Terry Callier - Collected (2007)

domingo, 21 de diciembre de 2014

Poema 2 - Pablo Neruda - Chile


En su llama mortal la luz te envuelve.
Absorta, pálida doliente, así situada
contra las viejas hélices del crepúsculo
que en torno a ti da vueltas.

Muda, mi amiga,
sola en lo solitario de esta hora de muertes
y llena de las vidas del fuego,
pura heredera del día destruido.

Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro.
De la noche las grandes raíces
crecen de súbito desde tu alma,
y a lo exterior regresan las cosas en ti ocultas,
de modo que un pueblo pálido y azul
de ti recién nacido se alimenta.

Oh grandiosa y fecunda y magnética esclava
del círculo que en negro y dorado sucede:
erguida, trata y logra una creación tan viva
que sucumben sus flores, y llena es de tristeza.
De Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1924
'Poema 2' de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, recitado por Pablo Neruda

viernes, 19 de diciembre de 2014

No digáis... / Fragmentos de Manifiesto del Simbolismo - Jean Moréas - Grecia


Ne dites pas...

 Ne dites pas : la vie est un joyeux festin;
 Ou c'est d'un esprit sot ou c'est d'une âme basse.
 Surtout ne dites point : elle est malheur sans fin;
 C'est d'un mauvais courage et qui trop tôt se lasse.

 Riez comme au printemps s'agitent les rameaux,
 Pleurez comme la bise ou le flot sur la grève,
 Goûtez tous les plaisirs et souffrez tous les maux;
 Et dites : c'est beaucoup et c'est l'ombre d'un rêve.


No digáis...

 No digáis que la vida es un festín alegre;
 Lo dice un alma tonta o bien un alma baja.
 No digáis sobre todo: es desdicha sin fin;
 Lo dice un alma débil que temprano se cansa.

 Reíd como las ramas en primavera agítanse,
 Llorad como los vientos o la ola en la playa,
 El placer y el dolor padeced y gozad; y decíd:
 Es mucho todo esto y es la sombra de un sueño.
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Fragmentos de 'Manifiesto del Simbolismo'

    Enemiga de la enseñanza, de la declamación, de la falsa sensibilidad, de la descripción objetiva, la poesía simbolista busca vestir la Idea de una forma sensible, que, no obstante, no sería su propio objeto, sino que, al servir para expresar la Idea, permanecería sujeta. La Idea, a su vez, no debe dejarse privar de las suntuosas togas de las analogías exteriores; pues el carácter esencial del arte simbólico consiste en no llegar jamás hasta la concepción de la Idea en sí. Así, en este arte, los cuadros de la naturaleza, las acciones de los hombres, todos los fenómenos concretos no sabrían manifestarse ellos mismos: son simples apariencias sensibles destinadas a representar sus afinidades esotéricas con Ideas primordiales. [...] Para la traducción exacta de su síntesis, el simbolismo necesita un estilo arquetípico y complejo: limpios vocablos, el período que se apuntala alternando con el período de los desfallecimientos ondulantes, los pleonasmos significativos, las misteriosas elipses, el anacoluto en suspenso, tropo audaz y multiforme. [...]

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La belleza convulsa (y III) - Francisco Umbral - España


13, DOMINGO

    Lo más importante del surrealismo ha sido la pintura. Los pintores surrealistas nunca pintaron otra cosa que el hombre interior. Eran unos místicos de sí mismos. Las gentes de catálogo y media tarde lo decían con asquito:
    - Pintura literaria, pintura literaria, literatura pintada.
    - Naturalmente, señora, naturalmente.
    Y, como el surrealismo era una pintura literaria, los peores, los más literarios, resultaron los más significativos de entre los pintores surrealistas. El arte surrealista es el nuevo bisonte altamirano de las cavernas del alma (una caverna, ya, sin la linterna de Platón), y por él paseamos mirando nuestros sueños en grafito. Delvaux llena el mundo cotidiano de señoritas desnudas y generalmente rubias, muy aseadas en su desnudez, con esa cosa atuendaria y decente que tiene la carne, y las mujeres jóvenes, castas y excitantes de Delvaux llenan las estaciones nocturnas, el carbón de la noche, todo lo negro de la negrura, con sus desnudos de espejo rosa, orlado, espejo de fonda de estación con pretensiones, espejo por donde pasan los Grandes Expresos Europeos llevando a Paul Morand hacia Barcelona, llevando a Lenin, blindado, hacia Moscú.
    El surrealismo es eso: meter lo insólito en lo cotidiano, poner manos arriba la cotidianeidad con dos tetas como dos pistolas. O descubrir hormigueros en la mano humana, como Salvador Dalí. El surrealismo es la Ilíada y la Odisea de la noche humana, que no se había contado nunca. Eluard, Breton, Aragon, Arp, Ernst, Domínguez, Prévost, Prévert, Magritte, Chirico, tantos, nos cuentan la noche como un día siniestro, y ya, desde entonces, los niños de la guerra (mundial) no podíamos ser los educandos de la realidad mostrenca, sino los pilletes del subconsciente. No fuimos como los demás niños, que se enamoraron de la vecina, de la tía, de la amiga de la madre, de la propia madre. Nosotros nos enamoramos de Ana María, la hermana de Dalí, que tenía fuertes pantorras payesas, de las señoritas desnudas y ferroviarias de Delvaux, de las señoritas en yeso de Magritte, con una rosa de sangre en la sien, de las mujeres/pájaro de Max Ernst, que no eran sino las meretrices impersonales de nuestra adolescencia cruel. Pero luego hablaré de eso.
    El surrealismo nos enseñó que el día no es sino el forro brillante y mediocre de la noche, porque la humanidad adulta se había retirado a sus cavernas interiores, llevándonos de la mano. El sexo, el irracionalismo, el psicoanálisis, el surrealismo, todo el sistema interior que nos permite recorrer la riqueza negra y minera de la vida, agotado ya el continente diurno de los clásicos, los neoclásicos y los que estaban dispuestos, a toda costa, a seguir haciendo citas de Aristóteles, como si eso fuera aconsejable.
    La mutación fundamental del siglo XX es esta emigración hacia el continente de la noche. Hegel habría sido, así, el último coletazo desesperado de la ballena blanca de la luz, Moby Dick de la razón que adopta su última forma parabólica. Fuimos, somos los patriotas de la noche, segunda generación. Nunca más volveremos a creer que la realidad sea la realidad, sino sólo el sitio irreal y mediocre por donde se movían nuestros abuelos burgueses. Varias generaciones hemos vivido ya, hemos escrito, hemos creado, alumbrados por el fanal negro de la noche, por la linterna del sueño, que se abre a realidades más ricas, circulares y violentas.
    Eso está, me parece, en toda la pintura posterior al surrealismo, incluso en la que se cree nuevamente realista, que ve y pinta ya una realidad alucinatoria, porque el día no puede ser otra cosa que una alucinación para los pioneros de la noche. Eso está en el abstracto, que es la pintura pintándose a sí misma, que es el pintor pintando sus ganas de pintar, como yo escribo ahora mis ganas de escribir.
  Hombre interior, hombre interior. Los refugios atómicos de cemento armado, que ahora se fabrican, no son otra cosa que el remedo bélico y tecnológico de las cavernas sutiles y cultas en que nos metió el surrealismo y el psicoanálisis. Lo de menos, en Freud, es que tuviese razón científica. Lo importante es que nos salva de Hegel/Moby Dick sumergiéndonos más profundo que la ballena. La pequeñoburguesía grancapitalista, con los refugios atómicos que digo, ha llegado tarde, como siempre, al interior de la tierra. Creen huir de la bomba de neutrones, pero huyen, como todos, de la enfermedad de la luz, primero intuida por los poetas (nocturno Baudelaire, Moréas) y luego formulada por Einstein.

lunes, 15 de diciembre de 2014

La belleza convulsa (II) - Francisco Umbral - España


13, DOMINGO

    [...] Crepuscular siglo XX, como luego ha probado el tiempo. Siglo iluminado de una luz apaisada y rojiza en la que vienen los cantos de Bela Bartok, los claros de luna enferma, rojiza, de Rubinstein, los campos locos y girantes de Van Gogh, las banderas soviéticas, bajo las cuales los nobles que no creían servir para nada se afanan enseñando idiomas a los niños rusos: los idiomas de su infancia cosmopolita. Porque "el que no trabaja, no come".
    Lus horizontal y febril de la tarde, que los neoclásicos ignoran porque siempre se han regocijado más temprano. Luz que sólo da en los ojos ciegos de Max Estrella, en la nariz congestiva de Verlaine, en alguna vocal de Rimbaud, en la boca/trébol de Marléne y en la rosa homicida que besa a Rilke.
    Luz rasante, inervante y tristísima que daba en nuestras tardes de niños de la guerra, en nuestra calle de Oriente a Poniente, mientras Hitler se iba llenando de condecoraciones como cicatrices, de cicatrices como condecoraciones de metralla.
    Tras aquella ruina de luz crepuscular, en el siglo había venido la noche, y es cuando el surrealismo decide meter la cabeza de Baudelaire bajo el ala de la Victoria de Samotracia, y de eso nacen Paul Elouard y Salvador Dalí, univitelinos de Gala. Huyendo de la luz que nos huye, Freud había buscado previamente la noche del alma como cuévano del hombre y explicación de sus terrores, que eran todos heredados del cuévano materno. Hay en todo el arranque del siglo, y en su continuidad, un volver del hombre civilizadísimo a las cavernas, que ahora son cavernas del ser. El hombre del siglo XX es, en este sentido, el nuevo hombre de las cavernas -circularidad obvia de la Historia/Prehistoria-, y los amores nocturnos priman sobre los amores diurnos. Es cuando Freud nos construye un yo secreto y cuando Hitler se construye un Berlín Subterráneo.
    El rosa y el azul de Picasso quedaban arriba, no mirados por nadie. La luz cansada de la tarde pasaba por entre la melena de Einstein y por los balcones de mi barrio. La humanidad se acogía al sueño, al yo desconocido de las tinieblas, al alcantarillado sexual del hombre. [...]

sábado, 13 de diciembre de 2014

La belleza convulsa (I) - Francisco Umbral - España


13, DOMINGO

    Jean Moréas, el parnasianismo, el simbolismo, el modernismo. Parecía que todo eso era la frontera floral que nos separaba del siglo XIX. Pero todo eso, a una luz de crepúsculo, no hacía sino forzar la verdad que un día hubo de escribir Einstein, científica y poéticamente: la luz del atardecer, fatigada de luchar contra el espacio, en su viaje hacia la nada, se descompone, se desintegra, se torna rojiza. A esa luz enferma y cansada estaban escribiendo y pintando los artistas de entre dos siglos, y sólo a esa luz podemos entenderlos hoy como puro siglo XX (me preocupa mucho precisar los imprecisos límites del siglo XX, o de mi siglo XX, en este libro).
    Al otro lado de la luz, Pablo Neruda titulaba Crepusculario uno de sus primeros libros. Lo de "las viejas hélices del crepúsculo" era una verdad científica. Casi todas las verdades poéticas acaban siéndolo. Moréas y las púberes canéforas que nos ofrendan el acanto parecen una cosa del romanticismo tardío, exacerbado, floral y triunfal. Algo así como los últimos juegos florales del XIX.
    Muy al contrario, se trataba de la primera celebración del siglo XX, aunque un filósofo mediterráneo, paisano de mar de Moréas el griego, dijera que en Moréas nada es exacto, salvo la medida de sus versos. ¿Y por qué exigirle exactitud a un poeta, que precisamente se ha elegido poeta para salvarse de la ley de pesos y medidas? En la luz enferma de Einstein, en esa luz fatigada de viaje contra el espacio y el tiempo, viene el simbolismo y el parnasianismo de Baudelaire, tintos no ya en sangre, sino en ladrillo lírico de un Universo que es una ruina. Los poetas intuían crepúsculos, y de toda aquella poesía/pintura crepuscular sólo nos salva, como se ha dicho en este libro, el azul/rosa de Picasso, que, en comunicación con la genialidad, como lo están todos los genios, quiere devolverle al mundo la primera mañana de la creación. [...]

De La belleza convulsa, 1986

jueves, 11 de diciembre de 2014

Cinco poemas para Cris - Julio Cortázar - Argentina


    Estos Cinco poemas para Cris son los primeros de una serie de quince dedicados a la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, por quien Cortázar sintió en su momento un gran amor. Un amor imposible, debido a las distintas opciones sexuales de ambos, que sin embargo dio lugar a una amistad y a una complicidad indestructibles.
    En principio, Cortázar envió a Cristina los poemas por carta, y en julio de 1981, también por carta, le pidió permiso para publicarlos. Aparecieron pocos meses después del fallecimiento del escritor en el libro póstumo Salvo el crepúsculo (1984). Las referencias a Cristina eran bastante claras, pero entonces muy pocos sabían que se trataba de Cristina Peri Rossi.
   Nunca tuve una buena relación con esos poemas, aunque considero que son los mejores que escribió, dice Peri Rossi, que narra su amistad con Cortázar en Julio Cortázar y Cris (Editorial Cálamo, 2014).

Oh, I wish I had a river
I could skate away on-
Canción de JONI MITCHELL


... and I am melancholy because
I have not made more and
better verses.
W. B. YEATS, Autobiography
1.

Ya mucho más allá del mezzo
camin di nostra vita
existe un territorio del amor
un laberinto más mental que mítico
donde es posible ser
lentamente dichoso
sin el hilo de Ariadna delirante
sin espumas ni sábanas ni muslos.

Todo se cumple en un reflejo de crepúsculo
tu pelo tu perfume tu saliva.
Y allí del otro lado te poseo
mientras tú juegas con tu amiga
los juegos de la noche.


2.

En realidad poco me importa
que tus senos se duerman
en la azul simetría de otros senos.
Yo los hubiera hollado
con la cosquilla de mi roce
y te hubieras reído justamente
cuando lo necesario y esperable
era que sollozaras.


3.

Sé muy bien lo que ganas
cuando te pierdes en el goce.
Porque es exactamente
lo que yo habría sentido.


4.

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La justa errata
habernos encontrado al final del día
en un paseo púbico.
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5.

(Me gustaría que creyeras
que esto es el irrisorio juego
de las compensaciones
con que consuelo esta distancia.
Sigue entonces danzando
en el espejo de otro cuerpo
después de haber sonreído
apenas
para mí).

River - Joni Mitchell
Sonido grabado en directo en el Royal Albert Hall de Londres en 1970
(Vído publicado en YouTube por 1MGhoney)

martes, 9 de diciembre de 2014

Fábulas/ 19 - El Camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse - Augusto Monterroso - Guatemala


    En un país muy remoto, en plena Selva, se presentó hace muchos años un tiempo malo en el que el Camaleón, a quien le había dado por la política, entró en un estado de total desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra, se habían enterado de sus artimañas y empezaron a contrarrestarlas llevando día y noche en los bolsillos juegos de diversos vidrios de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía, de manera que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban rápidamente un cristal rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como Camaleón azul; y cuando estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo tal cual.
    Esto sólo en cuanto a los colores primarios, pues el método se generalizó tanto que con el tiempo no había ya quien no llevara consigo un equipo completo de cristales para aquellos casos en que el mañoso se tornaba simplemente grisáceo, o verdiazul, o de cualquier color más o menos indefinido, para dar el cual eran necesarias tres, cuatro o cinco superposiciones de cristales.
    Pero lo bueno fue que el Camaleón, considerando que todos eran de su condición, adoptó también el sistema.
    Entonces era cosa de verlos a todos en las calles sacando y alternando cristales a medida que cambiaban de colores, según el clima político o las opiniones políticas prevalecientes ese día de la semana o a esa hora del día o de la noche.
    Como es fácil comprender, esto se convirtió en una especie de peligrosa confusión de las lenguas; pero pronto los más listos se dieron cuenta de que aquello sería la ruina general si no se reglamentaba de alguna manera, a menos de que todos estuvieran dispuestos a ser cegados y perdidos definitivamente por los dioses, y restablecieron el orden.
    Además de lo estatuido por el Reglamento que se redactó con ese fin, el derecho consuetudinario fijó por su parte reglas de refinada urbanidad, según las cuales, si alguno carecía de un vidrio de determinado color urgente para disfrazarse o para descubrir el verdadero color de alguien, podía recurrir inclusive a sus propios enemigos para que se lo prestaran, de acuerdo con su necesidad del momento, como sucedía entre las naciones más civilizadas.
    Sólo el León que por entonces era el Presidente de la Selva se reía de unos y de otros, aunque a veces socarronamente jugaba también un poco a lo suyo, por divertirse.
    De esa época viene el dicho de que

todo Camaleón es según el color
del cristal con que se mira.
Augusto Monterroso

Dedicado a PI y a unos cuantos más.