Eva Cassidy - American Tune (2003)

viernes, 27 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal rosa/ 7 - Francisco Umbral - España


El niño y los colores. El otro día se sentó a pintar, con un papel sujeto a una pizarra, y estuve mirando la naturalidad, la frescura, la novedad con que el niño obtiene los colores. No hay inhibiciones para el artista infantil. Pinta y ya está. "Si el sol dudase un momento se apagaría", escribió Blake. Los niños son pequeños soles porque no dudan un momento. Mi hijo se pone ante el papel ignorando que hay siglos de pintura detrás de él. No experimenta el peso inhibitorio de la cultura. Acaba de inventar ese ademán, ese gesto, esa manera de pintar. Acaba de inventar la pintura.
Es asombrosa su serenidad, su falta de dubitación, su saber lo que quiere. Pinta, colorea, dibuja, moja el pincel aquí y allá, lo mueve sobre el papel con ligereza y libertad. No importa lo que hace ni si lo hace bien o mal. Importa esa maravillosa libertad del niño, la ligereza mental que le permite apoderarse del mundo sin esfuerzo. Así hay que crear. Sólo haciéndose como uno de esos pequeñuelos se entra en el reino de la creación artística. Se ha dicho esto muchas veces, pero es maravilloso comprobarlo, vivirlo. El niño pinta como hace música o cuenta, sin prisa y sin pausa (el niño sí que no tiene prisas ni pausas, sino un ritmo natural). Los colores, que son colores industriales de droguería, falsos, le quedan brillantes, vivos, auténticos, valientes, encendidos. El niño es la creación sin angustia. Sólo él crea, dibuja, pinta, sin la angustia del creador, y esto es lo que nos fascina en las obras de los niños, por encima de su consabida gracia: la ausencia de angustia.

Ahora tengo al niño entre los niños enfermos, en el pabellón de las sombras por donde un pequeño saltamontes humano, niño roto e inquieto, o una niña destrozada por un automóvil, con su sueño de manzana pisada, bullen y mueren. Tengo al hijo pendiente de esa salud que gotea, de esa gota de suero, de luz, de vida. En torno de su silencio, el dolor del pueblo, madres jóvenes y oscuras como montes calcinados, hombres como pájaros hambrientos de graznido triste, el fondo del mundo, el hondón de la existencia, la verdad pueril y desoladora de la vida.
Niños que sufren, niños que mueren, madres con los ojos pardos como lobas del pueblo, algo que gotea vida o muerte. Y nada más. Zumba el dolor en patios interiores, pasan mujeres con palanganas en la mano, orinan los niños su tristeza y huele el mundo a herida infectada. He ido, con el hijo en los brazos, llevados de la velocidad, hasta estrellarnos contra el fondo del silencio. Era como la visualización de nuestro destino. Ahora lo tengo aquí, enfermo siempre, mirando por la muerte, y su gloria es el dolor de otros niños, el débil varillaje humano pinchando las esquinas de un lienzo pobre.
La mano pura que sabe crear colores de la nada, el loto infantil y breve que pinta el día con luces nuevas, cae ahora herido, con una aguja en su vena más fina, en una inmensa clínica de hierro donde los platos humeantes de muerte van solos, en multitud, por ascensores lentos, y la sangre que ya no es de nadie, anónima y sagrada, sueña formas de serpiente debajo de las lágrimas crueles. Me quedan los colores que ha creado el niño, oros enigmáticos de un universo que se ignora a sí mismo.

El niño y la risa. La risa del niño. Su risa triunfa de la muerte. Cuando el niño ríe, el mundo se espuma, la vida se aligera y el sol se enciende. Pasa su risa como un agua ligera por encima de las cosas, riza la luz, alegra el día y establece una continuidad sencilla entre los seres que no puede ser destruida por nada. La risa siempre es comunicativa, funde a los seres unos con otros, los enjabona de contigüidad, pero con los adultos hay otros lenguajes. El máximo lenguaje, para con el niño, es la risa.
Llegar a su risa, conectar con su risa, provocarla o compartirla, es haber entrado en lo más infante del niño, en lo más niño de la infancia. La risa es su gran lenguaje, el primero y el más profundo, y sólo aspiro ya a encontrar la risa de mi hijo, a hacerla correr, a escucharla de lejos y de cerca. En la cripta que es un niño sólo se entra por la celosía de su risa.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Elegías de Duino/ 7 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro)


DIE SIEBENTE ELEGIE

Werbung nicht mehr, nicht Werbung, entwachsene Stimme,
sei deines Schreies Natur; zwar schrieest du rein wie der Vogel,
wenn ihn die Jahreszeit aufhebt, die steigende, beinah vergessend,
daß er ein kümmerndes Tier und nicht nur ein einzelnes Herz sei,
das sie ins Heitere wirft, in die innigen Himmel. Wie er, so
würbest du wohl, nicht minder –, daß, noch unsichtbar,
dich die Freundin erführ, die stille, in der eine Antwort
langsam erwacht und über dem Hören sich anwärmt, –
deinem erkühnten Gefühl die erglühte Gefühlin.

O und der Frühling begriffe –, da ist keine Stelle,
die nicht trüge den Ton der Verkündigung. Erst jenen kleinen
fragenden Auflaut, den, mit steigernder Stille,
weithin umschweigt ein reiner bejahender Tag.
Dann die Stufen hinan, Ruf-Stufen hinan, zum geträumten
Tempel der Zukunft –; dann den Triller, Fontäne,
die zu dem drängenden Strahl schon das Fallen zuvornimmt
im versprechlichen Spiel.... Und vor sich, den Sommer.
Nicht nur die Morgen alle des Sommers –, nicht nur
wie sie sich wandeln in Tag und strahlen vor Anfang.
Nicht nur die Tage, die zart sind um Blumen, und oben,
um die gestalteten Bäume, stark und gewaltig.
Nicht nur die Andacht dieser entfalteten Kräfte,
nicht nur die Wege, nicht nur die Wiesen im Abend,
nicht nur, nach spätem Gewitter, das atmende Klarsein,
nicht nur der nahende Schlaf und ein Ahnen, abends...
sondern die Nächte! Sondern die hohen, des Sommers,
Nächte, sondern die Sterne, die Sterne der Erde.
O einst tot sein und sie wissen unendlich,
alle die Sterne: denn wie, wie, wie sie vergessen!

Siehe, da rief ich die Liebende. Aber nicht sie nur
käme... Es kämen aus schwächlichen Gräbern
Mädchen und ständen... Denn, wie beschränk ich,
wie, den gerufenen Ruf? Die Versunkenen suchen
immer noch Erde. – Ihr Kinder, ein hiesig
einmal ergriffenes Ding gälte für viele.
Glaubt nicht, Schicksal sei mehr, als das Dichte der Kindheit;
wie überholtet ihr oft den Geliebten, atmend,
atmend nach seligem Lauf, auf nichts zu, ins Freie.

Hiersein ist herrlich. Ihr wußtet es, Mädchen, ihr auch,
die ihr scheinbar entbehrtet, versankt –, ihr, in den ärgsten
Gassen der Städte, Schwärende, oder dem Abfall
Offene. Denn eine Stunde war jeder, vielleicht nicht
ganz eine Stunde, ein mit den Maßen der Zeit kaum
Meßliches zwischen zwei Weilen –, da sie ein Dasein
hatte. Alles. Die Adern voll Dasein.
Nur, wir vergessen so leicht, was der lachende Nachbar
uns nicht bestätigt oder beneidet. Sichtbar
wollen wirs heben, wo doch das sichtbarste Glück uns
erst zu erkennen sich giebt, wenn wir es innen verwandeln.

Nirgends, Geliebte, wird Welt sein, als innen. Unser
Leben geht hin mit Verwandlung. Und immer geringer
schwindet das Außen. Wo einmal ein dauerndes Haus war,
schlägt sich erdachtes Gebild vor, quer, zu Erdenklichem
völlig gehörig, als ständ es noch ganz im Gehirne.
Weite Speicher der Kraft schafft sich der Zeitgeist, gestaltlos
wie der spannende Drang, den er aus allem gewinnt.
Tempel kennt er nicht mehr. Diese, des Herzens, Verschwendung
sparen wir heimlicher ein. Ja, wo noch eins übersteht,
ein einst gebetetes Ding, ein gedientes, geknietes –,
hält es sich, so wie es ist, schon ins Unsichtbare hin.
Viele gewahrens nicht mehr, doch ohne den Vorteil,
daß sie's nun innerlich baun, mit Pfeilern und Statuen, größer!
Jede dumpfe Umkehr der Welt hat solche Enterbte,
denen das Frühere nicht und noch nicht das Nächste gehört.
Denn auch das Nächste ist weit für die Menschen. Uns soll
dies nicht verwirren; es stärke in uns die Bewahrung
der noch erkannten Gestalt. – Dies stand einmal unter Menschen,
mitten im Schicksal stands, im vernichtenden, mitten
im Nichtwissen-Wohin stand es, wie seiend, und bog
Sterne zu sich aus gesicherten Himmeln. Engel,
dir noch zeig ich es, da! in deinem Anschaun
steh es gerettet zuletzt, nun endlich aufrecht.
Säulen, Pylone, der Sphinx, das strebende Stemmen,
grau aus vergehender Stadt oder aus fremder, des Doms.

War es nicht Wunder? O staune, Engel, denn wir sinds,
wir, o du Großer, erzähls, daß wir solches vermochten, mein Atem
reicht für die Rühmung nicht aus. So haben wir dennoch
nicht die Räume versäumt, diese gewährenden, diese
unseren Räume. (Was müssen sie fürchterlich groß sein,
da sie Jahrtausende nicht unseres Fühlns überfülln.)
Aber ein Turm war groß, nicht wahr? O Engel, er war es, –
groß, auch noch neben dir? Chartres war groß –, und Musik
reichte noch weiter hinan und überstieg uns. Doch selbst nur
eine Liebende –, oh, allein am nächtlichen Fenster....
reichte sie dir nicht ans Knie –?
Glaub nicht, daß ich werbe.
Engel, und würb ich dich auch! Du kommst nicht. Denn mein
Anruf ist immer voll Hinweg; wider so starke

Strömung kannst du nicht schreiten. Wie ein gestreckter
Arm ist mein Rufen. Und seine zum Greifen
oben offene Hand bleibt vor dir
offen, wie Abwehr und Warnung,
Unfaßlicher, weitauf.


SÉPTIMA ELEGÍA*

No amoroso reclamo
ni postrado llamamiento,
sino la voz madura y entrañable...-
que sea de esta índole tu grito.
Ciertamente, tú clamaste en otro tiempo
con la pureza con que lo hace el ave
cuando la estación la eleva, la sublima,
casi olvidando que no es sólo un simple corazón
sino un animal doliente
lo que ella arroja a la íntima alegría de los cielos.
Tú, no menos que el ave, pedirías
que la amiga aún no vista
te sintiera; esa compañera -callada todavía-
en quien despierta lentamente la respuesta,
aquella que poco a poco se enardece al escucharte,
la encendida sentidora de tu osado sentimiento.

¡Oh sí!, la primavera entendería -
no habría en ella un solo sitio
que no tuviera una sonoridad de anunciación:
primero ese gorjeo inicial, inquisitivo y leve, que desde lejos envuelve en el silencio
al limpio día afirmativo;
luego las escalas ascendentes,
peldaños de la llamada
al soñado templo del futuro;
y después los trinos, fuente que
-en el juego promisorio-
anticipa en su ascenso, torrencial e impetuoso,
la caída... Y ante sí,
el estío.

No sólo las mañanas
-todas las mañanas- del estío,
su metamorfosis en día pleno
y sus resplandores de iniciación.
No sólo -no- los días, delicados y tiernos
alrededor de las flores, y arriba,
en lo alto, poderosos y firmes
en torno a los árboles configurados con nitidez.
No sólo el fervor de esas fuerzas desplegadas,
no sólo los caminos,
no sólo las praderas al atardecer,
no sólo la diafanidad del aire que se respira tras la tormenta tardía,
no sólo el sueño que se enuncia,
y ese presentimiento vespertino...,
sino las noches.
Las altas noches estivales,
y las estrellas; las estrellas de la Tierra.
¡Oh!, estar por fin muertos
y poder conocerlas infinitamente...
A todas las estrellas.
¡Ay, porque cómo, cómo,
cómo
olvidarlas!

Mira, entonces llamaría a la amante.
Mas no acudiría sólo ella a mi voz.
De sus débiles tumbas, incapaces de retenerlas, vendrían también las doncellas
y estarían en pie... porque, ¿cómo podría yo limitar
-dí, cómo- la llamada puesta en mi grito?
quienes fueron sepultados antes de tiempo.

Estar aquí es glorioso.
Vosotras lo sabíais, muchachas,
sí, también vosotras, las aparentemente desposeídas
que os habíais hundido,
supurantes o abocadas a la inmundicia,
en las callejas más viles y sórdidas de las ciudades.
Sí, porque cada uno tuvo su hora,
quizá ni siquiera una hora entera
sino algo apenas mensurable en el orden del tiempo,
un intervalo casi perdido entre dos instantes
en el que tuvo un ser propio
y lo fue todo,
con las venas henchidas por la existencia.
Mas nosotros olvidamos tan fácilmente
aquello que el prójimo burlón
no nos confirma o nos envidia
que queremos alzarlo en vilo para que todos lo contemplen,
cuando en verdad ocurre que aun la dicha más visible
sólo se nos da a conocer
cuando la transformamos en nuestro interior.

Amada, el mundo nunca será
otra cosa que nuestro interior.
Nuestra vida transcurre en perpetua transmutación.
Y cada vez más exiguo se esfuma lo externo;
donde alguna vez estuvo una casa durable
se proyecta -oblicua- una construcción imaginada,
perteneciente tan por dentro al pensamiento
como si se irguiera aún sólo en la mente.
El espíritu de la época crea para sí
vastos almacenes de fuerza,
informe como la tensa inquietud
que extrae de todas las cosas.
Ya nada sabe de templos.
Pero nosotros, en cambio, hagamos
nuestro ahorro más secreto
de este derroche del corazón.
Sí, allí donde subsiste aún cualquier cosa,
un objeto al que adoramos
y servimos ayer de rodillas,
este permanecerá -tal cual es-
unido ya a lo invisible.
Muchos, ahora, no alcanzan a advertirlo
y pierde así la ventaja
de rehacer aquello
-con sus columnas y estatuas-
más sólido y firme
en su propio interior.

Cada una de estas sordas reversiones del mundo
produce una vasta muchedumbre de desheredados
que no tienen ni aquello que fue, ni lo que será.
Porque aun lo más proximo se halla lejano para el hombre.
Pero que eso no nos turbe; antes bien,
que nos aliente para conservar en nosotros
la forma aún reconocida. Esa forma que ya una vez
se elevó entre los hombres, en medio del destino destructor,
entre la incertidumbre de las rutas,1
como si fuera a perdurar,
y atraía estrellas hacia sí
desde los seguros cielos.
Ángel, a ti te la mostraré una vez más.
¡Hela ahí!: a salvo y finalmente erguida
en tu mirada
columnas, fustes,2 la Esfinge
y la pujante ascensión anhelosa
-gris en medio de la ciudad que se esfuma
o de la urbe extraña-
de la catedral...

¿Acaso no es esto un milagro?
¡Oh sí, asómbrate ángel, pues nosotros lo hemos realizado!
¡Oh, gran ángel!, proclama tú que logramos tales cosas,
pues mi aliento no alcanza a celebrarlo.
De manera que a pesar de todo
no perdimos los espacios, ricos en dones,
que son nuestros.
(¡Ah, qué vastos, qué espantosamente vastos han de ser
cuando milenios enteros de nuestro sentimiento
no fueron capaces de colmarlos!)
Pero una torre era grande, ¿no es verdad?
Mas a tu lado, oh ángel, ¿sería aún tan alta?
Chartres era enorme, sí,
y la música se remontaba aún más allá,
sobrepasándonos.
Pero incluso una amante nada más,
¡oh!, solitaria en su ventana abierta hacia la noche,
¿no te llegaba acaso a la rodilla?
Créelo, no te llamo.
Y aunque mi reclamo te alcanzara, no vendrías.
Porque mi apelación siempre está henchida de repulsa,
y contra corriente tan fuerte no puedes avanzar.
Como un brazo tendido es mi llamada.
Y su mano, abierta en lo alto para asir,
permanece extendida ante ti
como rechazo y advertencia
-¡oh, inaprehensible!-,
con amplitud...
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

Rainer Maria Rilke

* Escrita en Muzot el 7 de febrero de 1922; la versión definitiva de la conclusión ahí mismo, el 26 de febrero.
1 La presente versión se basa, en este punto, en la traducción de las Elegías hecha por J. F. Angelloz al francés, aprobada por el poeta. Procedimos así por considerar que esta versión comunica más claramente que cualquier traducción literal el sentido del verso original, que textualmente diría "en medio del no saber a dónde". 
2 Las fachadas de los templos egipcios.

lunes, 23 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 6 - Francisco Umbral - España


LA fiebre, ese fuego secreto que mi madre buscaba en sí, que buscaba en mí, como luego me lo buscaba yo mismo, como lo busco ahora en mi hijo.
La fiebre, la llama quieta que crece por la sangre, ese miedo que me asusta como nada, ese quemarse el cuerpo y la vida en un incendio lento y mudo. La fiebre, porqué la fiebre, de dónde, y sus crepúsculos internos agrandándose hasta los ojos, torturando las sienes, haciendo restallar las manos.
La fiebre del hijo, el fuego en que me arde, la hoguera inexistente en que se quema, el abismo rojo donde le pierdo. La fiebre y el horror. Cómo se puede vivir en el horror. Se puede. La muerte en torno, la fiebre ondeando sus fatigadas banderas, el miedo. Pero se puede vivir -y esto es lo atroz- en la entrada misma del horror. También el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable. Tener a un ser en la muerte es tenerlo ya seguro, a salvo, fijo, como una estrella, libre de todos los peligros, más allá de todas las riadas de la vida.
Comprar una lámpara, un día se sale a comprar una lámpara, tenemos que comprar una lámpara, y se vuelve a casa con la fiebre, con el mal, con el miedo. Esas cosas de que se hace la vida. [...]

PERO el niño es sagrado. La vida se sacraliza en los niños, tiene su instante celeste y único en la carne dorada del hijo. Hay una acumulación de pureza, una aglomeración de tiempo y presente en el cuerpo desnudo del niño, en su vida desnuda, una decantación de la luz y de la palabra, y por eso la vida es sacrílega cuando profana al niño, cuando atenta contra él. La vida es suicida y necia cuando se encarniza contra el niño, se niega a sí misma, y el mal de los niños tiene todo el horror de una profanación. Un niño enfermo es una blasfemia que profiere la vida. Por el mal de los niños descubrimos que "la vida no es noble, ni buena, ni sagrada". Descubrimos lo que la vida tiene de alimaña ciega, de cebarse en sí misma. Casi todos los movimientos del universo son estúpidos, y el atentado contra la vida del niño es una destrucción de la única sacralidad de la existencia. La biología es blasfematoria. La sacralidad del niño es algo que alumbra milagrosamente en el universo, pero el légamo original acaba siempre por decir su palabra horrible contra la vida. Un niño enfermo es la visualización del suicidio incesante de la especie, es, más que un crimen, una profanación, y después de esto sólo queda la mera rutina vegetativa, abolida toda posibilidad de ascensión del hombre a sí mismo.

sábado, 21 de febrero de 2015

Elegías de Duino/ 6 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro)


DIE SECHSTE ELEGIE

Feigenbaum, seit wie lange schon ists mir bedeutend,
wie du die Blüte beinah ganz überschlägst
und hinein in die zeitig entschlossene Frucht,
ungerühmt, drängst dein reines Geheimnis.
Wie der Fontäne Rohr treibt dein gebognes Gezweig
abwärts den Saft und hinan: und er springt aus dem Schlaf,
fast nicht erwachend, ins Glück seiner süßesten Leistung.
Sieh: wie der Gott in den Schwan.
...... Wir aber verweilen,
ach, uns rühmt es zu blühn, und ins verspätete Innre
unserer endlichen Frucht gehn wir verraten hinein.
Wenigen steigt so stark der Andrang des Handelns,
daß sie schon anstehn und glühn in der Fülle des Herzens,
wenn die Verführung zum Blühn wie gelinderte Nachtluft
ihnen die Jugend des Munds, ihnen die Lider berührt:
Helden vielleicht und den frühe Hinüberbestimmten,
denen der gärtnernde Tod anders die Adern verbiegt.
Diese stürzen dahin: dem eigenen Lächeln
sind sie voran, wie das Rossegespann in den milden
muldigen Bildern von Karnak dem siegenden König.

Wunderlich nah ist der Held doch den jugendlich Toten. Dauern
ficht ihn nicht an. Sein Aufgang ist Dasein; beständig
nimmt er sich fort und tritt ins veränderte Sternbild
seiner steten Gefahr. Dort fänden ihn wenige. Aber,
das uns finster verschweigt, das plötzlich begeisterte Schicksal
singt ihn hinein in den Sturm seiner aufrauschenden Welt.
Hör ich doch keinen wie ihn. Auf einmal durchgeht mich
mit der strömenden Luft sein verdunkelter Ton.

Dann, wie verbärg ich mich gern vor der Sehnsucht: O wär ich,
wär ich ein Knabe und dürft es noch werden und säße
in die künftigen Arme gestützt und läse von Simson,
wie seine Mutter erst nichts und dann alles gebar.

War er nicht Held schon in dir, o Mutter, begann nicht
dort schon, in dir, seine herrische Auswahl?
Tausende brauten im Schooß und wollten er sein,
aber sieh: er ergriff und ließ aus –, wählte und konnte.
Und wenn er Säulen zerstieß, so wars, da er ausbrach
aus der Welt deines Leibs in die engere Welt, wo er weiter
wählte und konnte. O Mütter der Helden, o Ursprung
reißender Ströme! Ihr Schluchten, in die sich
hoch von dem Herzrand, klagend,
schon die Mädchen gestürzt, künftig die Opfer dem Sohn.
Denn hinstürmte der Held durch Aufenthalte der Liebe,
jeder hob ihn hinaus, jeder ihn meinende Herzschlag,
abgewendet schon, stand er am Ende der Lächeln, – anders.


SEXTA ELEGÍA*

Higuera: ha tiempo comprendí el significado
del exento frutecer con que cuajas sin alarde,
casi omitiendo toda floración,
tan puro secreto en el fruto oportunamente decidido.
Como la cañería de una fuente,
tu sinuosa ramazón
conduce hacia abajo y a lo alto
la savia que irrumpe desde el sueño,
sin despertar apenas,
en la felicidad de su realización más dulce.
Como en el cisne -míralo- el dios...
Nosotros, empero, solemos detenernos
jactándonos -ay- del florecer,
llegando rezagados
-traicionados así por la hojarasca-
al interior tardío
de nuestro fruto final.
En pocos asciende con tal reciedumbre
la urgencia, el acoso de la acción,
que se hallan erguidos ya en el incendio
de la plenitud del corazón
cuando la tentación del florecer,
suave como la brisa de la noche,
les llega finalmente a rozar
los párpados y la juventud de la boca;
en pocos, tal vez sólo en los héroes
y en los predestinados a desaparecer tempranamente,
a los que la muerte -jardinera solícita-
retuerce las venas
en distinta curvatura.
Ellos se arrojan por delante,
precediendo a la propia sonrisa,
como en los tiernos bajorrelieves de Karnak
la cuadriga al victorioso rey.

Próximo, extrañamente próximo el héroe
a los muertos juveniles.
No se preocupa por durar, por vivir un largo tiempo.
Su ascensión en existencia; se exalta sin cesar
y penetra en la constelación, de continuo renovada,
de su constante riesgo.
Allí pocos podrían encontrarlo.
Mas el destino,
que hoscamente nos cubre de silencio,
le canta con súbito entusiasmo
y lo arrastra a la tormenta de su mundo clamoroso.
Yo a nadie escucho como a él.
De pronto, en una corriente de aire torrencial,
me atraviesa su hondo canto ensombrecido.

Y entonces,
¡cuán gustosamente de ocultarme a mi nostalgia
de ser un niño todavía!
Oh, si yo fuera un niño,
si pudiera llegar a serlo aún
y resguardado en el seno maternal leyera,
acodado en los futuros brazos,
la historia de Sansón y de su madre-
que estéril al principio, al fin dio todo a luz.

¡Oh madre!
¿no fue ya en ti un héroe,
no inició ya en tu regazo su imperiosa elección?
Miles, hirviendo en tu seno pretendían ser él.
Pero mira: él tomó y rechazó, eligió y se impuso.
Y si un día derribó las columnas de aquel templo
fue sólo -madre- para irrumpir,
ya fuera del mundo de tu cuerpo,
en ese mundo más estrecho
donde continuaron su elección y su poder.
¡Oh madres de los héroes,
oh fuentes de ríos impetuosos!
Desfiladeros a los que, gimiendo,
se habían arrojado ya desde lo alto
del borde del corazón
las doncellas, futuras víctimas
destinadas a ofrendarse al hijo.

Porque el héroe se arrojó al asalto
a través de las treguas que brindara el amor,
y cada una de ellas,
cada latido que dio en su honor un corazón,
lo elevó aún más.
Pero él, ya distanciado,
se erguía al límite de las sonrisas
de distinto modo.
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

Rainer Maria Rilke

* Los versos 1 al 31 del poema original fueron escritos en Toledo o en Ronda, España, entre enero y febrero de 1913; los versos 42 al 44, en París, entre el final del otoño de 1913 y el comienzo del verano de 1914; los versos 32 al 41, en Muzot, el 9 de febrero de 1922.

jueves, 19 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 5 - Francisco Umbral - España


El niño en la prisión blanca de la clínica, en manos del dolor, manipulado, pinchado, dolorido, el niño entre los niños que sufren. Han entrado en la vida por el túnel amarillo de la enfermedad. El nño, mi niño, está ahí, sufriente, enfrentado a un miedo, a una magnitud superior, y lo llevan en alas blancas y sucias, lo traen en camas duras y sonoras. Me resisto a amar una creación donde los niños son torturados, escribió el francés, y lo recuerdo siempre, y lo repito, cuando el niño sufre. La creación, siniestra y mayúscula, doliendo en la carne de un niño. El encarnizamiento inútil de la vida contra la vida. Cogido en las fauces del dolor, mirando de cerca por la muerte, al niño se le rompen los ojos en cristales, se le ahuesan las manos, perdida su calidad de flores, y le viene la blancura inhumana del terror. El universo es una geometría inútil, una matemática obstinada y loca, que se cumple ciegamente, que se demuestra a sí misma vanamente, y en todo este juego de fuerzas ociosas hay siempre un niño que sufre, una víctima. El dolor de los niños, el dolor de las plantas, el dolor de las bestias. Qué tres dolores insufribles. El niño sufre como las bestias y como las plantas. Dando vagidos y perfume. La clínica es un corredor verde donde el dolor se hace razonable por un momento. La ciencia ha racionalizado el dolor en una medida discreta, y de eso se envanece. El universo, la creación, prodigiosa máquina de errores, sistema perfecto y cerrado de equivocaciones, es un gran absurdo que equivale a una gran razón. Funciona. Funciona con el dolor y la muerte de los niños, lubricado de sangre niña y fresca. Me llevo al niño, dolorido y lánguido, lejos del gran absurdo organizado, a nuestro pequeño rincón de sinrazones, al cubil de la ternura. Viene aterido de miedo, perplejo de frío, y empieza a poner orden -su orden cálido y anárquico- en las cosas. [...]

DIBUJA, el niño, escribe, hace sus primeras letras, sus primeras figuras, y es como cuando el hombre primitivo comenzó a miniar la roca de la caverna. Su caligrafía salvaje (en todo niño hay un salvaje perdido) y sus dibujos tienen el temblor de una primera delineación del mundo. Todos los niños dibujan igual, no sólo porque su personalidad no está hecha, sino porque el niño vive en el fondo común  y feliz de la especie. Se parecen todos los niños como se parecen todos los folklores y todas las culturas primitivas. Bien sabemos que la individualidad es una conquista o una perversión de la cultura. Él sólo se mueve todavía en el légamo anónimo. Todo niño es un anónimo, un primitivo, no porque lo que hace lo haga ingenuamente, sino porque su arte y su escritura nacen del fondo común, indiferenciado, arcádico, de la especie, de la humanidad. Como la artesanía, como la cerámica, lo que hace el niño no tiene nombre propio, no tiene firma, aunque el niño lo firme muy claramente, muy implacablemente, con la tozudez de un nombre recién conquistado.
Ceramista, el niño, artesano anónimo, pertenece al gran gremio de la infancia y nada más. Tiene el estilo párvulo, que es el más puro de los estilos, y de ninguna manera es un naïf, como Rousseau no lo era ni pensó nunca serlo. Todo niño, sí, es un salvaje que echa de menos su tribu, que se ha perdido en la jungla de los adultos. Y esas señales que va dejando mi hijo en el papel, en la pizarra, ese rastro de líneas, números y letras, más que un mimetismo de la cultutra adulta, es una recreación del mundo desde sus supuestos salvajes, un primer afán de interpretación y entendimiento. El cuatro que dibuja mi hijo no es un cuatro, sino la afirmación de una óptica, una fe de vida. Porque, precisamente por moverse en el reino del anonimato, de lo primitivo y comunitario, el niño no hace signos por los signos, sino que los hace por sí mismo, se afirma, se reclama en cada número, en cada letra. No es esto contradictorio con la idea de anonimato y primitivismo, sino una misma cosa. El arte primitivo afirma colectivamente, se hace por algo y para algo. En él hay un alma común que se expresa. Sólo en el arte culto, adulto, posterior, el código importa más que el mensaje. El adulto hace un cuatro cuando tiene que contar cuatro. El niño, en su cuatro, pone el alma y la vida. Se lo juega todo en cada cuatro, como el hombre primitivo en cada ciervo.
Él cree que está aprendiendo los números, o quizá ni siquiera lo cree. Lo que está haciendo, en realidad, es dejar huella de sí -de un sí mismo que es aún colectivo, infantil, puro-, señas de identidad, datos de su presente. El cuatro, para el niño, no puede ser un valor abstracto. Para el niño no existe lo abstracto (ni para el hombre: lo abstracto es una ilusión filosófica de la que ya estamos cayendo). El cuatro para el niño, es una silla o una escalera, no sólo por juego y plasticidad, sino por la sencilla razón de que las sillas y las escaleras existen, mientras que los cuatros no existen.
Mi hijo hace su cuatro, su alfabeto, sus fieras, y toda la infancia vuelve a mirarse en su pizarra. Una cosa egipcia y etrusca y salvaje y sensible, que es el primer barro del alma humana, está ya ahí. O desea "que las medicinas no se confundan de niño", entrando así en el animismo primitivo, dándoles alma a las medicinas y quitándosela a sí mismo. Haciendo surrealismo vallejiano, cultura, sin saberlo. Como no existe en puridad el pensamiento abstracto, lo que yace en el fondo del hombre es el jeroglífico, su escritura natural con imágenes, y nuestro alfabeto y nuestra numeración abstractas toman aire de jeroglífico en el cuaderno del niño, que está realizando el esfuerzo cultural gigantesco, con sus manos torpes y obstinadas, de adaptar un código a otro, de meter en nuestras estrechas abstracciones toda la vastedad de imágenes y formas que es el alma misma de la especie.

martes, 17 de febrero de 2015

Elegías de Duino/ 5 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio austrohúngaro)


DIE FÜNFTE ELEGIE

Wer aber sind sie, sag mir, die Fahrenden, diese ein wenig
Flüchtigern noch als wir selbst, die dringend von früh an
wringt ein wem, wem zu Liebe
niemals zufriedener Wille? Sondern er wringt sie,
biegt sie, schlingt sie und schwingt sie,
wirft sie und fängt sie zurück; wie aus geölter,
glatterer Luft kommen sie nieder
auf dem verzehrten, von ihrem ewigen
Aufsprung dünneren Teppich, diesem verlorenen
Teppich im Weltall.
Aufgelegt wie ein Pflaster, als hätte der Vorstadt-
Himmel der Erde dort wehe getan.
Und kaum dort,
aufrecht, da und gezeigt: des Dastehns
großer Anfangsbuchstab..., schon auch, die stärksten
Männer, rollt sie wieder, zum Scherz, der immer
kommende Griff, wie August der Starke bei Tisch
einen zinnenen Teller.

Ach und um diese
Mitte, die Rose des Zuschauns:
blüht und entblättert. Um diesen
Stampfer, den Stempel, den von dem eignen
blühenden Staub getroffnen, zur Scheinfrucht
wieder der Unlust befruchteten, ihrer
niemals bewußten, – glänzend mit dünnster
Oberfläche leicht scheinlächelnden Unlust.

Da: der welke, faltige Stemmer,
der alte, der nur noch trommelt,
eingegangen in seiner gewaltigen Haut, als hätte sie früher
zwei Männer enthalten, und einer
läge nun schon auf dem Kirchhof, und er überlebte den andern,
taub und manchmal ein wenig
wirr, in der verwitweten Haut.

Aber der junge, der Mann, als wär er der Sohn eines Nackens
und einer Nonne: prall und strammig erfüllt
mit Muskeln und Einfalt.

Oh ihr,
die ein Leid, das noch klein war,
einst als Spielzeug bekam, in einer seiner
langen Genesungen....

Du, der mit dem Aufschlag,
wie nur Früchte ihn kennen, unreif,
täglich hundertmal abfällt vom Baum der gemeinsam
erbauten Bewegung (der, rascher als Wasser, in wenig
Minuten Lenz, Sommer und Herbst hat) –
abfällt und anprallt ans Grab:
manchmal, in halber Pause, will dir ein liebes
Antlitz entstehn hinüber zu deiner selten
zärtlichen Mutter; doch an deinen Körper verliert sich,
der es flächig verbraucht, das schüchtern
kaum versuchte Gesicht... Und wieder
klatscht der Mann in die Hand zu dem Ansprung, und eh dir
jemals ein Schmerz deutlicher wird in der Nähe des immer
trabenden Herzens, kommt das Brennen der Fußsohln
ihm, seinem Ursprung, zuvor mit ein paar dir
rasch in die Augen gejagten leiblichen Tränen.
Und dennoch, blindlings,
das Lächeln.....

Engel! o nimms, pflücks, das kleinblütige Heilkraut.
Schaff eine Vase, verwahrs! Stells unter jene, uns noch nicht
offenen Freuden; in lieblicher Urne
rühms mit blumiger schwungiger Aufschrift:
»Subrisio Saltat.«.

Du dann, Liebliche,
du, von den reizendsten Freuden
stumm Übersprungne. Vielleicht sind
deine Fransen glücklich für dich –,
oder über den jungen
prallen Brüsten die grüne metallene Seide
fühlt sich unendlich verwöhnt und entbehrt nichts.
Du,
immerfort anders auf alle des Gleichgewichts schwankende Waagen
hingelegte Marktfrucht des Gleichmuts,
öffentlich unter den Schultern.

Wo, o wo ist der Ort – ich trag ihn im Herzen –,
wo sie noch lange nicht konnten, noch von einander
abfieln, wie sich bespringende, nicht recht
paarige Tiere; –
wo die Gewichte noch schwer sind;
wo noch von ihren vergeblich
wirbelnden Stäben die Teller
torkeln.....

Und plötzlich in diesem mühsamen Nirgends, plötzlich
die unsägliche Stelle, wo sich das reine Zuwenig
unbegreiflich verwandelt –, umspringt
in jenes leere Zuviel.
Wo die vielstellige Rechnung
zahlenlos aufgeht.

Plätze, o Platz in Paris, unendlicher Schauplatz,
wo die Modistin, Madame Lamort,
die ruhlosen Wege der Erde, endlose Bänder,
schlingt und windet und neue aus ihnen
Schleifen erfindet, Rüschen, Blumen, Kokarden, künstliche Früchte –, alle
unwahr gefärbt, – für die billigen
Winterhüte des Schicksals.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Engel!: Es wäre ein Platz, den wir nicht wissen, und dorten,
auf unsäglichem Teppich, zeigten die Liebenden, die's hier
bis zum Können nie bringen, ihre kühnen
hohen Figuren des Herzschwungs,
ihre Türme aus Lust, ihre
längst, wo Boden nie war, nur an einander
lehnenden Leitern, bebend, – und könntens,
vor den Zuschauern rings, unzähligen lautlosen Toten:

Würfen die dann ihre letzten, immer ersparten,
immer verborgenen, die wir nicht kennen, ewig
gültigen Münzen des Glücks vor das endlich
wahrhaft lächelnde Paar auf gestilltem
Teppich?


QUINTA ELEGÍA*
Dedicada a la señora Hertha König

¿Quiénes son, dime, esos vagabundos
aún más fugaces que nosotros mismos,
a quienes desde edad temprana urge y retuerce
sin cesar -¿para quien, por el amor de quién?-
una premiosa voluntad nunca satisfecha?
Esta voluntad los descoyunta, los dobla, los enlaza,
los despide y los vuelve a recoger.
Caen, a través de aire -aceitado,
resbaladizo- en la raída alfombra,
desgastada
por su eterno saltar; en esta alfombra
-tan perdida en el cosmos-
que colocan a modo de emplasto sobre el suelo,
como si el cielo gris del arrabal
hubiera desgarrado allí la tierra.
Mas, apenas caídos, se yerguen y dibujan
esa gran inicial de la existencia.1
Y el empellón de siempre, repetido,
derriba una vez más y como en juego
hasta a los más robustos,
con la misma facilidad que Augusto el Fuerte
arrojaba los platos de estaño de su mesa.2

Y alrededor, ay, de este centro florece y se deshoja
-lentamente- la rosa de los espectadores.
Y en torno de ese fuste
el pistilo,
fecundado por su propio polen floreciente,
da de nuevo el falso fruto
inconsciente del hastío
que ante el resplandor de la más tenue
superficie, aparenta sonreír
ligeramente.3

He allí el marchito
y rugoso luchador4
que de tan viejo sólo toca el tamboril,
inmerso en su enorme epidermis,
tan amplia
como si hubiera contenido ayer dos hombres
de los cuales uno yacería en la fosa,
sobreviviendo el otro aquí, sordo y a veces
tropezando -sorprendido-
con el exceso de esa piel que enviudó.

En cambio ved al joven, que se diría hijo
de una dura cerviz y de una monja:5
henchido reciamente
-restallante-
de músculos y de candor.

Oh vosotros
a quienes un dolor, por entonces aún pequeño,
recibió ayer como un juguete
en una de sus convalecencias
prolongadas...

Tú, que inmaduro todavía, caes
con la caída sorda que sólo los frutos conocen
una y cien veces cada día
de ese árbol de acrobacia
erigido en común6
-(que, más rápido que el agua,
ve en pocos minutos sucederse
la primavera y el verano y el otoño)-,
y que cayendo
das en la huesa de rebote:
a veces, en una media pausa,
quiere nacer en ti un rostro pleno de ternura
que se halla vuelto hacia tu madre,
escasas veces pródiga de sus muestras de amor;
mas tu cuerpo absorbe, para su superficie,
el tímido gesto apenas intentado...
Y una vez más el hombre palmotea
llamando a un nuevo brinco
y antes de que un dolor distintamente
te alcance el corazón, siempre en galope,
se anticipa a él -que le da origen-
el fuego de tus plantas,
suscitando en tus ojos el rápido fluir
de algunas lágrimas fugaces.
Y sin embargo, apunta ciegamente
tu sonrisa...

¡Oh ángel!: tómala,
corta la hierba saludable y en flor;
colócala en su vaso,
consérvala junto a esas alegrías
todavía no abiertas a nosotros.
Y allí, en una graciosa urna,
celébrala con esta leyenda floral:
"Subrisio Saltat."7

Y luego tú, querida,
a quien en mudo salto
sobrepasaron los goces
más atractivos y excitantes:
quizá tus faralaes
son dichosos por ti,
o tal vez sobre tus senos
-juveniles y turgentes-
la metálica seda verde
se siente interminablemente
mimada y satisfecha.
Tú, fruto mercantil de indiferencia
siempre diversamente colocado
sobre todas las balanzas oscilantes
del equilibrio,
abiertamente ofrecido al público
bajo los hombros.

Dónde, oh, dónde se halla el sitio
-caro a mi corazón-
en que ni lejanamente lo podían,
desgajándose aún uno del otro
como bestias que apareándose
están mal acopladas, donde el peso aún gravita
y donde todavía caen los platos
girando en torbellino desde sus bastones-
columnas que en vano
continúan dando vueltas...

Y de improviso, en este penoso "ningún lado"
se encuentra el lugar indescriptible
donde la pura insuficiencia
incomprensiblemente se transmuta
-saltando sobre sí-
en esta hueca demasía,
donde la suma de cifras infinitas
se resuelve en nulidad.

¡Oh plazas, plaza de París,
escenario infinito
donde Madame Lamort,8
la modista,
ata y envuelve
los inquietos caminos de la tierra
-cintas interminables-
y los trenza e inventa con ellos nuevos lazos,
cocardas, flores, frutas
de artificiales tintes
para adornar los módicos sombreros invernales
del destino...!

Ángel: ¿hay una plaza
que nosotros no hemos visto,
donde -ricos- los amantes mostraran
sobre una alfombra inexpresable
lo que aquí nunca lograron:
las altas y audaces figuras
del frenesí del corazón, sus torres de placer,
escalas sostenidas tan sólo una en otra
-temblorosas-
allí donde no existe el suelo?
Y en esa plaza lo podrían, rodeados
por una multitud silenciosa
de espectadores muertos.
¿Arrojarán ellos sobre el tapiz
-por fin apaciguado- sus últimas monedas
siempre ahorradas, atesoradas
desde siempre, desconocidas por nosotros
y eternamente válidas, efigies de la dicha,
ante aquella risueña pareja
que sonreiría finalmente
con su sonrisa verdadera?
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

Rainer Maria Rilke

* Escrita en el castillo de Muzot, en Sierre, Suiza, el 14 de febrero de 1922.
1 En esta imagen alude Rilke a un cuadro de Picasso que viera en casa de la señora König, Los Saltimbanquis, cuyas figuras verticales parecen contrahacer una a modo de D mayúscula, letra inicial, en alemán, del vocablo "existencia" (Dasein), de la que el arlequín constituiría la línes vertical y el niño más chico el final de la curva. La mujer del extremo está fuera del grupo de los saltinbamquis, y más bien representa al espectador.
2 Príncipe elector de Sajonia, se divertía deformando platos de estaño con la mano.
3 Glosa de toda la estrofa, resumida del comentario de Leishmann: los saltimbanquis configuran la flor del espectáculo, su centro, su pistilo; con sus saltos sobre la tierra, como manos de mortero o triturador, o pisones (“Stampfer”), levantan polvo florido, que a manera de polen los refertiliza. Así surge la rosa del espectáculo, aparente o falsa flor del tedio, que provoca la sonrisa igualmente superficial, ligera y luminosa, del tedio de los propios saltimbanquis.
4 En el cuadro de Picasso, el ex-hombre fuerte, el saltimbanqui gordo, con gorro. Se describen luego otras figuras: el "Hijo de un pescuezo y de una monja" es el arlequín; quien cae "con el golpe que sólo las frutas conocen", es el niño más pequeño; la mujer del extremo es acaso su madre "rara vez tierna"; del adolescente del tambor no se hace mayor mención; la muchacha es la “fruta de la serenidad, llevada al mercado”.
5 Rilke hace referencia en este verso al conde de Chamilly, llamado Nuca Fuerte por su poderoso occipucio, y a su amante, la monja portuguesa Mariana Alcoforado, configurando con ello una imagen de la suma carnalidad y la suma espiritualidad que coexisten en los amantes.
6 El árbol humano —en gimnasia, pirámide— que construyen, montados unos sobre otros, los saltimbanquis.
7 La mayor parte de los comentaristas y traductores de Rilke coinciden en asignar a esta expresión en latín medieval el significado de "la sonrisa danza". Sin embargo, también ha sido interpretada como una abreviatura a la manera de las inscripciones en los viejos tarros de farmacia, que completa rezaría "Subrisio Saltatoris", es decir, "la sonrisa del que salta", esto es, del acróbata.
8 Evidente juego de palabras que hace el poeta con los términos franceses la mort, la muerte.

domingo, 15 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 4 - Francisco Umbral - España


Mi hijo en el mercado, entre el fragor de la fruta, quemado por todas las hogueras de lo fresco, iluminado por todos los olores del campo. La fruta -ay- le contagia por un momento su salud, y el niño ríe, mira, toca, corre, sintiendo y sin saber un mundo natural, el bosque poblado en que se encuentra, esa consecuencia de bosque que es un cesto de fruta, una frutería. Mi hijo en el mercado, entre el crimen matinal de las carnes, el naufragio azteca de los pescados y, sobre todo, entre los fuegos quietos de la fruta, que le abrasa de verdes, de rojos, de malvas, de amarillos. Él, fruta que habla, calabaza que vive, está ahora entre los dos fuegos, entre los mil fuegos fríos de la fruta, y grita, chilla, ríe, vive, lleno de pronto de parientes naturales, primo de los melocotones, hermano de los tomates, con momentos de hortaliza y momentos de exquisita fruta tropical. Es como si le hubiéramos traído de visita a una casa de mucha familia, a un hogar con muchos niños. Como cuando se reencuentra con la hueste ruidosa de los primos. Qué fragor de colores en el mercado de fruta. El niño corre entre las frutas, entre los niños, entre los primos, entre los albaricoques.

Las letras, el alfabeto, la escala de las vocales, el niño, a la sombra de la madre, pájaro ligero por el árbol de la gramática. Salta, va, viene, se equivoca de rama, vuelve a saltar, dice la a, la e, ríe con la i, se asusta con la u, vive.
Por ahí empieza la historia, hijo, empieza la cultura, el mundo de los hombres, ese juego largo que hemos inventado para aplazar la muerte. Las letras, insectos simpáticos y tenaces, juegan contigo como hormigas difíciles.. Estás empezando a pulsar las letras, las teclas de un piano que resuena en cinco o diez mil años de historia.
Cada letra tiene un eco de lenguajes pasados, de idiomas milenarios, que tú despiertas inocentemente, como cantando dentro de una catacumba. Eres el paleontólogo ingenuo de nuestro mundo de jeroglíficos. Somos tus antepasados remotos, esfinges egipcias, dioses griegos, estatuas etruscas, dialectos nubios. Me siento -ay- más del lado de la Antigüedad que del lado de tu vida reciente. Se me incorpora una cultura de siglos que contempla impávida, fósil, tu pajareo alegre por sobre las losas del pasado. Cada letra es una losa que pisas, cada palabra es una tumba. Estás jugando en el cementerio, como los niños de aquella película, porque las palabras son cadáveres, enterramientos, embalsamientos de cosas. Tú, que eres todavía del reino fresco de las cosas, te internas ahora, sin saberlo, en el reino sombrío de las palabras, de los signos.
Pero los signos y las palabras, para ti, también son cosas, porque estás saludable de realidad, y juegas con las letras como con insectos o guijarros. No sé si vale la pena arrancarte del mundo de las cosas. No sé si vas a perdurar en el mundo de las ideas ni en ningún mundo, hijo, pero asisto, dolorido y consternado, a ese cruce de fronteras, a esa confluencia de atrios que atraviesas alegremente, de la mano de la madre.

Vienes del pájaro y vas a la catacumba. Vienes de la hortaliza y vas al concepto. No sabes, hijo, cuánto cuesta, luego, volver a reconquistar las cosas, que el idioma sea otra vez voluptuosidad, descubriminto, fruta, y no diccionario. Es un largo camino de vuelta el que inicias ahora. ¿Vas a tener tiempo de recorrerlo?
Quisiera hacer yo contigo ese camino, hijo. No podremos ni tú ni yo, seguramente. No vamos a sobrevivir ninguno de los dos, quizá, tú por prematuro y yo por tardío. Me alegra, me entristece, me duele, me desconcierta verte jugar con fuego, con el fuego apagado y triste de las palabras, que en tus manos y en tu voz vuelve a ser resplandor, llama, alegría, quemazón, locura, canto.
Mi a no es tu a. Mi a es lúgubre y sabia. Tu a es una nota de luz en tu paladar, en el paladar claro del mundo. Qué juego de luces y sombras. A veces el idioma se cierne sobre ti y me asusto. A veces echas tú sobre él un desconcierto alegre de juego. Qué miedo, qué alegría, qué susto, qué tristeza, verte aprender las letras.

HIJO, salto que da el día
hacia otro día.
Pimpirincoja,
zapateta,
pingaleta en el aire
hacia otro aire.
Por ti van las semanas
a patacoja,
sin pisar raya.
El que pisa raya pisa medalla.
Cuando no sabe el mundo
qué paso dar,
y todo está en suspenso,
como trabado,
saltas tú a pies juntillas,
salvas la zanja,
y vuelve el día a correr,
claro en tu agua.