Lori McKenna - The Bird and The Rifle (2016)

domingo, 25 de septiembre de 2016

Noticia universal - Kyra Galván - México


Noticia:
varios telescopios espaciales
captaron este episodio:
a la galaxia bautizada como "Rueda de Carreta"
algo extraño le sucedió,
algo como de "Un paso al más allá".
A una galaxia chiquititita
se le antojó el viaje de la Carreta y
saltó, se zambulló o se clavó
-es difícil en estos casos escoger el verbo adecuado-
y provocó, desató o incitó
la formación de múltiples estrellas.
De este milagro también dio cuenta Chandra,
el observatorio espacial de rayos X.
Inédito

viernes, 23 de septiembre de 2016

Pequeños lloros - Ana Merino - España


Yo sé que va a llover cuando de noche sabe a lluvia el aire.
Lo sé porque me duele la espalda
y tengo en la boca canicas de colores de tardes de recreo.

Guardaba los secretos en cajas de cartón agujereadas
llenas de gusanos blancos y suaves
y lloraba cuando decidían volverse mariposas
y cubrirlo todo con huevos diminutos.
Lloraba y hacía llorar a la lluvia
y desconsolada mojaba los pies en cada charco.

También tuve galápagos que enterré en cajas grandes de cerillas
y lloré mucho porque aquéllos no se volvieron nada,
decidieron un día darse la vuelta y esperar a morir panza arriba.

Es triste siendo niña ver morir pequeños seres
que tantas horas pasan robándote los ojos.

Descubrir a la carpa ahogada en su locura
y cuidar estorninos caídos de su nido
y muertos desde el instante en que su madre los tira.

Enterrarlos a todos y cubrir su silencio con flores de jara
e imitar a los viejos en sus rezos susurrados
y creer que están vivos porque brilla la noche
y los grillos son ellos que se han vuelto fantasmas.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Las palabras - Jorge Fondebrider - Argentina


Picas españolas clavadas sobre Flandes,
bombas sobre Londres,
naves que se hundieron en un fulgor de espuma,
los ojos de una griega,
la toma de Damasco y ver el mar,
el sueño y la barbarie,
la luz en las estepas de los tártaros,
el humo de las pampas,
zarzas que arden,
la dama que murió sobre una barca buscando a Lanzarote
y un voluntario caído en el Jarama
son episodios que siempre repetimos
porque creemos dignos de contar.
Pero no sólo es trágico el destino por énfasis o sangre.
Cuando se vuelve competente por unas pocas horas,
incluso el que nos toca a veces nos sorprende,
aunque después de un tiempo, su referencia apenas
insista vanamente en las palabras que se escriben,
expuestas a un lento deterioro
ausente de piedad.

lunes, 19 de septiembre de 2016

LII Justas Literarias, Reinosa 2016 - En una exposición de Modigliani / El lenguaje invisible - Paula Álvarez Carnero - España / Gorigori - Santiago Casero González - España


El pasado viernes se celebraron en Reinosa las LII Justas Literarias, premio nacional de poesía que convoca anualmente el Ayuntamiento de esta localidad, resultando ganadora la poeta gallega Paula Álvarez Carnero por el poemario El lenguaje invisible, con Menciones de Honor a José Carlos Díaz Pérez, residente en Gijón, por la obra El diario de los espejismos y a Joaquín E. Tejeiro Trompeta, domiciliado en Ciempozuelos (Madrid), por el trabajo titulado Deja que me acerque. Los poemas finalistas fueron: Límites y Efugio
Álvarez Carnero ya había obtenido el premio en 2006 por Cuerpos deshabitados

Por otra parte, el relato La lógica de los ahogados, del escritor castellano-manchego Santiago Casero González, fue designado ganador del XLIV Premio Nacional de Cuentos José Calderón Escalada, con Menciones de Honor para los relatos Enésimo intento, de Manuel Francisco Rodríguez García, domiciliado en Madrid, y Baile de zapatos. de María Blázquez, residente en Zafra (Badajoz). Los relatos finalistas fueron: En paralelo, Del vivir ceniciento y Crímenes imaginarios.

Ambos premios tienen una dotación económica de 3000 euros.

El mantenedor de la velada fue el periodista Joaquín Arozamena, de ascendencia campurriana.

El jurado, reunido el 3 de septiembre, estuvo compuesto por:

Sergio Balbontín Ruiz, Julio Ceballos Rodríguez, Celia Corral Cañas, Daniel Guerra de Viana, Jesús Maquiera Díez y Alberto Ruiz Yesa, actuando como secretario el Concejal de Cultura Daniel Santos Gómez.


En una exposición de Modigliani

Paul Alexandre sobre fondo verde
mira a Lunia Czechowska con descaro,
su escote de avenida es la víspera
de un rostro más enigmático que bello.
Al final del pasillo halógeno
la rubia René repasa en alto
las noches de brandy y cabaret
en el café teatro Montparnasse
(Madame Pompadour hace que no oye).
En la misma pared psiquiátrica
el retrato de Diego Rivera
rellena con mil pájaros exóticos
los ojos vacíos de Elvira
que pide silencio al violonchelista:
Jeanne va a suicidarse
y el desnudo doloroso quiere dormir.


EL LENGUAJE INVISIBLE
                                                            Para Xavier,
                                                            el lugar donde soy feliz.
(el lenguaje invisible)

Quiero quedarme aquí,
sobre la piel escrita
en una caligrafía
que no me pertenece.
Dibujar tu cuerpo de acantilado
en las vocales del tacto,
y borrar, tal vez, un par de palabras.
Habitarte en el idioma más bello:
el de lo posible,
para que nuestro verano infinito
se construya a raíz y sin escombros.
Respirarte, cada noche, a media voz,
y susurrar,
en el lenguaje invisible: "contigo".
Acercarme a tu espalda
vestida de secreto,
es asumir la condición de sílaba muda,
de mujer indecible,
y yo vivo para ser exclamada.
Así que alójate bajo mi vientre
de huertos abandonados,
y pronúnciame
con énfasis de luz al mediodía
porque no hay más sombra que el silencio,
porque sólo muere lo que no se nombra.



Gorigori
¡Ay vida, no me mereces!
Juan Rulfo, Pedro Páramo.

Desde que el médico le dijo: le quedan apenas tres meses de vida, y eso con suerte, Darío no ha dejado de pensar en la música con la que le gustaría dejar este mundo. Mentiría si dijera que no se ha dedicado a otra cosa en este tiempo, porque de hecho ha accedido, generoso, a que los demás se despidieran de él, ya que no él de ellos. Siempre ha pensado, como Céline, que es el mundo el que nos deja y no al revés. Bueno: lo cierto es que se puso enseguida a perseguir la última melodía: la coda. Naturalmente (seguro que lo habéis adivinado) su primera opción fue la llamada música clásica. Nada parece más adecuado para expirar, o para las exequias de quienes ya lo han hecho, que la música culta. Sin embargo, pronto fue presa de distintas vacilaciones. La primera, más bien de carácter general: ¿Tendría que sonar un aparato, por descontado de alta fidelidad, o debería hacerse acompañar en sus últimos estertores de músicos de carne, hueso y frac? Darío se decantaba abiertamente por lo segundo (pasa una vez en la vida, ¿no?), aunque… Obvio: la elección y la duda estaban muy condicionadas por el número de los intérpretes necesarios y por la relativa exigüidad de su apartamento: si se tuviera que dar el caso de intentar embutir una filarmónica o un coro en su dormitorio (rincón que había elegido para abandonar el mundo), esta opción perdía posibilidades (y con ella los requiems y las misas solemnes). Baste decir que en una ocasión en que convaleció no recuerda ya de qué (siempre ha sufrido de fracturas y angustias), los vecinos y amigos le visitaban (¡torrenciales!) aguardando en el descansillo de la escalera la oportunidad de ofrecerle su liviana conmiseración: así de mezquina con la sociabilidad la moderna arquitectura urbana reservada a la mesocracia del siglo XXI. En consecuencia: descartada la muchedumbre. De hecho, Darío concluyó que ni siquiera era factible un cuarteto en aquel nicho (¡oh, desafortunado tropo!), incluso si sus miembros fueran enjutos virtuosos eslovacos. Claro está: solución de urgencia: la música enlatada permanecía vigente, amén de los solistas. Por supuesto la primera quedaba reservada para una desesperación ulterior (¿de nuevo una metáfora cruel?): sólo si eran inviables los semovientes. El dilema del solista (bonito título, acudes en vano ya) incluía como es natural el de su instrumento. El piano no podía ser más tentador, pero persistía la dificultad del espacio, ya que no contemplaba otro que el de cola (su luto barnizado y cegador). El violonchelo lo tentaba también (ah, esas suites implorantes de Bach, de Cassadó…), pero la textura de sus arpegios invitaría a los presentes con toda seguridad a un llanto que, por inducido, se le antojaba deshonesto (estético, por así decirlo): si tenía que haber lágrimas, que las hubiera, pero que no vinieran de fuera, por favor. Instrumentos más afilados, menores, introducían por su parte un elemento castizo, un poco verbenero (el violín, la trompeta, ¡la guitarra!), de manera que llegado a este punto no podía ocultar que estaba empezando a desanimarse (¿por qué le agreden así los calambures?). Así pues: cambio de registro. Acudió esperanzado al jazz. Huelga decir: subsistían irresueltos los inconvenientes de la multitud sonera agolpada imposible en su cuarto, pero asimismo deploraba tener que renunciar a Oh, cuando los santos van marchando (etcétera): eso sólo podía ejecutarlo (ay) una banda nutrida cuyos miembros hicieran rotar sus cinturas al albur de la melodía. Se consolaba pensando que de todas formas en esa ciudad nadie sabía interpretar correcto un nuevaorleans. Parecía fácil: el prestigio de lo virtuoso, del talento, lo gozaban el be-bop, el freejazz, la fusión, pero tocar bien un tema tradicional de esos que insinúan sinsabores del sur es de lo más difícil del mundo, y aquí la gente lo toca falso, como de fiesta de colegio. Así que quedaba igualmente el recurso del solista: Darío veneraba a Bill Evans, su voluptuoso swing, mas, aparte el problema antedicho del piano, ¿traer a un impostor? Y aceptando entonces a un falsario que se hiciera pasar por un genio ya extinto (Oh, cuando los santos van marchando, Señor, yo quiero estar con ellos…), ¿no sería preferible Chet Baker?: Sí, aparentemente tiene éste una trompeta, pero… Tiene una garganta de viento, tiene en su boca una razón para seguir viviendo que al trompetista se le olvidó ese día en que se arrojó por una ventana de su hotel. Tal vez la trompeta, pensó, su alboroto saltador, desconcertaría además las actitudes premeditadas de los asistentes a su exitus (¿qué hacer: bailar, sollozar, tener miedo…?). Por lo demás: lo que Darío habría deseado por encima de todo: Keith Jarrett, el concierto de Colonia, junto a su lecho doliente, pero, ay, ese concierto se disipó para siempre una noche de enero de 1975 y apenas queda un pálido eco en grabaciones grises que se pretenden un reflejo de aquel resplandor: un vano consuelo: su registro en un disco. Por no hablar de los recuerdos: Esther y Darío, mochila al hombro, recién bajados de un tren en Colonia, jóvenes aún, asistiendo a esa música extática y prefigurando un futuro juntos que luego se truncó. Total: más desaliento. Consecuentemente, bajó unos peldaños: música mexicana. Sospecha que ha pensado en ella sólo por su madre, que suspiraba por Vicente Fernández (decía que se parecía a su padre) y, nunca sabrá por qué, por Rocío Dúrcal. Sólo la posibilidad de morir escuchando una ranchera (¡¡¡…de qué manera te olviiiido!!!) le quitaba las ganas de vivir. Pero, atención: No tener deseos de vivir no basta para querer morir. ¿Y la música italiana? Este asomo de pensamiento le convenció de que se estaba pasando con las dosis de morfina. Y al fin, postrero: ¡el tango! El tango sí, por favor. Qué música sabia y conmovedora: justificaba el haber vivido y hacía tolerable el no vivir. Pero: ¿Qué tango? ¡Qué duda! No obstante: lo primero…, mmm…, buscar a un tanguista dispuesto a cantar a un moribundo. O mejor, elegir el tango y luego…. Desde el principio tuvo claro esto: una letra que no aludiera ni siquiera de refilón a la muerte o a la vaporosa esperanza en el más allá. ¡Hay tantas zozobras equivalentes…! Barajó Cambalache, Mano a mano, Malena, Caminito, Sur… pero prevaleció Tomo y obligo. Juzguen ustedes: Tomo y obligo, máaandese un trago, que hoy nesesito el recuerdo matar; sin un amigo lehos del pago, quiero en su pecho mi pena volcaaar. Beba conmigo, y si se empaaaña devezencuaaando mi voz al cantaaar, no es que la shore porque me engaaaña, yo sé que un hombre no debe shoooraaar… Una duda le atenazaba, casi una culpa: la canción no debía apelar de ninguna de las maneras al llanto (ese era el trato) y ésta lo hacía con largura, pero al mismo tiempo cómo le agradaba lo incorrecto del mensaje: hablaba de mujeres malas, de mujeres traidoras: de todas las mujeres. Sí, en efecto, pensaba en Esther, de quien había estado tan enamorado que soportó heroico sus deslealtades y sus antojos; que él hubiera perpetrado a su vez actos parejos e incluso peores no le había exonerado de un sufrimiento redentor. Más aún: todo ello le había reafirmado en el triunfo del amor. Como Platón, creía firmemente en la potencia aglutinadora de Eros, aunque…, estaba seguro ahora de que se había comportado como un auténtico imbécil. Esta certeza suponía un enfoque liberador: no se veía obligado a valorarlo todo con los ojos del enamoramiento profundo en el que había llegado a caer, ni del remordimiento filoso de quien ha sido injusto con el ser amado, y más en el trance inminente de… En fin: nada podía satisfacerle más que marcharse del mundo dando un portazo, ya que ese mismo mundo había tenido a bien deshacerse de él. Así: que el tango acudiera. Por último: contratar al artista. No fue difícil. Abundaban entonces en la ciudad argentinos trasterrados que siempre parecían esperar algo (sí, pero qué, pero qué), mezclados con la vida, y, entretanto: lo que se dispusiera. Compareció un poeta pobre de Coronel Pringles que vendía versos en el Madrid de los Austrias y cantaba tangos a las japonesas en las terrazas alrededor del Prado con un bandoneón sobado. Al instante lo sedujo el montante ofrecido por Darío. Espera mi llamada, le dijo. Y ya está, se dijo. Ahora sólo toca esperar. Y de esa manera: unos poquitos días se juntaron con otros tantos que vinieron luego y la muerte llamó al fin una mañana a su puerta, si bien cauta: lo notó en el aliento, agrio, sanguíneo. Telefoneó a sus amigos: venid. Se puso un pijama (de marca, eh), se encamó, dejó todo a la inercia de lo proyectado (el cantante: avisado por SMS) y a esperar, a esperar. Pronto le sobrevino una modorra en penumbra que… Oyó pasos en la antesala, oyó susurros, algo que se preparaba, como si fuera… Qué frío. Nunca lo supo pero el argentino no vino: sin papeles, repatriado. ¿Y ahora…?, cavilaron los amigos. Santiago, uno de ellos, sin más, empieza entonces a cantar recordando sus tiempos de monaguillo. Latinajos incomprensibles en el duermevela. Lástima que él ya no… (Parece que ahí fuera suena una música ¿no?…). Un gorigori (un unísono) ejecutado voluntarioso y solemne por sus amigos que, si bien desconcertados, están seguro de hacer lo correcto en la muerte de Darío.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Un caso sencillo - Benjamín Prado - España


Hoy llueve y es domingo. Hay hombres grises
tatuados en las calles. Así empieza esta historia:
llueve sobre la flor negra de los paraguas
y los árboles crecen junto a un Ganges de asfalto.

Teresa ve en el cielo nubes color frambuesa
que cruzan la ciudad como coches-patrulla.
El trébol de la luz se abre en sus ojos verdes
y el nácar de las horas brilla en sus labios fríos.

No ocurre nada más.

Yo me acerco a Teresa y la llamo arco iris,
corola de las noches y yema de los días.
Las mujeres que pasan brillan igual que arcángeles,
pero sus sombras hierven en un infierno de agua.

No ocurre nada más.

A veces es tan fácil:
el que quema una carta, inventa la ceniza;
quien resuelve una suma, ordena el Universo;
el que mira la sangre, ve una rosa incompleta.

No ocurre nada más.

Miro la tarde oscura, entre óxido y caoba.
El reloj va tallando el diamante del sueño.
El aire huele a menta y sabe a plomo.

No ocurre nada más.
A veces
es tan fácil.

Por las fuentes heladas del invierno
se alejan, patinando, su corazón y el mío.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Celos que matan pero no tanto - Teresa Calderón - Chile


Hombres de mala ley, animales de mierda
que no son capaces de hacer nada que no sean desgracias.
(García Márquez)

1
Ya había visto sus ojos en los tuyos
que no me miran que se mueren por verla.

2
Era un desliz definitivo.
Desde un bolsillo de secretos
un nombre de mujer
tu letra un número
la prueba final en la estructura mítica del héroe
-consultar Villegas, Juan- desde el bolsillo
esa mujer
ese cuerpo de tus delitos.

3
Mañana marcaré ese número.
Repetiré la operación hasta dar con esa palomita.
Pienso decirle menos cosas de las que pienso.
Pero a ti, te lo advierto
nos encontraremos los tres y sean cuales fueren los resultados
te lo prometo
aquí va a haber un muerto
habrás un muerto en la familia
querido mío.

4
Como ves
o como no ves
estoy pendiente de ti.
Estoy el colmo de ti.

5
He aguzado el olfato
para husmearla mejor en tus camisas
en los jardines de tu pecho.
Si captaras la sutileza de mi oído
qué magnífico espectáculo
pegado a las puertas
el ojo a las cerraduras
como el náufrago a su tabla
y todo el océano para él solo.

6
Todos mis sentidos alerta pueden reconocerte
a una distancia de metros
bajo una niebla de película
en pleno centro de Santiago
a las doce del día en medio de la gente, animal.
Todos mis sentidos alerta.
Dije todos menos el sentido del humor.

7
Cuídate de mí, maldito, porque te amo.

8
Más vale que te cuides.
Tú sabes una caída en la ducha
esas son caídas fatales me entiendes
un remedio de más o equivocado te fijas
un accidente casero cualquiera tiene en la vida
arreglabas un enchufe y ¡oh, sorpresa, Fiat Lux! me comprendes
o el cuchillo de cocina guardado adentro de la cama
o el gas lento pero seguro no olvidemos.
Por eso, cuídate mejor que te encuentre confesado
oleado sacramentado y todo si te descubro amadísimo héroe.

9
Te acaricio te araño con táctica felina
porque estás mintiéndome
porque te juro lo sé todo
aunque no digas ni pío.

10
Tardaría la noche entera enumerando
los espantos que te haría
si se confirmaran mis -según tu miserable opinión-
infundadas sospechas.
No tienes idea la de horrores que soy capaz
mi vida
la infinidad de maleficios que prepararía en la cocina
hasta dar con esa pócima
que te pusiera fuera de combate.

11
En esta guerra sangrienta
las matemáticas están claramente de tu parte
yo soy una y una no es ninguna.
Ante una ventaja así no cabría más
que deponer esas armas con las que no cuento
y saludarlos con mis mejores deseos:
que sean tremendamente infelices que se pudran.
Quiero que reciban periódicamente
a la cigüeña cargada de imbunches*
que no falten al himeneo las reinas de la muerte,
las parcas de infalibles tijeras
¡Oh, Mnémesis
diosa fantástica de la venganza!

martes, 13 de septiembre de 2016

Carta de ajuste - Inmaculada Mengíbar - España


Después de tanto amor y de tanto fracaso
Claudio Rodríguez

El destino se disculpa
Juan Carlos Rodríguez

y si amo el mundo sólo es
por su violento e ingenuo amor sensual,
así como, confuso adolescente,
lo odié un día, cuando en él me hería
el mal burgués que en mí -burgués- había
P. P. Pasolini

Lentamente, la vida
fue pasando en silencio como un invierno triste,
como un invierno lleno de gente solitaria
saliendo de los cines,
abrochando despacio sus abrigos, su miedo,
tal vez su indiferencia, quién sabe, sus recuerdos
ateridos de frío. Lentamente,
bajo un reloj de sol ficticio de domingo,
bajo estrellas puntuales que guiaban los sueños,
se iba alejando el mar,
mientras se sucedían los otoños, sus hojas
cayendo entre mis versos,
las semanas, los meses de lluvia en los cristales
de todas las ventanas que daban a la vida
y la tristeza era
un autobús lentísimo
que iba parando en medio de la noche.

Y ahora estás aquí. Qué claramente
puedo volver a ver tu cuerpo entre las sábanas.
Casi de madrugada, mientras duermes y alumbran
las farolas apenas la habitación, abajo
se confunden las luces de neón con la lluvia
y hay paraguas y coches y cazadoras negras,
gente que entra y sale de los últimos pubs,
un oscuro calor de ginebra y de olvido
o acaso esa manera de estar solos de noche.
Y parpadean las luces de colores, los rótulos
comerciales y brillan
en ese río negro
del asfalto los faros
de algún coche que arranca,
de algún taxi que pasa dejando estelas verdes
de luz. Puedo escuchar
vagamente una música lejana que me lleva
dulcemente al sonido
de tu respiración. Qué extraña ahora
esa ciudad oscura donde crecí, sus calles,
su latido cansado de historia detenida,
sus estaciones lentas, sus andenes de otoño,
sus trenes imposibles, sus sueños para nunca,
y aquella soledad
latiendo
como un pájaro,
como un miedo pequeño que cabía en las manos.
Y aquella luna triste de todos los armarios.
Esa ciudad que me hizo crecer tan solitaria,
que me enseñó a morir con los días de lluvia.
Y ahora estás aquí. Qué claramente
puedo volver a ver tu cuerpo entre las sábanas.

Casi de madrugada, mientras duermes y alumbran
las farolas apenas la habitación, me acerco
muy despacio a tu cuerpo desnudo que ahora duerme,
que ahora me hace pensar
en la vida, con esa sensación tan extraña
que nos presta la noche,
el alcohol o los labios que se acaban de amar.
Tus labios, que en un momento
beso muy suavemente,
muy levemente, casi
con miedo y con dolor,
y me escondo detrás de tu espalda dormida
para que la tristeza ya no pueda encontrarme.

Si bastara olvidar para empezar de nuevo.

Igual que cuando pasa una ambulancia
uno se siente en medio de sí mismo de pronto,
detenido un instante al borde de sí mismo,
así a veces me siento cuando cruza
esa ciudad oscura mi recuerdo.
Entonces,
acudo siempre en busca de alguna cosa tuya,
tu voz, ciertos momentos
de silencio, tu risa,
un beso tuyo que
aún guardo entre mis labios
y este reto de hacer
más hermosa la vida sobre todo.

Las mañanas de sol me recuerdan tu cuerpo.
Me hacen volver a ti, recién amanecida,
mi corazón cruzando casi en sueños la vida
de tu piel a mi piel.
Y aquella habitación, la luz aquella
primera del deseo
invadiéndolo todo. El mar de sábanas
y nosotros igual que naúfragos hermosos
abrazados en medio de la espuma.
Después, frente al espejo, acariciada
por el suave tacto de tu ropa,
a solas un instante, de puntillas,
recuerdo que la vida,
desde dentro
de la camisa azul de tu pijama,
se hizo de pronto clara, llena de sol, radiante,
impúdica y terrible
como nunca,
y me sentí más cerca que nunca de mí misma.

Si bastara olvidar.

Pero también aquí la vida es mentirosa.
Y a veces es la tarde que no acaba de irse,
su chantaje poético,
una red de nostalgia queriendo retenerla.
A veces son las noches lentas como el olvido,
los momentos en que uno
se busca inútilmente, la consciencia
de que te sigo amando, sobre todo.
Y está la resistencia de los días de lluvia,
las tardes de domingo, los sábados sin nadie,
las facturas que pasan el sueño o la memoria,
esas letras vencidas de las frases de amor.

La soledad, el cierre
por defunción de todo,
cuando todo parece, como hoy, tan ajeno.
Y duele esta manera de andar sola, hace daño
como un invierno triste
tanta espera,
después de tanto amor y de tanto fracaso.

Quién sabe si después de tanto desencanto
no volverá el destino a disculparse.
De Los días laborables