Eva Cassidy - American Tune (2003)

martes, 31 de marzo de 2015

Memento mori/ 2 - De la brevedad engañosa de la vida - Luis de Góngora - España


Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago y tu lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas;
las horas, que limando están los días,
los días, que royendo están los años.
Luis de Góngora

    Memento mori es una locución latina que viene a significar "Recuerda que morirás". Esta frase, que seguramente tiene origen sabino y que, según el testimonio de Tertuliano, procede de la expresión Respice post te! Hominem te esse memento! ("¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre"), se convirtió enseguida en tópico literario y artístico para poner de relieve la vanidad de la existencia y la fugacidad de la vida. Está directamente emparentada, por tanto, con otro lugar común literario, cual es Tempus fugit.
    Parece que el tópico tiene su origen en una muy conocida costumbre romana: cuando un general (leamos César, por ejemplo) desfilaba por las calles de Roma tras una victoria, se hacía acompañar de un siervo que le avisaba constantemente al oído "Recuerda que eres mortal", en un intento de evitar que incurriese en la soberbia de creerse un dios y utilizar su recién adquirido poder para saltarse las leyes a su conveniencia. Esto a César, por cierto, no le sirvió de nada.

    Memento mori es uno de los tópicos más utilizados en el Barroco, tanto en la literatura (Góngora, Quevedo...) como en la pintura (pintura de vanitas), donde son comunes los cráneos humanos, acompañados de flores marchitas, frutas podridas, relojes de arena...

domingo, 29 de marzo de 2015

Lamento - Tomas Tranströmer - Suecia


Él dejó la pluma.
Quedó quieta en la mesa.
Quieta en el vacío.
Él dejó la pluma.

¡Demasiado lo que no se puede escribir ni callar!
Está paralizado por lo que sucede muy lejos
aunque la prodigiosa mochila late como un corazón.

Afuera, es el comienzo del verano.
Del verdor llegan silbos -¿personas o pájaros?
Y cerezos en flor que palmean los camiones que llegaron a casa.

Pasan semanas.
Se hace lentamente noche.
Las polillas en la ventana:
pequeños, pálidos telegramas del mundo.
Versión de Roberto Mascaró
Tomas Tranströmer

El escritor, poeta, traductor, músico y psicólogo sueco Tomas Tranströmer, Premio Nobel de Literatura 2011, acaba de fallecer a los 83 años. Descanse.
Hay más poemas de Tranströmer en este blog.

viernes, 27 de marzo de 2015

Poema de Gilgamesh/ 4 - Anónimo - Mesopotamia


TABLILLA X

COLUMNA I

Texto asirio

Siduri, la tabernera, que reside en la orilla del mar1,
habita allí en una mansión solitaria.
Habían hecho para ella una jarra y una tinaja de oro,
iba cubierta con un velo...
Gilgamesh, habiendo caminado mucho tiempo, llegó a su
            presencia.
Con pieles de animales iba vestido,
pero había en él carne de los dioses.
La angustia estaba en su corazón
y su rostro era como el del que ha recorrido un largo
            camino.
La tabernera, que lo había visto de lejos,
preguntándose en su interior, se dijo estas palabras,
deliberando consigo misma:
"Seguramente ese que se aproxima es un asesino,
¿adónde va tan agitado?".
Al verlo, la tabernera cerró la puerta,
atrancó el portal y aseguró el cerrojo.
Pero Gilgamesh dirigió su atención al ruido que ella hacía,
levantó el mentón y puso en ella su mirada.
Gilgamesh le dijo a la tabernera:
"Tabernera, ¿qué has visto para que hayas cerrado la puerta,
atrancado el portal y asegurado el cerrojo?
Derribaré tu puerta y romperé tu cerrojo,
si cierras la puerta delante de mí".

Sigue una laguna de unos quince versos, en los cuales Siduri, abriendo su puerta, dialoga con Gilgamesh.

[...] Gilgamesh, abriendo la boca, habla y dice a la tabernera:
"Soy Gilgamesh, el que mató al Toro bajado del cielo,
maté también al que era el guardián del Bosque,
abatí a Humbaba, que vivía en el Bosque de los Cedros,
en los pasos del monte he matado leones".
La tabernera le dijo a Gilgamesh:
"Si tú eres Gilgamesh, el que mató al guardián del Bosque,
si has abatido a Humbaba, que vivía en el Bosque de los
            Cedros,
si, en los pasos del monte, has matado leones,
si has matado al Toro bajado del cielo,
¿por qué tus mejillas están demacradas y tu rostro abatido?
¿Por qué tu corazón está dolido y tus rasgos demudados?
¿Por qué la angustia está en tus entrañas?
¿Por qué tu cara es como la del que ha recorrido un largo
            camino?
¿Por qué tu rostro está tostado por la humedad y el excesivo
            calor?
¿Por qué vas tú errante por la estepa, buscando un soplo de
            viento?"
Gilgamesh respondió a la tabernera:


COLUMNA II

Texto asirio. Los seis primeros versos están perdidos. Se han reconstruido los mismos en razón a la claridad del contexto. Está hablando Gilgamesh.

"Tabernera, si mis mejillas está demacradas y mi rostro
            abatido,
si mi corazón está dolido y mis rasgos demudados,
si la angustia está en mis entrañas,
si mi cara es como la del que ha recorrido un largo camino,
si mi rostro está tostado por la humedad y el excesivo calor,
si voy errante por la estepa buscando un soplo de viento,
es por miedo a la muerte por lo que ando errante por la
            estepa.
Lo que ha ocurrido a mi amigo me obsesiona;
sí, me obsesiona la suerte de Enkidu.
Por un largo camino, ando errante por la estepa,
¿cómo callarme?, ¿cómo guardar silencio?
Mi amigo, al que yo amaba, ahora es como el
            barro; Enkidu, mi amigo, al que yo amaba, ahora es
            como el barro.
¿No iré a conocer la misma suerte, a acostarme
para no levantarme nunca jamás?".
Gilgamesh dijo a la tabernera:
"Y ahora, tabernera, ¿cuál es el camino que conduce hasta
            Utnapishtim?
¿Qué señal me lo hará reconocer? ¡Dime la señal!
Si es posible, atravesaré el mar,
y si no es posible, erraré por el desierto".
La tabernera le dijo a Gilgamesh:
"Nunca, Gilgamesh, ha existido tal camino,
nadie, desde los tiempos más antiguos, pudo atravesar el
            mar.
El único que atraviesa el mar es Samash, el Héroe,
pero, excepto Samash, ¿quién lo podría atravesar?
La travesía es difícil y más difícil aún su camino,
pues en su curso están las Aguas de la Muerte, que cortan el
            paso.
¿Por qué punto, Gilgamesh, atravesarías el mar2?
Una vez llegado a las Aguas de la Muerte, ¿qué harías?
Gilgamesh, aquí está Urshanabi3, el batelero de Utnapishtim;
los de piedra están con él; en el bosque corta urnu.
¡Ve, que puedas hallar gracia a sus ojos!
Si es posible, efectúa la travesía con él; si no, regresa".
Gilgamesh, habiendo oído estas palabras,
blandió el hacha con su mano,
desenvainó el puñal de su cinto
y, como una flecha, cayó sobre ellos;
en el corazón del bosque se agazapó.
Urshanabi vio el destello del puñal,
oyó el ruido del hacha...
Entonces Gilgamesh golpeó su cabeza,
agarró sus salientes... oprimió contra su pecho,
y cargó a los de piedra en el barco4,
sin los cuales no se puede cruzar las Aguas de la Muerte.

Siguen ocho versos, en los que restan algunas palabras sueltas, que impiden conocer el desarrollo del texto.

Traducción y notas de Federico Lara Peinado
Poema de Gilgamesh

1 La localización del lugar donde reside Siduri es difícil, dada la ambiguedad de este pasaje. Algunos la sitúan en Biblos; otros, junto al Mar Rojo, y otros, en la cordillera del Atlas africano. 
2 El mar es una clara alusión al Océano, que era el último confín conocido. Era una barrera infranqueable, porque, según los sumerios, comunicaba con las Aguas de la Muerte y con el Apsu. Incluso, mucho más tardíamente, la travesía de Julio César a Bretaña fue tenida como acto de sobrehumana temeridad, pues el canal inglés era el comienzo del Océano. 
3 Urshanabi equivale a 'siervo de Shanabu', esto es, 'siervo de Ea'. Siendo Ea dios del mar y del Apsu, se comprende que este barquero sea servidor de Ea. No es posible saber con exactitud qué cosa designaban los de piedra. Tal vez sean imágenes, estatuas o pértigas de piedra. Esta posibilidad parece quedar confirmada por la versión hitita ralativa a este pasaje, donde se habla de 'imágenes de piedra'. Serían, pues, o bien estatuas apotropaicas, protectoras de la barca, o bien pértigas de piedra, que al no humedecerse impedían que las manos del barquero tocasen las Aguas de la Muerte. Con el término urnu se designaba un tipo específico de serpientes, por lo que algunos autores traducen: "en el bosque recoge reptiles". No comprendemos por qué Urshanabi está recogiendo tales animales en el bosque. ¿Quizá le servirían de alimento? ¿Tendrían alguna virtud apotropaica? Mejor es considerar la palabra urnu como un término metafórico, aplicado a las lianas del bosque y que le serían necesarias para equipar su embarcación. También podría pensarse en algún tipo de cedro cuya madera sería precisa para el velamen del barco. 
4 Ignoramos por qué Gilgamesh ataca a los de piedra (¿o a Urshanabi?). ¿Deseaba apoderarse del barco e irse solo al lugar de Utnapishtim? Con su ataque sobre los de piedra, ¿quería tener atemorizado al barquero? Estos salientes o protuberancias son algún componente morfológico de los de piedra. Los autores que sostienen que los urnu eran serpientes o lagartos, piensan que se trata de las pequeñas alas o protuberancias de tales animales.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Fábulas / 20 - La fábula de las abejas, o cómo los vicios privados hacen la prosperidad pública - Bernard de Mandeville - Países Bajos / Elogio del crimen - Karl Marx - Prusia


    En 1714, Bernard Mandeville escribía esto: "Había una colmena que se parecía a una sociedad humana bien ordenada. No faltaban en ella ni los bribones, ni los malos médicos, ni los malos sacerdotes, ni los malos soldados, ni los malos ministros. Por descontado tenía una mala reina. Todos los días se cometían fraudes en esta colmena; y la justicia, llamada a reprimir la corrupción, era ella misma corruptible. En suma, cada profesión y cada estamento, estaban llenos de vicios. Pero la nación no era por ello menos próspera y fuerte. En efecto, los vicios de los particulares contribuían a la felicidad pública; y, de rechazo, la felicidad pública causaba el bienestar de los particulares. Pero se produjo un cambio en el espíritu de las abejas, que tuvieron la singular idea de no querer ya nada más que honradez y virtud. El amor exclusivo al bien se apoderó de los corazones, de donde se siguió muy pronto la ruina de toda la colmena. Como se eliminaron los excesos, desaparecieron las enfermedades y no se necesitaron más médicos. Como se acabaron las disputas, no hubo más procesos y, de esta forma, no se necesitaron ya abogados ni jueces. Las abejas, que se volvieron económicas y moderadas, no gastaron ya nada: no más lujos, no más arte, no más comercio. La desolación, en definitiva, fue general. La conclusión parece inequívoca: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir, si queremos gozar de sus dulces beneficios".


Fábula de las abejas

Un gran panal atiborrado de abejas
que vivían con lujo y comodidad,
mas que gozaba fama por sus leyes
y numerosos enjambres precoces,
estaba considerado el gran vivero
de las ciencias y la industria.
No hubo abejas mejor gobernadas,
ni más veleidad ni menos contento:
no eran esclavas de la tiranía
ni las regía loca democracia,
sino reyes que no se equivocaban,
pues su poder estaba circinscrito por leyes.

Estos insectos vivían como hombres,
y todos nuestros actos realizaban en pequeño;
hacían todo lo que se hace en la ciudad
y cuanto corresponde a la espada y a la toga,
aunque sus artificios, por ágil ligereza
de sus miembros diminutos, escapaban a la vista humana.
Empero, no tenemos nosotros máquinas, trabajadores,
buques, castillos, armas, artesanos,
arte, ciencia, taller o instrumento
que no tuviesen ellas el equivalente;
a los cuales, pues su lenguaje es desconocido,
llamaremos igual que a los nuestros.
Como franquicia, entre otras cosas,
carecían de dados, pero tenían reyes,
y éstos tenían guardias; podemos, pues,
pensar con verdad que tuvieran algún juego,
a menos que se pueda exhibir un regimiento
de soldados que no practique ninguno.

Grandes multitudes pululaban en el fructífero panal;
y esa gran cantidad les permitía medras,
empeñados por millones en satisfacerse
mutuamente la lujuria y vanidad,
y otros millones ocupábanse
en destruir sus manufacturas;
abastecían a medio mundo,
pero tenían más trabajo que trabajadores.
Algunos, con mucho almacenado y pocas penas,
lanzábanse a negocios de pingües ganancias,
y otros estaban condenados a la guadaña y al azadón,
y a todos estos oficios laboriosos
en los que los miserables voluntariosos sudan cada día
agotando su energía y sus brazos para comer.
Mientras, otros se abocaban a misterios
a los que poca gente envía aprendices,
que no requieren más capital que el bronce
y pueden levantarse sin un céntimo,
como fulleros, parásitos, rufianes, jugadores,
rateros, falsificadores, curanderos, agoreros
y todos aquellos que, enemigos
del trabajo sincero, astutamente
se apropian del trabajo
del vecino incauto y bonachón.
Bribones llamaban a éstos, mas salvo el mote,
los serios e industriosos eran los mismo:
todo oficio y dignidad tiene su tramposo,
no existe profesión sin engaño.

Los abogados, cuyo arte se basa
en crear litigios y discordar los casos,
oponíanse a todo lo establecido para que los embaucadores
tuvieran más trabajo con haciendas hipotecadas,
como si fuera ilegal que lo propio
sin mediar pleito pudiera disfrutarse.
Deliberadamente demoraban las audiencias,
para echar mano a los honorarios;
y por defender causas malvadas
hurgaban y registraban en las leyes
como los ladrones las tiendas y las casas,
buscando por dónde entrar mejor.

Los médicos valoraban la riqueza y la fama
más que la salud del paciente marchito
o su propia pericia; la mayoría,
en lugar de las reglas de su arte, estudiaban
graves actitudes pensativas y parsimoniosas,
para ganarse el favor del boticario
y la lisonja de parteras y sacerdotes, y de todos
cuantos asisten al nacimiento o al funeral,
siendo indulgentes con la tribu charlatana
y las prescripciones de las comadres,
con sonrisa afectada y un amable "¿Qué tal?"
para adular a toda la familia,
y la peor de todas las maldiciones,
aguantar la impertinencia de las enfermeras.

De los muchos sacerdotes de Júpiter
contratados para conseguir bendiciones de Arriba,
algunos eran leídos y elocuentes,
pero los había violentos e ignorantes por millares,
aunque pasaban el examen todos cuantos podían
enmascarar su pereza, lujuria, avaricia y orgullo,
por los que eran tan afamados, como los sastres
por sisar retazos, o ron los marineros;
algunos, entecos y andrajosos,
místicamente mendigaban pan,
significando una copiosa despensa,
aunque literalmente no recibían más;
y mientras estos santos ganapanes perecían de hambre,
los holgazanes a quienes servían
gozaban su comodidad, con todas las gracias
de la salud y la abundancia en sus rostros.

Los soldados, que a batirse eran forzados,
sobreviviendo disfrutaban honores,
aunque otros, que evitaban la sangrienta pelea,
enseñaban los muñones de sus miembros amputados;
generales había, valerosos, que enfrentaban al enemigo,
y otros recibían sobornos para dejarle huir;
los que siempre al fragor se aventuraban
perdían, ora una pierna, ora un brazo,
hasta que, incapaces de seguir, les dejaban de lado
a vivir sólo a media ración,
mientras otros que nunca habían entrado en liza
se estaban en sus casas gozando doble mesada.

Servían a sus reyes, pero con villanía,
engañados por su propio ministerio;
muchos, esclavos de su propio bienestar,
salvábanse robando a la misma corona:
tenían pequeñas pensiones y las pasaban en grande,
aunque jactándose de su honradez.
Retorciendo el Derecho, llamaban
estipendios a sus pringosos gajes;
y cuando las gentes entendieron su jerga,
cambiaron aquel nombre por el de emolumentos,
reticentes de llamar a las cosas por su nombre
en todo cuanto tuviera que ver con sus ganancias;
porque no había abeja que no quisiera
tener siempre más, no ya de lo que debía,
sino de lo que osaba dejar entender
que pagaba por ello; como vuestros jugadores,
que aún jugando rectamente, nunca ostentan
lo que han ganado ante los perdedores.

¿Quién podrá recordar todas sus supercherías?
El propio material que por la calle vendían
como basura para abonar la tierra,
frecuentemente la veían los compradores
abultada con un cuartillo
de mortero y piedras inservibles;
aunque poco podía quejarse el tramposo
que, a su vez, vendía gato por liebre.

Y la misma Justicia, célebre por su equidad,
aunque ciega, no carecía de tacto;
su mano izquierda, que debía sostener la balanza,
a menudo la dejaba caer, sobornada con oro;
y aunque parecía imparcial
tratándose de castigos corporales,
fingía seguir su curso regular
en los asesinatos y crímenes de sangre;
pero a algunos, primero expuestos a mofa por embaucadores,
los ahorcaban luego con cáñamo de su propia fábrica;
creíase, empero, que su espada
sólo ponía coto a desesperados y pobres
que, delincuentes por necesidad,
eran luego colgados en el árbol de los infelices
por crímenes que no merecían tal destino,
salvo por la seguridad de los grandes y los ricos.

Así pues, cada parte estaba llena de vicios,
pero todo el conjunto era un Paraíso;
adulados en la paz, temidos en la guerra,
eran estimados por los extranjeros
y disipaban en su vida y riqueza
el equilibrio de los demás panales.
Tales eran las bendiciones de aquel Estado:
sus pecados colaboraban para hacerle grande;
y la virtud, que en la política
había aprendido mil astucias,
por la feliz influencia de ésta
hizo migas con el vicio; y desde entonces
aun el peor de la multitud,
algo hacía por el bien común.

Así era el arte del Estado, que mantenía
el todo, del cual cada parte se quejaba;
esto, como en música la armonía,
en general hacía concordar las disonancias;
partes directamente opuestas
se ayudaban, como si fuera por despecho,
y la templanza y la sobriedad
servían a la beodez y la gula.

La raíz de los males, la avaricia,
vicio maldito, perverso y pernicioso,
era esclava de la prodigalidad,
ese noble pecado;
mientras que el lujo
daba trabajo a un millón de pobres
y el odioso orgullo a un millón más;
la misma envidia, y la vanidad,
eran ministros de la industria;
sus amadas, tontería y vanidad,
en el comer, el vestir y el mobiliario,
hicieron de ese vicio extraño y ridículo
la rueda misma que movía al comercio,
sus ropas y sus leyes eran por igual
objeto de mutabilidad;
porque lo que alguna vez estaba bien,
en medio año se convertía en delito;
sin embargo, al paso que mudaban sus leyes
siempre buscando y corrigiendo imperfecciones,
con la inconstancia remediaban
faltas que no previó prudencia alguna.

Así el vicio nutría al ingenio,
el cual, unido al tiempo y la industria,
traía consigo las conveniencias de la vida,
los verdaderos placeres, comodidad, holgura,
en tal medida, que los mismos pobres
vivían mejor que antes los ricos,
y nada más podría añadirse.

¡Cuán vana es la felicidad de los mortales!
Si hubiesen sabido los límites de la bienaventuranza
y que aquí abajo, la perfección
es más de lo que los dioses pueden otorgar,
los murmurantes bichos se habrían contentado
con sus ministros y su gobierno;
pero, no: a cada malandanza,
cual criaturas perdidas sin remedio,
maldecían sus políticos, ejércitos y flotas,
al grito de "¡Mueran los bribones!",
y aunque sabedores de sus propios timos,
despiadadamente no les toleraban en los demás.

Uno, que obtuvo acopios principescos
burlando al amo, al rey y al pobre,
osaba gritar: "¡Húndase la tierra
por sus muchos pecados!".
Y, ¿quién creeréis que fuera el bribón sermoneador?
Un guantero que daba borrego por cabritilla.

Nada se hacía fuera de lugar
ni que interfiriera los negocios públicos;
pero todos los tunantes exclamaban descarados:
"¡Dios mío, si tuviésemos un poco de honradez!"
Mercurio sonreía ante tal impudicia,
a la que otros llamarían falta de sensatez,
de vilipendiar siempre lo que les gustaba;
pero Júpiter, movido de indignación,
al fin airado prometió liberar por completo
del fraude al aullante panal; y así lo hizo.
Y en ese mismo momento el fraude se aleja,
y todos los corazones se colman de honradez;
allí ven muy patentes, como en el Árbol de la Ciencia,
todos los delitos que se avergüenzan de mirar,
y que ahora se confiesan en silencio,
ruborizándose de su fealdad,
cual niños que quisieran esconder sus yerros
y su color traicionara sus pensamientos,
imaginando, cuando se les mira,
que los demás ven lo que ellos hicieron.

Pero, ¡Oh, dioses, qué consternación!
¡Cuán grande y súbito ha sido el cambio!
En media hora, en toda la Nación,
la carne ha bajado un penique la libra.
Yace abatida la máscara de la hipocresía,
la del estadista y la del payaso;
y algunos, que eran conocidos por atuendos prestados,
se veían muy extraños con los propios.
Los tribunales quedaron ya aquel día en silencio,
porque ya muy a gusto pagaban los deudores,
aun lo que sus acreedores habían olvidado,
y éstos absolvían a quienes no tenían.

Quienes no tenían razón, enmudecieron,
cesando enojosos pleitos remendados;
con lo cual, nada pudo medrar menos
que los abogados en un panal honrado;
todos, menos quienes habían ganado lo bastante,
con sus cuernos de tinta colgados se largaron.

La Justicia ahorcó a algunos y liberó a otros;
y, tras enviarlos a la cárcel,
no siendo ya más requerida su presencia,
con su séquito y pompa se marchó.
Abrían el séquito los herreros con cerrojos y rejas,
grillos y puertas con planchas de hierro;
luego los carceleros, torneros y guardianes;
delante de la diosa, a cierta distancia,
su fiel ministro principal,
don Verdugo, el gran consumador de la Ley,
no portaba ya su imaginaria espada,
sino sus propias herramientas, el hacha y la cuerda;
después, en una nube, el hada encapuchada,
la Justicia misma, volando por los aires;
en torno de su carro, y detrás de él,
iban sargentos, corchetes de todas clases,
alguaciles de vara, y los oficiales todos
que exprimen lágrimas para ganarse la vida.

Aunque la medicina vive mientras haya enfermos,
nadie recetaba más que las abejas con aptitudes,
tan abundantes en todo el panal,
que ninguna de ellas necesitaba viajar;
dejando de lado vanas controversias, se esforzaban
por librar de sufrimientos a sus pacientes,
descartando las drogas de países granujas
para usar sólo sus propios productos,
pues sabían que los dioses no mandan enfermedades
a naciones que carecen de remedios.

Despertando de su pereza, el clero
no pasaba ya su carga a abejas jornaleras,
sino que se abastecía a sí mismo, exento de vicios,
para hacer sacrificios y ruegos a los dioses.
Todos los ineptos, o quienes sabían
que sus servicios no eran indispensables, se marcharon;
no había ya ocupación para tantos
(si los honrados alguna vez los habían necesitado)
y sólo algunos quedaron junto al Sumo Sacerdote,
a quienes los demás rendían obediencia;
y él mismo, ocupado en tareas piadosas,
abandonó sus demás negocios en el Estado.
No echaba a los hambrientos de su puerta
ni pellizcaba del jornal de los pobres,
sino que al famélico alimentaba en su casa,
en la que el jornalero encontraba pan abundante
y cama y sustento el peregrino.


    Entre 1860 y 1862, Carlos Marx se inspiró en el poema de Mandeville para escribir este


Elogio del crimen (fragmentos)

El filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el profesor compendios, etc. [...] El delincuente no produce solamente delitos: produce, además, el derecho penal y, con ello, al mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta materia y, además, el inevitable compendio en que este mismo profesor lanza al mercado sus lecciones como una "mercancía". Lo cual contribuye a incrementar la riqueza nacional, aparte de la fruición privada que, según nos hace ver un testigo competente, el señor profesor Roscher, el manuscrito del compendio produce a su propio autor.
El delincuente produce, asimismo, toda la policía y la administración de justicia penal: esbirros, jueces, verdugos, jurados, etc., y, a su vez, todas estas diferentes ramas de industria que representan otras tantas categorías de la división social del trabajo. [...]
El delincuente produce una impresión, unas veces moral, otras veces trágica, según los casos, prestando con ello un "servicio" al movimiento de los sentimientos morales y estéticos del público. No sólo produce manuales de derecho penal, códigos penales y, por lo tanto, legisladores que se ocupan de los delitos y las penas; produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias, como lo demuestran no sólo La culpa de Müllner o Los bandidos de Schiller, sino el Edipo de Sófocles y Ricardo III de Shakespeare. El delincuente rompe la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa. La preserva así del estancamiento y provoca esa tensión y ese desasosiego sin los que hasta el acicate de la competencia se embotaría. Impulsa con ello las fuerzas productivas. [...]
Podríamos poner de relieve hasta en sus últimos detalles el modo como el delincuente influye en el desarrollo de la productividad. Los cerrajeros jamás habrían podido alcanzar su actual perfección si no hubiese ladrones. Y la fabricaión de billetes de banco no habría llegado nunca a su actual refinamiento a no ser por los falsificadores de moneda. El microscopio no habría encontrado acceso a los negocios comerciales corrientes (véase Babbage) si no le hubiera abierto el camino el fraude comercial. Y la química práctica debiera estarle tan agradecida a las adulteraciones de mercancías y al intento de descubrirlas como al honrado celo por aumentar la productividad.
El delito, con los nuevos recursos que cada día se descubren para atentar contra la propiedad, obliga a descubrir a cada paso nuevos medios de defensa y se revela, así, tan productivo como las huelgas, en lo tocante a la invención de máquinas. Y, abandonando ahora el campo del delito privado, ¿acaso, sin los delitos nacionales, habría llegado a crearse nunca el mercado mundial? Más aún, ¿existirían siquiera naciones? ¿Y no es el árbol del pecado, al mismo tiempo, y desde Adán, el árbol del conocimiento? Ya Mandeville, en Fable of the Bees (1705) había demostrado la productividad de todos los posibles oficios, poniendo de manifiesto en general la tendencia de toda esta argumentación:
Lo que en este mundo llamamos el mal, tanto el moral como el natural, es el gran principio que nos convierte en criaturas sociales, la base firme, la vida y el puntal de todas las industrias y ocupaciones, sin excepción; aquí reside el verdadero origen de todas las artes y ciencias y, a partir del momento en que el mal cesara, la sociedad decaería necesariamente, si es que no perece completamente.

Lo que ocurre es que Mandeville era, naturalmente, mucho más, infinitamente más audaz y más honrado que los apologistas filisteos de la sociedad burguesa.

lunes, 23 de marzo de 2015

Conjuros egipcios - Anónimo - Antiguo Egipto


CONJURO PARA EXTRAER UN HUESO DE LA GARGANTA

Soy aquel cuya cabeza alcanza el cielo,
y cuyos pies alcanzan el abismo
quien ha despertado al cocodrilo de cera (¿) en el Pe-zême de Tebas;
pues soy So, Sime, Tamaho,
este es mi correcto nombre.
¡Anuk, anuk!
pues un huevo de halcón está en mi boca,
y un huevo de ibis en mi vientre.
Por tanto, hueso de dios,
hueso de hombre,
hueso de pájaro,
hueso de pez,
hueso de animal,
hueso de todo,
de nada estoy exceptuado.
Por tanto, ¡deja que lo que está en tu vientre
venga a mi pecho!
¡Que lo que está en tu pecho
venga a mi boca!
¡Que lo que está en tu boca
venga a mi mano ahora!
Pues yo soy quien está en los siete cielos,
quien se yergue en los siete santuarios,
pues soy el hijo del dios viviente.

Este conjuro debe ser dicho siete veces sobre una copa de agua; y cuando el paciente la beba, el hueso será expulsado.

Más disparatado aún es este


CONJURO QUE DEBE SER PRONUNCIADO PARA EL MORDISCO DE PERRO

El conjuro de Amón y Tifris es:
Soy este fuerte mensajero (?),
Shlamala, Malet,
el misterioso que ha alcanzado al más misterioso,
Greshei, Greshei,
el señor de Rent, Tahne, Banhe,
este perro, este perro negro,
el perro, el misterioso perro,
este perro (¿perra?) de cuatro cachorros,
el perro salvaje, hijo de Ophoïs,
hijo de Anubis,
¡relaja tus dientes,
detiene tu salivazo!
Tú actúas como el rostro de Sêth contra Osiris.
Tú actúas como el rostro de 'Apop contra Rê'.
Horus, el hijo de Osiris, nacido de Isis,
con él debes llenarte la boca;
N.N., hijo de N.N.,
con él debes llenarte la boca.
Escucha este discurso,
Horus, que curas las quemaduras,
que fuiste a los abismos,
que pusiste los cimientos de la tierra;
escucha, O Yaho-Sabaho,
¡Abiaho es tu nombre!

Se reconoce en las últimas líneas una invocación clara al "Jehovah de las Multitudes" (hebreo YHVH bhaôth), el Dios de los Judíos.

sábado, 21 de marzo de 2015

Fragmento de La novela de Genji - Murasaki Shikibu - Japón


I. ESPLENDOR
Rehabilitación y apogeo
21
Otome

    [...] Genji pensaba en los tiempos del reinado de su padre. Cuando la danza hubo concluido, ofreció una copa a Suzaku e improvisó estos versos:

          -Estamos en primavera
          y el dulce trino de los ruiseñores
          suena como antaño.
          Somos nosotros quienes hemos cambiado.

    El ex emperador respondió:
         
          -Aunque las brumas me oculten ahora
          la corte nueve veces engalanada,
          el trino de los ruiseñores me anuncia
          que la primavera ha llegado.

    El príncipe Hotaru llenó a su vez la copa del emperador y recitó:

          -El son de la flauta
          es el que siempre ha sido,
          y se diría que el ruiseñor
          ha renovado sus melodías.

    Con enorme tacto, quería dar a entender a todos los presentes que no todo en el mundo había ido a peor. Entonces su majestad el emperador reinante ofreció también su poema a los presentes, y lo hizo con enorme dignidad:

          -Si el canto de los ruiseñores
          suena más melancólico que antaño,
          ¿será porque han descubierto
          que la belleza de las flores ha perdido esplendidez?1

    Esos poemas fueron recitados para los oídos de unos pocos y, aunque se oyeron otros, nadie tomó nota de ellos, por lo que nada me queda por añadir. [...]

Versión y comentario de Xavier Roca-Ferrer
1 Para entender el sentido último de estos poemas conviene recordar que el budismo japonés no se contentaba con ver en la condición humana algo triste e impermanente. La perspectiva empeoraba desde el momento en que, en tiempos de Murasaki, se creía que el mundo entero vivía ya o estaba a punto de vivir una fase de decadencia (o mappo), durante la cual el pueblo dejaría de obedecer y de respetar las enseñanzas de Buda (algo así como un apocalipsis búdico). En esta fase postrera, todo (desde el canto de las aves al color de las flores) iría forzosamente a peor.

jueves, 19 de marzo de 2015

Literatura satírica y burlesca/ 37 - Dineros son calidad - Luis de Góngora - España


Dineros son calidad
                ¡Verdad!
Más ama quien más suspira
                ¡Mentira!

Cruzados hacen cruzados,
Escudos pintan escudos,
Y tahúres muy desnudos
Con dados ganan condados;
Ducados dejan ducados,
Y coronas majestad,
                ¡Verdad!

Pensar que uno sólo es dueño
De puerta de muchas llaves,
Y afirmar que penas graves
Las paga un mirar risueño,
Y entender que no son sueño
Las promesas de Marfira,
                ¡Mentira!

Todo se vende este día,
Todo el dinero lo iguala;
La corte vende su gala,
La guerra su valentía;
Hasta la sabiduría
Vende la Universidad,
                ¡Verdad!

En Valencia muy preñada
Y muy doncella en Madrid,
Cebolla en Valladolid
Y en Toledo mermelada,
Puerta de Elvira en Granada
Y en Sevilla doña Elvira,
                ¡Mentira!

No hay persona que hablar deje
Al necesitado en plaza;
Todo el mundo le es mordaza,
Aunque él por señas se queje;
Que tiene cara de hereje
Y aun fe la necesidad,
                ¡Verdad!

Siendo como un algodón,
Nos jura que es como un hueso,
Y quiere probarnos eso
Con que es su cuello almidón,
Goma su copete, y son
Sus bigotes alquitira
                ¡Mentira!

Cualquiera que pleitos trata,
Aunque sean sin razón,
Deje el río Marañón,
Y entre al río de la Plata;
Que hallará corriente grata
Y puerto de claridad
                ¡Verdad!

Siembra en una artesa berros
La madre, y sus hijas todas
Son perras de muchas bodas
Y bodas de muchos perros;
Y sus yernos rompen hierros
En la toma de Algecira,
                ¡Mentira!