Buenos Aires es...
La ciudad más difícil de ver es la Capital de la Argentina. Con los muchos años que llevo en ella callejeándola a troche y moche, día y noche, repasando todos sus barrios, vericuetos y andurriales, no he encontrado aún su síntesis.
Se reconoce a Buenos Aires, más que por su enmendada silueta, por su permanente aire exquisito, único, depurado en lo alto –un aire poético como con senos de mujer– y esa mezcla de un olor húmedo que sale de ese subsuelo donde las raíces estiran sus piernas y traman la tierra básica.
La ciudad más difícil de abarcar no sólo no se deja ver, sino que no nos ve y se diría que primero cierra los ojos para no vernos, para que no nos creamos algo del otro mundo y pertenezcamos entrañablemente a éste, apeñuscados en su fondo, como anonimal lama o abono de su río y de su tierra.
Matices de Buenos Aires
Hay ciudades desesperantes o entrometidas. Buenos Aires es neutral, no pesa sobre uno, nadie quiere intervenir íntimamente en nadie. Pasear, ver y nadie incordiándole a uno.
Buenos Aires es oír cantos extraños de pájaros exóticos que paseaban en avión por la ciudad y se han parado en una torrecilla.
Es un sitio donde todos llevan un paquete y van por otro. El ocaso del sábado tiene bandoneones. Tiene un alba a rayas, a franjas. Reaparece su condición albada a las diez de la mañana, hasta las dos de la tarde. Nos quedamos otra vez in albis. Es ciudad para ojos despiertos y por eso no cubre los agujeros del suelo. Desde luego, no está preparada para los ciegos.
Al que entra por su arco que da a un gran mundo dice: "Ahora sí te quedas solo, con todos los caminos por tuyos y allá tú con lo que puedas hacer."
Pasan vienesas finas en su último avatar aunque aún les queda rubiez, esbeltez y elegantez. Dentro del otoño encontramos mujeres que vimos en Londres hace muchos años.
Muchos españoles de Buenos Aires parecen coristas de zarzuela.
Vive todo contando con el embargo natural de la tierra y la succión del cielo. Todo lo demás es especulación de la gran ciudad, de la más garbosa factoría del mundo.
Se vocean mucho los diarios y la gran metrópoli se convierte en andén de las nuevas ediciones.
El tono espiritual y propicio que tiene Buenos Aires al atardecer se debe a que es la ciudad más musical de la cintura de América para abajo y donde hay más retratos, bustos y estatuas de Beethoven.
Como es la ciudad colindante con ríos y lagunas, en las grandes zapaterías sorprende la cantidad de botas para andar por el agua que alternan con los más finos botines.
Ciudad de transparencia, con una finalidad desinteresada de espectáculo, posee los mejores visagistas que cambian día a día su fisonomía.
Cuando llueve en Buenos Aires es como si lloviese en el mar y sus estaciones son rarísimas, pues comienza el verano cuando acaba el verano y comienza el invierno cuando acaba el invierno.
El anonimato profundo que le caracteriza hace que el bar que más le atrae es el llamado "Bar sin nombre".
Es una ciudad en tan vibrante formación que siempre entra polvo en los ojos.
Buenos Aires es un cúmulo de olores que se deben a la humedad, habiendo días en que huele a ropa de nene mezclada a carne a la parrilla.
No hay ningún otro sitio en que se mire sólo a la mujer que pasa ahorrándose el mirar al varón que va con ella.
Hay una hora de asomarse al interior de las casas de antigüedades en que vemos bajo fanales de cristal los pájaros musicales de otro tiempo, disecado sólo sus ramajes del pasado.
El nombre de Buenos Aires –cada día que pasa– veo que fue puesto a la ciudad por su exquisitez, pues continúa siendo el bello aire que disuelve el pesimismo violento y también la rebeldía excesiva de los hombres.
De Variaciones argentinas, 1962
Ramón Gómez de la Serna
Ramón Gómez de la Serna vivió muchos años en Argentina. No sé si lo que escribió entonces sirve ahora.
Ramón Gómez de la Serna vivió muchos años en Argentina. No sé si lo que escribió entonces sirve ahora.