Eva Cassidy - American Tune (2003)

domingo, 1 de febrero de 2015

Elegías de Duino/ 1 - Rainer Maria Rilke - República Checa (Imperio Austrohúngaro)


DIE ERSTE ELEGIE

Wer, wenn ich schriee, hörte mich denn aus der Engel
Ordnungen? und gesetzt selbst, es nähme
einer mich plötzlich ans Herz: ich verginge von seinem
stärkeren Dasein. Denn das Schöne ist nichts
als des Schrecklichen Anfang, den wir noch grade ertragen,
und wir bewundern es so, weil es gelassen verschmäht,
uns zu zerstören. Ein jeder Engel ist schrecklich.
Und so verhalt ich mich denn und verschlucke den Lockruf
dunkelen Schluchzens. Ach, wen vermögen
wir denn zu brauchen? Engel nicht, Menschen nicht,
und die findigen Tiere merken es schon,
daß wir nicht sehr verläßlich zu Haus sind
in der gedeuteten Welt. Es bleibt uns vielleicht
irgend ein Baum an dem Abhang, daß wir ihn täglich
wiedersähen; es bleibt uns die Straße von gestern
und das verzogene Treusein einer Gewohnheit,
der es bei uns gefiel, und so blieb sie und ging nicht.
O und die Nacht, die Nacht, wenn der Wind voller Weltraum
uns am Angesicht zehrt –, wem bliebe sie nicht, die ersehnte,
sanft enttäuschende, welche dem einzelnen Herzen
mühsam bevorsteht. Ist sie den Liebenden leichter?
Ach, sie verdecken sich nur mit einander ihr Los.
Weißt du's noch nicht? Wirf aus den Armen die Leere
zu den Räumen hinzu, die wir atmen; vielleicht daß die Vögel
die erweiterte Luft fühlen mit innigerm Flug.

Ja, die Frühlinge brauchten dich wohl. Es muteten manche
Sterne dir zu, daß du sie spürtest. Es hob
sich eine Woge heran im Vergangenen, oder
da du vorüberkamst am geöffneten Fenster,
gab eine Geige sich hin. Das alles war Auftrag.
Aber bewältigtest du's? Warst du nicht immer
noch von Erwartung zerstreut, als kündigte alles
eine Geliebte dir an? (Wo willst du sie bergen,
da doch die großen fremden Gedanken bei dir
aus und ein gehn und öfters bleiben bei Nacht.)
Sehnt es dich aber, so singe die Liebenden; lange
noch nicht unsterblich genug ist ihr berühmtes Gefühl.
Jene, du neidest sie fast, Verlassenen, die du
so viel liebender fandst als die Gestillten. Beginn
immer von neuem die nie zu erreichende Preisung;
denk: es erhält sich der Held, selbst der Untergang war ihm
nur ein Vorwand, zu sein: seine letzte Geburt.
Aber die Liebenden nimmt die erschöpfte Natur
in sich zurück, als wären nicht zweimal die Kräfte,
dieses zu leisten. Hast du der Gaspara Stampa
denn genügend gedacht, daß irgend ein Mädchen,
dem der Geliebte entging, am gesteigerten Beispiel
dieser Liebenden fühlt: daß ich würde wie sie?
Sollen nicht endlich uns diese ältesten Schmerzen
fruchtbarer werden? Ist es nicht Zeit, daß wir liebend
uns vom Geliebten befrein und es bebend bestehn:
wie der Pfeil die Sehne besteht, um gesammelt im Absprung
mehr zu sein als er selbst. Denn Bleiben ist nirgends.

Stimmen, Stimmen. Höre, mein Herz, wie sonst nur
Heilige hörten: daß sie der riesige Ruf
aufhob vom Boden; sie aber knieten,
Unmögliche, weiter und achtetens nicht:
So waren sie hörend. Nicht, daß du Gottes ertrügest
die Stimme, bei weitem. Aber das Wehende höre,
die ununterbrochene Nachricht, die aus Stille sich bildet.
Es rauscht jetzt von jenen jungen Toten zu dir.
Wo immer du eintratst, redete nicht in Kirchen
zu Rom und Neapel ruhig ihr Schicksal dich an?
Oder es trug eine Inschrift sich erhaben dir auf,
wie neulich die Tafel in Santa Maria Formosa.
Was sie mir wollen? leise soll ich des Unrechts
Anschein abtun, der ihrer Geister
reine Bewegung manchmal ein wenig behindert.

Freilich ist es seltsam, die Erde nicht mehr zu bewohnen,
kaum erlernte Gebräuche nicht mehr zu üben,
Rosen, und andern eigens versprechenden Dingen
nicht die Bedeutung menschlicher Zukunft zu geben;
das, was man war in unendlich ängstlichen Händen,
nicht mehr zu sein, und selbst den eigenen Namen
wegzulassen wie ein zerbrochenes Spielzeug.
Seltsam, die Wünsche nicht weiter zu wünschen. Seltsam,
alles, was sich bezog, so lose im Raume
flattern zu sehen. Und das Totsein ist mühsam
und voller Nachholn, daß man allmählich ein wenig
Ewigkeit spürt. – Aber Lebendige machen
alle den Fehler, daß sie zu stark unterscheiden.
Engel (sagt man) wüßten oft nicht, ob sie unter
Lebenden gehn oder Toten. Die ewige Strömung
reißt durch beide Bereiche alle Alter
immer mit sich und übertönt sie in beiden.

Schließlich brauchen sie uns nicht mehr, die Früheentrückten,
man entwöhnt sich des Irdischen sanft, wie man den Brüsten
milde der Mutter entwächst. Aber wir, die so große
Geheimnisse brauchen, denen aus Trauer so oft
seliger Fortschritt entspringt –: könnten wir sein ohne sie?
Ist die Sage umsonst, daß einst in der Klage um Linos
wagende erste Musik dürre Erstarrung durchdrang;
daß erst im erschrockenen Raum, dem ein beinah göttlicher Jüngling
plötzlich für immer enttrat, das Leere in jene
Schwingung geriet, die uns jetzt hinreißt und tröstet und hilft.


PRIMERA ELEGÍA

¿Quién, si yo gritara, me escucharía
en los órdenes celestes? Y si un ángel1
de pronto me ciñera contra su corazón,
la fuerza de su ser me anularía;
porque la belleza no es sino la iniciación
de lo terrible: un algo que nosotros
podemos admirar y soportar
tan sólo en la medida en que se aviene,
desdeñoso, a existir sin destruirnos.
Todo ángel es terrible. Así yo, ahora,
me reprimo y sepulto en mi pecho
el oscuro sollozo de mi grito de reclamo.
¿A quién podemos recurrir?
Ni a los hombres ni a los ángeles.
Incluso las bestias, astutas, se percatan
de que es torpe e inseguro nuestro paso
que yerra por un mundo interpretado.
Tal vez, quién sabe, pudiera socorrernos
ese árbol que en la solitaria ladera
contemplamos diariamente,
o el camino de ayer y la remisa
lealtad de una costumbre que habituada
a nosotros, prosigue a nuestra vera.
¡Oh, y la noche, la noche...! Cuando el viento
lleno de espacios cósmicos nos roe
las mejillas, ¿a quién no se dará
esa sutil desilusionadora,
esa anhelada presencia ineludible
que ha de arrostrar por fuerza el corazón
solitario? ¿Acaso será menos penosa
para los amantes?
Con su presencia ¡ay! se encubren uno al otro
su destino. ¿Lo ignoras todavía?
Arroja ya el vacío que ciñes con tus brazos
al vacío del viento que respiras.
Tal vez las aves en su vuelo íntimo
sientan en toda su amplitud el aire.

Sí,
las primaveras te necesitaban.
Infinitas estrellas esperaron
que tú las contemplaras. Tal vez en el pasado
viste elevarse una ola henchida o desde una ventana abierta
la sonoridad de un violín se te entregó.
Todo era mensaje.
Pero dime, ¿supiste tú abarcarlo?
¿No te hallabas disperso, perdido en tu esperanza,
como si todo y siempre te anunciase
una amada? (Dí, ¿cómo podrías esconderla,
y dónde, si los grandes y extraños pensamientos
que pasan por tu ser quedan contigo
y perduran en tu noche?) Mas si aún sientes nostalgia,
canta a los enamorados:
nadie inmortalizó con adecuada
largueza su afamado sentimiento.
Sí, canta
a las abandonadas que tú encuentras,
casi envidiándolas, más amorosas
que las correspondidas satisfechas.
Comienza una vez más la jamás lograda
loa. Y piensa: el héroe se mantiene sin cesar
a tal punto que su propia muerte
sólo es un pretexto para su nacer definitivo.
Pero ¡ay! a los amantes,
fatigada, la naturaleza
los recobra en su seno, ya sin fuerzas
para crearlos nuevamente.
¿Acaso
conseguiste exaltar cumplidamente
la pasión de Gaspara Stampa2,
de tal modo que alguna abandonada,
emulando su ejemplo,
dijera: -"Si yo fuese como ella..."?
Estas antiguas amarguras
¿no debieran sernos más fecundas?
¿No es ya hora de que amando nos libremos
de la persona amada, reprimiéndonos
trémulamente como la flecha se afirma
en la cuerda del arco para ser en el salto
más de lo que fue?
Pues no hay que detenerse.

¡Voces, voces! Escucha, corazón,
como sólo los santos escucharon,
los santos a quienes la inmensa llamada levantó
de la tierra sin que ellos, imposibles,
dejaran de seguir absortos, de rodillas,
sin atender a nada, consagrados a oir.
Y no es que puedas soportar la voz
de Dios, no; pero escucha el lastimero
soplo del espacio:
ese ininterrumpido mensaje que se forma
del silencio y que vive hacia ti, murmurando,
desde los que murieron jóvenes.
Donde quiera que entraras, en los templos
de Roma y Nápoles, ¿no te decían,
serenos, su destino? ¿O en cualquier epitafio,
como recientemente
-allí en Santa María Formosa3- aquella lápida?
¿Qué desean de mí? Sí, he de borrar quedamente
de ellos esa apariencia de injusticia
que, a veces, cohibe
el puro movimiento de su espíritu.

Ciertamente es extraño no habitar ya la tierra,
no seguir practicando unas costumbres
apenas aprendidas;
no dar, no atribuir significados
de futura realidad humana ni a las rosas
ni a esas cosas que son ofrecimientos
sin fin. No ser lo que se era
en la infinita angustia de esas manos;
tener que desprenderse hasta del propio nombre,
como quien lanza, lejos de sí, un juguete roto.
Extraño es no volver a desear
los deseos. Extraño es ver, deshecho,
disperso en el espacio todo aquello
que estuvo unido.
Y es penoso estar muerto,
y muy arduo recobrar, poco a poco,
un asomo de eternidad.
Pero todos los vivos cometen el error
de querer distinguir con excesiva
nitidez. Los ángeles -se dice-
ignoran a veces si están entre los vivos
quizás, o entre los muertos. El eterno
torrente arrastra las edades todas
por ambos reinos y sobrepone en ellos
la fuerza de su voz.

Pero, en fin, los urgidos prematuros
que se marcharon ya, no necesitan
de nosotros. Con lenta y paulatina
remisión va perdiéndose
la arraigada costumbre de lo terreno, como
se pierde hasta el apego que nos une
a los tiernos pechos de una madre.
Pero nosotros, que necesitamos
de tan grandes misterios;
nosotros, para quienes del duelo mismo
surge un  progreso bienhadado,
¿podríamos vivir sin ellos?
¿Es vana la leyenda según la cual, antaño,
en la lamentación por Linos4,
atrevida, la primigenia música
penetró la estéril rigidez de las esferas,
y entonces, en los ámbitos atónitos,
(que un efebo, un doncel casi divino,
abandonó de pronto y para siempre),
el vacío inició su vibración... -la misma
que aún nos arrebata, consuela y reconforta?
De Elegías de Duino, 1912-1922
Versión de Uwe Frisch

1 "El ‘ángel' de las Elegías, escribió el propio Rilke en carta a Witold Hulewicz en 1925, no tiene nada que ver con el ángel del cielo cristiano (antes más bien con las representaciones angélicas del Islam)". Tampoco es una figura meramente estética o erótica, a la manera de muchos motivos angélicos-efébicos del arte moderno, como los de Cocteau. Rilke se imagina ángeles viriles y con barba, no púberes ni andróginos; dice en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge: “Si es cierto que los ángeles son machos, se puede decir que tenía un acento macho en la voz: una virilidad resplandeciente”. 
Gaspara Stampa, aristócrata italiana nacida en Padua en 1523 y muerta en Venecia en 1554, dejó una colección de cerca de doscientos sonetos que hablan de su amor -inicialmente feliz y con posterioridad no correspondido- por Collatino di Collalto, príncipe de Trevi. 
3 En 1911 Rilke vio en esa iglesia de Venecia un altivo epitafio desengañado de un tal Hermann Wilhelm o Hermanus Gulielmus, de 1593. Entre otras cosas dice: “En vida viví para los demás; ahora, después de la muerte, no he perecido, sino que vivo en mármol frío para mí mismo”.
4 Linos, joven poeta contemporáneo de Orfeo cuya muerte, según el correspondiente mito griego, sumió a los circunstantes en tal estupor que éste último se vio precisado a inventar la música para reanimarlos, componiendo con ello la primera lamentación.

viernes, 30 de enero de 2015

La luna - Jaime Sabines - México


La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.

miércoles, 28 de enero de 2015

Haikus/ 17 - José Juan Tablada - México


El saúz

Tierno saúz
casi oro, casi ámbar,
casi luz...


Hongo

Parece la sombrilla
este hongo policromo
de un sapo japonista.


Identidad

Lágrimas que vertía
la prostituta negra,
blancas..., ¡como las mías...!


Un mono

El pequeño mono me mira...
¡Quisiera decirme
algo que se le olvida!


La carta

Busco en vano en la carta
de adiós irremediable,
la huella de una lágrima...
José Juan Tablada

Tablada pasa por ser el introductor del haiku en la literatura hispana.

lunes, 26 de enero de 2015

Aguafuerte porteña - Roberto Arlt - Argentina


LA INUTILIDAD DE LOS LIBROS

Me escribe un lector:
"Me interesaría muchísimo que Vd. escribiera algunas notas sobre los libros que deberían leer los jóvenes, para que aprendan y se formen un concepto claro, amplio, de la existencia (no exceptuando, claro está, la experiencia propia de la vida)".


NO LE PIDE NADA EL CUERPO...

No le pide nada a usted el cuerpo, querido lector. Pero, ¿en dónde vive? ¿Cree usted acaso, por un minuto, que los libros le enseñarán a formarse "un concepto claro y amplio de la existencia"? Está equivocado, amigo; equivocado hasta decir basta. Lo que hacen los libros es desgraciarlo al hombre, créalo. No conozco un solo hombre feliz que lea. Y tengo amigos de todas las edades. Todos los individuos de existencia más o menos complicada que he conocido habían leído. Leído, desgraciadamente, mucho.
Si hubiera un libro que enseñara, fíjese bien, si hubiera un libro que enseñara a formarse un concepto claro y amplio de la existencia, ese libro estaría en todas las manos, en todas las escuelas, en todas las universidades; no habría hogar que, en estante de honor, no tuviera ese libro que usted pide. ¿Se da cuenta?
No se ha dado usted cuenta todavía de que si la gente lee, es porque espera encontrar la verdad en los libros. Y lo más que puede encontrarse en un libro es la verdad del autor, no la verdad de todos los hombres. Y esa verdad es relativa... esa verdad es tan chiquita... que es necesario leer muchos libros para aprender a despreciarlos.


LOS LIBROS Y LA VERDAD

Calcule usted que en Alemania se publican anualmente más o menos 10.000 libros, que abarcan todos los géneros de la especulación literaria; en París ocurre lo mismo; en Londres, ídem; en Nueva York, igual. 
Piense esto:
Si cada libro contuviera una verdad, una sola verdad nueva en la superficie de la tierra, el grado de civilización moral que habrían alcanzado los hombres sería incalculable. ¿No es así? Ahora bien, piense usted que los hombres de esas naciones cultas, Alemania, Inglaterra, Francia, están actualmente discutiendo la reducción de armamentos (no confundir con supresión). Ahora bien, sea un momento sensato usted. ¿Para qué sirve esa cultura de diez mil libros por nación, volcada anualmente sobre la cabeza de los habitantes de esas tierras? ¿Para qué sirve esa cultura, si en el año 1930, después de una guerra catastrófica como la de 1914, se discute un problema que debía causar espanto?
¿Para qué han servido los libros, puede decirme usted? Yo, con toda sinceridad, le declaro que ignoro para qué sirven los libros. Que ignoro para qué sirve la obra de un señor Ricardo Rojas, de un señor Leopoldo Lugones, de un señor Capdevilla, para circunscribirme a este país.


EL ESCRITOR COMO OPERARIO.

Si usted conociera los entretelones de la literatura, se daría cuenta de que el escritor es un señor que tiene el oficio de escribir, como otro de fabricar casas. Nada más. Lo que lo diferencia del fabricante de casas, es que los libros no son tan útiles como las casas, y después... después que el fabricante de casas no es tan vanidoso como el escritor.
En nuestros tiempos, el escritor se cree el centro del mundo. Macanea a gusto. Engaña a la opinión pública, consciente o inconscientemente. No revisa sus opiniones. Cree que lo que escribió es verdad por el hecho de haberlo escrito él. El es el centro del mundo. La gente que hasta experimenta dificultades para escribirle a la familia, cree que la mentalidad del escritor es superior a la de sus semejantes y está equivocada respecto a los libros y respecto a los autores. Todos nosotros, los que escribimos y firmamos, lo hacemos para ganarnos el puchero. Nada más. Y para ganarnos el puchero no vacilamos a veces en afirmar que lo blanco es negro y viceversa. Y, además, hasta a veces nos permitimos el cinismo de reírnos y de creernos genios...


DESORIENTADORES

La mayoría de los que escribimos, lo que hacemos es desorientar a la opinión pública. La gente busca la verdad y nosotros les damos verdades equivocadas. Lo blanco por lo negro. Es doloroso confesarlo, pero es así. Hay que escribir. En Europa los autores tienen su público; a ese público le dan un libro por un año. ¿Usted puede creer, de buena fe, que en un año se escribe un libro que contenga verdades? No, señor. No es posible. Para escribir un libro por año hay que macanear. Dorar la píldora. Llenar páginas de frases.
Es el oficio, "el métier". La gente recibe la mercadería y cree que es materia prima, cuando apenas se trata de una falsificación burda de otras falsificaciones, que también se inspiraron en falsificaciones. 


CONCEPTO CLARO

Si usted quiere formarse "un concepto claro" de la existencia, viva.
Piense. Obre. Sea sincero. No se engañe a sí mismo. Analice. Estúdiese. El día que se conozca a usted mismo perfectamente, acuérdese de lo que le digo: en ningún libro va a encontrar nada que lo sorprenda. Todo será viejo para usted. Usted leerá por curiosidad libros y libros y siempre llegará a esa fatal palabra terminal: "Pero sí esto lo había pensado yo, ya". Y ningún libro podrá enseñarle nada.
Salvo los que se han escrito sobre esta última guerra. Esos documentos trágicos vale la pena conocerlos. El resto es papel...
De Aguafuertes porteñas (Serie de artículos publicados en la prensa), 1933

sábado, 24 de enero de 2015

A la música - Arthur Rimbaud - Francia


    Jean Nicolas Arthur Rimbaud nació el 20 de octubre de 1854 en la pequeña y tranquila ciudad burguesa de Charleville. La familia ocupaba una casa de la calle llamada entonces de Napoleón. En la planta baja había una librería.
   La madre de Rimbaud -Vitalie Cuif- era hija de unos propietarios rurales y mujer muy severa y terriblemente intransigente. Había casado, muy enamorada, con Fréderic Rimbaud, oficial del Regimiento de Infantería nº 47, de guarnición en Mézières, la ciudad vecina. Se conocieron en un concierto que daba la banda del Regimiento, en la plaza de la estación. Ambiente y cuadro que, años más tarde, había de dar tema a nuestro poeta para una de sus primeras poesías:


A LA MUSIQUE
Place de la Gare, à Charleville.

Sur la place taillée en mesquines pelouses,
Square où tout est correct, les arbres et les fleurs,
Tous les bourgeois poussifs qu'étranglent les chaleurs
Portent, les jeudis soirs, leurs bêtises jalouses.

− L'orchestre militaire, au milieu du jardin,
Balance ses schakos dans la Valse des fifres:
− Autour, aux premiers rangs, parade le gandin;
Le notaire pend à ses breloques à chiffres.

Des rentiers à lorgnons soulignent tous les couacs:
Les gros bureaux bouffis traînent leurs grosses dames
Auprès desquelles vont, officieux cornacs,
Celles dont les volants ont des airs de réclames;

Sur les bancs verts, des clubs d'épiciers retraités
Qui tisonnent le sable avec leur canne à pomme,
Fort sérieusement discutent les traités,
Puis prisent en argent, et reprennent : "En somme !..."

Épatant sur son banc les rondeurs de ses reins,
Un bourgeois à boutons clairs, bedaine flamande,
Savoure son onnaing d'où le tabac par brins
Déborde − vous savez, c'est de la contrebande; −

Le long des gazons verts ricanent les voyous;
Et, rendus amoureux par le chant des trombones,
Très naïfs, et fumant des roses, les pioupious
Caressent les bébés pour enjôler les bonnes...

− Moi, je suis, débraillé comme un étudiant,
Sous les marronniers verts les alertes fillettes:
Elles le savent bien ; et tournent en riant,
Vers moi, leurs yeux tout pleins de choses indiscrètes.

Je ne dis pas un mot : je regarde toujours
La chair de leurs cous blancs brodés de mèches folles:
Je suis, sous le corsage et les frêles atours,
Le dos divin après la courbe des épaules.

J'ai bientôt déniché la bottine, le bas...
− Je reconstruis les corps, brûlé de belles fièvres.
Elles me trouvent drôle et se parlent tout bas...
− Et je sens les baisers qui me viennent aux lèvres...


A LA MÚSICA
Plaza de la Estación de Charleville.

A la plaza dispuesta con céspedes medrosos,
donde todo es correcto: los árboles, las flores,
asmáticos burgueses, que ahogan los calores,
traen todos los jueves sus rencillas, celosos.

La banda militar, en medio del jardín,
toca el Vals de los pífanos y el chacó balancea;
en las primeras filas, rebulle un zascandil,
y, presumiendo de dijes, el notario pasea.

Rentistas con monóculo, subrayan los gazapos;
los burócratas gordos, arrastran a sus esposas,
detrás de ellas van, cursis y presurosas,
damas de compañía, presumiendo de trapos.

Sobre los verdes bancos, drogueros retirados
que remueven la arena con su bastón de bola,
formalmente discuten los últimos tratados
y pinzan su rapé, meneando la chola.

Con su mórbida ijada del banco desbordando,
un dichoso burgués, de flamenca tripilla,
saborea el tabaco con su pipa de arcilla;
una brizna se escapa: ¡ah, es de contrabando!.

Rondan por la pradera, con su guasa, los pillos;
al son de los trombones y al olor a rosales,
los cándidos caloyos se sienten más mochales
y embelecan las amas, mimando a los chiquillos.

Yo ando desgarbado, como un estudiante;
y, bajo los castaños, las chicas pizpiretas
saben lo que yo espero; me miran un instante:
sus ojos están llenos de cosas indiscretas.

No digo una palabra, y miro y adivino
bordado el blanco cuello por los locos mechones,
sigo, bajo la blusa, los primorosos dones,
la curva de la espalda y su dorso divino.

Descubrí, un momento, la botina, la media;
ellas me encuentran raro, sonríen, tal vez duden...
reconstruye su cuerpo la fiebre que me asedia
y siento que los besos, a mis labios acuden.
Comentario y versión de J. F. Vidal-Jover

jueves, 22 de enero de 2015

Fragmentos de Recuerdo haber nacido / Soul - Rafael de Cózar - España


    YO también recuerdo haber nacido estando Saturno y Marte indiferentes, en la culminación de un 10 de abril y sin prejuicios astrológicos.
    Dicen que a punto estuve de morir y de llevarme conmigo a mi madre por la dificultad del parto, pero no creo recordar que mi padre publicase un edicto para mejorar la enseñanza profesional de las comadronas, ya que, por aquel entonces, no era corregidor de ninguna ciudad.
    Mis obras no se publicaron inmediatamente después de haber yo nacido, pues sería absurdo hacerlo, dándose el caso de que mi vida no gozaba aún de los actos suficientemente explosivos, escandalosos y románticos, dignos de mención en una biografía. Esperé entonces la edad de la tuberculosis y su mundo necesario que, en mi caso, ocurrió sobre los catorce años y pude marchar a un lejano rincón de la montaña, antigua abadía, por entonces convento de monjas y ahora seminario. En aquella sierra contemplé hacer los primeros tapices oscuros.
   Ya tenía parte de una infancia lo suficientemente extraña en algún sentido, cuando marché a Cuba en compañía de un curandero espiritista con el cual solía pasear las tardes de abril bajo la lluvia, recibiendo los primeros pasos de la sabiduría. Recuerdo mis extraños sueños de madrugada y esperaba siempre de él, alguna explicación más o menos ilógica para mí.
    Vienen las noches de fiebre donde llueven las calles sobre piedras de granito; de nuevo las cortinas transparentes que giran y giran, bailando continuamente hacia los lados, hablándome y conversando un coro de oscuridades, cortinas de soledad entretejida. Lloraba y llamaba a las gentes que observaran el sudor de barro en mi cara de niño. Les hablo de las cortinas que se mueven y ya no se mueven, les digo que bailan y ya no lo hacen, las cortinas traidoras, el velo de las cosas del mundo que, cuando ellos vienen, el velo se descorre, deja paso a la luz más cruel creada sobre el mundo.
    -Duerme. Las cortinas las quitamos hace tiempo, cuando naciste.
    Pero mi madre las tiene encarceladas y escapan y se vengan de mí bailando en los cristales donde llora la lluvia, esos días en que grito, sudo y tengo mucha fiebre.
    Años después de conocer al curandero, de hablar con labradores de la tierra, arquitectos de la arcilla estéril, cazadores de perdices revoloteando por las lomas, para volver luego con las piernas sangrantes por los espinos, perdiz fugitiva como el agua entre los dedos y las plumas fueron, pájaros en los nidos y vuelo hacia el aire seco de las alturas, los pulmones, que vivieran algunos años los pulmones.
    Por aquella época abandoné lo que tenía, mis posesiones, mis campos, mi lluvia de primavera caída sobre ningún sitio, abandoné aquel árbol que, cuando niño, recuerdo que planté, aquellos libros sangrantes y aquel canto de pastores que, en mis pueblos, había conocido.
    Era absolutamente necesario compenetrar mi vida con los hechos de los malditos poetas que pasaron hambre, su vida y sus obras. [...]

    Así fue mi juventud, sin publicar mis memorias, esperando que llegara el amor trágico que debía de completar mi biografía.
    Estando entonces en el mar, recibí de mi casa noticias de que nuestro médico me estaba destinando un pasaporte para el futuro y daba casi por terminada mi estancia en la tierra.
    Los médicos de pueblo a veces se equivocan, mas sólo sé que ya nunca pude escribir mis memorias y que la historia de mi vida se vino conmigo a la romántica sepultura. [...]


SOUL

LA levadura de ayer cobra de nuevo sentido,
venerable cadena del ser en la agonía,
los secos engranajes de los dedos y el latido de luz,
el éxtasis,
muda visión clavada en las cuerdas
donde la araña es una gota de muerte, la negra agarrotada,
tiembla un cuerpo de tinta entre las telas,
se tuercen las tablas, el alambre azul,
más allá de donde suenan los tambores
los dedos han quedado inertes sosteniendo la cúpula,
arrancan latigazos en las sombras dolientes de la noche
y la garganta estalla como un abanico cubierto de quejidos,
asciende el odio, jadeantes dientes, la lengua
duele a muchas horas pasadas en la siembra,
se levanta el látigo, el aliento,
desciende en silencio la humareda de polvo y carne,
surgen los machetes, ojos, torsos brillantes,
el látigo desciende, el látigo de la voz o la navaja
y los cantos que recuerdan demasiadas horas, Louis,
escucha la negra agarrotada el himno
escucha en las cuerdas donde se recorta el tabaco,
la trompeta arranca quejidos de metal al viento,
maíz a jirones en las nubes de sus pechos, tiemblan,
tiemblan azules, calientes, los músculos de ébano
la piel con que se cubren los tambores
y la tierra que trabajas que no ha de ser de otro
y como el agua de la lluvia hacerse ríos
y como el tornado que sopla de la selva un día
surgirá de nuevo el grito de las gargantas,
de las grietas endurecidas
de los muros de la casa de adobe
del volcán donde tú naciste de barro y mimbre una tarde.
Es así que habremos de levantar la historia en un futuro,
de nuevo construir sus muros con la mano y con el puño
sin fuego y sin coraza,
la espiga que sembramos ya crecida
sin látigos ni cuerdas, los ríos, las montañas
un trovador desnudo, de pueblo en pueblo,
nuestra casa, los maizales, el hacha en la herida
aunque los ríos se salgan de su cauce y la lluvia del otoño
borre las huellas,
una trompeta Soul de un modo diferente
el trovador del aire, de pueblo en pueblo,
hasta dolerle el alma.
Diciembre 75

El hombre que amó a Sharon Stone

Algunos de ustedes lo conocieron. Era pequeñito y leal, con patillas que se le juntaban con el bigote. Y pintor. Y narrador. Y un poeta magnífico, tan generoso que dejaba de lado su propia obra para estudiar y dar a conocer la de otros. Durante muchos años, con Juan Eslava Galán y conmigo, se estuvo sentando ante una botella de algo para hablar de literatura, de amistad o de mujeres, su tema favorito. De joven era capaz de levantarle un ligue a un colega en tres minutos con su labia simpática y su simpatía arrolladora. Y de mayor coqueteaba hasta con mi hija, el canalla. Con todo cuanto se movía. No en vano había estado casado o emparejado siete veces, siempre con extranjeras soberbias, que se le enamoraban como perras, hasta que al fin una española, Natalia, y una hija preciosa e inteligente le pusieron los puntos sobre las íes. Se llamaba Rafael de Cózar Sievert, Fito para los compadres, y murió en Bormujos, Sevilla, cuando se le pegó fuego a la casa, intentando salvar su biblioteca. Borgianamente fiel a sí mismo, hasta el final.

Era catedrático de Literatura, pero no se le notaba. Nacido en Tetuán, recastado en Cádiz, cuajado en Sevilla, estaba santificado con el don de la guasa permanente, el humor rápido, el disparate surrealista. En veinticinco años de amistad jamás lo vi malhumorado, ni lo oí hablar mal de nadie. Nunca tuvo un enemigo. No conocía la maldad, ni la envidia, ni la deslealtad. Tampoco conocía la vergüenza. Una vez, estando con Juan Eslava ante un millar de personas en el Teatro Español de Madrid, cuando comenté que yo había cumplido cincuenta y cinco, bebió un sorbo de su copa, me miró con cachondeo y dijo, en voz alta y clara: "Pues en el culo te la hinco". Era una autoridad en el estudio de la experimentación barroca, las vanguardias del siglo XX y el postismo español de la postguerra, sobre lo que trabajaba con un rigor y una seriedad prusianas; pero eso parecía importarle un carajo cuando estaba, que era casi siempre, con un pitillo en la boca, una copa en la mano y unos amigos alrededor. Cuando nos hizo la faena de palmar, lo lloramos un millar de hermanos y cinco mil camareros de bar.

Su entierro fue digno de él. Surrealista como si el propio Fito hubiera escrito el guión. Estábamos todos en el tanatorio donde no cabía un alma, con gente amontonada hasta en la calle para despedirlo, y por alguna razón que ignoro le hicieron un oficio religioso, a él, que siempre se proclamó "ateo por la gracia de Dios". Lo interpreté como el último chiste que nos brindaba a los compadres. Jesús Vigorra, el cuarto mosquetero, leyó unos versos de Fito que parecían anunciar su muerte en aquel diciembre: un hermoso balance de su vida. Y el páter estuvo magnífico, recordando sus charlas con el difunto en el bar de Bormujos. De vez en cuando, en mitad del responso, el cura no podía aguantar la risa. "Perdonen -decía- pero es que me estoy acordando de cuando me dijo...". Y así todo el rato. La familia alternaba las carcajadas con las lágrimas. Fito Cózar parecía estar allí sentado entre nosotros, con su copa y su cigarrito en la mano, cachondeándose de todo. Y el momento cumbre llegó cuando el páter, en mitad de un gorigori, inclinó el rostro hacia el altar, partiéndose otra vez de risa. "Perdónenme -dijo-, pero acabo de darme cuenta de que he traicionado a Rafael... Me hizo jurar un día de copas que cuando muriera, en vez de agua bendita en el hisopo, le pondría vino".

Se fue como un señor. Tras habérselo bebido, habérselo fumado, habérselo fumigado todo, haberse reído de todo, con mujeres guapas y amigos fieles llorando por él. En un momento determinado, entre la gente, en una mujer vestida de negro y con pamela, me pareció reconocer de lejos a Sharon Stone. No puedo afirmarlo, claro. Pero no me habría sorprendido que fuera ella, porque "Charon", como Fito la llamaba con mucha familiaridad, era su mujer fetiche. En aquellas noches interminables de humo y alcohol, en las que podía pasarse horas contando chistes, solía mencionarla mucho. Y siempre nos contaba el día glorioso, inolvidable, en que la conoció: "Yo, aquí donde me veis, estuve con Sharon Stone, y esa mujer marcó mi vida. Nunca pude olvidarla. La vi en Nueva York, en una fiesta, hablando con gente, y conseguí que me la presentaran. Yo iba que me temblaban las piernas de emoción. Me acercó a ella un amigo y dijo: 'Éste es el profesor Cózar'. Ella se volvió a mirarme durante tres segundos, dijo 'Nice to meet you' -encantada de saludarlo-, pasó de mí y siguió hablando con los otros. Y como os digo, esos tres segundos con Charon marcaron mi vida".

martes, 20 de enero de 2015

Poemas - Arnaldo Calveyra - Argentina


El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo. De todas las mariposas de alfalfa que nos siguieron desde Mansilla, la última se rezagó en Desvío Clé. Nos acompañamos ese trecho, ella con el volar y yo con la mirada. Venía con las alas de amarillo adiós, y, de tanto agitarse contra el aire, ya no alegraba una mariposa sino que una fuente ardía. Y corrió todavía con las alas de echar el resto: una mirada también ardiendo paralela al no puedo más en el costado de tren que siguió.
La gallina que me diste la compartí con Rosa, ella me dio budín. En tren es casi lo que andar en mancarrón.
Los que tocaban guitarra cuando me despedías vinieron alegres hasta Buenos Aires.
Casi a mediodía entró el guarda con paso de "aquí van a suceder cosas", y hubo que ocultar a cuanta cotorra o pollo vivo inocente de Dios se estaba alimentando.
En el ferry fue tan lindo mirar el agua.
¿Y sabes?, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara.
De Cartas para que la alegría, 1959

Palabras a no dudarlo, palabras, no otra cosa. Palabras en lugares, las mismas en diferentes textos, palabras vueltas del revés desde la primera letra. A punto de poema. Halladas en ocasiones, en lindes de un olvido, en manos aún torpes de aprendices de sol y de sombra, ¿poesía qué, cuándo, poesía cómo?
Acentos tales. Palabras que quieren decirnos algo oculto desde siempre por las parcas de los sueños, escondido entre los pliegues.
De Apuntes para una reencarnación, 2000


    El poeta, dramaturgo y novelista argentino Arnaldo Calveyra, gran amigo de Julio Cortázar, falleció en París el 15 de enero de 2015 a los 85 años a consecuencia de un infarto. Descanse.

    Casi desconocido en Argentina hasta hace unos años, era sin embargo muy apreciado en Francia. Todos sus libros los escribió en español, pero fueron publicados primero en francés por la editorial Actes Sud. El Gobierno galo lo condecoró con la Ordre des Arts et des Lettres. Sólo comenzó a editarse en español hace unos 20 años.

    En el poema Canción del marinero inmigrante dejó escrito:

morir será
encender una lámpara
en la casa desconocida.