Madeleine Peyroux - The Blue Room (2013)

sábado, 2 de mayo de 2015

Carpe Diem/ 9 - Memento mori/ 3 - Odas - Horacio - Roma


LIBRO I
Oda 9

    Ya ves cómo blanquea la alta nieve
en el Soracte; los cansados árboles
          bajo el peso sufren; el hielo
      áspero inmóviles tiene a los ríos.

    Aleja el frío echando generoso
leña al fuego y un vino de cuatro años
          con largueza, Taliarco, escancia
      de sabina ánfora y el resto déjalo

    a los dioses, que en cuanto aplacar quieran
la lucha de los vientos sobre el férvido
          piélago, los viejos cipreses
      y fresnos quietos quedarán ya.

    No te preguntes más por el futuro
y apunta en tu haber, mozo, cada día
          que te dé Fortuna y las danzas
      y amores dulces aun no desprecies

    mientras en tu vigor no haya morosas
canas. Ahora buscar debes el Campo
          y las plazas y la nocturna
      cita en que se oigan suaves susurros;

    ahora la grata risa que a la niña
delate en su rincón, ahora la prenda
          robada a la muñeca o dedo
      que se defiendan con pocas ganas.


LIBRO II
Oda 3

    Acuérdate de conservar ecuánime
tu alma en los trances arduos y templada,
          sin insolentes alegrías,
      en las venturas, Delio que debes

    morir, ya triste estés siempre o ya goces
en los días de fiesta, recostado
          sobre la yerba recoleta
      con un Falerno de vieja marca.

    ¿A qué otro fin el gran pino y el blanco
álamo de asociar gustan sus ramas
          benignas? ¿Por qué en el sinuoso
      arroyo activas saltan las linfas?

    Manda que allí perecederas flores
del amable rosal y vino aporten
          y ungüentos mientras lo permitan
      las circunstancias, la edad y el hilo

    negro de las tres Parcas. De los sotos
que compraste te irás y de la casa
          y la villa que el rubio Tíber
      baña. Te irás: tus herederos

    se harán con la riqueza acumulada.
Seas rico o retoño del viejo Ínaco
          o pobre y de ínfima ralea,
      sólo consigues una demora,

    víctima de Orco el despiadado. Todos
vamos allá: se agita en la urna el lote
          que pronto o tarde nos embarque
      con dirección al eterno exilio.
Traducción de Manuel Fernández-Galiano

jueves, 30 de abril de 2015

¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua? - William Ospina - Colombia


Si tú me vieras caminando a esta hora hacia el río
me dirías: mujer ¿en dónde está tu hogar? ¿dónde tus hijos?
¿Dónde los sacos de lana, el tambor de bordar, la sartén en el fuego,
el té del atardecer, las cortinas de flores, las lámparas con su limitado
                                                                                   [crepúsculo?
¿Dónde las tardes sepia de las fotografías?
¿Dónde la soledad que el fonógrafo arrulla?
¿Y el cofre con las cartas y las blusas de seda
y el gato que se ovilla sobre el piano como un pacto secreto con una
selva antigua?

¿Y qué podría responderte yo, hermoso viajero invisible?
Hombre o Dios que imagino para que me interrogues en esta
hora extrema.

Sí sueño tus labios latinos, no habrá besos en ellos sino terribles
preguntas
Si sueño tus ojos de hogueras distantes no encontraré ternura
en su mirada.
Si sueño desnudo tu pecho, y enorme en el cielo, sobre las dudas
de la guerra y del Támesis,
oiré palpitar en el fondo un corazón valeroso y ausente.

Tú tienes el deber de ser valiente; la guerra cierra sus alas sobre
Inglaterra.
Tú tienes el deber de vigilar las bandadas de hierro, la basura
del cielo, los pájaros del Führer.
Tú tienes el deber de salvar a Inglaterra, de salvar de la peste
del odio piedras y almas.
Para mí se han cerrado los caminos, se han cerrado los días, las
flores;
en el jardín los picos de los últimos pájaros ya por última vez
dialogaron en griego,
y entendí que algo más triste que la guerra, más triste que la
codicia y el odio
se está cerrando lentamente sobre los mudos cielos de mi alma.

Tal vez todo está bien, tal vez así fue el mundo siempre.
Monstruosas cabalgatas con sus lunas de cráneos aplastando las
pequeñas ciudades
que intentaron un poco de fe y un poco de belleza y un poco de
orgullo
frente al sollozo interminable del mar.
Reyes y santos y pontífices que no sienten que hielan sus rostros
los vientos inicuos.
Y un desamparo de jardines sin sol, cuya humedad recorren con
sus corazas rotas los ciegos caracoles.

¿A quién le estarán explicando estas cosas mis labios?
¿Quién estará llenando con su forma ilusoria mis últimos instantes?

Oh piadoso testigo, resto tal vez de un sueño.

Último moro de labios triunfales, ofrecedor del último violín
de la noche.
Tú que no has existido jamás, y sin embargo,
llenas con tu presencia mi camino hacia el río,
la pesada labor de recoger estas cómplices piedras
Que he puesto en mis bolsillos, las muchas, negras, firmes,
antiguas, prodigiosas, inexplicables piedras,
cuyo peso tasado por Dioses ya imposibles,
me retendrá en el fondo de las aguas.

Tú que incesantemente, sensual hijo de mi alma,
reiteras tus preguntas, tus gritos, tus reproches,
tratas de arrebatarme mi secreto que ignoro,
demorarme en la tierra
que se están disputando los verdes rojos ácidos venenos,
los sonoros cuchillos, los ángeles horrendos.
Tratas de retenerme pero ya nada soy
que pueda herir el mundo.
Fui el alma de mi patria una mañana;
hice sonar de estrella a estrella, hice sonar de espuma a espuma,
hice sonar de sueño a sueño la sensitiva lengua inglesa;
dije a las hondas madres sumergidas
tan hermosos secretos,
que una a una se alzaron del mar con sus flores de púrpura,
tremolaron hilarantes y hermosas entre las nubes de oro,
y perfumaron de hierbas salvajes las cavernas de agosto.
Pero ya nada soy, hombre o duende que enredas mis pasos
para que nunca encuentren la orilla del río que debe arrastrarme.
Las ninfas de las aguas morderán estas manos,
masticarán mis cabellos como una hierba misteriosa y nocturna.

Como el gato que escapa hacia la selva
escapó de la lámpara el crepúsculo;
el piano enloquecido cantó una tonada brutal al fulgor de las
bombas
y va por las cortinas el incendio marchitando las rosas de Morris.

Ya sólo soy el peso de estas piedras,
las piedras que arrojaban las hondas de los padres antiguos,
restos despedazados de una ciudad de los tiempos de Alfredo,
piedras que hicieron tropezar a los potros romanos,
piedras de indescifrables inscripciones
que puso en estos bosques un Dios inaccesible,
que sembró en estos bosques, antes que hubiera humanos,
un poderoso ser
para
ayudarme.

martes, 28 de abril de 2015

Li Po - Carlos Perrotti - Argentina


Li Po compuso su último poema a orillas de la noche
Mientras la luna brillando en el agua lo espiaba
Un rato después murió queriendo abrazar su reflejo
Locamente enamorado del color de luz de esa mirada

Su noble corazón de poeta latía embriagado de luna
Sediento de vino tibio y metáforas iluminadas
En silencio el lago se cubría con un manto de bruma
Tan sólo se oía el límpido rumor del agua calma

Y ebrio de deseo se arrojó a los brazos de su amada
Queriendo saciarse el alma ahogada en sed de palabras
Desde entonces lloran de pena los sauces en primavera
Por eso susurra el viento su último poema de madrugada.

domingo, 26 de abril de 2015

Tempus fugit/ 15 - Poema - Li Po - China


El que vive es un viajero en tránsito,
el que muere es un hombre que torna a su morada.
Un trayecto muy breve entre el cielo y la tierra,
¡Ahimé!, y ya no somos más que el viejo polvo de los diez mil 
                                                                 siglos.
El conejo en la luna busca en vano el elixir de vida.
Fu Sang, el árbol de la inmortalidad, se ha desmoronado en un 
                                                                montón de leña.
El hombre muere; sus blancos huesos enmudecen
cuando los verdes pinos sienten el retorno de la primavera.
Miro hacia atrás y suspiro; miro hacia adelante y suspiro.
¿Hay algo sólido en la vaporosa gloria de la vida?
Versión de Marcela de Juan (Ma Ce Huang)

sábado, 25 de abril de 2015

Fragmentos del discurso de aceptación del Premio Cervantes 2014 - Juan Goytisolo - España


    El 23 de abril se entregó en la Universidad de Alcalá de Henares, como cada año desde 1976, el Premio Cervantes -un poco el Nobel de Literatura en lengua española- que, como todos sabemos, recayó esta vez muy merecidamente en el extraordinario escritor español Juan Goytisolo. 
Goytisolo dictó, "a la llana y sin rodeos", uno de los discursos más breves de la historia del Premio Cervantes y uno de los más reivindicativos, con guiño final a Podemos incluido. Si al principio estuvo muy bien, al final se equivocó. Pero todo el mundo tiene derecho a equivocarse, eso no le hace peor escritor.


A la llana y sin rodeos

    En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor. A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas. [...]

    Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo-bacía. Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias. 
En vez de empecinarse en desenterrar los pobres  huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad? [...]

    Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad. Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla. [...]

viernes, 24 de abril de 2015

Literatura y jazz/ 46 - Fragmento de Adiós, Robinson - Julio Cortázar - Argentina


Nota del autor al realizador radiofónico.
Pienso que el locutor debe reseñar en muy
pocas frases lo esencial del tema:
Daniel Defoe/ Alejandro
Selkirk/ Robinson/ Viernes.
El leit-motiv podría ser Solitude
(Duke Ellington).

Ruido de avión que desciende.

ROBINSON (Excitado): -¡Mira, mira, Viernes! ¡La isla! ¡La isla!

VIERNES: Sí, amo (A la palabra "amo" sigue una risita instantánea y como para sí mismo, apenas una indicación de risa contenida).

ROBINSON: -¿Ves la ensenada? ¡Mira, allá, allá! ¡La reconozco! ¡Allí desembarcaron los caníbales, allí te salvé la vida! ¡Mira Viernes!

VIERNES: Sí, amo (risita), se ve muy bien la costa donde casi me comen esos caníbales malos, y eso solamente porque un poco antes mi tribu había querido comérselos a ellos, pero así es la vida, como dice el tango.

ROBINSON: -¡Mi isla, Viernes, vuelvo a ver mi isla! ¡Reconozco todo a pesar de los cambios, todo! Porque como cambios, los hay.

VIERNES: -Oh, sí, como cambiar ha cambiado, amo (risita). Yo también reconozco la isla donde me enseñaste a ser un buen esclavo. Allí se ve el lugar donde estaba tu cabaña.

ROBINSON: -¡Dios mío, hay un rascacielos de veinticuatro... no, espera, de treinta y dos pisos! ¡Qué maravilla, Viernes!

VIERNES: -Sí, amo (risita).

ROBINSON: -Dime un poco, ¿por qué cada vez que te diriges a mí te ríes? Antes no lo hacías, sin contar que yo no te lo hubiera permitido, pero de un tiempo a esta parte... ¿Se puede saber qué tiene de gracioso que yo sea tu amo, el hombre que te salvó de un destino horroroso y te enseñó a vivir como un ser civilizado?

VIERNES: La verdad, no tiene nada de gracioso, amo (risita). Yo tampoco comprendo muy bien, es algo completamente involuntario, créeme. He consultado a dos psicoanalistas, uno freudiano y el otro junguiano para doblar las chances como hacemos en el hipódromo, y para mayor seguridad me hice examinar por una eminencia de la contra-psiquiatría. Dicho sea de paso, éste fue el único que aceptó sin duda que yo fuera Viernes, el de tu libro.

ROBINSON: -¿Y cuál fue el diagnóstico?

VIERNES: -Todavía está en procesamiento electrónico en Dallas, pero según me informó Jacques Lacan el otro día, se puede sospechar desde ya que se trata de un tic nervioso.

ROBINSON: -Ah, bueno, si no es más que eso, ya pasará, Viernes, ya pasará. Mira, vamos a aterrizar. ¡Qué magnífico aeropuerto han construido! ¿Ves las carreteras, ahí y ahí? Hay ciudades por todas partes, se diría que esos son pozos de petróleo... Ya no queda nada de los bosques y las praderas que tanto recorrí en mi soledad, y más tarde contigo... Mira esos rascacielos, esos puertos llenos de yates... ¡Quién podría ya hablar de soledad en la isla de Juan Fernández! ¡Ah, Viernes, ya lo dijo Sófocles, creo, el hombre es un ser maravilloso!

VIERNES: -Sí, amo (risita).
[...]
Solitude, 1962
Duke Ellington: piano
Charles Mingus: contrabajo
Max Roach: batería

miércoles, 22 de abril de 2015

Novela de aventuras/ 4 - Fragmentos de Robinson Crusoe - Daniel Defoe - Inglaterra


13. Batalla con los caníbales

    Después que Viernes y yo hubimos intimado, y que él fue capaz de entender casi todo lo que le decía así como hablarme en un inglés chapurreado, empecé a hacerle saber mi historia, por lo menos la parte referente a mi existencia en la isla. Le conté cómo y cuánto había podido vivir allí, lo introduje en los misterios —pues tales eran para él— de la pólvora y las balas, y hasta le enseñé a tirar. Le regalé un cuchillo, lo que le causó una inmensa alegría, y le hice un cinturón con una presilla como los que empleamos en Inglaterra para colgar machetes, dándole una hachuela para que la llevase allí, ya que no sólo era un arma excelente sino que servía muy bien para diversos usos. [...]
Le describí el naufragio por cuya causa arribara a la isla, y traté de indicarle con precisión el sitio donde estaba el casco; pero tanto se había roto la estructura del barco que nada quedaba a la vista.
Entonces señalé a Viernes los restos del bote que había naufragado mientras estábamos a su bordo y que en vano había tratado yo de mover del sitio en que encallara; ahora aparecía destruido y deshecho. Al verlo, Viernes se quedó silencioso y permaneció largo rato pensativo. Le pregunté en qué estaba meditando, y por fin me dijo:
—Yo ver bote igual ese llegar a mi nación.
Al principio no le entendí, pero después de interrogarlo mucho supe que un bote semejante al mío había arribado a las costas caribes; de acuerdo con sus referencias, la violencia de un temporal lo precipitó a tierra. Imaginé de inmediato que algún barco europeo se habría estrellado cerca y que el bote, soltándose, había llegado solo y vacío a la costa; pero tan ocupado estaba en estos pensamientos que no cruzó por mi mente la idea de que algunos tripulantes podían haberse salvado de la catástrofe, y menos aún su procedencia, de manera que sólo pedí a Viernes detalles sobre el bote.
Lo describió lo mejor posible, pero pronto me llamó a la realidad al decirme con bastante entusiasmo:
—Nosotros salvar hombres blancos de ahogarse.
—¿Entonces había hombres blancos en el bote? —me apresuré a preguntar.
—Sí, bote lleno hombres blancos.
Le pregunté cuántos, y contó hasta diecisiete con sus dedos. ¿Qué había sido de ellos?
—Vivir —contestó—. Vivir en mi nación. [...]
Con mayor detalle interrogué a Viernes sobre el destino de aquellos hombres. Me repitió que vivían allí, llevando cuatro años de residencia, que los salvajes los dejaban solos y les daban vituallas. Le pregunté qué razón había para no haberlos matado y comido.
—No —repuso Viernes—. Ellos hacer hermanos.
Supuse que significaba alguna tregua o alianza, ya que agregó:
—Solamente comer hombres cuando luchar en guerra.
Comprendí entonces que la costumbre caribe era la de devorar solamente a los prisioneros de las batallas. [...]    
    
    Cuando comenzó a manifestarse el buen tiempo, y como el deseo de ejecutar mis planes creciera con él, diariamente hacía yo preparativos de viaje; lo primero fue almacenar cantidad suficiente de provisiones, calculando que nos alcanzaran para la travesía. Una semana o quince días más tarde esperaba derribar el dique y poner a flote la embarcación.
Una mañana me ocupaba en estas tareas, cuando se me ocurrió llamar a Viernes y mandarlo a que fuera a la costa en busca de una tortuga, cosa que hacíamos generalmente una vez por semana para comer su carne y los huevos. No llevaba Viernes mucho tiempo ausente cuando lo vi volver corriendo y saltar el vallado como uno que no toca el suelo con los pies. Antes que hubiera podido hablarle, gritó:
—¡Oh amo, amo! ¡Desgracia! ¡Pena!
—¿Qué te ocurre, Viernes?
—¡Allá, allá! —exclamó—. ¡Una, dos, tres canoas! ¡Una, dos, tres!
Por su manera de expresarse deduje que eran seis canoas, pero al interrogarlo vi que sólo eran tres.
—Bueno, Viernes —le dije—, no te asustes.
Traté de animarlo lo mejor posible, pero me di cuenta de que el pobre muchacho estaba mortalmente aterrado. Parecía convencido de que los salvajes venían exclusivamente en su busca, dispuestos a descuartizarlo y a comérselo; temblaba de tal manera que no sabía qué hacer con él. Traté de conformarlo y le dije que también yo estaba en peligro, ya que si nos capturaban sería igualmente devorado.
—Por eso, Viernes —agregué—, tenemos que resolvernos a pelear. ¿Sabes tú pelear?
—Yo tirar —dijo él—, pero ellos venir gran número.
—Eso no importa, Viernes; nuestras escopetas asustarán a los que no hieran.
Le pregunté entonces si estaba dispuesto a defenderme como yo a él, y si permanecería a mi lado obedeciendo las órdenes que le diera.
—Yo morir cuando vos mandar —dijo.
Busqué entonces ron y le di a beber un buen trago; por fortuna había cuidado tanto el licor que me quedaba todavía mucho. Luego que hubo bebido, le di las dos escopetas que llevábamos siempre, cargadas con munición muy gruesa, casi como balines de pistola. Tomé cuatro mosquetes, cargándolos con dos plomos y cinco balines cada uno. A las dos pistolas les puse un puñado de balines y dando a Viernes su hachuela me colgué a la cintura mi sable desnudo.
Así pertrechados, tomé el anteojo y ascendí a la cumbre de la colina para observar a los enemigos. Me bastó fijar sobre ellos el anteojo para descubrir que había veintiún salvajes, tres prisioneros y tres canoas, y que su intención allí no era otra que proceder a un banquete triunfal con los cuerpos de sus víctimas. Fiesta bárbara, ciertamente, pero sin nada que la distinguiera de las que se llevaban a cabo habitualmente entre ellos. [...]   
No había un solo momento que perder, pues diecinueve de aquellos horribles monstruos permanecían unos contra otros rodeando el fuego mientras los dos restantes acababan de levantarse con intención de matar al infeliz cristiano y conducirlo, probablemente ya descuartizado, al fuego. Vi que se inclinaban a desatarle las cuerdas de los pies, y me volví a Viernes.
—Haz lo que te mande —dije, y cuando él asintió agregué—: Pues bien, imítame en todo lo que me veas hacer, y no vaciles ante nada.
Puse en tierra uno de los mosquetes y la escopeta, y Viernes repitió mis actitudes; tomando luego el otro mosquete, apunté a los salvajes indicándole que me imitara. Luego, al preguntarle si estaba listo y contestarme él que sí, ordené:
—¡Fuego, entonces!
Viernes había apuntado mucho mejor que yo, pues del lado de su tiro vi caer dos salvajes muertos y tres heridos, mientras que yo alcancé a matar a uno y herir a dos. Es de imaginarse la confusión que reinaba entre ellos. Los que no habían recibido heridas saltaron precipitadamente, pero no sabían hacia dónde huir o qué hacer, ya que ignoraban de dónde les llegaba la muerte. Viernes tenía los ojos puestos en los míos para imitar todos mis movimientos, como se lo ordenara. Tan pronto como hubimos disparado, dejé caer el mosquete y tomé la escopeta, cosa que él repitió al punto. Al mismo tiempo amartillamos y apuntamos las armas.
—¿Estás listo, Viernes? —pregunté.
—Sí —repuso.
—¡Fuego, entonces, en nombre de Dios!
Y por segunda vez descargamos las armas sobre los aterrados salvajes. En esta ocasión, como las escopetas tenían por carga balines pequeños de pistola, solamente cayeron dos enemigos, pero tantos resultaron heridos que los vimos correr enloquecidos, aullando y cubiertos de sangre, la mayoría con múltiples heridas; otros tres fueron cayendo luego, aunque no muertos.
—Ahora, Viernes —mandé dejando en tierra la pieza y levantando el otro mosquete cargado—, ¡sígueme!
Con gran valor se levantó para obedecerme, y nos precipitamos fuera del bosque exponiéndonos a la vista de los salvajes. Tan pronto como advertí que me habían descubierto lancé un terrible alarido, mientras Viernes hacía lo mismo, y avanzamos a la carrera —no demasiado rápida por el peso de las armas que llevábamos— en dirección donde yacía la pobre víctima, tendida como he dicho en la arena entre la hoguera y el mar. Los dos carniceros que se disponían a descuartizar al prisionero acababan de abandonarlo con el terror de los disparos, huyendo a toda carrera hacia el mar, donde saltaron a una canoa, seguidos por otros tres. [...]
Mientras Viernes se entendía con ellos, extraje el cuchillo y corté los lazos que ataban a la pobre víctima. Lo ayudé a incorporarse, mientras le preguntaba en portugués quién era. Me contestó en latín: "Christianus", pero estaba tan débil que apenas podía hablar o moverse. Le di a beber un trago de ron que había traído en una botella haciéndole señales que bebiera para reanimarse, y también saqué del bolsillo un trozo de pan, que comió. Al preguntarle a qué nación pertenecía, me contestó.
—Español.
Ya un poco recobrado de su postración, me dejó entender con toda suerte de signos y ademanes lo reconocido que me estaba por haberlo salvado.
—Señor —le dije en el mejor español que recordaba—, luego hablaremos, pero ahora es preciso pelear. Si os quedan fuerzas tened esta pistola y esta espada y ved de emplearlas.
Las recibió con gratitud y apenas las hubo empuñado cuando pareció que con ellas recobraba todo su vigor, pues se lanzó como una furia sobre los asesinos y en un instante mató a dos a estocadas. La verdad es que aquellos infelices estaban tan espantados con la sorpresa que les habíamos dado y el estampido de las armas que el miedo los tenía como atontados y carecían de inteligencia para escapar o combatir en defensa de la vida. Eso era justamente lo sucedido en la canoa sobre la cual Viernes había disparado; aunque sólo tres de los cinco cayeron por efecto de las heridas, los otros dos lo habían hecho a causa del espanto sufrido. [...]
El español, que era tan osado y valiente como pueda imaginarse, había luchado sin ceder terreno a pesar de su extrema debilidad, y ya había herido dos veces al salvaje en la cabeza; pero aprovechando su falta de fuerzas el astuto y robusto enemigo acabó por acortar distancias y luego, derribando al español, parecía a punto de arrebatarle mi espada de la mano. Fue entonces cuando el español tuvo la inteligencia de abandonar la espada mientras sacaba de la cintura la pistola que le diera, y disparándole un tiro a quemarropa dejó muerto al salvaje antes de que yo pudiera llegar en su ayuda.
Viernes, librado a su criterio, se había puesto a perseguir a los restantes sin más arma que su hachuela. Con ella acabó de matar a los tres que primeramente habían caído heridos, luego a todos los que pudo alcanzar. El español vino a mí en busca de un arma y le entregué una escopeta, con la cual logró herir a dos salvajes, pero como no tenía fuerzas para correr en su persecución se refugiaron en el bosque donde fue a buscarlos Viernes y mató a uno. El otro era sin embargo demasiado ágil para él, y, aunque herido, logró zambullirse en el mar y reunirse, nadando rápidamente, a los dos sobrevivientes de la canoa. Esos tres salvajes, más uno herido, que ignoramos si murió o no, fueron los únicos que se salvaron sobre veintiuno. [...]