Dulce Pontes - Caminhos (1997)

viernes, 11 de junio de 2010

Fragmento de Don Ramón María del Valle-Inclán - Ramón Gómez de la Serna - España

'La Tertulia del Café Pombo' (calle Carretas) - José Gutiérrez Solana - Museo Reina Sofía. En el centro, Ramón Gómez de la Serna; a su lado, de izquierda a derecha, Manuel Abril, Tomás Borrás, José Bergamín, José Cabrero, Mauricio Bacarisse, el propio Solana, Pedro Emilio Coll y Salvador Bartolozzi.Una noche se estrena una comedia de un poeta catalán, Joaquín Montaner. El teatro está lleno. Don Ramón toma su puesto estratégico.
La obra comienza y levanta su vuelo en versos anchurosos y sin detonancias.
Hay condescendencia en la atmósfera y alguien se adelanta al primer aplauso, dejando oir en el silencio un "¡Muy bien!" con voz ahuecada.
Entonces se oyó un "¡Muy mal, muy mal, muy mal!", dicho con voz más rotunda. (En el centro de la silbada y maullada Gata de Angora de Benavente, por gritar "¡Muy bien!", armó el mismo escándalo y fue a la comisaría).
Se produjo un gran revuelo. Se suspendió un momento la representación de El hijo del diablo, mientras se decían unos a otros: "¡Es Valle-Inclán!". "¡Es don Ramón!".
Se oyeron voces envalentonadas que gritaban: "¡Fuera, fuera!". Don Ramón, impertérrito, hilaba su barba arrellanado en su butaca.
El agente de vigilancia de servicio se acercó a don Ramón y le dijo:
- Caballero, soy la autoridad.
- Aquí en el teatro no hay más autoridad que la mía, que soy el crítico, ¡animal! -le replicó don Ramón.
El revuelo fue mayor. El agente ofendido insistía en llevarse a don Ramón a la comisaría.
Había pareceres encontrados. Alguien protestaba calificando de grosera la opinión de Valle, y de un grupo de incondicionales partió un "¡Viva Valle-Inclán!", que murió apagado como un cohete mal encendido.
Por fin don Ramón fue llevado a la comisaría del distrito y allí el comisario en pie quiso ser fino con el aguilón y le dijo:
- Me han contado el caso, pero yo supongo que usted no se dio cuenta de que era un representante de la autoridad el que le requería.
- Sí, señor... Yo lo sabía, pero como yo soy otra autoridad en materias artísticas, se estableció un caso de competencia... Mi autoridad debía permanecer en la sala para emitir juicio. Además, la autoridad de ese señor es autoridad transitoria y la mía permanente.
- No por eso -insistió el comisario- tenía usted que insultarle llamándole animal.
Valle-Inclán, testarudo y en sus trece, replicó:
- Eso no fue un insulto, sino una definición.
Un estudiante que había ido también detenido por defender a don Ramón salió en su defensa y dijo:
- Señor comisario, cuando los partidarios de la señora Xirgu y del señor Montaner gritaban a don Ramón "¡Que se vaya!" ¡Que se vaya!", fue contra ellos contra los que se volvió don Ramón agresivo y gritando "¡No me da la gana!".
Valle se volvió a su defensor y le replicó:
- Miente usted admirablemente, joven. Yo al que desacataba expresamente era al policía.
En vista de eso y como a don Ramón "había que dejarlo o matarlo", se le dejó ir, y cuentan que a la puerta de la comisaría dijo con un alegre suspiro: "¡Esta noche me siento con treinta años menos!".
Aunque la materia de este libro sea Valle, no hemos de juzgar aquí si no a Gómez de la Serna. Conviene tenerlo presente. No es infrecuente que el retratista pueda interesarnos más que el retratado, por lo mismo que muchos retratados no han tenido retratistas a su altura.
En este libro la cosa está bastante equilibrada, y podríamos decir, de uno y de otro, de Ramón y de Valle, que tanto monta, monta tanto...
[...] ¿Es un buen libro? Yo no lo sé, pero si alguien tiene que escribir un libro sobre Valle-Inclán, no podrá hacerlo sin leer éste y sin citarlo, como no se podría escribir un libro sobre
El Rastro sin tener presente el de Ramón, aunque el Rastro de entonces y el de ahora no se parezcan en nada...
[...] La biografía de Ramón, hecha y deshecha, bizantina y desgarrada, como el propio estilo de Valle, está llena de menudencias y amenidades, y sin embargo le ha salido a la altura del personaje: abstracta, "mentale".
(Del prólogo de Andrés Trapiello para la Editorial Espasa Calpe, S. A.)

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