Ayo - Billie-Eve (2011)

jueves, 21 de agosto de 2014

Literatura y jazz/ 37 - Plaza del Ángel - Juan Carlos Mestre - España


(Octavio Paz)
en esta plaza los turistas alemanes beben cerveza
en esta plaza las mujeres cosían y cantaban con sus hijos
en esta plaza los dos se desnudaron y se amaron en el 36
en esta plaza hay un hotel llamado Victoria
en esta plaza está enterrado don Pedro Calderón
en esta plaza hay un bar donde nunca tocó Dizzy Gillespie
en esta plaza mean los desempleados
en esta plaza las ratas son blancas
And Then She Stopped - Dizzy Gillespie Quintet, 1965 
Dizzy Gillespie - Trompeta
James Moody - Saxo, Flauta
Christopher White - Bajo
Kenny Barron - Piano
Rudy Collins - Batería

martes, 19 de agosto de 2014

Microrrelatos/ 17 - El sueño - Jorge Luis Borges - Argentina

 
    En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular... El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

domingo, 17 de agosto de 2014

Hay que ser realmente idiota para - Julio Cortázar - Argentina


    Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone. Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.
    Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levantro entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforescente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso -lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y ya no es más que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine1. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforescente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y apludir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con lo que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balanceaba en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, las estaciones, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta cómo canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta L'année dernière à Marienbad, ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarillo con manos torpes, mirando el suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.
De La vuelta al día en ochenta mundos
1 En la mitología griega, Sofrosina (Sophrosine o Sophrosyne, del griego σωφροσύνη) era una daimon o espíritu que personificaba la moderación, la discreción y el autocontrol. Su equivalente romana era Sobrietas (sobriedad). Sofrosina era hija de Érebo y la Noche, y fue uno de los espíritus que escaparon de la caja de Pandora cuando ésta la abrió. Entonces Sofrosina huyó hasta el Olimpo, abandonando para siempre a la raza humana. (Wikipedia)

viernes, 15 de agosto de 2014

Literatura y jazz/ 36 - Fragmento de Blues People. Música negra en la América blanca - LeRoi Jones (Amiri Baraka) - Estados Unidos


    [...] "Alrededor del año 1942, después de que el jazz clásico hubiera efectuado sus conquistas, un reducido grupo de músicos solían reunirse todas las noches en un club nocturno de Harlem, llamado Minton's Playhouse. El grupo estaba integrado por varios muchachos negros que, a diferencia de sus colegas, habían dejado de sentirse a gusto con la atmósfera de la música swing. Para ellos era ya urgente airear un poco aquel ricamente decorado palacio que pronto se iba a convertir en prisión. Esto era lo que pretendían el trompetista Dizzy Gillespie, el pianista Thelonious Monk, el guitarrista Charlie Christian (que murió antes de que la tarea del grupo diera sus frutos), el baterista Kenny Clarke y el saxofonista Charlie Parker. Salvo Christian, todos eran pobres, desconocidos y de personalidad escasamente atractiva. Pero Monk consiguió estimular a sus compañeros gracias a la audacia de sus armonías, Clarke creó un nuevo estilo de tocar la batería, Gillespie y Parker tocaban sus instrumentos de un modo que parecía insensato a quienes les escuchaban. El estilo bebop estaba en trance de formación".1
    [...] De todos modos, la verdad es que Parker llegó a Nueva York procedente de Kansas City, donde había tocado en la orquesta de Jay McShann, una de las orquestas del sudoeste, tendente al estilo blues, de los primeros años cuarenta. Anteriormente, Parker había ya estado en Nueva York como componente de la orquesta de McShann, y entonces fue cuando comenzó a tocar en algunos clubes de Harlem, principalmente el Monroe's Uptown Club. Pero, en 1942, Bird iba, como saxo tenor, en la gran orquesta de Earl Hines. En aquellos años, esta orquesta llevó, en diversos períodos, a Dizzy Gillespie y a Benny Harris, trompetas; a Budd Johnson y a Wardell Gray, tenores; a Sarah Vaughan, segunda vocalista y pianista; a Billy Eckstine y a Benny Green, trombones, y a Shadow Wilson, batería. Fue una de las primeras grandes orquestas que tuvo auténtico acento bop. Pero la primera orquesta auténticamente bop fue la gran agrupación que organizó Billy Eckstine en 1944, de la que formaron parte, en diversos períodos, Dizzy Gillespie, Fats Navarro, Miles Davis y Kenny Dorham, trompetas; Gene Ammons, Dexter Gordon y Lucky Thompson, saxos tenores; Charlie Parker, saxo alto; Leo Parker, saxo barítono; John Malachi, piano; Art Blakey, batería; Tommy Potter, contrabajo; Budd Johnson, Tadd Dameron y Jerry Valentine, arreglistas; Sarah Vaughan y Billy Eckstine, vocalistas. Eckstine también tocaba el trombón de pistones. Casi todos estos músicos tuvieron un importante papel en la formación y popularización del bebop. Y la orquesta de Eckstine demostró de forma definitiva que había que contar con el bop, que era música para grandes orquestas, y que no se trataba de una moda pasajera, sino de un lenguaje musical serio e importante. [...]
1 Texto de André Hodeir citado aquí por Baraka.


I Love The Rhythm In A Riff - The Billy Eckstine Orchestra,1945

miércoles, 13 de agosto de 2014

Siempre lo que quieras - Ángel González - España


Cuando tengas dinero regálame un anillo,
Cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,
Cuando no sepas qué hacer vente conmigo
-Pero luego no digas que no sabes lo que haces.

Haces haces de leña en las mañanas
Y se te vuelven flores en los brazos.
Yo te sostengo asida por los pétalos,
Como te muevas te arrancaré el aroma.

Pero ya te lo dije:
Cuando quieras marcharte ésta es la puerta:
Se llama Ángel y conduce al llanto.

lunes, 11 de agosto de 2014

Fragmento de Thomas el impostor / Fragmentos de Opio - Jean Cocteau - Francia


    Extrañas setas crecían entre las rendijas de ese patio.
    La tempestad de la guerra tuvo su fauna y su flora, extinguidas en cuanto llegó la paz.
    La señora Valiche fue un ejemplar de ellas.
   Ávida de tragedias, por otros motivos que la princesa, se había ofrecido al convoy como enfermera mayor. Traía consigo a un mal dentista, el doctor Gentil, que ella hacía pasar por cirujano de hospitales. Era tan fea, vulgar y rapaz como la señora Bormes era hermosa, noble, desinteresada. Las dos mujeres se enfrentaban en el campo de la intriga. Pero una intrigaba por gusto y la otra por interés.
   La señora Valiche veía en esta confusa guerra una excelente agua turbia, una pesca milagrosa de recompensas. Le gustaba el doctor Gentil y lo estimulaba. Añadía a este móvil un gusto enfermizo por lo atroz.
   La princesa confundía este entusiasmo con el suyo. Pronto habría de darse cuente de sus profundas diferencias.
    La señora Valiche era viuda de un coronel muerto de las fiebres en Tonkín. Explicaba esa muerte y las peripecias del ataúd que se trajo consigo a Francia. El ataúd, mal atado a la grúa que lo desembarcaba, había caído finalmente al agua. Se consolaba con el dentista que tenía una barba negra, una cara amarilla y unos ojos de bailarina oriental.
   La pareja vivía en bata blanca y gorra de policía. La señora Valiche había cosido galones sobre su amante y sobre sí misma. Seguía a Clémence por los despachos donde su aplomo y sus brazales causaban impresión.
    Pero, a pesar de tanta gracia por una parte y tanta astucia por la otra, el convoy seguía siendo un convoy ideal que fastidiaba a los enfermos y daba al hospital un aspecto de ministerio. [...]

Traducción de Ramón Camps Salvat
De Thomas el impostor


    En 1915 nuestro furor aventurero organizaba el más divertido de los convoyes de la Cruz Roja. Una noche, en R... llovía sobre el corral de una granja. Aquel corral fétido, el estiércol, los pesebres, estaban llenos de heridos graves, alemanes, con su ambulancia prisionera.
    De pronto, en un rincón oscuro lleno de escaleras y fantasmas, topé con este espectáculo: el hijo de la señora de R..., boy-scout de once años, se había escondido en una ambulancia, nos había seguido y, agazapado allí, alumbrado por una linterna, armado de una tijera de uñas, sacando la lengua, demasiado atareado para verme, cortaba los botones de un oficial amputado de una pierna. El oficial, con sus ojos de estatua entreabiertos, contemplaba al atroz muchacho que proseguía su recolección de recuerdos, como si estuviera en un árbol. [...]

    Abandoné la guerra cuando una noche comprendí en Nieuport que "me divertía". Aquello me asqueó. Había olvidado el odio, la justicia y demás pamplinas. Me dejaba llevar por las amistades, los peligros, las sorpresas, una estancia en la luna. [...]

Tradución de Julio Gómez de la Serna
De Opio, diario de una desintoxicación

sábado, 9 de agosto de 2014

El Romancero/ 7 - Romance de Catalina - Anónimo - España


ROMANCE DE CATALINA
(ROMANCES NOVELESCOS)

    Yo me adamé una amiga      dentro en mi corazón;
Catalina había por nombre,      no la puedo olvidar, no.
Rogóme que la llevase      a las tierras de Aragón.
-Catalina, sois mochacha,      no podréis caminar, no.
-Tanto andaré, el caballero,      tanto andaré como vos;
si lo dejáis por dineros,      llevaré para los dos,
ducados para Castilla,      florines para Aragón.-
Ellos en aquesto estando,      la justicia que llegó.