Kelley McRae - Easy On My Mind (2015)

miércoles, 29 de junio de 2016

Tempus fugit/ 24 - Carpe Diem/ 12 - Si tú te imaginas - Raymond Queneau - Francia


Si tu t'imagines

Si tu t'imagines
si tu t'imagines
fillette fillette
si tu t'imagines
xa va xa va xa
va durer toujours
la saison des za
la saison des za
saison des amours
ce que tu te goures
fillette fillette
ce que tu te goures

Si tu crois petite
si tu crois ah ah
que ton teint de rose
ta taille de guêpe
tes mignons biceps
tes ongles d'émail
ta cuisse de nymphe
et ton pied léger
si tu crois petite
xa va xa va xa va
va durer toujours
ce que tu te goures
fillette fillette
ce que tu te goures

les beaux jours s'en vont
les beaux jours de fête
soleils et planètes
tournent tous en rond
mais toi ma petite
tu marches tout droit
vers sque tu vois pas
très sournois s'approchent
la ride véloce
la pesante graisse
le menton triplé
le muscle avachi
allons cueille cueille
les roses les roses
roses de la vie
et que leurs pétales
soient la mer étale
de tous les bonheurs
allons cueille cueille
si tu le fais pas
ce que tu te goures
fillette fillette
ce que tu te goures.


Si tú te imaginas

Si tú te imaginas
si te imaginas
pequeña, pequeña
si te imaginas
que va que va…
a durar para siempre
la estación de los..
la estación de los..
la estación de los amores
es que te equivocas
pequeña, pequeña
es que te equivocas.

Si crees, pequeña
si crees ah ah
que tu tez sonrosada
que tu cintura de avispa,
que tus lindos brazos,
tus esmaltadas uñas,
tus piernas de ninfa
y tu paso ligero
si tú crees, pequeña
que va que va…
a durar para siempre
es que te equivocas
pequeña, pequeña
es que te equivocas.

Los buenos días se van
Los buenos días de fiesta.
Soles y planetas
giran en redondo
pero tú, mi pequeña
tú caminas en línea recta
hacia lo que no puedes ver.
Se acercan sibilinas
las veloces arrugas,
la grasa pesada,
la triple papada,
el músculo encorvado.
Vamos, coge, toma
las rosas, las rosas,
rosas de la vida
y que sus pétalos
sean el mar tranquilo
de toda la felicidad.
Vamos, coge, tómalo
que si no lo haces
es que te equivocas
pequeña, pequeña
es que te equivocas…
De El instante fatal
Traducción de Adolfo García Ortega
Si tu t'imagines - Juliette Gréco
Música de Joseph Kosma

La poética de Queneau
El ingenio poético de Queneau

lunes, 27 de junio de 2016

Fragmentos de La vida instrucciones de uso - Georges Perec - Francia


A la memoria de Raymond Queneau

«Abre bien los ojos, mira.»
JULIO VERNE, Miguel Strogoff

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO XV
Habitaciones de servicio, 5
Smautf

La habitación de Mortimer Smautf, el viejo mayordomo de Bartlebooth, debajo del tejado, entre el estudio de Hutting y el cuarto de Jane Sutton.
La habitación está vacía. Un gato de pelo blanco, con los ojos entornados y las patas de delante juntas en una actitud de esfinge, dormita sobre el cubrecama naranja. Al lado de la cama, en una mesilla de noche, están puestos un cenicero de vidrio tallado de forma triangular que llevaba grabada la palabra "Guinness", una colección de crucigramas y una novela policiaca titulada Los siete crímenes de Azincourt.

Hace más de cincuenta años que Smautf está al servicio de Bartlebooth. Aunque él mismo se llama mayordomo, sus funciones han sido más bien las de un ayuda de cámara o las de un secretario; o, más exactamente todavía, las de ambos a la vez: en realidad fue sobre todo su compañero de viaje, su factótum y, si no su Sancho Panza, sí que fue por lo menos su Passepartout (pues la verdad es que había en Bartlebooth algo de Phileas Fogg), sucesivamente, maletero, cepillador, barbero, chófer, guía, tesorero, agente de viajes y portaparaguas. [...]

Bartlebooth regresó de sus viajes casi con las manos en los bolsillos: sólo había viajado para pintar sus quinientas acuarelas y se las había ido enviando a Winckler a medida que las hacía. Smautf, en cambio, reunió tres colecciones —sellos para el hijo de la señora Claveau, etiquetas de hoteles para Winckler y tarjetas postales para Valène— y se trajo tres objetos que están ahora en su cuarto.

El primero es un magnífico cofre de barco, hecho con madera blanda de árbol de coral (pterocarpio gumífero, precisa él), que lleva herrajes de cobre. Se lo compró a un shipchandler de San Juan de Terranova y lo confió a un barco pesquero que lo trajo a Francia.

El segundo es una escultura curiosa: una estatua de basalto de la Diosa Madre tricéfala, de unos cuarenta centímetros de altura. La adquirió en las Seychelles a cambio de otra escultura, igualmente tricéfala, pero de una concepción totalmente distinta: era un crucifijo en el que estaban clavadas tres figurillas con el mismo perno: un niño negro, un majestuoso anciano y una paloma de tamaño natural. La había encontrado en el zoco de Agadir y el hombre que se la había vendido le había explicado que eran las figuras móviles de la Trinidad y que cada año "se subía encima" una de las tres. Entonces el primero era el Hijo, y el Espíritu Santo (casi invisible) quedaba pegado a la cruz. El objeto era muy voluminoso pero podía fascinar mucho tiempo a una mente tan particular como la de Smautf. Por eso lo compró sin regatear y lo llevó consigo desde 1939 hasta 1953. Al día siguiente de su llegada a las Seychelles entró en un bar: lo primero que vio fue la estatua de la Diosa Madre, puesta en el mostrador entre una coctelera toda abollada y un vaso lleno de banderitas y varillas para agitar el champán que tenían forma de báculos en miniatura. Su estupefacción fue tan grande que corrió a su hotel, regresó con el crucifijo y entabló una larga conversación en pidgin english con el barman malayo sobre la casi imposibilidad estadística de encontrar dos veces en catorce años dos estatuas de tres cabezas; al término de su conversación, Smautf y el barman se juraron una amistad indefectible que quedó concretizada con el intercambio de sus respectivas obras de arte.

El tercer objeto es un grabado grande, una especie de estampa de Epinal. La encontró en Bergen el último año de sus peregrinaciones. Representa un niño que recibe en premio un libro de manos de un viejo dómine. El niño tiene siete u ocho años; viste chaqueta de paño azul celeste y pantalón corto y calza escarpines de charol; lleva la frente ceñida con una corona de laurel; sube las tres gradas de un estrado de madera adornado con plantas de interior. El anciano va con toga. Tiene una larga barba gris y gasta lentes con montura de acero. En la mano derecha lleva una regla de boj y en la izquierda un grueso infolio encuadernado en rojo en el que se lee Erindringer fra en Reise i Skotland (es, según supo Smautf, la relación del viaje que hizo el pastor danés Plenge a Escocia durante el verano de 1859). Cerca del maestro se halla una mesa cubierta con un tapete verde en la que hay más libros, un globo terrestre y una partitura de música abierta de formato italiano. Una estrecha placa de cobre grabado, fijado en el marco de madera de la lámina, indica su título, sin relación manifiesta con la escena representada: Laborynthus.

A Smautf le hubiera gustado ser aquel buen alumno premiado. Su pesar por no haber podido estudiar se convirtió con los años en una pasión enfermiza por las cuatro reglas. Muy al principio de sus viajes había visto en un gran music–hall de Londres un calculador prodigio y durante los veinte años de su vuelta al mundo, leyendo y releyendo un viejo tratado astroso de pasatiempos matemáticos y aritméticos que había descubierto en una librería de viejo de Inverness, se aficionó al cálculo mental y, a su regreso, era capaz de sacar raíces cuadradas o cúbicas de números de nueve cifras con relativa rapidez. Cuando ya le empezaba a resultar aquello demasiado fácil, le entró un frenesí por las factoriales: 1! = 1; 2! = 2; 3! = 6; 4! = 24; 5! = 120; 6! = 720; 7! = 5.040; 8! = 40.320; 9! = 362.880; 10! = 3.628.800; 11! = 39.916.800; 12! = 479.001.600; […]; 22! = 1.124.000.727.777.607.680.000, o sea más de mil millones de veces setecientos diecisiete mil millones.
Smautf anda actualmente por el 76, pero ya no encuentra papel de formato suficientemente grande; y, aunque lo encontrara, no habría mesa bastante larga para extenderlo. Cada vez tiene menos seguridad en sí mismo, por lo que siempre está repitiendo sus cálculos. Morellet intentó desanimarlo años atrás diciéndole que el número que se escribe 999 , o sea, nueve elevado a nueve elevado a nueve, que es el número mayor que se puede escribir usando sólo tres cifras, tendría, si se escribiera entero, trescientos sesenta y nueve millones de cifras; a razón de una cifra por segundo, se tardaría once años en escribirlo; y, calculando dos cifras por centímetro, tendría mil ochocientos kilómetros de largo. A pesar de lo cual Smautf siguió alineando columnas y más columnas de cifras en dorsos de sobres, márgenes de cuadernos y papeles de envolver carne.
Smautf tiene ahora cerca de ochenta años. Bartlebooth le propuso que se jubilara hace ya mucho tiempo, pero se ha negado siempre a hacerlo. La verdad es que tiene poco trabajo. Por la mañana prepara la ropa de Bartlebooth y lo ayuda a vestirse. Lo afeitaba hasta hace cinco años —con un machete que había pertenecido a un abuelo de Bartlebooth—, pero ve muy mal y ha empezado a temblarle el pulso, por lo que ha sido sustituido por un oficial del señor Pois, el peluquero de la calle de Prony, que sube a su piso todas las mañanas.
Bartlebooth no se mueve ya de casa; casi no sale de su despacho en todo el día. Smautf permanece en el cuarto contiguo, con los demás criados, que no tienen mucho más trabajo que él y se pasan el tiempo jugando a los naipes y hablando del pasado.
Smautf pasa muchos ratos en su habitación. Intenta avanzar un poco en sus multiplicaciones; para entretenerse, hace crucigramas, lee novelas policiacas que le presta la señora Orlowska o acaricia durante horas y horas el gato blanco que ronronea mientras afila sus garras en las rodillas del anciano.
El gato blanco no es de Smautf sino de toda la planta. De vez en cuando se va a vivir con Jane Sutton o con la señora Orlowska o se baja a la vivienda de Isabelle Gratiolet o a la de la señorita Crespi. Vino hace tres o cuatro años por el tejado. Tenía una herida ancha en el cuello. La señora Orlowska lo recogió y lo curó. Se dieron cuenta de que tenía los ojos de colores diferentes: uno era azul como una porcelana china y el otro dorado. Un poco más tarde se dieron también cuenta de que estaba completamente sordo.
De La vida instrucciones de uso, 1978
Traducción de Josep Escuer

sábado, 25 de junio de 2016

La queja del niño negro - Jorge Zalamea - Colombia


Las tortillas de maíz no me saben a nada, madre.
Los níqueles no me sirven de nada, madre.
El traje nuevo no me alegra nada, madre.
Nada me sirve de nada porque soy un niño negro.
¡Pero si estás hecho de miel y leche, hijo!
¿De miel negra, madre?
¡No! De miel...
¿De leche negra, madre?
¡No! De leche...

Aprendí a leer y de nada me sirve, madre.
Aprendí a escribir y de nada me sirve, madre.
Aprendí a contar y de nada me sirve, madre.
Nada me sirve de nada porque soy un niño negro.

¡Pero si estás hecho de carne y hueso, hijo!
¿De carne negra, madre?
¡Ay!
¿De huesos negros, madre?
¡No! De huesos...

Lo que tengo no me sirve de nada, madre.
Lo que doy no me sirve de nada, madre.
Lo que sueño no me sirve de nada, madre.
Nada me sirve de nada porque soy un niño negro.

¡Pero si estás hecho de sangre, hijo!
¿De sangre negra, madre?
¡No! De sangre roja... Mira, como ésta... ¡Mírala! ¡Quieras o no, tienes que mirarla!

jueves, 23 de junio de 2016

Fragmento de Lluvias - Saint-John Perse - Francia / Nota introductoria de José Emilio Pacheco - México


NOTA INTRODUCTORIA 

La imagen de aquel Libro de Arena sin principio ni fin podría aspirar a describir la obra de Saint-John Perse: a despecho de cambios y variaciones, su poesía es la misma desde "Imágenes para Crusoe", que escribió en 1904, hasta "Canto para un equinoccio", publicado en 1971. Abiertas en cualquier parte sus Oeuvres complètes (Bibliothèque de la Pléiade, 1972), siempre serán tan nuevas como el asombro que producen.

Silenciosamente como había vivido, Saint-John Perse murió el 20 de septiembre de 1975. Podemos aplicarle sin riesgo un calificativo que abaratamos al dilapidarlo: un gran poeta, el mayor de este siglo para algunos con derecho a ser oídos porque se llaman T. S. Eliot o Giuseppe Ungaretti.

Perse es un poeta latinoamericano: nació en el Caribe recreado por Carpentier en El Siglo de las Luces. El 31 de marzo de 1887 abrió los ojos en la isla de Saint Leger-les-Feuilles, propiedad de su familia, cerca de Guadalupe, Antillas francesas. Criollo en el sentido novohispano del término, Alexis Saint-Leger Leger proviene de otro paraíso de los colonos e infierno para los colonizados, un lugar de encuentro de civilizaciones: americana, europea, africana, asiática. No regresó nunca pero la presencia del Caribe y el sentimiento de orfandad y exilio por haber perdido un mundo que fue el suyo lo acompañaron siempre.

En Elogios, que André Gide le publicó en 1911, Perse celebra su infancia, habla de la isla que sería idílica si no supiéramos el precio en sufrimiento humano que exige el colonialismo; fija una niñez poblada por la imaginería de los tristes tropiques que pagaron la Bella Época europea y norteamericana.

Aquel joven trasladado a Europa, que de algún modo iba a ser en su obra el enlace entre los poetas videntes del XIX y los surrealistas del XX, se salvó de ir al matadero en que sucumbió su generación. A principios de 1916 fue a China como diplomático. Viajó por el Tibet, el desierto del Gobi, los mares del Sur. En 1924 publicó Anábasis, ya con el nombre de Saint-John Perse pues Saint-Leger se había convertido en el segundo de Aristide Briand en el Ministerio de Asuntos Extranjeros: la política exterior de Francia no podía estar en manos de alguien dedicado a un oficio tan poco respetable socialmente como el de escribir poemas.

Nada era semejante a Anábasis en la poesía europea de ese momento. Perse hablaba en el francés más elegante pero en él había ecos de los poetas que aparecieron con la invención del alfabeto y su voz era la de un bárbaro, alguien que definitivamente no miraba al mundo desde París. Anábasis deslumbró a los pocos capaces de conseguir el breve cuaderno. Eliot lo tradujo dos veces. En español Perse encontró muchos buenos traductores y uno excepcional que fue el mejor intérprete de toda su obra: el poeta colombiano Jorge Zalamea. (Este Material de Lectura quiere ser también un mínimo homenaje a él.)

El poeta se vio obligado a callar públicamente mientras el diplomático negociaba los acuerdos de Locarno, el pacto franco-soviético, la entrada de la URSS en la Sociedad de las Naciones y, en la conferencia de Munich, se oponía en vano a la política de apaciguamiento que dejaba sucumbir a la República española y entregaba a Hitler el dominio de Europa.

Cuando los nazis entraron en París, Saint-Leger renunció y se exilió en los Estados Unidos antes que colaborar con el gobierno de Vichy. Pétain lo despojó de su nacionalidad francesa; la Gestapo allanó su departamento y quemó los tres libros escritos por Saint-John Perse durante los años en que no publicó nada.

En Washington sobrevivió como asesor de la Biblioteca del Congreso. El diplomático quedó abolido, se mantuvo únicamente el poeta. Fue su etapa más fecunda: de 1941 a 1946 Exilio, Lluvias, Nieves, Poema a la extranjera, Vientos. Once años después Amers, ("Marcas", "Señales en el mar", pero también y como es obvio "Amargos"). En 1960, el año en que recibió el Premio Nobel, Crónica, poema de la vejez. En 1972, Pájaros. Fuera de algunas composiciones sueltas, cartas y textos de homenaje a otros escritores y artistas, ésta es toda la obra de Saint-John Perse.

Jamás leyó sus poemas en público ni participó en mesas redondas: hizo una breve aparición la noche en que recibió el Nobel. Allí dijo: "La poesía se niega a disociar el arte de la vida y el amor del conocimiento. Es acción, poder, innovación que desplaza los límites... La oscuridad que se le reprocha no le es consustancial. Lo propio de la poesía es iluminar. . ."

¿De qué trata la obra de Perse? Él mismo dio la respuesta: "Pero es del hombre de quien se trata, de su presencia humana." Leerla es como observar las olas que se rompen contra la escollera. Un espectáculo que de tan fascinante puede resultar abrumador. Este gran poeta no escribió versos: sus formas fueron el poema en prosa (que Baudelaire consideró la expresión del mundo moderno) y el versículo, la forma de una sociedad primitiva en que el asombro ante la materia lleva a deificarla y el sol se convierte en dios dador de la vida.

Dios está ausente de esta épica/crónica/tragedia, relatada (cantada) por un espectador que habla desde una eternidad a ras de tierra, no cede a la angustia, expresa su confianza en los seres humanos que habitan un mundo en descomposición y renovación incesantes; en la humanidad que permanece cuando todo —nieves, lluvias, vientos, señales en el mar— se ha evaporado.

Su poesía crece con la naturalidad majestuosa de un gran árbol del trópico y mira la corriente de la historia en su fluir perpetuo: guerras, conquistas, imperios, exilios, rebeliones. Se refiere a la sociedad actual como si estuviera en el alba de las comunidades humanas y a los primitivos como si fuesen nuestros contemporáneos. Su visión es planetaria, es la mirada abarcadora de un poeta nacido en una isla sudamericana, fiel a la utopía que junto a la violencia explotadora fundó este nuevo mundo. Sin decirlo Perse nunca renuncia al anhelo de una sociedad menos injusta y desdichada que la nuestra. Su interminable alabanza de la Tierra no le impide ver que el hombre marcha siempre y edifica; cree que la historia ha llegado al lugar de su quietud, pero al plantar el árbol que dé sombra a sus construcciones pone la semilla de la raíz que cuarteará el muro; en su bagaje lleva las termes que carcomerán sus palacios. La ciudad será ruina, morada del desierto y de la vegetación devoradora. A lo lejos la nueva caravana proyecta su sombra en las arenas. Nada perdura, sí, pero tampoco nada detiene el peregrinaje en busca de la Ciudad Justa.

Perse escribió que el objeto más hermoso del mundo era el cráneo de cristal de roca que preside como una deidad subterránea la sala azteca del Museo Británico. Acaso cuando nuestra civilización sea polvo y ceniza como lo es ahora el mundo de Moctezuma, la poesía de Saint-John Perse será ese cráneo de cristal de roca pulido por las tempestades y los siglos, invulnerable en su enceguecedora fijeza.


LLUVIAS 
A Katherine y Francis Biddle

VII 

"Innumerables son nuestras vías y nuestras mansiones inciertas. Tal se abreva en lo divino cuyo labio es de arcilla. Vosotras, lavadoras de los muertos en las aguas-madres de la mañana —y está la tierra todavía en las zarzas de la guerra— lavad también la faz de los vivos; lavad, ¡oh Lluvias!, la faz triste de los violentos... pues sus vías son estrechas y sus mansiones inciertas.

"Lavad, ¡oh Lluvias!, un lugar de piedra para los fuertes. A las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, aquellos que no embriagó el vino de los hombres, aquellos que no mancilló el gusto de las lágrimas ni el sueño, aquellos que no se curan de su nombre en las trompetas de hueso... a las grandes mesas se sentarán, al socaire de su fuerza, en lugar de piedra para los fuertes.

"Lavad la duda y la prudencia al paso de la acción, lavad la duda y la decencia en el campo de la visión. Lavad, ¡oh Lluvias!, la catarata del ojo del hombre de bien, del ojo del hombre de ideas sanas, lavad la catarata del ojo del hombre de buen gusto, del ojo del hombre de buen tono; la catarata del hombre de mérito, la catarata del hombre de talento; lavad la escama del ojo del Maestro y del Mecenas, del ojo del Justo y del Notable... del ojo de los hombres calificados por la prudencia y la decencia.

"Lavad, lavad la benevolencia del corazón de los grandes Intercesores, el decoro de la frente de los grandes Educadores, y la mancilla del lenguaje de los labios públicos. Lavad, ¡oh Lluvias!, la mano del Juez y del Preboste; la mano de la partera y de la amortajadora, las manos lamidas de inválidos y ciegos, y la mano baja, en la frente de los hombres, que sueña todavía con riendas y con foete... con el asentimiento de los grandes Intercesores, de los grandes Educadores.

"Lavad, lavad la historia de los pueblos en las altas tablas conmemorativas: los grandes anales oficiales, las grandes crónicas del Clero y los boletines académicos. Lavad las bulas y las cartas, y los Cuadernos del Tercer Estado; los Convenants, los Pactos de alianza y las grandes actas federales; lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, todas las vitelas y todos los pergaminos, color de muros de asilos y leproserías, color de marfil fósil y de viejos dientes de mulas... Lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, las altas tablas conmemorativas.

"¡Oh Lluvias! lavad del corazón del hombre los más bellos dichos del hombre: las más bellas sentencias, las más bellas secuencias, las frases mejor hechas, las páginas mejor nacidas. Lavad, lavad del corazón de los hombres su gusto de cantilenas, de elegías; su gusto de villanescas y rondós; sus grandes aciertos de expresión; lavad la sal del aticismo y la miel del eufuismo; lavad, lavad las sábanas del sueño y las sábanas del saber: del corazón del hombre sin repulsa, del corazón del hombre sin asco, lavad, lavad, ¡oh Lluvias!, los más bellos dones del hombre... del corazón de los hombres mejor dotados para las grandes obras de razón."
Traducción de Jorge Zalamea

martes, 21 de junio de 2016

Casa en el árbol - Eduardo García - España


En la copa de un árbol construiré nuestra casa,
con tablones y clavos e ilusión y un martillo
alzaré entre las ramas suelos, techos, paredes,
cuartos en espiral, secretos pasadizos
donde obra el azar el don de los encuentros
y de pronto amanece si me miras al fondo
por donde el viento corre a refugiarse,
madera en la madera, crujen las estaciones,
pasan a visitarnos los amigos,
huele a café, huele al árbol en que nos acogemos,
al rumor de las hojas, a la tierra
donde brota su impulso, su sed de los espacios,
se siente allí el verdor de las promesas,
casa y árbol fundidos, una sola criatura,
se es feliz de algún modo impreciso y vital,
con los años al árbol le van creciendo ramas,
gana cuerpo, se inclina hacia las nubes
y de pronto la casa ha ascendido unos metros
y hasta el aire es más puro, más ancho el horizonte,
las estrellas fugaces proliferan, ahora
vigila la espesura, hay luz en la ventana,
a cubierto de todo, suspendida,
luz de hogar en la noche, resplandor,
y una escala de cuerda entre las ramas,
si subes por la escala no hay retorno,
en la cima del viento hallarás nuestra casa.
De La vida nueva, 2008
Home In A Tree - John Mayall (Memories, 1971)

domingo, 19 de junio de 2016

Literatura y ciencia/ 22 - En la piel del agua - Carlos Perrotti - Argentina


En la piel del agua
Una piedra quiebra la calma
(La inmóvil ciega superficie del espejo
Donde su imagen se hunde
Sin llegar a ser reflejo)
Abriendo ecos concéntricos
Hasta los márgenes del silencio

viernes, 17 de junio de 2016

Dos poemas de Ellis Island - Georges Perec - Francia


pero es allí,
a algunas brazadas de Nueva York,
muy cerca de la vida prometida

era la Golden Door, la Puerta de Oro

era allí, muy cerca, casi al alcance de la mano,
la América mil veces soñada,
la tierra de libertad donde todos los hombres
eran iguales,
el país donde todos tendrían finalmente
su oportunidad,
el mundo nuevo, el mundo libre
donde una vida nueva iba a poder comenzar

pero no era todavía América:
sólo una prolongación del barco,
un despojo de la vieja Europa
donde nada estaba aún adquirido,
donde aquellos que habían partido
no habían llegado todavía,
o aquellos que habían dejado todo
todavía no habían obtenido nada

y donde lo único que había por hacer
era esperar,
confiando en que no habría inconvenientes,
que nadie robaría tus equipajes
o tu dinero,
que todos tus papeles estarían en regla,
que los médicos no se demorarían,
que las familias no serían separadas,
que alguien te vendría a buscar.
~~~~

ser emigrante era tal vez precisamente eso:
ver una espada allí donde el escultor creyó, con
total buena fe, poner una antorcha
y no haberse equivocado por completo.

sobre el zócalo de la estatua de la Libertad
se grabaron los célebres versos
de Emma Lazarus:

denme a los que están cansados,
a los que son pobres,
vuestras masas sedientas de aire puro,
los desperdicios miserables de vuestras tierras
superpobladas
envíenme
a esos apátridas
sacudidos por la tormenta
elevo mi antorcha
cerca de la Puerta de Oro

Pero, simultáneamente, toda una serie
de leyes fue
promulgada para controlar
y, un poco más tarde,
contener el influjo de emigrantes

a lo largo de los años, las condiciones de admisión
se endurecieron más y más, y poco a poco se
cerraron las puertas de esta América fabulosa,
de este El Dorado de los tiempos modernos
donde, como se cuenta a los niños de Europa,
las calles estaban pavimentadas con oro,
y donde la tierra era tan vasta y generosa
que todos podían encontrar su lugar
De Ellis Island, 2004
Traducción de Leopoldo Kuslez