Neuróticos, ingenuos, amigos míos todos,
cuánto me hacéis sufrir, cómo os he amado.
Tan pocos años hace
de aquellas borracheras salpicadas
de pretensiones ontológicas,
de las colillas, las conversaciones
interminablemente literarias,
los suicidios (frustrados)
a causa del exceso de ternura,
que ahora me hacéis sentir vergüenza y odio
(hacia mí mismo)
porque he logrado ser, a costa de mi vida,
sólido y razonable antes de tiempo.
Qué hermosa estupidez
vuestro absurdo concepto de las lágrimas.
Y cuánto os amo todavía, cómo me hacéis sentir
terriblemente solo y viejo.
Ciudad sin eco,
sólo dos labios mudos ulceran tu blancura
en los altos cristales donde no late el viento
ni rasga el rayo el aire
ni presagian aristas la tormenta,
ni sabe el horizonte en qué cono de nácar
pliega sus alas muertas la negrura.
Ciudad sin nombre, vaca
el polvo estéril sobre el espejo impar de tu planicie,
diamante a la deriva que no pesa ni ultraja
la perpestiva incólume,
premonición tenaz de tu silencio.
Y
la llama no se agita,
es sólo un hilo de color que hiende
la planicie de hielo.
Lejos de aquí la sangre, los sonidos,
lejos la risa hueca del cráneo coronado, la máscara de amor del [maniquí de mimbre,
la lengua del ventrílocuo sangrienta navagando las aguas del [espejo,
lejos de aquí la araña con su hilo,
el runrún acerado de los bellos juguetes.
Ciudad sin eco,
sólo dos labios fríos laceran sin temblar
su carne sin color sobre las altas nieves,
destilan en silencio la sangre transparente
que inmacula, lentísima
la vacuidad del tiempo detenido.
Ciudad sin eco,
nada sustenta o rige
la exacta profusión de tus esferas
ni hay arena que cruja
en la pureza muda de tu espacio.
Sólo dos labios mudos
rutilan en la altura como estrellas extintas,
erigen
en el duro fulgor del plenilunio
la inerte floración de tus pestañas.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.