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viernes, 16 de diciembre de 2011

Cartas apócrifas de Penélope a Ulises - Antonio Casares - España

Ulises y Penélope en la cámara nupcial - Marc Chagall
I
De qué vale vivir en un palacio
que es la envidia de reyes y princesas,
construído con mármol de Corinto
y todos los lujos imaginables,
gimnasio, sauna, plácidos jardines
con fuentes de música acariciadora
y estatuas que incitan al deseo,
de qué sirven las bellas cortesanas,
los halagos de amigos y enemigos,
las vestales del templo del amor,
o los cuerpos que invitan al placer,
cuando el deseo no se ve cumplido
y es todo juego, amago, seducción,
apariencia, ficción o simulacro,
de qué tener collares y diademas
de oro puro y diamantes tallados
por los orfebres más hábiles del mundo,
y joyas que no tuvo Nefertiti
ni poseyó jamás mujer alguna,
para qué quiero cosas que no quiero,
celebraciones, ágapes, festejos
innecesarios, bálsamos, perfumes,
beber vino de Samos escanciado
por lúbricas bacantes o efebos
que me ignoran igual que los eunucos,
las púrpuras traídas de Oriente,
las clámides de seda de la China,
las estancias más amplias, los espejos
en los que se marchita mi belleza,
o la alcoba más voluptuosa
si no tengo con quién compartirla,
si sólo quiero compartirla contigo,
de qué sirven poetas y filósofos
y adivinos y astrólogos y sabios
de todas las naciones de la Tierra,
y los libidinosos pretendientes
merodeando como buitres ciegos,
dispuestos, si así se lo pidiese,
a luchar por mi amor hasta la muerte
o de llevarme al tálamo de Eros,
si ninguno de ellos me atrae
hasta el punto de serte infiel,
mientras tú, la persona que más amo
y que más amaré mientras viva,
llevas ausente más de veinte años.
(Telémaco apenas te conoce,
y sólo sabe preguntar por ti,
y ha preparado una expedición
para salir con urgencia a tu rescate.)
Quién sabe dónde estás, dónde encontrarte.
Estoy cercada por una zozobra
que no tiene ni principio ni fin,
por no decir al borde del naufragio.
Paso los días y las noches insomne,
tejiendo y destejiendo inútilmente
la túnica tediosa de Laertes,
y me aburro, me aburro hasta el hastío
de escribir cartas que nunca contestas,
de consultar en vano los oráculos,
de visitar a afamados nigromantes,
y de leer siempre los mismos libros,
y mirar siempre los mismos paisajes,
y asistir a los mismos espectáculos,
y frecuentar los mismos cenáculos,
y soportar estoicamente el tedio,
y apenas tengo noticias tuyas
o son de mal agüero o muy confusas.
Me muero de nostalgia algunas veces,
añoro tus caricias y tus besos
y nadie puede comprender mis sueños.
Más que tu esposa, parezco tu viuda.
De qué sirven los fastos y las fiestas,
si no quiero la vida de la corte
ni hay consuelo para mi desconsuelo
y estoy más sola que la última esclava.
Aquellos que envidian lo que tengo
no saben que me falta lo esencial:
yo envidio a los mendigos que comparten
su amor en una choza miserable
o al pastor que habita en el monte
una humilde cabaña amorosa
en armonía con la naturaleza.
Sin duda, hubiera preferido, a esta
sensación infinita de abandono,
a esta frustración, a este insufrible
fastidio de la vida palaciega,
vivir a la intemperie, entre las ruinas
de una ciudad que ya nadie visita,
olvidada de todos, alejada
de la vida agitada de Ítaca,
pero estando contigo a todas horas,
hubiera preferido un desierto,
lejos de la mirada de los dioses
y del lúbrico acoso de los hombres,
a este boato y estas fiestas banales,
y a pasarme la vida esperándote,
entre la zozobra y la incertidumbre
de no saber si vives o estás muerto,
o ya te has olvidado de mí
y languideces en brazos de otras,
y cambiaría todas las riquezas
que ahora me sobran porque tú me faltas
por volver a mirarme en tus ojos,
porque ellos son los mejores espejos,
y daría sin dudar todo mi reino
y todo lo que el poder representa,
a cambio de tu presencia, amor mío,
a cambio de tu regreso, Ulises...


II
Mi querido Ulises: Te escribo
para dejar algunas cosas claras
y poner los puntos sobre las íes.
Necesito sincerarme contigo,
porque somos mortales y no debe,
a estas alturas de nuestro amor,
haber ningún secreto entre nosotros.
Te diré, por ejemplo (es mi opinión),
que me parece que ese tal Homero,
o quien sea el autor de la epopeya
que da lustre y fama a tu nombre,
ha cargado demasiado las tintas
convirtiéndote en un héroe al uso
y haciéndote olvidar que eres un hombre
con mujer e hijo a tus espaldas
y unas obligaciones familiares,
y a mí me ha dado un papel secundario
de ama de casa sin ningún derecho
más allá de la cama y la cocina.
¿No crees como yo que es un machista?
¿O acaso eres de la misma estirpe
y participas con él de su error?
Llevo alrededor de veinte años
esperando, paciente, tu regreso,
sin tener ninguna noticia tuya,
soportando las murmuraciones
y cotilleos de las comadres de Ítaca
y luchando contra las tentaciones
inherentes al placer y al deseo
(todos sabemos que la carne es débil),
tratando de librarme de la plaga
de pretendientes y merodeadores
que no cesan de dejarse caer,
de insinuarse con palabras y gestos
e incluso con frecuentes groserías
que harían palidecer a un libertino.
Son como los moscones y los buitres...
No te puedes imaginar, amor mío,
las veces que me han tirado los tejos
y he tenido que decirles que no,
pero tanto va el cántaro a la fuente,
tanto va el cántaro a la fuente...
Además, ya me canso de este rol
que me ha asignado el ínclito Homero
de esposa fiel que teje y que desteje
para dar una imagen decente
ante los hipotéticos lectores
o los biempensantes del futuro,
mientras tú, con tu vida libérrima,
como buen marinero y peor marido,
mantienes un amor en cada puerto,
cuando no en burdeles y mancebías.
Y no hace falta oir las malas lenguas
para saber que lo que digo es cierto:
¿crees que no sé que andas flirteando
con tías de dudosa reputación,
como esa golfa a la que llaman Circe,
con la calientapollas de Calipso,
o el putón verbenero de Nausícaa,
y con otras amantes anónimas
que harían interminable el recuento?
¿Qué quieres que le diga a Telémaco?
¿Que su padre es un vulgar picaflor?
¿Que tiene varios hermanos bastardos?
¿Hasta cuándo pretendes que espere?
¿De qué me sirve a mí que seas un héroe,
si yo no soy ninguna heroína,
y lo que necesito es un esposo
que me haga recordar que estoy viva?
Todavía soy joven y -eso dicen-
estoy de muy buen ver, y empiezo a hartarme
de que me sigas teniendo por tonta,
y ya que me señalan con el dedo
y murmuran de mí a mis espaldas
que lo hagan con razón, ¿no te parece?

¿Te digo la verdad? Más que un mito
digno de ser amado o respetado,
creo que eres una marioneta
al albur de lo que escriba el poeta.
Estoy harta: hasta aquí hemos llegado,
no soy de piedra ni pretendo serlo,
y no mereces que te guarde ausencias.
No hay reciprocidad, sino machismo,
y por ahí no paso, por ahí no paso...
Así que, de ahora en adelante
-y cada palo que aguante su vela-,
puedes hacer lo que te venga en gana,
que yo haré exactamente lo mismo;
si tú eres libre, yo no voy a ser menos,
no tengas prisa por volver a casa,
y disfruta, disfruta plenamente
de tus viajes y de tus aventuras,
da la vuelta al mundo varias veces,
no renuncies a nada, no te prives
absolutamente de nada, Ulises,
sólo se vive una vez, no lo dudes,
y una canita al aire, ya me entiendes,
te ayudará a soportar estos momentos
tan delicados para nuestras vidas,
y hasta me sentiré menos culpable
sabiendo que disfrutas sin complejos
de todos los placeres a tu alcance.
El amor es hermoso mientras dura,
pero querer eternizarlo es vano
y, cuando muere, lo hace para siempre.
Si vuelves, ya hablaremos del divorcio
y, si no vuelves, sólo te deseo,
como suele decirse en estos casos,
que te vaya bonito. Adiós,
Penélope.
Santander, 8 de noviembre de 2011

4 comentarios:

Gatopardo dijo...

Tom Waits en estado puro.

jose dijo...

Genial!!!

Vaya rapapolvo que le ha echado.
Y de paso una colleja al poeta.

Buenísimo.

Juan Nadie dijo...

Pobre Homero, hombre, además de ser cegato lo achacan de machismo, no hay derecho...

Gatopardo dijo...

Es lo que han coseguido las feministas, que poetas (no poetisas) humillen al mismo Homero......