Ayo - Billie-Eve (2011)

viernes, 1 de agosto de 2014

Microrrelatos/ 16 - Progreso y retroceso - Julio Cortázar - Argentina


    Inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía, empujaba un poco con la cabeza y, pop, ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca.
    Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viceversa, a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal, que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar dentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte.

De Material plástico (Historias de Cronopios y de Famas)

miércoles, 30 de julio de 2014

Literatura y jazz/ 34 - Fragmento de Blues People. Música negra en la América blanca - LeRoi Jones (Amiri Baraka) - Estados Unidos


    [...] La frustración cultural que comportaba vivir en los grandes centros urbanos del norte y del medio oeste contribuyó de forma muy importante a la formación del objetivo cinismo que llegó a constituir la actitud preponderante de los jóvenes negros de los años cuarenta en su confrontación con los Estados Unidos. De ese cinismo nació la siguiente pregunta, tantas veces formulada en los barrios negros: "¿Y cómo es que no arrojaron la bomba esa sobre Alemania?". Una cultura cuyo profundo e irónico sentido de la metáfora dio lugar a frases humorísticas como "If you white, you all right, / if you brown, hang around, / but if you black, get back" (Si eres blanco estás bien, si eres moreno puedes quedarte por ahí, pero si eres negro, vete), podía también, con igual sentido de la ironía, componer la letra "extraoficial" de uno de los populares bebops que se cantaban durante los cuarenta, titulado "Buzzy", y que decía: "You better get yourself a white girl / A colored girl ain't no good" (Más vale que te procures una chica blanca / porque una chica de color no sirve para nada). De nuevo se había producido un cambio de perspectiva basado en la presunción de que al fin todos los criterios de "eficaz adaptación" a la sociedad habían sido comprendidos por los negros. Y la "comprensión" sólo servía para dar mayor fuerza al cinismo. Si la sociedad no aceptaba a un negro, ello no se debía a que ese negro careciese de educación, a que fuese vulgar e inepto para vivir en esta sociedad, sino al puro y simple hecho de que ese negro era un negro. Y no había educación, buen gusto o flexibilidad que fueran capaces de alterar este hecho, La educación, etc., resultaban, a fin de cuentas, factores superfluos si tenemos en cuenta que el criterio básico de "adaptación" social consistía en ser blanco. El dogma sociológico de la "progresiva integración" en la sociedad, basado en la eficaz aplicación de los fundamentales requisitos previos establecidos por la escala de valores de esta sociedad, deja de tener significado cuando estos requisitos previos han sido comprendidos, deseados y poseídos, y pese a ello la separación sigue existiendo. Ésta fue una de las razones por las que tantos universitarios negros procedentes de la clase media abandonaron las aulas para dedicarse al jazz durante los años treinta. Estos universitarios habían conseguido tener todos aquellos requisitos previos que se decían precisos para ser aceptados por la sociedad, pero a pesar de ello la sociedad les rechazaba. Muchos de estos músicos comenzaron a considerar que el jazz era el "negocio de los negros", pero pasaban por alto la siempre vigente ley de Gresham1, así como el advenimiento de la era del swing. [...]
Traducción de Carlos Ribalta
LeRoi Jones (Amiri Baraka)
1 La Ley de Gresham es el principio según el cual, cuando en un país circulan simultáneamente dos tipos de monedas de curso legal, y una de ellas es considerada por el público como "buena" y la otra como "mala", la moneda mala siempre expulsa del mercado a la buena. En definitiva, cuando es obligatorio aceptar la moneda por su valor facial, y el tipo de cambio se establece por ley, los consumidores prefieren ahorrar la buena y no utilizarla como medio de pago. El hombre que llegó a tal conclusión fue sir Thomas Gresham, comerciante y financiero inglés del siglo XVI. (Wikipedia)

Buzzy (Charlie Parker) 
Sonny Stitt - Saxo alto 
Howard McGhee - Trompeta 
J. J. Johnson - Trombón 
Walter Bishop - Piano 
Tommy Potter - Contrabajo 
Kenny Clarke - Batería

lunes, 28 de julio de 2014

Literatura y ciencia/ 11 - Cálculos infinitesimales - Carlos Marzal - España


La luz de esas estrellas ya ha ocurrido.
En una lejanía inapropiada
para nuestra penosa sensatez,
ya han muerto las estrellas que miramos.
Millones de millones de años luz,
agujeros del tiempo inconcebibles,
la confabulación de la energía,
más allá de cuanto nos resulta soportable,
en una aterradora fiesta sin nosotros.
Todo el escrupuloso asombro de la ciencia
parece que conduce hasta este asombro
con que contempla el cielo un ignorante.
Según nos dicen, hay que seguir viviendo
cercados de preguntas sin respuestas.
Nuestras lentes exploran las galaxias
y nuestra pequeñez sólo es tangible
en el inmaculado abismo de los números,
en el sagrado horror
de cálculos infinitesimales.
¿Hacia dónde conducen estas cavilaciones
de aturdido astrofísico? Estas cavilaciones
no conducen. Estas cavilaciones ya han estado,
ya han sido desde mí en otro yo que ha muerto
en la distancia. Todo lo que refulge es luz marchita.
Ser es un fui que un no soy yo contempla
desconcertado desde un planeta ajeno.
La Historia y el futuro han sido para siempre
y acosan desde lejos, ya ocurridos.
La vida es la nostalgia incorregible
de habitar un rincón del firmamento
que sólo se ha erigido en el pasado
y cuyo planisferio hemos perdido.

Así que cuando te amo ya te he amado.
El dolor que te causo y que me causas
es un dolor tan viejo que no duele,
aunque puedas pensar que está doliéndonos,
y ese fuego eucarístico en el que me consumo
es un simple capricho de las cronologías,
un voluntario error de apreciación
con respecto al pasmoso suceder de las cosas.
Nuestra felicidad ya no nos pertenece,
vivimos de prestado en lontananza,
que es el inconcebible tiempo de las constelaciones.
La perpetua ordalía de tu cuerpo
es el altar de una ciudad hundida
en donde los ahogados de mí mismo
aún mantienen un culto que ha perdido a sus fieles.
El temblor de quererte, el estremecimiento
de coincidir contigo en esta nada
quizá es una ilusión de mi memoria astral.

Y el caso es que no importa.
No importa que no podamos ser, porque hemos sido;
no importa que en ti no pueda estar, porque ya estuve,
no importa si lo que ya ha acabado nunca nace.
Me incumbe la conciencia del álgebra celeste
y en lugar de alejarme de ti los números me acercan.
No puedo comprender esas distancias
y aunque las comprendiera no las vivo.
Hay una plenitud crepuscular
en la conspiración del universo
para que no nos encontremos tú y yo.
Ya no concibo una embriaguez más grande
que ese convencimiento con que irradias
la falsa luz de las estrellas muertas.

sábado, 26 de julio de 2014

Fábulas/ 10 - Esopo y el borrico - Juan Eugenio Hartzenbusch - España


    Al buen Esopo díjole un borrico:
"Por quien soy te suplico,
si en algún cuentecillo me introduces,
que pongas, como debes, en mi labio,
cordura, discreción, lenguaje sabio."

    Esopo respondió: "Yo bien podría
fingirte bestia de talento y luces;
pero al ver el solemne desatino,
todo el mundo a una voz nos llamaría,
el filósofo a ti, y a mí el pollino."

    Es alabar a un necio
locura digna de común desprecio.

jueves, 24 de julio de 2014

Cuento sin moraleja - Julio Cortázar - Argentina


    Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, esloganes, membretes y falsas ocurrencias.
    Por fin el hombre supo que había llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del pais, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.
    -Vengo a venderle sus últimas palabras -dijo el hombre-. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo.
    -Traducí lo que dice- mandó el tiranuelo a su interprete.
    -Habla en argentino, Excelencia.
    -¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada?
    -Usted ha entendido muy bien -dijo el hombre-. Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.
    El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos.
    -Es lástima- dijo el hombre mientras se lo llevaban-. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotar por primera vez y naturalmente, usted no podra decirlas.
    -¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? -preguntó el tiranuelo ya frente a otra taza de café.
    -Porque el miedo no lo dejará -dijo tristemente el hombre-. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de frío, los dientes se le entrechocarán y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso si lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.
    Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras.
    Entre tanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegándole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuáles hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.
    Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.
    Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.
De Material plásico (Historias de Cronopios y de Famas)

martes, 22 de julio de 2014

Lieteratura y ciencia/ 10 - Literatura satírica y burlesca/ 33 - Médico que para un mal que no quita, receta muchos - Francisco de Quevedo - España


La losa en sortijón pronosticada1
y por boca una sala de vïuda2,
la habla entre ventosas3 y entre ayuda4,
con el "Denle a cenar poquito o nada".

La mula, en el zaguán, tumba enfrenada;
y por julio un "Arrópenle si suda;
no beba vino; menos agua cruda;
la hembra, ni por sueños, ni pintada".

Haz la cuenta conmigo, doctorcillo:
¿para quitarme un mal, me das mil males?
¿Estudias medicina o Peralvillo?5

¿De esta cura me pides ocho reales?
Yo quiero hembra y vino y tabardillo6,
y gasten tu salud los hospitales.
1 Los médicos solían llevar en el pulgar una sortija con una piedra tan grande (sortijón) que cuando tomaban el pulso a un enfermo parecían pronosticarle la losa (la tumba). 
2 Sala de viuda: por la negrura en el interior de la boca del paciente. Juega con la idea de la muerte. 
3 Ventosa: especie de vaso de vidrio de boca ancha en cuyo interior se colocaba un algodón impregnado de alcohol que se encendía e inmediatamente se apoyaba sobre la espalda del paciente. 
4 Ayuda: enema. 
5 Peralvillo es una localidad de la Mancha, cercana a Ciudad Real,  que tenía fama como lugar de ejecuciones de la Santa Hermandad. 
Sancho Panza: "¡qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de diablos que den con nosotros en Peralvillo?".
6 Tabardillo: tifus. 

domingo, 20 de julio de 2014

Literatura y jazz/ 33 - Fragmento de Blues People. Música negra en la América blanca - LeRoi Jones (Amiri Baraka) - Estados Unidos


[...] Si bien es cierto que el bebop fue una música de extremada audacia, también lo es que se basaba en la única idea que podía devolver la vitalidad y la belleza al jazz contemporáneo. Pero lo que el bebop hizo fue algo extremecedor. El bebop fue el coup de grâce, la idea que apartó bruscamente el jazz del vivir de la clase media negra (pese a que, tal como he indicado antes, las raíces de este apartamiento son tan antiguas como el primer negro a quien se confiaron tareas de criado doméstico). Los negros de la clase media dejaron de interesarse por el jazz. Para ellos, igual que para el norteamericano medio, el bebop era "raro" u "oscuro". No tenía nada que ver con los nuevos jordanes de la clase media. Y tal como he dicho, la música de mediados de la década de los cuarenta también comenzó a ser clasificada bajo la famosa etiqueta peyorativa de "arte", palabra que significa una realidad superflua y algo que le induce a uno a creer que ser un individuo humano es importante. El bebop carecía de "función". "Uno no puede bailar el bebop" era la constante frase de ataque, lo cual, y prescindiendo de su improcedencia, no deja de ser mentira. En nuestra adolescencia, mis amigos y yo contestábamos poniendo el énfasis en el pronombre: " no puedes bailarlo", y añadíamos en un susurro: "En realidad, tampoco sabes bailar cualquier otra cosa". Sin embargo, quizá no sea inútiil advertir que la melodía de uno de los bebops originales de Charlie Parker, titulado "Now's the time" (Ahora es el momento), fue utilizado por los cultivadores del blues como melodía de un desaforadamente popular número de rhythm and blues titulado "The hucklebuck", que la gente bailaba cada noche hasta caer derrengada. Temgo la seguridad de que "Ornithology", popular bebop de los años cuarenta, no podía utilizarse para convertir en un baile la tarea de recoger algodón en los campos de cultivo, pero también es cierto que los negros que compusieron esta música en modo alguno estaban dispuestos a dedicarse a recoger algodón. Los bugui-bugui que surgieron, y tuvieron carácter "funcional", en las fiestas caseras de los nuevos barrios negros, no eran más útiles que el bebop, en el sentido puramente mecánico. Pero toda música es funcional, igual que lo es todo arte, si puede ser utilizada por quienes la escuchan o por quienes la crean. Tendrá razón quien piense que el bebop de nada podría servir para cruzar el paralelo 40 (aunque ignoro qué utilidad puede tener esto último, a no ser que sea una exigencia de las tendencias emotivas de alguien), y tampoco serviría de gran cosa llevar gafas de cristales oscuros y gorritos, si lo que uno pretendía era trabajar en correos o ingresar en la facultad de medicina. Pero el bebop constituía un regalo para los jóvenes intelectuales blancos hambrientos de ritmo, así como para aquellos negros ajenos a las dudosas virtudes de la clase media blanca, que todavía eran capaces de aceptar las emociones procedentes de fuentes situadas fuera del lúgubre ámbito de la cultura popular estadounidense. [...]

Traducción de Carlos Ribalta
Now's The Time - Charlie Parker, 1945

Hucklebuck - Brendan Bowyer