Menuhin & Grappelli - Play 'Jealousy' And Other Great Standards.

jueves, 28 de abril de 2016

Literatura satírica y burlesca/ 40 - Fragmento de Las alegres comadres de Windsor - William Shakespeare - Inglaterra


Se cuenta que The Merry Wives of Windsor fue escrita en quince días por William Shakespeare a petición de la reina Isabel I, a quien le fascinaba el personaje de Falstaff.
La comedia enlaza dos motivos: el de Falstaff, que corteja a dos ricas burguesas de Windsor, esposas de Ford y de Page, y el de Anne Page, a quien sus padres quieren casar. 
Falstaff, que está sin un centavo, decide escribir sendas cartas galantes e idénticas a las dos esposas, ya que son ellas las que manejan los caudales de sus maridos. Las dos esposas se muestran una a otra las cartas, y planean vengarse fingiendo que aceptan su amor. Por el momento, no les dicen nada a sus maridos. Mistress Quickly, la sirvienta del Doctor Caius y confidente de Anne, actúa de alcahueta para las esposas, y cita a Falstaff con la señora Ford, añadiendo que la señora Page también está enamorada de él.
El señor Page se fía completamente de su mujer, pero Ford decide interrogar a Falstaff con una identidad falsa: bajo el nombre de Brook, habla con Falstaff en su domicilio, la Posada de la Jarretera. Le dice que pretende a la señora Ford y entrega dinero a Falstaff para que la corteje y así demostrar que no es fiel. Falstaff le confiesa que esa misma noche tiene una cita con ella y Ford cree que su mujer lo engaña. Pero las dos señoras, antes de que el celoso Ford llegue a su casa con testigos, sacan a Falstaff en una cesta de ropa sucia, que los criados arrojan al Támesis.
Ford (en su personalidad falsa) vuelve a entrevistarse con Falstaff a la mañana siguiente, y éste le cuenta todo lo ocurrido, añadiendo de su cosecha que mantuvo relaciones con la señora Ford. 
Las comadres preparan un nuevo escarmiento para Falstaff, y la señora Ford concierta de nuevo una cita con él. Se repite el enredo, pero esta vez Falstaff sale de la casa disfrazado de mujer y es apaleado por Ford, que cree que es una vieja alcahueta a la que odia.
Las comadres acaban contando todo a sus maridos y vuelven a citar a Falstaff, esta vez en el bosque de Windsor, donde le tienden una trampa a través de varios personajes disfrazados de duendecillos y otros seres de la noche. 
Anne recibe el encargo de su padre de vestirse de blanco para que sea raptada por Slender, y de su madre de vestirse de verde para serlo por Caius. Anne, mintiéndoles, les ha dado a los dos su consentimiento, pero ha informado de todo a su prometido Fenton, que también tiene un plan para irse con ella y casarse.
En la refriega del bosque (donde Falstaff recibe el escarmiento final), Slender se lleva a una hada blanca y Caius a una hada verde; las dos resultan ser muchachos disfrazados. Ana y Fenton vuelven casados, y sus padres acaban aceptando la situación.


ESCENA V

Aposento en la Posada de la Jarretera

FALSTAFF  ¡Bardolf, digo!...

BARDOLF  Aquí estoy, señor.

FALSTAFF  Ve a traerme una pinta de Jerez; colócale una tostada encima. (Sale BARDOLF.) ¿He vivido para ver que se me lleve en una canasta y se me arroje al Támesis como un montón de desecho de carnicero? Bien; si vuelvo a sufrir fiasco semejante, he de hacer que mis sesos sirvan para comida a los perros el día de la entrada de año. Los pillastres me arrojaron al río con tan poco remordimiento como si se tratara de los cachorros cegatos de una perra que hubiese parido quince. ¡Y que por mi tamaño es fácil ver que tengo propensión a sumergirme! Si el fondo del río fuera tan profundo como el infierno, habría llegado hasta abajo. A no haber sido rocosa y poco honda la margen, de seguro me hubiera ahogado, clase de muerte que aborrezco, porque el agua hincha al hombre, y ¡qué cuerpo sería el mío si se hinchara! ¡Parecería la momia de una montaña! (Vuelve a entrar BARDOLF con el Jerez.)

BARDOLF  Señor, aquí está la señora Quickly1, que viene a hablaros.

FALSTAFF  Trae, vaciemos un poco de Jerez sobre el agua del Támesis, porque tengo el vientre tan frío, que se dijera que he tragado copos de nieve a modo de píldoras para refrescarme los riñones. Llámala.

BARDOLF  Entrad, señora. (Entra MISTRESS QUICKLY.)

QUICKLY  Con vuestro permiso. Solicito vuestra merced, doy los buenos días a vuestra señoría.

FALSTAFF  Llévate esos cálices y ve a prepararme un pote fino de Jerez.

BARDOLF  ¿Con huevos, señor?

FALSTAFF  Sin mezcla. No quiero germen de gallina en mi brebaje. (Sale BARDOLF.) ¡Qué hay!

QUICKLY  Pardiez, señor, vengo a ver a vuestra señoría de parte de mistress Ford2.

FALSTAFF  ¡Mistress Ford! Ya he tenido bastante ford. Fui arrojado en el ford, en el vacío. ¡Tengo el vientre lleno de ford!

QUICKLY  ¡Ay, qué desgracia! ¡Pobrecita! No fue culpa suya. ¡Si vierais cómo ha reñido a sus criados! Equivocaron su erección.

FALSTAFF  Lo mismo que yo, por fundar mis esperanzas en una mujer atolondrada.

QUICKLY  Bien; ella lo lamenta, señor, hasta el punto de que si la vierais se os partiría el corazón. Su marido sale esta mañana a caza de pájaros; ella os ruega una vez más que vayáis a verla entre ocho y nueve. Debo llevarle una contestación inmediata. Os dará satisfacciones, os lo garantizo.

FALSTAFF  Bueno; la visitaré. Díselo así, y que piense lo que es un hombre, que considere su fragilidad, y entonces que juzgue de mi mérito.

QUICKLY  Se lo diré.

FALSTAFF  Hazlo así. ¿Entre nueve y diez has dicho?

QUICKLY  Ocho y nueve, señor.

FALSTAFF  Bien; márchate. No dejaré de verla.

QUICKLY  La paz sea con vos, señor. (Sale.)

FALSTAFF  Me extraña no tener noticias de maese Brook3. Me ha enviado a decir que le aguardara dentro. Me agrada bastante su dinero. ¡Oh! He aquí que viene. (Entra FORD.)

FORD  ¡Dios os guarde, señor!

FALSTAFF  Hola, señor Brook; ¿venís a saber lo que ha pasado entre la señora Ford y yo?

FORD  Efectivamente, sir Juan, ese es el objeto de mi visita.

FALSTAFF  Señor Brook, no he de mentiros: estuve en casa a la hora convenida.

FORD  Y ¿qué tal os fue, señor?

FALSTAFF  Muy desgraciadamente, señor Brook.

FORD  ¿Cómo es posible, señor? ¿Había mudado ella de parecer?

FALSTAFF  No, señor Brook; pero el descomunal cornudo de su marido, señor Brook, que vive en la
continua alarma del celoso, llegó en el instante de nuestro encuentro, después de habernos abrazado, besado y hecho protestas de amor, o sea cuando terminábamos, por decirlo así, el prólogo de nuestra comedia; y pisándole los talones, una caterva de satélites, instigados y provocados por su mala índole, los cuales, podéis creerme, registraron la casa para descubrir el amante de su mujer.

FORD  ¡Cómo! ¿Mientras estabais vos allí?

FALSTAFF  Mientras yo estaba allí.

FORD  ¿Y os buscó y no pudo encontraros?

FALSTAFF  Vais a oírlo... Como si la buena suerte lo hubiera dispuesto, llega una señora Page, da aviso de la llegada de Ford, y gracias a su estratagema y a la desesperación de la señora de Ford, me hicieron entrar en una canasta de ropa.

FORD  ¡En una canasta de ropa!

FALSTAFF  ¡Por Dios, en una canasta de ropa para lavar! Amontonado entre ropa sucia, camisas y enaguas, hediondas calcetas y medias y servilletas grasientas; de modo, señor Brook, que jamás nariz humana sintió semejante compuesto de pestilentes olores.

FORD  ¿Y cuánto tiempo habéis permanecido allí?

FALSTAFF  Pues vais a oírlo, señor Brook, y cuánto he padecido por inducir a esta mujer al mal, en interés vuestro. Así acondicionado en la canasta, la señora Ford llamó a un par de criados bribones al servicio de su marido para hacerme llevar a los lavaderos de la ciénaga de Datchet. Tomáronme en hombros; encontraron al celoso bribón de su marido en la puerta, quien les preguntó una o dos veces lo que llevaban en la canasta... Me tembló el cuerpo sólo de pensar que el lunático sinvergüenza hubiera practicado un registro. Pero el Destino, que ha decretado que debe morir cornudo, detuvo su mano. Bueno; él se fue a hacer su pesquisición y yo seguí caminando en calidad de ropa sucia. Pero atended a lo que aconteció luego, señor Brook. He sufrido las torturas de tres distintas muertes: primero, un terror insoportable de ser descubierto por el apolillado carnero manso; segundo, estar enrollado como un buen bilbao en la circunferencia de un picotín, la punta con la guarnición y la cabeza con los pies4; y luego ser embutido allí como para ser destilado, entre pestíferas telas que fermentaban en su propia grasa. Pensad en esto: un hombre de mi temperamento, meditadlo bien, sensible al calor como la manteca, un hombre que está continuamente sudando y derritiéndose. Milagro fue el escapar a la asfixia... Y en lo más álgido de este baño, cuando estaba ya medio cocido en aceite como guisado holandés, ser arrojado al Támesis, y enfriarme, ardiendo de calor, en aquella agua glacial, como herradura de caballo. ¡Considerad esto, un calor de fragua! ¡Considerad esto, maese Brook!

FORD  Siento gran pesadumbre, señor, de que hayáis sufrido por culpa mía todo eso. Juzgo, pues, desesperada mi pretensión. ¿No pensaréis en otra tentativa?

FALSTAFF  Señor Brook, consentiría en ser arrojado al Etna, como lo he sido al Támesis, antes que dejarla de este modo. Su esposo ha salido esta mañana a caza de pájaros. He recibido de ella otro mensaje dándome nueva cita. La hora es entre ocho y nueve, señor Brook.

FORD  Pues ya han dado las ocho, señor.

FALSTAFF  ¿Ya? Entonces acudo inmediatamente a la cita. Venid a verme cuando os plazca y os daré cuenta de lo que adelante. Y la conclusión será coronada por vuestro yacimiento con ella. ¡La tendréis, señor Brook! ¡Señor Brook, encornudaréis a Ford! (Sale.)

FORD  ¡Hum! ¡Ah! ¿Es esto una visión? ¿Es esto un sueño? ¿Estoy dormido? ¡Maese Ford, despierta! ¡Despierta, maese Ford! ¡Hay un agujero en tu mejor vestido, maese Ford! ¡Esto tiene el haberse casado! ¡He aquí lo que da el tener ropas y canastas! Bien; yo haré saber a todo el mundo lo que soy. ¡No se evadirá ahora el lascivo! ¡Está en mi casa! ¡No puede escapárseme, es imposible! ¡No puede esconderse en la bolsa de un penique ni en una pimentera! Pero por temor de que le ayude el diablo, registraré hasta los rincones más inabordables... ¡Aunque no pueda evitar lo que soy, al menos no me resignaré mansamente a ser lo que no quisiera! No me calificarán de consentido. ¡Si tengo cuernos capaces de hacerme furioso, yo torceré el refrán a mi favor, apaleando en vez de ser apaleado! (Sale.)
Traducción de Luis Astrana Marín
William Shakespeare

1 Quickly: rápida, veloz, presta. (N. de J. N.)
2 Ford: vado. (N. de J. N.)
3 Brook: arroyo, regato, ribera. (N. de J. N.)
4 Como un buen bilbao en la circunferencia de un picotín, la punta con la guarnición y la cabeza con los pies: como una espada bilbaina en su vaina. Hay muchas referencias a temas españoles en las obras de Shakerspeare: las espadas de Bilbao, el vino de Jerez, los bailes canarios... Incluso en la obra Enrique IV, Shakespeare llama a Falstaff, por boca del príncipe, Sir John Paunch, es decir, Don Juan Panza (Sancho Panza) (N. de J. N.)

Esta comedia, también traducida por Las alegres casadas de Windsor siempre ha sido considerada como una de las principales de Shakespeare, gracias sobre todo a su protagonista, sir John Falstaff, uno de los grandes personajes masculinos del autor de Stratford que ya había dejado su indeleble impronta en la obra Enrique IV, como compañero de correrías y desenfrenos del rey cuando este era tan solo príncipe. Falstaff es fanfarrón, anárquico, lúdico, rebelde, libre, atento sólo al goce y los excesos, gordo, inmoral, lascivo, embaucador, bebedor, bravucón, ingenioso en sus tretas, seductor... Pero aquí, él se convierte en el burlador burlado y es el centro de todas las burlas y engaños, si bien al final consigue arrojar una sombra de duda sobre el daño que todas las peripecias vividas le han causado:

Me alegro de ver que aunque todos los dardos estaban asestados contra mí, algunos han dado en el vacío.

Se dice que la reina  Isabel I se quedó entusiasmada por el obeso personaje caballero presente en Enrique IV e hizo saber su augusto deseo de que Falstaff fuese otra vez protagonista de algún libreto escénico y que, además, apareciese enamorado. Como se ve que el personaje también tenía tirón entre el pueblo llano, Shakespeare pensó en rescatarlo del olvido e hizo esta comedia, vinculada a la corona también por el lugar en que se sitúa la acción, Windsor, y por las veces que se cita a la Orden de la Jarretera, afecta a la casa reinante de Windsor. La obra está llena de diálogos vibrantes de ingenio y acaba con unas cuádruples bodas, algo inusual en la escena de entonces y que haría sin duda las delicias del público. [JOSÉ ANTONIO GARCÍA FERNÁNDEZ]

martes, 26 de abril de 2016

Literatura satírica y burlesca/ 39 - Entremés* del Retablo de las maravillas - Miguel de Cervantes Saavedra - España


Salen CHANFALLA1 y la CHIRINOS2

CHANFALLA.- No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis advertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo embuste, que ha de salir tan a luz como el pasado del llovista3.

CHIRINOS.- Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere tenlo como de molde; que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad4 de acertar a satisfacerte, que excede a las demás potencias. Pero dime: ¿de qué sirve este Rabelín que hemos tomado? Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir con esta empresa?

CHANFALLA.- Habíamosle menester como el pan de la boca, para tocar en los espacios que tardaren en salir las figuras del Retablo5 de las Maravillas.

CHIRINOS.- Maravilla será si no nos apedrean por solo el Rabelín; porque tan desventurada criaturilla no la he visto en todos los días de mi vida.

(Entra el RABELÍN6)

RABELÍN.- ¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor autor7? Que ya me muero porque vuesa merced vea que no me tomó a carga cerrada8.

CHIRINOS.- Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto más una carga9; si no sois más gran músico que grande, medrados estamos.

RABELÍN.- Ello dirá; que en verdad que me han escrito para entrar en una compañía de partes10, por chico que soy.

CHANFALLA.- Si os han de dar la parte a medida del cuerpo, casi será invisible.
Chirinos, poco a poco, estamos ya en el pueblo, y éstos que aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el Gobernador y los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.

(Salen el GOBERNADOR y BENITO REPOLLO, alcalde, JUAN CASTRADO, regidor, y PEDRO CAPACHO, escribano)

CHANFALLA.- Beso a vuesas mercedes las manos: ¿quién de vuesas mercedes es el Gobernador deste pueblo?

GOBERNADOR.- Yo soy el Gobernador; ¿qué es lo que queréis, buen hombre?

CHANFALLA.- A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que esa peripatética11 y anchurosa presencia no podía ser de otro que del dignísimo Gobernador deste honrado pueblo; que, con venirlo a ser de las Algarrobillas, lo deseche12 vuesa merced.

CHIRINOS.- En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor Gobernador los tiene.

CAPACHO.- No es casado el señor Gobernador.

CHIRINOS.- Para cuando lo sea; que no se perderá nada.

GOBERNADOR.- Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honrado?

CHIRINOS.- Honrados días viva vuesa merced, que así nos honra; en fin, la encina da bellotas; el pero, peras; la parra, uvas, y el honrado, honra13, sin poder hacer otra cosa.

BENITO.- Sentencia ciceronianca14, sin quitar ni poner un punto.

CAPACHO.- Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Repollo.

BENITO.- Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces no acierto; en fin, buen hombre, ¿qué queréis?

CHANFALLA.- Yo, señores míos, soy Montiel15, el que trae el Retablo de las maravillas. Hanme enviado a llamar de la Corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales16, y con mi ida se remediará todo.

GOBERNADOR.- Y ¿qué quiere decir Retablo de las maravillas?

CHANFALLA.- Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo17 debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso18, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas ni oídas, de mi retablo.

BENITO.- Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo cosas nuevas. Y ¿que se llamaba Tontonelo el sabio que el retablo compuso?

CHIRINOS.- Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela; hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura.

BENITO.- Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son sabiondos.

GOBERNADOR.- Señor regidor Juan Castrado19, yo determino, debajo de su buen parecer, que esta noche se despose la señora Teresa Castrada, su hija, de quien yo soy padrino, y, en regocijo de la fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su Retablo.

JUAN.- Eso tengo yo por servir al señor Gobernador, con cuyo parecer me convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contrario.

CHIRINOS.- La cosa que hay en contrario es que, si no se nos paga primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro de Úbeda20. ¿Y vuesas mercedes, señores justicias, tienen conciencia y alma en esos cuerpos? ¡Bueno sería que entrase esta noche todo el pueblo en casa del señor Juan Castrado, o como es su gracia21, y viese lo contenido en el tal Retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostralle al pueblo, no hubiese ánima que le viese! No, señores; no, señores: ante omnia nos han de pagar lo que fuere justo.

BENITO.- Señora autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona, ni ningún Antoño22; el señor regidor Juan Castrado os pagará más que honradamente, y si no, el Concejo. ¡Bien conocéis el lugar, por cierto! Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por nosotros.

CAPACHO.- ¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco! No dice la señora autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen adelantado y ante todas cosas, que eso quiere decir ante omnia.

BENITO.- Mirad, escribano Pedro Capacho23, haced vos que me hablen a derechas, que yo entenderé a pie llano; vos, que sois leído y escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo no.

JUAN.- Ahora bien, ¿contentarse ha el señor autor con que yo le dé adelantados media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuidado que no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.

CHANFALLA.- Soy contento; porque yo me fío de la diligencia de vuesa merced y de su buen término.

JUAN.- Pues véngase conmigo. Recibirá el dinero, y verá mi casa, y la comodidad que hay en ella para mostrar ese retablo.

CHANFALLA.- Vamos; y no se les pase de las mientes las calidades que han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso retablo.

BENITO.- A mi cargo queda eso, y séle decir que, por mi parte, puedo ir seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi linaje: ¡miren si veré el tal retablo!

CAPACHO.- Todos le pensamos ver, señor Benito Repollo.

JUAN.- No nacimos acá en las malvas24, señor Pedro Capacho.

GOBERNADOR.- Todo será menester, según voy viendo, señores Alcalde, Regidor y Escribano.

JUAN.- Vamos, autor, y manos a la obra; que Juan Castrado me llamo, hijo de Antón Castrado y de Juana Macha; y no digo más en abono y seguro que podré ponerme cara a cara y a pie quedo delante del referido retablo.

CHIRINOS.- ¡Dios lo haga!

(Éntranse JUAN CASTRADO y CHANFALLA)

GOBERNADOR.- Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en la Corte de fama y rumbo, especialmente de los llamados cómicos? Porque yo tengo mis puntas y collar25 de poeta, y pícome de la farándula y carátula26. Veinte y dos comedias tengo, todas nuevas, que se veen las unas a las otras27, y estoy aguardando coyuntura para ir a la Corte y enriquecer con ellas media docena de autores.

CHIRINOS.- A lo que vuesa merced, señor Gobernador, me pregunta de los poetas, no le sabré responder; porque hay tantos, que quitan el sol, y todos piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios28 y que siempre se usan, y así no hay para qué nombrallos. Pero dígame vuesa merced, por su vida: ¿cómo es su buena gracia? ¿cómo se llama?

GOBERNADOR.- A mí, señora autora, me llaman el licenciado Gomecillos29.

CHIRINOS.- ¡Válame Dios! ¿Y que vuesa merced es el señor licenciado Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de Lucifer estaba malo30 y tómale mal de fuera?

GOBERNADOR.- Malas lenguas hubo que me quisieron ahijar esas coplas, y así fueron mías como del Gran Turco31. Las que yo compuse, y no lo quiero negar, fueron aquellas que trataron del Diluvio de Sevilla32; que, puesto que33 los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere.
 
(Vuelve CHANFALLA)

CHANFALLA.- Señores, vuesas mercedes vengan, que todo está a punto, y no falta más que comenzar.

CHIRINOS.- ¿Está ya el dinero in corbona?34

CHANFALLA.- Y aun entre las telas del corazón.

CHIRINOS.- Pues doyte por aviso, Chanfalla, que el Gobernador es poeta.

CHANFALLA.- ¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por engañado, porque todos los de humor semejante son hechos a la mazacona35; gente descuidada, crédula y no nada maliciosa.

BENITO.- Vamos, autor; que me saltan los pies por ver esas maravillas.

(Éntranse todos)

(Salen JUANA CASTRADA y TERESA REPOLLA36, labradoras: la una como desposada, que es la CASTRADA)


CASTRADA.- Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos el retablo enfrente; y, pues sabes las condiciones que han de tener los miradores del retablo, no te descuides, que sería una gran desgracia.

TERESA.- Ya sabes, Juana Castrada, que soy tu prima, y no digo más. ¡Tan cierto tuviera yo el cielo como tengo cierto ver todo aquello que el retablo mostrare! ¡Por el siglo de mi madre37, que me sacase los mismos ojos de mi cara, si alguna desgracia me aconteciese! ¡Bonita soy yo para eso!

CASTRADA.- Sosiégate, prima; que toda la gente viene.

(Entran el GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN CASTRADO, PEDRO CAPACHO, EL AUTOR y LA AUTORA, y EL MÚSICO, y otra gente del pueblo, y un SOBRINO de Benito, que ha de ser aquel gentilhombre que baila)

CHANFALLA.- Siéntense todos. El retablo ha de estar detrás deste repostero38, y la autora también, y aquí el músico.

BENITO.- ¿Músico es éste? Métanle también detrás del repostero; que, a trueco de no velle, daré por bien empleado el no oílle.

CHANFALLA.- No tiene vuesa merced razón, señor alcalde Repollo, de descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano y hidalgo de solar conocido.

GOBERNADOR.- ¡Calidades son bien necesarias para ser buen músico!

BENITO.- De solar, bien podrá ser; mas de sonar, abrenuncio39.

RABELÍN.- ¡Eso se merece el bellaco que se viene a sonar delante de...!

BENITO.- ¡Pues, por Dios, que hemos visto aquí sonar a otros músicos tan...!

GOBERNADOR.- Quédese esta razón en el de del señor Rabel y en el tan del Alcalde, que si no será proceder en infinito; y el señor Montiel comience su obra.

BENITO.- Poca balumba40 trae este autor para tan gran retablo.

JUAN.- Todo debe de ser de maravillas.

CHANFALLA.- ¡Atención, señores, que comienzo!

¡Oh tú, quienquiera que fuiste, que fabricaste este retablo con tan maravilloso artificio, que alcanzó renombre de las Maravillas por la virtud que en él se encierra, te conjuro, apremio y mando que luego incontinente41 muestres a estos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que se regocijen y tomen placer sin escándalo alguno! Ea, que ya veo que has otorgado mi petición, pues por aquella parte asoma la figura del valentísimo Sansón, abrazado con las colunas del templo, para derriballe por el suelo y tomar venganza de sus enemigos. ¡Tente, valeroso caballero; tente, por la gracia de Dios Padre! ¡No hagas tal desaguisado, porque no cojas debajo y hagas tortilla a tanta y tan noble gente como aquí se ha juntado!

BENITO.- ¡Téngase, cuerpo de tal, conmigo! ¡Bueno sería que, en lugar de habernos venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta! ¡Téngase, señor Sansón, pesia a mis males, que se lo ruegan buenos!

CAPACHO.- ¿Veisle vos, Castrado?

JUAN.- Pues, ¿no le había de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo?

GOBERNADOR.- (Aparte.)  Milagroso caso es éste: así veo yo a Sansón ahora, como el Gran Turco; pues en verdad que me tengo por legítimo y cristiano viejo.

CHIRINOS.- ¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapán en Salamanca!42 ¡Échate, hombre; échate, hombre; Dios te libre, Dios te libre!

CHANFALLA.- ¡Échense todos, échense todos! ¡Hucho ho!43, ¡hucho ho!, ¡hucho ho!

(Échanse todos y alborótanse)

BENITO.- El diablo lleva en el cuerpo el torillo; sus partes tiene de hosco y de bragado44; si no me tiendo, me lleva de vuelo.

JUAN.- Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten; y no lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro.

CASTRADA.- Y ¡cómo, padre! No pienso volver en mí en tres días; ya me vi en sus cuernos45, que los tiene agudos como una lesna46.

JUAN.- No fueras tú mi hija, y no lo vieras.

GOBERNADOR.- (Aparte)  Basta: que todos ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.

CHIRINOS.- Esa manada de ratones que allá va deciende por línea recta de aquellos que se criaron en el Arca de Noé47; dellos48 son blancos, dellos albarazados49, dellos jaspeados y dellos azules; y, finalmente, todos son ratones.

CASTRADA.- ¡Jesús!, ¡Ay de mí! ¡Ténganme, que me arrojaré por aquella ventana! ¿Ratones? ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas, y mira no te muerdan; ¡y monta que son pocos! ¡Por el siglo de mi abuela, que pasan de milenta!50

REPOLLA.- Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin reparo ninguno; un ratón morenico me tiene asida de una rodilla. ¡Socorro venga del cielo, pues en la tierra me falta!

BENITO.- Aun bien que tengo gregüescos51: que no hay ratón que se me entre, por pequeño que sea.

CHANFALLA.- Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las nubes, es de la fuente que da origen y principio al río Jordán52. Toda mujer a quien tocare en el rostro, se le volverá como de plata bruñida, y a los hombres se les volverán las barbas como de oro.

CASTRADA.- ¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre, no se moje.

JUAN.- Todos nos cubrimos, hija.

BENITO.- Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.

CAPACHO.- Yo estoy más seco que un esparto.

GOBERNADOR.- (Aparte)  ¿Qué diablos puede ser esto, que aún no me ha tocado una gota, donde todos se ahogan? Mas ¿si viniera yo a ser bastardo entre tantos legítimos?

BENITO.- Quítenme de allí aquel músico; si no, voto a Dios que me vaya sin ver más figura. ¡Válgate el diablo por músico aduendado, y qué hace de menudear53 sin cítola54 y sin son!

RABELÍN.- Señor alcalde, no tome conmigo la hincha; que yo toco como Dios ha sido servido de enseñarme.

BENITO.- ¿Dios te había de enseñar, sabandija? ¡Métete tras la manta; si no, por Dios que te arroje este banco!

RABELÍN.- El diablo creo que me ha traído a este pueblo.

CAPACHO.- Fresca es el agua del santo río Jordán; y, aunque me cubrí lo que pude, todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y apostaré que los tengo rubios como un oro.

BENITO.- Y aun peor cincuenta veces.

CHIRINOS.- Allá van hasta dos docenas de leones rampantes y de osos colmeneros55; todo viviente se guarde; que, aunque fantásticos, no dejarán de dar alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de Hércules con espadas desenvainadas.

JUAN.- Ea, señor autor, ¡cuerpo de nosla!56 ¿Y agora nos quiere llenar la casa de osos y de leones?

BENITO.- ¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envía Tontonelo, sino leones y dragones! Señor autor, o salgan figuras más apacibles, o aquí nos contentamos con las vistas; y Dios le guíe, y no pare más en el pueblo un momento.

CASTRADA.- Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y leones, siquiera por nosotras, y recebiremos mucho contento.

JUAN.- Pues, hija, ¿de antes te espantabas de los ratones, y agora pides osos y leones?

CASTRADA.- Todo lo nuevo aplace, señor padre.

CHIRINOS.- Esa doncella, que agora se muestra tan galana y tan compuesta, es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la cabeza del Precursor de la vida57. Si hay quien la ayude a bailar, verán maravillas.

BENITO.- ¡Ésta sí, cuerpo del mundo, que es figura hermosa, apacible y reluciente! ¡Hideputa, y cómo que se vuelve la mochacha! Sobrino Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas, ayúdala, y será la fiesta de cuatro capas58.

SOBRINO.- Que me place, tío Benito Repollo.

(Tocan la zarabanda)

CAPACHO.- ¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile de la zarabanda y de la chacona!59

BENITO.- Ea, sobrino, ténselas tiesas a esa bellaca jodía60; pero, si ésta es jodía, ¿cómo vee estas maravillas?

CHANFALLA.- Todas las reglas tienen excepción, señor Alcalde.

(Suena una trompeta, o corneta dentro del teatro, y entra UN FURRIER61 de compañías)

FURRIER.- ¿Quién es aquí el señor Gobernador?

GOBERNADOR.- Yo soy. ¿Qué manda vuesa merced?

FURRIER.- Que luego al punto mande hacer alojamiento para treinta hombres de armas62 que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes, que ya suena la trompeta; y adiós.

(Vase)

BENITO.- Yo apostaré que los envía el sabio Tontonelo.

CHANFALLA.- No hay tal; que ésta es una compañía de caballos que estaba alojada dos leguas de aquí.

BENITO.- Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y sé que vos y él sois unos grandísimos bellacos, no perdonando al músico; y mirad que os mando que mandéis a Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de armas, que le haré dar docientos azotes en las espaldas, que se vean unos a otros63.

CHANFALLA.- ¡Digo, señor Alcalde, que no los envía Tontonelo!

BENITO.- Digo que los envía Tontonelo, como ha enviado las otras sabandijas que yo he visto.

CAPACHO.- Todos las habemos visto, señor Benito Repollo.

BENITO.- No digo yo que no, señor Pedro Capacho.
No toques más, músico de entre sueños, que te romperé la cabeza.

(Vuelve el FURRIER)

FURRIER.- Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? Que ya están los caballos en el pueblo.

BENITO.- ¿Que todavía ha salido con la suya Tontonelo? ¡Pues yo os voto a tal, autor de humos y de embelecos, que me lo habéis de pagar!

CHANFALLA.- Séanme testigos que me amenaza el Alcalde.

CHIRINOS.- Séanme testigos que dice el Alcalde que lo que manda Su Majestad lo manda el sabio Tontonelo.

BENITO.- Atontoneleada te vean mis ojos, plega a Dios todopoderoso.

GOBERNADOR.- Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de armas no deben de ser de burlas.

FURRIER.- ¿De burlas habían de ser, señor Gobernador? ¿Está en su seso?

JUAN.- Bien pudieran ser atontonelados: como esas cosas habemos visto aquí. Por vida del autor, que haga salir otra vez a la doncella Herodías, porque vea este señor lo que nunca ha visto; quizá con esto le cohecharemos para que se vaya presto del lugar.

CHANFALLA.- Eso en buen hora, y veisla aquí a do vuelve, y hace de señas a su bailador a que de nuevo la ayude.

SOBRINO.- Por mí no quedará, por cierto.

BENITO.- Eso sí, sobrino; cánsala, cánsala; vueltas y más vueltas; ¡vive Dios, que es un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al hoyo! ¡A ello, a ello!

FURRIER.- ¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es ésta, y qué baile, y qué Tontonelo?

CAPACHO.- Luego, ¿no vee la doncella herodiana el señor furrier?

FURRIER.- ¿Qué diablos de doncella tengo de ver?

CAPACHO.- Basta: ¡de ex illis es!64

GOBERNADOR.- ¡De ex illis es; de ex illis es!

JUAN.- ¡Dellos es, dellos el señor furrier; dellos es!

FURRIER.- ¡Soy de la mala puta que los parió; y, por Dios vivo, que si echo mano a la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta!

CAPACHO.- Basta: ¡de ex illis es!

BENITO.- Basta: ¡dellos es, pues no vee nada!

FURRIER.- ¡Canalla barretina65: si otra vez me dicen que soy dellos, no les dejaré hueso sano!

BENITO.- Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no podemos dejar de decir: ¡dellos es, dellos es!

FURRIER.- ¡Cuerpo de Dios con los villanos! ¡Esperad!

(Mete mano a la espada y acuchíllase con todos; y el ALCALDE aporrea al RABELLEJO66; y la CHERRINOS descuelga la manta y dice:)

CHIRINOS.- El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas; parece que los llamaron con campanilla.

CHANFALLA.- El suceso ha sido extraordinario; la virtud del retablo se queda en su punto67, y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros mismos podemos cantar el triunfo desta batalla, diciendo: ¡vivan Chirinos y Chanfalla!
FIN
Miguel de Cervantes Saavedra

En sus inicios, el entremés era una pequeña pieza teatral, relacionada con la pieza principal, que servía como descanso o interludio cómico, aunque con el tiempo se hizo autónoma. Cervantes firmó en su vida ocho entremeses. Y digo bien firmó, porque desde el primer cuarto del siglo XVI y hasta la llegada de Cervantes, ningún autor firmaba ya sus entremeses, se consideraban obras de poco valor. Incluso Lope de Vega publicó a principios del siglo XVII una colección de comedias donde aparecen cinco entremeses "anónimos".  (N. de J. N.)
1 Chanfalla: no existe como apelativo en español. Según Maurico Molho, se trata de "una construcción fundada en la interpretación asociativa de varias palabras, todas ellas comportando la representación de algo basto".
2 Chirinos: en la edición príncipe, Cherinos. Se relaciona con el apelativo chirinola o cherinola, o sea, "cuento enredado, caso de devaneo o suceso que hace andar al retortero, y causa inquietud y desasosiego"; En germanía significa "junta de ladrones y rufianes".
3 El pasado del llovista: embuste de origen folklórico ("Conciértense y lloverá") registrado por Luis Galindo, Sentencias filosóficas y verdades morales que otros llaman proverbios o adagios castellanos.
4 Memoria... entendimiento... voluntad: las tres potencias del alma.
5 Retablo: aquí espectáculo teatral de títeres o marionetas. En su acepción original se refería a un conjunto de imágenes o tablas que representaban escenas de la Historia Sagrada. Parece que por analogía se extendió el nombre de "retablo" a la "caja de títeres" que se usaba para representar "alguna historia sagrada" (Covarrubias).
6 Rabelín: referencia jocosa al niño cómplice cuyo oficio es -según Chanfalla- "tocar en los espacios que tardaren en salir las figuras del Retablo de las Maravillas". Rabel es instrumento pastoril construido a modo de laúd pero era también una manera de referirse al trasero cuando se hablaba con los muchachos. Puesto que en las representaciones teatrales se usaban guitarras o vihuelas en vez de rabeles, Rabelín vendría a ser "equivalencia jocosa de Culín, apodo chistoso... de un niño intruso, que viene a inmiscuirse... entre el hombre y la mujer" (Molho).
7 Autor: hoy día, empresario.
8 A carga cerrada: lo que se compra o toma sin saber si es bueno o malo.
9 Cuatro cuerpos... no harán un tercio, cuanto más una carga: burlándose de la diminuta estatura del muchacho y tomando como punto de partida la previa intervención de Rabelín ("que no me tomó a carga cerrada"), Chirinos le dice de modo jocoso que es tan pequeño de cuerpo que ni bastarían cuatro cuerpos como el suyo para alcanzar la tercera parte ("un tercio") de una carga. Tercio y carga pertenecen también al léxico militar: se refieren respectivamente a "regimiento" y "ataque" de infantería.
10 Compañía de partes: es decir, compañía teatral en donde los actores ("partes") que la componían se repartían proporcionalmente las ganancias que quedaban después de haberse deducido: 1) los gastos de cada representación y, 2) la ración diaria que le correspondía a cada uno para su mantenimiento. En las compañías que no eran "de partes" el autor o empresario daba a cada representante ración y sueldos fijos y no compartía con ellos las demás ganancias.
11 Peripatética: Adjetivo derivado del nombre de los filósofos, discípulos de Aristóteles, que enseñaban paseándose. La intención chistosa se refuerza si se tiene en cuenta que peripatético llaman "en estilo familiar... al ridículo y extravagante en sus dictámenes o máximas".
12 Con venirlo a ser de las Algarrobillas, los deseche: alusión no del todo clara que se presta a diferentes lecturas. Una posible lectura es ésta: incluso si llegara usted a ser nombrado Gobernador de las Algarrobillas no lo acepte; otra, propuesta por Herrero, es la siguiente: "Ojalá vuestra merced deje el gobierno de este pueblo para ocupar el de Algarrobillas." Las Algarrobillas era un lugar en la actual provincia de Cáceres, famoso en la época por sus jamones, carne prohibida a los judíos.
13 La encina da bellotas;... y el honrado, honra: referencia burlesca al distorsionado tema de la "honra" en la España de 1600. Aunque rústicos y no pertenecientes al estamento noble, los labradores se creían "honrados" por ser cristianos viejos, es decir, de sangre o genealogía no conversa.
14 Ciceronianca: este tipo de distorsión lingüística por parte de ciertos rústicos o rufianes es un recurso cómico muy usado por Cervantes.
15 Soy Montiel: Chanfalla se presenta ante su público -el de los aldeanos del Retablo- como si fuera descendiente de brujos y hechiceros. Cfr. El coloquio de los perros donde el mismo Berganza es emparentado con Montiela, hechicera de Montilla.
16 No hay autor de comedias... y perecen los hospitales: parece que "en el año de 1610 padecieron los corrales de Madrid grande esterilidad de autores, o de maestros de hacer comedias, pues murieron cuatro de ellos..." (Casiano Pellicer). Las compañías piadosas, que mantenían a varios establecimientos hospitalarios con parte de los ingresos de los corrales, intentaron presentar títeres en los teatros.
17 El sabio Tontonelo: alusión paródica al tipo de mago encantador, manipulador de objetos "mágicos", tan importante en los libros de caballerías.
18 Raza de confeso: o sea, sangre de judío convertido al catolicismo.
19 Juan Castrado: hijo de Antón Castrado y de Juana Macha y padre de Juana Castrada. La ilegitimidad tanto del padre como de la hija queda, irónicamente, establecida.
20 Así verán las figuras como por el cerro de Úbeda: es decir, no las verán.
21 Gracia: nombre.
22 Ante omnia... Antona... Antoño: Chirinos pide dinero por adelantado (ante omnia, ante todo) y el rústico Repollo lo malentiende, identificándolo con unos apelativos ("Antona", "Antoño").
23 Escribano Pedro Capacho: El radical cap es del verbo cap-ar, que adosado a otro 'aumentativo' produce cap-ón, lo que de hecho es nuestro cap-acho.
24 No nacimos acá en las malvas: No nacimos pobres y de bajo linaje.
25 Tengo mis puntas y collar: equivale a "tengo algo de".
26 Pícome de la farándula y carátula: equivale a "soy aficionado al mundo del teatro". Farándula es una pequeña compañía de cómicos; carátula quiere decir comedia o máscara, por alusión a la mascariila con que se cubrían el rostro los representantes en el teatro clásico.
27 Que se veen las unas a las otras: escritas al mismo tiempo y sin interrupción. Bien contadas, una tras otra.
28 Los poetas cómicos son los ordinarios: alusión quejumbrosa al acaparamiento del teatro por Lope, Tirso, etc.
29 El licenciado Gomecillos: como son los apelativos Juan Castrado y Pedro Capacho se proyecta en el de Gomecillos una imagen de disminución.
30 El que compuso aquellas coplas... de Lucifer estaba malo...; posible alusión a un tal Francisco Gómez de Quevedo.
31 Así fueron mías como del Gran Turco: no fueron mías en absoluto. Esta manera de recalcar una negación se utiliza también más abajo. el Gran Turco era el sultán de Constantinopla.
32 Diluvio de Sevilla: la avenida del Guadalquivir (19 de diciembre de 1603) fue objeto de dos Relaciones en verso, por Tomás de Mesa y Blas de las Casas, y de otro poema anónimo: Romance del río de Sevilla.
33 Puesto que: aunque. (N. de J. N.)
34 In corbona: en la bolsa de las ofrendas.
35 A la mazacona: al azar, a la buena de Dios.
36 Castrada... Repolla: feminización de los apellidos de sus respectivos padres. Era común entre las clases bajas.
37 Por el siglo de mi madre: por vida de mi madre, que ojalá dure un siglo.
38 Repostero: especie de tapiz o paño lujoso. Aquí, sin embargo, se trata de una simple manta, lo que implica un engaño más de los aldeanos.
39 Abrenuncio: yo renuncio.
40 Poca balumba: equivale a "poco bulto".
41 Incontinente: de inmediato, al punto.
42 El mesmo toro que mató al ganapán de Salamanca: alusión histórica al "torino salmantino de ocho años que mató al ganapán de Monleón" (Molho).
43 ¡Hucho ho!: esclamación usada en le época para incitar o espantar a los toros.
44 Partes... de hosco y de bragado: es decir, moreno ("hosco") y de color distinto en la entrepierna ("bragado"), cualidades que se asociaban con los toros bravos.
45 Me vi en sus cuernos: es decir, resulté cogida por el toro. Pero Juan Castrado interpreta "vi" literalmente: "no fueras tú mi hija y no lo vieras".
46 Lesna: lezna; instrumento agudo usado por los zapateros para agujerear y coser.
47 Manada de ratones... arca de Noé: alusión sumamente burlesca a la genealogía, verdadera obsesión de la España de 1600.
48 Dellos: equivale a "algunos de ellos"
49 Albarazados: aquí, con manchas de color negro y rojo.
50 Milenta: mil. Vulgarismo formado por analogía con las decenas (cuarenta, cincuenta, etc.).
51 Gregüescos: calzones anchos que llegan hasta las rodillas.
52 Agua... de la fuente que da origen... al río Jordán: alusión irónica al río bíblico cuyas aguas tenían fama de rejuvenecer a quien se lavase con ellas.
53 Menudear: aquí, "tocar" a menudo y repetidamente.
54 Sin cítola: sin cítara; es decir, sin instrumento musical.
55 Leones rampantes... osos colmeneros: Chirinos da rienda suelta a su imaginación, sacando al Retablo de las maravillas nada menos que unas figuras "fantásticas" de la heráldica. Sin embargo, aunque pertenezcan al código del blasón implican también una representación de tipo sexual. Se ha sugerido además que Cervantes no sólo se burla de los prejuicios de limpieza de los villanos sino que satiriza también a los nobles que hacen alarde de sus blasones.
56 ¡Cuerpo de nosla!: juramento eufemístico por "Cuerpo de Cristo" o "Cuerpo de Dios".
57 Herodías, cuyo baile alcanzó... la cabeza del Precursor de la vida. Chirinos saca al Retablo a Herodías, a pesar de que fue su hija Salomé quien bailó ante su tío y padrastro, Herodes Antipas. Pidió en premio la cabeza de San Juan Bautista.
58 Fiesta de cuatro capas: fiesta muy solemne y de gran esplendor. La expresión "de cuatro capas" tiene su origen en las solemnidades litúrgicas, en las cuales el número de clérigos ("prebendados") con capas pluviales que ayudaban a celebrar la misa, determinaba la solemnidad de la fiesta.
59 La zarabanda y... la chacona: bailes populares considerados inmorales en la época.
60 Jodía: judía; también podría sugerir "jodida", lo que sería, probablemente, una alusión maliciosa al adulterio de Herodías con Herodes Antipas, hermano de su ex-esposo Filipo.
61 Furrier: furriel; Es decir, el que se encargaba de la administración de una compañía de soldados. Tenía a su cargo la distribución de comida (pan y cebada) y la provisión de los alojamientos.
62 Mande hacer alojamiento para treinta hombres de armas: el furriel quiere que el Gobernador se encargue de alojar a treinta soldados de caballería. Siguiendo las costumbres de la época, los soldados se alojarían en las casas particulares de los aldeanos que no fuesen hidalgos. De ahí que Juan Castrado sugiera que el furriel sea sobornado con el baile erótico de la doncella Herodías, "porque vea este señor lo que nunca ha visto; quizá con esto le cohecharemos para que se vaya presto del lugar". La frontera entre la realidad "fantástica" del Retablo que trae Montiel y la realidad "diaria" se ha borrado totalmente, aunque existan las dudas del Gobernador, que los soldados "no deben ser de burlas".
63 Que se vean unos a otros: sin interrupción.
64 Ex illis es: de ellos eres. Palabras aplicadas a San Pedro por la sirvienta de Caifás, cuando el discípulo negaba a Cristo. Tanto Capacho aquí, como después el Gobernador, Juan Castrado y Benito Repollo, le acusan al furriel de judío. Irónicamente los aldeanos hablan como los judíos que acusaron a San Pedro.
65 Canalla barretina: es decir, canalla villanesca y judía. La barretina era una especie de gorra que en esta época iba asociada especialmente con los campesinos y los hebreos.
66 Rabellejo: diminutivo despectivo de rabel.
67 Queda en su punto: no ha cambiado.
Notas de Nicholas Spadaccini.

El teatro de Cervantes

El teatro de Cervantes no resiste comparación con la desmesura de Shakespeare. Pero Cervantes es un gran autor, una ocasión perdida. Conviene recordarlo, pues se le reconoce a regañadientes. La culpa del fracaso de Cervantes la tiene Lope, autor prolífico que estrenaba todo lo que escribía. El teórico del "Nuevo Arte de hacer comedias", el poeta popular que despreciaba al pueblo, se quedó con "el cetro de la monarquía cómica". No engañó a nadie y dejó muy claro que si el vulgo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto. Me interesan más las comedias y, sobre todo, los entremeses de Cervantes que todo Lope. Pero Lope era buena gente y no le tengo manía. Un amador tan caudaloso como él no puede ser malo, aunque colaborara con la Santa Inquisición. De lo que sí estoy convencido es de que al teatro español mejor le hubiera ido de seguir las sendas de Cervantes y no las de Lope. Si el público necesitaba divertimento ¿qué mejor que los entremeses cervantinos? Nunca, ni siquiera en las situaciones más jocosas, desaparece en Cervantes la conciencia crítica, el desdén por el poder y la tolerancia asentada en la justicia. Pero el genio de Lope quedó ahí por los siglos de los siglos. Y su espíritu popular y enredador es el que llena los teatros. Hoy sería Lope un magnífico empresario que jamás pondría en cartel entremeses como El retablo de las maravillasLa guardia cuidadosa, ni comedias como La entretenida o la genialidad de Pedro de Urdemalas. Si las comedias y entremeses de Cervantes fueron la ocasión perdida para un gran teatro crítico español, Numancia fue la ocasión perdida de un gran teatro trágico, insurgente y subversivo de raíz popular, porque Fuenteovejuna, de Lope, no lo es; el pueblo es un apéndice sumiso. De ser Cervantes, yo hubiera matado a Lope, que alcanzó la gloria como autor dramático y como poeta, las cumbres que le fueron vedadas.

domingo, 24 de abril de 2016

Fragmentos de Encuentro en Valladolid (y 2) - Anthony Burgess - Inglaterra


[...] La casa de Cervantes era pequeña y estaba impregnada de los olores de su cocina: ajo, aceite de oliva, especias que Will recordaba de souks norteafricanos. En la diminuta sala de estar había unos taburetes moros arqueados, una mesa redonda con manchas de tinta, unos 80 libros o así. Uno de esos libros yacía tirado sobre la raída alfombra mora a los pies de Cervantes, que había cogido, con seco egoísmo impropio de un anfitrión, la única silla de la habitación. Will y don Manuel se sentaron, un poco bajos, en los asientos arqueados. Cervantes le pasó el libro a Will de un puntapié, y éste lo recogió humildemente. Guzmán de Alfarache, por un tal Alemán. ¿Sería un alemán, con un nombre así? Era una de aquellas novelas. Cervantes habló y don Manuel tradujo:
—Sólo a lo largo del pasado año ese libro ha tenido 20 ediciones. Trata de un joven bribón que crece en un mundo bribón. Picaresco, si conocéis la palabra, lo cual dudo. Responde a cierta necesidad profunda del alma española, la necesidad de ser desollados y cauterizados por un Dios Padre contrariado que no moverá un divino dedo para ayudar al hombre, sino que le pone obstáculos en el camino para que tropiece. Y al final de una vida desgraciada no hay descanso, ni paz, sólo eterno tormento. Ésa es la clase de historia que nuestra nación adora. Y eso es lo que esperaban de mí cuando dejé el fatigoso e ingrato mundo del teatro por el de la narración pausada. Un Don Quijote apaleado en esta broma del Dios de sangre y dientes rotos. Pero en lugar de eso yo les doy comedia. Will dijo:
Haya es sayyi para todos.
Cervantes explotó y don Manuel, sin explosiones, tradujo así las consonantes expectorantes y las quejumbrosas vocales:
—Oh, no juguéis en mi presencia con árabe mal pronunciado y mal aprendido. Para mí el árabe ha sido el habla de la tortura y de la opresión. Hablad vuestra propia e impía lengua septentrional, de la que al menos presumo que tendréis un mínimo dominio. De vosotros los ingleses digo esto: que no habéis sufrido. No sabéis lo que es el tormento. Nunca crearéis una literatura a partir de vuestra endemoniada complacencia. Necesitáis el infierno, que habéis abandonado, y necesitáis el clima del infierno: vendavales, fuego, sequía.
—Lo hemos hecho lo mejor posible —dijo Will con humildad—. Pero os preguntaría, humildemente, ¿qué podéis saber vos de nuestra literatura? No habláis nuestra lengua, y nuestros libros y dramas no se han vertido aún al castellano. Tal vez con la llegada de la paz haya un mayor conocimiento recíproco...
—Paz, paz, ¿cómo puede haber paz? —Cervantes gritaba paz como si fuera el nombre de alguna enfermedad—. Os separasteis del cristianismo y optásteis por retiraros de la lucha con el musulmán infiel. Ésa es la única guerra, la expulsión del infiel islámico de los lugares santos, la cesación de su poder en el mar medio. Vino aquí a contaminar nuestro latín. A vosotros nunca os invadió. Sois un miembro podrido y amputado del árbol del Cristo vivo. Jugáis con sangre y canibalismo en vuestras obras de teatro idiotas...
—Sólo en esa ocasión. Os lo aseguro, Tito Andrónico no es nada típica. Está el problema de la barrera lingüística...
—La barrera está en el alma, no en la lengua y los dientes.
—No me habléis del alma —dijo Will con resolución—. Según admitís, los españoles veis a Dios como a un padre odioso y al hombre como a una bestia irredimible. Y el alma está encomendada a curas torturadores que piden una confesión de fe mientras las llamas saltan en torno a la víctima que aúlla. No me habléis del alma.
—La imagen del mundo de Alemán no es la mía. En algún lugar existe un Dios bondadoso, lejos de los gordos obispos y de los flacos verdugos. ¿Y cómo buscamos a ese Dios bondadoso? No por medio de la tragedia de unas vidas arruinadas, sino de la comedia de una odisea burlesca. Es un hallazgo que sólo podía hacerse aquí, aquí, aquí. (El aquí era una mano izquierda que circundaba un imaginario mapa de Iberia, una mano derecha que se golpeaba el pecho.) Es por medio de lo ridículo como debe confrontarse la gran verdad espiritual: que existe un Dios bondadoso. Vuestra idiota obra de anoche era ridícula en otro sentido. Vosotros los ingleses sois absolutamente incapaces de aceptar a Dios. No sufrís y no podéis hacer comedia a partir de lo que no existe en vuestra verde y templada tierra...
—Que vos nunca habéis visto.
—La veo en vos, en vuestra mirada dulce y en vuestra piel poco curtida. La amargura no está en vuestro cáliz. Nunca produciréis un Don Quijote.
—¿Y por qué habría de hacerlo? —dijo Will acaloradamente—. He producido y seguiré produciendo otras cosas —pero ¿las produciré?, pensó. ¿Acaso deseo producirlas?—. He hecho buena comedia y además tragedia, que es la más alta expresión del talento del dramaturgo.
—No lo es ni lo será jamás. Dios es un comediante. Dios no padece las consecuencias trágicas de una esencia llena de grietas. La tragedia es demasiado humana. La comedia es divina. Esta cabeza me está matando —los ojos parecían palpitarle a la luz de la vela cercana a su silla. No había ofrecido vino alguno. Si ésta era la hospitalidad española, burla y desprecio, Will no quería seguir recibiéndola—. Debo acostarme.
—Habláis de la comedia sin la menor comicidad —dijo Will, y a continuación—: Vos no habéis producido un Hamlet ni un Falstaff.
Pero esos nombres no significaban nada para aquel hombre torturado, antiguo esclavo en una galera, que había esperado largo tiempo el rescate de su reino y que, cuando había llegado, se había visto obligado a devolverlo a un elevado interés.
Don Manuel dijo:
—Yo he visto vuestras obras. He leído su libro. Me perdonaréis si digo que sé en qué reside su superioridad. Os falta su totalidad. Él ha visto más de la vida. Él tiene la capacidad de representar la carne y el espíritu de una vez y al mismo tiempo. La carne y el espíritu aparecieron hoy en el ruedo y la gente los reconoció. Me perdonaréis si doy la impresión de menospreciar lo que habéis hecho.
—No he hecho más que ganarme la vida. El arte no es sino una forma de ganarse el sustento. En lo que a mí respecta él puede ser el más grande. Yo no tengo tal pretensión.
—Ah, sí, la tenéis.
Will miró amargamente a don Manuel y luego temerosamente a Cervantes, que daba alaridos de dolor. Dijo Cervantes:
—Idos, idos. No deberíais haber venido.
—Fui invitado. Pero me iré.
—Debo transportar esta cabeza hendida a una alcoba oscura. Apurad vuestro vino y partid.
—No ha habido vino que apurar.
—Sin comunión de ninguna especie —masculló Cervantes—, y luego salió tambaleándose de la habitación.
Will y don Manuel se miraron. Will se encogió de hombros. Los dos hombres salieron a una calle oscura sin luna, aunque resplandecían las constelaciones, y se encaminaron hacia la posada de Will. Will dijo:
—¿Se puede leer el libro aquí?
—Si aprendéis suficiente español.
—Depende en gran medida de cuánto lleve esta forja de la paz perpetua.
—Puedo traduciros un poco para daros muestra de su calidad.
—¿Se puede convertir en una obra de teatro?
—No. Su extensión es su virtud. No podéis abarcar un viaje tan largo en vuestras dos horas de tráfico.
Will lanzó un silencioso gemido.
—Es consustancial a las obras de teatro el ser breves. ¿Tiene poesía el libro?
—Cuenta su historia con claridad. Él no posee vuestras dotes para la comprensión viva e intensa. Pero no las necesita.
A Will se le iluminó invisiblemente la cara.
—Entonces, no es poeta.
—No como lo sois vos.
—Pues eso ya es algo. Pero la poesía no se enseñorea de un ruedo y arranca entusiastas vítores de los mosqueteros.
—Veo que eso os escuece. Que se salgan de un libro y vivan en aire no enrarecido.
—Un poco.
Will ya estaba dormido cuando entró Burbage. Éste no lo despertó para decirle que La comedia de los errores, muy abreviada, había sido bastante bien acogida, confirmando que los dramaturgos de Inglaterra eran tratantes en cerveza floja y risas fáciles. Pero al alba fue Will quien sí despertó a Burbage.
—¿Eh? ¿Eh? ¿Qué? ¿Qué hora es, en nombre de Dios?
—Levantaos. Hay mucho que hacer. Hay que reunir a todos. Ahora mismo voy a sacarlos de sus camas a patadas, junto con las putas que hayan almacenado.
Jack Hemmings, Gus Phillips, Tom Pope (su pequeña santidad)1, George Bryan, Harry Condell, Will Sly, Dick Cowly, Jack Lowine, Sam Cross, Alex Cooke, Sam Gilburne, Robin Armin, Will Ostler (que odiaba a los caballos)2, Jack Underwood, Nick Tooley, Will Ecclestone, Joseph Taylor, Rob Benfield, Rob Gough, Dicky Robinson, Jack Shank y Jack Price estaban sentados, con los ojos nublados y doloridos por la intensa luz española, asímismo disgustados por el forzado despertar tan temprano, mojando pan tostado en sus brebajes de leche caliente y vino mientras escuchaban a su poeta con incredulidad. Dick Burbage lo había oído ya todo: no le quedaba por hacer más gestos que encogerse de hombros y poner los ojos en blanco. Dijo Will:
—Mañana o pasado representamos Hamlet. Pero lo hacemos de manera algo distinta de como lo hemos hecho hasta ahora. Porque metemos en la obra a sir John Falstaff. No os asombréis ni sobresaltéis de ese modo. El arreglo es facilísimo. Pues Hamlet es ahora un príncipe al que le encanta la vida ordinaria de la taberna. Son Falstaff y su cuadrilla quienes mantienen alejada la idea del suicidio. Falstaff puede llamar a Hamlet dulce Ham en vez de Hal, no cambia más que una letra. Hay una guerra contra las fuerzas del rey usurpador. Al final, Hamlet es coronado rey y despide a Falstaff. Veréis que es poco lo que hay que variar, aunque mucho lo que añadir. Tendréis una obra de unas seis horas de duración, y si no les gusta nos pueden mandar a casa. Preferentemente por tierra... Tengo ganas de ver el Rosellón.

Hubo ruido de fuertes protestas, acalladas por el bramido de Burbage. Dijo Burbage:
—Hay mucho sentido en lo que dice Will. Así no podrán acusarnos de falta de peso. Y al día siguiente, Hamlet y Falstaff atravesarán el ruedo juntos a caballo. Nick Tooley se ha estudiado el papel de Hamlet para suplencias. Ya es hora de que lo interprete. Además es alto y delgado, así que hay que suprimir el verso que dice que está gordo y con poco aliento, que una vez sirvió para mí, aunque ya no, gracias a Dios. Alex Cooke, que hace de la reina Gertrudis, hará también de Mistress Quickly. Las dos son, cada una a su manera, mujeres malvadas. Tenemos bastantes muertes, incluyendo la de Hotspur, que está por el rey usurpador. Pero Hamlet sobrevive, así que no se trata de ninguna tragedia.
—¿Es entonces La comedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca? —preguntó Jack Underwood.
—¿Cómo puede tratarse de Inglaterra y de Dinamarca al mismo tiempo? —quiso saber Jack Lowine.
—¿Se trata de Inglamarca o de Dinaterra? —preguntó ingeniosamente Jack Shank.
—Hotspur —dijo Burbage— suena más danés que Claudio. Basta de impertinencias geográficas. Aquí está ya Will montando las escenas en un orden continuado. Muy bien puede resultar la mejor obra que representemos jamás.
—Sin duda la más larga —dijo Will Sly.
Sin duda la más larga.
—Bien —le dijo Will a Cervantes cuando el público volvía a sus casas tambaleándose a las tres de la madrugada—, ¿os parece que somos deficientes en lo cómico?
Don Manuel tradujo. Cervantes dijo:
—Ha sido demasiado larga.
—Lo será vuestra barba para el barbero.
¿Cómo?
—De ninguna de las maneras es tan larga como vuestra condenada novela, según la llamáis.
—Yo no la llamo condenada. El hombre gordo y el hombre flaco me los habéis robado a mí.
—Ah, no. Allí estaban ya en el teatro de Londres antes de que yo oyera hablar de vuestra existencia. ¿Qué decís, pues, ahora?
—No he entendido una palabra.
—Ésa es vuestra tragedia. [...]
Traducción y notas de Javier Marías
1 Pope significa Papa en inglés. 
2 Ostler significa mozo de cuadra en inglés.

viernes, 22 de abril de 2016

Fragmentos de Encuentro en Valladolid (1) - Anthony Burgess - Inglaterra


Mañana, 23 de abril, se conmemora el IV centenario de las muertes de Cervantes y Shakespeare, aun sabiendo que ninguno de los dos murió en esa fecha. Miguel de Cervantes falleció el 22 de abril y fue enterrado el 23. La muerte de  William Shakespeare se produjo el 23 de abril, pero del calendario juliano, que seguía utilizándose en Inglaterra. Según el calendario gregoriano, que España había adoptado en 1582, esa fecha correspondería al 3 de mayo.
Quien sí murió el 23 de abril de 1616 fue el Inca Garcilaso de la Vega.

No hay evidencias de que Cervantes conociera la obra e incluso la existencia de Shakespeare, pero sí es seguro que Shakespeare leyó a Cervantes. En 1611 o 1612, apenas seis años después de la publicación en España de la primera parte del Quijote, se editó en Inglaterra una versión de la novela traducida por Thomas Shelton. El éxito fue enorme, tanto o más que en España, como atestiguan las sucesivas traducciones y ediciones y las numerosas adaptaciones de la obra en el teatro inglés de la época. Dichas adaptaciones solían centrarse en episodios secundarios o "novelas intercaladas" del Quijote, de las cuales la favorita parece haber sido la Historia de Cardenio. Se sabe que una obra titulada Cardenno fue representada en la corte inglesa en el invierno de 1612-1613, y nuevamente a principios del verano de 1613, por los King’s Men, la compañía teatral de Shakespeare. En 1653 la obra fue registrada como The History of Cardenio, figurando como autores Mr. Fletcher (John Fletcher) y William Shakespeare, pero no hay constancia de que se publicase, y el manuscrito original aún no se ha encontrado.

Encuentro en Valladolid

La delegación británica desembarcó en Santander con un tiempo asqueroso, para luego seguir hasta Valladolid a caballo y en coches alquilados. Fue recibida en el muelle por un puñado de emisarios de la corte española y un intérprete llamado Manuel del Pulgar Garganta. Mostraba éste menos interés por milord Esto y el conde de Aquello que por un grupo de cómicos que, muy compungidos, miraban cómo el carro de sus pertenencias era llevado a tierra por remeros morenos y vociferantes en una barca semianegada. Tenían que alquilar caballos en una cuadra de algún punto de la ciudad, y mandaron a Robert Armis, un payaso que además era hijo de un mozo de cuadra, a inspeccionar lo que sin duda serían rocines aquejados de esparaván.
—Rocinantes —dijo don Manuel con una amplia sonrisa—. Los mejores caballos estarán ya apalabrados para llevar a milord Eso y al conde de lo Otro. Pero yo iré con maese Armin, a quien recuerdo haber visto en el teatro del Globo, y también haberle oído, cantaba muy bien, para cerciorarme de que no le engañan en exceso.
—Por Dios que habláis nuestra lengua británica, como debemos llamarla ahora a partir de la nueva denominación de nuestro reino, con excelente acento y fluvial soltura —dijo Dick Burbage—. De ello vamos a alegrarnos, os lo aseguro. De los que aquí estamos no hay uno que hable más de tres palabras de vuestro castellano, siendo esas palabras sí y no y mañana1. Los tiempos han desaconsejado hablar la lengua del enemigo que ya no debemos consideraros. Esperad, paz es otra palabra nueva. Va a haber en Valladolid una lenta negociación de paz, y los Hombres del Rey2 estamos aquí para untar con una suerte de miel el insulso pan de la diaria molienda de las ruedas de la paz perpetua. Perdonadme, señor...
—Don Manuel, a vuestra disposición.
—Vos lo decís. Burbage, a la vuestra. Si hablo demasiado es porque las últimas semanas he tenido la boca enteramente ocupada con arcadas y vomitonas. Ahí, ved, hay uno vomitando aún. Tiene el estómago más delicado de todos nosotros.
—Tenía que ser vuestro maestro Shakespeare.
—Por Dios que nos conocéis a todos. Un español en Londres, lo digo sin ánimo de ofender, no podría haber tenido más trabajo que el de espía. Pero ahora todo ha terminado, o la habrá hecho para cuando nosotros hayamos representado nuestro repertorio entero.
—No finjo que no. Me ayudó tener una madre inglesa leal a Roma y por tanto necesariamente desleal con su país. Los grandes asuntos de Estado son duros para los humildes, como tan a menudo decía ella. Ay, murió de fiebres en Ávila y mi pobre padre no tardó en seguirla. Vuestro maestro Shakespeare parece un poco en apuros. ¿Puedo ofreceros a él y a vos un brebaje de leche agria de cabra y espeso vino de Jerez? Obra maravillas con los estómagos revueltos.
—A él no. Pero yo aceptaré vuestro sack jerezano sin aditamentos cabríos. ¿Queréis decir en esa posada de ahí?
—En la misma. Iremos a arreglaros hasta que esté arreglado lo de los caballos. Vuestros nobles señores y los nuestros se están desenvolviendo bastante bien, me parece oír, en la lengua toscana.
Burbage y Pope y Dicky Robinson y Will Shakespeare se sentaron juntos a beber lo que ellos llamaban sack mientras el resto de la compañía se empapaba de sol (tras tantos días grises) y comía ante mesas puestas bajo ciclamores. Comían huevos fritos y jamón al que había cerdas adheridas. Will se estremeció.
Esos estómagos jóvenes —dijo—. Soy demasiado viejo para cabecear en el Golfo de Vizcaya. Soy demasiado viejo para cualquier cosa. Tengo ganas de quitarme la librea real cuando regresemos y decirle al rey lo que puede hacer con ella. Un cuarentón debería cuidar su cuerpo y varar su alma en un puerto tranquilo.
—Sólo acabáis de cumplir 40. Eso no es edad.
—Cuanrenta y uno enteros. Este sack quema. Acuchilla. Ojalá supiera cómo se dice agua de cebada en español.
—Habla el hombre que ha hecho más por el monopolio del sack que el mismísimo y fiero sol de Jerez. Vuetro Falstaff es un fraude.
—Nunca lo he negado.

Se cabalgó cansinamente por la Cordillera Cantábrica, pasándose la noche en una repugnante posada de Reinosa en medio de un ballet de pulgas. Luego se siguió hasta Carrión, donde algunos hubieron de dormir destapados sobre un suelo por el que correteaban ratas. Luego a Palencia y por fin a Valladolid, una hermosa ciudad en la cuenca del Duero, donde los británicos, a quienes los españoles llamaban ingleses y no parecían contentos de ver, fueron recibidos por un sermón en latín a cargo de un obispo ceñudo a la entrada de la ciudad. [...]
Los nobles delegados fueron conducidos a una especie de palacio de estuco descascarillado, en cuyos muros había frases de bienvenida a los heréticos británicos escritas con tiza o pintarrajeadas: Viva la paz... unos días y Abajo los ingleses. Don Manuel se acercó en su caballo, sonriendo, a los Hombres del Rey.
—No creo que esperarais resonar de trompetas a modo de bienvenida —dijo—. Nuestro poeta Góngora ha estado ya manos a la obra. Escribe como si todo hubiera ya acabado —sostenía un papel en su mano finamente enguantada—. Como no sabéis nuestro castellano, os traduciré: "Dedicamos pompas, pura estulticia, / y fastos llenos de grandes patrañas / a los espías de la Gran Bretaña / llegados con luterana codicia. / Lutero es burla de nuestra miseria, / la paz es coz a nuestros juramentos. / Aquí se ofrece cómica materia / a Don Quijote y Sancho y a su jumento". Algo así, perdonad el inglés lleno de ripios.
—¿Quiénes son estos Don Quijote y Sancho? —preguntó Will.
—¿Aún no los conocéis? Pero si en Londres yo conocí a un hombre llamado Shelton que estaba ya trabajando en una versión inglesa. Es una larga tarea. Se trata de una novela muy larga.
—¿Qué es una novela? —preguntó Burbage.
—No las lindas historietas de unas pocas páginas con que las damas entretienen su abundante ocio en Inglaterra. Esto es macizo y aún no está hecha su construcción. Su autor anda por aquí. En cuanto a Don Quijote y Sancho y a su jumento, los veréis mañana en la plaza de toros.
—¿Aquí también hostigáis a los toros? —dijo Will melindrosamente.
—Nada de hostigarlos. Un igual combate entre hombre y toro. El toro no siempre muere. Hemos inventado un ritual compuesto de los sacrificios cristiano y mitraico. A veces el hombre es corneado y destripado. A veces le toca al toro. Pero los que siempre sufren son los caballos. No importa, siempre han dejado atrás su esplendor, rocines viejos, simples rocinantes.
—Siempre estáis hablando de rocinantes, sean lo que sean.
—Don Quijote montará uno mañana. Los veréis a todos.
—No me gusta que se maltrate a los caballos —dijo Will con ira—. Un caballo es una prolongación del hombre, luego, parte de él. Todos somos centauros. No asistiré.
—Debéis, Will —dijo Burbage—. El delegado del lord Chamberlán nos contará. Somos oficiales de la Cámara y tenemos nuestras responsabilidades.
—No he venido a España a presenciar torturas de caballos.
—Podéis presenciar torturas más terribles —dijo don Manuel—. La Inquisición trata a los herejes de tal manera que el destripamiento de un rocín parece el simple cosquilleo de una mosca a su lado.
—Necesito agua de cebada para mi estómago —dijo Will. [...]

Con el fresco de la media tarde don Manuel llevó a hacer un recorrido a pie por la ciudad a los miembros de los Hombres del Rey que no estaban cazando mozas ni mozos ni aliviando sus estómagos del fuerte vino local. Los ríos Pisuerga y Esgueva confluían aquí. La riqueza de la provincia llegaba en barco: cereales y vino y aceite y miel y cera de abejas. Ved la catedral, reluciente y nueva, de sólo 20 años de antigüedad, pues todo Valladolid quedó destruído por un incendio en 1561 y el rey Felipe, que había nacido aquí, la hizo reconstruir entera. Hace sólo 99 años murió aquí Cristóbal Colón. En esa casa, ved, habita el maestro Miguel de Cervantes Saavedra, padre de Don Quijote y Sancho y otrosí del jumento de Sancho. Mirad, ese es él, que sale, sin mirar ni adelante ni atrás ni a derecha ni a izquierda, un hombre sin amigos y apaleado por el mundo que reinventa el mundo en su calavera. Es un viejo, ved, 57 años cumplidos, cano. Durante los festejos por la paz se va a poner una obra teatral suya, pero a él le trae sin cuidado. Ha trabajado como un negro en el teatro sin recompensa. No os propongo que lo conozcáis. No sabe nada de vuestra lengua y es bastante lacónico cuando habla castellano. Pero a veces se muestra locuaz en la lengua mora que aprendió siendo esclavo y rehén.
—La lengua mora —dijo Will—. Yo no he sido esclavo ni rehén, pero la aprendí un poco. Fue cuando acompañé a mi señor de Southampton en misión a Rabat, misión fallida para comprar caballos árabes para la campaña de Irlanda de mi señor Essex. Campaña fallida, debo añadir. Creo que mi estómago está ya lo bastante aplacado para cenar algo. [...]

Una versión truncada de Tito Andrónico fue lo que vieron tanto los británicos como sus anfitriones españoles. Hubo más sangre (de cerdo, comprada en el lugar) que verso blanco. Algunos españoles hicieron ademán de vomitar, un gesto de crítica, y los que habían comido en abundancia y bebido a lo grande salieron a hacer más que el ademán. Los británicos, cómodamente repantigados, se zamparon todos los horrores con fruición, incluida la empanada. Cuando, más tarde, Will y Burbage yacían juntos en su espaciosa cama, a ninguno de los dos se le ocultaba que en cierta medida habían traicionado las pretensiones estéticas e intelectuales de este nuevo país llamado Gran Bretaña, gobernado por un rey conocido como el tonto más sabio de la cristiandad. [...]

Aquella tarde el ruedo estaba abarrotado por la gente común de Valladolid, que abucheó a la delegación británica con sus elegantes capas y ropajes. Will se sentó a la sombra con sus compañeros de los Hombres del Rey, que masticaban nueces, todos compuestos para la ocasión con sus libreas reales. El espectáculo se inició con una melodía a cargo de una aguda trompeta, y entonces apareció trotando en el ruedo un hombre mayor alto y flaco que llevaba una armadura de cartón, un yelmo remendado con cuerda, una lanza rota vuelta a unir chapuceramente con vendas, montado en un lamentable rocín que dejaba ver los huesos bajo la sarnosa piel. Le seguía un hombre pequeño y gordo a horcajadas de un burro, que de cuando en cuando se llevaba a sus hirsutos y barbudos labios una bota de vino que goteaba. Los dos saludaban con la mano agradeciendo los aplausos de la multitud, que claramente los adoraba. Tras ellos, a considerable distancia, aparecieron cojeando desde la entrada un par de hombres vestidos de monjes que portaban, cada uno un asta, una pancarta desplegada en la que estaba inscrito pax et paupertas. La multitud lanzó gritos de aprobación y volvió a abuchear a los británicos. Will le dijo a don Manuel:
—El flaco caballero de broma y su escudero, ¿qué salen, de un libro?
—Exactamente. Pero son demasiado grandes para un libro. Han escapado de él como quien huye de una cárcel.
Will refunfuñó para sus adentros. Hamlet y Falstaff estaban encerrados en sus respectivas obras de teatro. Nunca irrumpirían en un soleado ruedo para ser aclamados por una muchedumbre entusiasta. Pero ¿por qué habría de importarle? Lo que importaba era el terreno, y costales de malta almacenados para la próxima mala cosecha. El teatro era sólo teatro. Sin embargo, refunfuñó e hizo rechinar los dientes. Cuando el contrahecho caballero y su gordo escudero se retiraron en medio de un último estallido de entusiasmo, empezó de verdad la tarde. Desfilaron toreros con espadas a los que arrojaban flores las damas con sus mantillas negras. Entonces salió un toro dando bufidos. Fue despiadadamente atormentado por unos hombres con arpones de fantasía. Luego corneó a un flaco caballo cuyas tripas salieron en un amasijo. La muchedumbre rugía como en la alta comedia.
—Voy a salir de aquí —le gruñó Will a Burbage—. Ya he visto de sobra. No les veo la gracia a las entrañas desparramadas. [...]

[...] Don Manuel se le acercó con un hombre cuyo rostro le resultaba vagamente familiar. El hombre rió burlonamente ante Will y dijo algo ininteligible. Pero en ello iba la palabra maida, y así era como se decía estómago en árabe. Esto quedó confirmado cuando el hombre habló en lo que evidentemente era castellano, diciendo con desprecio estómago. Don Manuel dijo, pesaroso:
—Dice que tenéis bastante estómago para la sangre y las tripas en el teatro, pero que os apartáis de la realidad. Como esta tarde. Os vio marcharos. Éste, perdonadme por la tardanza en presentaros, es Miguel de Cervantes Saavedra. William Shakespeare.
—¿Chequespirr? —el nombre no significaba nada. [...]
Traducción y notas de Javier Marías
Anthony Burgess
1 Las palabras españolas en cursiva están en castellano en el original.
2 Los Hombres del Rey o The King's Men fue el nombre por el que se conoció a la compañía de Shakespeare a partir del 19 de marzo de 1603, cuando el rey Jacobo I, poco después de su ascensión al trono, la tomó bajo su protección. Richard Burbage (c. 1567-1619) fue el más famoso y celebrado actor de la época isabelina, e interpretó todos los grandes papeles de las obras de Shakespeare.