Chet Baker - Like Someone In Love

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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Manuscrito en una botella - Pablo Antonio Cuadra - Nicaragua

Arrecife de los cocoteros - Osnel StRalYo había mirado los cocoteros y los tamarindos
y los mangos
las velas blancas secándose al sol
el humo del desayuno sobre el cielo
del amanecer
y los peces saltando en la atarraya
y una muchacha vestida de rojo
que bajaba a la playa y subía con el cántaro
y pasaba detrás de la arboleda
y aparecía y desaparecía
y durante mucho tiempo
yo no podía navegar sin esa imagen
de la muchacha vestida de rojo
y los cocoteros y los tamarindos y los mangos
me parecía que sólo existían
porque ella existía
y las velas blancas sólo eran blancas
cuando ella se reclinaba
con su vestido rojo y el humo era celeste
y felices los peces y los reflejos de los peces
y durante mucho tiempo quise escribir un poema
sobre esa muchacha vestida de rojo
y no encontraba el modo de describir
aquella extraña cosa que me fascinaba
y cuando se lo contaba a mis amigos se reían
pero cuando navegaba y volvía
siempre pasaba por la isla de la muchacha de vestido rojo
hasta que un día entré en la bahía de su isla
y eché el ancla y salté a tierra
y ahora escribo estas líneas y las lanzo a las olas en una botella
porque ésta es mi historia
porque estoy mirando los cocoteros y los tamarindos
y los mangos
las velas blancas secándose al sol
y el humo del desayuno sobre el cielo
y pasa el tiempo y esperamos
y gruñimos
y no llega con las mazorcas
la muchacha vestida de rojo.

jueves, 18 de marzo de 2010

Descubrimiento de Buenos Aires - Pablo Antonio Cuadra - Nicaragua

La Boca, barrio de Buenos Aires
A ojo de pájaro Buenos Aires es una estrella caída.
Una inmensa estrella blanca que tropezó con el alba.

Buenos Aires en la noche toca el piano de cola del río
y es una ciudad de negro que canta un tango.

        (El general San Martín me presta su espada
        para abrir las hojas de esta estrella de emigrante.)

Con aire de albañiles adoloridos
poetas de gris escriben casas tras de casas
y sus rebaños de piedra avanzan a los pastos de la Pampa.

        (Yo recorro durante muchos años la calle Corrientes
        preguntando por el estrecho de Magallanes.)

En la calle Florida
toda Europa me da la mano
y en ella he conocido las mujeres de la Biblia
y de Checoslovaquia.

Ahora resulta que yo he soñado con Buenos Aires
y no sé cuál ciudad es la verdadera.
Ignoro
si éste es el Sur donde Rubén hablaba de Mitre.
En la avenida de Mayo el Sur está lleno de mujeres
y sólo en noviembre, en mi patria, tantos ojos fugaces
cruzan el hemisferio celeste.

        (¡Atiéndeme, muchacha! Soy forastero.
        Unos versos de Borges y de Molinari
        me han extraviado.)

Pensé que Buenos Aires era una diosa nocturna de caderas italianas
arrecostada en la ventana rota de la Cruz del Sur.
Pensé que podía entenderme contigo
lejana criolla de la milonga
pero todos los argentinos están ahora tristes
consumiendo en pequeñas tazas un tango entre dientes.

(Recuerdo una joven porteña -Isolina-, era delgada
como las muchachas que soñó Keats; recuerdo
su barbilla pecosa, imperativa, y su voz filosófica.
Hubiera
logrado conocer a Buenos Aires, me hubiera
amado Buenos Aires a través de sus ojos,
si acepto su reto de hablar sobre Emanuel Kant.)

        Ahora desvalido, evoco
        su candorosa pedantería. Amo
        a Gardel. Bajo el puerto
        detrás de sus últimos lamentos.
      Pronuncio la ll con una intensidad
      desesperada y mortal.

                          ¡Buenos Aires!
¡Ciudad voluntariamente aburrida,
fervorosa ciudad de la melancolía!
¡Madona de los siete barrios
coronada de palomas
oigo tu bandoneón
y veo en la tarde a los últimos pájaros emigrantes
empollando sus huevos
en los tejados negros!

        Si yo pudiera morir fuera de mi patria
        moriría en Buenos Aires.