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lunes, 20 de noviembre de 2017

Biblioteca particular - José Manuel Caballero Bonald - España


Comparecen los libros en lugares
anómalos, se juntan
con indolente asimetría:
un tropel
de vestigios locuaces,
pendencieros, irresolutos, lerdos.

He pugnado con ellos
durante muchos años: los he visto nacer,
durar, languidecer. Han resistido
intemperies, saqueos, turbamultas.

Algunos llevan dentro
la ponderada prueba de mi envidia,
los más el distintivo
incorregible de la decepción.

Mi error fue abrir un día un libro.

martes, 19 de septiembre de 2017

Del diario de Kafka - José Manuel Caballero Bonald - España


Si ahora de pronto optase
por no escribir (o no pudiera) y diera
el día por perdido, posponiendo
para quién sabe cuándo, y además
qué importa, la metódica
copia de mi agresividad
contra mí mismo, ¿pensaría
como Kafka (conocido empleado
de seguros) que esa dudosa obligación
no cumplida, se me iba a convertir
de alguna burocrática manera
en la razón de una desdicha irreparable?

martes, 11 de noviembre de 2014

Documental - José Manuel Caballero Bonald - España


Un decorado basta
para manchar la vida. Puede
ser que las cosas no sucedan
así, que las veamos ajenas a su propio
poder de persuasión desde el precario
ardid que como espectadores
nos exigen y que no sea
más que un espejo deformante
quien realza hasta el asco la copia
de la fe. Pero aquello que el ojo testifica
frente a la representación
del genocidio, las inmundas
referencias graduales
de los hechos, la lóbrega escombrera
de algo terrible que ocurrió
una vez, van socavando
la personal capacidad
de crédito, la atroz
reconstrucción de lo inhumano,
y nunca ya dejamos de ser parte
de aquella repulsiva iniquidad
que resquebraja el fondo
de la historia.
              Así, sin más
comprobación que la que suministran
los cómplices valores, la insufrible
frontera del dolor, en la butaca
del cine, frente al libro
implacable, mientras las nóminas
de los torturadores, los decretos
del exterminio de una raza, trazan
sus mandamientos y hacen turno
para activar la ejecutoria
del espanto, entonces,
la crédula conciencia del testigo
araña la madera y el papel,
se encarniza en el pecho como un ácido
y salta ya del otro lado
de las infectas leyes, rompe
la luz, la letra, escupe
en la cara del mundo, entra a saco
en la vida, maldice la virtud.

Cayeron las sangrientas imágenes encima
del estertor de la pantalla,
gangrenando hasta el último muñón
de la verdad, hurgando con sus garfios
en lo más irredento de mi propia
vergüenza de vivir. El espeluzno
de la abyección sin nombre: trozos
de piel humana con tatuajes
decorando cuarteles, fetos
amontonados como latas vacías, rostros
informes fermentando en medio
de gases nauseabundos. Auschwitz,
Treblinka, Brunswick, Bergen-Belsen,
muros de Dite, ciénagas de Estigia,
la toponimia del terror: huesos abriendo
fosas, mutilados despojos, ojos
de niños, ojos de niños
ya sin muerte siquiera, grumos
de ojos con el vidrio en vilo,
inhibidos, horribles, espasmódicos,
sin órbitas de humano, desorbitadamente
abiertos, ya reos de estar vivos,
apiñados en zanjas, en boquetes,
asomados a cuencas
sin pupilas. Y en el seco cristal
de cada ojo, el gueto,
el horrendo almacén de tantos
ojos, de tres generaciones de ojos,
de dieciséis millones
de ojos.
¿A quién le pediremos
cuentas, qué tribunal podría
purgar la podredumbre de la historia?
¿Para qué tantos símbolos
de fraudulentas crónicas de fe?
Nadie tan inhumano que represe
su pensamiento y juzgue
distribuyendo la justicia en códigos
frente a tantas fatídicas culturas,
repugnantes banderas.
                 Inmortales
los crímenes, ¿clamamos todavía
a los falaces dioses
para que miserablemente
restituyan al tiempo su ignominia,
diriman el horror? ¿Somos los mismos
que en la asamblea de los fraticidas
erigieron los yugos de la paz
e inicuamente promulgaron
la capitulación de la venganza?
¿Merezco yo gritar mientras escribo
sin saber hacia quién, cómplice
de mi propio atestado, y se me llena
de impune virulencia la razón?

José Manuel Caballero Bonald, poeta de la Generación del 50 que hoy cumple 88 años, ha recibido estos días en el Instituto Cervantes de Madrid un homenaje presentado por Juan Cruz, con disertaciones de José Luis Fajardo, Víctor García de la Concha, Antonio Lucas y José María Pozuelo Yvancos.

Además, la Biblioteca Nacional acogió un retrato del poeta realizado por Hernán Cortés Moreno (pueden verlo arriba), que figurará en la exposición Retrato y literatura. Los retratos de los Premios Cervantes en la BNE, a partir del 13 de noviembre.

Caballero Bonald acaba de editar su último trabajo, Anatomía poética, ilustrado por José Luis Fajardo, y dice cosas como éstas cuando le escuchan:

Nunca está de más reiterar que la utopía es una esperanza consecutivamente diferida, una especie de obstinada promesa que se ha ido demorando en virtud de alguna continuidad argumental no precisamente encomiable.

Patria, palabra triste como termómetro o ascensor.

La alegría está hecha de un material maleable y el menor roce con la intemperie la desfigura hasta hacerla irreconocible, o la fragmenta en múltiples sucedáneos emparentados con la barbarie.

Hay miedos contagiosos, miedos de obligado cumplimiento que ponen en circulación los potentados de turno para controlar las adversidades.

Cuando me levanto no hablo, pero sí escribo. Y estoy sorprendido y alarmado.

Habría que empezar por plantearse en serio todo eso de la regeneración moral del país. Todo el mundo parece admitir que eso es así, pero nadie aporta soluciones serias, drásticas. 

sábado, 17 de mayo de 2014

Literatura y ciencia/ 8 - Número imaginario - José Manuel Caballero Bonald - España


Lector que estás leyéndome en algún interino
declive de la noche, ¿qué sabes tú de mí?
¿En qué despeñadero de qué historia
podemos encontramos?

                          Quienquiera que tú seas
te exhorto a que me oigas, a que acudas
hasta estos rudimentos del recuerdo
donde me he convocado a duras penas
para poder al fin reconocerme.
Ven tú también si me oyes hasta aquí.

Lector, número imaginario, azar
copulativo, sustitúyeme
                                 y busca
por esos vericuetos
de la complicidad cuándo, en qué sitio
se hizo veraz la vida que a medias inventamos.

miércoles, 24 de abril de 2013

José Manuel Caballero Bonald, Premio Cervantes 2012


    Fragmentos del discurso pronunciado por Caballero Bonald en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el 23 de abril de 2013:    

[...] Si las cuentas no me fallan, hace ahora justamente dos tercios de siglo que empecé a adiestrarme en el oficio de escritor, por lo que quizá merezca -eso sí- un premio a la constancia. Ya apenas si puedo evocar aquellas primeras sensaciones, tan remotas y difusas, de mi noviciado literario. Pero algo permanece imborrable: la certeza de que me hice escritor porque antes había leído a escritores que me abrieron una puerta, enriquecieron mi sensibilidad, me incitaron a usar la misma herramienta que ellos para interpretar la vida, para aprender a descifrarla. Sin esa enseñanza previa, nada habría sido lo mismo, claro. Tampoco yo estaría aquí ahora. Soy consciente de que mi biografía literaria depende tanto de los libros que he escrito como de los que he leído. Todos ellos constituyen como una especie de espejo múltiple donde me veo frecuentemente reflejado, y en todos ellos se alojan no pocos de mis descubrimientos de la vida precisamente porque también en esos libros descubrí otras vidas, experimenté la sensación de que algo había allí que me ofrecía la posibilidad de compartir un mundo ignorado y excitante.

    Es posible que encontrara en aquellas lecturas algo parecido a una contrapartida, una compensación frente a la falta de asideros o los desconciertos de la edad. ¿Quién duda que leer es reconocernos en los otros, desentrañar lo que somos, recuperar lo que hemos vivido, incluso lo que no hemos vivido, resarciéndonos de nuestras propias carencias? Recuérdese que todos aquellos que se han valido de la opresión (desde los terrores inquisitoriales a los de cualquier censura dictatorial) para programar el mantenimiento de sus poderes, han coartado la libre circulación de las ideas. Los enemigos históricos de la libertad han recurrido desde siempre a una suprema barbarie: la hoguera. O quemaban herejes o quemaban libros. En las ficciones futuristas de un mundo amorfo, despersonalizado, regido por computadoras, la quema de libros representa algo más que un mandamiento atroz: es una metáfora de la esclavitud. Bien sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto siempre prohibir, destruir ciertas libertades. Quien no leía, tampoco almacenaba conocimientos. Y quien no almacenaba conocimientos era apto para la sumisión. De lo que fácilmente se deduce que conocimiento y libertad vienen a ser nutrientes complementarios de toda aspiración a ser más plenamente humanos.

    [...] Entre las reflexiones que pone Cervantes en boca de don Quijote, destaca con singular notoriedad la defensa que hace de la poesía ante don Diego de Miranda, afirmando que “engloba todas las demás ciencias” (un juicio, por cierto, que vuelve a esgrimir el licenciado Vidriera –lo supe más tarde- con las mismas palabras. Por ahí empezaría yo a vislumbrar, me imagino, el sentido esencial de la poesía, esa germinación secreta que se propaga a lo largo de toda la prosa inmarchitable del Quijote. Como decía otro alcalaíno ilustre, Manuel Azaña, en esa prosa de poeta se estabiliza “la corriente maravillosa que Cervantes introduce en lo real para descomponerlo”. Cierto. Creo que ahí está expresada una de las más palmarias claves poéticas de la novela, ese paradigma creador que hizo las veces de anticipo fundacional de todas las posteriores literaturas.

    [...] Cervantes fue casi siempre un hombre de mala ventura y un poeta por lo común desdeñado. Ni siquiera hace falta añadir que la rutina o la ligereza postergaron injustamente esa vertiente de la obra cervantina. Más de una vez se ha dicho que quien escribió el Quijote no podía ser sino un gran poeta. Estoy de acuerdo. En el Quijote, en los aparejos de su espléndida prosa, se decantan los alimentos primordiales de la poesía, esa emoción verbal, esas palabras que van más allá de sus propios límites expresivos y abren o entornan los pasadizos que conducen a la iluminación, a esas “profundas cavernas del sentido” a que se refería San Juan de la Cruz. No es ajena a la seducción que emana del Quijote ese concepto de la poesía entendida como una construcción verbal, como un acto de lenguaje que alumbra las “cavernas del sentido”. Abundan además en la obra de Cervantes referencias a su perseverante amor por la poesía. Y, en efecto, así lo atestiguó a lo largo de su incierta vida, sin que esos empeños merecieran otro futuro que el de quedar oscurecidos ante la poderosa luminaria del Quijote.

    He pensado con frecuencia en esa parcela de la vida de Cervantes medio emborronada por la incertidumbre, los equívocos, las zonas de penumbra. No se olvide que Cervantes inicia la publicación del corpus fundamental de su obra cuando ya rondaba los 60 años, es decir, que es prácticamente en la última década de su vida cuando aparecen las dos partes del Quijote, las 12 Novelas ejemplares, el Viaje del Parnaso, las Ocho comedias y ocho entremeses y, al año de su muerte, el Persiles. No deja de ser llamativo ese desequilibrio, ese reparto desigual de la obra a lo largo de la vida. ¿Por qué Cervantes escribió o –mejor dicho- por qué publicó tan poco en su juventud, incluso en su edad madura, y dio a conocer, culminó el ejemplo universal de su obra ya a las puertas de la vejez, de regreso de todas sus anteriores alianzas con la adversidad? No se trata ya de trabas editoriales o desarreglos viajeros, sino de evidencias cronológicas. Recuérdese lo que Cervantes confiesa con desgana en el prólogo a Ocho comedias y ocho entremeses: “tuve otras cosas en qué ocuparme, dejé la pluma y las comedias…” Son muchos los años de abandono literario a partir de la Galatea: casi dos décadas difusamente ocupadas en esos quehaceres irregulares que, en cierto modo, aportan a la vida de Cervantes una de sus más literales sugestiones. Ese largo silencio literario no es el silencio de quien ha elegido no hablar,sino de quien ha hecho del soliloquio un método de maduración previa de la palabra. Es el mutismo del que lo observa todo para no olvidar nada.

    Ya me corregirá el profesor Francisco Rico si me equivoco, pero esas andanzas medio enigmáticas de Cervantes, esas huidas imprevistas, tantas vaguedades, zozobras, cautiverios, vienen a trazar como la síntesis biográfica de un perdedor, de un hombre de azarosos lances, casi de un aventurero que, como don Quijote, fue acumulando decepciones, fracasos, desdenes. Pero nunca, sin embargo, renunció a ir macerando en la memoria su más universal empeño creador: el que hizo de la libertad un fecundo condimento literario. Basta una simple ojeada al esplendor polifónico de su gran novela para entender que todo lo que tuvo de infortunada la vida de Cervantes, acabó encontrando una justiciera contrapartida en esa manifestación suprema de la propia libertad que es la palabra. “Libre nací y en libertad me fundo”, reza el último endecasílabo de un hermoso soneto de la Galatea.Una libertad que enarbola Cervantes como una lanza desempolvada -la del caballero de la Triste Figura- para protagonizar tantas y tan heroicas hazañas en defensa de los perseguidos, los oprimidos, los sojuzgados. Todos sabemos que abundan en el Quijote los episodios en que el andante caballero medita y actúa como un justiciero guardián de las libertades, como un emisario de la tolerancia, como un hombre decente -en suma- que procuró igualar con la vida el pensamiento. Decía Octavio Paz que “con Cervantes comienza la crítica de los absolutos: comienza la libertad”.

    Me importa insistir fugazmente en ese prolongado alejamiento de las letras a que alude Cervantes como de pasada, pero que constituye un atractivo foco de deducciones. Siempre me ha conmovido, y ahora más, imaginarme al autor del Quijote navegando sin brújula entre los boatos de la Italia renacentista o los intramuros argelinos del cautiverio, por la corte encumbrada de Felipe II o la babilónica Sevilla de finales del XVI y principios del XVII. Asiduo a los garitos y corrales de comedias, al trato de pícaros y cómicos, un Miguel de Cervantes solitario y meditabundo, apenas conocido por nadie, iría trasegando desde la vida a la memoria algunos de los hechos y personajes que pasarían a figurar en muchas de sus historias. La experiencia del escritor que no escribe, que malvive de oficios indeseados, comparece aquí como una contradicción in terminis. Más que la imagen del vencido por la vida, lo que ese Cervantes acaba sugiriendo es la del vencedor literario de todas las batallas por la libertad. Siempre nos ha dado respuestas el autor del Quijote, incluso antes de escribirlo. Y luego, en el mismo momento en que Cervantes saca de su casa a Alonso Quijano, Alonso Quijano otorga a Cervantes una nueva coyuntura para recorrer los caminos irrestrictos de la libertad.

    [...] Creo honestamente en la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia. En un mundo como el que hoy padecemos, asediado de tribulaciones y menosprecios a los derechos humanos, en un mundo como éste, de tan deficitaria probidad, hay que reivindicar los nobles aparejos de la inteligencia, los métodos humanísticos de la razón, de los que esta Universidad -por cierto- fue foco prominente. Quizá se trate de una utopía, pero la utopía también es una esperanza consecutivamente aplazada, de modo que habrá que confiar en que esa esperanza también se nutra de las generosas fuentes de la inteligencia. Leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro, son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro acceso a la libertad y la felicidad. Tal vez se logre así que el pensamiento crítico prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador. Quiero creer -con la debida temeridad- que el arte también dispone de ese poder terapéutico y que los utensilios de la poesía son capaces de contribuir a la rehabilitación de un edificio social menoscabado. Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción. Que así sea.

martes, 4 de diciembre de 2012

Música de fondo - José Manuel Caballero Bonald - España


Llega el momento de decir la palabra
y se la deja fluir, se la ayuda
a resbalar entre los labios,
anclada ya en sus límites de tiempo.
La palabra se funda a ella misma, suena
allá en el corazón del que la habla
y trepa poco a poco hasta nacer
y antes es nada y sólo una verdad
la hace constancia de algo irrepetible.

Súbitamente esa palabra aumenta
el hallazgo caudal de la memoria,
boga sobre los hombres que la escuchan,
gira anhelante entre vislumbres
y se alza más y más y se perfila, pule
sus bordes balbucidos, se nivela entre sueños.

Después inicia su holocausto.
Función de amor o de vileza,
la palabra se gasta en los oídos,
puebla sus márgenes de brozas,
se torna vana, amago de un aliento,
oscuridad final y sin sentido.
Está cayendo ya hecha pedazos.
Rescoldos sumergidos, restos
de rescates sin fondo, flota y flota
sobre las intenciones proferidas,
entre el silencio de las conjeturas.

Es nada la palabra que se dijo
(no importa que se escriba para
querer salvarla), es nada y lo fue todo:
la música del mundo y su apariencia.
José Manuel Caballero Bonald

       El poeta y escritor gaditano José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1926) ha sido galardonado con el Premio Cervantes, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, en su edición 2012.
      Caballero Bonald es licenciado en Filosofía y Letras, poeta, novelista y ensayista. Durante diez años ejerció la docencia en la Universidad Nacional de Colombia, donde impartió clase de Humanidades y de Literatura Española e Hispanoamericana. Es encuadrable dentro de la generación del 50, quizá la penúltima generación poética realmente importante de la poesía española, a la que pertenecen Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Josep María Castellet, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Francisco Brines...

      Además de Darío Villanueva como presidente, el jurado del Premio Cervantes ha estado compuesto por Arístides Martínez Ortega, a propuesta de la Academia Panameña de la Lengua; Rosa Navarro Durán a propuesta de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE); Malena Mijares a propuesta de la Unión de Universidades de América Latina (UDUAL); Montserrat Iglesias Santos, a propuesta del Director del Instituto Cervantes; Valentí Puig i Mas, a propuesta del Ministro de Educación, Cultura y Deporte; Fernando González Urbaneja, a propuesta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE); Ernesto Carmona a propuesta de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP); y Patrizia Botta Annoscia, a propuesta de la Asociación Internacional de Hispanistas.
Asimismo ha formado parte del jurado Ana María Matute (premiada en la edición 2010). Nicanor Parra (Premio Cervantes 2011) ha excusado su asistencia.
Como secretarias del jurado han actuado la directora General de Política e Industrias Culturales y del Libro, Teresa Lizaranzu, y la subdirectora General de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras, Mónica Fernández Muñoz.

Enhorabuena, poeta.

sábado, 12 de febrero de 2011

Nocturno de la música - José Manuel Caballero Bonald - España

Nocturno - José Ismael Rivera
¿Qué sería de mí si alguna vez
llegara al fondo de la noche
sin haber podido oír a Louis Armstrong,
a Umm Kalzum, a la Niña de los Peines,
a Samara la Única?

Maldita sea la estrechez del tiempo, hondo
escombro de sombra, en derredor la nada
y una insaciable sed de sedimentos:
la quejumbre filial, la sangre
reverberando en la memoria
y el visionario cuarto atormentado
por la sonoridad terrible de los muros.

Del centro del silencio pende el eco
de la perplejidad: gritos
instrumentales, arañazos, herrumbres,
vértigos despiadados.

¿Qué sería de mí
si no pudiese compartir con nadie
esa majestuosa sucesión de harapos?
Pastora Pavón (La Niña de los Peines) y Federico García Lorca

domingo, 5 de abril de 2009

La botella vacía se parece a mí alma - José Manuel Caballero Bonald - España

Convergence - Jackson PollockSolícito el silencio se desliza
por la mesa nocturna,
rebasa el irrisorio contenido del vaso.
No beberé ya más hasta tan tarde.
Otra vez soy el tiempo que me queda.
Detrás de la penumbra
yace un cuerpo desnudo
y hay un chorro de música insidiosa
disgregando las burbujas del vidrio.
Tan distante como mi juventud ,
pernocta entre los muebles el amorfo,
el tenaz y oxidado material del deseo.
Qué aviso más penúltimo
amagando en las puertas,
los grifos, las cortinas.
Qué terror de repente de los timbres.
La botella vacía se parece a mi alma.
Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.

Versículo de Génesis - José Manuel Caballero Bonald - España

Paul DelvauxPor las ventanas , por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.

Entra la noche como un trueno
por los rompientes de la vida,
recorre salas de hospitales,
habitaciones de prostíbulos,
templos, alcobas, celdas, chozos,
y en los rincones de la boca
entra también la noche.

Entra la noche como un bulto
de mar vacío y de caverna,
se va esparciendo por los bordes
del alcohol y del insomnio,
lame las manos del enfermo
y el corazón de los cautivos,
y en la blancura de las páginas
entra también la noche.

Entra la noche como un vértigo
por la ciudad desprevenida,
rasga las sábanas más tristes,
repta detrás de los cobardes,
ciega la cal y los cuchillos
y en el fragor de las palabras
entra también la noche.

Entra la noche como un grito
por el silencio de los muros,
propaga espantos y vigilias,
late en lo hondo de las piedras,
abre los últimos boquetes
entre los cuerpos que se aman,
y en el papel emborronado
entra también la noche.

Estoy más desconcertado que nunca. El mundo anda desalmado. Hay circunstancias que van creándome una especie de escepticismo, de desgana, de incredulidad... Atravesamos una etapa pésima. Incluyendo, cómo no, a la Cultura.

Es el triunfo de la banalidad. De una banalidad encubierta. Escarbas un poco y todo está hueco, cogido con las trampas de lo trivial, de lo frívolo.

Yo creo en el poder curativo y salvador de la palabra poética. Para mí la poesía, más que nunca, es una forma de conocimiento de la propia identidad. Y una cuestión de fe. Y también una forma de manifestarse contra el gregarismo, contra las convenciones, contra el pensamiento único.

Yo he sido muy contradictorio... La duda es esencial. Es un estado radicalmente positivo. Que me dejen dudar.

Palabras de Caballero Bonald, uno de los poetas principales de la Gereración del 50, y uno de los pocos que quedan vivos y trabajando, junto con Francisco Brines.
El próximo día 15 publica su nuevo libro de poemas, "La noche no tiene paredes", en la Editorial Seix Barral.