Art Tatum - 10 Best

miércoles, 30 de enero de 2019

La intimidad - Rafael-José Díaz - España


Y ahora,
atrapados como estamos
en estos terraplenes de jugosa luz última,
¿vas a decirme que no tiene sentido
ni siquiera atreverse a respirar
a medida que el viaje de las nubes
se adentra en las montañas,
respirar en el límite
y pensar que detrás de lo que respiramos
está la imposibilidad de respirar,
la extática tiniebla?

Te escribo porque apenas
lo he hecho últimamente,
arconte o diosecillo,
ángel faunesco
o serpentino mordedor
de tantas horas que el tiempo no quiso devolver.

Conozco tus caprichos,
pero soy más paciente que al principio.

Estoy sentado, mírame,
al borde de la oscuridad.

La luz se filtra desde inmemorables
gradas por las que no podríamos
descender o subir.

La memoria se engaña
creyendo que conoce el asiento de la sombra.

¿Vendrás
a hacerme compañía
en este umbral donde te conocí
para jugar de nuevo
al escondite que inventamos?

Ya sé que no vendrás.

Los árboles me miran
una vez más, materia absorta
que dibujara un día los rostros de la descomposición.

Ahora soy yo quien los dibujo
para que, sin necesidad de respirar,
pueda volver aquí
siempre que lo deseen las montañas.

lunes, 28 de enero de 2019

Lo que hay - Karmelo C. Iribarren - España


Me estoy haciendo viejo,
he ahí un hecho
incuestionable,
una verdad absoluta
de la que se desprenden
circunstancias varias,
todas ellas adversas para mí.

                      Por ejemplo:
ya no puedo ir a ninguna parte
y decir que quiero llegar rápido,
ahora ya sé a dónde voy,
el tiempo no es un concepto abstracto
del que me pueda reír,
está aquí siempre, a mi lado,
como ese conocido incómodo
al que nos es imposible despistar.
La vida se lo va tragando todo,
la muerte se frota las manos,
y en el cielo, qué te voy a contar,
hace siglos que se acabaron las localidades.

En fin, para qué más.
                                           Sin esperanza pero con
veinte euros,
me encamino hacia el próximo bar.

martes, 22 de enero de 2019

Mi madre, la africana loca (fragmentos) - Chimamanda Ngozi Adichie - Nigeria-Estados Unidos


Mi Madre, la africana loca

No soporto tener este acento. Lo odio cuando la gente me pide que repita cosas y oigo cómo se ríen por dentro porque no soy americana. Ahora, cuando Padre me habla en igbo, respondo en inglés. Lo haría también con Madre, pero no creo que le haga gracia, aún no.

Cuando la gente pregunta de dónde soy, Madre quiere que diga Nigeria. La primera vez que dije Filadelfia, ella me dijo, “di Nigeria”. La segunda vez me dio un tortazo en la nuca y preguntó, en igbo, “¿estás mal de la cabeza?”

Por entonces yo ya iba a la escuela y le dije que las cosas no son así para los americanos. Eres de dónde has nacido, o de dónde vives, o de dónde tienes intención de vivir mucho tiempo. Fíjate en Cathy, por ejemplo. Ella es de Chicago porque nació ahí. Su hermano es de aquí, de Filadelfia, porque nació en el hospital de Jefferson. Pero su padre, que nació en Atlanta, ahora es de Filadelfia porque vive aquí.

A los americanos les da igual esa bobada de que vengas de tu aldea ancestral, donde tus antepasados tenían tierras y donde tu linaje se remonta a cientos de años. Así que conoces tu linaje, ¿y qué?

Yo todavía digo que soy de Filadelfia cuando Madre no está. (Sólo digo Nigeria cuando alguien dice algo sobre mi acento y entonces siempre añado, pero vivo en Filadelfia con mi familia.)

Además, cuando Madre no está, me llamo Lin. A ella le gusta repetir que Ralindu es un hermoso nombre igbo, que significa tanto también para ella, ese nombre, Elige la Vida, por lo mal que lo pasó, por mis hermanos que murieron siendo bebés. Y lo siento, no sé si me entiendes, pero ahora mismo no puedo con un nombre como Ralindu y con mi acento, sobre todo ahora que Matt y yo estamos juntos.

Cuando llaman mis amigas, Madre dice, “¿Lin?”, alargando la pausa un instante, como si no supiera quién es ésa. Cualquiera diría que no lleva aquí tres años (seis años le digo a veces a la gente) por cómo actúa.

Todavía le gusta terminar sus observaciones con la exclamación ¡América! Como en los restaurantes, “mira esta gente, cuánta comida desperdicia, ¡América!” O en la tienda, “mira cómo han bajado los precios desde la semana pasada, ¡América!”

Pero ahora va todo mucho mejor. Ya no se persigna, temblando, cada vez que informan de un asesinato en las noticias. Ya no está pendiente de las indicaciones que le ha escrito Padre cuando coge el coche para ir al supermercado o al centro comercial. Pero igual, todavía lleva las instrucciones en la guantera, escritas por Padre con su letra tan formal. Todavía se aferra con fuerza al volante y mira a menudo por el retrovisor, pendiente de los coches de policía. Y yo suelo decirle, Madre, la policía americana no te detiene porque sí. Sólo si haces algo malo, como correr demasiado.

Lo reconozco, yo también estaba impresionada la primera vez que llegamos. Vi la casa y entendí por qué Padre no había querido traernos al terminar su residencia, por qué decidió trabajar tres años, un trabajo normal además del pluriempleo. Me gustaba salir de la casa y quedarme así mirándola largo rato, la elegancia de la piedra exterior, el césped que la rodeaba entera como un manto teñido del color del mango cuando todavía está verde. Y adentro, me gustaban las escaleras en curva del recibidor, la baranda reluciente, la espléndida chimenea de mármol; me sentía como en el plató de una película extranjera. Incluso me gustaba el clon-clon-clon de los suelos de madera cuando caminaba con zapatos, no como el suelo de cemento que teníamos allá, tan silencioso.

Ahora, si estoy abajo en el sótano, me molesta el ruido de los suelos de madera cuando Padre se trae a sus colegas del hospital. Padre ya no le pide a Madre que prepare algo para sus invitados, encarga que le traigan a casa bandejitas de queso y fruta para llevar. Antes se peleaban por eso, Padre le decía que a los blancos les daba igual el moi-moi y el chin-chin, las cosas que ella quería preparar, y Madre le decía, en igbo, que estuviera orgulloso de ser quién era y que primero lo sirviera, a ver si no les gustaba. Ahora se pelean por cómo se comporta Madre en esos encuentros.

Tienes que hablarles más, dice Padre, que se sientan a gusto, y deja de hablarme en igbo cuando están aquí.

Y Madre grita, ¿Así que ahora no puedo hablar en mi idioma en mi propia casa? Dime, ¿ellos cambian su manera de comportarse cuando vas tú a su casa?

No son auténticas peleas, no como los padres de Cathy, que dejan todo de vidrios rotos y Cathy tiene que recogerlo antes de ir al colegio para que su hermana pequeña no los vea. Madre todavía se levanta temprano para dejarle la camisa a Padre sobre la cama, para hacerle el desayuno y ponerle el almuerzo en la fiambrera. Padre cocinaba cuando estaba solo -vivió solo en América casi siete años- pero ahora, de repente, resulta que no puede cocinar. Ni siquiera puede ponerle la tapa a una olla, no, ni siquiera puede servirse él mismo de una olla. Madre se escandaliza con sólo que se acerque a la cocina.

“Has cocinado bien, Chika,” dice Padre en igbo, después de cada comida. Madre sonríe y sé que ya está maquinando la próxima sopa que va a cocinar, qué nuevas verduras probar.

Todas sus comidas tienen una base nigeriana, pero le gusta experimentar y ha aprendido a improvisar con aquellas cosas que no están en la tienda africana. Patatas al horno en lugar de ede. Espinacas en lugar de ugu. Incluso encontró la manera de preparar el cereal de farina para que tuviera la consistencia del fufu. Eso fue antes de que Padre le enseñara cómo ir a la tienda africana donde tienen harina de casava. Ya no se niega a comprar pizza y patatas fritas congeladas, pero todavía gruñe cada vez que las como, y todavía dice que esa comida tan mala te chupa la sangre. Cuando cocina una sopa nueva, que es casi cada día, me la hace comer. Me observa mientras amaso unas bolas fláccidas con el fufu y las sumerjo en la sopa espesa, incluso se me queda mirando la garganta mientras trago, para ver si bajan las bolas y se quedan abajo.

Creo que le gusta cuando viene gente a la que yo llamo invitados accidentales, porque siempre se muestran tan efusivos con su cocina. Siempre son nigerianos, siempre recién llegados a América. Buscan nombres en el listín telefónico, buscan a nigerianos. Los que son igbo le dicen a Padre que les da ánimos ver un nombre igbo, como Eze, después de las columnas de yorubas, los Adebisis y Ademolas. Pero claro, añaden mientras engullen los plátanos fritos de Madre, en América todos los nigerianos son hermanos.

Cuando Madre me obliga a salir a saludarlos, respondo en inglés cuando ellos hablan en igbo, y pienso que no deberían estar aquí, que están aquí sólo por el accidente de que somos nigerianos. Suelen quedarse sólo unos días hasta que deciden qué hacer, Padre es firme en eso. Y hasta que se marchan, nunca les hablo en igbo.

A Cathy le gusta venir a conocerlos. Le fascinan. Habla con ellos, les pregunta por sus vidas en Nigeria. A esa gente le encanta hablar de lo víctimas que son, de cómo sufrieron a manos de los soldados, jefes, maridos, familia política. En mi opinión, Cathy les tiene demasiada simpatía. Una vez incluso le dio un currículum a su madre que se lo dio a otra persona que contrató al nigeriano. Cathy es guais. Es la única persona con la que puedo hablar de todo, pero a veces pienso que no debería pasar tanto rato con nuestros invitados accidentales porque se pone igual que Madre, sin el tono de regañina, pero me dice cosas como, deberías estar orgullosa de tu acento y de tu país. Yo digo que sí, que estoy orgullosa de América. Soy americana aunque sólo tenga, todavía, la tarjeta verde.

Lo dice de Matt también. Que no debería esforzarme tanto en ser americana por él, porque si fuera auténtico yo le gustaría igual (lo dice porque yo le pedía que me dijera palabras, quería practicar y pillar bien las inflexiones americanas. Ojalá Nigeria no hubiera sido una colonia británica, es tan difícil quitarse esa manera de pronunciar mal las palabras). Por favor. He visto cómo se ríe Matt del chico indio que tiene un nombre que nadie sabe pronunciar. El pobre chaval tiene un acento tan marcado que ni siquiera se le entiende cuando dice su nombre. Al menos en eso soy mejor que él. Matt ni siquiera sabe que me llamo Ralindu. Sabe que mis padres son de África y cree que África es un país, y poca cosa más. Al principio, me gustó el brillante tipo dormilona que lleva en la oreja izquierda. Ahora es todo él, incluso su manera de caminar con las piernas muy por delante del resto del cuerpo.

Tardó un poco en fijarse en mí. Cathy me ayudó, se acercaba a él descaradamente y le pedía que se sentara con nosotras para comer. Un día le preguntó, “Lin está buena, ¿verdad?” Y él dijo que sí. A ella no le gusta Matt. Pero bueno, a Cathy y a mí no nos gustan las mismas cosas, por eso nuestra amistad es tan auténtica.

Madre era muy precavida con Cathy. Decía, “Ngwa, no te quedes tanto rato en su casa. No comas ahí tampoco. Van a pensar que en casa no tenemos comida”. De verdad, creía que los americanos tienen los mismos cuelgues estúpidos que la gente de su país. No se visita tan a menudo a la gente a menos que te devuelvan la visita, no vaya a ser que quedes mal. No se come tan a menudo en casa de la gente si no vienen a comer a la tuya. Venga ya.

Llegó incluso a prohibirme que visitara a Cathy durante casi un mes, hace un par de años. Era nuestro primer verano aquí. En el colegio habían organizado una barbacoa familiar. Padre tenía guardia en el hospital así que fuimos solas Madre y yo. ¿Le servían de algo a Madre los ojos que tiene en la cara? ¿No se daba cuenta de que en verano las americanas vestían pantalón corto y camiseta? Aquel día se puso un vestido tieso, azul, con grandes solapas blancas. Ahí estaba ella con las demás madres, todas chic con sus tops y sus shorts; parecía una mujer extraviada, emperifollada para una barbacoa. La evité casi todo el rato. Había varias madres negras, así que cualquiera de ellas podría haber sido mi madre.

Esa noche en la cena, le dije, “La madre de Cathy me ha pedido que la llame Miriam”. Levantó la vista, con una pregunta en los ojos. “Miriam es su nombre de pila,” dije yo. Entonces me atreví, rápida. “Yo creo que Cathy debería llamarte Chika.” Madre siguió masticando en silencio un trozo de carne del estofado. Levantó de nuevo la vista. Sus ojos oscuros eran puro fuego desde el otro lado de la mesa. Soltó un chorro de palabras en igbo. “¿Quieres que te dé un tortazo que te hará saltar los dientes de la boca? ¿Desde cuándo los niños llaman a sus mayores por su nombre de pila?” Le pedí perdón y bajé la vista, amasando las bolas de fufu con más cuidado que nunca. Mirarla a los ojos la incitaba a cumplir sus amenazas.

Después de eso, no pude ir a casa de Cathy durante un mes, pero Madre dejó que Cathy viniera a la mía. Cathy se reunía con Madre y conmigo en la cocina, y a veces ella y Madre pasaban horas charlando sin mí. Ahora Cathy no le dice Hola a Madre, le dice Buenas Tardes o Buenos Días porque Madre le ha dicho que los niños nigerianos saludan así a los adultos. Además, no la llama Señora Eze, la llama Tía.

Ella cree que Madre es genial por muchas cosas. Por su manera de caminar. Majestuosa. O su manera de hablar. Melodiosa. (Madre ni siquiera se esfuerza en decir las cosas a la manera americana. Todavía dice palabras que sólo usan los ingleses, por el amor de Dios.)

O porque Madre me abrazara cuando me vino la regla. Qué gesto tan cariñoso. La madre de Cathy se limitó a decir oh, y salieron juntas a comprar compresas y bragas. Pero cuando Madre me abrazó, hace dos años, apretándome contra ella como si hubiera ganado una carrera importante, no me pareció para nada un gesto cariñoso. Quería apartarla, su olor era agrio como la sopa de onugbu.

Me dijo que era una gran bendición, que algún día traería niños al mundo, que tenía que cerrar bien las piernas para no avergonzarla. Yo sabía que luego ella llamaría a Nigeria y se lo contaría a mis tías y a Mama Nnukwu y entonces hablarían de los niños fuertes que algún día yo traería al mundo, del buen marido que encontraría.

* * *

Hoy viene Matt a casa, estamos haciendo un trabajo juntos para clase. Madre no ha parado de dar vueltas por la casa. En Nigeria, las niñas se hacen amigas de las niñas y los niños se hacen amigos de los niños. Entre una chica y un chico no puede haber sólo amistad. Hay algo más. Le explico a Madre que en América es diferente y ella dice que lo sabe. Pone un plato de chin-chin recién frito en la mesa del comedor donde trabajaremos Matt y yo. En cuanto sube las escaleras, me llevo el chin-chin a la cocina. Me imagino la cara de Matt cuando diga, ¿qué coño es eso? Madre reaparece y vuelve a poner el chin-chin. “Es para tu invitado,” dice.

Suena el teléfono y rezo para que esté ocupada largo rato. Luego suena el timbre y ahí está Matt, con su tachuela brillante en la oreja y una carpeta en la mano.

Matt y yo estudiamos un rato. Madre entra y cuando él le dice hola, ella se lo queda mirando fijamente, hace una pausa y luego dice “¿Cómo está usted?” Pregunta si ya casi estamos y lo dice en igbo. Antes de contestarle que sí, hago una pausa larga para que Matt no piense que la entiendo bien cuando habla en igbo. Madre sube las escaleras y cierra la puerta de su dormitorio.

“Vamos a tu habitación a escuchar música,” dice Matt, al cabo de un rato. “Tengo el cuarto muy desordenado,” digo yo, en lugar de “Mi madre nunca dejaría que un chico entrara en mi habitación”. “Vamos al sofá entonces. Estoy cansado.” Nos sentamos en el sofá y me mete mano bajo la camiseta. Le sujeto la mano. “Sólo por encima de la camiseta.”

“Venga,” dice él. Su respiración es tan urgente como su voz. Lo suelto y desliza la mano como una serpiente bajo mi camiseta, se cierra sobre un pecho enfundado en el sujetador de nailon. Luego, rápido, se abre camino hasta mi espalda y me desabrocha el sujetador. Matt es un crack, ni siquiera yo puedo desabrocharme el sujetador tan rápido con una sola mano. Su mano vuelve serpenteando hacia delante y se cierra sobre el pecho desnudo. Gimo, porque me gusta la sensación y sé que eso es lo que se espera de mí. En las películas, las mujeres siempre ponen cara de éxtasis más o menos a estas alturas.

Ahora se ha puesto frenético, como si tuviera fiebre, malaria. Me empuja hacia atrás, me levanta la camiseta hasta juntarla toda en torno a mi cuello, me quita el sujetador. Siento un frescor repentino en mi torso expuesto. Una humedad pegajosa y cálida en el pecho. Una vez leí un libro en el que un hombre chupaba tan fuerte el pecho de su mujer que no dejó nada para el bebé. Matt chupa como ese hombre.

Entonces oigo abrirse una puerta. Aparto la cabeza de Matt y me estiro la camiseta, no tardo ni un segundo. Mi sujetador, un blanco de espanto contra el sofá de cuero curtido, brilla ante mis ojos. Lo meto detrás del sofá justo cuando entra Madre.

“¿No es hora de que se vaya tu invitado?” pregunta en igbo.

Tengo miedo de mirar a Matt, tengo miedo de que tenga leche en los labios. “Ya está a punto de marcharse,” digo, en inglés. Madre sigue ahí de pie. Le digo a Matt, “Creo que es mejor que te vayas.” Él se pone de pie, recoge los papeles de la mesa. “Vale. Buenas noches.”

Madre está inmóvil, mirándonos a los dos.

“Te está hablando, Madre. Te ha dicho buenas noches.”

Ella asiente con la cabeza, cruza los brazos, mira fijamente. De pronto, suelta un chorro de palabras en igbo. ¿Estaba loca de dejar que un chico se quedara tanto rato? Y el sentido común, ¿dónde lo tenía? ¿Cuándo nos levantamos de la mesa del comedor para sentarnos en el sofá? ¿Por qué estábamos sentados tan juntos?

Matt se va hasta la puerta arrastrando los pies mientras ella habla. Lleva las bambas descordadas y se oye el batir de los cordones cuando camina. “Hasta luego,” dice desde la puerta.

Madre encuentra el sujetador detrás del sofá casi enseguida. Se queda mirándolo fijamente mucho rato antes de pedirme que me vaya a mi cuarto. Sube al cabo de un momento. Aprieta los labios con firmeza.

“Yipu efe gi,” dice. Quítate la ropa. La miro, sorprendida, pero me desvisto lentamente. “Todo,” dice cuando ve que aún tengo puestas las bragas. “Siéntate en la cama, abre las piernas.”

Siento el corazón en los oídos, latiendo desbocado. Me tiendo en la cama, las piernas abiertas. Se acerca, se arrodilla frente a mí, y veo lo que tiene en la mano. Ose Nsukka, los pimientos picantes secos y arrugados que nos envía Mama Nnukwu de Nigeria en pequeños frascos que eran originalmente de curry o tomillo. “¡Madre! ¡No!”

“¿Ves este pimiento?” pregunta. “¿Lo ves? Esto es lo que le hacen a las chicas promiscuas, esto es lo que le hacen a las chicas que usan el cerebro que tienen entre las piernas en lugar del que tienen en la cabeza.”

Me acerca tanto el pimiento que me hago pis ahí mismo. Siento el colchón mojado, cálido. Pero no me lo mete.

Ahora grita en igbo. La miro, cómo resplandecen sus ojos de carbón con las lágrimas, y yo quiero ser Cathy. La mamá de Cathy se disculpa después de castigarla, le pide que vaya a su cuarto, no la deja salir durante unas horas o, como máximo, un día.

Al día siguiente, Matt dice, riéndose, “Me dio un yuyu tu madre anoche. ¡Qué africana más loca!”

Tengo los labios demasiado tiesos para reír. Mientras hablamos, él está mirando a otra chica.
Traducción de Kira Bermúdez
El peligro de una sola historia - Chimamanda Ngozi Adichie

domingo, 20 de enero de 2019

Literatura quechua/ 5 - La cría de llama - Anónimo - Perú


Criamos la llama cuidando de noche y de día. Cuidamos las llamas de noche mascando coca, sentados al canto del corral de las llamas. Cuando el ladrón viene y tu perro ladra, das vueltas alrededor de las llamas haciendo silbar la honda. Luego vuelves a tu casa, mientras haces esto te amanece. Al amanecer reconoces toda la existencia de llamas y alpacas; si no están todas, lo tomas en cuenta. Si están todas las llamas, las arreas a donde está la paja, y las alpacas a donde está la yerba. Cuando faltan algunas ahí mismo vas a buscarlas. Cuando ya vuelves comes tu almuerzo, luego vuelves inmediatamente a ver las llamas; las apacientas torciendo hilo, hilando o haciendo una soga o una honda.
Cuando el sol baja, ya se las reúne en la cancha. Se paga a los cerros a mediados de agosto o también a fines. Se hace esto para que las llamas se multipliquen bastante. También se las encomienda a los cerros para que los ladrones no las arrebaten, para que el zorro no se lleve a sus crías, para que no se pierdan, no se enfermen y no se mueran. Les dan, en cantaritos, chicha fresca de jora, hojas de coca, naranjas, flores de clavel, pasas y maní a los cerros. Pero no les sirven alcohol, porque los cerros no reciben alcohol y tampoco cigarrillos.
Cuando los dueños de llamas ponen el pago en los cerros no beben ni fuman. Si bebieran, pondrían mal su ofrenda. Tienen que extenderla hermosamente como una mesa servida, haciendo un hueco. Ponen un líquido especial y con jora molida hacen la chicha fresca; todo lo extienden sobre pajas verdes en el hueco, como sobre una mesa. También ponen estiércol de llama diciendo: “Hagamos la cancha”; ponen lana de llama con su wamani,  o sea el pelo más largo de la cola, cuatro cortes de la oreja; todo lo cubren con piedras. Luego de enterrarlo todo vuelven a sus casas. Entonces beben dos o tres días hasta que amanezca. Ponen toda clase de adornos a sus llamas, luego cantan canciones alusivas tocando el tambor llamado tinya, de esta manera:

Al mozo codicioso
es fácil reconocer,
al mozo de Yauli
es fácil verlo.
A la cola levantada,
al cuello de paja,
a la orejita con flores,
es fácil reconocer.
Al mozo de Yauli,
llegando a la cumbre,
silbando con el viento,
llegando al cerro,
silbando con la paja,
mirando a su hermanita,
qué lindo, hermano,
está ya en la cumbre.
Repique de Lima,
campana del Cuzco,
subiendo las alturas,
es fácil de reconocer
que ha llegado por fin.
Repique de Lima,
campana del Cuzco.

Cuando las llamas comen en los cerros pelados se envejecen sus dientes, al roer la tierra pelada, en ocho o nueve años. Viven hasta catorce años en pasto abundante. Para degollar la llama se le trinca de las patas posteriores; otro le agarra de las orejas; se le trinca de las patas posteriores y de las delanteras. Luego le hunden un cuchillo en el pecho. De la carne de llama se hace charqui, o sea carne seca, con bastante sal. De su lana tuercen sogas y hondas para venderlas. Crían la llama sólo para utilizarla como animal de carga, y a la hembra para que pueda parir machos. A la alpaca la crían especialmente por su lana. La carne de la alpaca es muy sabrosa, bastante gorda. También hacemos charqui con sal de la carne de alpaca. Su lana la negociamos por dinero. La cabeza de la llama y de la alpaca la asamos sobre las brasas. Sus cabezas son muy hermosas. Con ají molido comemos los sesos. Las crías de las alpacas también las asamos quitándolas del zorro y del cóndor. Son muy gorditas.
Traducción de Edmundo Bendezú, 1979

viernes, 18 de enero de 2019

¿Eres? (fragmento) - Dorothea Tanning - Estados Unidos


Si un expatriado es, como creo, alguien
que nunca olvida, ni por un instante,
serlo,
entonces no.

Pero si sabes que siempre
cargas tu país
contigo, tus raíces,
un terrón
como un alma que nunca te abandonará
varada en un subconjunto extranjero de
ti mismo o de tu modo
indómito;

[…]

entonces, sí. Todos los hogares son el hogar; espejismos
por todas partes. Excepto por
la gravedad, no hay
límites,
nunca los hubo, nunca los habrá,
ni aquí ni allí para frustrar
tu leyenda de
fantasías de loto.

Permanece en el planeta, si puedes. No hace
tanto frío y, es más,
sube la temperatura
constantemente.
Traducción de Marta López Luaces

lunes, 14 de enero de 2019

Palabras después (Encuentro en un acto entre Roberto Bolaño y Jorge Luis Borges) - Barry Gifford - Estados Unidos


Personajes:
Jorge Luis Borges, durante su vida (1899-1986), escritor argentino; ahora un fantasma.
Roberto Bolaño, escritor chileno viviendo en España; 49 años de edad.

Escenario:
Bolaño camina a lo largo de la playa, cerca de su residencia en Blanes, España, en 2001. Fuma un cigarrillo. Se detiene cuando escucha una voz detrás de él.

Borges
He llegado a concluir que tú estás, de un modo literario, haciéndote pasar por mí.

Bolaño da media vuelta y ve al fantasma de Jorge Luis Borges.

Bolaño
Esto no puede ser. Estás muerto.

Borges
Como tú lo estarás. Muy pronto, tal como los doctores te han informado. Es por eso que he elegido este momento para encararte, ahora que tienes ocasión de admitirlo.

Bolaño
Debiste haber esperado. ¿No podías? Hasta que los dos fuéramos fantasmas.

Borges
No sabes lo difícil que puede ser localizar a un tipo en la sombra. He estado buscando a Melville por años, sin conseguirlo. Pero dime, ¿esta compulsión tuya es un homenaje o te estás alimentando de mi corpus?

Bolaño
Ingenioso de tu parte hacer la distinción entre corpus y cuerpo. El cuerpo de tu obra como lo opuesto de tu cuerpo.

Borges
Difícilmente. Nunca fui tan perezoso como cuando conocí las palabras correctas. Eran los misiles de mi arsenal.

Bolaño
Supongo que te refieres a mi relato “El gaucho insufrible”. Si no fuera por “El Sur”, que elegiste como tu favorito entre todos tus cuentos, no existiría la literatura latinoamericana moderna.

Borges
Concuerdo sin ninguna modestia. (Asiente delicadamente.)

Bolaño
Te hago honores cada vez que cojo una pluma. Me gusta la idea de que miras sobre mi hombro. De hecho, no me importaría que me reprendieras si ves que voy por el camino equivocado.

Borges
Soy ciego, Bolaño. No puedo decir qué estás escribiendo. Es sólo cuando ya está hecho, cuando un amigable conocido lee para mí un libro o periódico, que soy capaz de emitir un juicio. Mis métodos afectan tus ensayos tanto como tus cuentos.

Bolaño
Señor Borges, mi intención es honorable, le aseguro. Por supuesto que he escrito un poco mal a veces. No tan mal otras. Soy desaliñado en ocasiones, repetitivo, autoindulgente, ignorante, incluso frívolo. Después de todo, tengo que ganarme la vida. Tengo una esposa y dos hijos que mantener.

Borges
Me gusta lo que has escrito sobre Turgenev. Me encontré con él no mucho después de mi muerte. Me dijo que le guardaba un afecto especial a mi relato “Funes el memorioso”, y me invitó a reunirme con los escritores rusos y franceses en su sesión nocturna de Pinochle. Rechacé la invitación, por supuesto, pero imaginé la historia de un amor no correspondido entre la Reina de Picas y el Joto de Diamantes, que terminaba mal. El juego de naipes del Pinochle es interesante en principio tan sólo por el exclusivo uso de las cartas más altas que el número ocho, que es el signo del infinito en forma vertical.

Bolaño
¿Le devolviste a Turgenev el cumplido?

Borges
Dije que pensaba que había errado con Rudin.

Bolaño
De acuerdo, pero era joven cuando lo escribió, todavía no sabía de la vida. Siempre he pensado que pudo haber convertido esa novela en una buena película. Todavía se podría, a pesar de que Hollywood podría conseguir un testigo que desmienta la muerte de Rudin en las barricadas de París.

Borges
Dada mi condición, no lo habré de usar para el cine.

Bolaño
Fue bueno que Hemingway pusiera su libro Memorias de un deportista como uno de sus textos fundacionales. También Padres e hijos. De hecho tomó ese título de Turgenev para uno de sus propios cuentos.

Borges
He olvidado todo con respecto a Hemingway excepto el relato “The Undefeated”, el que es sobre Manuel García, el desolado y viejo matador de sino fatal. Cuando finalmente la espa- da encontró su camino, Manuel García enterró cuatro dedos y su pulgar dentro del toro. Habiendo sido seriamente cornado, necesitaba mezclar su propia sangre con la de su adversario. Hemingway tenía sólo veinte años cuando escribió ese relato, y aún así es muy sabio.

Bolaño
En estos días está de moda golpear a Hemingway. Yo lo admiro por dar crédito a sus influencias más significativas. Camus tomó su estilo de Hemingway y James M. Cain.

Borges
Eres descarado, pero serio, Bolaño, ligeramente entretenido y muy mal crítico. Búscame después de que mueras. Tendremos mucho tiempo para conversar.

Bolaño
Y, ¿cómo te encuentro? Todavía no te cruzas con Melville y has estado muerto por años.

Borges
Sucederá, eventualmente. Hay mucho tránsito en estos corredores. Tal vez él no quiere hablar. He escuchado que sigue amargado por no haber podido publicar en vida Billy Bud, su obra maestra. Tú y yo estamos destinados a chocar tarde o temprano. Cuando eso suceda, te diré qué es lo que falta en tu obra.

Bolaño
¿Qué falta? Por qué no me dices ahora que sigo escribiendo.

Borges
Ve de nuevo a “El Sur”. Ahí está la clave.

Jorge Luis Borges desaparece. Bolaño mira en todas direcciones, pero el fantasma se ha ido.

Bolaño
¡Carajo, odio los misterios! Esto es un cuento que yo pude haber escrito, un cuento sin solución. Sólo Borges podía haberlo escrito mejor.

FIN
Versión de Juan Manuel Gómez

sábado, 12 de enero de 2019

Más lejos - Robert Walser - Suiza


Quise quedarme quieto,
y me empujaron más,
pasé entre negros árboles,
y bajo aquellos árboles,
quise quedarme quieto,
y me empujaron más,
pasé por verdes prados,
y junto a su verdor,
quise quedarme quieto,
y me empujaron más,
pasé por casas pobres,
y en una de estas casas
quise quedarme quieto,
quedarme un rato largo
mirando su pobreza,
y cómo asciende al cielo
el humo de su lumbre.
Dije esto y me reí,
rió también el verde,
y el humo humeante,
y me empujaron más.

jueves, 10 de enero de 2019

Microrrelatos/ 30 - Episodio del enemigo - Jorge Luis Borges - Argentina


Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero solo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.

- Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:

- Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y solo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

- En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

- Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

- Puedo hacer una cosa -le contesté.

- ¿Cuál? -me preguntó.

- Despertarme.

Y así lo hice.
De Nueva antología personal, 1968

martes, 8 de enero de 2019

Nombres del tiempo - Juan Lamillar - España


Se llama también luz. Se llama altura.
Se llama certidumbre de la muerte.
Se llama oscuro péndulo que advierte
lo leve de tan leve arquitectura.

Ignoramos su faz cambiante y muda.
Su nombre es el asombro de estar vivos.
En su fiel sucesión somos cautivos,
y él está tras espejos, y no duda

en detener con precisión su paso
y asestar el fulgor de su mirada,
única, última vez que la concede.

Precipitada aurora hacia el ocaso,
su nombre es claridad ya clausurada:
finge la nada que al morir sucede.

domingo, 6 de enero de 2019

Después del paraíso - Luis Alberto de Cuenca - España


De los seres que fueron creados para unirse
brota una compasiva calma que va extendiéndose
por su radio de acción y diciendo en voz alta
que el mundo tiene arreglo. Pero no es tan sencillo
que los seres creados para unirse se unan
de verdad, porque una cosa es la teoría
que emana de lo alto y otra las malas prácticas
de los hombres. De modo que no resulta fácil
que los seres creados para unirse terminen
uniéndose, siquiera de una forma precaria,
temporal, engañosa. Y aquella compasiva
calma con que actuaban suele volverse en contra
de sí mismos, al ver que no pueden fundirse
los unos con los otros, como se funde el oro
en el crisol o el llanto con el agua del río,
desde que Eva -y también Blancanieves- probó
la manzana maldita. Con lo que regresamos
al conflicto inicial, en el que no hay resquicio
para la compasión, ni para una actitud
serena y confiada que devuelva a los hombres
el favor de los dioses perdido para siempre,
irremediablemente caducado.
16 de agosto de 2018
Inédito

viernes, 4 de enero de 2019

Microrrelatos/ 29 - Robert Lowell - Estados Unidos


¿Y si las luces que vemos al final del túnel son los faros del tren que se nos viene encima?

miércoles, 2 de enero de 2019

El retrato - Ezra Pound - Estados Unidos


Los ojos de esta dama muerta me hablan,
porque en ellos estuvo el amor, y no fue posible
       ahogarlo.

Y en ese cuerpo el deseo, que no pudo ser borrado
        a besos.
Los ojos de esta dama muerta me hablan.