Bob Dylan - 'Til The Sun Goes Down - Triplicate CD1 (2017)

jueves, 30 de abril de 2015

¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua? - William Ospina - Colombia


Si tú me vieras caminando a esta hora hacia el río
me dirías: mujer ¿en dónde está tu hogar? ¿dónde tus hijos?
¿Dónde los sacos de lana, el tambor de bordar, la sartén en el fuego,
el té del atardecer, las cortinas de flores, las lámparas con su limitado
                                                                                   [crepúsculo?
¿Dónde las tardes sepia de las fotografías?
¿Dónde la soledad que el fonógrafo arrulla?
¿Y el cofre con las cartas y las blusas de seda
y el gato que se ovilla sobre el piano como un pacto secreto con una
selva antigua?

¿Y qué podría responderte yo, hermoso viajero invisible?
Hombre o Dios que imagino para que me interrogues en esta
hora extrema.

Sí sueño tus labios latinos, no habrá besos en ellos sino terribles
preguntas
Si sueño tus ojos de hogueras distantes no encontraré ternura
en su mirada.
Si sueño desnudo tu pecho, y enorme en el cielo, sobre las dudas
de la guerra y del Támesis,
oiré palpitar en el fondo un corazón valeroso y ausente.

Tú tienes el deber de ser valiente; la guerra cierra sus alas sobre
Inglaterra.
Tú tienes el deber de vigilar las bandadas de hierro, la basura
del cielo, los pájaros del Führer.
Tú tienes el deber de salvar a Inglaterra, de salvar de la peste
del odio piedras y almas.
Para mí se han cerrado los caminos, se han cerrado los días, las
flores;
en el jardín los picos de los últimos pájaros ya por última vez
dialogaron en griego,
y entendí que algo más triste que la guerra, más triste que la
codicia y el odio
se está cerrando lentamente sobre los mudos cielos de mi alma.

Tal vez todo está bien, tal vez así fue el mundo siempre.
Monstruosas cabalgatas con sus lunas de cráneos aplastando las
pequeñas ciudades
que intentaron un poco de fe y un poco de belleza y un poco de
orgullo
frente al sollozo interminable del mar.
Reyes y santos y pontífices que no sienten que hielan sus rostros
los vientos inicuos.
Y un desamparo de jardines sin sol, cuya humedad recorren con
sus corazas rotas los ciegos caracoles.

¿A quién le estarán explicando estas cosas mis labios?
¿Quién estará llenando con su forma ilusoria mis últimos instantes?

Oh piadoso testigo, resto tal vez de un sueño.

Último moro de labios triunfales, ofrecedor del último violín
de la noche.
Tú que no has existido jamás, y sin embargo,
llenas con tu presencia mi camino hacia el río,
la pesada labor de recoger estas cómplices piedras
Que he puesto en mis bolsillos, las muchas, negras, firmes,
antiguas, prodigiosas, inexplicables piedras,
cuyo peso tasado por Dioses ya imposibles,
me retendrá en el fondo de las aguas.

Tú que incesantemente, sensual hijo de mi alma,
reiteras tus preguntas, tus gritos, tus reproches,
tratas de arrebatarme mi secreto que ignoro,
demorarme en la tierra
que se están disputando los verdes rojos ácidos venenos,
los sonoros cuchillos, los ángeles horrendos.
Tratas de retenerme pero ya nada soy
que pueda herir el mundo.
Fui el alma de mi patria una mañana;
hice sonar de estrella a estrella, hice sonar de espuma a espuma,
hice sonar de sueño a sueño la sensitiva lengua inglesa;
dije a las hondas madres sumergidas
tan hermosos secretos,
que una a una se alzaron del mar con sus flores de púrpura,
tremolaron hilarantes y hermosas entre las nubes de oro,
y perfumaron de hierbas salvajes las cavernas de agosto.
Pero ya nada soy, hombre o duende que enredas mis pasos
para que nunca encuentren la orilla del río que debe arrastrarme.
Las ninfas de las aguas morderán estas manos,
masticarán mis cabellos como una hierba misteriosa y nocturna.

Como el gato que escapa hacia la selva
escapó de la lámpara el crepúsculo;
el piano enloquecido cantó una tonada brutal al fulgor de las
bombas
y va por las cortinas el incendio marchitando las rosas de Morris.

Ya sólo soy el peso de estas piedras,
las piedras que arrojaban las hondas de los padres antiguos,
restos despedazados de una ciudad de los tiempos de Alfredo,
piedras que hicieron tropezar a los potros romanos,
piedras de indescifrables inscripciones
que puso en estos bosques un Dios inaccesible,
que sembró en estos bosques, antes que hubiera humanos,
un poderoso ser
para
ayudarme.

martes, 28 de abril de 2015

Li Po - Carlos Perrotti - Argentina


Li Po compuso su último poema a orillas de la noche
Mientras la luna brillando en el agua lo espiaba
Un rato después murió queriendo abrazar su reflejo
Locamente enamorado del color de luz de esa mirada

Su noble corazón de poeta latía embriagado de luna
Sediento de vino tibio y metáforas iluminadas
En silencio el lago se cubría con un manto de bruma
Tan sólo se oía el límpido rumor del agua calma

Y ebrio de deseo se arrojó a los brazos de su amada
Queriendo saciarse el alma ahogada en sed de palabras
Desde entonces lloran de pena los sauces en primavera
Por eso susurra el viento su último poema de madrugada.

domingo, 26 de abril de 2015

Tempus fugit/ 15 - Poema - Li Po - China


El que vive es un viajero en tránsito,
el que muere es un hombre que torna a su morada.
Un trayecto muy breve entre el cielo y la tierra,
¡Ahimé!, y ya no somos más que el viejo polvo de los diez mil 
                                                                 siglos.
El conejo en la luna busca en vano el elixir de vida.
Fu Sang, el árbol de la inmortalidad, se ha desmoronado en un 
                                                                montón de leña.
El hombre muere; sus blancos huesos enmudecen
cuando los verdes pinos sienten el retorno de la primavera.
Miro hacia atrás y suspiro; miro hacia adelante y suspiro.
¿Hay algo sólido en la vaporosa gloria de la vida?
Versión de Marcela de Juan (Ma Ce Huang)

sábado, 25 de abril de 2015

Fragmentos del discurso de aceptación del Premio Cervantes 2014 - Juan Goytisolo - España


    El 23 de abril se entregó en la Universidad de Alcalá de Henares, como cada año desde 1976, el Premio Cervantes -un poco el Nobel de Literatura en lengua española- que, como todos sabemos, recayó esta vez muy merecidamente en el extraordinario escritor español Juan Goytisolo. 
Goytisolo dictó, "a la llana y sin rodeos", uno de los discursos más breves de la historia del Premio Cervantes y uno de los más reivindicativos, con guiño final a Podemos incluido. Si al principio estuvo muy bien, al final se equivocó. Pero todo el mundo tiene derecho a equivocarse, eso no le hace peor escritor.


A la llana y sin rodeos

    En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor. A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas. [...]

    Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo-bacía. Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias. 
En vez de empecinarse en desenterrar los pobres  huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad? [...]

    Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad. Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla. [...]

viernes, 24 de abril de 2015

Literatura y jazz/ 46 - Fragmento de Adiós, Robinson - Julio Cortázar - Argentina


Nota del autor al realizador radiofónico.
Pienso que el locutor debe reseñar en muy
pocas frases lo esencial del tema:
Daniel Defoe/ Alejandro
Selkirk/ Robinson/ Viernes.
El leit-motiv podría ser Solitude
(Duke Ellington).

Ruido de avión que desciende.

ROBINSON (Excitado): -¡Mira, mira, Viernes! ¡La isla! ¡La isla!

VIERNES: Sí, amo (A la palabra "amo" sigue una risita instantánea y como para sí mismo, apenas una indicación de risa contenida).

ROBINSON: -¿Ves la ensenada? ¡Mira, allá, allá! ¡La reconozco! ¡Allí desembarcaron los caníbales, allí te salvé la vida! ¡Mira Viernes!

VIERNES: Sí, amo (risita), se ve muy bien la costa donde casi me comen esos caníbales malos, y eso solamente porque un poco antes mi tribu había querido comérselos a ellos, pero así es la vida, como dice el tango.

ROBINSON: -¡Mi isla, Viernes, vuelvo a ver mi isla! ¡Reconozco todo a pesar de los cambios, todo! Porque como cambios, los hay.

VIERNES: -Oh, sí, como cambiar ha cambiado, amo (risita). Yo también reconozco la isla donde me enseñaste a ser un buen esclavo. Allí se ve el lugar donde estaba tu cabaña.

ROBINSON: -¡Dios mío, hay un rascacielos de veinticuatro... no, espera, de treinta y dos pisos! ¡Qué maravilla, Viernes!

VIERNES: -Sí, amo (risita).

ROBINSON: -Dime un poco, ¿por qué cada vez que te diriges a mí te ríes? Antes no lo hacías, sin contar que yo no te lo hubiera permitido, pero de un tiempo a esta parte... ¿Se puede saber qué tiene de gracioso que yo sea tu amo, el hombre que te salvó de un destino horroroso y te enseñó a vivir como un ser civilizado?

VIERNES: La verdad, no tiene nada de gracioso, amo (risita). Yo tampoco comprendo muy bien, es algo completamente involuntario, créeme. He consultado a dos psicoanalistas, uno freudiano y el otro junguiano para doblar las chances como hacemos en el hipódromo, y para mayor seguridad me hice examinar por una eminencia de la contra-psiquiatría. Dicho sea de paso, éste fue el único que aceptó sin duda que yo fuera Viernes, el de tu libro.

ROBINSON: -¿Y cuál fue el diagnóstico?

VIERNES: -Todavía está en procesamiento electrónico en Dallas, pero según me informó Jacques Lacan el otro día, se puede sospechar desde ya que se trata de un tic nervioso.

ROBINSON: -Ah, bueno, si no es más que eso, ya pasará, Viernes, ya pasará. Mira, vamos a aterrizar. ¡Qué magnífico aeropuerto han construido! ¿Ves las carreteras, ahí y ahí? Hay ciudades por todas partes, se diría que esos son pozos de petróleo... Ya no queda nada de los bosques y las praderas que tanto recorrí en mi soledad, y más tarde contigo... Mira esos rascacielos, esos puertos llenos de yates... ¡Quién podría ya hablar de soledad en la isla de Juan Fernández! ¡Ah, Viernes, ya lo dijo Sófocles, creo, el hombre es un ser maravilloso!

VIERNES: -Sí, amo (risita).
[...]
Solitude, 1962
Duke Ellington: piano
Charles Mingus: contrabajo
Max Roach: batería

miércoles, 22 de abril de 2015

Novela de aventuras/ 4 - Fragmentos de Robinson Crusoe - Daniel Defoe - Inglaterra


13. Batalla con los caníbales

    Después que Viernes y yo hubimos intimado, y que él fue capaz de entender casi todo lo que le decía así como hablarme en un inglés chapurreado, empecé a hacerle saber mi historia, por lo menos la parte referente a mi existencia en la isla. Le conté cómo y cuánto había podido vivir allí, lo introduje en los misterios —pues tales eran para él— de la pólvora y las balas, y hasta le enseñé a tirar. Le regalé un cuchillo, lo que le causó una inmensa alegría, y le hice un cinturón con una presilla como los que empleamos en Inglaterra para colgar machetes, dándole una hachuela para que la llevase allí, ya que no sólo era un arma excelente sino que servía muy bien para diversos usos. [...]
Le describí el naufragio por cuya causa arribara a la isla, y traté de indicarle con precisión el sitio donde estaba el casco; pero tanto se había roto la estructura del barco que nada quedaba a la vista.
Entonces señalé a Viernes los restos del bote que había naufragado mientras estábamos a su bordo y que en vano había tratado yo de mover del sitio en que encallara; ahora aparecía destruido y deshecho. Al verlo, Viernes se quedó silencioso y permaneció largo rato pensativo. Le pregunté en qué estaba meditando, y por fin me dijo:
—Yo ver bote igual ese llegar a mi nación.
Al principio no le entendí, pero después de interrogarlo mucho supe que un bote semejante al mío había arribado a las costas caribes; de acuerdo con sus referencias, la violencia de un temporal lo precipitó a tierra. Imaginé de inmediato que algún barco europeo se habría estrellado cerca y que el bote, soltándose, había llegado solo y vacío a la costa; pero tan ocupado estaba en estos pensamientos que no cruzó por mi mente la idea de que algunos tripulantes podían haberse salvado de la catástrofe, y menos aún su procedencia, de manera que sólo pedí a Viernes detalles sobre el bote.
Lo describió lo mejor posible, pero pronto me llamó a la realidad al decirme con bastante entusiasmo:
—Nosotros salvar hombres blancos de ahogarse.
—¿Entonces había hombres blancos en el bote? —me apresuré a preguntar.
—Sí, bote lleno hombres blancos.
Le pregunté cuántos, y contó hasta diecisiete con sus dedos. ¿Qué había sido de ellos?
—Vivir —contestó—. Vivir en mi nación. [...]
Con mayor detalle interrogué a Viernes sobre el destino de aquellos hombres. Me repitió que vivían allí, llevando cuatro años de residencia, que los salvajes los dejaban solos y les daban vituallas. Le pregunté qué razón había para no haberlos matado y comido.
—No —repuso Viernes—. Ellos hacer hermanos.
Supuse que significaba alguna tregua o alianza, ya que agregó:
—Solamente comer hombres cuando luchar en guerra.
Comprendí entonces que la costumbre caribe era la de devorar solamente a los prisioneros de las batallas. [...]    
    
    Cuando comenzó a manifestarse el buen tiempo, y como el deseo de ejecutar mis planes creciera con él, diariamente hacía yo preparativos de viaje; lo primero fue almacenar cantidad suficiente de provisiones, calculando que nos alcanzaran para la travesía. Una semana o quince días más tarde esperaba derribar el dique y poner a flote la embarcación.
Una mañana me ocupaba en estas tareas, cuando se me ocurrió llamar a Viernes y mandarlo a que fuera a la costa en busca de una tortuga, cosa que hacíamos generalmente una vez por semana para comer su carne y los huevos. No llevaba Viernes mucho tiempo ausente cuando lo vi volver corriendo y saltar el vallado como uno que no toca el suelo con los pies. Antes que hubiera podido hablarle, gritó:
—¡Oh amo, amo! ¡Desgracia! ¡Pena!
—¿Qué te ocurre, Viernes?
—¡Allá, allá! —exclamó—. ¡Una, dos, tres canoas! ¡Una, dos, tres!
Por su manera de expresarse deduje que eran seis canoas, pero al interrogarlo vi que sólo eran tres.
—Bueno, Viernes —le dije—, no te asustes.
Traté de animarlo lo mejor posible, pero me di cuenta de que el pobre muchacho estaba mortalmente aterrado. Parecía convencido de que los salvajes venían exclusivamente en su busca, dispuestos a descuartizarlo y a comérselo; temblaba de tal manera que no sabía qué hacer con él. Traté de conformarlo y le dije que también yo estaba en peligro, ya que si nos capturaban sería igualmente devorado.
—Por eso, Viernes —agregué—, tenemos que resolvernos a pelear. ¿Sabes tú pelear?
—Yo tirar —dijo él—, pero ellos venir gran número.
—Eso no importa, Viernes; nuestras escopetas asustarán a los que no hieran.
Le pregunté entonces si estaba dispuesto a defenderme como yo a él, y si permanecería a mi lado obedeciendo las órdenes que le diera.
—Yo morir cuando vos mandar —dijo.
Busqué entonces ron y le di a beber un buen trago; por fortuna había cuidado tanto el licor que me quedaba todavía mucho. Luego que hubo bebido, le di las dos escopetas que llevábamos siempre, cargadas con munición muy gruesa, casi como balines de pistola. Tomé cuatro mosquetes, cargándolos con dos plomos y cinco balines cada uno. A las dos pistolas les puse un puñado de balines y dando a Viernes su hachuela me colgué a la cintura mi sable desnudo.
Así pertrechados, tomé el anteojo y ascendí a la cumbre de la colina para observar a los enemigos. Me bastó fijar sobre ellos el anteojo para descubrir que había veintiún salvajes, tres prisioneros y tres canoas, y que su intención allí no era otra que proceder a un banquete triunfal con los cuerpos de sus víctimas. Fiesta bárbara, ciertamente, pero sin nada que la distinguiera de las que se llevaban a cabo habitualmente entre ellos. [...]   
No había un solo momento que perder, pues diecinueve de aquellos horribles monstruos permanecían unos contra otros rodeando el fuego mientras los dos restantes acababan de levantarse con intención de matar al infeliz cristiano y conducirlo, probablemente ya descuartizado, al fuego. Vi que se inclinaban a desatarle las cuerdas de los pies, y me volví a Viernes.
—Haz lo que te mande —dije, y cuando él asintió agregué—: Pues bien, imítame en todo lo que me veas hacer, y no vaciles ante nada.
Puse en tierra uno de los mosquetes y la escopeta, y Viernes repitió mis actitudes; tomando luego el otro mosquete, apunté a los salvajes indicándole que me imitara. Luego, al preguntarle si estaba listo y contestarme él que sí, ordené:
—¡Fuego, entonces!
Viernes había apuntado mucho mejor que yo, pues del lado de su tiro vi caer dos salvajes muertos y tres heridos, mientras que yo alcancé a matar a uno y herir a dos. Es de imaginarse la confusión que reinaba entre ellos. Los que no habían recibido heridas saltaron precipitadamente, pero no sabían hacia dónde huir o qué hacer, ya que ignoraban de dónde les llegaba la muerte. Viernes tenía los ojos puestos en los míos para imitar todos mis movimientos, como se lo ordenara. Tan pronto como hubimos disparado, dejé caer el mosquete y tomé la escopeta, cosa que él repitió al punto. Al mismo tiempo amartillamos y apuntamos las armas.
—¿Estás listo, Viernes? —pregunté.
—Sí —repuso.
—¡Fuego, entonces, en nombre de Dios!
Y por segunda vez descargamos las armas sobre los aterrados salvajes. En esta ocasión, como las escopetas tenían por carga balines pequeños de pistola, solamente cayeron dos enemigos, pero tantos resultaron heridos que los vimos correr enloquecidos, aullando y cubiertos de sangre, la mayoría con múltiples heridas; otros tres fueron cayendo luego, aunque no muertos.
—Ahora, Viernes —mandé dejando en tierra la pieza y levantando el otro mosquete cargado—, ¡sígueme!
Con gran valor se levantó para obedecerme, y nos precipitamos fuera del bosque exponiéndonos a la vista de los salvajes. Tan pronto como advertí que me habían descubierto lancé un terrible alarido, mientras Viernes hacía lo mismo, y avanzamos a la carrera —no demasiado rápida por el peso de las armas que llevábamos— en dirección donde yacía la pobre víctima, tendida como he dicho en la arena entre la hoguera y el mar. Los dos carniceros que se disponían a descuartizar al prisionero acababan de abandonarlo con el terror de los disparos, huyendo a toda carrera hacia el mar, donde saltaron a una canoa, seguidos por otros tres. [...]
Mientras Viernes se entendía con ellos, extraje el cuchillo y corté los lazos que ataban a la pobre víctima. Lo ayudé a incorporarse, mientras le preguntaba en portugués quién era. Me contestó en latín: "Christianus", pero estaba tan débil que apenas podía hablar o moverse. Le di a beber un trago de ron que había traído en una botella haciéndole señales que bebiera para reanimarse, y también saqué del bolsillo un trozo de pan, que comió. Al preguntarle a qué nación pertenecía, me contestó.
—Español.
Ya un poco recobrado de su postración, me dejó entender con toda suerte de signos y ademanes lo reconocido que me estaba por haberlo salvado.
—Señor —le dije en el mejor español que recordaba—, luego hablaremos, pero ahora es preciso pelear. Si os quedan fuerzas tened esta pistola y esta espada y ved de emplearlas.
Las recibió con gratitud y apenas las hubo empuñado cuando pareció que con ellas recobraba todo su vigor, pues se lanzó como una furia sobre los asesinos y en un instante mató a dos a estocadas. La verdad es que aquellos infelices estaban tan espantados con la sorpresa que les habíamos dado y el estampido de las armas que el miedo los tenía como atontados y carecían de inteligencia para escapar o combatir en defensa de la vida. Eso era justamente lo sucedido en la canoa sobre la cual Viernes había disparado; aunque sólo tres de los cinco cayeron por efecto de las heridas, los otros dos lo habían hecho a causa del espanto sufrido. [...]
El español, que era tan osado y valiente como pueda imaginarse, había luchado sin ceder terreno a pesar de su extrema debilidad, y ya había herido dos veces al salvaje en la cabeza; pero aprovechando su falta de fuerzas el astuto y robusto enemigo acabó por acortar distancias y luego, derribando al español, parecía a punto de arrebatarle mi espada de la mano. Fue entonces cuando el español tuvo la inteligencia de abandonar la espada mientras sacaba de la cintura la pistola que le diera, y disparándole un tiro a quemarropa dejó muerto al salvaje antes de que yo pudiera llegar en su ayuda.
Viernes, librado a su criterio, se había puesto a perseguir a los restantes sin más arma que su hachuela. Con ella acabó de matar a los tres que primeramente habían caído heridos, luego a todos los que pudo alcanzar. El español vino a mí en busca de un arma y le entregué una escopeta, con la cual logró herir a dos salvajes, pero como no tenía fuerzas para correr en su persecución se refugiaron en el bosque donde fue a buscarlos Viernes y mató a uno. El otro era sin embargo demasiado ágil para él, y, aunque herido, logró zambullirse en el mar y reunirse, nadando rápidamente, a los dos sobrevivientes de la canoa. Esos tres salvajes, más uno herido, que ignoramos si murió o no, fueron los únicos que se salvaron sobre veintiuno. [...]

lunes, 20 de abril de 2015

Camden, 1892 - Jorge Luis Borges - Argentina


El olor del café y de los periódicos.
El domingo y su tedio. La mañana
y en la entrevista página esa vana
publicación de versos alegóricos

de un colega feliz. El hombre viejo
está postrado y blanco en su decente
habitación de pobre. Ociosamente
mira su cara en el cansado espejo.

Piensa, ya sin asombro, que esa cara
es él. La distraída mano toca
la turbia barba y la saqueada boca.

No está lejos el fin. Su voz declara:
casi no soy, pero mis versos ritman
la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman.

sábado, 18 de abril de 2015

Balada de las cosas sin importancia - François Villon - Francia


Reconozco sin dificultad las moscas en la leche;
reconozco al hombre por el vestido;
reconozco el buen tiempo y el malo;
reconozco la manzana en el manzano;
reconozco el árbol al ver la resina;
conozco cuándo es todo igual;
conozco quién trabaja o descansa;
conozco todo, excepto a mí mismo.

Reconozco el jubón por el cuello;
reconozco al monje por el hábito;
reconozco al señor por el vasallo;
reconozco por el velo a la monja;
reconozco cuándo un tramposo habla en su jerga;
reconozco al loco alimentado de nata1;
reconozco el vino por el tonel;
conozco todo, excepto a mí mismo.

Conozco al caballo y a la mula,
conozco su carga y su fardo;
conozco a Beatriz y a Isabelita;
conozco la ficha que se cuenta y suma;
reconozco la visión y el sueño;
conozco el pecado de los bohemios2;
conozco el poder de Roma;
conozco todo, excepto a mí mismo.

Príncipe, en definitiva, lo conozco todo;
conozco a los de buen color y a los pálidos;
conozco a la Muerte que todo lo consume,
conozco todo, excepto a mí mismo.
Traducción y notas de Carlos Alvar
François Villon

Los versos comienzan siempre con congnois ("conozco"). No siempre he podido ser fiel a la forma francesa; por otra parte, en varios casos hubiera sido mejor traducir "distingo" en vez de "reconozco", pero el juego habría quedado roto. 
1 En la Edad Media se creía que los locos tenían especial inclinación hacia el queso o la nata (compárese con el castellano papanatas, literalmente, "come natas"). 
2 El pecado de los bohemios es la herejía de los hussitas, condenada en el concilio de Constanza; su promotor, Juan Huss, fue quemado vivo en 1415.

jueves, 16 de abril de 2015

Fragmento de El tambor de hojalata - Günter Grass - Alemania


Érase una vez un músico que mató a sus cuatro gatos, los enterró en el bote de la basura y dejó la casa para buscar a sus amigos.

Érase una vez un relojero que estaba sentado y pensativo junto a la ventana y vio que el músico Meyn apretujaba un saco a medio llenar en el bote de la basura y se marchaba, y que también a los pocos momentos de la salida de Meyn la tapa del bote de la basura empezaba a levantarse y se iba levantando cada vez un poco más.

Érase una vez cuatro gatos, los cuales, porque un día determinado olieron particularmente fuerte, fueron muertos, metidos en un saco y enterrados en el bote de la basura. Pero los gatos, uno de los cuales se llamaba Bismarck, no estaban completamente muertos, sino que, como suelen serlo los gatos, eran muy resistentes. Así que empezaron a moverse dentro del saco, hicieron moverse la tapa de la basura y plantearon al relojero Laubschad, que seguía sentado y pensativo junto a la ventana, esta pregunta: ¿a que no adivinas lo que hay en el saco que el músico Meyn ha metido en el bote de la basura?

Érase una vez un relojero que no podía ver con tranquilidad que algo se moviera en el bote de la basura. Salió pues de su habitación del primer piso del inmueble de pisos de alquiler, bajó al patio del edificio, abrió el bote de la basura y el saco y se llevó los cuatro gatos destrozados pero aún vivos, con el propósito de curarlos. Pero se le murieron aquella misma noche entre sus dedos de relojero, y no le quedó más remedio que denunciar el caso a la Sociedad Protectora de Animales, de la que era miembro, e informar a la Jefatura local del Partido de aquel acto de crueldad con los animales, que perjudicaba el prestigio del Partido. [...]
Günter Grass

Otro escritor de raza que se nos va. El controvertido y polémico escritor alemán Günter Grass, Premio Nobel de Literatura 1999, Premio Príncipe de Asturias de las Letras del mismo año, falleció el lunes pasado a los 87 años. Descanse.
• Las personas siempre han contado cuentos. Mucho antes de que la humanidad aprendiera a leer y escribir, todo el mundo escuchaba cuentos. Y había narradores que los contaban mejor que otros, es decir, que la gente les creía más sus mentiras.
• Europa no conseguirá sobrevivir sin inmigración. No debería tenerse tanto miedo de eso: todas las grandes culturas surgieron a partir de formas de mestizaje.
• Cuando algo es moralmente correcto hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar.
• El dinero no crea ideas, sino melancolía.

martes, 14 de abril de 2015

Fuegos / Utopía / El sistema - Eduardo Galeano - Uruguay


Fuegos

Cada persona brilla con luz propia entre los demás.
No hay dos fuegos iguales.
Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos colores.
Hay gente de fuego sereno,
que ni siquiera se entera del viento,
y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos bobos que no alumbran ni queman:
pero otros arden la vida con tantas ganas que no se
puede mirarlos sin parpadear,
y quien se acerca se enciende.


Utopía

La utopía está en el horizonte.
Camino dos pasos,
ella se aleja dos pasos
y el horizonte se corre diez pasos más allá.
¿Entonces para qué sirve la utopía?
Para eso, sirve para caminar.


El sistema

Me viene a la cabeza algo que me contó, hace cinco o seis años, Miguel Littin. Él venía de filmar La tierra prometida en el valle de Ranquil, comarca pobre de Chile.
Los campesinos del lugar hacían de "extras" en las escenas de masas. Unos se representaban a sí mismos. Otros hacían el papel de soldados. Los soldados invadían el valle y a sangre y fuego arrancaban las tierras a los campesinos. La película era la crónica de la matanza.
Al tercer día, empezaron los problemas. Los campesinos que vestían uniforme andaban de a caballo y disparaban balas de fogeo, se habían hecho arbitrarios, mandones y violentos: Ellos acosaban a los otros campesinos después de cada jornada de filmación.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano murió este lunes en Montevideo a los 74 años. Descanse.
• El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso.
• El automóvil, el televisor, el vídeo, la computadora personal, el teléfono celular y demás contraseñas de la felicidad, máquinas nacidas para "ganar tiempo" o para "pasar el tiempo", se apoderan del tiempo.
• Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen.

Diez obras de Eduardo Galeano

domingo, 12 de abril de 2015

Literatura y jazz/ 45 - Another Porgy And Bess - Antonio Orihuela - España


El Conservatorio de Música de Huelva
es un pequeño patio de 10 x 10 m
apenas visible entre el cemento de la ciudad.

En las afueras
nuevos bloques, campos de fútbol
y carreteras
preparan la ciudad para el siglo

y aquí,
en su viejo corazón,
una banda de chiquillos
intenta dar forma a Gershwin.

Summertime en sus pequeñas manos,
un tiempo de verano
que va cubriendo de belleza dodecafónica
la achicharrada calle,
los bloques de hormigón,
el humo tóxico de las chimeneas
y las nubes de polvo químico en suspensión.

Viejo sueño
utópico y repetido
este de llenar de belleza el mundo
desde pequeños.

A escasos metros
petardean motos,
se atascan coches
y se arrastra la gente envuelta en mil dolores.

Ojalá ellos, summertime,
lo consigan,
puedan con todo.
Porgy And Bess - Trevor Nunn, 1993 (película para televisión)

viernes, 10 de abril de 2015

El poema de tiza - Philip Levine - Estados Unidos


THE POEM OF CHALK

On the way to lower Broadway
this morning I faced a tall man
speaking to a piece of chalk
held in his right hand. The left
was open, and it kept the beat,
for his speech had a rhythm,
was a chant or dance, perhaps
even a poem in French, for he
was from Senegal and spoke French
so slowly and precisely that I
could understand as though
hurled back fifty years to my
high school classroom. A slender man,
elegant in his manner, neatly dressed
in the remnants of two blue suits,
his tie fixed squarely, his white shirt
spotless though unironed. He knew
the whole history of chalk, not only
of this particular piece, but also
the chalk with which I wrote
my name the day they welcomed
me back to school after the death
of my father. He knew feldspar.
he knew calcium, oyster shells, he
knew what creatures had given
their spines to become the dust time
pressed into these perfect cones,
he knew the sadness of classrooms
in December when the light fails
early and the words on the blackboard
abandon their grammar and sense
and then even their shapes so that
each letter points in every direction
at once and means nothing at all.
At first I thought his short beard
was frosted with chalk; as we stood
face to face, no more than a foot
apart, I saw the hairs were white,
for though youthful in his gestures
he was, like me, an aging man, though
far nobler in appearance with his high
carved cheekbones, his broad shoulders,
and clear dark eyes. He had the bearing
of a king of lower Broadway, someone
out of the mind of Shakespeare or
Garcia Lorca, someone for whom loss
had sweetened into charity. We stood
for that one long minute, the two
of us sharing the final poem of chalk
while the great city raged around
us, and then the poem ended, as all
poems do, and his left hand dropped
to his side abruptly and he handed
me the piece of chalk. I bowed,
knowing how large a gift this was
and wrote my thanks on the air
where it might be heard forever
below the sea shell’s stiffening cry.


EL POEMA DE TIZA

Esta mañana, de camino al bajo Broadway,
me crucé con un hombre alto
hablándole al trozo de tiza
que sostenía en la mano derecha. La izquierda
estaba abierta y marcaba el compás,
pues su discurso tenía ritmo;
era un canto o una danza o, quizás,
un poema en francés, pues
era de Senegal y hablaba francés
tan lento y con tanta precisión que yo
podía entenderlo como si me hubiesen arrojado
cincuenta años atrás, hacia
mi clase de instituto. Un hombre esbelto,
elegante en las formas, pulcramente vestido
con los restos de dos trajes azules,
con la corbata firmemente anudada y su camisa blanca
sin planchar, aunque impoluta. Conocía
la historia entera de la tiza, no solo
de aquel trozo en particular, sino
de la tiza con la que yo escribí
mi nombre el día en el que regresé
a la escuela tras la muerte
de mi padre. Conocía el feldespato,
el calcio, las conchas de las ostras; sabía
qué criaturas habían dado su espinazo
hasta formar el polvo temporal
prensado en aquellos conos perfectos,
conocía la tristeza de las aulas
en diciembre, cuando la luz decae
temprano y las palabras de la pizarra
abandonan su gramática y sentido
y, más tarde, incluso sus contornos, de tal modo que
cada letra se expande en todas direcciones
y, al mismo tiempo, no significa nada en absoluto.
Al principio pensé que su barba corta
estaba escarchada de tiza; conforme
nos aproximábamos, a menos de un pie
de distancia, vi que sus pelos eran blancos,
así que a pesar de la juventud que había en sus gestos
era, al igual que yo, un hombre entrado en años, aunque
de apariencia mucho más noble, con sus pómulos altos
y tallados, sus hombros anchos
y sus claros ojos negros. Tenía el porte
de un rey del bajo Broadway, alguien
salido de la mente de Shakespeare o
de García Lorca, alguien por quien la pérdida
se había dulcificado en caridad. Nos enfrentamos
durante aquel largo minuto, ambos
compartiendo el último poema de tiza
mientras la gran ciudad se enfurecía a nuestro
alrededor, y luego el poema se acabó, tal y como lo hacen
todos los poemas, y su mano izquierda se desplomó
hacia un lado bruscamente y me tendió
el trozo de tiza. Yo me incliné ante él,
sabiendo cuánta era la importancia de aquel gesto,
y le escribí mis agradecimientos en el aire,
donde podrán ser escuchados para siempre
bajo el grito endurecido de las conchas del mar.
Versión de J.F.R.
De The Simple Truth, 1995

    El poeta estadounidense Philip Levine, traductor al inglés de Pablo Neruda y César Vallejo, entre otros, y fascinado por la Guerra Civil española, falleció en Fresno (California) el pasado mes de febrero. Descanse.

miércoles, 8 de abril de 2015

Fragmentos de Las ocurrencias del increíble Mulá Nasrudín - Idries Shah - India-Inglaterra


1.- Cualquiera puede hacerlo así

    Un clérigo tozudo y de mente estrecha estaba sermoneando a los parroquianos de la casa de té en la cual Nasrudín pasaba buena parte de su tiempo.

   A medida que iban transcurriendo las horas, Nasrudín fue cayendo en cuenta de que las ideas de este hombre se ajustaban a un esquema rígido, de que estaba lleno de vanidad y de orgullo, y de que magnificaba todas las situaciones aun sin importancia, con un intelectualismo injustificado, por mero prurito de intelectualismo.

    Se discutió un tema tras otro y a cada instante el clérigo hacía referencia a libros y citas, e introducía falsas analogías y supuestos insólitos, ajenos a toda realidad. Finalmente extrajo un libro del que era autor. Nasrudín alargó la mano para tomarlo, pues era el único de los presentes que sabía leer.

    Con el libro frente a sus ojos, Nasrudín hacía pasar una página tras otra, mientras los demás miraban. Después de unos minutos el clérigo ambulante empezó a impacientarse. Por último no pudo contenerse más y gritó: ¡Está sosteniendo mi libro al revés!

  "Ya lo sé -dijo Nasrudín-. Puesto que éste es uno de los arquetipos de los que usted parece ser un producto, en mi opinión esto es lo único sensato que se puede hacer si uno quiere aprender de él".


2.- El ladrón

    Un ladrón entró en casa de Nasrudín y se llevó casi todas las pertenencias del Mulá a su propia casa.

    Nasrudín había estado observando todo desde la calle.

    Después de unos minutos tomó una manta y lo siguió. Una vez que llegó a la casa del ratero, entró, se acostó y fingió dormir.

    "¿Quién es usted y qué hace aquí?", le preguntó el ladrón.

    "Pues bien -dijo el Mulá-, nos estamos mudando de casa, ¿no es así?"


6.- La razón

    El Mulá fue a ver a un hombre rico.

    -Deme algo de dinero.

    -¿Por qué habría de hacerlo?

    -Quiero comprar... un elefante.

    -Sin dinero mal puede mantener un elefante.

    -Yo vine -dijo Nasrudín- en busca de dinero, no de consejo.


8.- El uso de una lámpara

    "Yo puedo ver en la oscuridad", se jactaba cierta vez Nasrudín en la casa del té.

    -Si es así, ¿por qué algunas noches lo hemos visto llevando una lámpara por las calles?

    -Es sólo para que los otros no tropiecen conmigo.


9.- ¿Por qué no lo hace?

    Nasrudín entró a la tienda de un hombre que acopiaba todo tipo de artículos.

    -¿Tiene usted clavos?, le preguntó.

    -Sí.

    -¿Y cuero, un buen cuero?

    -Sí.

    -¿Hilo de bramante?

    -Sí.

    -¿Y tintura?

    -Sí.

    -Entonces por amor al cielo ¿por qué no me confecciona un par de botas?


17.- Idiota

    El Mulá Nasrudín transportaba a su casa una colección de finas piezas de cristal cuando estas se le cayeron en la calle. Todo quedó hecho añicos.

    Una multitud se aglomeró a su alrededor.

  -¿Qué pasa con ustedes, idiotas?, bramó el Mulá. ¿Es la primera vez que ven un tonto?


164.- El testamento de Nasrudín

  -La ley prescribe que mis familiares deben recibir ciertas proporciones fijas de mis posesiones y dinero. No tengo nada: que esto se divida de acuerdo con las fórmulas aritméticas aplicadas por ley. Aquello que sobre ha de ser entregado a los pobres.

lunes, 6 de abril de 2015

Poema de Gilgamesh/ 7 - Regreso de Gilgamesh a su patria - Anónimo - Mesopotamia


TABLILLA XI

COLUMNA V

Texto asirio

Gilgamesh le dijo a Utnapishtim, el Lejano:
"Apenas el sueño se ha introducido en mí
y ya has venido a tocarme para que me despierte".
Utnapishtim le dijo a Gilgamesh:
"Bien, Gilgamesh, cuenta tus panes
y haz la cuenta tú mismo de los días que has dormido:
el primer pan se ha secado,
el segundo está estropeado, el tercero, húmedo, el cuarto se
            ha vuelto blanco,
el quinto se ha puesto gris, el sexto está cocido,
el séptimo estaba recién hecho cuando te toqué y te
            despertaste".
Gilgamesh le dijo a Utnapishtim, el Lejano:
"¿Qué debo hacer, Utnapishtim? ¿Adónde iré?
El despojador1 ha cogido mis entrañas,
la muerte habita ya en mi habitación
y donde yo ponga los pies, la muerte allí estará".
Utnapishtim le dijo a Urshanabi, el batelero:
"Urshanabi, que te rechace el muelle, que la travesía se haga
            sin ti,
que tú, que ibas y venías de una a otra orilla del mar, quedes
            privado de su orilla.
Al hombre que has traído aquí, cuyos cabellos ensucian todo
            su cuerpo,
cuyas pieles desfiguran la belleza de su cuerpo,
tómalo, Urshanabi, y llévalo a un lugar donde se lave;
que lave con agua su suciedad hasta que quede como
            la nieve,
que tire sus pieles y que el mar se las lleve,
que su cuerpo limpio recobre su belleza,
que se cambie la banda de su cabeza,
que se revista con una túnica que sea su más hermoso
            vestido,2
hasta que él no llegue a su ciudad,
hasta que él no haya alcanzado el final de su viaje,
que su manto no se vuelva pardo, pues tendría que
            renovarlo".
Urshanabi lo tomó y lo llevó al lugar donde lavarse;
él lavó con agua su suciedad hasta quedar como la nieve,
tiró sus pieles que el mar se llevó,
su cuerpo limpio recobró su belleza,
cambió la banda de su cabeza,
y se revistió como túnica su más hermoso vestido.
Hasta que él no llegó a su ciudad,
hasta que él no alcanzó el final de su viaje,
su manto no se volvió pardo, pues lo renovaba.
Gilgamesh y Urshanabi subieron a la barca,
pusieron la barca a flote y después se embarcaron.


COLUMNA VI

Texto asirio

Su esposa le dijo a Utnapishtim, el Lejano:
"Gilgamesh para venir hasta aquí ha pasado fatigas y penas,
¿qué le vas a dar para que regrese a su país?".3
Gilgamesh, al oír aquello, levantó entonces la pértiga
para acercar la barca a la orilla.
Utnapishtim le dijo a Gilgamesh:
"Gilgamesh, para venir hasta aquí has pasado fatigas y 
            penas,
¿qué te voy a dar para que regreses a tu país?
Te voy a revelar, Gilgamesh, un misterio
y decirte una cosa que no saben los humanos:
se trata de una planta, su raíz es como la de la zarza 
            espinosa,
su espina es como la de la rosa, pinchará tus manos;
pero, si tus manos logran coger esta planta, habrás 
            encontrado la Vida eterna".
Gilgamesh, habiendo oído estas palabras, abrió el conducto,
ató pesadas piedras a sus pies4
y se hundió hasta el fondo de las aguas, donde vio la planta.
Arrancó la planta, aunque le pinchó las manos;
luego cortó las pesadas piedras atadas a sus pies
y el mar lo empujó a la orilla.
Gilgamesh le dijo a Urshanabi, el batelero:
"Urshanabi, esta planta es un remedio contra la 
            desesperación,
gracias a ella el hombre obtiene su curación.
Quiero llevarla a Uruk, la amurallada, haré que la coman, 
            dividirán la planta entre ellos.
Su nombre será 'el viejo rejuvenece'.
Yo también comeré de ella y volveré a lo que fui en mi 
            juventud".5
Al cabo de veinte dobles leguas comieron un bocado,
después de treinta dobles leguas se detuvieron para pasar la 
            noche.
Gilgamesh vio entonces una fuente de frescas aguas,
cuando bajó para bañarse en sus aguas,
una serpiente sintió el olor de la planta,
silenciosamente salió de la tierra y se llevó la planta,6
inmediatamente mudó de piel.
Aquel día Gilgamesh permaneció sentado, llorando.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
Volviéndose a Urshanabi, el batelero, le dijo:
"¿Para quién, Urshanabi, trabajaron mis manos?
¿Para quién corrió la sangre de mi corazón?
Ni siquiera pude asegurar mi propio bien.
Al 'león del suelo' es al que he favorecido.
Ahora, a veinte dobles leguas, el oleaje, inflándose,
cuando he abierto el conducto, se ha llevado mi carga.
¿Qué encontraré que sea una señal para mí?
¡Si yo, solamente yo me había alejado!
¡Y había dejado la barca en la orilla!".7
Al cabo de veinte dobles leguas, comieron un bocado,
después de treinta dobles leguas, se detuvieron para pasar la 
            noche.
Cuando al final llegaron a Uruk, la amurallada,
Gilgamesh le dijo a Urshanabi, el batelero:
"Sube, Urshanabi, a las murallas de Uruk, y recórrelas,
inspecciona su base, observa los ladrillos.
¿No son de ladrillo cocido los ladrillos de su estructura?
¿No colocaron sus cimientos los Siete Sabios?
En Uruk, la casa de Ishtar, una parte es ciudad, otra parte 
            huerta y otra parte calvero.
Tres partes, incluyendo el calvero, forman Uruk".8
Traducción y notas de Federico Lara Peinado
Poema de Gilgamesh

1 El despojador es un demonio de la muerte.
2 Esto es. "que no envejezca, que no se destroce ni ensucie". En todos estos versos hay que ver un rito purificador. Gilgamesh debía liberarse de la contaminación contraída al entrar en estado cuasimortal (los días de sueño).
3 La esposa de Utnapishtim tiene, en todo el episodio, compasión de Gilgamesh. Y piensa que no puede despedirle, después de haber pasado tantas calamidades, sin un regalo.
4 El pasaje es de difícil intrepretación. ¿No estría la planta de la eterna juventud en el interior de un "depósito de agua dulce" (valga la paradoja) dentro del propio mar? Gracias a ello, la planta podría ser regada con el agua dulce de algún conducto o por la misma alberca o depósito. Dentro de las aguas oceánicas se han detectado corrientes a modo de ríos en el interior del mar, por lo que la argumentación cae dentro de la lógica. Además, no debe olvidarse el carácter mítico de muchos pasajes del Poema y sus presupuestos esotéricos. La técnica de atar piedras a los pies se usa todavía hoy en diversos países del golfo Pérsico para la extracción de las perlas.
5 Gilgamesh, que tanto había oprimido a su pueblo, demuestra aquí rasgos de gran humanidad. En vez de comérsela él primero, prefiere llegar a su ciudad y compartir la planta, "remedio contra la desesperación", con todos sus súbditos. La aventura de la búsqueda de Utnapishtim y el saber que no puede ser como él le han hecho más humano. Más importante que tener es compartir, y a esa máxima se aplica. El nombre que da Gilgamesh a la planta es el de shibu issahir amelu, "el viejo se vuelve hombre", esto es, el viejo rejuvenece. Adviértase que no se trata de una planta que proporciones la inmortalidad, sino, a deducir por este nombre, del "rejuvenecimiento". Sin embargo, por el contexto, esa planta proporciona eterna juventud, es decir, una vida sin fin.
6 La serpiente (seru) adquiere en este episodio un importantísimo papel. Tal animal, que encierra diversos aspectos simbólicos, fue creído protector de la fuente de la vida y, por ello, de la inmortalidad. Un origen a esta idea puede hallarse aquí, pues gracias a haber engullido la planta puede disfrutar de una eterna juventud. En los cultos del Próximo Oriente, durante la antigüedad, la serpiente destacó por sus ambivalencias y multivalencias simbólicas. La serpiente, obtenida la planta, adquiere de pronto la juventud, lo que provoca la inmediata muda de su piel. La muda de piel impresionó siempre a los antiguos, creyendo que la misma muda podía matar o curar, siendo así símbolo de lo positivo y de lo negativo; esto es, de las fuerzas que rigen la naturaleza.
7 Tras haber dejado a Utnapishtim, que le ha acompañado parte del trayecto (localización de la planta de la eterna juventud, cuyo punto exacto sólo conocía Utnapishtim), Gilgamesh ha dejado la barca en la orilla, procediendo a realizar el viaje de regreso por tierra. Sin embargo, le sigue acompañando el batelero Urshanabi.
8 El final de esta tablilla repite parte del comienzo del Poema (Tablilla I, columna I, vv. 16-21). Esta repetición hace pensar que el Poema originariamente finalizaba aquí, con el regreso de Gilgamesh a su patria.

sábado, 4 de abril de 2015

Poema de Gilgamesh/ 6 - El Diluvio (y 2) - Anónimo - Mesopotamia


TABLILLA XI

COLUMNA III

Texto asirio

Cuando por la mañana apareció algo de luz,
una nube negra se alzó en el horizonte;
en su interior Adad no cesaba de rugir,
mientras Shullat y Hanish iban delante
corriendo, como portatronos, por montes y valles.
Erragal arranca los postes de los diques celestes1
y Ninurta avanza, derribando las esclusas.
Los Anunnaku blanden antorchas
que con su fulgor abrasan la tierra.2
El terrible silencio de Adad invade el cielo
y cambia en tinieblas todo lo que había sido luz.
Las columnas de la Tierra se rompen como una jarra.
Durante todo un día, la tempestad sopló;
fogosamente sopla y provoca la inundación
que, como una batalla, pasa sobre los hombres:
¡no se veían uno al otro,
ni podían reconocerse a las gentes desde el cielo!
Los dioses llegaron, entonces, a espantarse de tal Diluvio
y retrocediendo, subieron al cielo de Anu.3
Fuera, los dioses, acurrucados como perros, se agazaparon.
Isthar se puso a gritar como una mujer en trance de parto;
la Señora de los dioses, de dulce voz, ahora gime:
"Pueda cambiarse en barro ese día funesto,4
porque hablé malignamente en la asamblea de los dioses.
¿Cómo pude hablar malignamente en la asamblea de los
            dioses,
diciendo sí al combate para la destrucción de mis criaturas?
Yo, que crié a esas criaturas, que me son queridas,
¿cómo pude llenar de ellos el mar como si fueran pececillos?".
Los dioses, los Anunnaku, lloran con ella,
los dioses, postrados, están llorando,
apretados los labios, por grupos, se lamentan.
Seis días y siete noches
sopla el viento del Diluvio, la tempestad arrasa la tierra.
Al llegar el séptimo día, la tempestad del Diluvio
            empezó a amainar en su ataque,
ella, que se había revuelto como una mujer en parto.
El mar se calmó, se apaciguó la tempestad y cesó el Diluvio.
Abrí uno de los tragaluces y el aire rozó mi rostro,
observé el tiempo, por todos lados había silencio,
todas las gentes se habían vuelto barro,
el paisaje aparecía uniforme, como un tejado plano.
Me arrodillé y, allí, inmóvil, empecé a llorar,
las lágrimas corrían por mis mejillas.
Miré en busca de las lindes de la extensión de aquel mar:
a doce veces doce dobles cañas emergía una porción de
            tierra.
Era el monte Nisir donde el barco encalló.
El monte Nisir mantuvo sujeto el barco sin dejar que se
            moviera.
Un primer, un segundo día el monte Nisir mantuvo sujeto el
            barco sin dejar que se moviera,
un tercer, un cuarto día el monte Nisir mantuvo sujeto el
            barco sin dejar que se moviera,
un quinto, un sexto día el monte Nisir mantuvo sujeto el
            barco sin dejar que se moviera,
cuando llegó el séptimo día.5


COLUMNA IV

Texto asirio

Hice salir una paloma que quedó libre,
la paloma emprendió el vuelo, pero regresó;
como no había encontrado donde posarse, por eso volvió.
Hice salir una golondrina, que quedó libre,
la golondrina emprendió el vuelo, pero regresó;
como no había encontrado donde posarse, por eso volvió.
Hice salir un cuervo, que quedó libre,
el cuervo emprendió el vuelo y, viendo que las aguas habían
            bajado,
comió, revoloteó, graznó y ya no volvió.
Entonces dejé que todo saliera a los cuatro puntos cardinales
            y ofrecí un sacrificio.
Puse una ofrenda en la cima de la montaña
y preparé siete y siete vasos rituales;
debajo de ellos coloqué caña, cedro y mirto.
Los dioses percibieron su aroma,
los dioses percibieron su dulce aroma,
y se apiñaron como moscas en torno al sacrificador.
Apenas llegó la gran diosa
se quitó las grandes moscas que Anu le había fabricado para
            halagarla:6
"¡Oh dioses, que estáis aquí, lo mismo que no olvidaré nunca
            los lapislázulis que hay en mi cuello,
recordaré estos días y no los olvidaré jamás!
Que los dioses vengan a la ofrenda,
pero que Enlil no venga a la ofrenda,
porque, sin reflexionar, desencadenó el Diluvio
y condenó a mis criaturas a la destrucción".
Cuando finalmente llegó Enlil,
al ver el barco, Enlil se enfureció,
montó en cólera contra los dioses Igigu.7
"¿Hay uno que ha salvado la vida? ¡Ninguno tenía que
            sobrevivir a la catástrofe!"
Ninurta, abriendo la boca, habla y dice a Enlil, el Héroe:
"¿Quién, sino Ea, puede crear alguna cosa?
¡Sólo Ea conoce todo!".8
Ea, abriendo la boca, habla y dice a Enlil, el Héroe:
"¡Tú, el más sabio de los dioses, oh Héroe!,
¿cómo pudiste, sin reflexionar, causar el Diluvio?
Castiga al pecador por sus pecados; castiga al criminal por
            su crimen,
pero déjate aplacar y no llegues a aniquilarlo, refrénate para
            que no perezca.
Mejor que desatar el Diluvio, habría sido que los leones
            hubieran diezmado a las gentes.9
Mejor que desatar el Diluvio, habría sido que los lobos
            hubieran diezmado a las gentes.
Mejos que desatar el Diluvio, habría sido que el hambre
            hubiera desolado el país.
Mejor que desatar el Diluvio, habría sido que Era,
            lanzándose, hubiera masacrado a los humanos.
En cuanto a mí, yo no he revelado el secreto de los grandes
            dioses.
A Atrahasis le hice ver un sueño que le enseño el secreto de
            los dioses.
Reflexiona ahora sobre lo que debes hacer".10
Enlil subió al barco,
cogió mi mano y me hizo subir;
hizo también subir a mi mujer y le hizo arrodillarse a mi
            lado.
Tocó nuestras frentes y, de pie entre nosotros, nos bendijo:
"Hasta ahora Utnapishtim era de condición humana,
en adelante Utnapishtim y su esposa serán como nosotros,
            dioses.
¡Que Utnapishtim habite lejos, en la boca de los ríos".
Me cogieron, pues, y me instalaron lejos, en la boca de los
            ríos.11
Pero ahora, por ti, ¿quién convocará a los dioses
para que encuentres la Vida que buscas?
¡Bien! Trata de no dormir durante seis días y siete noches".12
En cuanto Gilgamesh se hubo sentado,
el sueño, como una niebla, lo envolvió.
Utnapishtim dijo entonces a su esposa:
"Mira a ese hombre, todavía joven, que busca la Vida,
el sueño, como una niebla, lo ha envuelto".
Su esposa le dice a él, a Utnapishtim, el Lejano:
"Toca a ese hombre para que despierte,
para que regrese sano y salvo por el camino que le trajo,
para que por la puerta que abrió para salir pueda volver a
            su país".
Utnapishtim le dijo a su esposa:
"Los hombres son desleales, él será desleal;
anda, cuécele unos panes y ponlos en su cabecera
y marca en la pared los días que dormía.
El primer pan se secó,
el segundo se estropeó, el tercero, húmedo, el cuarto se
            volvió blanco,
el quinto se puso gris, el sexto estaba cocido,
y el séptimo estaba recién hecho, cuando él le tocó y el
            hombre se despertó.13
Traducción y notas de Federico Lara Peinado
Poema de Gilgamesh

1 Adad era el dios del tiempo metereológico (la tempestad y tormenta). Fue el encargado de desencadenar el Diluvio, teniendo, pues, carácter de dios destructor. Su esposa fue la diosa Shala y se le veneró especialmente en Assur. Shullat era un heraldo de Adad. Hanish era otro heraldo de Adad, Shullat y Hanish, "los grandes gemelos", eran considerados, en realidad, como hipóstasis de Shamash y de Adad. Erragal era otro nombre para designar a Nergal, el titular de los Infiernos. Los postes son los pilares maestros confeccionados en madera (tarkullu), y que sostenían los diques que contenían las aguas celestes.
2 Las antorchas aluden a los relámpagos que acompañaban al terrible fragor tormentoso de Adad.
3 El cielo de Anu: esto es, los dioses subieron al último cielo, donde residía Anu, según la cosmología mesopotámica.
4 Cambiar algo en el barro -medio esdriturario por excelencia- era poder borrar lo que se había escrito en él, por tanto borrarse ese día funesto.
5 A doce veces doce dobles cañas, esto es, a unos 864 metros, emergía el monte Nisir. Modernamente, se sitúa en el Pir Omar Gudrun, en el Kurdistán, entre el Tigris y el Zab inferior. En el relato bíblico (Génesis 8:4) se indica el monte Ararat, esto es, el monte de Urartu, en Armenia. El lugar donde, según la tradición, se detuvo el Arca de Noé está en un punto no lejos de la unión de tres países: Turquía, Armenia e Irán, con una altura de 5.156 m. Hay que remarcar el papel jugado por el número siete en las evaluaciones del tiempo del Diluvio.
6 La gran diosa era Dingir-mah. En la versión antigua babilónica es Mamitu (Nintu). Aquí se trata inequívocamente de Ishtar, la Señora de los dioses. Las grandes moscas son los collares o perlas de lapislázuli que Anu le había regalado cuando la tomó por esposa.
7 Los Igigu son los dioses celestiales, en contraposición a los Anunnaku. ¿Por qué Enlil se enfurece con los Igigu? Ños ejecutores del Diluvio habían sido los Anunnaku y, en consecuencia, ellos eran los responsables de haber dejado escapar a algunos vivientes.
8 Ea, en atención a sus cualidades, podía crear cualquier cosa. Era titular del amatu ("palabra", "secreto", "noticia", "plan", "asunto") y del shipru ("mensaje", "materia", "concepto"). Ambos términos pueden equivaler al logos griego.
9 A partir de aquí se citan cuatro grandes plagas que atacaban a la humanidad de la época: el león, el lobo, el hambre y las plagas (enfermedad). Era, que debe identificarse con Erra o Ura, fue el dios de la peste. Aquí, por extensión, alude a la peste misma.
10 Utnapishtim es llamado aquí "muy sabio", esto es, Atrahasis. Reflexiona ahora sobre lo que debes hacer: Frase de difícil comprensión, a pesar de su clara lectura. No sabemos sobre qué había que reflexionar. Quizá Enlil debería ocuparse de Utnapishtim, que había obtenido por el sueño el secreto de los dioses: quizá el autor quiera indicar a Gilgamesh que preste atención sobre lo que quiera hacer.
11 La boca de los ríos alude inequívocamente al Éufrates y al Tigris, que por entonces vertían sus aguas al mar por bocas separadas, pues la costa estaba mucho más al interior de lo que hoy está.
12 Utnapishtimn incita a Gilgamesh a no dormir durante una semana, para ver si era apto o no para la Vida eterna. En realidad, se trata de una prueba iniciática: no dormir durante un ciclo completo de siete noches es poder pasar a otro ciclo, en el cual el sueño -y por ello la muerte- son desconocidos.
13 Los panes que sucesivamente ha ido haciendo la esposa de Utnapishtim se van corrompiendo, claro símbolo de la muerte.