Chico Buarque de Hollanda - Duetos (2002)

domingo, 31 de agosto de 2014

Fragmento de La isla del tesoro - Robert L. Stevenson - Escocia


Dedicatoria

  AL COMPRADOR INDECISO

Si los cuentos que narran los marinos,
hablando de temporales y aventuras, de sus amores y sus odios,
de barcos, islas, perdidos Robinsones
y bucaneros y enterrados tesoros,
y todas las viejas historias, contadas una vez más
de la misma forma que siempre se contaron,
encantan todavía, como hicieron conmigo,
a los sensatos jóvenes de hoy:
¿qué más pedir? Pero si ya no fuera así,
si tan graves jóvenes hubieran perdido
la maravilla del viejo gusto
por ir con Kingston o con el valiente Ballantyne,
o con Cooper y atravesar bosques y mares:
bien. ¡Así sea! Pero que yo pueda
dormir el sueño eterno con todos mis piratas
junto a la tumba donde se pudran ellos y sus sueños.


PARTE QUINTA: MI AVENTURA EN LA MAR
II. A LA DERIVA

    El coraclo1 -y bien lo comprobé antes de acabar mis andanzas- era un bote muy seguro (si conseguía uno caber en él), y también muy marinero, pero al mismo tiempo se trataba del artefacto más indócil para su manejo. No conseguía fijar el rumbo, se desequilibraba, viraba por completo ante cualquier ola, y lo más apropiado quizá sea decir que parecía una peonza. Hasta el propio Ben Gunn me confesó tiempo después que era "un tanto misterioso hasta que uno descubría sus cualidades".
  Ciertamente yo no conocía esas cualidades. No sabía gobernarlo; se atravesaba constantemente, y estoy convencido de que jamás hubiera alcanzado la goleta a no ser por el propio reflujo. Por fortuna, remase yo como quisiera, la marea me llevaba mar adentro y en ese camino la Hispaniola era un blanco difícil de no alcanzar. Al principio vi su silueta como una mancha más oscura aún sobre la oscuridad; después empecé a ver el limpio dibujo de sus mástiles y su casco, y antes de darme cuenta (pues cuanto más mar abierta alcanzaba, más rápida era la corriente), me encontré junto a su amarra y me así a ella.
   La amarra estaba tan tirante como la cuerda de un arco, porque también el barco era forzado por la corriente que batía contra su casco en la oscuridad con el rumor de un riachuelo en las montañas. Un solo tajo con mi navaja y la Hispaniola sería arrastrada por la marea.
   Recordé entonces que una amarra tirante, si es cortada de pronto, puede resultar tan peligrosa como la coz de un caballo. Si hubiera llegado a cometer la torpeza de cortarla, lo más probable hubiera sido que el latigazo nos enviara al coraclo y a mí por los aires.
   Tratar de resolver este imprevisto, me detuvo; y al punto comprendí que no tenía solución. Pero la suerte volvió a serme propicia. Los suaves vientos que habían empezado a soplar del sur y del sureste cambiaron después de anochecer, y empecé a sentir la brisa del suroeste. En estas cavilaciones estaba, cuando un golpe de aire empujó la Hispaniola contra la corriente, y con indecible gozo vi que la amarra se aflojaba, y la mano con que la tenía asida se hundió en el mar.
   Me decidí en un instante; saqué mi navaja, la abrí con los dientes y corté el trenzado hasta que el barco quedó sujeto sólo con dos hilos. Me detuve, esperando para dar el último tajo a que de nuevo soplara el viento.
   Durante toda esta faena yo había estado escuchando voces que venían del camarote; no les había prestado mucha atención, porque mi pensamiento estaba ocupado por completo en mi tarea. Pero en aquel momento, en el silencio, aguardando, no pude dejar de prestar atención. Una de las voces era la del timonel, Israel Hands, el que en tiempos fuera artillero de Flint. La otra era, por supuesto, la de mi ya conocido bandido del gorro rojo. Deduje que ambos habían bebido en exceso y que aún seguían emborrachándose; pues mientras yo atendía a sus palabras, uno de ellos, lanzando un grito propio de borracho, abrió la portañuela de popa y arrojó al agua lo que supuse una botella vacía. Pero no sólo estaban embriagados, sino que era evidente que se mostraban furiosos. Escuché una sarta de maldiciones y hasta en algún momento tales expresiones de cólera, que pensé que acabarían riñendo. El altercado pareció aplacarse y las voces empezaron a suavizarse; de nuevo pelearon, y de nuevo volvieron a apaciguar sus ánimos.
    Yo veía en la lejanía, en tierra, el resplandor de la gran hoguera que iluminaba por entre los árboles. Alguno cantaba una vieja, apagada y monótona canción marinera, con un quiebro al final de cada verso, y que al parecer era interminable, o al menos dependía tan sólo de la paciencia del cantor. Yo ya la había escuchado muchas veces durante la travesía, y recordaba aquellas palabras:

"… y sólo uno quedó
de setenta y cinco que zarparon."

    Pensé que esa canción tan triste era la más apropiada para unos facinerosos que habían sufrido tan crueles pérdidas en el combate de la mañana. Pero el tono tampoco reflejaba otra emoción que la dureza de aquellos bucaneros, tan insensibles como el océano por el que navegaban.
    Sentí entonces un golpe de viento; la goleta viró y pareció alejarse hacia la oscuridad; noté que se aflojaba la amarra, y, con un golpe de navaja, corté los últimos hilos.
    Fui arrastrado contra la proa de la Hispaniola. La goleta empezó a virar lentamente sobre sí misma, impulsada por la corriente. Me afané como llevado por todos los demonios, pues sabía que en cualquier momento podía irme a pique; vi que no podía evitar que el coraclo chocara contra el casco del barco, y traté de llevarlo hacia popa. Conseguí salvar el choque con mi peligrosa vecina, pero en el mismo instante en que daba el último empujón mis manos tropezaron con un cabo que arrastraba colgando desde la toldilla. Inconscientemente me agarré a él.
    No sabría decir por qué lo hice. Fue un acto instintivo; pero una vez que tuve bien cogido aquel cabo, y comprobé que estaba firme, la curiosidad, como siempre, pudo más que cualquier otra consideración, y trepé para echar una mirada por la portañuela de popa.
  Fui cobrando el cabo hasta que juzgué que estaba lo suficientemente cerca, y con bastante peligro me balanceé hasta que pude ver el techo y parte del interior del camarote.
    En aquel momento la goleta y su pequeña rémora se deslizaban ya velozmente por la mar, hasta el punto de que casi habíamos alcanzado la altura de la hoguera de los piratas. La goleta hablaba, como dicen los marinos, y bien alto, además, cortando las olas con un rumor de espuma; tan fuerte, que fue preciso que yo mirara a través de la portañuela para explicarme cómo los guardianes no se habían alarmado. Pero un vistazo fue más que suficiente, aunque tampoco, en mi peligroso equilibrio, hubiera podido dar más: Hands y su compinche estaban empeñados en una lucha a muerte, cuerpo contra cuerpo, y cada uno de ellos aprisionaba con sus manos el cuello del otro.
    Me dejé caer sobre el coraclo y a punto estuve de caer al mar. No había podido ver más que a aquellos dos furiosos contendientes con el rostro de ira, luchando bajo la lámpara humeante; y cerré mis ojos para que se acostumbrasen de nuevo a la oscuridad.
    La canción de los piratas había terminado, finalmente, y toda aquella mermada pandilla, alrededor del fuego, entonaba ahora aquella otra que tantas veces yo había oído cantar en el "Almirante Benbow":

Quince hombres sobre el cofre del muerto,
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! 
¡Y una botella de ron!
El ron y Satanás se llevaron al resto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! 
¡Y una botella de ron!
[...]
Versión de David Chericián
1 El coracle o coraclo es un primitivo bote ligero, cuya forma permite llevarlo a la espalda. Mide unos 2 m. y está fabricado con cuero sobre un armazón de mimbre. La velocidad máxima es de unos 16 km/h y es una embarcación unipersonal. Su mayor inconveniente es la inestabilidad en el agua: hay que ser un experto navegante para mantener el control con un solo remo en forma de pala.

viernes, 29 de agosto de 2014

Literatura y ciencia/ 12 - Derrota de Bill Gates - José Emilio Pacheco - México


Después del gran calor y el brillo intolerante del sol
la tormenta eléctrica,
la lluvia que no anunció su llegada.
Y el trueno inmenso, emperador de los aires,
hace que el mundo estalle en los conductores eléctricos,
borra la luz,
nos deja en las tinieblas incomputables
y nos vuelve por un instante
sombras de un mundo antiguo sin electrónica,
aprendices de espectro, aire en el aire.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Microrrelatos/ 18 - Manera sencillísima de destruir una ciudad - Julio Cortázar - Argentina


    Se espera, escondido en el pasto, a que una gran nube de la especie cúmulo se sitúe sobre la ciudad aborrecida. Se dispara entonces la flecha petrificadora, la nube se convierte en mármol, y el resto no merece comentario.
De La vuelta al día en ochenta mundos

lunes, 25 de agosto de 2014

Caminando por la tierra (fragmentos) - Amina Saïd - Túnez


donde fuere
imperaba la noche del sueño
en su forma primera

del desarraigado cielo
nacieron el sol y la luna
la sombra la luz
y la savia

y este deseo de crear
entre fuego y lágrimas

desarraigado el cielo
tú y yo pudimos
caminar por la tierra

nuevamente
henos aquí rodeados por el fuego

el desarraigado astro
nos muestra su lado clarividente

como fuego
nutrido por otro fuego

nuevamente algo
late en nosotros con deseos de vida

algo muere en nosotros
y se tiende en el fondo de una tumba

nuevamente el alba
nos corta la palabra
con su verdad

el mundo alrededor nuestro
agota su definición

por la noche el ausente
y el separado se unen
(dice el proverbio
de los hombres libres)

del árbol favorecido
por el milagro del día
se esperan los mejores frutos
nutridos por esa luz

tienen ellos la voz intacta
y el rostro sin fin
de los vivos

sobrecargado de piedras
un cuerpo en el fondo del agua

los senos jóvenes aún
y tan largas las manos

dos voces cohabitan en ella

por qué me miran
siempre a los ojos
preguntaba una de ellas
a nadie en particular

interrogándole a su locura
la otra voz decía
hay dos voces dentro de mí
¿cuál de ellas desollará la piel del mundo?

caminando lejos
de la opresión del légamo
regresa la muerte

trae en la boca
el sello del silencio

a semejanza de los siglos
vela mi diosa negra

una sombra alrededor de ella
arroja paletadas de fuego
sobre el residuo polvoriento de las miradas

nos saludamos
con un doble silencio
antes de caer
bajo los golpes del destino

tal vez mañana nos devuelvan
a nuestra enigmática ribera

yo seré esta piedra de luz
el rostro perforado
por signos infinitos

en el gran fuego de la tierra
se endurece esta arcilla perecedera
trabajada por nuestras manos

en pos de qué conquistas irrisorias
hemos entrado
en el sexo volcánico del mundo
su breve y violenta apertura
su milagro convulsionado donde tiembla
el oscuro labio de una rosa

desenmascarar el silencio
que se construye con un soplo
nos roza antes de cerrarse
invisible y secreto

esa esperanza nos anima

los pájaros nos miran
callan cuando pasamos

porque una palabra tras otra
avanzamos ignorando la meta
por conocerla ya demasiado

una palabra tras otra
su encadenamiento inquieto
sobre un hilo incierto

yo soy el lugar en el que caí
yo soy el lugar del que provengo
aquel hacia el que voy
De Marcher sur la terre, 1994

sábado, 23 de agosto de 2014

Fragmento de Las Mil y Una Noches - Anónimo - Asia / Prólogo y fragmento de Metáfora de Las Mil y Una Noches - Jorge Luis Borges - Argentina


[...] Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual le habían dado permiso.
    Cuando llegó la noche catorce, refirió:

    Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que el segundo saaluk1 cogió un cuchillo que tenía escritas algunas palabras hebreas, trazó con él una circunferencia en cuyo interior escribió unos nombres y talismanes, pronunció unas palabras, leyó otras que no se entendían y después de un rato se oscureció todo el alcázar hasta el punto que creímos que el mundo se había desplomado encima de nosotros. De repente apareció el efrit2 en la peor de las figuras: sus manos parecían rastrillos; sus pies, columnas; sus ojos, un par de tizones echando chispas. Todos nos atemorizamos. La hija del rey le dijo:
    -No eres bien recibido.
  -¡Traidora! -respondió el efrit, que parecía un león-. ¿Cómo rompes el juramento? ¿No nos comprometimos a que ninguno de nosotros se interferiría en el camino del otro?
    -¡Maldito! ¿Cuándo te hice tal juramento?
    -¡Coge lo que te viene! -y en el acto se transformó en un león, abrió la boca y se lanzó sobre la joven; pero ésta cogió uno de sus cabellos, musitó algo encima de él y lo transformó en una espada afilladísima con la que dio tal mandoble al león que lo partió en dos mitades; la de la cabeza se transformó en un escorpión.
    La joven tomó entonces la figura de una gran serpiente y se lanzó contra el maldito que se mantenía en forma de escorpión. Ambos iniciaron un gran combate. El escorpión se transformó en un buitre y la serpiente en un águila que se lanzó en su persecución; ésta duró cerca de una hora. El buitre se convirtió en un gato negro y la joven en un lobo, continuando la lucha en el castillo durante otra hora en un combate ininterrumpido. Cuando el gato vio que iba a ser vencido se transformó en una granada roja, grande, y se cayó en un estanque. El lobo se lanzó a por ella, pero ésta se elevó por los aires, cayó en la bóveda del alcázar y se rompió, desperdigándose los granos uno a uno y esparciéndose por el suelo de todo el castillo.
    El lobo se transformó en un gallo y fue recogiendo dichos granos hasta que sólo quedó uno, pero la fatalidad hizo que este grano rodase hasta el lado del surtidor. El gallo empezó a cacarear, a agitar las alas y hacernos señas que no comprendimos; finalmente dio tal quiquiriquí que creímos que el castillo se derribaba encima de nosotros. Buscó por todos los rincones del alcázar hasta dar con el grano, que había caído al lado del surtidor, y se lanzó sobre él para recogerlo, pero éste cayó en el agua; el gallo se transformó en un gran pez y se sumergió en su busca estando invisible unos instantes.
   Oímos un grito muy fuerte que nos sobrecogió, y el efrit surgió como un tizón al rojo, echando fuego por la boca y por los ojos, y por la nariz humo y fuego; la joven, a su vez, se transformó en una ola de llamas y nosotros intentamos sumergirnos en aquel estanque para salvarnos de ser quemados y morir; pero no pudimos antes de que el efrit diese un grito debajo de la masa de fuego que lo envolvía y se precipitase encima de nosotros lanzándonos chorros de llamas; la joven lo alcanzó y le lanzó torrentes de fuego: Las chispas de ambos nos caían encima; las de ella no nos quemaban, pero sí en cambio las de él: una me alcanzó en el ojo y me lo estropeó cuando aún era un mono; otra alcanzó la cara del rey y le quemó la barba, el mentón y la mandíbula, haciéndole perder algunos dientes; una tercerra dio en el pecho del eunuco, quemándole y matándolo en el acto. Estábamos ciertos de que íbamos a morir y habíamos perdido la esperanza de continuar en este mundo. [...]
Traducción de Juan Vernet
1 Especie de monje mendicante. 
2 Genio.



Prólogo de Jorge Luis Borges para una edición reducida de Hyspamérica Ediciones Argentina, S. A. - Ediciones Orbis, S. A., 1987

    Es tradicional oponer, siempre a favor de la primera, la calidad a la cantidad, pero hay obras que exigen la segunda, la larga y generosa extensión. Las mil y una noches ( o, como quiere Burton, El libro de las mil noches y de una noche) tienen que ser mil y una. En algún manuscrito se hablan de mil, pero mil es un número indefinido, sinónimo de muchos, y mil y uno es un número infinito, infinito y preciso. Se conjetura que la adición se debe a un supersticioso temor de las cifras pares; más vale creer que fue un hallazgo de orden estético.
    Antes de ser un libro, Las mil y una noches fueron orales, a la manera de la doctrina pitagórica o de la doctrina del Buddha. Los primeros cuentistas habrían sido los confabulatores nocturni, los hombres de la noche que distraían las vigilias de Alejandro de Macedonia con relatos fantásticos. Del Indostán a Persia, de Persia a las ciudades y reinos del Asia Menor, del Asia Menor a Egipto, tal fue el camino que siguió esa migración de ficciones: Nada nos cuesta suponer que alguien las compiló en Alejandría; en tal caso, Alejandro Bicorne, Alejandro del Oriente y del Occidente, presidiría su principio y su fin. No se ha averiguado la fecha de su compilación. Hay quienes aconsejan el siglo doce; otros, el decieséis. El ámbito de las noches es el Islam. Los copistas, para justificar la cifra del título, fueron intercalando textos casuales, entre ellos el relato preliminar de Shahryar y de Shahrázád con el hermoso riesgo de urdir una historia sin fin. Alguno de los siete viajes de Simbad coinciden con las navegaciones de Ulises.
    El libro es una serie de sueños, cuidadosamente soñados. Pese a su inagotable variedad, la obra no es caótica; la rigen simetrías que nos recuerdan las simetrías de un tapiz. En sus narraciones predomina el número tres. [...]
  Los siglos pasan y la gente sigue escuchando la voz de Shahrázád.


Metáfora de las Mil y Una Noches (fragmento)

... El sueño se disgrega en otro sueño
y ése en otro y en otros, que entretejen
ociosos un ocioso laberinto.
En el libro está el Libro. Sin saberlo,
la reina cuenta al rey la ya olvidada
historia de los dos. Arrebatados
por el tumulto de anteriores magias,
no saben quiénes son. Siguen soñando.
La cuarta es la metáfora de un mapa
de esa región indefinida, el Tiempo,
de cuanto miden las graduales sombras
y el perpetuo desgaste de los mármoles
y los pasos de las generaciones. Todo.
La voz y el eco, lo que miran
las dos opuestas caras del Bifronte,
mundos de plata y mundos de oro rojo
y la larga vigilia de los astros.
Dicen los árabes que nadie puede
leer hasta el fin el Libro de las Noches.
Las Noches son el Tiempo, el que no duerme.
Sigue leyendo mientras muere el día
y Shahrazad te contará tu historia...
Scheherazade - Nicolai Rimsky Korsakov

jueves, 21 de agosto de 2014

Literatura y jazz/ 37 - Plaza del Ángel - Juan Carlos Mestre - España


(Octavio Paz)
en esta plaza los turistas alemanes beben cerveza
en esta plaza las mujeres cosían y cantaban con sus hijos
en esta plaza los dos se desnudaron y se amaron en el 36
en esta plaza hay un hotel llamado Victoria
en esta plaza está enterrado don Pedro Calderón
en esta plaza hay un bar donde nunca tocó Dizzy Gillespie
en esta plaza mean los desempleados
en esta plaza las ratas son blancas
And Then She Stopped - Dizzy Gillespie Quintet, 1965 
Dizzy Gillespie - Trompeta
James Moody - Saxo, Flauta
Christopher White - Bajo
Kenny Barron - Piano
Rudy Collins - Batería

martes, 19 de agosto de 2014

Microrrelatos/ 17 - El sueño - Jorge Luis Borges - Argentina

 
    En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular... El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.