que pagar con nuestras vidas
el pecado de no conocerlo.

IV
He oído la lengua de mis antepasados
en sueños.
En sueños he escuchado sus gritos.
El crujir de sus genitales,
el dolor de los partos mestizos,
de los hijos de las violaciones.
Ya no pudimos nombrar a los niños
con nombres de flores, de cactos, de árboles
de constelaciones.
Apredimos a contar el tiempo con sus medidas
y llamamos a los días con sus nombres extraños.

V
¿Quiénes somos?
¿Quiénes son estos hombres, estas mujeres sin lengua,
escarnecidos por su color,
por sus pieles, sus plumas y sus adornos?
Para que no leyéramos más que sus códices,
quemaron los nuestros en altas piras incendiarias.
Nuestra historia, nuestra poesía, los anales de nuestros pueblos
nos llenaron de humo los cuencos de los ojos,
nos llenaron de lágrimas las entrañas.
Ardieron los amates pintados cuidadosamente por los escribas.
Ardieron las historias que nos hacían ser lo que éramos.
¡Cómo aullaban los viejos en las plazas,
viendo arder los nombres de sus padres en el fuego!
Ah! noche larga, noche triste de las cenizas!
Noche en que nos quedamos sin manos,
sin lengua, desmemoriados!

VI
La Tierra nos salvó, la sangre, el color de las frutas,
el vahido del viento en los desfiladeros de Machu Pichu.
Se apropiaron de todo pero la Tierra nos seguía cantando,
las Cataratas del Iguazú, el Titicaca, el Orinoco, la Pampa,
Atitlán, Momotombo, Tikal, Copán.
La Tierra conocía el toque de nuestras manos:
Los volcanes nos hablaban; los ríos nos lavaban las lágrimas,
la selva nos escondió.
A ellos los acababa la nostalgia.
El oro les cobraba su precio. Se mataban entre sí.
Se hundían sus barcos. Sus hijos los desconocían.
En los vientres de nuestras mujeres se fueron extinguiendo.

VII
He oído la lengua de mis antepasados,
en sueños.
En sueños he escuchado sus risas.
Paciente la paciencia,
la resistencia.
Siglos de silencio, de espera.
El tiempo fluído haciendo espirales,
subiendo desde los desiertos de la Patagonia,
cruzando los Andes, las cordilleras, el trópico húmedo,
las praderas de los búfalos.
El hombre de las grandes ciudades destruye su mundo.
El hombre, la violencia, cava túneles bajo sus pies,
socava los cimientos de los ídolos forasteros.

Los ojos de América aguardan el retorno de Quetzalcoalt
                      -la serpiente emplumada-

He oído la lengua de mis antepasados
en sueños.
Sueños que nunca duermen.

miércoles, 27 de julio de 2016

Azul hasta ayer mismo - Vicente Valero - España


Y ahora que tiro al mar esta botella,
que no recogerán los muertos (ni los vivos),
puedo ver hasta dónde llegan hoy
mis fuerzas, mi esperanza de volver.
                                                Con los ojos
llenos de sol, ando descalzo,
como uno más de entre los suplicantes
de Cabo Sur, y como si buscara (me dicen)
alguna cosa sin sentido, absurda
de verdad. Voy por la playa del mediodía
pensando en lo que pudo ser
y en cómo ahora lo que yo veo o toco o digo
me abandona continuamente: es humo
muy espeso (o ceniza, o niebla roja y sucia,
impenetrables, sin final...) Azul
hasta ayer mismo, el mar parece otro,
un poco más cansado o viejo.
Y entre las ropas de los que se van ahogando
-en silencio, desnudos, por el fondo-
hay pájaros que no conozco aún.

(Que un día, y sólo porque tal vez imaginamos
otro país más nuestro, otro lugar
donde vivir, salimos a oscuras de nosotros,
de lo que sospechamos ser, crecidos -se diría-
por este manantial de signos imposibles,
para llegar exhaustos nuevamente
a lo que somos de verdad: sólo sombras
que va cambiando el sol de sitio... Y todo,
todo lo que hemos aprendido aquí
consiste en esto: caminar
es sólo una manera de buscarnos,
una manera de decir que sí, sin lágrimas,
una promesa extraña y dulce:
la ilusión de encontrar una puerta cerrada
que podamos abrir nosotros mismos.)

Por eso hoy tiro al mar esta botella.

El mediodía crece y casi no se ve
ya nada. Todo es aire detenido,
espeso, sucio y lleno de verano.
Hace calor y escupo únicamente
todo el salitre que hay en mí.
                                      Las aguas saben
sólo a sol, mientras busco
unas pocas razones para empezar de nuevo,
una vez más, descalzo y solo.

Y en sí mismo este mar, que no conoce a nadie,
que no sabe qué hacer con la botella,
también es poca cosa (me dicen), hasta que yo
me acerco solamente, cada día,
para ver cómo flotan sin alimento, a oscuras,
como las placas de alquitrán, mis fuerzas
y mi esperanza de volver...
De Vigilia en Cabo Sur, 1999

lunes, 25 de julio de 2016

Ubi sunt?/ 7 - Los estudiantes - Piedad Bonnett - Colombia


Los saludables, los briosos estudiantes de espéndidas sonrisas
y mejillas felposas, los que encienden un sueño en otro sueño
y respiran su aire como recién nacidos,
los que buscan rincones para mejor amarse
y dulcemente eternos juegan ruleta rusa,
los estudiantes ávidos y locos y fervientes,
los de los tiernos cuellos listos frente a la espalda,
las muchachas que exhiben sus muslos soleados
sus pechos, sus ombligos
perfectos e inocentes como oscuras corolas,
qué se hacen
mañana qué se hicieron
qué agujero
ayer
se los tragó
bajo qué piel
callosa, triste, mustia
sobreviven.

sábado, 23 de julio de 2016

El otro laberinto (J. L. B.) - Antonio Jiménez Millán - España


A Luis García Montero

No hablaba usted de ofensas y venganzas
que conmovieron muros de ciudades antiguas,
ni de sagas perdidas en los siglos,
sino de un país, el suyo, tan próximo y cruel
como un gobierno infame.
                                    Recuerdo su ironía
al presentarnos -"Yo no soy joven y no sé
si alguna vez he sido poeta"-, nuestro miedo
también. ¿Qué podíamos decirle entonces,
si en una sola frase desplegaba
esa mitología personal
que usted fundó y a veces convertían
en voz extravagente, en anécdota y humo?
La habitación discreta,
el rostro del general San Martín
detrás de su figura casi inmóvil...
Desde la noche de otro continente
cuyas ruinas ya estaban en sus libros
le recuerdo ahora, cuando ya no soy joven
y sé que tuvo usted mucha paciencia
llenando ese silencio que nosotros
no éramos capaces de romper;
su memoria nos trajo el nombre de al-Andalus,
las novelas de Cansinos-Assens, los años
en que algunos poetas de vanguardia
tenían secretarios que dictaban
imágenes audaces.
                         Al salir,
la gente discutía de política. Pensábamos
en un tiempo cercano al de sus fábulas,
el otro laberinto: hay una casa que nunca volveré a pisar,
una mirada vacía que no tendré delante.
Quedaba solamente
aquel frío de julio en Buenos Aires.

jueves, 21 de julio de 2016

El parque Bryant - Eduardo Mitre - Bolivia


Por la poderosa avenida
que ella sola iluminaba
se detuvo en una esquina,
me indicó el parque Bryant.

Juntos cruzamos la calle.
Nos sentamos en un banco,
mejilla con mejilla
nos quedamos mirando
las piruetas del agua,
los sicomoros tan altos,
el vaivén de las ramas
al compás de la brisa.

Así toda la mañana
en amorosa alianza
ella me enseñaba los seres,
yo se los nombraba.

Cerca del mediodía,
la sirena de la ambulancia,
los coches de la policía,
las nubes de la desgracia
que pasan todos los días,
nos echaron sin movernos
del parque Bryant.
De El paraguas de Manhattan, 2004

martes, 19 de julio de 2016

David Teniers - Carlos Pardo - España


Teniers pintó con látigo de ámbar
la oscuridad doméstica
frente a la luz
de caminos y cortes;
sonrió al fumador de opio, al viejo mono
de saberes herméticos;
llegó a una comprensión del cuerpo humano
como sólo podría tenerla un tabernero:
vaina hueca,
sonajero de polvo y carcajada.
Un día, previsor,
pensó una arquitectura
de bosques recogidos, periferia,
lecciones, chubasqueros,
fidelidad al alma del antídoto
y de la picadura.

Viene el alba
con un tizón de culpa.
Aceptaré no ser
buena persona,
recorreré el camino de la intención al gesto.

Teniers murió
y Rubens es un pez
en manos de los supersticiosos.

domingo, 17 de julio de 2016

Memento mori/ 6 - El mar de las tinieblas - Marco Martos - Perú


Carta Moral a Lucilio
Escribe Séneca (40 d. C.)

Solitario y débil,
el buey viejo
quiere pasto tierno
y los hombres,
no muy diferentes,
somos alimento
diario de la muerte.
Nuestros cocineros
circulando entre los fuegos
preparan manjares para muchos
y los labriegos en Sicilia
y en África, y acaso más allá
del mar de las tinieblas, siembran
hierbas aromáticas, hortalizas y frutales
para alimentar a Roma y a las ciudades
de los cuatro confines
en cada uno de los imperios.
Cada quien defiende con los dientes
su verdad en el foro.
Con discursos y denuestos
los antagonistas se acompañan.
La mujer discute con el marido.
Ambos escuchan el eco
de dos voces y como esto no les basta
engendran al hijo entre sollozos.
Condición del hombre es estar solo,
vivir lo breve en la incertidumbre.
En cualquier cosa que hagas, Lucilio,
pon tus ojos en la muerte.
Consérvate bueno.
(El mar de las tinieblas, 1999)

viernes, 15 de julio de 2016

Susana ve pasar los barcos - Martín López-Vega - España


A Susana Reisz, en Roosevelt Island

Susana ve pasar los barcos cada noche
Ella está sentada frente a su ventana
escuchando a los héroes de Haendel
en la voz de Andreas Scholl
mientras su memoria le dicta insomne
No estamos hechos de las cosas que recordamos
Estamos hechos de cuanto no conseguimos olvidar
Y ve pasar los barcos Cada noche ve pasar los barcos

Barcos que no sabe adónde irán
Barcos que tal vez sean los mismos cada noche
Barcos insomnes Barcos centinelas

Susana ve pasar los barcos como preguntas
No dejan estelas Dejan signos de interrogación
Susana ve pasar los barcos como días
No dejan cicatrices Pero sí el dolor de las cicatrices

Cicatrices que ya no se recuerda de qué golpe fueron
Cicatrices que tal vez ni siquiera fueran nuestras
Cicatrices memoriales Cicatrices que son fuentes

Susana ve pasar los barcos cada noche
No les hace ningún gesto Pero a su modo los despide
Les dice Ah salúdenme a aquel que ya no conoceré
Denle recuerdos a aquella que fui

Susana sabe que los barcos no la escuchan
Pero se llevan sus saludos que no llegarán a su destino
Que acabarán en algún lugar del que todo lo ignora

Susana ve pasar los barcos Cada noche ve pasar los barcos.
Ombra mai fu (Aria de Xerxes) - Haendel
Andreas Scholl

miércoles, 13 de julio de 2016

Mujer en la esquina - Santiago Sylvester - Argentina


De lo que se trata es del intercambio: ella tiene hambre, yo
      no tengo conocimiento; y si cada uno espera que caiga su
      ración del cielo, ya podemos despedirnos sin aliviar la carga.
Siempre ha habido estos pactos: ella con un naipe distinto
      en cada caso, yo eligiendo la carta para ver si acierto;
ella, yegua de Parménides llevándome camino arriba, yo
      olfateando el rastro con precipitación;
y así, necesitados ambos de lo que el otro tiene y no guarda
      para sí, buscamos lo excitable de la especie para alcanzar el
      peso, la saliva del otro, la célebre unión de las mitades.

Ella siempre con historias exitosas (todas tristes), y yo
         atestiguando lo que he dicho:
                   que si espera en la calle
                   se debe al intercambio,
                   si entra en el bar y llama por teléfono,
                   si disloca hasta morir la mandíbula del alma
                   y se ríe cuando corresponde llorar
                   se debe al intercambio: esas partes separadas en
                            busca de lo mismo.

Y es todo lo que sé.
Pero ella sabe más:
      sin salir de la esquina
      conoce el mar por el tripulante a deshora,
      el mercado por el olor de unas manos,
      la vaca por el carnicero;
y si no quiere ni oír
hablar del corazón, acostumbrada
      como está a la charla,
      es porque sabe que ahí cruje la madera.
      El corazón es puro esteticismo.
De Escenarios, 1993

lunes, 11 de julio de 2016

El esperado - Jordi Doce - España


El tiempo ayuda al mito de lo que no sucede.
Él vendrá o ha venido, no se sabe a fe cierta,
abundan los rumores mas no hay pruebas,
pudo ser aquel viejo de la capa raída
o el callado extranjero que no salió del cuarto
durante días, ¿quién podría asegurarlo?
Mejor no decir nada, mantener la vigilia,
dar órdenes precisas a guardias y aduaneros,
dibujar en el sueño el rostro de quien nunca
dio señales de vida ni declaró su nombre,
en la espera y deseo de que alguna mañana
se anuncie en una vuelta del camino,
incorpore su rostro a nuestro asombro
tan sólo por hallar a sus creadores,
por saber que fue cierta nuestra imaginación.
De Otras lunas, 2002

sábado, 9 de julio de 2016

El muchacho saltarín - Geoffrey Hill - Gran Bretaña


1.
He aquí el muchacho saltarín, el muchacho
que salta mientras hablo.

Está a sus anchas en el camino real,
a oídos de la casa alta, su ciego
alero, los árboles; conozco este lugar.

La senda, en gruesas líneas fuera del campo de visión,
se acaba en cualquier parte pero no en Lyonnesse,
aunque es de Lyonnesse de donde he de traerte,

por huertos tenebrosos, a través de las lomas
de tojo de la antigua tierra comunal
devuelta en todas partes al futuro de la memoria.

2.
Brinca porque siente una seria
alegría al brincar. Los ojos de la chica

tienen vedado el paso, o bien ella
está a un paso, a cubierto, y nosotros,
sin saber cómo, debemos saberlo.

Apuesto que idolatra su cabeza plebeya
de balín, sus aladas zapatillas de lona
de nuevo Hermes, su abollado casco de juguete

sujeto con elásticos. Está ganando
una guerra justa y trascendental
contra la gravedad.

3.
Tal vez sea un caso de levitación. Yo
podría hacerlo. Dar a su nuevo cuerpo
mi remembranza. Tales incidentes ocurren.

4.
Sigue saltando, saltarín; el muchacho que fui
grita vamos.
De Without Title, 2006
Traducción de Jordi Doce

El pasado 30 de junio fallecía de forma repentina en su casa de Cambridge el poeta Geoffrey Hill, considerado por muchos críticos —entre ellos Harold Bloom o George Steiner— como la figura central de la poesía británica de posguerra. Su muerte es algo así como el final de una era: con ella se apaga definitivamente la constelación de grandes nombres —Philip Larkin, Ted Hughes o Charles Tomlinson— que dominó la poesía de las islas durante medio siglo, renovando el curso de la tradición nativa sin descuidar las vetas más apreciables de la vanguardia.

Hill ocupó desde muy pronto un lugar aparte por la severidad y el rigor formal de su propuesta. Desde la publicación en 1959 de su primer libro, For the Unfallen, fue saludado como un talento indiscutible: la intensidad barroca de su escritura era un modelo de precisión y energía capaz de resolverse a cada instante en versos memorables, y a la vez de crear conjuntos mayores que la suma de sus partes, pegados al matiz, la imagen luminosa y esa forma de meditación pública que es el soliloquio. Él mismo definió la poesía como "un triste y colérico consuelo" [...]

Hombre de amplias y singulares lecturas, sus maestros literarios fueron Milton y los metafísicos ingleses, la poesía barroca española —que leyó con sabiduría: su versión del soneto "Qué tengo yo, que mi amistad procuras", de Lope de Vega, incluida en Tenebrae (1978), es sencillamente un prodigio— y luego, dando un salto en el tiempo, el esteticismo puritano de John Ruskin y Gerald Manley Hopkins. La influencia del romanticismo le llegó tarde, pero informa algunos poemas breves de senectud donde la visión de la naturaleza es siempre correlato de un malestar moral (solo Hill es capaz de mirar un paisaje y persuadirnos de que duele). Aunque tiene puntos de contacto con el Eliot de Cuatro cuartetos, su estilo es mucho más denso y alusivo.

Hill fue célebre durante años por la parquedad de su obra. Pero el tratamiento a base de litio con que combatió su depresión crónica a comienzos de la década de los noventa lo convirtió en un poeta de inmensa productividad. El viejo laconismo dio paso a una escritura locuaz, traviesa y erudita que todo lo convierte en materia de canto y de cuento. Entre sus libros destacan King Log (1968), Mercian Hymns (1971), Canaan (1997), The Triumph of Love (1999), Speech! Speech! (2000), Without Title (2006) o A Treatise of Civil Power (2007). En España el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de la Laguna editó en 2003 una breve muestra de sus primeros dos libros con el título de Veintisiete poemas, a la que siguió en 2006 una edición bilingüe de Himnos de Mercia (DVD Ediciones). JORDI DOCE

jueves, 7 de julio de 2016

Cinco poemas orientales - José María Memet - Argentina-Chile


EL SAMURAI

En el hacer del pensamiento,
la velocidad consiste en detenerse.

Un guerrero de la irrealidad
se engrandece en su propio pasado.

Soñar con un león que ataca
es parte del valor.
Abandonar el sueño y no luchar
es un legado de nuestra
futura derrota.

Hinca rodillas en la tierra,
saluda a las millones de especies
que rodean tu espada.
Es algo serio ser Samuray.

Si de lastimar hablamos,
el ser humano
es el único que merece el daño.


LA SENDA

El camino de un hombre
es extraño y persistente.

Si apresura el paso y luego corre:
árboles, personas y animales
quedan atrás vertiginosamente.

Darse cuenta que sin aliento
todo resulta opresivo,
es parte de la sabiduría.

Los seres humanos
-sin excepción-
se detienen algún día
para mirar la arena que cae en el reloj
y observar de reojo
cuán lejos han llegado.

Una casa invisible
-incluso aguzando la mirada-
es imposible de ver.

Tras una vida intensa,
sentarse a descansar es placentero;
pero más agradable
es echarse a dormir profundo
bajo el árbol que te vio crecer.

El camino de un hombre
es extraño y persistente.

Sólo el rumor de los poblados determina su camino,
incluso determina el lugar donde morir.

Fundar un hogar
-en la casa invisible de esta vida-
es tarea de elegidos.

La poesía
es una aldea
que sigue imperturbable.


EL FIN

A la manera de Pound
Conversar con los mediocres no es prudente
dicen los ancianos por la tierra;

son tristes palabras en la boca
ni cien caballos pueden alcanzar a la lengua
y sin honor los hombres caen en la servidumbre

La grandeza de un maestro se hace clara
al no preocuparse por ser un desconocido,
sino por hacer algo digno de conocerse.

El hombre debe sostenerse a sí mismo,
volver a los ritos, escuchar las voces ancestrales.

El eje inconmovible es éste:
poner los ojos en la mente
y de ahí actuar.


LA IMAGEN

Repetir una expresión.

En silencio
escuchar
como el sonido
pierde fuerza.

En vigilia
esperar
que vuelva
a pronunciarse.


LA SENTENCIA

La
poesía
como
el
universo
está
en
expansión.

Construir
memoria
es
tarea
de
los
hombres.

martes, 5 de julio de 2016

El adiós - Yves Bonnefoy - Francia


L'adieu

Nous sommes revenus à notre origine.
Ce fut le lieu de l'évidence, mais déchirée.
Les fenêtres mêlaient trop de lumières,
Les escaliers gravissaient trop d'étoiles
Qui sont des arches qui s'effondrent, des gravats,
Le feu semblait brûler dans un autre monde.

Et maintenant des oiseaux volent de chambre en chambre,
Les volets sont tombés, le lit est couvert de pierres,
L'âtre plein de débris du ciel qui vont s'éteindre.
Là nous parlions, le soir, presque à voix basse
A cause des rumeurs des voûtes, là pourtant
Nous formions nos projets : mais une barque,
Chargée de pierres rouges, s'éloignait
Irrésistiblement d'une rive, et l'oubli
Posait déjà sa cendre sur les rêves
Que nous recommencions sans fin, peuplant d'images
Le feu qui a brûlé jusqu'au dernier jour.

Est-il vrai, mon amie,
Qu'il n'y a qu'un seul mot pour désigner
Dans la langue qu'on nomme la poésie
Le soleil du matin et celui du soir,
Un seul le cri de joie et le cri d'angoisse,
Un seul l'amont désert et les coups de haches,
Un seul le lit défait et le ciel d'orage,
Un seul l'enfant qui naît et le dieu mort ?

Oui, je le crois, je veux le croire, mais quelles sont
Ces ombres qui emportent le miroir ?
Et vois, la ronce prend parmi les pierres
Sur la voie d'herbe encore mal frayée
Où se portaient nos pas vers les jeunes arbres.
Il me semble aujourd'hui, ici, que la parole
Est cette auge à demi brisée, dont se répand
A chaque aube de pluie l'eau inutile.

L'herbe et dans l'herbe l'eau qui brille, comme un fleuve.
Tout est toujours à remailler du monde.
Le paradis est épars, je le sais,
C'est la tâche terrestre d'en reconnaître
Les fleurs disséminées dans l'herbe pauvre,
Mais l'ange a disparu, une lumière
Qui ne fut plus soudain que soleil couchant.

Et comme Adam et Ève nous marcherons
Une dernière fois dans le jardin.
Comme Adam le premier regret, comme Ève le premier
Courage nous voudrons et ne voudrons pas
Franchir la porte basse qui s'entrouvre
Là-bas, à l'autre bout des longes, colorée
Comme auguralement d'un dernier rayon.
L'avenir se prend-il dans l'origine
Comme le ciel consent à un miroir courbe,
Pourrons-nous recueillir de cette lumière
Qui a été le miracle d'ici
La semence dans nos mains sombres, pour d'autres flaques
Au secret d'autres champs "barrées de pierres"?

Certes, le lieu pour vaincre, pour nous vaincre, c'est ici
Dont nous partons, ce soir. Ici sans fin
Comme cette eau qui s'échappe de l'auge.


El adiós

Hemos vuelto a nuestro origen.
Fue el lugar de la evidencia, aunque desgarrada.
Las ventanas mezclaban demasiadas luces,
Las escaleras trepaban demasiadas estrellas
Que son arcos que se hunden, escombros,
El fuego parecía arder en otro mundo.

Y ahora hay pájaros que vuelan de una habitación a la otra,
Los postigos se cayeron, la cama está cubierta de piedras,
La chimenea llena de restos del cielo que van a apagarse.
Allí, por las tardes, hablábamos casi en voz baja
Debido a los rumores de las bóvedas, allí, sin embargo,
Formábamos nuestros proyectos: pero una barca,
Cargada con piedras rojas, se alejaba
Irresistiblemente de una orilla, y el olvido
Depositaba ya su ceniza en los sueños
Que sin fin recomenzábamos, poblando con imágenes
El fuego que ardió hasta el último día.

¿Es cierto, amiga mía,
Que no hay más que una palabra para nombrar
En la lengua que llamamos poesía
El sol de la mañana y el de la tarde,
Una para el grito de alegría y el de angustia,
Una para el desierto río arriba y los golpes de hacha,
Una para la cama deshecha y el cielo tormentoso,
Una para el niño que nace y el dios muerto?

Sí, lo creo, quiero creerlo, pero ¿qué sombras
Son ésas que se llevan el espejo?
Y, mira, la zarza crece entre las piedras
En el camino de hierba aún apenas abierto
Por el que nuestros pasos iban hacia los jóvenes árboles.
Hoy me parece, aquí, que la palabra
Es el pesebre medio roto del que se escapa
En cada amanecer de lluvia el agua inútil.

La hierba y en la hierba el agua que brilla, como un río.
Todo está siempre a la espera de que una vez más se lo ate al                                                                              [mundo.
Sé que el paraíso está diseminado,
Es tarea terrestre el reconocer
Sus flores dispersas en la hierba pobre,
Pero el ángel ha desaparecido, una luz
Que no fue, de golpe, sino un sol poniente.

Y como Adán y Eva caminaremos
Por última vez en el jardín.
Como Adán el primer pesar, como Eva la primera
Osadía, querremos y no querremos
Pasar por la puerta baja que se entreabre
Allá a lo lejos, en la otra punta del ronzal, coloreada
Como auguralmente por un último rayo.
¿Se toma el porvenir en el origen
Como cabe el cielo en un cóncavo espejo?
¿Podremos recoger, de esa luz
Que fue de aquí el milagro,
En nuestras sombrías manos la simiente, para otros charcos
En el secreto de otros campos "cercados de piedras"?

Por cierto, está aquí el lugar para vencer, para vencernos,
El lugar de donde salimos esta tarde. Aquí sin fin
Como esa agua que se escapa del pesebre.
Versión de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

domingo, 3 de julio de 2016

Pájaros// Un oiseau chante - Guillaume Apollinaire - Francia / Canción - Ricardo Molinari - Argentina / Señora - Vicente Huidobro - Chile / Colibrí - Octavio Paz - México / ¡A volar! - Rafael Alberti - España / El poeta se despide de los pájaros - Pablo Neruda - Chile / Los pájaros de yo sé dónde - Juan Ramón Jiménez - España - Ahora escribo pájaros - Julio Cortázar - Argentina


Un oiseau chante

Un oiseau chante ne sais où
C'est je crois ton âme qui veille
Parmi tous les soldats d'un sou
Et l'oiseau charme mon oreille

Écoute il chante tendrement
Je ne sais pas sur quelle branche
Et partout il va me charmant
Nuit et jour semaine et dimanche

Mais que dire de cet oiseau
Que dire des métamorphoses
De l'âme en chant dans l'arbrisseau
Du cœur en ciel du ciel en roses

L'oiseau des soldats c'est l'amour
Et mon amour c'est une fille
La rose est moins parfaite et pour
Moi seul l'oiseau bleu s'égosille

Oiseau bleu comme le cœur bleu
De mon amour au cœur céleste
Ton chant si doux répète-le
À la mitrailleuse funeste

Qui chaque à l'horizon et puis
Sont-ce les astres que l'on sème
Ainsi vont les jours et les nuits
Amour bleu comme est le cœur même


Un pájaro canta

Canta un pájaro no sé dónde
Debe ser tu alma siempre en vela
Que entre los soldados se esconde
Su canto me encanta y desvela

Escucha canta tiernamente
No sé desde qué rama canta
Mas noche y día eternamente
Semana y domingo me encanta

Qué decir del pájaro que ama
Su transformación milagrosa
Del alma que canta en la rama
De amor en cielo y cielo en rosa

Ave del soldado es amor
y es mi amor una hermosa niña
La rosa es menos bella y por
Mí solo el pájaro azul trina

Ave azul como el corazón
Azul que entre mi pecho llora
Haz que oiga tu dulce canción
La funesta ametralladora

Que restalla en la lejanía
Siembran astros con su canción?
Va así la noche va así el día
Amor azul como mi corazón


Canción

Al aire, al aire,
sale la paloma subidora.
¡Al aire, al aire,
la paloma corredora!
Por el aire una nube
la devora.


Señora

Señora hay demasiados pájaros
En vuestro piano
Que atrae el otoño sobre una selva
Espesa de nervios palpitantes y libélulas

Los árboles en arpegios insospechados
A veces pierden la orientación del globo

Señora lo soporto todo. Sin cloroformo
Desciendo al fondo del alba
El ruiseñor rey de setiembre me informa
Que la noche se deja caer entre la lluvia
Burlando la vigilancia de vuestras miradas
Y que una voz canta lejos de la vida
Para sostener el espacio desclavado
El espacio tan lleno de estrellas que se va a caer

Señora a las diez huele a tabaco de artista
Amáis el nadir a cuerpo de pájaro
Sois un fenómeno ligero
Me voy solitario hacia el ocaso de los turistas
Es mucho más bello 


Colibrí

Quieto
No en la rama
en el aire
No en el aire
en el instante
el colibrí.


¡A volar!

Leñador,
no tales el pino,
que un hogar hay
dormido
en su copa.
—Señora abubilla,
señor gorrión,
hermana mía calandria,
sobrina del ruiseñor,
ave sin cola,
martín pescador,
parado y triste alcaraván:
¡A volar
pajaritos
al mar!


El poeta se despide de los pájaros

Poeta provinciano,
pajarero,
vengo y voy por el mundo,
desarmado,
sin otrosí, silbando,
sometido
al sol y su certeza,
a la lluvia, a su idioma de violín,
a la sílaba fría de la ráfaga.

Sí sí sí sí sí sí,
soy un desesperado pajarero,
no puedo corregirme
y aunque no me conviden
los pájaros a la enramada,
al cielo
o al océano,
a su conversación, a su banquete,
yo me invito a mí mismo
y los acecho
sin prejuicio ninguno:
jilgueros amarillos,
tordos negros,
oscuros cormoranes pescadores
o metálicos mirlos,
ruiseñores,
vibrantes colibríes,
codornices,
águilas inherentes
a los montes de Chile,
loicas de pecho puro
y sanguinario,
cóndores iracundos
y zorzales,
peucos inmóviles, colgados del cielo,
diucas que me educaron con su trino,
pájaros de la miel y del forraje,
del terciopelo azul o la blancura,
pájaros por la espuma coronados
o simplemente vestidos de arena,
pájaros pensativos que interrogan
la tierra y picotean su secreto
o atacan la corteza del gigante
o abren el corazón de la madera
o construyen con paja, greda y lluvia
la casa del amor y del aroma
o jardineros suaves
o ladrones
o inventores azules de la música
o tácitos testigos de la aurora.

Yo, poeta
popular, provinciano, pajarero,
fui por el mundo buscando la vida:
pájaro a pájaro conocí la tierra;
reconocí dónde volaba el fuego:
la precipitación de la energía
y mi desinterés quedó premiado
porque aunque nadie me pagó por eso
recibí aquellas alas en el alma
y la inmovilidad no me detuvo.


Los pájaros de yo sé dónde

Toda la noche, 
los pájaros han estado 
cantándome sus colores. 

(No los colores 
de sus alas matutinas 
con el fresco de los soles. 

No los colores 
de sus pechos vespertinos 
al rescoldo de los soles. 

No los colores 
de sus picos cotidianos 
que se apagan por la noche, 
como se apagan 
los colores conocidos 
de las hojas y las flores.) 

Otros colores 
el paraíso primero 
que perdió del todo el hombre, 
el paraíso 
que las flores y los pájaros 
inmensamente conocen. 

Flores y pájaros 
que van y vienen oliendo, 
volando por todo el orbe. 

Otros colores 
el paraíso sin cambio 
que el hombre en sueños recorre. 

Toda la noche, 
los pájaros han estado 
cantándome los colores. 

Otros colores 
que tienen en su otro mundo 
y que sacan por la noche. 

Unos colores 
que he visto bien despierto 
y que están yo sé bien dónde. 

Yo sé de dónde 
los pájaros han venido 
a cantarme por la noche. 

Yo sé de dónde 
pasando vientos y olas, 
a cantarme mis colores. 


Ahora escribo pájaros

Ahora escribo pájaros.
No los veo venir, no los elijo,
de golpe están ahí, son esto,
una bandada de palabras
posándose
una
a
una
en los alambres de la página,
chirriando, picoteando, lluvia de alas
y yo sin pan que darles, solamente
dejándolos venir. Tal vez
sea eso un árbol

o tal vez
el amor
De Cinco últimos poemas para Cris

El canto de los pájaros - Clément Janequin
en versión del Estudio Coral Buenos Aires, dirigido por Carlos López Puccio 
para el programa Ese amigo del alma de Lito Vitale, 1998
__________
Hay en este blog más poemas sobre pájaros de Juan Ramón Jiménez (1) y (2), Alberto Blanco, Jacques Prévert (1) y (2), Charles Bukowski, Jorge Carrera Andrade, Triunfo Arciniegas, Álvaro Pombo..., además de El cant dels ocells. y El pájaro enjaulado de Vincent Van Gogh.

viernes, 1 de julio de 2016

La ceniza del paraíso - Adolfo García Ortega - España


Carta a José Afonso Furtado

1
Ah, mon vieux José Afonso,
vuelvo a tus fotos de África,
o mejor he de decir de las Áfricas, así en plural,
de las cien o de las mil, de las Áfricas ocultas
que aguardan ser miradas por tu cámara
de épica resistencia, de honesto respeto
hacia la soledad de su íntima desecación.

2
Ah, mon vieux José Afonso,
esas fotos de seres invisibles y paisajes reales
como sueños están aquí en mi memoria,
me las he traído hasta esta isla de Madeira
desde donde estoy escribiéndote estos versos,
a las cinco de la tarde, en un pequeño bar
de Funchal, junto al castillo, por la zona alta.

3
Allá a lo lejos, atravesando el mar océano,
una línea, directamente trazada desde el centro
de esta mesa con mantel de plástico rojo a cuadros,
llega hasta Cabo Verde y sus nombres de islas y lugares,
que despiertan en mí la poderosa idea amada
y viva del viaje largo, de las tiernas nostalgias,
del humo de un café donde suena la morna
en la voz de Cize, llenando el entorno
de una atmósfera de tristeza y encanto.

4
Esos nombres que flotan como músicas en mi cabeza:
Sao Vicente, Baía das Gatas, Mindelo,
Tarrafal, Calhau, Praia, Monte Cara,
desiertos en blanco y gris, en negro y blanco,
en los colores mismos de una ardiente sequedad,
de una tea abrasada, calcinada, avarienta.

5
Pero también van en el equipaje de mi memoria
otras Áfricas allá lejanas, pobres, orgullosas:
Angola, Sao Tomé, Maputo, Bissau,
mundos más que lugares, bordes del mar,
valles barridos por vientos que azotan a las palmeras,
matojos de hierba que ya no es ni será verde,
sólo ese plateado grisáceo de tus fotos,
tierra negra de la desolación,
fantasma de los vergeles bíblicos, ceniza.

6
Por tus fotos que recuerdo pasó la epopeya,
se agostó la historia, se perdió el hálito del brío;
ahora es habla seca de espíritus emigrados
A Boston, a París, a Lisboa, a Madrid, a Berlín,
el infierno de la vida real donde ser negro
es el castigo mayor, el peligro, la condena.

7
Recojo en tus fotos el hechizo breve de un rescoldo
apagándose, pero no la hoguera cálida;
ya aquella luz se extinguió,
se fue con el tiempo en que había hombres felices,
se fue con el tiempo en que las estaciones,
los rebaños y los cultivos guiaban a los hombres;
ahora no hay nada ni hay nadie.

8
Sólo queda la voz en Cabo Verde,
la voz como no hay otra voz en el mundo,
la voz que corta el dolor como manteca,
la voz de Cesaria Evora, sacándome de la profunda
sombra muerta de tus Áfricas.

9
Ah, José Afonso, viejo amigo,
mago de la luz y de su ausencia,
maestro de los grises fronterizos,
que divides el mundo negro de los desiertos blancos
con una raya equinoccial, equilibrada,
el horizonte inventado por ti
entre el cielo y el mundo,
como Dante, como Virgilio, como Camoens.

10
Cuántos viajes largos pasaron por esos puertos vacíos,
antaño cruce obligado de todas las rutas;
si hubiera de partir hoy de este malecón,
aquí, en Funchal, atestado de cargueros roñosos,
pediría que mi escala fuese en Mindelo
para ver si esos nombres que flotan en mi mente,
que he visto en tus fotos,
existen, o son en cambio telones de tu alma
que descorres ocultando a todos una amarga mirada.

11
Tus árboles, tu arena, tus olas,
son estancias de la luz, la casa de las sombras,
la lontananza de quien busca el ocaso de la vida
donde antes, un día, fue dictado el Paraíso.

AngolaCesaria Evora