Chet Baker - Like Someone In Love

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domingo, 30 de abril de 2017

Correspondencia/ 1 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro) / Lou Andréas-Salomé - Rusia


RILKE A LOU ANDREAS-SALOME, EN GÖTTINGEN

París, sábado 20 de junio de 1914

    Lou querida, he aquí un extraño poema escrito esta mañana, que te envío ahora mismo, y al que espontáneamente he titulado "Wendung" porque representa el viraje decisivo que se producirá probablemente con toda necesidad si tengo que vivir, y comprenderás en qué sentido lo concebí.
    Tu carta en respuesta a mi estudio sobre las "Muñecas" la había presentido, suponiendo que me escribirías una de consuelo, que manifestara una impresión apropiada para ordenarlo. Y, en efecto, comprendo perfectamente lo que reconoces en ella, así como la última frase que las "palabras" son incapaces de expresar, esa última frase con relación a la unidad que la muñeca forma con lo corporal y sus más horribles fatalidades.
    Pero, qué espantoso que uno escriba semejante cosa sin darse cuenta de nada, so pretexto de hablar de un recuerdo de la más original intimidad, y que a continuación deje uno la pluma con ansias de revivir una vez más lo fantasmal, pero de manera ilimitada como nunca antes lo había hecho; hasta que, lleno a rebosar de estopa el cuerpo de títere en que uno mismo se ha convertido, se quede con la boca reseca.
                              Tu

VIRAJE DECISIVO

"El camino que lleva de la intimidad
a la grandeza pasa por el sacrificio".
Kassner

Lentamente se la ganó con la mirada en reñida lucha.
Los astros doblaban la rodilla
bajo la violencia de sus ojos alzados.
O volvía a contemplar arrodillado,
y el perfume de su insistencia
doblegaba algo divino,
ella le sonreía, adormecida.
Las torres que así contemplaba, se estremecían:
edificadas otra vez, hacia las alturas, de un vistazo.
Mas cuán a menudo, de día
sobrecargado, el paisaje, al anochecer
reposaba, tendido sobre su silencioso percibir.

Los animales entraban confiados
en la abierta mirada, paciendo,
y cautivos los leones
los observaban con sus ojos fijos cual una libertad inconcebible;
unos pájaros lo atravesaban con su vuelo,
a él, el insensible; unas flores
se reflejaban en él
grandes como en un alma infantil.

Y el rumor de que existía un contemplativo tal
conmovía a los menos
improbablemente visibles,
conmovía a las mujeres.

¿Mirando desde hace cuánto tiempo?
¿Desde hace cuánto tiempo privándose ya íntimamente
suplicando en el fondo de la mirada?
Cuando él, que vivía en la espera, un país extranjero,
sentado en la habitación de un albergue,
sentado en la habitación dispersa, alejada de él, que
lo rodeaba de un ambiente taciturno, y en el espejo evitada
de nuevo la habitación,
y más tarde, vista desde el fondo de su torturadora cama, otra                                                                                     [vez
la habitación: entonces deliberaba esto al vacío,
imperceptiblemente, deliberaba a propósito de su corazón                                                                                     [sensible,
en el fondo de su cuerpo transtornado de dolor,
de su corazón a pesar de todo sensible,
esto deliberaba y juzgaba ese corazón:
no poseía nada del amor.
(Y le eran rechazadas nuevas consagraciones).
Ya está, se ha puesto un límite a la mirada.

Y el universo mirado
quiere alcanzar su plenitud en el amor.
La labor de la vista está hecha,
haz en adelante la labor del corazón
con respecto a tus imágenes, esas imágenes cuativas; pues tú
las habías vencido: pero sigues sin conocerlas.
Mira, hombre interior, tu interior muchachita
conquistada en reñida lucha
contra mil naturalezas,
esa criatura sólo conquistada, todavía no amada.
20 de junio


LOU ANDREAS-SALOME A RILKE, EN PARIS

Göttingen, 24 de junio de 1914, miércoles

    Después de dos días de ausencia (para ir a hablar con alguien) estoy de regreso hoy, e íntegramente con tus palabras y a solas con ellas ante este "viraje decisivo" que lo es y sin embargo ya no lo es, pues se preparaba desde hace mucho tiempo, casi realizado ya: tu cuerpo lo sabía, por decirlo así, antes que tú mismo, pero claro, del modo en que los cuerpos pueden saber -con una fidelidad, una rectitud infinitas, de manera que ello debía conducir a un nuevo malentendido con el espíritu por algún tiempo. ¿Sabes en qué podía reconocerse?. En los ojos, ellos, que miran, que conquistan la figura única de mil matices que "todavía no había sido amada"; los ojos que querían amar transgredieron el límite que les fue impuesto y (¿te acuerdas de lo que me habías dicho?) los ojos celebraron nupcias en una mirada, no sólo en sentido poético sino, a decir verdad, en el sentido más corporal, hasta la agitación de la sangre, como si en aquellos momentos se hubiese producido mucho más que una simple mirada. (Así fue en el caso de la muchachita que se miraba en tus ojos como en un espejo, mientras se arreglaba; así, en otros casos más personales). Pero, en cuanto a los ojos, abandonados al esfuerzo de su búsqueda, más allá del límite de lo que habitualmente sólo debieran llevar al espíritu, en su ver sólo podían hacerse cada vez más corporales y, en cierto modo, aprovechándose de confusiones con hechos acaecidos (procesos subterráneos que no se realizaban en la superficie del cuerpo, dispuesta hacia lo exterior), sólo podían conocer extraños tormentos; pues la "labor del corazón", al contacto con lo que no había sido más que un ver artístico, sólo podía realizarse a partir del fondo más interior. Así fue cómo ocurrió que, por ejemplo la sangre afluyera a los ojos en forma de congestión, determinando dolorosas presiones; como si el flujo tendiera, por error, a transformar los ojos en órganos genitales, a transformarlos en aquello mismo de lo que proceden los milagros corporalmente generadores; y sufrían, en la lucha de su sincero esfuerzo, que sólo los conducía a una disensión con el cuerpo, en lugar de procurarle la calma. Hasta que el corazón se puso a latir al ritmo del gran amor en el cual lo exterior y lo interior se unen, el amor que, de repente, se da cuenta de todos sus tesoros y los examina como a las novias.
Lou
Traducción de José Mª Fouce

lunes, 9 de marzo de 2015

Elegías de Duino/ y 10 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro)


DIE ZEHNTE ELEGIE

Daß ich dereinst, an dem Ausgang der grimmigen Einsicht,
Jubel und Ruhm aufsinge zustimmenden Engeln.
Daß von den klar geschlagenen Hämmern des Herzens
keiner versage an weichen, zweifelnden oder
reißenden Saiten. Daß mich mein strömendes Antlitz
glänzender mache; daß das unscheinbare Weinen
blühe. O wie werdet ihr dann, Nächte, mir lieb sein,
gehärmte. Daß ich euch knieender nicht, untröstliche Schwestern,
hinnahm, nicht in euer gelöstes
Haar mich gelöster ergab. Wir, Vergeuder der Schmerzen.
Wie wir sie absehn voraus, in die traurige Dauer,
ob sie nicht enden vielleicht. Sie aber sind ja
unser winterwähriges Laub, unser dunkeles Sinngrün,
eine der Zeiten des heimlichen Jahre –, nicht nur
Zeit –, sind Stelle, Siedelung, Lager, Boden, Wohnort.

Freilich, wehe, wie fremd sind die Gassen der Leid – Stadt,
wo in der falschen, aus Übertönung gemachten
Stille, stark, aus der Gußform des Leeren der Ausguß
prahlt: der vergoldete Lärm, das platzende Denkmal.
O, wie spurlos zerträte ein Engel ihnen den Trostmarkt,
den die Kirche begrenzt, ihre fertig gekaufte:
reinlich und zu und enttäuscht wie ein Postamt am Sonntag.
Draußen aber kräuseln sich immer die Ränder von Jahrmarkt.
Schaukeln der Freiheit! Taucher und Gaukler des Eifers!
Und des behübschten Glücks figürliche Schießstatt,
wo es zappelt von Ziel und sich blechern benimmt,
wenn ein Geschickterer trifft. Von Beifall zu Zufall
taumelt er weiter; denn Buden jeglicher Neugier
werben, trommeln und plärrn. Für Erwachsene aber
ist noch besonders zu sehn, wie das Geld sich vermehrt, anatomisch,
nicht zur Belustigung nur: der Geschlechtsteil des Gelds,
alles, das Ganze, der Vorgang –, das unterrichtet und macht
fruchtbar .........
.... Oh aber gleich darüber hinaus,
hinter der letzten Planke, beklebt mit Plakaten des »Todlos«,
jenes bitteren Biers, das den Trinkenden süß scheint,
wenn sie immer dazu frische Zerstreuungen kaun...,
gleich im Rücken der Planke, gleich dahinter, ists wirklich.
Kinder spielen, und Liebende halten einander, – abseits,
ernst, im ärmlichen Gras, und Hunde haben Natur.
Weiter noch zieht es den Jüngling; vielleicht, daß er eine junge
Klage liebt..... Hinter ihr her kommt er in Wiesen. Sie sagt:
– Weit. Wir wohnen dort draußen.... Wo? Und der Jüngling
folgt. Ihn rührt ihre Haltung. Die Schulter, der Hals –, vielleicht
ist sie von herrlicher Herkunft. Aber er läßt sie, kehrt um,
wendet sich, winkt... Was solls? Sie ist eine Klage.

Nur die jungen Toten, im ersten Zustand
zeitlosen Gleichmuts, dem der Entwöhnung,
folgen ihr liebend. Mädchen
wartet sie ab und befreundet sie. Zeigt ihnen leise,
was sie an sich hat. Perlen des Leids und die feinen
Schleier der Duldung. – Mit Jünglingen geht sie
schweigend.

Aber dort, wo sie wohnen, im Tal, der Älteren eine, der Klagen,
nimmt sich des Jünglinges an, wenn er fragt: – Wir waren,
sagt sie, ein Großes Geschlecht, einmal, wir Klagen. Die Väter
trieben den Bergbau dort in dem großen Gebirg; bei Menschen
findest du manchmal ein Stück geschliffenes Ur-Leid
oder, aus altem Vulkan, schlackig versteinerten Zorn.
Ja, das stammte von dort. Einst waren wir reich. –
Und sie leitet ihn leicht durch die weite Landschaft der Klagen,
zeigt ihm die Säulen der Tempel oder die Trümmer
jener Burgen, von wo Klage-Fürsten das Land
einstens weise beherrscht. Zeigt ihm die hohen
Tränenbäume und Felder blühender Wehmut,
(Lebendige kennen sie nur als sanftes Blattwerk);
zeigt ihm die Tiere der Trauer, weidend, – und manchmal
schreckt ein Vogel und zieht, flach ihnen fliegend durchs Aufschaun,
weithin das schriftliche Bild seines vereinsamten Schreis. –
Abends führt sie ihn hin zu den Gräbern der Alten
aus dem Klage-Geschlecht, den Sibyllen und Warn-Herrn.
Naht aber Nacht, so wandeln sie leiser, und bald
mondets empor, das über Alles
wachende Grab-Mal. Brüderlich jenem am Nil,
der erhabene Sphinx –: der verschwiegenen Kammer Antlitz.
Und sie staunen dem krönlichen Haupt, das für immer,
schweigend, der Menschen Gesicht
auf die Waage der Sterne gelegt.

Nicht erfaßt es sein Blick, im Frühtod
schwindelnd. Aber ihr Schaun,
hinter dem Pschent-Rand hervor, scheucht es die Eule. Und sie,
streifend im langsamen Abstrich die Wange entlang,
jene der reifesten Rundung,
zeichnet weich in das neue
Totengehör, über ein doppelt
aufgeschlagenes Blatt, den unbeschreiblichen Umriß.

Und höher, die Sterne. Neue. Die Sterne des Leidlands.
Langsam nennt sie die Klage; – Hier,
siehe: den Reiter, den Stab, und das vollere Sternbild
nennen sie: Fruchtkranz. Dann, weiter, dem Pol zu:
Wiege; Weg; Das Brennende Buch; Puppe; Fenster.
Aber im südlichen Himmel, rein wie im Innern
einer gesegneten Hand, das klar erglänzende »M«,
das die Mütter bedeutet ...... –

Doch der Tote muß fort, und schweigend bringt ihn die ältere
Klage bis an die Talschlucht,
wo es schimmert im Mondschein:
die Quelle der Freude. In Ehrfurcht
nennt sie sie, sagt; – Bei den Menschen
ist sie ein tragender Strom. –

Stehn am Fuß des Gebirgs.
Und da umarmt sie ihn, weinend.

Einsam steigt er dahin, in die Berge des Ur-Leids.
Und nicht einmal sein Schritt klingt aus dem tonlosen Los.
Aber erweckten sie uns, die unendlich Toten, ein Gleichnis,
siehe, sie zeigten vielleicht auf die Kätzchen der leeren
Hasel, die hängenden, oder
meinten den Regen, der fallt auf dunkles Erdreich im Frühjahr. –

Und wir, die an steigendes Glück
denken, empfänden die Rührung,
die uns beinah bestürzt,
wenn ein Glückliches fällt.


DÉCIMA ELEGÍA*

Que un día, superada la terrible intuición,
ascienda mi canto de júbilo y de gloria hacia los ángeles concordes.
Que ninguno de los martillos1 límpidamente pulsados del corazón
falle al tañer las cuerdas suaves, vacilantes o tensas.
Que mi rostro inundado de lágrimas me torne más radiante,
que florezca el llanto sencillo.
¡Oh noches! ¡Cuán caras me seréis entonces, noches de aflicción!
Cómo no me arrodillé más rendidamente
-inconsolables hermanas- para acogeros;
cómo no me deshice en vuestra cabellera deshecha
con mayor abandono.
Pero somos los derrochadores del dolor:
con qué intensidad miramos más allá de él en su triste durar
tratando de ver si no concluye quizá.
Más él es nuestro follaje invernal, nuestra oscura pervinca,
una de las estaciones del año secreto -y no sólo estación
sino lugar, asiento, tienda, suelo y hogar.

Ah, qué extrañas son en verdad las callejas
de la Ciudad del Dolor, donde el falso silencio
que se hace cuando se sobrepone al ruido el estruendo,
alardea potente
-forma vaciada del molde de la vacuidad-
el estrépito alabancioso del oro
y se exhibe con presunción el monumento infautado.
Oh, y de qué inadvertida manera les pisotearía un ángel
el marcado del consuelo que han erigido
circundando a la iglesia que compraron ya hecha,
tan limpia y cerrada en su desilusión
como una oficina postal en domingo.
Pero afuera siempre se riza el contorno irregular de la feria:
¡Columpios de la libertad! ¡Buzos y juglares del afán!
Y también, una atracción superior:
el campo de tiro de una muy acicalada ventura
donde las figuras que cuelgan del blanco
se agitan y suenan a hoja de lata
cuando un tirador más hábil acierta.
Yendo del aplauso a lo accidental,
el triunfador prosigue a tropezones su marcha
porque las barracas que encierran cualquier curiosidad concebible
pregonan su mercancía, tamborilean y rugen.
Hay además un espectáculo especial para adultos:
la multiplicación del dinero,
que se realiza de un modo anatómico
y no sólo por diversión; el órgano genital del dinero,
todo conjunto, el procedimiento, el acto -
y esto instruye y torna fecundo...
¡Ah!, pero en las afueras,
inmediatamente tras de la valla postrera
tapizada de carteles que rezan "NO HAY MUERTE"
(anuncios de aquella amarga cerveza
que parece tan dulce a quienes la beben
mientras mastican diversiones más frescas),
se tiende lo real: juegan los niños,
los amantes se abrazan apartados y graves sobre la hierba escasa
y los perros dan satisfacción a su instinto.
Pero el adolescente se siente atraído más lejos aún;
tal vez se ha prendado de una Lamentación juvenil...
Siguiéndola llega a unos prados.
Ella le dice: -"Lejos, allá afuera, muy lejos,
vivimos nosotros..."
-"¿Dónde?" Y el joven la sigue.
Lo conmueven su porte, los hombros, el cuello... -
acaso proceda de señorial ascendencia.
Pero la abandona, retorna al lugar de partida,
se vuelve apenas y hace un gesto de adiós.
¿A qué proseguir? Ella es una Lamentación.

Sólo quienes murieron jóvenes
y se hallan en ese estado primero de la indiferencia intemporal
en que se va perdiendo la costumbre de vivir,
la siguen por amor.
Aguarda a las doncellas y se atrae su amistad.
Suavemente les muestra cuanto posee:
las perlas del dolor y los finos velos de la resignación.
Con los adolescentes marcha en silencio.

Pero allá, en el valle lejano en que moran,
alguna Lamentación de las de edad más provecta
atiende al adolescente cuando pregunta.
"Fuimos antaño" -le dice- "una estirpe preclara.
Nuestros padres se dedicaron a la minería
en la gran cordillera.
Entre los hombres encuentras a veces
un trozo tallado de dolor primigenio
o escorias de ira petrificada
brotadas del antiguo volcán.
Sí, eso provino de allá.
Una vez fuimos ricas."

E ingrávidamente lo guía
a través del vasto paisaje de las Lamentaciones.
Le muestra las columnas de los templos
o las ruinas de aquellos castillos desde los cuales antaño
los Príncipes de las Lamentaciones
gobernaron sabiamente el país;
le enseña los altos árboles del llanto,
los campos de melancolía en flor
(a la que los vivos apenas conocen como una fronda apacible)
y los animales del duelo, paciendo.
A veces un pájaro se asusta de pronto
y cruzando horizontalmente a través de esa larga mirada
traza ampliamente en el aire la imagen escrita
de su gritar solitario.
Al atardecer, la Lamentación lo conduce a las tumbas
de sibilas y augures
-antepasados que son su propio linaje-
y al acercarse la noche
ya van caminando con mayor levedad.
Pronto tramonta, lunar,
el funeral monumento que todo lo vela,
fraterno de aquél otro a orillas del Nilo:
la egregia Esfinge,
faz de la cámara secreta.
Y contemplan con admiración la coronada cabeza
que calladamente colocara por siempre
el rostro del hombre en la balanza
de las estrellas.

Inaprehensible para él,
la temprana muerte aún colma de vértigo sus ojos.
Pero ella, levantando la mirada
desde más allá del borde del pschent2
ahuyenta a la lechuza3
que, al deslizarse en lento roce
a lo largo de aquella mejilla de más madura redondez,
dibuja suavemente en el nuevo oír del muerto
como sobre una doble hoja desplegada
el contorno indescriptible.

Y más en lo alto, las estrellas. Nuevas.
Todas las estrellas del País del Dolor.
Lentamente, la Lamentación las enuncia:
-"Aquí, mira, están el Caballero y el Báculo,
y la constelación más nutrida
se llama Corona de Frutos.
Luego, más adelante, hacia el polo:
la Cuna, el Camino, el Libro que Arde,
la Muñeca y la Ventana.
Pero en el firmamento del sur,
pura como en la palma de una mano bendita,
rutila con diáfano brillo la M,
que representa a las madres..."

Pero, el muerto ha de seguir adelante
y la más vieja Lamentación lo conduce en silencio
hasta el desfiladero del valle,
donde se ve brillar al claro de luna
la Fuente de la Alegría.
Con respeto la nombra y dice:
-"Entre los hombres
es un río caudal."
Llegados al pie de la cordillera,
ella lo abraza llorando.

Solitario asciende a las cimas del Dolor Primigenio.
Y ni siquiera su paso se escucha en el Destino callado.

Pero si los infinitamente muertos
hicieran nacer en nosotros un símbolo
-mira- señalarían tal vez los amentos
que penden del exhausto, vacío avellanado
o pensarían acaso en la lluvia
que cae en la primavera sobre la tierra sombría.

Y nosotros, que pensamos en la felicidad que asciende,
sentiríamos el enternecimiento
que casi nos sobrecoge
cuando la dicha cae.
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch


* Los versos 1 al 15 del poema original fueron escritos en Duino, a comienzos de 1912; el texto se prosiguió y concluyó en una forma posteriormente rechazada en París, entre el final de 1913 y el comienzo del verano de 1914; la nueva versión -definitiva- de los versos 1al último fue compuesta en Muzot, el 11 de febrero de 1922.
1 En el piano, el sonido se produce por mazos que golpean en cuerdas.
2 Pschent es una transcripción fonética utilizada por Rilke de la grafía griega Txent, que a su vez transcribe la palabra egipcia que designa la doble corona en forma de mitra, símbolo de la unión del Alto y el Bajo Egipto, que usaban los faraones. Varios dioses del panteón egipcio -particularmente Osiris, Señor del País de los Muertos- eran representados también con el pschent, lo que determina su presencia en este contexto.
3 Anécdota autobiográfica, recogida en una carta a Magda Hattinberg (1 de febrero de 1914), sobre el viaje de Rilke a Egipto a finales de 1910, en el cual creyó escuchar cómo un búho, con el sonido de su vuelo, dibujaba la mejilla de la esfinge: “Detrás del saliente del gorro real que lleva la esfinge en la cabeza, salió volando un búho, y lentamente, con un sonido que se oía de modo indescriptible en la limpia profundidad de la noche, con su suave vuelo fue rozando su rostro: y en aquel momento, en mi oído, que por el hecho de haber estado horas y horas en el silencio de la noche había adquirido una agudeza muy especial, surgió el dibujo del perfil de aquella mejilla, como por un milagro.”
Sin embargo, Rilke escribió a Muzot sobre la imaginería egipcia de esta elegía, que “el país de las lamentaciones, por el que la anciana Lamentación guía al joven muerto, no debe identificarse con Egipto, sino verse como sólo una especie de reflejo del país del Nilo en la claridad de desierto de la conciencia del muerto.”


CARTA DE RAINER MARIA RILKE (Fragmentos)
Al señor Witold von Hulewicz, a próposito de las Elegías de Duino
(13 de Noviembre de 1925)

Desde aquí, querido amigo, yo mismo apenas sé qué decirle.
Con los poemas a la vista podría tratarse de encontrar múltiples aclaraciones, pero así, ¿cómo empezar? Además, ¿soy acaso yo quien puede dar la explicación exacta de las Elegías? Me rebasan infinitamente. [...]
En las Elegías, la afirmación de la vida y la de la muerte se revelan como una sola. Admitir una sin la otra es, como lo celebramos aquí, una limitación que excluye finalmente todo lo infinito. [...]
La verdadera forma de la vida se extiende a través de los dos dominios, y la sangre del más amplio circuito corre a través de ambos; no hay un más acá, ni un más allá, sino la gran unidad, en la cual los seres que nos rebasan, los "ángeles", encuéntranse en su morada. [...]
El ángel de las Elegías es ese ser que reconoce en lo invisible un grado superior de la realidad. Por eso es "terrible" para nosotros, aún suspendidos en lo visible, del que somos amantes y transformadores. [...]
Ojalá encuentre usted aquí, querido amigo, algunos consejos y aclaraciones, y para lo demás ayúdese usted mismo, porque no sé si podré en alguna ocasión decir más.
Suyo
R. M. RILKE

jueves, 5 de marzo de 2015

Elegías de Duino/ 9 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro)


DIE ACHTE ELEGIE

Warum, wenn es angeht, also die Frist des Daseins
hinzubringen, als Lorbeer, ein wenig dunkler als alles
andere Grün, mit kleinen Wellen an jedem
Blattrand (wie eines Windes Lächeln) –: warum dann
Menschliches müssen – und, Schicksal vermeidend,
sich sehnen nach Schicksal?...

Oh, nicht, weil Glück ist,
dieser voreilige Vorteil eines nahen Verlusts.
Nicht aus Neugier, oder zur Übung des Herzens,
das auch im Lorbeer wäre.....

Aber weil Hiersein viel ist, und weil uns scheinbar
alles das Hiesige braucht, dieses Schwindende, das
seltsam uns angeht. Uns, die Schwindendsten. Ein Mal
jedes, nur ein Mal. Ein Mal und nicht mehr. Und wir auch
ein Mal. Nie wieder. Aber dieses
ein Mal gewesen zu sein, wenn auch nur ein Mal:
irdisch gewesen zu sein, scheint nicht widerrufbar.

Und so drängen wir uns und wollen es leisten,
wollens enthalten in unsern einfachen Händen,
im überfüllteren Blick und im sprachlosen Herzen.
Wollen es werden. – Wem es geben? Am liebsten
alles behalten für immer... Ach, in den andern Bezug,
wehe, was nimmt man hinüber? Nicht das Anschaun, das hier
langsam erlernte, und kein hier Ereignetes. Keins.
Also die Schmerzen. Also vor allem das Schwersein,
also der Liebe lange Erfahrung, – also
lauter Unsägliches. Aber später,
unter den Sternen, was solls: die sind besser unsäglich.
Bringt doch der Wanderer auch vom Hange des Bergrands
nicht eine Hand voll Erde ins Tal, die Allen unsägliche, sondern
ein erworbenes Wort, reines, den gelben und blaun
Enzian. Sind wir vielleicht hier, um zu sagen: Haus,
Brücke, Brunnen, Tor, Krug, Obstbaum, Fenster, –
höchstens: Säule, Turm.... aber zu sagen, verstehs,
oh zu sagen so, wie selber die Dinge niemals
innig meinten zu sein. Ist nicht die heimliche List
dieser verschwiegenen Erde, wenn sie die Liebenden drängt,
daß sich in ihrem Gefühl jedes und jedes entzückt?
Schwelle: was ists für zwei
Liebende, daß sie die eigne ältere Schwelle der Tür
ein wenig verbrauchen, auch sie, nach den vielen vorher
und vor den Künftigen ...., leicht.

Hier ist des Säglichen Zeit, hier seine Heimat.
Sprich und bekenn. Mehr als je
fallen die Dinge dahin, die erlebbaren, denn,
was sie verdrängend ersetzt, ist ein Tun ohne Bild.
Tun unter Krusten, die willig zerspringen, sobald
innen das Handeln entwächst und sich anders begrenzt.
Zwischen den Hämmern besteht
unser Herz, wie die Zunge
zwischen den Zähnen, die doch,
dennoch, die preisende bleibt.

Preise dem Engel die Welt, nicht die unsägliche, ihm
kannst du nicht großtun mit herrlich Erfühltem; im Weltall,
wo er fühlender fühlt, bist du ein Neuling. Drum zeig
ihm das Einfache, das, von Geschlecht zu Geschlechtern gestaltet,
als ein Unsriges lebt, neben der Hand und im Blick.
Sag ihm die Dinge. Er wird staunender stehn; wie du standest
bei dem Seiler in Rom, oder beim Töpfer am Nil.
Zeig ihm, wie glücklich ein Ding sein kann, wie schuldlos und unser,
wie selbst das klagende Leid rein zur Gestalt sich entschließt,
dient als ein Ding, oder stirbt in ein Ding –, und jenseits
selig der Geige entgeht. – Und diese, von Hingang
lebenden Dinge verstehn, daß du sie rühmst; vergänglich,
traun sie ein Rettendes uns, den Vergänglichsten, zu.
Wollen, wir sollen sie ganz im unsichtbarn Herzen verwandeln
in – o unendlich – in uns! Wer wir am Ende auch seien.
Erde, ist es nicht dies, was du willst: unsichtbar
in uns erstehn? – Ist es dein Traum nicht,
einmal unsichtbar zu sein? – Erde! unsichtbar!
Was, wenn Verwandlung nicht, ist dein drängender Auftrag?
Erde, du liebe, ich will. Oh glaub, es bedürfte
nicht deiner Frühlinge mehr, mich dir zu gewinnen –, einer,
ach, ein einziger ist schon dem Blute zu viel.
Namenlos bin ich zu dir entschlossen, von weit her.
Immer warst du im Recht, und dein heiliger Einfall
ist der vertrauliche Tod.

Siehe, ich lebe. Woraus? Weder Kindheit noch Zukunft
werden weniger ....... Überzähliges Dasein
entspringt mir im Herzen.,
so leben wir und nehmen immer Abschied.


NOVENA ELEGÍA*

¿Por qué, si es posible
pasar el tiempo de nuestra escasa existencia
como un laurel1
-un poco más oscuro que cualquier otro verdor,
orlado el borde de cada una de sus hojas por menudas ondas
(semejantes al leve sonreír de la brisa)-,
tener, pues, que ser humanos,
y queriendo evitar el destino,
anhelar el destino?

¡Oh, no es porque exista la felicidad
-ese beneficio anticipado de una inminente pérdida-,
ni por curiosidad, o por mero ejercicio del corazón,
que también estaría en el laurel...!

Sino porque estar aquí ya es mucho.
Y porque parecen necesitarnos todas las cosas de aquende
-tan huidizas-, que nos requieren
de tan extraña manera-
¡sí, a nosotros, los más fugaces...!
Nos requieren una vez cada una,
sólo una vez;
una vez y no más...
Y nosotros también: una vez;
una vez solamente,
y después nunca más.
Pero esto: haber estado en el mundo
-aunque sólo fuera una vez-,
haber tenido una existencia terrena,
no parece que pudiera ser revocado...

Y así nos afanamos intentando realizarla,
tratando de abarcarla con nuestras simples manos,
con nuestra mirada desbordante, cada vez más plena,
y nuestro corazón, ya sin palabras. La existencia...
Queremos ser ella, hacerla nuestra.
Para darla ¿a quién? Sería preferible
retenerla del todo y para siempre...
¡Ah!, pero ¿qué podemos llevar, míseros,
a ese reino de distintas relaciones? No por cierto el mirar,
que aprendimos tan lentamente aquí,
y nada acontecido aquende, nada.
Luego acaso el sufrimiento,
acaso ante todo esta opresiva pesantez,
y la larga experiencia del amor -
nada, en fin, sino lo indecible.
Pero más tarde, bajo las estrellas,
¿de qué nos serviría todo eso?
Ellas son aún más indecibles...
El caminante no trae de la lejana ladera
de la montaña al valle
un puñado de tierra
para todos indecible,
sino alguna pura palabra que mereció
y conquistó: la genciana amarilla
y azul2... ¿Acaso estamos aquí
para decir tan sólo casa, puente,
fuente, puerta, cántaro, ventana, árbol frutal
o -a lo más- columna y torre...? No,
sino para decir -oh, entiéndelo-, para decir así
todo aquello que las cosas mismas, en su más hondo interior,
jamás creyeron ser. ¿No es acaso
una secreta astucia de este mundo sigiloso
urgir a los amantes para que transfiguren todo
en su arrobado sentimiento? Umbral:
¿qué significa para los amantes
desgastar levemente el umbral de aquella puerta,
tan anterior a ellos; gastarlo ellos también,
tras de la multitud de los que fueron
y precediendo a los que advendrán...?

Aquí está el tiempo de lo que puede ser dicho;
aquí está su patria. Habla y reconoce:
más que nunca declina y pasa aquello que puede ser vivido,
desplazado por un quehacer informe,
quehacer bajo cortezas que voluntariamente estallan
tan pronto como la acción que encubren
las supera y adquiere otro perfil.
Nuestro corazón perdura entre martillos
como entre los dientes la lengua, que
-sin embargo y a pesar de todo-
es la otorgadora de alabanzas.

Haz ante el ángel la alabanza del mundo,
mas no la del mundo inefable
pues ante él no puedes jactarte de la magnificencia sentida -
en ese universo que él experimenta más vivamente que tú
eres apenas un recién arribado.
Por eso muéstrale algo sencillo que,
configurado de generación en generación,
viva al alcance de nuestra mano y en nuestra mirada
como algo que nos es propio.
Háblale de las cosas. Se asombrará,
como tú, ante el cordelero de Roma
o el alfarero del Nilo. Enséñale
cuán feliz puede ser una cosa,
qué inocente y qué nuestra,
y cómo aun el fiero dolor que se queja y revuelve
decide -puro- adoptar una forma
y sirve, transformado en objeto,
o muere encerrado en él,
para luego escapar venturoso
más allá de la sonoridad del violín.
Y estas cosas que viven en tránsito
comprenden que tú las celebres.
Pasajeras, confían su salvación a nosotros,
los más transitorios de todos.
Quieren que dentro de nuestro corazón invisible
las tranformemos -oh, infinitamente- en nosotros mismos,
quienes quiera que fuésemos al final.

Tierra, ¿no es esto lo que tú quieres:
renacer, invisible, en nosotros?
¿No es acaso tu sueño llegar a ser invisible?
¡La Tierra, invisible!
¿Cuál es tu imperioso mandato sino la absoluta transformación?
Tierra, amada, sí quiero.
Oh, créelo, ya no son necesarias tus primaveras
para conquistarme -
una, ay, sólo una
es ya demasiado para mi sangre.
Más allá de cualquier nombre y desde hace mucho
estoy resuelto a ser tuyo. Siempre tuviste razón,
y tu inspiración más sagrada
es la muerte familiar y cercana.

Mira, yo vivo ¿de qué?
Ni la infancia ni el provenir disminuyen...
Una más que numerosa existencia
me brota en el corazón.
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

* Los versos 1 al 6 y 77 al 79 del poema original fueron escritos en Duino en marzo de 1912, o posiblemente en Ronda o en París durante 1913; el resto en Muzot, el 9 de febrero de 1922. 
1 El castillo de Duino tenía laureles. Dafne se convirtió en laurel para escapar de Apolo: símbolo de la fuga del destino humano, rumbo a la serenidad vegetal. 
2 En algunas regiones de Europa se atribuye propiedades mágicas contra la muerte a la genciana, que tiene variedades azules y amarillas (Barjau).

domingo, 1 de marzo de 2015

Elegías de Duino/ 8 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro)


DIE ACHTE ELEGIE
Rudolf Kassner zugeeignet
Mit allen Augen sieht die Kreatur
das Offene. Nur unsre Augen sind
wie umgekehrt und ganz um sie gestellt
als Fallen, rings um ihren freien Ausgang.
Was draußen ist, wir wissens aus des Tiers
Antlitz allein; denn schon das frühe Kind
wenden wir um und zwingens, daß es rückwärts
Gestaltung sehe, nicht das Offne, das
im Tiergesicht so tief ist. Frei von Tod.
Ihn sehen wir allein; das freie Tier
hat seinen Untergang stets hinter sich
und vor sich Gott, und wenn es geht, so gehts
in Ewigkeit, so wie die Brunnen gehen.
Wir haben nie, nicht einen einzigen Tag,
den reinen Raum vor uns, in den die Blumen
unendlich aufgehn. Immer ist es Welt
und niemals Nirgends ohne Nicht: das Reine,
Unüberwachte, das man atmet und
unendlich weiß und nicht begehrt. Als Kind
verliert sich eins im Stilln an dies und wird
gerüttelt. Oder jener stirbt und ists.
Denn nah am Tod sieht man den Tod nicht mehr
und starrt hinaus, vielleicht mit großem Tierblick.
Liebende, wäre nicht der andre, der
die Sicht verstellt, sind nah daran und staunen...
Wie aus Versehn ist ihnen aufgetan
hinter dem andern... Aber über ihn
kommt keiner fort, und wieder wird ihm Welt.
Der Schöpfung immer zugewendet, sehn
wir nur auf ihr die Spiegelung des Frein,
von uns verdunkelt. Oder daß ein Tier,
ein stummes, aufschaut, ruhig durch uns durch.
Dieses heißt Schicksal: gegenüber sein
und nichts als das und immer gegenüber.

Wäre Bewußtheit unsrer Art in dem
sicheren Tier, das uns entgegenzieht
in anderer Richtung –, riß es uns herum
mit seinem Wandel. Doch sein Sein ist ihm
unendlich, ungefaßt und ohne Blick
auf seinen Zustand, rein, so wie sein Ausblick.
Und wo wir Zukunft sehn, dort sieht es Alles
und sich in Allem und geheilt für immer.
Und doch ist in dem wachsam warmen Tier
Gewicht und Sorge einer großen Schwermut.
Denn ihm auch haftet immer an, was uns
oft überwältigt, – die Erinnerung,
als sei schon einmal das, wonach man drängt,
näher gewesen, treuer und sein Anschluß
unendlich zärtlich. Hier ist alles Abstand,
und dort wars Atem. Nach der ersten Heimat
ist ihm die zweite zwitterig und windig.
O Seligkeit der kleinen Kreatur,
die immer bleibt im Schooße, der sie austrug;
o Glück der Mücke, die noch innen hüpft,
selbst wenn sie Hochzeit hat: denn Schooß ist Alles.
Und sieh die halbe Sicherheit des Vogels,
der beinah beides weiß aus seinem Ursprung,
als wär er eine Seele der Etrusker,
aus einem Toten, den ein Raum empfing,
doch mit der ruhenden Figur als Deckel.
Und wie bestürzt ist eins, das fliegen muß
und stammt aus einem Schooß. Wie vor sich selbst
erschreckt, durchzuckts die Luft, wie wenn ein Sprung
durch eine Tasse geht. So reißt die Spur
der Fledermaus durchs Porzellan des Abends.

Und wir: Zuschauer, immer, überall,
dem allen zugewandt und nie hinaus!
Uns überfüllts. Wir ordnens. Es zerfällt.
Wir ordnens wieder und zerfallen selbst.

Wer hat uns also umgedreht, daß wir,
was wir auch tun, in jener Haltung sind
von einem, welcher fortgeht? Wie er auf
dem letzten Hügel, der ihm ganz sein Tal
noch einmal zeigt, sich wendet, anhält, weilt –,
so leben wir und nehmen immer Abschied.


OCTAVA ELEGÍA*
Para Rudolf Kassner
Puesta por entero en sus ojos,
la criatura mira "lo abierto".1
Sólo nuestros ojos están como invertidos
y colocados íntegramente alrededor de su propio mirar,
a manera de trampas, en cerco
y al acecho en su libre camino hacia afuera.
Conocemos aquello que está fuera, más allá de nosotros,
únicamente a través del rostro del animal,
porque desde su más tierna edad
volteamos y ponemos al niño de espaldas,
forzándolo a que mire retrostectivamente
un mundo de formas y no lo abierto,
que es tan profundo en la fisonomía del animal,
y se halla tan libre de muerte. A ella
sólo nosotros la vemos;
el libre animal tiene siempre su ocaso tras sí
y ante sí a Dios, y cuando camina
avanza en la eternidad, como las fuentes.
Nosotros, en cambio, nunca -ni un sólo día-
estamos ante aquél puro espacio
al que se abren infinitamente las flores;
para nosotros todo es siempre el mundo
y jamás aquél ningún lado limitado por nada,
ese algo puro y sin vigilancia -irretenible-
que se respira en todo, que uno sabe infinito
y que no se codicia.
A veces, algún niño se extravía calladamente en ello
y se le trae de regreso con brusquedad.
O tal otro parece, y entonces es eso.
Porque en la proximidad de la muerte ya no se ve a la muerte
y sólo se mira hacia afuera, los ojos fijos en la lejanía, adelante,
quizá con una enorme mirada animal.
Los amantes, de no ser por el otro, que se interpone
y obstruye la vista, lo percibirían. Están próximos a ello
y se asombran. Sí, a espaldas del otro y como por descuido
la visión se les abre y revela... Pero ninguno
puede superar la presencia del otro
y todo se le transforma de nuevo en el mundo de siempre.
Perpetuamente de cara a la creación,
sólo percibimos en ella el reflejo de lo que es libre y abierto
oscurecido por la sombra de nuestra propia presencia.
A veces ocurre que un mundo animal alce los ojos
y mire, sereno, a través de nosotros.
Y a esto se le llama destino: a estar enfrentados
y nada más, siempre enfrentados.

Si en el seguro animal
que se nos aproxima marchando
en dirección contraria a la nuestra
hubiera una conciencia semejante a la humana,
su firme paso nos arrastraría.
Mas para él su ser es infinito, inabarcable
y carente de una mirada en la cual se contemple a sí mismo,
puro -en fin- como su perspectiva.
Y allí donde nosotros no vemos sino un futuro,
el ve una totalidad de la que es parte integral,
en la que está inmerso y por siempre a salvo...
Y sin embargo, en el cálido y alerta animal residen
el peso y la preocupación de una enorme melancolía,
porque algo de aquello que nos subyuga a veces
también se adhiere a él siempre: el recuerdo,
como si ya una vez eso hacia lo que tendemos esforzadamente
hubiera estado más próximo, hubiera sido más leal,
y en su arrimo hubiera encerrado una ternura infinita...
Aquí todo es distancia: allá fue aliento y respiración.
Tras de aquella patria primera, esta otra le parece
destemplada e incierta... ¡Oh ventura sin par
de la pequeña criatura que permanece por siempre
en aquél seno que la dio a la luz, oh dicha del mosquito
que prosigue saltando en ese interior
-así la ocasión sea la de sus nupcias-,
pues todo en su derredor es claustro materno!
Y observa la semicerteza del pájaro, que por su origen
casi conoce ambas cosas, como un alma etrusca2,
recién evadida del muerto y a la cual recibe un espacio
definido a su vez por la efigie serena que configura la lápida
y guarda la tumba. Mas ¡qué turbación
la del que ha de volar más allá del resguardo
de este maternal nicho! Como asustado de sí,
hiende espasmódicamente el aire, cual la fisura
a una taza. Así raya la huella fugaz del murciélago
la tenue porcelana del anochecer...

En cambio, nosotros somos dondequiera y siempre espectadores
que, vueltos hacia todo, jamás miran
hacia afuera y más allá de ello.
El mundo nos rebasa y nos desborda. Lo ordenamos. Se desploma,
hecho añicos. Lo organizamos nuevamente,
y entonces nosotros mismos nos derrumbamos hechos trizas.

¿Quién nos dio vuelta así, poniéndonos de espaldas,
de modo que hagamos lo que sea
estamos siempre en la actitud de quien se va?
Como aquél que sobre la última colina
-que le muestra todo el valle una vez más-
se vuelve, se detiene y se demora...-
así vivimos, siempre en despedida.
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

* Escrita en Muzot, el 7 y 8 de febrero de 1922. 
1 "Lo abierto", concepto acuñado por el filósofo Rudolf Kassner, amigo de Rilke y destinatario de esta Elegía, designa a un continuo existencial en el que no hay fronteras entre los reinos de la vida y de la muerte, un continuo que por lo mismo es atemporal. Se trata de una noción próxima al budismo zen, elaborada por Kassner bajo el influjo de sus estudios del pensamiento oriental. 
2 El etrusco muerto tiene doble morada: el cadáver dentro, y su representación gráfica sobre la tapa del sarcófago (Leishmann).

miércoles, 25 de febrero de 2015

Elegías de Duino/ 7 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro)


DIE SIEBENTE ELEGIE

Werbung nicht mehr, nicht Werbung, entwachsene Stimme,
sei deines Schreies Natur; zwar schrieest du rein wie der Vogel,
wenn ihn die Jahreszeit aufhebt, die steigende, beinah vergessend,
daß er ein kümmerndes Tier und nicht nur ein einzelnes Herz sei,
das sie ins Heitere wirft, in die innigen Himmel. Wie er, so
würbest du wohl, nicht minder –, daß, noch unsichtbar,
dich die Freundin erführ, die stille, in der eine Antwort
langsam erwacht und über dem Hören sich anwärmt, –
deinem erkühnten Gefühl die erglühte Gefühlin.

O und der Frühling begriffe –, da ist keine Stelle,
die nicht trüge den Ton der Verkündigung. Erst jenen kleinen
fragenden Auflaut, den, mit steigernder Stille,
weithin umschweigt ein reiner bejahender Tag.
Dann die Stufen hinan, Ruf-Stufen hinan, zum geträumten
Tempel der Zukunft –; dann den Triller, Fontäne,
die zu dem drängenden Strahl schon das Fallen zuvornimmt
im versprechlichen Spiel.... Und vor sich, den Sommer.
Nicht nur die Morgen alle des Sommers –, nicht nur
wie sie sich wandeln in Tag und strahlen vor Anfang.
Nicht nur die Tage, die zart sind um Blumen, und oben,
um die gestalteten Bäume, stark und gewaltig.
Nicht nur die Andacht dieser entfalteten Kräfte,
nicht nur die Wege, nicht nur die Wiesen im Abend,
nicht nur, nach spätem Gewitter, das atmende Klarsein,
nicht nur der nahende Schlaf und ein Ahnen, abends...
sondern die Nächte! Sondern die hohen, des Sommers,
Nächte, sondern die Sterne, die Sterne der Erde.
O einst tot sein und sie wissen unendlich,
alle die Sterne: denn wie, wie, wie sie vergessen!

Siehe, da rief ich die Liebende. Aber nicht sie nur
käme... Es kämen aus schwächlichen Gräbern
Mädchen und ständen... Denn, wie beschränk ich,
wie, den gerufenen Ruf? Die Versunkenen suchen
immer noch Erde. – Ihr Kinder, ein hiesig
einmal ergriffenes Ding gälte für viele.
Glaubt nicht, Schicksal sei mehr, als das Dichte der Kindheit;
wie überholtet ihr oft den Geliebten, atmend,
atmend nach seligem Lauf, auf nichts zu, ins Freie.

Hiersein ist herrlich. Ihr wußtet es, Mädchen, ihr auch,
die ihr scheinbar entbehrtet, versankt –, ihr, in den ärgsten
Gassen der Städte, Schwärende, oder dem Abfall
Offene. Denn eine Stunde war jeder, vielleicht nicht
ganz eine Stunde, ein mit den Maßen der Zeit kaum
Meßliches zwischen zwei Weilen –, da sie ein Dasein
hatte. Alles. Die Adern voll Dasein.
Nur, wir vergessen so leicht, was der lachende Nachbar
uns nicht bestätigt oder beneidet. Sichtbar
wollen wirs heben, wo doch das sichtbarste Glück uns
erst zu erkennen sich giebt, wenn wir es innen verwandeln.

Nirgends, Geliebte, wird Welt sein, als innen. Unser
Leben geht hin mit Verwandlung. Und immer geringer
schwindet das Außen. Wo einmal ein dauerndes Haus war,
schlägt sich erdachtes Gebild vor, quer, zu Erdenklichem
völlig gehörig, als ständ es noch ganz im Gehirne.
Weite Speicher der Kraft schafft sich der Zeitgeist, gestaltlos
wie der spannende Drang, den er aus allem gewinnt.
Tempel kennt er nicht mehr. Diese, des Herzens, Verschwendung
sparen wir heimlicher ein. Ja, wo noch eins übersteht,
ein einst gebetetes Ding, ein gedientes, geknietes –,
hält es sich, so wie es ist, schon ins Unsichtbare hin.
Viele gewahrens nicht mehr, doch ohne den Vorteil,
daß sie's nun innerlich baun, mit Pfeilern und Statuen, größer!
Jede dumpfe Umkehr der Welt hat solche Enterbte,
denen das Frühere nicht und noch nicht das Nächste gehört.
Denn auch das Nächste ist weit für die Menschen. Uns soll
dies nicht verwirren; es stärke in uns die Bewahrung
der noch erkannten Gestalt. – Dies stand einmal unter Menschen,
mitten im Schicksal stands, im vernichtenden, mitten
im Nichtwissen-Wohin stand es, wie seiend, und bog
Sterne zu sich aus gesicherten Himmeln. Engel,
dir noch zeig ich es, da! in deinem Anschaun
steh es gerettet zuletzt, nun endlich aufrecht.
Säulen, Pylone, der Sphinx, das strebende Stemmen,
grau aus vergehender Stadt oder aus fremder, des Doms.

War es nicht Wunder? O staune, Engel, denn wir sinds,
wir, o du Großer, erzähls, daß wir solches vermochten, mein Atem
reicht für die Rühmung nicht aus. So haben wir dennoch
nicht die Räume versäumt, diese gewährenden, diese
unseren Räume. (Was müssen sie fürchterlich groß sein,
da sie Jahrtausende nicht unseres Fühlns überfülln.)
Aber ein Turm war groß, nicht wahr? O Engel, er war es, –
groß, auch noch neben dir? Chartres war groß –, und Musik
reichte noch weiter hinan und überstieg uns. Doch selbst nur
eine Liebende –, oh, allein am nächtlichen Fenster....
reichte sie dir nicht ans Knie –?
Glaub nicht, daß ich werbe.
Engel, und würb ich dich auch! Du kommst nicht. Denn mein
Anruf ist immer voll Hinweg; wider so starke

Strömung kannst du nicht schreiten. Wie ein gestreckter
Arm ist mein Rufen. Und seine zum Greifen
oben offene Hand bleibt vor dir
offen, wie Abwehr und Warnung,
Unfaßlicher, weitauf.


SÉPTIMA ELEGÍA*

No amoroso reclamo
ni postrado llamamiento,
sino la voz madura y entrañable...-
que sea de esta índole tu grito.
Ciertamente, tú clamaste en otro tiempo
con la pureza con que lo hace el ave
cuando la estación la eleva, la sublima,
casi olvidando que no es sólo un simple corazón
sino un animal doliente
lo que ella arroja a la íntima alegría de los cielos.
Tú, no menos que el ave, pedirías
que la amiga aún no vista
te sintiera; esa compañera -callada todavía-
en quien despierta lentamente la respuesta,
aquella que poco a poco se enardece al escucharte,
la encendida sentidora de tu osado sentimiento.

¡Oh sí!, la primavera entendería -
no habría en ella un solo sitio
que no tuviera una sonoridad de anunciación:
primero ese gorjeo inicial, inquisitivo y leve, que desde lejos envuelve en el silencio
al limpio día afirmativo;
luego las escalas ascendentes,
peldaños de la llamada
al soñado templo del futuro;
y después los trinos, fuente que
-en el juego promisorio-
anticipa en su ascenso, torrencial e impetuoso,
la caída... Y ante sí,
el estío.

No sólo las mañanas
-todas las mañanas- del estío,
su metamorfosis en día pleno
y sus resplandores de iniciación.
No sólo -no- los días, delicados y tiernos
alrededor de las flores, y arriba,
en lo alto, poderosos y firmes
en torno a los árboles configurados con nitidez.
No sólo el fervor de esas fuerzas desplegadas,
no sólo los caminos,
no sólo las praderas al atardecer,
no sólo la diafanidad del aire que se respira tras la tormenta tardía,
no sólo el sueño que se enuncia,
y ese presentimiento vespertino...,
sino las noches.
Las altas noches estivales,
y las estrellas; las estrellas de la Tierra.
¡Oh!, estar por fin muertos
y poder conocerlas infinitamente...
A todas las estrellas.
¡Ay, porque cómo, cómo,
cómo
olvidarlas!

Mira, entonces llamaría a la amante.
Mas no acudiría sólo ella a mi voz.
De sus débiles tumbas, incapaces de retenerlas, vendrían también las doncellas
y estarían en pie... porque, ¿cómo podría yo limitar
-dí, cómo- la llamada puesta en mi grito?
quienes fueron sepultados antes de tiempo.

Estar aquí es glorioso.
Vosotras lo sabíais, muchachas,
sí, también vosotras, las aparentemente desposeídas
que os habíais hundido,
supurantes o abocadas a la inmundicia,
en las callejas más viles y sórdidas de las ciudades.
Sí, porque cada uno tuvo su hora,
quizá ni siquiera una hora entera
sino algo apenas mensurable en el orden del tiempo,
un intervalo casi perdido entre dos instantes
en el que tuvo un ser propio
y lo fue todo,
con las venas henchidas por la existencia.
Mas nosotros olvidamos tan fácilmente
aquello que el prójimo burlón
no nos confirma o nos envidia
que queremos alzarlo en vilo para que todos lo contemplen,
cuando en verdad ocurre que aun la dicha más visible
sólo se nos da a conocer
cuando la transformamos en nuestro interior.

Amada, el mundo nunca será
otra cosa que nuestro interior.
Nuestra vida transcurre en perpetua transmutación.
Y cada vez más exiguo se esfuma lo externo;
donde alguna vez estuvo una casa durable
se proyecta -oblicua- una construcción imaginada,
perteneciente tan por dentro al pensamiento
como si se irguiera aún sólo en la mente.
El espíritu de la época crea para sí
vastos almacenes de fuerza,
informe como la tensa inquietud
que extrae de todas las cosas.
Ya nada sabe de templos.
Pero nosotros, en cambio, hagamos
nuestro ahorro más secreto
de este derroche del corazón.
Sí, allí donde subsiste aún cualquier cosa,
un objeto al que adoramos
y servimos ayer de rodillas,
este permanecerá -tal cual es-
unido ya a lo invisible.
Muchos, ahora, no alcanzan a advertirlo
y pierde así la ventaja
de rehacer aquello
-con sus columnas y estatuas-
más sólido y firme
en su propio interior.

Cada una de estas sordas reversiones del mundo
produce una vasta muchedumbre de desheredados
que no tienen ni aquello que fue, ni lo que será.
Porque aun lo más proximo se halla lejano para el hombre.
Pero que eso no nos turbe; antes bien,
que nos aliente para conservar en nosotros
la forma aún reconocida. Esa forma que ya una vez
se elevó entre los hombres, en medio del destino destructor,
entre la incertidumbre de las rutas,1
como si fuera a perdurar,
y atraía estrellas hacia sí
desde los seguros cielos.
Ángel, a ti te la mostraré una vez más.
¡Hela ahí!: a salvo y finalmente erguida
en tu mirada
columnas, fustes,2 la Esfinge
y la pujante ascensión anhelosa
-gris en medio de la ciudad que se esfuma
o de la urbe extraña-
de la catedral...

¿Acaso no es esto un milagro?
¡Oh sí, asómbrate ángel, pues nosotros lo hemos realizado!
¡Oh, gran ángel!, proclama tú que logramos tales cosas,
pues mi aliento no alcanza a celebrarlo.
De manera que a pesar de todo
no perdimos los espacios, ricos en dones,
que son nuestros.
(¡Ah, qué vastos, qué espantosamente vastos han de ser
cuando milenios enteros de nuestro sentimiento
no fueron capaces de colmarlos!)
Pero una torre era grande, ¿no es verdad?
Mas a tu lado, oh ángel, ¿sería aún tan alta?
Chartres era enorme, sí,
y la música se remontaba aún más allá,
sobrepasándonos.
Pero incluso una amante nada más,
¡oh!, solitaria en su ventana abierta hacia la noche,
¿no te llegaba acaso a la rodilla?
Créelo, no te llamo.
Y aunque mi reclamo te alcanzara, no vendrías.
Porque mi apelación siempre está henchida de repulsa,
y contra corriente tan fuerte no puedes avanzar.
Como un brazo tendido es mi llamada.
Y su mano, abierta en lo alto para asir,
permanece extendida ante ti
como rechazo y advertencia
-¡oh, inaprehensible!-,
con amplitud...
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

Rainer Maria Rilke

* Escrita en Muzot el 7 de febrero de 1922; la versión definitiva de la conclusión ahí mismo, el 26 de febrero.
1 La presente versión se basa, en este punto, en la traducción de las Elegías hecha por J. F. Angelloz al francés, aprobada por el poeta. Procedimos así por considerar que esta versión comunica más claramente que cualquier traducción literal el sentido del verso original, que textualmente diría "en medio del no saber a dónde". 
2 Las fachadas de los templos egipcios.

sábado, 21 de febrero de 2015

Elegías de Duino/ 6 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro)


DIE SECHSTE ELEGIE

Feigenbaum, seit wie lange schon ists mir bedeutend,
wie du die Blüte beinah ganz überschlägst
und hinein in die zeitig entschlossene Frucht,
ungerühmt, drängst dein reines Geheimnis.
Wie der Fontäne Rohr treibt dein gebognes Gezweig
abwärts den Saft und hinan: und er springt aus dem Schlaf,
fast nicht erwachend, ins Glück seiner süßesten Leistung.
Sieh: wie der Gott in den Schwan.
...... Wir aber verweilen,
ach, uns rühmt es zu blühn, und ins verspätete Innre
unserer endlichen Frucht gehn wir verraten hinein.
Wenigen steigt so stark der Andrang des Handelns,
daß sie schon anstehn und glühn in der Fülle des Herzens,
wenn die Verführung zum Blühn wie gelinderte Nachtluft
ihnen die Jugend des Munds, ihnen die Lider berührt:
Helden vielleicht und den frühe Hinüberbestimmten,
denen der gärtnernde Tod anders die Adern verbiegt.
Diese stürzen dahin: dem eigenen Lächeln
sind sie voran, wie das Rossegespann in den milden
muldigen Bildern von Karnak dem siegenden König.

Wunderlich nah ist der Held doch den jugendlich Toten. Dauern
ficht ihn nicht an. Sein Aufgang ist Dasein; beständig
nimmt er sich fort und tritt ins veränderte Sternbild
seiner steten Gefahr. Dort fänden ihn wenige. Aber,
das uns finster verschweigt, das plötzlich begeisterte Schicksal
singt ihn hinein in den Sturm seiner aufrauschenden Welt.
Hör ich doch keinen wie ihn. Auf einmal durchgeht mich
mit der strömenden Luft sein verdunkelter Ton.

Dann, wie verbärg ich mich gern vor der Sehnsucht: O wär ich,
wär ich ein Knabe und dürft es noch werden und säße
in die künftigen Arme gestützt und läse von Simson,
wie seine Mutter erst nichts und dann alles gebar.

War er nicht Held schon in dir, o Mutter, begann nicht
dort schon, in dir, seine herrische Auswahl?
Tausende brauten im Schooß und wollten er sein,
aber sieh: er ergriff und ließ aus –, wählte und konnte.
Und wenn er Säulen zerstieß, so wars, da er ausbrach
aus der Welt deines Leibs in die engere Welt, wo er weiter
wählte und konnte. O Mütter der Helden, o Ursprung
reißender Ströme! Ihr Schluchten, in die sich
hoch von dem Herzrand, klagend,
schon die Mädchen gestürzt, künftig die Opfer dem Sohn.
Denn hinstürmte der Held durch Aufenthalte der Liebe,
jeder hob ihn hinaus, jeder ihn meinende Herzschlag,
abgewendet schon, stand er am Ende der Lächeln, – anders.


SEXTA ELEGÍA*

Higuera: ha tiempo comprendí el significado
del exento frutecer con que cuajas sin alarde,
casi omitiendo toda floración,
tan puro secreto en el fruto oportunamente decidido.
Como la cañería de una fuente,
tu sinuosa ramazón
conduce hacia abajo y a lo alto
la savia que irrumpe desde el sueño,
sin despertar apenas,
en la felicidad de su realización más dulce.
Como en el cisne -míralo- el dios...
Nosotros, empero, solemos detenernos
jactándonos -ay- del florecer,
llegando rezagados
-traicionados así por la hojarasca-
al interior tardío
de nuestro fruto final.
En pocos asciende con tal reciedumbre
la urgencia, el acoso de la acción,
que se hallan erguidos ya en el incendio
de la plenitud del corazón
cuando la tentación del florecer,
suave como la brisa de la noche,
les llega finalmente a rozar
los párpados y la juventud de la boca;
en pocos, tal vez sólo en los héroes
y en los predestinados a desaparecer tempranamente,
a los que la muerte -jardinera solícita-
retuerce las venas
en distinta curvatura.
Ellos se arrojan por delante,
precediendo a la propia sonrisa,
como en los tiernos bajorrelieves de Karnak
la cuadriga al victorioso rey.

Próximo, extrañamente próximo el héroe
a los muertos juveniles.
No se preocupa por durar, por vivir un largo tiempo.
Su ascensión en existencia; se exalta sin cesar
y penetra en la constelación, de continuo renovada,
de su constante riesgo.
Allí pocos podrían encontrarlo.
Mas el destino,
que hoscamente nos cubre de silencio,
le canta con súbito entusiasmo
y lo arrastra a la tormenta de su mundo clamoroso.
Yo a nadie escucho como a él.
De pronto, en una corriente de aire torrencial,
me atraviesa su hondo canto ensombrecido.

Y entonces,
¡cuán gustosamente de ocultarme a mi nostalgia
de ser un niño todavía!
Oh, si yo fuera un niño,
si pudiera llegar a serlo aún
y resguardado en el seno maternal leyera,
acodado en los futuros brazos,
la historia de Sansón y de su madre-
que estéril al principio, al fin dio todo a luz.

¡Oh madre!
¿no fue ya en ti un héroe,
no inició ya en tu regazo su imperiosa elección?
Miles, hirviendo en tu seno pretendían ser él.
Pero mira: él tomó y rechazó, eligió y se impuso.
Y si un día derribó las columnas de aquel templo
fue sólo -madre- para irrumpir,
ya fuera del mundo de tu cuerpo,
en ese mundo más estrecho
donde continuaron su elección y su poder.
¡Oh madres de los héroes,
oh fuentes de ríos impetuosos!
Desfiladeros a los que, gimiendo,
se habían arrojado ya desde lo alto
del borde del corazón
las doncellas, futuras víctimas
destinadas a ofrendarse al hijo.

Porque el héroe se arrojó al asalto
a través de las treguas que brindara el amor,
y cada una de ellas,
cada latido que dio en su honor un corazón,
lo elevó aún más.
Pero él, ya distanciado,
se erguía al límite de las sonrisas
de distinto modo.
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

Rainer Maria Rilke

* Los versos 1 al 31 del poema original fueron escritos en Toledo o en Ronda, España, entre enero y febrero de 1913; los versos 42 al 44, en París, entre el final del otoño de 1913 y el comienzo del verano de 1914; los versos 32 al 41, en Muzot, el 9 de febrero de 1922.

martes, 17 de febrero de 2015

Elegías de Duino/ 5 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro)


DIE FÜNFTE ELEGIE

Wer aber sind sie, sag mir, die Fahrenden, diese ein wenig
Flüchtigern noch als wir selbst, die dringend von früh an
wringt ein wem, wem zu Liebe
niemals zufriedener Wille? Sondern er wringt sie,
biegt sie, schlingt sie und schwingt sie,
wirft sie und fängt sie zurück; wie aus geölter,
glatterer Luft kommen sie nieder
auf dem verzehrten, von ihrem ewigen
Aufsprung dünneren Teppich, diesem verlorenen
Teppich im Weltall.
Aufgelegt wie ein Pflaster, als hätte der Vorstadt-
Himmel der Erde dort wehe getan.
Und kaum dort,
aufrecht, da und gezeigt: des Dastehns
großer Anfangsbuchstab..., schon auch, die stärksten
Männer, rollt sie wieder, zum Scherz, der immer
kommende Griff, wie August der Starke bei Tisch
einen zinnenen Teller.

Ach und um diese
Mitte, die Rose des Zuschauns:
blüht und entblättert. Um diesen
Stampfer, den Stempel, den von dem eignen
blühenden Staub getroffnen, zur Scheinfrucht
wieder der Unlust befruchteten, ihrer
niemals bewußten, – glänzend mit dünnster
Oberfläche leicht scheinlächelnden Unlust.

Da: der welke, faltige Stemmer,
der alte, der nur noch trommelt,
eingegangen in seiner gewaltigen Haut, als hätte sie früher
zwei Männer enthalten, und einer
läge nun schon auf dem Kirchhof, und er überlebte den andern,
taub und manchmal ein wenig
wirr, in der verwitweten Haut.

Aber der junge, der Mann, als wär er der Sohn eines Nackens
und einer Nonne: prall und strammig erfüllt
mit Muskeln und Einfalt.

Oh ihr,
die ein Leid, das noch klein war,
einst als Spielzeug bekam, in einer seiner
langen Genesungen....

Du, der mit dem Aufschlag,
wie nur Früchte ihn kennen, unreif,
täglich hundertmal abfällt vom Baum der gemeinsam
erbauten Bewegung (der, rascher als Wasser, in wenig
Minuten Lenz, Sommer und Herbst hat) –
abfällt und anprallt ans Grab:
manchmal, in halber Pause, will dir ein liebes
Antlitz entstehn hinüber zu deiner selten
zärtlichen Mutter; doch an deinen Körper verliert sich,
der es flächig verbraucht, das schüchtern
kaum versuchte Gesicht... Und wieder
klatscht der Mann in die Hand zu dem Ansprung, und eh dir
jemals ein Schmerz deutlicher wird in der Nähe des immer
trabenden Herzens, kommt das Brennen der Fußsohln
ihm, seinem Ursprung, zuvor mit ein paar dir
rasch in die Augen gejagten leiblichen Tränen.
Und dennoch, blindlings,
das Lächeln.....

Engel! o nimms, pflücks, das kleinblütige Heilkraut.
Schaff eine Vase, verwahrs! Stells unter jene, uns noch nicht
offenen Freuden; in lieblicher Urne
rühms mit blumiger schwungiger Aufschrift:
»Subrisio Saltat.«.

Du dann, Liebliche,
du, von den reizendsten Freuden
stumm Übersprungne. Vielleicht sind
deine Fransen glücklich für dich –,
oder über den jungen
prallen Brüsten die grüne metallene Seide
fühlt sich unendlich verwöhnt und entbehrt nichts.
Du,
immerfort anders auf alle des Gleichgewichts schwankende Waagen
hingelegte Marktfrucht des Gleichmuts,
öffentlich unter den Schultern.

Wo, o wo ist der Ort – ich trag ihn im Herzen –,
wo sie noch lange nicht konnten, noch von einander
abfieln, wie sich bespringende, nicht recht
paarige Tiere; –
wo die Gewichte noch schwer sind;
wo noch von ihren vergeblich
wirbelnden Stäben die Teller
torkeln.....

Und plötzlich in diesem mühsamen Nirgends, plötzlich
die unsägliche Stelle, wo sich das reine Zuwenig
unbegreiflich verwandelt –, umspringt
in jenes leere Zuviel.
Wo die vielstellige Rechnung
zahlenlos aufgeht.

Plätze, o Platz in Paris, unendlicher Schauplatz,
wo die Modistin, Madame Lamort,
die ruhlosen Wege der Erde, endlose Bänder,
schlingt und windet und neue aus ihnen
Schleifen erfindet, Rüschen, Blumen, Kokarden, künstliche Früchte –, alle
unwahr gefärbt, – für die billigen
Winterhüte des Schicksals.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Engel!: Es wäre ein Platz, den wir nicht wissen, und dorten,
auf unsäglichem Teppich, zeigten die Liebenden, die's hier
bis zum Können nie bringen, ihre kühnen
hohen Figuren des Herzschwungs,
ihre Türme aus Lust, ihre
längst, wo Boden nie war, nur an einander
lehnenden Leitern, bebend, – und könntens,
vor den Zuschauern rings, unzähligen lautlosen Toten:

Würfen die dann ihre letzten, immer ersparten,
immer verborgenen, die wir nicht kennen, ewig
gültigen Münzen des Glücks vor das endlich
wahrhaft lächelnde Paar auf gestilltem
Teppich?


QUINTA ELEGÍA*
Dedicada a la señora Hertha König

¿Quiénes son, dime, esos vagabundos
aún más fugaces que nosotros mismos,
a quienes desde edad temprana urge y retuerce
sin cesar -¿para quien, por el amor de quién?-
una premiosa voluntad nunca satisfecha?
Esta voluntad los descoyunta, los dobla, los enlaza,
los despide y los vuelve a recoger.
Caen, a través de aire -aceitado,
resbaladizo- en la raída alfombra,
desgastada
por su eterno saltar; en esta alfombra
-tan perdida en el cosmos-
que colocan a modo de emplasto sobre el suelo,
como si el cielo gris del arrabal
hubiera desgarrado allí la tierra.
Mas, apenas caídos, se yerguen y dibujan
esa gran inicial de la existencia.1
Y el empellón de siempre, repetido,
derriba una vez más y como en juego
hasta a los más robustos,
con la misma facilidad que Augusto el Fuerte
arrojaba los platos de estaño de su mesa.2

Y alrededor, ay, de este centro florece y se deshoja
-lentamente- la rosa de los espectadores.
Y en torno de ese fuste
el pistilo,
fecundado por su propio polen floreciente,
da de nuevo el falso fruto
inconsciente del hastío
que ante el resplandor de la más tenue
superficie, aparenta sonreír
ligeramente.3

He allí el marchito
y rugoso luchador4
que de tan viejo sólo toca el tamboril,
inmerso en su enorme epidermis,
tan amplia
como si hubiera contenido ayer dos hombres
de los cuales uno yacería en la fosa,
sobreviviendo el otro aquí, sordo y a veces
tropezando -sorprendido-
con el exceso de esa piel que enviudó.

En cambio ved al joven, que se diría hijo
de una dura cerviz y de una monja:5
henchido reciamente
-restallante-
de músculos y de candor.

Oh vosotros
a quienes un dolor, por entonces aún pequeño,
recibió ayer como un juguete
en una de sus convalecencias
prolongadas...

Tú, que inmaduro todavía, caes
con la caída sorda que sólo los frutos conocen
una y cien veces cada día
de ese árbol de acrobacia
erigido en común6
-(que, más rápido que el agua,
ve en pocos minutos sucederse
la primavera y el verano y el otoño)-,
y que cayendo
das en la huesa de rebote:
a veces, en una media pausa,
quiere nacer en ti un rostro pleno de ternura
que se halla vuelto hacia tu madre,
escasas veces pródiga de sus muestras de amor;
mas tu cuerpo absorbe, para su superficie,
el tímido gesto apenas intentado...
Y una vez más el hombre palmotea
llamando a un nuevo brinco
y antes de que un dolor distintamente
te alcance el corazón, siempre en galope,
se anticipa a él -que le da origen-
el fuego de tus plantas,
suscitando en tus ojos el rápido fluir
de algunas lágrimas fugaces.
Y sin embargo, apunta ciegamente
tu sonrisa...

¡Oh ángel!: tómala,
corta la hierba saludable y en flor;
colócala en su vaso,
consérvala junto a esas alegrías
todavía no abiertas a nosotros.
Y allí, en una graciosa urna,
celébrala con esta leyenda floral:
"Subrisio Saltat."7

Y luego tú, querida,
a quien en mudo salto
sobrepasaron los goces
más atractivos y excitantes:
quizá tus faralaes
son dichosos por ti,
o tal vez sobre tus senos
-juveniles y turgentes-
la metálica seda verde
se siente interminablemente
mimada y satisfecha.
Tú, fruto mercantil de indiferencia
siempre diversamente colocado
sobre todas las balanzas oscilantes
del equilibrio,
abiertamente ofrecido al público
bajo los hombros.

Dónde, oh, dónde se halla el sitio
-caro a mi corazón-
en que ni lejanamente lo podían,
desgajándose aún uno del otro
como bestias que apareándose
están mal acopladas, donde el peso aún gravita
y donde todavía caen los platos
girando en torbellino desde sus bastones-
columnas que en vano
continúan dando vueltas...

Y de improviso, en este penoso "ningún lado"
se encuentra el lugar indescriptible
donde la pura insuficiencia
incomprensiblemente se transmuta
-saltando sobre sí-
en esta hueca demasía,
donde la suma de cifras infinitas
se resuelve en nulidad.

¡Oh plazas, plaza de París,
escenario infinito
donde Madame Lamort,8
la modista,
ata y envuelve
los inquietos caminos de la tierra
-cintas interminables-
y los trenza e inventa con ellos nuevos lazos,
cocardas, flores, frutas
de artificiales tintes
para adornar los módicos sombreros invernales
del destino...!

Ángel: ¿hay una plaza
que nosotros no hemos visto,
donde -ricos- los amantes mostraran
sobre una alfombra inexpresable
lo que aquí nunca lograron:
las altas y audaces figuras
del frenesí del corazón, sus torres de placer,
escalas sostenidas tan sólo una en otra
-temblorosas-
allí donde no existe el suelo?
Y en esa plaza lo podrían, rodeados
por una multitud silenciosa
de espectadores muertos.
¿Arrojarán ellos sobre el tapiz
-por fin apaciguado- sus últimas monedas
siempre ahorradas, atesoradas
desde siempre, desconocidas por nosotros
y eternamente válidas, efigies de la dicha,
ante aquella risueña pareja
que sonreiría finalmente
con su sonrisa verdadera?
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

Rainer Maria Rilke

* Escrita en el castillo de Muzot, en Sierre, Suiza, el 14 de febrero de 1922.
1 En esta imagen alude Rilke a un cuadro de Picasso que viera en casa de la señora König, Los Saltimbanquis, cuyas figuras verticales parecen contrahacer una a modo de D mayúscula, letra inicial, en alemán, del vocablo "existencia" (Dasein), de la que el arlequín constituiría la línes vertical y el niño más chico el final de la curva. La mujer del extremo está fuera del grupo de los saltinbamquis, y más bien representa al espectador.
2 Príncipe elector de Sajonia, se divertía deformando platos de estaño con la mano.
3 Glosa de toda la estrofa, resumida del comentario de Leishmann: los saltimbanquis configuran la flor del espectáculo, su centro, su pistilo; con sus saltos sobre la tierra, como manos de mortero o triturador, o pisones (“Stampfer”), levantan polvo florido, que a manera de polen los refertiliza. Así surge la rosa del espectáculo, aparente o falsa flor del tedio, que provoca la sonrisa igualmente superficial, ligera y luminosa, del tedio de los propios saltimbanquis.
4 En el cuadro de Picasso, el ex-hombre fuerte, el saltimbanqui gordo, con gorro. Se describen luego otras figuras: el "Hijo de un pescuezo y de una monja" es el arlequín; quien cae "con el golpe que sólo las frutas conocen", es el niño más pequeño; la mujer del extremo es acaso su madre "rara vez tierna"; del adolescente del tambor no se hace mayor mención; la muchacha es la “fruta de la serenidad, llevada al mercado”.
5 Rilke hace referencia en este verso al conde de Chamilly, llamado Nuca Fuerte por su poderoso occipucio, y a su amante, la monja portuguesa Mariana Alcoforado, configurando con ello una imagen de la suma carnalidad y la suma espiritualidad que coexisten en los amantes.
6 El árbol humano —en gimnasia, pirámide— que construyen, montados unos sobre otros, los saltimbanquis.
7 La mayor parte de los comentaristas y traductores de Rilke coinciden en asignar a esta expresión en latín medieval el significado de "la sonrisa danza". Sin embargo, también ha sido interpretada como una abreviatura a la manera de las inscripciones en los viejos tarros de farmacia, que completa rezaría "Subrisio Saltatoris", es decir, "la sonrisa del que salta", esto es, del acróbata.
8 Evidente juego de palabras que hace el poeta con los términos franceses la mort, la muerte.

viernes, 13 de febrero de 2015

Elegías de Duino/ 4 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio Austrohúngaro)


DIE VIERTE ELEGIE

O Bäume Lebens, o wann winterlich?
Wir sind nicht einig. Sind nicht wie die Zug-
vögel verständigt. Überholt und spät,
so drängen wir uns plötzlich Winden auf
und fallen ein auf teilnahmslosen Teich.
Blühn und verdorrn ist uns zugleich bewußt.
Und irgendwo gehn Löwen noch und wissen,
solang sie herrlich sind, von keiner Ohnmacht.
Uns aber, wo wir Eines meinen, ganz,
ist schon des andern Aufwand fühlbar. Feindschaft
ist uns das Nächste. Treten Liebende
nicht immerfort an Ränder, eins im andern,
die sich versprachen Weite, Jagd und Heimat.

Da wird für eines Augenblickes Zeichnung
ein Grund von Gegenteil bereitet, mühsam,
daß wir sie sähen; denn man ist sehr deutlich
mit uns. Wir kennen den Kontur
des Fühlens nicht: nur, was ihn formt von außen.
Wer saß nicht bang vor seines Herzens Vorhang?
Der schlug sich auf: die Szenerie war Abschied.
Leicht zu verstehen. Der bekannte Garten,
und schwankte leise: dann erst kam der Tänzer.
Nicht der. Genug! Und wenn er auch so leicht tut,
er ist verkleidet und er wird ein Bürger
und geht durch seine Küche in die Wohnung
Ich will nicht diese halbgefüllten Masken,
lieber die Puppe. Die ist voll. Ich will
den Balg aushalten und den Draht und ihr
Gesicht aus Aussehn. Hier. Ich bin davor.
Wenn auch die Lampen ausgehn, wenn mir auch
gesagt wird: Nichts mehr –, wenn auch von der Bühne
das Leere herkommt mit dem grauen Luftzug,
wenn auch von meinen stillen Vorfahrn keiner
mehr mit mir dasitzt, keine Frau, sogar
der Knabe nicht mehr mit dem braunen Schielaug:
Ich bleibe dennoch. Es giebt immer Zuschaun.

Hab ich nicht recht? Du, der um mich so bitter
das Leben schmeckte, meines kostend, Vater,
den ersten trüben Aufguß meines Müssens,
da ich heranwuchs, immer wieder kostend
und, mit dem Nachgeschmack so fremder Zukunft
beschäftigt, prüftest mein beschlagnes Aufschaun, –
der du, mein Vater, seit du tot bist, oft
in meiner Hoffnung, innen in mir, Angst hast,
und Gleichmut, wie ihn Tote haben, Reiche
von Gleichmut, aufgiebst für mein bißchen Schicksal,
hab ich nicht recht? Und ihr, hab ich nicht recht,
die ihr mich liebtet für den kleinen Anfang
Liebe zu euch, von dem ich immer abkam,
weil mir der Raum in eurem Angesicht,
da ich ihn liebte, überging in Weltraum,
in dem ihr nicht mehr wart....: wenn mir zumut ist,
zu warten vor der Puppenbühne, nein,
so völlig hinzuschaun, daß, um mein Schauen
am Ende aufzuwiegen, dort als Spieler
ein Engel hinmuß, der die Bälge hochreißt.
Engel und Puppe: dann ist endlich Schauspiel.
Dann kommt zusammen, was wir immerfort
entzwein, indem wir da sind. Dann entsteht
aus unsern Jahreszeiten erst der Umkreis
des ganzen Wandelns. Über uns hinüber
spielt dann der Engel. Sieh, die Sterbenden,
sollten sie nicht vermuten, wie voll Vorwand
das alles ist, was wir hier leisten. Alles
ist nicht es selbst. O Stunden in der Kindheit,
da hinter den Figuren mehr als nur
Vergangnes war und vor uns nicht die Zukunft.
Wir wuchsen freilich und wir drängten manchmal,
bald groß zu werden, denen halb zulieb,
die andres nicht mehr hatten, als das Großsein.
Und waren doch, in unserem Alleingehn,
mit Dauerndem vergnügt und standen da
im Zwischenraume zwischen Welt und Spielzeug,
an einer Stelle, die seit Anbeginn
gegründet war für einen reinen Vorgang.

Wer zeigt ein Kind, so wie es steht? Wer stellt
es ins Gestirn und giebt das Maß des Abstands
ihm in die Hand? Wer macht den Kindertod
aus grauem Brot, das hart wird, – oder läßt
ihn drin im runden Mund, so wie den Gröps
von einem schönen Apfel? ......Mörder sind
leicht einzusehen. Aber dies: den Tod,
den ganzen Tod, noch vor dem Leben so
sanft zu enthalten und nicht bös zu sein,
ist unbeschreiblich.


CUARTA ELEGÍA*

Oh árboles de la vida,
¿cuándo llegará a vosotros el invierno?
No vamos unánimes y acordes
como las aves migratorias.
Vamos, inoportunos y tardíos,
imponiéndonos de súbito a los vientos
para caer más tarde
en algún estanque indiferente.
Sabemos a un tiempo
del florecer y el agostarnos.
Mas los leones van por donde sea
y mientras su señorío dura
desconocen toda suerte de impotencia.

Pero nosotros,
al pensar lo uno enteramente,
sentimos de inmediato
el despliegue de la fuerza de lo otro.
Lo hostil es lo más próximo a lo nuestro.
¿Acaso los amantes no tropiezan
sin cesar con sus límites, uno en el otro,
ellos que se habían prometido
extensas amplitudes, abundante cacería y un hogar?
Entonces, en el fugaz dibujo de un instante
apunta el trazo ya
de un fondo de contradicción,
laboriosamente construido
para que lo podamos advertir:
que no se nos perdona la evidencia.
Nosotros ignoramos el contorno
del sentimiento y sólo percibimos
aquello que lo forma desde fuera.
¿Quién no sintió la angustia
de sentarse ante el retablo del propio corazón?
El cortinaje se elevó.
El decorado era un adiós,
una escena fácil de entender.
El jardín conocido que oscilaba
levemente: sólo entonces llegó el bailarín.
Y no era él. ¡Ya basta!
A pesar de su desenvuelta ligereza
se advertía el disfraz.
Se convierte en un burgués
que entró en su casa
a través de la cocina. (Estas medias caretas no me gustan.
Prefiero, claro está, la marioneta.
Es más cabal.)
Quiero sostener en mis manos
el ingenioso mecanismo,
tirar de los alambres
y contemplar su rostro hecho de apariencia.
Aquí. Dispuesto estoy.
Aunque las candilejas se extingan finalmente
y alguien me diga: -"Nada más";
aunque desde el escenario sople el vacío
con su corriente de aire gris;
aunque ninguno de mis taciturnos
antepasados quede sentado junto a mí,
ninguna mujer
y ni siquiera el muchacho del castaño ojo bizco,1
me quedo, sin embargo. Siempre hay algo que ver.

¿Es que acaso no tengo yo razón?
Tú, padre, a quien la vida supo tan amarga
al saborear la mía,
y en tanto yo crecía
proseguiste sorbiendo en moroso paladeo
la primera turbia infusión de mi tarea,
y absorto y dominado por el regusto acre
de un porvenir tan extraño
ponías a prueba mi mirada aún velada;
tú, que muerto ya, te aterras
en mi íntima esperanza
y por amor a mi minúsculo destino
renuncias a la suprema indiferencia de los muertos
-a esos vastos imperios de indiferencia-
¿no tengo yo razón?
Y vosotros, decidme, ¿acaso no la tengo?
Vosotros, que me amabais
por el breve principio de amor que os tenía
y del que siempre me aparté,
pues para mí el espacio
que había en vuestros rostros
se transformaba, cuando lo estaba amando,
en espacio cósmico
en el que ya no estabais...
Es mi voluntad permanecer aquí,
aguardando ante las marionetas-
no, mas bien contemplar la escena tan de lleno
que, por equilibrar finalmente esta mirada
tenga que aparecer un ángel como actor
y gobernar los hilos de la escena.
¡Ángel y títere! Este caso sería
por fin digno de un espectador.
Entonces se verá reunido todo aquello
que separamos al vivir
y solamente entonces brotará de nuestras estaciones
el ciclo de la total transformación.
Sobre nosotros, jugando siempre, el ángel.2
Mira: los moribundos jamás sospecharían
hasta qué punto son mero pretexto
las cosas que intentamos aquí, donde realmente
no es nada como es.
¡Ay, horas de la infancia
cuando tras las imágenes se hallaba
algo más que el pasado
y ante nosotros no estaba el porvenir!
Ciertamente, crecíamos deprisa, con urgencia,
apresurándonos a ser prontamente mayores-
en parte por amor a los que no tenían otro título
que el de ser ya grandes.
Sin embargo, en nuestra marcha solitaria
gozábamos la dicha que otorga lo que dura,
estando en el espacio limítrofe
entre el mundo y el juguete,
en un lugar desde el comienzo
creado para el puro suceder.

¿Quién nos muestra un niño tal cual es?
¿Quién lo eleva en el nocturno cielo hasta su constelación?
¿Quién pone en sus manos la medida de todas las distancias?
¿Quién, en fin, elabora su muerte
con ese oscuro pan gris que se endurece
o la deja en su boca redonda
como el dulce y asfixiante corazón
de una manzana hermosa?
Es fácil presentir al asesino.
Pero Esto: contener la muerte
-toda la muerte-,
contenerla dulcemente
aún antes de que la vida empiece
y no sentir disgusto,
no puede ser descrito.
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

Rainer Maria Rilke

* Escrita en Munich, el 22 y 23 de noviembre de 1915.
1 Este chico tiene algún sentido autobiográfico, pero parece referirse al personaje Erik Brahe, de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Otros lo identifican con Egon von Rilke, un primo del poeta, muerto en su temprana juventud.
2 El término alemán spielen, empleado por Rilke en este pasaje del ángel y los muñecos, designa indistintamente los conceptos equivalentes a "juego" y "actuación" en castellano. El poeta lo utiliza aquí aprovechando tal equivalencia significativa. Como no existe en español un vocablo capaz de reproducirla, hemos optado por emplear primero la expresión "un ángel como actor" para después referirnos al elemento lúdico implícito en tal ocupación, hablando del ángel que "juega" sobre nosotros.