Chet Baker - Like Someone In Love

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viernes, 5 de abril de 2019

L'infinito - Giacomo Leopardi - Italia


L’infinito. Idillio I

Sempre caro mi fu quest’ermo colle
E questa siepe, che da tanta parte
Dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedento e mirando, interminati
Spazi di là da quella, e sovrumani
Silenzi, e profondissima quiette
Io nel pensier mi fingo; ove per poco
Il cor non si spaura. E come il vento
Odo stormir tra queste piante, io quello
Infinito silenzio a questa voce
Vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
E le morte stagioni, e la presente
E viva, e il suon di lei. Cosí tra questa
Inmensità s’annega il pensier mio:
E il naufragar m’è dolce in questo mare.


El infinito. Idilio I

Siempre querido me fue este solitario cerro
y este seto que tanta parte
del último horizonte la mirada excluye.
Mas, sentado y mirando interminables
espacios de allá lejos, y sobrehumanos
silencios y su hondísima quietud,
me quedo enmimismado hasta que casi
el corazón se teme. Y como el viento
cuyo tráfago escucho entre las hojas, a este
silencio sin fin esta voz
voy comparando: y me acuerdo de lo eterno
y de las muertas estaciones y la presente y viva,
y sus sonidos. Así a través de esta
inmensidad se anega el pensamiento mío;
y naufragar me es dulce en este mar.
De Idilli, 1826

miércoles, 11 de abril de 2018

La vida solitaria (Canto XVI) - Giacomo Leopardi - Italia


La vita solitaria - Canto XVI 

La mattutina pioggia, allor che, l’ale
battendo, esulta nella chiusa stanza
la gallinella, ed al balcon s’affaccia
l’abitator de’ campi, e il sol che nasce
i suoi tremuli rai fra le cadenti
stille saetta, alla capanna mia
dolcemente picchiando, mi risveglia;
e sorgo, e i lievi nugoletti, e il primo
degli augelli susurro, e l’aura fresca,
e le ridenti piagge benedico:
poiché voi, cittadine infauste mura,
vidi e conobbi assai, lá dove segue
odio al dolor compagno; e doloroso
io vivo, e tal morrò, deh tosto! Alcuna
benché scarsa pietá pur mi dimostra
Natura in questi lochi, un giorno oh quanto
verso me piú cortese! E tu pur volgi
dai miseri lo sguardo; e tu, sdegnando
le sciagure e gli affanni, alla reina
felicitá servi, o Natura. In cielo,
in terra amico agl’infelici alcuno
e rifugio non resta altro che il ferro.

Talor m’assido in solitaria parte,
sovra un rialto, al margine d’un lago
di taciturne piante incoronato.
Ivi, quando il meriggio in ciel si volve,
la sua tranquilla imago il sol dipinge,
ed erba o foglia non si crolla al vento;
e non onda incresparsi, e non cicala
strider, né batter penna augello in ramo,
né farfalla ronzar, né voce o moto
da presso né da lunge odi né vedi.
Tien quelle rive altissima quiete;
ond’io quasi me stesso e il mondo obblio
sedendo immoto; e giá mi par che sciolte
giaccian le membra mie, né spirto o senso
piú le commova, e lor quiete antica
co’ silenzi del loco si confonda.

Amore, Amore, assai lungi volasti
dal petto mio, che fu sí caldo un giorno,
anzi rovente. Con sua fredda mano
lo strinse la sciaura, e in ghiaccio è vòlto
nel fior degli anni. Mi sovvien del tempo
che mi scendesti in seno. Era quel dolce
e irrevocabil tempo, allor che s’apre
al guardo giovanil questa infelice
scena del mondo, e gli sorride in vista
di paradiso. Al garzoncello il core
di vergine speranza e di desio
balza nel petto; e giá s’accinge all’opra
di questa vita, come a danza o gioco,
il misero mortal. Ma non sí tosto,
Amor, di te m’accorsi, e il viver mio
fortuna avea giá rotto, ed a questi occhi
non altro convenía che il pianger sempre.
Pur, se talvolta per le piagge apriche,
su la tacita aurora o quando al sole
brillano i tetti e i poggi e le campagne,
scontro di vaga donzelletta il viso;
o qualor nella placida quiete
d’estiva notte, il vagabondo passo
di rincontro alle ville soffermando,
l’erma terra contemplo, e di fanciulla,
che all’opre di sua man la notte aggiunge,
odo sonar nelle romite stanze
l’arguto canto; a palpitar si move
questo mio cor di sasso: ahi! ma ritorna
tosto al ferreo sopor; ch’è fatto estrano
ogni moto soave al petto mio.

O cara Luna, al cui tranquillo raggio
danzan le lepri nelle selve; e duolsi
alla mattina il cacciator, che trova
l’orme intricate e false, e dai covili
error vario lo svia; salve, o benigna
delle notti reina. Infesto scende
il raggio tuo, fra macchie e balze o dentro
a deserti edifici, in su l’acciaro
del pallido ladron ch’a teso orecchio
il fragor delle rote e de’ cavalli
da lungi osserva o il calpestio de’ piedi
sulla tacita via; poscia improvviso
col suon dell’armi e con la rauca voce
e col funereo ceffo il core agghiaccia
al passegger, cui semivivo e nudo
lascia in breve tra’ sassi. Infesto occorre
per le contrade cittadine il bianco
tuo lume al drudo vil, che degli alberghi
va radendo le mura e la secreta
ombra seguendo, e resta, e si spaura
delle ardenti lucerne e degli aperti
balconi. Infesto alle malvage menti,
a me sempre benigno il tuo cospetto
sará per queste piagge, ove non altro
che lieti colli e spaziosi campi
m’apri alla vista. Ed ancor io soleva,
bench’innocente io fossi, il tuo vezzoso
raggio accusar negli abitati lochi,
quand’ei m’offriva al guardo umano, e quando
scopriva umani aspetti al guardo mio.
Or sempre loderollo, o ch’io ti miri
veleggiar tra le nubi, o che serena
dominatrice dell’etereo campo,
questa flebil riguardi umana sede.
Me spesso rivedrai solingo e muto
errar pe’ boschi e per le verdi rive,
o seder sovra l’erbe, assai contento
se core e lena a sospirar m’avanza.



La vida solitaria - Canto XVI

La lluvia matinal, cuando las alas
batiendo, salta alegre la gallina 
en la cerrada estancia, y el labriego
sale al balcón, y la naciente aurora
vibra su rayo trémulo, esmaltando
las transparentes gotas, en mi albergue
dulcemente llamando, me despierta.
Salgo, y la leve nubecilla, el canto
primero de las aves, la aura grata
y de las playas la quietud bendigo.
Harto os he conocido, infaustos muros
de la ciudad, en donde el odio sigue
y acompaña al dolor: ¡que en la desgracia
vivo y he de morir, quizás en breve!
Un resto de piedad tienes, Natura,
para mí en estos sitios ¡ay! un tiempo
más compasivos a mi mal. Tú apartas
del triste la mirada, y desdeñando
los dolores y afanes, a la reina
Felicidad te humillas. El que sufre
no halla en cielo ni tierra amiga mano,
ni otro refugio encontrará que el hierro.

Tal vez me asiento en solitaria parte,
sobre una altura que domina un lago
coronado de plantas taciturnas;
allí, cuando al cenit radiante asciende
el sol, refleja su tranquila imagen,
y ni hoja o yerba se conmueve al viento; 
no se ve ni se siente a la redonda
encresparse las olas; ni su canto 
entonar la cigarra; ni las plumas
el pájaro agitar entre las hojas, 
o retozar la mariposa leve.
Calma profunda envuelve aquella orilla, 
donde yo, inmóvil, reposando, casi 
del mundo odioso y de mi ser me olvido; 
y pienso que mis miembros se desatan,
que se extingue el sentir y que mi antigua 
calma con la del sitio se confunde. 

¡Amor, amor! ha tiempo abandonaste 
este mi corazón, que antes ardía 
hasta abrasar. Con su aterida mano 
oprimióle el pesar, y en duro hielo 
en la flor de mis años, convirtióse.
Acuérdome del tiempo en que viniste 
a habitar en mi pecho. Era aquel dulce 
e irrevocable tiempo, cuando se abre
al ojo juvenil la triste escena
del mundo, cual soñado paraíso.
El tierno corazón ledo palpita
de virgen esperanza y de deseos,
y se lanza a la acción, como pudiera
al juego y a la danza. Mas tan pronto
como pude entreverte, la Fortuna 
mi existencia rompió, y a mis pupilas
tocó por suerte sempiterno lloro.
Si alguna vez por los abiertos campos
en la callada aurora, o cuando brillan,
al sol techos, collados y llanuras
miro de hermosa jovenzuela el rostro;
si alguna vez, en la serena calma
de estiva noche, el paso vagabundo,
de la ciudad en derredor guiando,
la hosca tierra contemplo, y de afanosa
niña, que activa nocturnal faena,
oigo sonar en la apartada estancia
el canto melodioso, se conmueve
mi corazón de piedra; pero torna
pronto el férreo sopor, que es ¡ay! extraña
toda suave emoción al pecho mío.

Oh cara luna a cuya luz tranquila
danzan las liebres en el bosque, dando
enojo al cazador, que a la mañana
halla intrincadas las falaces huellas
que del cubil lo alejan: ¡salve, oh reina
benigna de las noches! Importuno
entra tu rayo por selvosos riscos
o en ruinoso edificio, iluminando
el puñal del ladrón, que escucha atento
fragor de ruedas y de cascos duros
y rumor de pisadas en la vía,
y saliendo de pronto, con estruendo
de armas y roncas voces, y el ceñudo
aspecto, hiela al tímido viandante
a quien desnudo y semivivo, deja
entre las piedras. Importuno baja
también tu blanco rayo a las ciudades
sobre el vil corruptor que se desliza
de los muros al pie, y en las espesas
sombras se oculta, y párase y se asusta
de la luz que difunden los abiertos
balcones. Importuno a los malvados,
a mí siempre benigno, tu semblante
aquí será, do sólo me descubres 
risueñas cuestas y espaciosos campos. 
En otro tiempo, lleno de inocencia, 
tus bellos rayos acusar solía, 
cuando me denunciaban de los hombres
a la mirada, en la ciudad, o cuando 
ver me dejaban el humano aspecto.
Ora celebrarélos, ya te mire 
envolverte entre nubes, ya serena 
dominadora del etéreo campo,
esta morada mísera contemples. 
A menudo verásme, solo y mudo, 
errar por bosques y por verdes ribas, 
o yacer en la yerba, satisfecho,
si aún el poder de suspirar me queda. 
Versión de Antonio Gómez Restrepo

lunes, 16 de enero de 2017

Canto XXVI - El pensamiento dominante - Giacomo Leopardi - Italia


Poderoso, dulcísimo
dominador de mi profunda mente;
terrible, mas querido
don del cielo; consorte
de mis lúgubres días,
pensamiento que siempre ante mí tornas.

De tu natura arcana,
¿quién no habla? Su influjo entre nosotros,
¿quién no siente? Mas siempre
que al decir sus efectos
la humana lengua el sentir propio excita,
nuevo parece por lo que razona.

¡Cuán desierta mi mente
quedó desde el instante
en que tú la escogiste por morada!
Raudos como el relámpago, de en torno
todos mis pensamientos
se alejaron. Lo mismo que una torre
en solitario campo,
estás solo, gigante, en medio de ella.

¡En qué, fuera de ti, se han convertido
las obras terrenales,
toda la vida entera ante mis ojos!
¡Qué intolerable hastío
el ocio acostumbrado,
la del vano placer vana esperanza,
al lado de ese gozo,
gozo celeste que de ti procede!

Como desde las rocas
del Apenino abrupto
a un campo verde que lejano ríe
los ojos vuelve ansioso el peregrino,
tal yo del rudo y seco
mundano conversar, ávidamente
regreso a ti como a un jardín ameno
y restauro a tu lado mis sentidos.

Me parece increíble
que la vida infeliz y el necio mundo
durante tanto tiempo
sin ti haya soportado;
entender no consigo
que por otros deseos
de ti distintos, haya quien suspire.

Jamás desde el momento
en que entender la vida lograr pude
turbó mi pecho el miedo de la muerte.
Hoy me parece un juego
la que el inepto mundo,
loando a veces, aborrece y teme,
necesidad extrema;
y si acaso el peligro se presenta,
arrostro sonriendo su amenaza.

Siempre al cobarde, al alma
miserable y abyecta
desprecié. Y hoy cualquier acción indigna
me hiere los sentidos;
desdén siente mi alma
por todo ejemplo de vileza humana.
A esta edad orgullosa
que se nutre de huecas esperanzas
y ama lo vano y la virtud combate,
que clama por lo útil
y no ve que la vida
por eso en más inútil se convierte,
superior yo me creo.
Me burlo del humano juicio; al vulgo
que el bello pensamiento
desdeña, pisoteo con desprecio.

Ante aquello que inspiras,
¿qué otro afecto no cede?
Más aún, ¿qué otro afecto
asiento tiene aquí entre los mortales?
Avaricia, desdén, odio, soberbia,
ansias de honor, de mando,
¿qué son sino caprichos
comparados con él? Sólo un afecto
vive en nosotros; uno,
poderoso, que dieron
eternas leyes al humano pecho.

Valor no tiene, ni razón la vida,
sino por él, que para el hombre es todo;
sola disculpa al hado
que al mortal en la tierra
puso para sufrir sin otro fruto;
sólo por quien a veces,
no la estúpida gente, al alma digna
la vida es más hermosa que la muerte.

Por alcanzar tu gozo, pensamiento,
probar humanas ansias
y sufrir muchos años
esta vida mortal, no ha sido indigno;
volvería de nuevo,
experto como soy de nuestros males,
hacia tu meta a recorrer la senda;
que tras la arena y tras la viperina
picada, tan cansado
por el mortal desierto
nunca llegué hasta ti que nuestras penas
vencer no lo creyera un bien muy alto.

¡Oh qué mundo, qué nueva
inmensidad, que edén aquel a donde
frecuentemente tu sublime hechizo
me elevó, donde errando
bajo otras luces que las habituales,
mi terrenal estado
y toda realidad echo en olvido!
Tales son, imagino,
los sueños de los dioses. ¡Ay! Un sueño
que en parte la verdad realza, eres
tú, dulce pensamiento;
sueño y error. Mas tu naturaleza,
entre gratos errores,
divina es; tan viva y poderosa
que junto a la verdad, tenaz, perdura
y a menudo se iguala,
disipándose sólo con la muerte.

Tú, pensamiento mío, tú tan sólo,
vital para mis días,
causa dilecta de infinitas ansias,
conmigo morirás cuando me muera;
dentro del alma las señales siento
de que tú por señor me fuiste dado.
Otros dulces engaños
la realidad solía
desvanecer. Cuando de nuevo vuelvo
a contemplar a aquella
de quien contigo vivo razonando,
crece aquel gran deleite,
crece el delirio por el que respiro.

¡Angélica hermosura!
Cualquier hermoso rostro me parece
casi fingida imagen
que a tu rostro imitó. Tú, sola fuente
de toda donosura;
tú, la sola belleza verdadera.

Desde que pude verte,
¿de mi solicitud último objeto
no fuiste tú? ¿Cuánto pasó del día
sin que pensara en ti? En los sueños míos,
tu soberana imagen
¿cuántas veces faltó? Bella cual sueño,
aparición angélica,
en la terrena estancia,
en la altura de todo el universo,
¿qué espero yo, qué pido,
que sea más bello que los ojos tuyos,
que sea más dulce que tu pensamiento?
Versión de Diego Navarro