Chet Baker - Like Someone In Love

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lunes, 29 de junio de 2015

Quijotescas/ 27 - Locus amoenus/ 5 - Fragmento del Capítulo XI de la Primera parte de Don Quijote de la Mancha - Miguel de Cervantes Saavedra - España


CAPÍTULO XI
De lo que sucedió a Don Quijote con unos cabreros

[...] Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:

    –Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes1 alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban2 los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje3 aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, solas y señeras, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento les menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto, como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje4 y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero; que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

    Toda esta larga arenga –que se pudiera muy bien escusar– dijo nuestro caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho, asimesmo, callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque5, que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque. [...]

1 Grandes.
2 Se recitaban de memoria.
3 Resolución arbitraria tomada por un juez.
4 Agasajo.
5 Odre pequeño.

sábado, 27 de junio de 2015

Locus amoenus/ 4 - Fragmento de Las Metamorfosis - Ovidio - Roma


Libro I
    [...] La edad de oro fue la creada en primer lugar, edad que sin autoridad y sin ley, por propia iniciativa, cultivaba la lealtad y el bien. No existían el castigo ni el temor, no se fijaban, grabadas en bronce, palabras amenazadoras, ni las muchedumbres suplicantes escrutaban temblando el rostro de sus jueces, sino que sin autoridades vivían seguros. Ningún pino, cortado para visitar un mundo extranjero, había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas, y no conocían los mortales otras palabras que las suyas. Todavía no estaban las ciudades ceñidas por fosos escarpados; no había trompetas rectas ni trompas curvas de bronce, ni cascos, ni espadas; sin necesidad de soldados los pueblos pasaban la vida tranquilos y en medio de suave calma. También la misma tierra, a quien nada se exigía, sin que la rozase el azadón ni la despedazase reja alguna, por sí misma lo daba todo; y los hombres, contentos con alimentos producidos sin que nadie lo exigiera, cogían los frutos del madroño, las fresas de las montañas, las cerezas del cornejo, las moras que se apiñan en los duros zarzales, y las bellotas que habían caído del copudo árbol de Júpiter.1
    Había una primavera eterna, y apacibles céfiros2 de tibia brisa acariciaban las flores nacidas sin simiente. Pero además la tierra, sin labrar, producía cereales, y el campo, sin que se le hubiera dejado en barbecho, emblanquecía de espigas cuajadas de grano. Corrían también ríos de leche, ríos de néctar, y rubias mieles goteaban de la encina verdeante.
    Una vez que, después de haber sido Saturno precipitado al Tártaro tenebroso,3 el mundo estuvo sometido a Júpiter, llegó la generación de plata, peor que el oro, pero más valiosa que el rubicundo bronce. Júpiter empequeñeció la duración de la primavera antigua, haciendo que el año transcurriese, dividido en cuatro tramos, a través de inviernos, veranos, otoños inseguros y fugaces primaveras. Entonces por vez primera el aire, encendido por tórridos calores, se puso candente, y quedó colgante el hielo producido por los vientos. Entonces por vez primera penetraron los hombres bajo techado; sus casas fueron las cuevas, los espesos matorrales y las ramas entrelazadas con corteza de troncos. Entonces por vez primera fueron las semillas de Ceres4 enterradas en largos surcos y gimieron los novillos bajo la opresión del yugo.
    Tras esta apareció en tercer lugar la generación de bronce, más cruel de carácter y más inclinada a las armas salvajes, pero no por eso criminal. La última es de duro hierro; de repente irrumpió toda clase de perversidades en una edad de más vil metal; huyeron la honradez, la verdad, la buena fe, y en su lugar vinieron los engaños, las maquinaciones, las asechanzas, la violencia y la criminal pasión de poseer. Desplegaban las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese aún apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron en las olas desconocidas, y el precavido agrimensor señaló con largas líneas las divisiones de una tierra que antes era común como los rayos del sol y como los aires. Y no sólo se exigían a la tierra opulentas cosechas y alimentos que ella debía dar, sino que se penetró en las entrañas de la tierra y se escavaron los tesoros, estímulo de la depravación, que ella había escondido llevándolos junto a las sombras de la Estige.5 Y ya había aparecido el hierro dañino y el oro más dañino que el hierro; apareció la guerra, que combate valiéndose de ambos y con mano sangrienta blande las armas que tintinean. Se vive de la rapiña; ni un huésped puede tener seguridad de su huésped, ni un suegro de su yerno; incluso entre hermanos es rara la avenencia. El marido maquina la ruina de su esposa, y esta la de su esposo. Madrastras horribles preparan los lívidos venenos del acónito; el hijo averigua antes de tiempo la edad de su padre. [...]
Traducción y notas de Antonio Ruiz de Elvira
Ovidio
1 La encina. Era célebre la encina profética de Zeus en Dodona, Epiro, en la costa norteoccidental de Grecia, junto al actual monte Olytsika.
2 En plural se aplica a cualquier brisa suave, y no ya al viento del oeste.
3 Saturno, es decir, el titán Cronos, había destronado del imperio del mundo, con la ayuda de su madre Gea, a su padre Urano. A su vez fue destronado por su hijo Júpiter con la ayuda de algunos de los titanes, sus tíos, que, prisioneros primero de su padre Urano y arrojados por éste al Tártaro (la región más tenebrosa y horrible del mundo subterráneo de los muertos), y habiendo recibido después el mismo trato de parte de su hermano Cronos, eran imprescindibles, por decreto del Destino, para la victoria de Zeus contra su padre, por lo que éste los liberó, y tuvo lugar así la Titanomaquia o lucha de los dioses jóvenes contra Saturno y algunos de sus hermanos.
4 Las semillas son propiedad de Ceres o Deméter, hermana de Júpiter, diosa de la tierra fecunda y de la agricultura.
5 La Estige, laguna o río del Infierno o mundo subterráneo, es el más famoso de los cursos de agua de ese reino, y viene a ser, por sinécdoque, un nombre muy usual del Infierno.

Al inicio de las Metamorfosis, afirma Ovidio que es su intención hablar de los cuerpos que cambiaron de forma, y ruega a los dioses, a quienes achaca esas transformaciones, que secunden su propósito, guiando el poema desde el origen del mundo hasta su época. Como preámbulo no dice más, ateniéndose al precepto dado por Horacio de ser sucinto en la presentación de la obra, igual que habían hecho Homero en su Ilíada y Virgilio en su Eneida.
Acto seguido, el poeta describe los comienzos del mundo y de la vida, partiendo del Caos originario. [...]
Poco más adelante, todavía dentro del primer libro, se narra el diluvio universal, decretado en una asamblea de los dioses, la única asamblea de los divinos propiamente dicha en todas las Metamorfosis. A raíz del mismo, los únicos seres que sobreviven en la tierra, Deucalión y Pirra, hermanos y esposos, como Júpiter y Juno, arrojan a sus espaldas los "huesos de su madre", de tal modo que los arrojados por Pirra se convierten en mujeres y los arrojados por Deucalión en varones. [...]
La narración de Ovidio procede al modo de un largo y fascinante travelling a través de pasajes previamente conocidos por los lectores de la Eneida y de la Odisea, sólo que lo que interesa a nuestro autor son fundamentalmente las maravillas y metamorfosis, y así asistimos, por ejemplo, a la conversión en cerdos de los compañeros de Ulises, o a la transformación, operada también por Circe, de la hermosísima Escila en el monstruo que en la costa itálica asusta a los navegantes con sus perros ladradores prendidos de las ingles. [...] (Del prólogo de BARTOLOMÉ SEGURA RAMOS para la edición de "Clásicos Latinos" de Círculo de Lectores, S. A., 1997)

Ovidio tenía un alto concepto de sí mismo, como se puede apreciar en la "despedida" de las Metamorfosis, donde dice:
Y ya he dado fin a una obra que no podrán aniquilar ni la cólera de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni el tiempo devorador. Que ese día que no tiene derecho a otra cosa más que a mi cuerpo acabe cuando quiera con el transcurso de mi vida incierta; pero en la mejor parte de mi yo viajaré inmortal por encima de los astros de las alturas, y mi nombre será indestructible, y por donde se extiende el poder de Roma sobre la tierra subyugada, la gente me leerá de viva voz, y gracias a la fama, si algo de verídico tienen los presentimientos de los poetas, viviré por todos los siglos.

Pero algo parecido había dicho ya Horacio. También Lucrecio. Parece que era común entre los poetas latinos para encarecer y prestigiar su obra.

martes, 23 de junio de 2015

Locus amoenus/ 3 - Noche serena - Fray Luis de León - España


Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,

el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
Loarte1, y digo al fin con voz doliente:

"Morada de grandeza,2
templo de claridad y hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel3 baja, escura?

¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que, de tu bien divino
olvidado, perdido
sigue la vana sombra, el bien fingido?4

El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando;
y con paso callado,
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le va hurtando.5

¡Oh, despertad, mortales!
Mirad con atención en vuestro daño.
Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
¿podrán vivir de sombra y de engaño?

¡Ay, levantad los ojos
aquesta celestial eterna esfera!
Burlaréis los antojos6
de aquesa lisonjera
vida, con cuanto teme y cuanto espera.

¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
con ese gran trasunto,7
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,8
su movimiento cierto,
sus pasos desiguales
y en proporción concorde tan iguales;

la luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos della9
la luz do el saber llueve,10
y la graciosa estrella
de amor11 la sigue reluciente y bella;

y cómo otro camino
prosigue el sanguinoso Marte12 airado,
y el Júpiter benino13
de bienes mil cercado,
serena el cielo con su rayo armado;

rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los siglos de oro;14
tras él la muchedumbre
del reluciente coro15
su luz va repartiendo y su tesoro:

¿quién es el que esto mira
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira
y rompe lo que encierra
el alma, y destos bienes la destierra?

Aquí vive el contento,
aquí reina la paz; aquí, asentado
en rico y alto asiento,
está el Amor sagrado,16
de glorias y deleites rodeado.

Inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece.

¡Oh, campos verdaderos!
¡Oh, prados con verdad frescos y amenos!
¡Riquísimos mineros!17
¡Oh, deleitosos senos!18
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!"
Notas de David López del Castillo
Fray Luis de León

1 Diego Oloarte, destinatario de la oda.
2 El cielo, donde viven las almas inmortales. 
3 La cárcel del alma es el cuerpo y el mundo material que lo rodea.  
4 La realidad, simple sombra emanada del bien divino. 
5 Esta alusión al paso del tiempo anticipa en cierta medida la visión barroca de la vida como sueño del que despertamos con la muerte. 
6 Pueden entenderse como las trampas o estorbos a la visión (anteojos, semejantes a los que se colocan a los caballos) o, más propiamente, como los deseos o caprichos de los bienes terrenales. 
7 La esfera celeste, donde las ideas habitan junto a Dios. 
8 Las estrellas. 
9 La rueda más cercana a la tierra es la que sigue la órbita lunar. 
10 La segunda rueda corresponde a Mercurio, transmisor de sabiduría. 
11 Venus, en la tercera órbita. 
12 La quinta rueda (el poeta se salta la cuarta, la del Sol), gobernada por el sangriento (sanguinoso) Marte, dios de la guerra. 
13 La sexta rueda, regida por el rayo de Júpiter, apaciguador del cielo. 
14 En la séptima y última gira Saturno, rodeado de tres luces (satélites diríamos hoy), proporcionando paz y abundancia, como en la Edad de Oro. 
15 Las estrellas fijas. 
16 El Espíritu Santo. 
17 Fuentes o manantiales. 
18 Se convierte aquí el ciclo en un locus amoenus, un lugar escondido, en cuyos bien abastecidos o repuestos valles abundan las riquezas.

sábado, 2 de febrero de 2013

Locus amoenus/ 1 - Fragmento de Milagros de Nuestra Señora - Gonzalo de Berceo - España

 
    Amigos e vassallos      de Dios omnipotent,
si vos me escuchássedes      por vuestro consiment1,
querríavos contar      un buen aveniment:
terrédeslo en cabo      por bueno verament.

    Yo maestro Gonçalvo      de Verceo nomnado,
yendo en romería      caecí2 en un prado,
verde e bien sencido3,      de flores bien poblado,
lugar cobdiciaduero      para omne cansado.

    Davan olor sovejo4      las flores bien olientes,
refrescavan en omne      las caras e las mientes;
manavan cada canto      fuentes claras corrientes,
en verano bien frías,      en ivierno calientes.

    Avié y5 grand abondo      de buenas arboledas,
milgranos6 e figueras,      peros e manzanedas,
e muchas otras fructas      de diversas monedas,
mas non avié ningunas      podridas nin azedas.

    La verdura del prado,      la color de las flores,
las sombras de los árboles      de tempranos savores,
resfrescáronme todo      e perdí los sudores:
podrié vevir el omne      con aquellos olores.

    Nunqa trobé7 en sieglo8      logar tan deleitoso,
nin sombra tan temprada      nin olor tan sabroso;
descargué mi ropiella      por yazer más vicioso9,
poséme a la sombra      de un árbol fermoso.

    Yaziendo a la sombra      perdí todos cuidados,
odí sonos de aves,      dulces e modulados;
nunqa udieron omnes      órganos más temprados,
nin que formar pudiessen      sones más acordados.

    Unas tenién la quinta10      e las otras doblavan,
otras tenién el punto,      errar no las dexavan,
al posar, al mover,      todas se esperavan,
aves torpes nin roncas      y non se acostavan.

    Non serié organista      nin serié violero11,
nin giga12 nin salterio13      nin mano de rotero14,
nin instrument nin lengua      nin tan claro vocero
cuyo canto valiesse      con esto un dinero.

    Peroque15 vos dissiemos      todas estas bondades,
non contamos las diezmas16,      esto bien lo creades,
que avié de noblezas      tantas diversidades
que no las contarién      priores nin abbades.

    El prado que vos digo      avié otra bondat:
por calor nin por frío      non perdié su beltat,
siempre estava verde      en su entegredat,
non perdié la verdura      por nulla17 tempestat.

    Manamano18 que fui      en tierra acostado,
de todo el lazerio19      sovi luego20 folgado21;
oblidé toda cuita,      el lazerio passado,
qui allí se morasse      serié bienventurado.

    Los omnes e las aves,      quantos acaecién,
levavan de las flores      quantas levar querién,
mas mengua en el prado      niguna non facién,
por una que levavan      tres o quatro nacién.

    Semeja esti prado      egual de Paraíso,
en qui Dios tan grand gracia,      tan grand bendición miso22;
él que crió tal cosa      maestro fue anviso23,
omne que y morase      nunqua perdrié el viso24.
[...]
1 consiment: favor, merced.
2 caecer: hallarse presente.
3 sencido: intacto, no arado.
4 sovejo: grande.
5 y: ahí.
6 milgranos: granadas.
7 trobé: encontré.
8 sieclo: mundo.
9 vicioso: cómodo, confortable.
10 En esta estrofa Berceo nos describe cómo se ejecutaba la música de la época. Las aves representan a los cantores y su forma de interpretar el organum de la escuela medieval que se denomina ars antiqua.
11 violero: tañedor de viola.
12 giga: pequeño instrumento musical en forma de pera con tres cuerdas y tañido con arco.
13 salterio: instrumento cuyas cuerdas, tendidas sobre un marco por lo general rectangular o trapezoidal, corren sobre la caja de resonancia, como en el címbalo contemporáneo.
14 mano de rotero: mano del que tañía la rota, otro instrumento, cuyas cuerdas saliendo de la parte inferior de la caja de resonancia se sujetaban por arriba a un yugo, como la cítara.
15 peroque: aunque.
16 diezmas: décimas partes.
17 nulla: ninguna.
18 manamano: en seguida.
19 lazerio: miseria, pobreza.
20 luego: en seguida.
21 folgado: descansado.
22 miso: puso.
23 anviso: sabio.
24 viso: vista.

    Con Gonzalo de Berceo aparece el primer poeta de nombre conocido en la historia castellana. Natural de Berceo (de donde toma el nombre), pueblecito de la Rioja situado a unos 15 kilómetros de Nájera, se cree que nació a finales del siglo XII (1198). Su niñez transcurre muy cerca del lugar de su nacimiento, en el monasterio de San Millán, según el propio poeta nos confiesa:

Gonzalo fue su nombre quien hizo este dictado,
en San Millán de Suso fue de niñez criado.

    En este monasterio benedictino1 ya entonces de gran tradición, pues su fundación data del siglo VI, fue donde vivió y murió San Millán, cuya vida cantaría después Berceo. Al arrimo de sus muros vivió nuestro poeta sus primeros años para llegar más tarde a ser clérigo. Así lo acreditan tres escrituras notariales de los años 1220, 1221 y 1222 en las que figura el nombre de Berceo como testigo de unas compras de heredades hechas por un tal Pedro de Olmos. Para estas fechas Berceo debía tener veintitrés años como mínimo, ya que en dos de las escrituras mencionadas figura como diácono y era esa edad mínima para desempeñar tal cargo eclesiástico.
    [...] La obra de Gonzalo de Berceo comprende nueve poemas todos ellos de carácter religioso. Para escribirlos, como atestigua en numerosas ocasiones, utilizó viejos manuscritos que debían de encontrarse en la biblioteca del monasterio de San Millán. A estos escritos les da una métrica regular en estrofas formadas por cuatro versos de catorce sílabas cada uno y divididos en dos hemistiquios de siete, y rima consonante. Es el llamado estilo del mester de clerecía que supone un perfeccionamiento más que una ruptura con las formas expresivas de la poesía juglaresca del siglo anterior. Por supuesto que la forma de medir las "sílabas contadas" de las que nos habla Berceo es distinta de la que se utiliza hoy. Las catorce sílabas que forman cada verso no son métricas, sino gramaticales y es obligado el hiato cuando al final de una palabra y al principio de la siguiente concurren dos vocales, haciendo, pues, caso omiso de la licencia métrica llamada sinalefa.
    Consciente de su misión divulgadora, Berceo no inventa nada de lo que dice; transcribe del latín vidas de santos y hechos de la Virgen con la fidelidad del que considera la tradición como la mejor cualidad de la creación literaria. Bien es verdad que tampoco debía de entrar en su propósito la invención de nuevos temas dado el alto concepto que el hombre medieval tenía de la tradición y tan distinto del que posee el hombre de nuestros días. El mérito de Berceo está en darnos viejas narraciones en un estilo nuevo e inconfundible lleno de matizaciones de tipo personal. En esto reside la mayor originalidad de nuestro poeta.
    [...] Conviene advertir que la lengua medieval tenía una serie de sonidos que hoy ya no existen. Así, distinguía una s sorda que se escribía doble entre vocales (passar, escriviesse), y otra sonora que se escibía sencilla entre vocales (casa, cosa) La diferencia sería análoga de la que existe en francés entre poisson y poison. También la lengua medieval distinguía la ç (casi un sonido ts) y la z sorda (casi ds); la x sorda de las j, g sonoras (dixe, hijo, coger). El sonido de la x y la j serían muy parecidos al de la ch y la j francesas, respectivamente (chambre, jour). También distinguía una b oclusiva de una v fricativa. La primera se pronunciará juntando fuertemente los labios y abriéndolos de golpe para dejar salir la columna de aire (¡basta!); la segunda, dejando los labios medio cerrados, como cuando pronunciamos saber, ave.
    Con el fin de facilitar la pronunciación, transcribimos lo que Menéndez Pidal dice al respecto sobre la lectura de textos medievales: "Si en la lectura no se acierta a producir o no se quiere hacer estas distinciones, pronúnciese la ss y la s como la s moderna; la ç y la z como la z moderna; la x y la j como la j moderna; la b y la v, como la b moderna. J. BENITO DE LUCAS

1 Se conoce en la región con el nombre de San Millán de Suso (Arriba) por estar situado en la parte alta de la ladera y distinguirlo del gran monasterio situado en la parte baja, san Millán de Yuso (Abajo), cuya fundación se debe a García Sánchez, rey de Navarra. En este último no quedan huellas de su construcción primitiva (siglo XI); hay restos de construcción gótica, y su amplia iglesia de tres naves es de estilo renacentista. En cuanto a San Millán de Suso tiene la iglesia de planta mozárabe, con dos naves, y fuertes arcadas de herradura.

viernes, 27 de agosto de 2010

Beatus ille/ 3 - Locus amoenus/ 2 - Oda a la vida retirada - Fray Luis de León - España

Aula de Fray Luis de León en la Universidad de Salamanca
Siguiendo con el asunto que nos ocupa últimamente, no podíamos dejar de incluir aquí el conocidísimo poema de Fray Luis, prodigio de la lírica española.

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh campo, oh monte, oh río,!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.

El aire del huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo,
que del oro y del cetro pone olvido.

Ténganse su tesoro
los que de un falso leño se confían:
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna, al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserablemente
se están los otros abrasando
en sed insaciable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.