It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of Annabel Lee;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.
I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea:
But we loved with a love that was more than love—
I and my Annabel Lee;
With a love that the winged seraphs of heaven
Coveted her and me.
And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud, chilling
My beautiful Annabel Lee;
So that her highborn kinsman came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre
In this kingdom by the sea.
The angels, not half so happy in heaven,
Went envying her and me—
Yes!—that was the reason (as all men know,
In this kingdom by the sea)
That the wind came out of the cloud by night,
Chilling and killing my Annabel Lee.
But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we—
Of many far wiser than we—
And neither the angels in heaven above,
Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee:
For the moon never beams, without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise, but I feel the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee;
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling—my darling—my life and my bride,
In the sepulchre there by the sea,
In her tomb by the sounding sea.
Annabel Lee Fue hace ya muchos, muchos años, en un reino junto al mar, habitaba una doncella a quien tal vez conozcan por el nombre de Annabel Lee; y esta dama vivía sin otro deseo que el de amarme, y de ser amada por mí. Yo era un niño, y ella una niña en aquel reino junto al mar; Nos amamos con una pasión más grande que el amor, Yo y mi Annabel Lee; con tal ternura, que los alados serafines lloraban rencor desde las alturas. Y por esta razón, hace mucho, mucho tiempo, en aquel reino junto al mar, un viento sopló de una nube, helando a mi hermosa Annabel Lee; sombríos ancestros llegaron de pronto, y la arrastraron muy lejos de mi, hasta encerrarla en un oscuro sepulcro, en aquel reino junto al mar. Los ángeles, a medias felices en el Cielo, nos envidiaron, a Ella a mí. Sí, esa fue la razón (como los hombres saben, en aquel reino junto al mar), de que el viento soplase desde las nocturnas nubes, helando y matando a mi Annabel Lee. Pero nuestro amor era más fuerte, más intenso que el de todos nuestros ancestros, más grande que el de todos los sabios. Y ningún ángel en su bóveda celeste, ningún demonio debajo del océano, podrá jamás separar mi alma de mi hermosa Annabel Lee. Pues la luna nunca brilla sin traerme el sueño de mi bella compañera. Y las estrellas nunca se elevan sin evocar sus radiantes ojos. Aún hoy, cuando en la noche danza la marea, me acuesto junto a mi querida, a mi amada; a mi vida y mi adorada, en su sepulcro junto a las olas, en su tumba junto al rugiente mar.
Annabel Lee (Santiago Auserón - Luis Auserón) - Radio Futura
Annabel Lee es, seguramente, el último poema de Edgar Allan Poe, compuesto en 1849 y publicado póstumamente en la edición de enero de 1850 del Sartain's Union Magazine, aunque una versión diferente apareció impresa un año antes junto al obituario de Poe en el Daily Tribune de Nueva York.
En el poema, el narrador describe su amor incondicional por Annabel Lee, iniciado muchos años antes en un "reino junto al mar" (kingdom by the sea). El amor entre ambos es tan absoluto, que incluso los ángeles se sienten celosos, y esa es la causa de la muerte de Annabel. Sin embargo, el amor continúa más allá de la muerte, y cada noche, solo y nostálgico, el narrador sueña con la chica, cree ver sus ojos en las estrellas, y se acuesta sobre su tumba junto al mar.
¿Pero, quién fue Annabel Lee?
En principio, una mujer joven, hermosa, enamorada, que falleció prematuramente. Muy probablemente la propia esposa de Poe, Virginia Clemm. Virginia Clemm tenía catorce años cuando contrajo matrimonio con E.A. Poe, que además era su primo. Al igual que Annabel Lee, Virginia Clemm era joven y estaba enamorada. Falleció dos años antes de la composición de Annabel Lee, lo que nos permite enmarcarla dentro del tópico de la muerte prematura de una mujer hermosa. La diferencia de edad, la extrema juventud de Virginia Clemm al contraer matrimonio con E.A. Poe, sumado al hecho de que era su sobrina, puede explicar los celos, o la ira, de los ángeles.
Annabel Lee inspiró claramente a Vladimir Nabokov su novela Lolita, de 1955, cuyo narrador se enamora de la muy joven Annabel Leigh, justamente en un "reino junto al mar". De hecho, el título original pensado por Nabokov para Lolita era El reino junto al mar. Mucho más tarde, inspiraría a los hermanos Auserón (Radio Futura) para componer esa maravillosa canción que pueden ustedes volver a escuchar aquí.
¡Oh ciencia, verdadera hija de la antigüedad,
Que todo lo alteras con tus penetrantes ojos!
¿Por qué te ensañas con el corazón del poeta,
Cual buitre cuyas alas son la gris realidad?
¿Cómo podría él amar o tener por sabia
A quien no le permite que en sus ensoñaciones
Busque las joyas que rutilan en el firmamento,
A donde se remonta en intrépido vuelo?
¿No has sacado tú a Diana de su carro?
¿No has expulsado a la dríada del bosque
Obligándola a refugiarse en planeta más feliz?
¿No has arrancado a la náyade de sus aguas,
al elfo de la verde hierba, y a mí
del sueño estival bajo el tamarindo?
Según los informes que llegan de Rotterdam, esta ciudad parece hallarse en alto grado de excitación intelectual. Han ocurrido allí fenómenos tan inesperados, tan novedosos, tan diferentes de las opiniones ordinarias, que no cabe duda de que a esta altura toda Europa debe estar revolucionada, la física conmovida, y la razón y la astronomía dándose de puñadas.
Parece ser que el día... de... (ignoro la fecha exacta), una vasta multitud se había reunido, por razones que no se mencionan, en la gran plaza de la Bolsa de la muy ordenada ciudad de Rotterdam. La temperatura era excesivamente tibia para la estación y apenas se movía una hoja; la multitud no perdía su buen humor por el hecho de recibir algún amistoso chaparrón de cuando en cuando, proveniente de las enormes nubes blancas profusamente suspendidas en la bóveda azul del firmamento. Hacia mediodía, sin embargo, se advirtió una notable agitación entre los presentes; restalló el parloteo de diez mil lenguas; un segundo más tarde, diez mil caras estaban vueltas hacia el cielo, diez mil pipas caían simultáneamente de la comisura de diez mil bocas, y un grito sólo comparable al rugido del Niágara resonaba larga, poderosa y furiosamente a través de la ciudad y los alrededores de Rotterdam.
No tardó en descubrirse la razón de este alboroto. Por detrás de la enorme masa de una de las nubes perfectamente delineadas que ya hemos mencionado, vióse surgir con toda claridad, en un espacio abierto de cielo azul, una sustancia extraña, heterogénea pero aparentemente sólida, de forma tan singular, de composición tan caprichosa, que escapaba por completo a la comprensión, aunque no a la admiración de la muchedumbre de robustos burgueses que desde abajo la contemplaban boquiabiertos. ¿Qué podía ser? En nombre de todos los diablos de Rotterdam, ¿qué pronosticaba aquella aparición? Nadie lo sabía; nadie podía imaginarlo; nadie, ni siquiera el burgomaestre Mynheer Superbus Von Underduk, tenía la menor clave para desenredar el misterio, Así pues, ya que no cabía hacer nada más razonable, todos ellos volvieron a colocarse cuidadosamente la pipa a un lado de la boca y, mientras mantenían los ojos fijamente clavados en el fenómeno, fumaron, descansaron, se contonearon como ánades, gruñendo significativamente, y luego volvieron a contonearse, gruñeron, descansaron y, finalmente... fumaron otra vez.
Entre tanto, el objeto de tanta curiosidad y tanto humo descendía más y más hacía aquella excelente ciudad. Pocos minutos después se encontraba lo bastante próximo para que se lo distinguiera claramente. Parecía ser... ¡Sí, indudablemente era una especie de globo! Pero un globo como jamás se había visto antes en Rotterdam. Pues, permítaseme preguntar, ¿se ha visto alguna vez un globo íntegramente fabricado con periódicos sucios? No en Holanda, por cierto; y, sin embargo, bajo las mismísimas narices del pueblo -o, mejor dicho, a cierta distancia sobre sus narices- veíase el globo en cuestión, como lo sé por los mejores testimonios, compuesto del aludido material que a nadie se le hubiera ocurrido jamás para semejante propósito. Aquello constituía un egregio insulto al buen sentido de los burgueses de Rotterdam. [...]
Sería una lástima conformarse con un simple extracto de esta extraordinaria y divertida historia de Poe, de modo que aquí tienen el texto completo traducido por Julio Cortázar.
Poco tiempo después ocurrió un incidente que, motivo al principio de extremada alegría y enseguida de extremado horror, me parece, por esto mismo, más conmovedor, más terrible que ninguno de los azares que he corrido posteriormente en el transcurso de más de nueve años llenos de sucesos tan sorprendentes como inauditos e incomprensibles.
Estábamos tendidos en el puente junto a la escala y discutíamos aún la posibilidad de penetrar hasta la despensa, cuando volviendo los ojos hacia Augustus, eché de ver que de repente se ponía mortalmente pálido y que sus labios temblaban de una manera extraña e incomprensible. Alarmado por ello, le dirigí la palabra, pero como no me contestara, empecé a creer que le había atacado un mal repentino, mayormente cuando fijé la atención en sus ojos extraordinariamente brillantes y clavados en algún objeto que estaba delante de mí. Volví la cabeza, y nunca olvidaré la alegría extática que penetró todo mi ser viendo un gran bergantín que se dirigía a nosotros y que estaba a dos millas de distancia. Di un salto como si una bala de fusil me hubiera herido de repente en el corazón, y tendiendo los brazos hacia el buque, permanecí de pie, inmóvil, y sin poder pronunciar una palabra. [...]
Como la brisa era muy floja, nos sorprendió que el buque no llevara más velas que la mesana y la mayor con un foque, de modo que navegaba muy lentamente y nuestra impaciencia rayaba en frenesí. La manera torpe con que gobernaba fue notada por todos, a pesar de nuestra prodigiosa emoción.
Declinaba tanto el rumbo, que una o dos veces creíamos que no nos había visto, o que no habiendo descubierto a nadie en nuestro buque, iba a virar en redondo y emprender otro derrotero.
A cada momento lanzábamos gritos con toda la fuerza de nuestros pulmones, y el buque desconocido parecía cambiar por un momento de intención, y volvía a poner la proa hacia nosotros. Esta singular maniobra se repitió dos o tres veces y no pudimos explicárnosla, sino suponiendo que el timonel estaba borracho. A nadie distinguimos a bordo hasta que estuvo el buque a un cuarto de milla de nosotros. Entonces vimos tres hombres que por su traje nos parecieron holandeses. Dos estaban tendidos sobre unas velas viejas cerca del castillo de proa, y el otro, que al parecer nos miraba con curiosidad, se hallaba en la proa a estribor junto al bauprés. Este hombre era alto, vigoroso y muy atezado. Parecía que con sus gestos nos alentaba a tener paciencia saludándonos alegremente con la cabeza, pero de una manera que no dejaba de ser extraña, y sonriéndose incesantemente como para dejar ver una hilera de dientes blancos muy brillantes. Al acercarse el buque, vimos que el gorro encarnado de este hombre se cayó al mar; pero no se cuidó de ello, siguiendo con sus sonrisas y gestos extravagantes. Refiero minuciosamente estas cosas y circunstancias, y las refiero, entiéndase bien, precisamente tales "como se nos presentaron". [...]
De pronto, del misterioso buque que estaba ya muy próximo a nosotros, nos llegó un olor tan hediondo que no hay palabras en el mundo para explicarlo; infernal, sofocante, intolerable, inconcebible. Abrí la boca para respirar volviéndome hacia mis compañeros y observé que estaban más pálidos que el mármol; pero no era tiempo de discutir, el bergantín estaba a cincuenta pies de nosotros, al parecer con intención de acercársenos hasta tocarnos, para que pudiéramos pasar a él sin necesidad de echar un bote al agua. Corrimos a la popa, cuando de repente el viento lo echó cinco o seis puntos fuera del rumbo que llevaba, y al pasar a una distancia de veinte pies de nuestra popa, pudimos ver toda su cubierta.
¿Olvidaré nunca el triple horror de aquel espectáculo? Veinticinco o treinta cuerpos humanos, entre los cuales había algunos de mujeres, yacían diseminados acá y allá entre la popa y la cocina en el último y más repugnante estado de putrefacción. Vimos que no había alma viviente en aquel barco maldito, y sin embargo, no dejamos de llamar a aquellos muertos en nuestro auxilio. ¡Sí, en la agonía del momento, rogamos mucho tiempo y con fervor a aquellas silenciosas y repugnantes imágenes que se detuvieran por nosotros, para que no nos dejaran convertir en semejantes a ellas y se dignaran recibirnos en su ingrata compañía! [...]
Desde que el mundo empezó ha habido dos Jeremías. Uno de ellos escribió una jeremiada sobre la usura, y se llama Jeremías Bentham. Fue sumamente admirado por Mr. John Neal, y era un gran hombre en pequeña escala. El otro dio nombre a la más importante de las ciencias exactas y era un gran hombre en gran escala; bien puedo agregar que en la mayor de las escalas.
El timo -o la idea abstracta contenida en el verbo timar- es cosa bien conocida. El hecho, sin embargo, la cosa en sí, el timo, no se define fácilmente. Podemos llegar a tener, sin embargo, una concepción aceptable del asunto, si definimos, no la cosa en sí, el timo, sino al hombre como un animal que tima. Si Platón hubiera dado con esto, se hubiera ahorrado la afrenta del pollo desplumado.
A Platón le preguntaron, muy pertinentemente, por qué un pollo desplumado, que respondía perfectamente a la condición de "bípedo implume", no entraba en su definición del hombre. Pero a mí no me vendrán a importunarme con preguntas parecidas. El hombre es un animal que tima y, fuera de él, no existe ningún animal que lo haga. Para invalidar esta afirmación haría falta todo un gallinero de pollos pelados.
Aquello que constituye la esencia, el núcleo, el principio del timo, sólo se encuentra en esa clase de criaturas que visten chaquetas y pantalones. Un cuervo roba, un zorro engaña, una comadreja triunfa por el ingenio, un hombre tima. Su destino es el timo. "El hombre fue hecho para lamentarse", afirma el poeta. Pero no es así: fue hecho para timar. Tal es su ambición, su objetivo, su fin. Y por eso cuando a un hombre le han hecho un timo decimos que está "acabado".
Bien considerado, el timo es un compuesto cuyos ingredientes consisten en la pequeñez, el interés, la perseverancia, el ingenio, la audacia, la nonchalance, la originalidad, la impertinencia y la risita socarrona.
Pequeñez. Nuestro timador practica sus operaciones en pequeña escala. Su negocio reside en la venta al por menor en efectivo o con pagaré a la vista. Si alguna vez se deja tentar por especulaciones de gran vuelo, inmediatamente pierde sus rasgos distintivos y se convierte en lo que denominamos "financiero". Este último término contiene la noción del timo en todos sus aspectos mencionados, salvo la pequeñez. Por eso un timador puede ser considerado como un banquero en potencia, y una "operación financiera", como un timo en Brobdingnag1. El uno es al otro como Homero a "Flaccus", como un mastodonte a un ratón, como la cola de un cometa a la de un cerdo.
Interés. Nuestro timador se guía por el interés.. No le atrae el timo por el timo mismo. Tiene una finalidad a la vista: su bolsillo... y el tuyo. Busca siempre la oportunidad mayor. Sólo vela por el Número Uno. Tú eres el Número Dos, y debes velar por tí mismo.
Perseverancia. Nuestro timador persevera. No se descorazona fácilmente. Aunque quiebren los bancos, no se preocupa. Continúa tranquilamente con su negocio, y
Ut canis a corio numquam absterrebitur uncto,
y así procede él con lo suyo.
Ingenio. Nuestro timador es audaz. Es hombre osado. Traslada la guerra al África. Todo lo conquista por asalto. No temería los puñales de Frey Herren. Con un poco más de prudencia, Dick Turpin hubiera sido un buen timador; Daniel O'Connell, con un poco menos de adulaciones, y Carlos XII, con una pizca más de cerebro.
"Nonchalance". Nuestro timador es displicente. No se pone nunca nervioso. Nunca tuvo nervios. Imposible hacerle perder la calma. Jamás se lo sacará de sus casillas; lo más que puede hacerse es sacarlo de la casa. Es frío, frío como un pepino. Es tranquilo, "como una sonrisa de Lady Bury". Es blando y accesible, como un guante viejo o las damiselas de la antigua Baia.
Originalidad. Nuestro timador es original, y lo es deliberadamente. Sus pensamientos le pertenecen. Le parecería despreciable hacer uso de los ajenos. Rechaza todo timo gastado. Estoy seguro de que devolvería una cartera si se diese cuenta de que la había obtenido mediante un timo sin originalidad.
Impertinencia. Nuestro timador es impertinente. Fanfarronea. Pone los brazos en jarras. Mete las manos en los bolsillos del pantalón. Se ríe irónicamente en nuestra cara. Nos pisa los callos. Nos come la cena, se bebe nuestro vino, nos pide dinero prestado, nos tira de la nariz, da de puntapiés a nuestro perro y besa a nuestra mujer.
Risita socarrona. Nuestro verdadero timador hace el balance final con una risita socarrona. Pero sólo él es testigo de ella. Sonríe cuando el trabajo cotidiano ha terminado, cuando las labores han llegado a su fin; de noche, en su despacho, y para su entretenimiento privado. Va a su casa. Cierra la puerta. Se desnuda. Sopla la vela. Se acuesta. Apoya la cabeza en la almohada. Y hecho esto, nuestro timador sonríe. No se trata de una hipótesis. Es así, es elemental. Razono a priori, y un timador no lo sería sin la risita socarrona.
El origen del timo se remonta a la infancia de la raza humana. Quizá el primer timador fue Adán. De todos modos, podemos seguir la huellas hasta una antigüedad muy remota. Los modernos, empero, han llevado el timo a una imperfección que jamás soñaron los cabezaduras de nuestros progenitores. [...]
Sátiras del Obispo Hall ... Todo el mundo andaba sobre los diez dedos de sus pies de puro asombro.
Yo soy -o mejor dicho fui- un gran hombre; pero no soy ni el autor de Junius ni el Hombre de la Máscara de Hierro, ya que mi nombre, según tengo entendido, es el de Robert Jones, y nací en algún lugar de la ciudad de Fum-Fudge.
El primer acto de mi vida fue el de agarrarme la nariz con ambas manos. Mi madre, al verme, consideró que era un genio; mi padre se puso a llorar y me regaló un tratado de nasología. Antes de que empezara a usar pantalones ya me lo conocía a la perfección.
Empecé entonces a tantear mi camino en el terreno de las ciencias, y pronto comprendí que un hombre que tuviera una nariz lo suficientemente conspicua podría, por el simple expediente de seguirla, llegar a conseguir la filiación a los Leones. Pero mis intereses llegaban más allá de la teoría. Todas las mañanas le daba a mi probóscide un buen tirón y me tragaba media docena de copas de aguardiente.
Cuando fui mayor de edad, mi padre me preguntó un día si querría acompañarle a su estudio.
- Hijo mío -dijo una vez que nos hubimos sentado-, ¿cuál es el objetivo final de tu existencia?
- Padre mío -le respondí-, el estudio de la Nasología.
- ¿Y qué es, Robert -me preguntó-, la Nasología?
- Señor -le dije-, es la Ciencia que estudia las Narices.
- ¿Y podrías explicarme -me dijo- cuál es el significado de una nariz?
- La nariz, padre mío -le dije muy conmovido-, ha sido definida de diversas formas por aproximadamente un millar de autores -en ese punto saqué mi reloj-. Es ya mediodía, sobre poco más o menos. De aquí a medianoche tendremos tiempo de repasar todas ellas. Por lo tanto, para empezar, la nariz, según Bartholinus, es aquella protuberancia, aquel bulto, aquella excrecencia, que...
- Ya es suficiente, Robert -me interrumpió el bondadoso anciano caballero-. Estoy asombrado por la extensión de tus conocimientos... te aseguro... por mi alma -aquí cerró los ojos, poniéndose la mano sobre el corazón-. ¡Ven aquí! -aquí me cogió del brazo-. Ya se puede considerar que tu educación ha sido completa; ya va siendo hora de que empieces a desenvolverte por tu cuenta, y lo mejor que puedes hacer es seguir tu nariz... de modo que... de modo que... de modo que... -aquí me echó escaleras abajo de una patada, y salí por la puerta-. De modo que fuera de mi casa, ¡y que Dios te bendiga!
Al sentir en mí el divino afflatus consideré que aquel accidente había sido más afortunado que otra cosa. Decidí aceptar el consejo paterno. Decidí seguir a mi nariz. Le pegué uno o dos tirones allí mismo y más adelante escribí un panfleto sobre Nasología.
Toda la ciudad de Fum-Fudge estaba alborotada.
- ¡Un genio soberbio! -decía el Quarterly.
- ¡Un soberbio fisiólogo! -decía el Westminster.
- ¡Un individuo inteligente! -decía el Foreign.
- ¡Un magnífico escritor! -decía el Edinburgh.
- ¡Un pensador profundo! -decía el Dublín.
- ¡Un gran hombre! -decía Bentley.
- ¡Un alma divina! -decía Fraser.
- ¡Uno de nosotros! -dijo Blackwood.
- ¿Quién podrá ser? -dijo Mrs. Bas-Bleu.
- ¿Qué podrá ser? -dijo miss Bas-Bleu la Mayor.
- ¿Dónde podrá estar? -dijo miss Bas-Bleu la Pequeña.
Pero no presté ninguna atención a toda esta gente; me limité a entrar en el estudio de un artista.
Este año se cumplirán doscientos del nacimiento de Edgar Allan Poe. Allan Poe es de sobra conocido por sus relatos de misterio y terror ("góticos", según la terminología al uso) y por su poema El Cuervo. Quizá resulten menos familiares sus relatos cómicos, a los que pertenece el fragmento que acaban de leer, y que, a mi juicio, muestran de forma bastante clara la influencia de los grandes escritores satíricos ingleses del XVIII, como Laurence Sterne, Jonathan Swift o Bernard Mandeville.
Hay una extraordinaria edición de los relatos de Poe en el Círculo de Lectores, con traducción de Julio Cortázar (omnipresente en este blog) e ilustraciones de Joan-Pere Viladecans.
Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary, Over many a quaint and curious volume of forgotten lore, While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping, As of some one gently rapping, rapping at my chamber door. "'Tis some visitor," I muttered, "tapping at my chamber door - Only this, and nothing more."
Ah, distinctly I remember it was in the bleak December, And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor. Eagerly I wished the morrow; - vainly I had sought to borrow From my books surcease of sorrow - sorrow for the lost Lenore - For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore - Nameless here for evermore.
And the silken sad uncertain rustling of each purple curtain Thrilled me - filled me with fantastic terrors never felt before; So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating, "'Tis some visitor entreating entrance at my chamber door - Some late visitor entreating entrance at my chamber door; - This it is, and nothing more."
Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer, "Sir," said I, "or Madam, truly your forgiveness I implore; But the fact is I was napping, and so gently you came rapping, And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door, That I scarce was sure I heard you"- here I opened wide the door; - Darkness there, and nothing more.
Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing, Doubting, dreaming dreams no mortals ever dared to dream before; But the silence was unbroken, and the stillness gave no token, And the only word there spoken was the whispered word, "Lenore?" This I whispered, and an echo murmured back the word, "Lenore!" - Merely this, and nothing more.
Back into the chamber turning, all my soul within me burning, Soon again I heard a tapping somewhat louder than before. "Surely," said I, "surely that is something at my window lattice: Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore - Let my heart be still a moment and this mystery explore; - 'Tis the wind and nothing more."
Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter, In there stepped a stately raven of the saintly days of yore; Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he; But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door - Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door - Perched, and sat, and nothing more.
Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling, By the grave and stern decorum of the countenance it wore. "Though thy crest be shorn and shaven, thou," I said, "art sure no craven, Ghastly grim and ancient raven wandering from the Nightly shore - Tell me what thy lordly name is on the Night's Plutonian shore!" Quoth the Raven, "Nevermore."
Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly, Though its answer little meaning- little relevancy bore; For we cannot help agreeing that no living human being Ever yet was blest with seeing bird above his chamber door - Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door, With such name as "Nevermore."
But the raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only That one word, as if his soul in that one word he did outpour. Nothing further then he uttered- not a feather then he fluttered - Till I scarcely more than muttered, "other friends have flown before - On the morrow he will leave me, as my hopes have flown before." Then the bird said, "Nevermore."
Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken, "Doubtless," said I, "what it utters is its only stock and store, Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster Followed fast and followed faster till his songs one burden bore - Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore Of 'Never - nevermore'."
But the Raven still beguiling all my fancy into smiling, Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door; Then upon the velvet sinking, I betook myself to linking Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore - What this grim, ungainly, ghastly, gaunt and ominous bird of yore Meant in croaking "Nevermore."
This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom's core; This and more I sat divining, with my head at ease reclining On the cushion's velvet lining that the lamplight gloated o'er, But whose velvet violet lining with the lamplight gloating o'er, She shall press, ah, nevermore!
Then methought the air grew denser, perfumed from an unseen censer Swung by Seraphim whose footfalls tinkled on the tufted floor. "Wretch," I cried, "thy God hath lent thee - by these angels he hath sent thee Respite - respite and nepenthe, from thy memories of Lenore: Quaff, oh quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!" Quoth the Raven, "Nevermore."
"Prophet!" said I, "thing of evil! - prophet still, if bird or devil! - Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore, Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted - On this home by horror haunted- tell me truly, I implore - Is there - is there balm in Gilead? - tell me - tell me, I implore!" Quoth the Raven, "Nevermore."
"Prophet!" said I, "thing of evil - prophet still, if bird or devil! By that Heaven that bends above us - by that God we both adore - Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn, It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore - Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore." Quoth the Raven, "Nevermore."
"Be that word our sign in parting, bird or fiend," I shrieked, upstarting - "Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore! Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken! Leave my loneliness unbroken!- quit the bust above my door! Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!" Quoth the Raven, "Nevermore."
And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting On the pallid bust of Pallas just above my chamber door; And his eyes have all the seeming of a demon's that is dreaming, And the lamplight o'er him streaming throws his shadow on the floor; And my soul from out that shadow that lies floating on the floor Shall be lifted - nevermore! ______________
El Cuervo
Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada, meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido, como si alguien muy suavemente llamara a mi portal. "Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal; sólo eso y nada más."
¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre! Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral. Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma en mis libros, ni consuelo a la pérdida abismal de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar y aquí nadie nombrará.
Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia: "No es sino un visitante que ha llegado a mi portal; un tardío visitante esperando en mi portal. Sólo eso y nada más".
Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé: "Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal que dudé de haberlo oído...", y abrí de golpe el portal: sólo sombras, nada más.
La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno, y soñé sueños que nadie osó soñar jamás; pero en este silencio atroz, superior a toda voz, sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar... sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco la volvió a nombrar. Sólo eso y nada más.
Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz. "Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana; veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás. Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar. ¡Es el viento y nada más!".
Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana, agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral. Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento, con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal, en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral; fue, posóse y nada más.
Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave, en sonriente extrañeza mi gris solemnidad. "Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal; ¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?" Dijo el cuervo: "Nunca más".
Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal, pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido ocasión de ver posado tal pájaro en su portal. Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal que se llamara "Nunca más".
Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto, como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más. No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar; por la mañana él también, cual mis anhelos, volará". Dijo entonces :"Nunca más".
Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta; "Sin duda - dije-, repite lo que ha podido acopiar del repertorio olvidado de algún amo desgraciado que en su caída redujo sus canciones a un refrán: "Nunca, nunca más".
Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía planté una silla mullida frente al ave y el portal; y hundido en el terciopelo me afané con recelo en descubrir que quería la funesta ave ancestral al repetir: "Nunca más".
Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar; eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar. ¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar, y ya no usará nunca más!.
Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso mecido por serafines de leve andar musical. "¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Diós estos ángeles dirige hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar! ¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!". Dijo el cuervo: "Nunca más".
"¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado! ¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje, a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya, dime, te imploro, si existe algun bálsamo en Galaad!" Dijo el cuervo: "Nunca más".
"¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado! Por el Diós que veneramos, por el manto celestial, dile a este desventurado si en el Edén lejano a Leonor , ahora entre ángeles, un día podré abrazar". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".
"¡Diablo alado, no hables más!", dije, dando un paso atrás; ¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal! ¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad! ¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!" Dijo el cuervo: "Nunca más".
Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado, en el pálido busto de Palas que hay encima del portal; y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña, cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal; y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal, no se alzará...¡nunca más!.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.