Chet Baker - Like Someone In Love

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lunes, 19 de mayo de 2014

Fragmentos de El espejo del mar - Joseph Conrad - Polonia-Gran Bretaña


[...] Todos los barcos se gobiernan del mismo modo en lo que respecta a la teoría, exactamente igual que con todos los hombres se puede tratar según unos ciertos principios rígidos y generales. Pero si se desea en la vida ese éxito que resulta del afecto y la confianza de los semejantes, entonces no habrá dos hombres, por muy análogas que puedan parecer sus naturalezas, con los que uno trate del mismo modo. Puede haber normas de conducta; no existen normas de camaradería humana. Tratar con los hombres es un arte tan bello como tratar con barcos. Tanto los unos como los otros viven en un elemento inestable, se hallan sometidos a sutiles y poderosas influencias y prefieren ver sus méritos apreciados que sus defectos descubiertos. [...] 

A los hombres, sean profesores o carboneros, se les engaña con facilidad; incluso tienen una extraortdinaria tendencia a prestarse al engaño, una suerte de curiosa e inexplicable propensión a dejarse llevar por la nariz con los ojos bien abiertos. [...]

Un barco enfermo por debilidad propia carece del patetismo de un barco vencido en combate con los elementos, en lo que consiste el drama interior de su vida. Un marino no puede dejar de mirar con compasión a un barco inutilizado, pero mirar a un velero con sus elevados palos arrancados es estar contemplando a un derrotado pero indomable guerrero. [...]

¡Ver! ¡Ver! Ese es el anhelo del marinero, como lo es del resto de la ciega humanidad. Tener la senda despejada ante sí es la aspiración de todo ser humano a lo largo de nuestra encapotada y borrascosa existencia. [...]

El océano, la parte de la Naturaleza más alejada, en la inmutabilidad y majestad de su poderío, del espíritu de la humanidad, ha sido siempre amigo de las naciones más emprendedoras del globo. Y, de todos los elementos, es al que más propensos a confiarse han sido siempre los hombres, como si su inmensidad reservara una recompensa tan vasta como ella misma. [...]

Pero puede que, después de todo, a los barcos les venga bien atravesar períodos de reclusión y reposo, al igual que la constricción y el recogimiento propios de la inactividad pueden venirle bien a un alma indómita. [...]

Un barco en una dársena, rodeado de muelles y de los muros de los almacenes, tiene el aspecto de un preso meditando sobre la libertad con la tristeza propia de un espíritu libre en reclusión. [...]
El enjambre de renegados -capitanes de muelle, amarradores, escluseros y gente por el estilo- parece abrigar una desconfianza enorme hacia la resignación del barco cautivo. Nunca parece haber cadenas y estachas suficientes para satisfacer sus espíritus, preocupados por la segura sumisión de barcos libres a la resistente, cenagosa, esclavizada tierra. [...]

Como si fuera demasiado grande, demasiado poderoso para las virtudes comunes, el océano no tiene compasión, ni fe, ni ley, ni memoria. [...]

El amor que se profesa a los barcos es profundamente distinto del que los hombres sienten por cualquier otra obra salida de sus manos -del amor que, por ejemplo, tienen a sus casas-, porque no está manchado por el orgullo de la posesión. [... ] El mar -esa es una verdad que debe reconocerse- carece de toda generosidad. No se sabe de ningún alarde de cualidades viriles -valor, audacia, entereza, fidelidad- que haya conmovido jamás su irresponsable conciencia de poder. El océano tiene el temperamento falto de escrúpulos de un autócrata salvaje malcriado por la mucha adulación. No puede soportar el menor asomo de desafío, y no ha dejado de ser el enemigo irreconciliable de barcos y hombres desde que los barcos y los hombres tuvieron la inaudita osadía de echarse a navegar juntos pese a su ceño. Desde ese día no ha cesado de engullir flotas y hombres sin que su resentimiento se haya visto saciado por el número de víctimas, por tantos barcos naufragados y tantas vidas truncadas. Hoy, como siempre, está presto a seducir y traicionar, a destruir y a ahogar el incorregible optimismo de los hombres que, respaldados por la fidelidad de los barcos, intentan extaer de él la fortuna de sus casas, el dominio de sus mundos, o tan sólo unas migajas de comida para aplacar su hambre. Si no siempre está de humor tan encendido como para destruir, si está siempre, celadamente, listo para ahogar. El más asombroso prodigio de todo el piélago es su insondable crueldad. [...]

Ahora miraba el mar con otros ojos. Lo sabía capaz de traicionar el generoso ardor de la juventud tan implacablemente como, indiferente al bien y al mal, habría traicionado la más vil avaricia o el heroísmo más noble. Mi concepto de su magnánima grandeza había pasado a mejor vida. Y veía el verdadero mar, el mar que juega con los hombres hasta descorazonarlos y desgasta resistentes barcos hasta matarlos... Nada puede conmover la meditabunda amargura de su alma. Abierto a todos y a nadie fiel, ejerce su fascinación para perdición de los mejores. Amarlo no es buena cosa. No conoce vínculo de palabra dada, ni fidelidad a la desgracia, a la vieja camaradería, a la prolongada devoción. La oferta de su eterna promesa es espléndida; pero el solo secreto de su posesión es la fuerza, la fuerza: la celosa, insomne fuerza del hombre que guarda bajo su techo un tesoro codiciado. [...]

En virtud de una larga y desdichada experiencia de sufrimiento, injusticia, ignominia y agresión, las naciones de la tierra se rigen eminentemente por el miedo: miedo de un tipo que un poco de oratoria barata convierte fácilmente en furia, odio y violencia. [...] Una mente ahorrativa no puede impedir que le asalte una considerable amargura al pensar que en la Batalla de Actium (que se libró con nada menos que la dominación del mundo en juego) la flota de Octavio Augusto y la flota de Marco Antonio, incluyendo la división egipcia y la galera de Cleopatra con su velamen púrpura, probablemente costaron menos que dos modernos acorazados, o, en la actual jerga de los libros navales, que dos unidades blindadas. Pero no hay burda jerga libresca capaz de disimular un hecho que verosímilmente afligirá el alma de cualquier economista competente. Es improbable que el Mediterráneo vuelva a contemplar batalla de mayores consecuencias; pero cuando llegue la hora de otro combate histórico, su fondo se verá enriquecido como nunca por una ingente cantidad de chatarra agujereada que habrán pagado, a bien cerca de su peso en oro, las burladas poblaciones que habitan las islas y continentes de este planeta. [...]

A nadie se le ha presentado nunca una aventura por invocarla. El que deliberadamente emprende la búsqueda de la aventura no sale sino a recoger cáscaras vacías, a menos, en efecto, que sea un elegido de los dioses y grande entre los héroes, como aquel excelentísimo caballero Don Quijote de La Mancha. Nosotros, comunes mortales con un alma mediocre que no desea sino tomar a malvados gigantes por honrados molinos de viento, recibimos las aventuras como a ángeles visitantes. Pillan desprevenida a nuestra complacencia. Como suele ocurrir con los huéspedes inesperados, llegan con frecuencia en momentos inoportunos. Y nos alegramos de dejarlas pasar sin reconocerlas, sin el menor agradecimiento por tan alto favor. Después de muchos años, al volver la vista atrás desde la curva que hay en medio del camino de la vida, hacia los acontecimientos del pasado, que, como una muchedumbre amistosa, parecen mirar tristemente cómo nos apresuramos hacia la costa cimeria, logramos ver, aquí y allá, entre la gris multitud, alguna figura que destella con débil resplandor, como si hubiera acaparado toda la luz de nuestro cielo ya crepuscular. Y por este destello podemos reconocer los rostros de nuestras verdaderas aventuras, de los inesperados huéspedes recibidos un día imprevistamente en nuestra juventud. [...]

... alumbro estas pocas páginas en el crepúsculo, con la esperanza de encontrar en un valle interior la callada bienvenida de alguien paciente dispuesto a escuchar.
Traducción de Javier Marías

lunes, 10 de diciembre de 2012

Fragmentos de La soga al cuello - Joseph Conrad - Polonia-Gran Bretaña


... Pero no se puede embalsar la vida como si fuera un arroyo mezquino. Crece, desborda, fluye sobre las penurias de un hombre, hasta que un día las aguas se cierran sobre un dolor, como el mar sobre un cadáver, sin importarle cuánto amor se ha ido al fondo...

... mala suerte. La suya había sido maravillosa, pero a lo largo de la vida había comprobado que muchos hombres buenos (marinos y de los otros) se hundían bajo el peso de la pura mala suerte, y había aprendido a reconocer los síntomas fatales...

... Ya había perdido algo de sí mismo: algo de su honestidad y de su orgullo, arrojados a un fantasma hambriento para mantenerlo vivo...

... No. En general, los hombres no eran malos: sólo desdichados o tontos...

... los hombres blancos: hombres arbitrarios y obstinados, que perseguían inflexiblemente sus incomprensibles propósitos, hombres de voz ajena y misteriosa, empujados por sentimientos inexplicables, dirigidos por razones ocultas...

... Había en ellos, como en la vida, la fascinación de la esperanza, la excitación de un misterio a medias revelado, la nostalgia de un deseo a medias satisfecho...

... ya que los hombres se hacen daño mutuamente sólo por ignorancia...

... En un hombre reducido a una posición tan humilde, la llamativa dignidad de sus modales sólo podía expresar algo esencialmente noble en su naturaleza. Porque la serenidad de su temperamento no era, evidentemente, producto del éxito, tenía un aire de profunda sabiduría...

... un hombre jamás estaba a salvo de la voracidad de la especie, a menos que se encontrara en el fondo de un abismo de miseria...

... Había una gran variedad de penas y de problemas, pero no había un lugar donde no lo alcanzaran a uno...

Traducción de Vladi Kociancich

Joseph Conrad, autor de la inolvidable novela El corazón de las tinieblas, origen de la película Apocalypse Now (Francis Ford Coppola), siempre tuvo problemas para hablar correctamente el inglés (nació en Ucrania, cuando Ucrania era polaca), pero ha quedado como uno de los máximos exponentes de la lengua inglesa escrita. 
En todas sus novelas, y son muchas, podemos encontrar frases redondas como sentencias. Frases que adquieren la aureola de clásicas e intemporales, como corresponde a un gran literato y, al mismo tiempo, a un gran moralista.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Fragmentos de El corazón de las tinieblas - Joseph Conrad - Polonia-Gran Bretaña

El corazón de las tinieblas
-... No, es imposible; es imposible comunicar la sensación de vida de una época determinada de la propia existencia, lo que constituye su verdad, su sentido, su sutil y penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos..., solos.
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La propia realidad, eso que sólo uno conoce y no los demás, que ningún otro hombre puede conocer. Ellos sólo pueden ver el espectáculo, y nunca pueden decir lo que realmente significa.
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¿Cómo poder imaginar entonces a qué determinada región de los primeros siglos pueden conducir los pies de un hombre libre en el camino de la soledad, de la soledad extrema donde no existe policía, el camino del silencio, el silencio extremo donde jamás se oye la advertencia de un vecino generoso que se hace eco de la opinión pública?
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¡Es curiosa la vida..., ese misterioso arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede esperar es cierto conocimiento de uno mismo..., que llega demasiado tarde..., una cosecha de inextinguibles remordimientos.
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Penetramos más y más espesamente en el corazón de las tinieblas.
... Nos podíamos ver a nosotros mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita, sobreviviendo a costa de una angustia profunda, de un trabajo excesivo.

viernes, 5 de octubre de 2007

Fragmento - Joseph Conrad - Polonia-Gran Bretaña

Joseph Conrad
... Con la cualidad de nuestros deseos, pensamientos y asombro proporcionados a nuestra infinita pequeñez, medimos hasta el tiempo mismo de acuerdo con nuestra propia magnitud. Encerrados en la morada de las ilusiones personales, treinta siglos de historia de la humanidad parecen menos, al mirar hacia atrás, que treinta años de nuestra propia vida...
Traducción de Javier Marías