Chet Baker - Like Someone In Love

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lunes, 7 de octubre de 2013

Mote - Jorge Manrique - España


Sin Dios, y sin vos, y mí
                   I
    Yo soy quien libre me vi,
yo, quien pudiera olvidaros;
yo só el que, por amaros,
estó, desque os conoscí,
sin Dios, y sin vos, y mí.

                   II
    Sin Dios, porque en vos adoro,
sin vos, pues no me queréis;
pues sin mí ya está de coro1
que vos sois quien me tenéis.
Assí que triste nascí,
pues que pudiera olvidaros.
Yo só el que, por amaros,
estó, desque os conoscí,
sin Dios, y sin vos, y mí.
Jorge Manrique
1 De coro: sobradamente conocido. (N. de J. N.) 

    El mote era una frase que se bordaba en las vestiduras, guarniciones, etc., durante las fiestas. Sin Dios, y sin vos, y mi es un mote que entra dentro del motivo -muy común en tiempos de Manrique- del amor tomado como religión: la dama es el único dios del amante.

martes, 5 de febrero de 2013

Coplas - Jorge Manrique - España


ACORDAOS, POR DIOS, SEÑORA...

    Acordaos, por Dios, señora,
cuánto ha que comencé
       vuestro servicio,
cómo un día ni una hora
nunca dexo ni dexé
       de tal oficio;
acordaos de mis dolores,
acordaos de mis tormentos
       qu'he sentido;
acordaos de los temores
y males y pensamientos
       qu'he sufrido.

    Acordaos cómo, en presencia,
me hallasteis siempre firme
       y muy leal;
acordaos cómo, en ausencia,
nunca pude arrepentirme
       de mi mal;
acordaos cómo soy vuestro
sin jamás haber pensado
       ser ajeno;
acordaos cómo no muestro
el medio mal qu'he passado
       por ser bueno.

    Acordaos que no sentistes,
en mi vida, una mudança
       que hiziesse;
acordaos que no me distes,
en la vuestra, una esperança
       que viviesse;
acordaos de la tristura
que siento yo por la vuestra
       que mostráis;
acordaos ya, por mesura,
del dolor qu'en mí se muestra
       y vos negáis.

    Acordaos que fui sujeto,
y soy, a vuestra belleza,
       con razón;
acordaos que soy secreto,
acordaos de mi firmeza
       y afición;
acordaos de lo que siento
cuando parto y vos quedáis,
       o vos partís;
acordaos cómo no miento,
aunque vos no lo pensáis,
       según dezís.

    Acordaos de los enojos
que m'habés hecho passar,
       y los gemidos;
acordaos ya de mis ojos,
que de mis males llorar
       están perdidos;
acordaos de cuánto's quiero
acordaos de mi desseo
       y mis sospiros;
acordaos cómo, si muero,
de estos males que posseo,
       es por serviros.

    Acordaos que llevaréis
un tal cargo sobre vos
       si me matáis,
que nunca lo pagaréis
ante el mundo ni ante Dios,
       aunque queráis;
y aunque yo sufra paciente
la muerte, y de voluntad
       mucho lo hecho,
no faltará algún pariente
que dé quexa a la'rmandad1
       de tan mal hecho.

    Después que pedí justicia,
torno ya a pedir merced
       a la bondad,
no porque haya gran cobdicia
de vevir, mas vos habed
       ya piedad;
y creedme lo que os cuento,
pues que mi mote sabéis
       que dice assí:
ni miento ni me arrepiento,
ni jamás conosceréis
       ál2 en mí.

CABO
    Por fin de lo que dessea
mi servir y mi querer
       y firme fe,
consentid que vuestro sea,
pues que vuestro quiero ser,
       y lo seré;
y perded toda la dubda
que tomastes contra mí
       d'ayer acá,
que mi servir no se muda,
aunque vos pensáis que sí,
       ni mudará.


A SU MOTE QUE DICE: "NI MIENTO NI M'ARREPIENTO"

   Ni miento ni m'arrepiento,
ni digo ni me desdigo,
ni estoy triste ni contento,
ni reclamo ni consiento,
    ni fío ni desconfío;
ni bien vivo ni bien muero,
ni soy ajeno ni mío,
ni me venço ni porfío,
ni espero ni desespero.

FIN
    Conmigo solo contiendo
en una fuerte contienda,
y no hallo quién m'entienda
ni yo tampoco m'entiendo.
    Entiendo y sé lo que quiero,
mas no entiendo lo que quiera
quien quiere siempre que muera
sin querer creer que muero.
1 la'ermandad: la Hermandad. Se refiere a la institución, vieja en Castilla, que perseguía los crímenes cometidos en despoblado.
2 ál: otra cosa.

    Entre los numerosos escritores del siglo XV en lengua castellana sobresalen con especial relieve las figuras de tres poetas cultos: Íñigo López de Mendoza, más conocido por su cargo nobiliario de Marqués de Santillana (1398-1458), autor de dos importantes poemas alegórico-dantescos y de populares serranillas, canciones y decires; Juan de Mena (1411-1456), que dio cima al mayor poema alegórico de la literatura española de su tiempo en El laberinto de Fortuna, también llamado Las trescientas por ser éste el número de estrofas que lo componen; y Jorge Manrique (¿1440?-1479), el más célebre de todos por sus inmortales Coplas a la muerte de su padre, Rodrigo Manrique, el cual había sido un relevante político y militar muerto en 1476, después de haber participado activamente en favor de Isabel la Católica en la guerra civil que la enfrentó a Juana la Beltraneja por la sucesión en el trono de Castilla a la muerte del rey Enrique IV en 1474.
    Poco se sabe de la vida de Jorge Manrique. Nacido en la villa palentina de Paredes de Nava, intervino al lado de su padre en la vida política y militar de su tiempo. Apoyó siempre la causa de Isabel la Católica en sus aspiraciones al trono de Castilla. Y murió como consecuencia de una empresa guerrera en favor de la reina, herido de gravedad en el castillo de Garcimuñoz (provincia de Cuenca). La muerte le sobrevino poco después en el vecino pueblo de Santa María del Campo, cuando sólo contaba treinta y nueve años de edad.
    A caballo entre la Edad Media, que entra en su ocaso, y el Renacimiento, que descubre sus primeras tímidas manifestaciones, Jorge Manrique presenta la transición entre ambas formas de vida y sus respectivas realizaciones literarias. Como también el Marqués de Santillana, Manrique compaginó en su vida las armas y las letras, combinación que encontrará, en el siglo siguiente, su más perfecta representación en Garcilaso de la Vega. Y en su literatura, el autor de las Coplas a la muerte de su padre pudo integrar la gravedad medieval en el tratamiento de cuestiones e inquietudes de naturaleza religiosa y moral con el anticipo de significativos elementos renacentistas como, por ejemplo, la valoración de la fama.
    Su obra poética es bastante escasa en el número de textos conservados: unos cuarenta y nueve poemas con poco más de dos mil trescientos versos. Por los temas tratados, se han clasificado en tres grupos básicos. La mayoría se ocupa de temas amorosos, casi todos, menos tres poemas burlescos y dos composiciones de contenido moral, que son las Coplas y los veinticuatro versos de un poema inconcluso -de dudosa atribución- hallados entre las ropas del poeta cuando le sobrevino la muerte.
    Las cuarenta y cuatro composiciones líricas de asunto amoroso revelan a un poeta cortesano que se sitúa en la tradición literaria del amor cortés procedente de la literatura provenzal. Manrique sigue en estos poemas los tópicos perfectamente reglados según un código común concebido por los trovadores provenzales y difundido por las principales literaturas europeas. Según este código del amor cortés todo buen amante debía acomodar su conducta amorosa a unas convenciones que le imponían su misión ante la amada (considerada como dueñaseñora del caballero), divinización de la misma, discrección y servidumbre, aceptación del sufrimiento propio como consecuencia de una pasión irresistible y de logro inalcanzable.
    Para expresar tales contradicciones, provocadas por íntima contienda entre la dicha y el dolor del sentimiento amoroso, el poeta recurre a un lenguaje lleno de fórmulas de uso general que constituyen el llamado trovar clus o estilo cerrado, conceptista, caracterizado por abundantes sutilezas de ingenio expresadas en numerosos juegos de palabras. En este modelo ya fijado en la tradición literaria, con el añadido de frecuentes alegorías de la vida militar en la exposición del asedio del amante, compuso Manrique sus poemas amorosos. ÁNGEL BASANTA

viernes, 18 de febrero de 2011

Tempus fugit/2 - Ubi sunt?/ 4 - Fragmentos de Coplas por la muerte de su padre - Jorge Manrique - España


    Recuerde el alma dormida
avive el seso y despierte
        contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
        tan callando;
    cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
        da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiera tiempo pasado
        fue mejor.

    Pues si vemos lo presente
cómo en un punto s'es ido
        e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
        por pasado.
    Non se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
        lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
        por tal manera.

    Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
        qu'es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
        e consumir;
    allí los ríos caudales,
allí los otros medianos,
        e más chicos,
alleguados, son iguales
los que viven por sus manos
        e los ricos.
[...]

    Ved en quánd poco valor
son las cosas tras que andamos
        y corremos,
que, en este mundo traidor,
aun primero que muramos
        las perdemos:
    dellas deshace la edad,
dellas casos desastrados
        que acaeçen,
dellas por su calidad,
en los más altos estados
        desfalle[s]cen.

    Decidme: La hermosura,
la gentil frescura y tez
        de la cara,
la color e la blancura,
cuando viene la vejez,
        ¿cuál se para?
    Las mañas e ligereza
e la fuerça corporal
        de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega el arrabal
        de senectud.

    Pues la sangre de los godos,
y el linaje e la nobleza
        tan crescida,
por cuántas vías e modos
se pierde su grand alteza
        en esta vida.
    Unos, por poco valer,
por cuán bajos e abatidos
        que los tienen.
Otros que, por no tener,
con oficios non debidos
        se mantienen.

    Los estados e riqueza,
que nos dejen da de[s]hora
        ¿quién lo duda?,
non les pidamos firmeza,
pues son d'una señora
        que se muda.
    Que bienes son de Fortuna
que revuelve con su rueda
        presurosa,
la cual no puede ser una
ni estar estable ni queda
        en una cosa.
[...]

    Esos reyes poderosos
que vemos por escripturas
        ya pasadas,
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
        transtornadas;
    así que non hay cosa fuerte
que a papas y emperadores
        e perlados,
así los trata la Muerte
como a los pobres pastores
        de ganados.

    Dejemos a los troyanos,
que sus males non los vimos,
        ni sus glorias;
dejemos a los romanos,
aunque oímos o leímos
        sus hestorias;
    non curemos de saber
lo d'aquel siglo pasado
        qué fue d'ello;
vengamos a lo de ayer,
que también es olvidado
        como aquello.
[...]
Jorge Manrique

La expresión tempus fugit ('el tiempo se escapa', 'el tiempo vuela') es uno de los muchos lugares comunes de la literatura. Aparece por primera vez en las Geórgicas de Virgilio, Libro III, v. 284 (29 a.C.), pero antes y después el concepto ha sido utilizado por los poetas para poner de relieve la fugacidad del tiempo:

Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus,
singula dum capti circumvectamur amore.

Pero entre tanto huye, huye irreparable el tiempo,
mientras nos demoramos atrapados por el amor hacia los detalles.

En España el ejemplo más logrado lo tenemos en estas Coplas, verdadera joya de la literatura hispana y universal.