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martes, 28 de enero de 2014

Presencia - José Emilio Pacheco - México / Poeta ante las Musas - Antonio Casares - España


¿Qué va a quedar de mí cuando me muera
sino esta llave ilesa de agonía,
estas pocas palabras con que el día,
dejó cenizas de su sombra fiera?

¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera
esa daga final? Acaso mía
será la noche fúnebre y vacía
que vuelva a ser de pronto primavera.

No quedará el trabajo, ni la pena
de creer y de amar. El tiempo abierto,
semejante a los mares y al desierto,

ha de borrar de la confusa arena
todo lo que me salva o encadena.
Más si alguien vive yo estaré despierto.

  José Emilio Pacheco, ensayista, colaborador de prensa, traductor, novelista, pero sobre todo poeta, falleció el domingo pasado en Ciudad de México a los 74 años. Descanse.
     Ganador de todos los premios literarios de la  lengua española habidos y por haber -entre ellos el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009) y el Cervantes (2009), cuyo importe de 125.000 € donó a clínicas y hospitales- era considerado por muchos de sus paisanos como el "poeta de México", pero él no estaba de acuerdo: ni siquiera soy el mejor poeta de mi barrio, ¿no ven que soy vecino de Juan Gelmán?, decía el bueno de Pacheco, conocido por su humildad y su estilo "casero", como lo definió Elena Poniatovska. Precisamente a su gran amigo Gelman le dedicó la última columna en prensa, escrita poco antes de morir.
    Pacheco era uno de los últimos representantes de lo que se llamó "Generación de los años cincuenta": Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Sergio Pitol, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero, Sergio Galindo, Salvador Elizondo...

    Hay más poemas de José Emilio Pacheco en este blog.

    El poeta Antonio Casares le dedica estos versos:

Difícil es morir con dignidad.
                           (JOSÉ EMILIO PACHECO)
Cuando estés en presencia de las Musas
y te pregunten qué es lo que has hecho
para cambiar, como Rimbaud, la vida
o transformar el mundo con tus versos,
responde que has amado las palabras,
la libertad, la rosa de los sueños,
el cielo de los altos ideales,
el destino, aunque fuera adverso,
y si no es suficiente con decírselo,
y prefieren escuchar tu silencio,
y te miran con cierta displicencia,
como si miraran a un díscolo Orfeo,
no se lo tengas demasiado en cuenta,
de sobra saben cuánto amas el verbo,
cuánta belleza hay en tu poesía,
cuánto hay en ti de poeta verdadero,
cuánto les debes a su inspiración,
cuánto te deben, cuánto te debemos,
por hacer más hermosa la existencia,
por hacer habitable el universo,
por la eterna belleza de tu obra,
por llamarte José Emilio Pacheco.

                                      (Santander, 27 de enero de 2014)

jueves, 21 de junio de 2012

Solsticio - Antonio Casares - España

Tiempo de cerezas - Helen Galloway McNicoll (Canadá)
Empieza un nuevo día, otro milagro
cotidiano al que tengo el privilegio
de poder asistir con el asombro
y la perplejidad de estar, de ser,
o el mero hecho de saber que hoy
tengo conciencia de saber quién soy,
quién se oculta detrás de mi nombre.
Mi alma despierta del sopor nocturno,
vuelve del sueño, de la pesadilla,
del abismo y sus últimos arcanos
a la evidencia cierta del presente.
Van tomando su forma los objetos
y se van perfilando sus perfiles
con las primeras luces que se abren
paso en el laberinto de las cosas.
La luz da realidad a lo real,
es la ventana para ver el mundo
y vislumbrar lo que nunca hemos visto
o hemos visto de distinta manera,
pues como dijo Heráclito el Oscuro
no nos bañamos en el mismo río.
No hay nubes en el cielo, solo pájaros,
gaviotas como heraldos enigmáticos,
gorriones de doliente algarabía,
mirlos a la deriva del deseo,
y en el jardín, entre las frondas densas
y el verde yerbazal abigarrado,
pequeña jungla en la jungla de asfalto,
todavía quedan rosas, rosas rojas
o blancas como la luna del alba,
y hortensias como soles diminutos
a punto de alcanzar su esplendor,
y gatos que regresan sigilosos
de no se sabe dónde, como espectros
o sombras camufladas por las sombras,
y los árboles siguen en su sitio,
firmes en sus raíces y en sus ganas
de ser únicamente lo que son,
un espejo para aquel que los mira
como quien mira una revelación:
columnas que sostienen el celaje
o apuntalan las ruinas de la noche,
altivas ramas y orgullosas hojas
bailando un minué entre la brisa
o mecidas por el hondo silencio
de la mañana que comienza a andar
-ebria de luz, indecisa y sonámbula-
por las aceras yertas, por las calles
insomnes y desiertas, aceptando
su soledad, su presencia en el mundo,
y el ejemplo que nos dan existiendo,
dando certeza a tanta incertidumbre,
salvoconducto contra la zozobra
y el caos al que quieren abocarnos
los malvados que gobiernan la Tierra.
Celebro el nacimiento de este día
nuevo en el calendario de mi vida,
lo celebro como si fuera el último,
con la misma inocencia del primero,
con el mismo estupor, celebro el sol
porque hace visible lo invisible,
celebro el despertar del universo,
y el aire translúcido de junio,
celebro la inminencia del verano
como lo celebraban los antiguos
en los ceremoniales del solsticio,
celebro estar sintiendo esto que siento
y puede, por qué no, llamarse amor,
celebro a las personas que amo,
y el poder decirte que te quiero
con el puro silencio de las cosas.
celebro cada cosa, aunque sea nimia,
celebro la grandeza de lo mínimo,
una piedra, un libro entre las manos,
un pétalo de la rosa del sueño,
una lágrima, una gota de rocío,
celebro la humildad de la poesía
que busca la verdad del corazón,
celebro la armonía de lo inefable
y el deslumbramiento de la música,
celebro la belleza que no ven
los que cierran los ojos ante ella
o prefieren mirar hacia otro lado,
celebro por placer de celebrar
y, al hacerlo, me acuerdo de Walt Whitman,
y de Claudio Rodríguez, que volaba
con las alas de la imaginación,
celebro la materia y el espíritu,
las dos caras de la misma moneda,
celebro, libre, el librepensamiento,
y el derecho a soñar porque es sagrado
y el único camino que nos queda
hacia la libertad, celebro el mundo
sin yugos, sin cadenas, sin tiranos,
hermoso como cuando fue creado,
celebro al niño que siempre he sido
y seguiré siendo hasta la muerte,
celebro el simple hecho de estar vivo,
celebro el mar y sus celebraciones,
y la liturgia de los océanos
con la vehemencia de Lautréamont,
celebro al lector desconocido
que acaso lo celebre conmigo,
y se conmueva tal yo me conmuevo,
mientras voy escribiendo estas palabras
que agradecen y cantan y proclaman
la hermosura del idioma en que escribo,
el misterio insondable de existir
y encontrar, entre tanto sinsentido,
un amable sentido a la existencia
y una esperanza en la desesperanza.
Santander, 21 de junio de 2012

miércoles, 1 de febrero de 2012

Nadie vuelve a Ítaca - Antonio Casares - España

Ulises y las sirenas - Museo Nacional del Bardo - Túnez
Has regresado, tras un largo viaje
por los ignotos caminos del mundo,
hasta el mismo lugar desde el que un día
partiste para cumplir tu destino,
pero ya nada es ni será lo mismo,
ni tú mismo eres aquel que eras,
de alguna forma eres un apátrida:
no hay patria donde habite tu espíritu
atormentado por la errancia continua,
no hay patria para aquel que sueña
con un mundo en el que no existan patrias.
Ìtaca sólo existe en tu memoria
de manera imprecisa, como algo
que no se corresponde con tu sueño
antiguo de tener un ideal,
y Penélope ya no te reconoce,
nadie te reconoce, ni tú mismo
sabes por qué ahora te llamas Nadie.
No es Ítaca la isla sino tú,
isla perdida en un mar infinito,
alma que sufre todos los naufragios,
Tampoco habrá, aunque ello no te importe,
Homero o Virgilio que te cante
como al héroe de una epopeya:
una vida vulgar como la tuya
no es merecedora de un mal verso,
¿quién se atreverá a llamarla odisea?
No habrá un Joyce, ni un Kavafis, ni un poema
que testifique sobre tu existencia
o deje alguna huella de tus huellas,
es vana pretensión que lo pretendas
o que no lo pretendas nada importa.
Y pronto, cuando vuelvas a marcharte
de ese lugar que no te pertenece,
sombra invisible de un mito abolido,
nadie saldrá para decirte adiós,
ni nadie llorará por tu ausencia,
ni tú tampoco llorarás por nadie.
Así que mira bien ese paisaje
que un día fue tuyo, o creíste tuyo,
el vago espejo en el que te buscabas
y en el que ya nunca te encontrarás,
y dile adiós a esa rota ilusión
que llamas Ítaca y no es más que un nombre,
la imagen fiel y cruel de tu fracaso,
como si nunca te hubieras ido,
como si nunca hubieras regresado,
como si nunca fueras a volver,
como si Ítaca no existiese
o solo hubiese sido un dulce sueño
en el abismo de tu corazón,
es la hora de partir, no te demores,
despídete, despídete de Ítaca,
porque ahora, no lo dudes, eres Nadie,
aunque sigan llamándote Ulises,
aunque sigas llamándote Antonio.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Cartas apócrifas de Penélope a Ulises - Antonio Casares - España

Ulises y Penélope en la cámara nupcial - Marc Chagall
I
De qué vale vivir en un palacio
que es la envidia de reyes y princesas,
construído con mármol de Corinto
y todos los lujos imaginables,
gimnasio, sauna, plácidos jardines
con fuentes de música acariciadora
y estatuas que incitan al deseo,
de qué sirven las bellas cortesanas,
los halagos de amigos y enemigos,
las vestales del templo del amor,
o los cuerpos que invitan al placer,
cuando el deseo no se ve cumplido
y es todo juego, amago, seducción,
apariencia, ficción o simulacro,
de qué tener collares y diademas
de oro puro y diamantes tallados
por los orfebres más hábiles del mundo,
y joyas que no tuvo Nefertiti
ni poseyó jamás mujer alguna,
para qué quiero cosas que no quiero,
celebraciones, ágapes, festejos
innecesarios, bálsamos, perfumes,
beber vino de Samos escanciado
por lúbricas bacantes o efebos
que me ignoran igual que los eunucos,
las púrpuras traídas de Oriente,
las clámides de seda de la China,
las estancias más amplias, los espejos
en los que se marchita mi belleza,
o la alcoba más voluptuosa
si no tengo con quién compartirla,
si sólo quiero compartirla contigo,
de qué sirven poetas y filósofos
y adivinos y astrólogos y sabios
de todas las naciones de la Tierra,
y los libidinosos pretendientes
merodeando como buitres ciegos,
dispuestos, si así se lo pidiese,
a luchar por mi amor hasta la muerte
o de llevarme al tálamo de Eros,
si ninguno de ellos me atrae
hasta el punto de serte infiel,
mientras tú, la persona que más amo
y que más amaré mientras viva,
llevas ausente más de veinte años.
(Telémaco apenas te conoce,
y sólo sabe preguntar por ti,
y ha preparado una expedición
para salir con urgencia a tu rescate.)
Quién sabe dónde estás, dónde encontrarte.
Estoy cercada por una zozobra
que no tiene ni principio ni fin,
por no decir al borde del naufragio.
Paso los días y las noches insomne,
tejiendo y destejiendo inútilmente
la túnica tediosa de Laertes,
y me aburro, me aburro hasta el hastío
de escribir cartas que nunca contestas,
de consultar en vano los oráculos,
de visitar a afamados nigromantes,
y de leer siempre los mismos libros,
y mirar siempre los mismos paisajes,
y asistir a los mismos espectáculos,
y frecuentar los mismos cenáculos,
y soportar estoicamente el tedio,
y apenas tengo noticias tuyas
o son de mal agüero o muy confusas.
Me muero de nostalgia algunas veces,
añoro tus caricias y tus besos
y nadie puede comprender mis sueños.
Más que tu esposa, parezco tu viuda.
De qué sirven los fastos y las fiestas,
si no quiero la vida de la corte
ni hay consuelo para mi desconsuelo
y estoy más sola que la última esclava.
Aquellos que envidian lo que tengo
no saben que me falta lo esencial:
yo envidio a los mendigos que comparten
su amor en una choza miserable
o al pastor que habita en el monte
una humilde cabaña amorosa
en armonía con la naturaleza.
Sin duda, hubiera preferido, a esta
sensación infinita de abandono,
a esta frustración, a este insufrible
fastidio de la vida palaciega,
vivir a la intemperie, entre las ruinas
de una ciudad que ya nadie visita,
olvidada de todos, alejada
de la vida agitada de Ítaca,
pero estando contigo a todas horas,
hubiera preferido un desierto,
lejos de la mirada de los dioses
y del lúbrico acoso de los hombres,
a este boato y estas fiestas banales,
y a pasarme la vida esperándote,
entre la zozobra y la incertidumbre
de no saber si vives o estás muerto,
o ya te has olvidado de mí
y languideces en brazos de otras,
y cambiaría todas las riquezas
que ahora me sobran porque tú me faltas
por volver a mirarme en tus ojos,
porque ellos son los mejores espejos,
y daría sin dudar todo mi reino
y todo lo que el poder representa,
a cambio de tu presencia, amor mío,
a cambio de tu regreso, Ulises...


II
Mi querido Ulises: Te escribo
para dejar algunas cosas claras
y poner los puntos sobre las íes.
Necesito sincerarme contigo,
porque somos mortales y no debe,
a estas alturas de nuestro amor,
haber ningún secreto entre nosotros.
Te diré, por ejemplo (es mi opinión),
que me parece que ese tal Homero,
o quien sea el autor de la epopeya
que da lustre y fama a tu nombre,
ha cargado demasiado las tintas
convirtiéndote en un héroe al uso
y haciéndote olvidar que eres un hombre
con mujer e hijo a tus espaldas
y unas obligaciones familiares,
y a mí me ha dado un papel secundario
de ama de casa sin ningún derecho
más allá de la cama y la cocina.
¿No crees como yo que es un machista?
¿O acaso eres de la misma estirpe
y participas con él de su error?
Llevo alrededor de veinte años
esperando, paciente, tu regreso,
sin tener ninguna noticia tuya,
soportando las murmuraciones
y cotilleos de las comadres de Ítaca
y luchando contra las tentaciones
inherentes al placer y al deseo
(todos sabemos que la carne es débil),
tratando de librarme de la plaga
de pretendientes y merodeadores
que no cesan de dejarse caer,
de insinuarse con palabras y gestos
e incluso con frecuentes groserías
que harían palidecer a un libertino.
Son como los moscones y los buitres...
No te puedes imaginar, amor mío,
las veces que me han tirado los tejos
y he tenido que decirles que no,
pero tanto va el cántaro a la fuente,
tanto va el cántaro a la fuente...
Además, ya me canso de este rol
que me ha asignado el ínclito Homero
de esposa fiel que teje y que desteje
para dar una imagen decente
ante los hipotéticos lectores
o los biempensantes del futuro,
mientras tú, con tu vida libérrima,
como buen marinero y peor marido,
mantienes un amor en cada puerto,
cuando no en burdeles y mancebías.
Y no hace falta oir las malas lenguas
para saber que lo que digo es cierto:
¿crees que no sé que andas flirteando
con tías de dudosa reputación,
como esa golfa a la que llaman Circe,
con la calientapollas de Calipso,
o el putón verbenero de Nausícaa,
y con otras amantes anónimas
que harían interminable el recuento?
¿Qué quieres que le diga a Telémaco?
¿Que su padre es un vulgar picaflor?
¿Que tiene varios hermanos bastardos?
¿Hasta cuándo pretendes que espere?
¿De qué me sirve a mí que seas un héroe,
si yo no soy ninguna heroína,
y lo que necesito es un esposo
que me haga recordar que estoy viva?
Todavía soy joven y -eso dicen-
estoy de muy buen ver, y empiezo a hartarme
de que me sigas teniendo por tonta,
y ya que me señalan con el dedo
y murmuran de mí a mis espaldas
que lo hagan con razón, ¿no te parece?

¿Te digo la verdad? Más que un mito
digno de ser amado o respetado,
creo que eres una marioneta
al albur de lo que escriba el poeta.
Estoy harta: hasta aquí hemos llegado,
no soy de piedra ni pretendo serlo,
y no mereces que te guarde ausencias.
No hay reciprocidad, sino machismo,
y por ahí no paso, por ahí no paso...
Así que, de ahora en adelante
-y cada palo que aguante su vela-,
puedes hacer lo que te venga en gana,
que yo haré exactamente lo mismo;
si tú eres libre, yo no voy a ser menos,
no tengas prisa por volver a casa,
y disfruta, disfruta plenamente
de tus viajes y de tus aventuras,
da la vuelta al mundo varias veces,
no renuncies a nada, no te prives
absolutamente de nada, Ulises,
sólo se vive una vez, no lo dudes,
y una canita al aire, ya me entiendes,
te ayudará a soportar estos momentos
tan delicados para nuestras vidas,
y hasta me sentiré menos culpable
sabiendo que disfrutas sin complejos
de todos los placeres a tu alcance.
El amor es hermoso mientras dura,
pero querer eternizarlo es vano
y, cuando muere, lo hace para siempre.
Si vuelves, ya hablaremos del divorcio
y, si no vuelves, sólo te deseo,
como suele decirse en estos casos,
que te vaya bonito. Adiós,
Penélope.
Santander, 8 de noviembre de 2011

miércoles, 14 de diciembre de 2011

QUIJOTESCAS/ 24 - Leitmotiv - Antonio Casares - España

Idealizada Dulcinea - Moisés Rojas
Aunque esta serie se dio por finalizada con la entrega nº 23 en la que el padre de Don Quijote se reivindica a sí mismo, el soneto de Antonio Casares bien merece que la rescatemos, aunque sea momentáneamente.

¿En qué dios se inspiró, qué oscuro numen
le dio el bello perfume de las rosas,
cómo hizo caber todas las cosas
en el breve recinto de un volumen?

En él todas las cosas se resumen,
Las más terribles y maravillosas,
Las más sublimes y las más tediosas,
Y aquellas que en el fuego se consumen.

Él volvió a unir lo igual y lo disperso,
El futuro y el hoy, el hoy y el antes,
Los mundos materiales con la Idea.

En El Quijote cabe el universo,
Pero ¿qué habría sido de Cervantes,
Si no hubiese soñado a Dulcinea?

lunes, 12 de diciembre de 2011

Email para Dios - Antonio Casares - España

Invasión cibernética - Orlando Arias Morales
El mundo es una gran computadora
en la que todos somos virtuales,
cibernéticos zombies irreales,
ocultos en la caja de Pandora.

Laberintos que Borges avizora,
¿somos robots o máquinas astrales?
Por el ciberespacio, fantasmales,
van nuestras almas sin aquí ni ahora.

Entre píxeles, bits, megas o gigas,
en un infierno virtual inmerso,
el hombre es un esclavo del futuro.

¡Dios, para el mundo, por favor, no sigas
dando cuerda al reloj del universo:
se te ha bloqueado el disco duro!
Santander, 21 de noviembre de 2011

Antonio Casares, poeta nacido en Liébana (Cantabria), licenciado en Filología Hispánica, es actualmente profesor jubilado.
Poseedor de una bien asentada cultura clásica, ha tocado todos los géneros literarios (novela, cuento, teatro, ensayo), aunque buena parte de su obra permanece aún injustamente inédita.
Ácrata de pro y de los buenos, publicó en 1978 El infierno de los días, además de hacer letras para el grupo de rock  Bloque (Abelardo y Eloísa, Undécimo poder...) y composiciones para Tejo y Papa Blues Band.  Anteriormente había sido uno de los fundadores del famoso grupo musical santanderino Los Dixies. En 2010 publicó el disco Cantata lebaniega.
Ha colaborado en diversas revistas o fanzines, como Kantil, Peña Labra, Lobotonia, Pérgola, y aparece en varias antologías:  Poesía de Cantabria, hoy, Poemas libertarios,  23,  Poesía castellana en Bilbao...