Barbara Mendes - So Many Stars (2017)

sábado, 27 de junio de 2015

Locus amoenus/ 4 - Fragmento de Las Metamorfosis - Ovidio - Roma


Libro I
    [...] La edad de oro fue la creada en primer lugar, edad que sin autoridad y sin ley, por propia iniciativa, cultivaba la lealtad y el bien. No existían el castigo ni el temor, no se fijaban, grabadas en bronce, palabras amenazadoras, ni las muchedumbres suplicantes escrutaban temblando el rostro de sus jueces, sino que sin autoridades vivían seguros. Ningún pino, cortado para visitar un mundo extranjero, había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas, y no conocían los mortales otras palabras que las suyas. Todavía no estaban las ciudades ceñidas por fosos escarpados; no había trompetas rectas ni trompas curvas de bronce, ni cascos, ni espadas; sin necesidad de soldados los pueblos pasaban la vida tranquilos y en medio de suave calma. También la misma tierra, a quien nada se exigía, sin que la rozase el azadón ni la despedazase reja alguna, por sí misma lo daba todo; y los hombres, contentos con alimentos producidos sin que nadie lo exigiera, cogían los frutos del madroño, las fresas de las montañas, las cerezas del cornejo, las moras que se apiñan en los duros zarzales, y las bellotas que habían caído del copudo árbol de Júpiter.1
    Había una primavera eterna, y apacibles céfiros2 de tibia brisa acariciaban las flores nacidas sin simiente. Pero además la tierra, sin labrar, producía cereales, y el campo, sin que se le hubiera dejado en barbecho, emblanquecía de espigas cuajadas de grano. Corrían también ríos de leche, ríos de néctar, y rubias mieles goteaban de la encina verdeante.
    Una vez que, después de haber sido Saturno precipitado al Tártaro tenebroso,3 el mundo estuvo sometido a Júpiter, llegó la generación de plata, peor que el oro, pero más valiosa que el rubicundo bronce. Júpiter empequeñeció la duración de la primavera antigua, haciendo que el año transcurriese, dividido en cuatro tramos, a través de inviernos, veranos, otoños inseguros y fugaces primaveras. Entonces por vez primera el aire, encendido por tórridos calores, se puso candente, y quedó colgante el hielo producido por los vientos. Entonces por vez primera penetraron los hombres bajo techado; sus casas fueron las cuevas, los espesos matorrales y las ramas entrelazadas con corteza de troncos. Entonces por vez primera fueron las semillas de Ceres4 enterradas en largos surcos y gimieron los novillos bajo la opresión del yugo.
    Tras esta apareció en tercer lugar la generación de bronce, más cruel de carácter y más inclinada a las armas salvajes, pero no por eso criminal. La última es de duro hierro; de repente irrumpió toda clase de perversidades en una edad de más vil metal; huyeron la honradez, la verdad, la buena fe, y en su lugar vinieron los engaños, las maquinaciones, las asechanzas, la violencia y la criminal pasión de poseer. Desplegaban las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese aún apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron en las olas desconocidas, y el precavido agrimensor señaló con largas líneas las divisiones de una tierra que antes era común como los rayos del sol y como los aires. Y no sólo se exigían a la tierra opulentas cosechas y alimentos que ella debía dar, sino que se penetró en las entrañas de la tierra y se escavaron los tesoros, estímulo de la depravación, que ella había escondido llevándolos junto a las sombras de la Estige.5 Y ya había aparecido el hierro dañino y el oro más dañino que el hierro; apareció la guerra, que combate valiéndose de ambos y con mano sangrienta blande las armas que tintinean. Se vive de la rapiña; ni un huésped puede tener seguridad de su huésped, ni un suegro de su yerno; incluso entre hermanos es rara la avenencia. El marido maquina la ruina de su esposa, y esta la de su esposo. Madrastras horribles preparan los lívidos venenos del acónito; el hijo averigua antes de tiempo la edad de su padre. [...]
Traducción y notas de Antonio Ruiz de Elvira
Ovidio
1 La encina. Era célebre la encina profética de Zeus en Dodona, Epiro, en la costa norteoccidental de Grecia, junto al actual monte Olytsika.
2 En plural se aplica a cualquier brisa suave, y no ya al viento del oeste.
3 Saturno, es decir, el titán Cronos, había destronado del imperio del mundo, con la ayuda de su madre Gea, a su padre Urano. A su vez fue destronado por su hijo Júpiter con la ayuda de algunos de los titanes, sus tíos, que, prisioneros primero de su padre Urano y arrojados por éste al Tártaro (la región más tenebrosa y horrible del mundo subterráneo de los muertos), y habiendo recibido después el mismo trato de parte de su hermano Cronos, eran imprescindibles, por decreto del Destino, para la victoria de Zeus contra su padre, por lo que éste los liberó, y tuvo lugar así la Titanomaquia o lucha de los dioses jóvenes contra Saturno y algunos de sus hermanos.
4 Las semillas son propiedad de Ceres o Deméter, hermana de Júpiter, diosa de la tierra fecunda y de la agricultura.
La Estige, laguna o río del Infierno o mundo subterráneo, es el más famoso de los cursos de agua de ese reino, y viene a ser, por sinécdoque, un nombre muy usual del Infierno.

Al inicio de las Metamorfosis, afirma Ovidio que es su intención hablar de los cuerpos que cambiaron de forma, y ruega a los dioses, a quienes achaca esas transformaciones, que secunden su propósito, guiando el poema desde el origen del mundo hasta su época. Como preámbulo no dice más, ateniéndose al precepto dado por Horacio de ser sucinto en la presentación de la obra, igual que habían hecho Homero en su Ilíada y Virgilio en su Eneida.
Acto seguido, el poeta describe los comienzos del mundo y de la vida, partiendo del Caos originario. [...]
Poco más adelante, todavía dentro del primer libro, se narra el diluvio universal, decretado en una asamblea de los dioses, la única asamblea de los divinos propiamente dicha en todas las Metamorfosis. A raíz del mismo, los únicos seres que sobreviven en la tierra, Deucalión y Pirra, hermanos y esposos, como Júpiter y Juno, arrojan a sus espaldas los "huesos de su madre", de tal modo que los arrojados por Pirra se convierten en mujeres y los arrojados por Deucalión en varones. [...]
La narración de Ovidio procede al modo de un largo y fascinante travelling a través de pasajes previamente conocidos por los lectores de la Eneida y de la Odisea, sólo que lo que interesa a nuestro autor son fundamentalmente las maravillas y metamorfosis, y así asistimos, por ejemplo, a la conversión en cerdos de los compañeros de Ulises, o a la transformación, operada también por Circe, de la hermosísima Escila en el monstruo que en la costa itálica asusta a los navegantes con sus perros ladradores prendidos de las ingles. [...] (Del prólogo de BARTOLOMÉ SEGURA RAMOS para la edición de "Clásicos Latinos" de Círculo de Lectores, S. A., 1997)

Ovidio tenía un alto concepto de sí mismo, como se puede apreciar en la "despedida" de las Metamorfosis, donde dice:
Y ya he dado fin a una obra que no podrán aniquilar ni la cólera de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni el tiempo devorador. Que ese día que no tiene derecho a otra cosa más que a mi cuerpo acabe cuando quiera con el transcurso de mi vida incierta; pero en la mejor parte de mi yo viajaré inmortal por encima de los astros de las alturas, y mi nombre será indestructible, y por donde se extiende el poder de Roma sobre la tierra subyugada, la gente me leerá de viva voz, y gracias a la fama, si algo de verídico tienen los presentimientos de los poetas, viviré por todos los siglos.

Pero algo parecido había dicho ya Horacio. También Lucrecio. Parece que era común entre los poetas latinos para encarecer y prestigiar su obra.

3 comentarios:

carlos perrotti dijo...

Otro texto para atesorar. De Ovidio viene todo lo que admiré de esa generación de humanistas-ecologistas-sabios-pensadores-anti sistema de todas las disciplinas del arte y la filosofía de la nueva era que siguiendo sus pasos no inventaron nada nuevo...

marian dijo...

Conclusión (una), que los dioses fueron los que empezaron a liarla y (otra) que se lo siguen pasando pipa con nosotr@s.

Juan Nadie dijo...

Las "edades de oro" era un tópico literario y filosófico muy querido por los clásicos: se añoraba un mundo anterior más sano y más justo, una especie de Arcadia, o Paraíso terrenal, o El Dorado, donde no existían los problemas que agobian a la humanidad y todo funcionaba por sí mismo y de forma armoniosa. Sabían que era falso, claro, pero durante toda la época clásica, la Edad Media y el Renacimiento, incluso más acá, se pensaba y se escribía sobre esa edad de oro. El mismo Cervantes lo hizo, por boca de Don Quijote:
"Dichosa edad, y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados...", que leeremos en la próxima entrada.