Silvia Pérez Cruz

lunes, 27 de febrero de 2017

Así pues - Charles Simic - Yugoslavia-Estados Unidos


thus

The long day has ended in which so much
And so little had happened.
Great hopes were dashed,
Then halfheartedly restored once again.

Mirrors became animated and emptied,
Obeying the whims of chance.
The hands of the church clock moved,
At times gently, at times violently.

Night fell. The brain and its mysteries
Deepened. The red neon sign
FIREWORKS FOR SALE came on on a roof
Of a grim old building across the street.

A nearly leafless potted plant,
No one ever waters or pays attention to,
Cast its shadow on the bedroom wall
With what looked to me like joy.


así pues

Se acabó el largo día en el que tanto
y tan poco ha ocurrido.
Grandes expectativas se frustraron
para resucitar sin entusiasmo.

Los espejos cobraron vida y luego se vaciaron,
obedeciendo los caprichos del azar.
Las manecillas del reloj de la iglesia se movieron,
a veces suavemente, otras con brusquedad.

Cayó la noche. El cerebro y sus misterios
se adensaron. Un letrero de neón rojo
VENTA DE FUEGOS ARTIFICIALES se encendió en el tejado
de un viejo y tétrico edificio al otro lado de la calle.

Una planta de tiesto ya muy marchita
a la que nadie riega o presta atención
proyectaba su sombra en la pared del cuarto
con lo que a mí me pareció alegría salvaje.
De The Lunatic, 2017
Traducción de Jordi Doce

sábado, 25 de febrero de 2017

La muerte de Cleopatra - Pierre-Ange Vieillard - Francia


La Mort de Cléopâtre

C’en est donc fait! ma honte est assurée.
Veuve d’Antoine et veuve de César,
Au pouvoir d’Octave livrée,
Je n’ai pu captiver son farouche regard.
J’étais vaincue, et suis déshonorée.
En vain, pour ranimer l’éclat de mes attraits,
J’ai profané le deuil d’un funeste veuvage;
En vain, en vain, de l’art épuisant les secrets,
J’ai caché sous des fleurs les fers de l’esclavage;
Rien n’a pu du vainqueur désarmer les décrets.
A ses pieds j’ai traîné mes grandeurs opprimées.
Mes pleurs même ont coulé sur ses mains répandus,
Et la fille des Ptolémées
A subi l’affront des refus!

Ah! qu’ils sont loin ces jours, tourment de ma mémoire,
Où sur le sein des mers, comparable à Vénus,
D’Antoine et de César réfléchissant la gloire,
J’apparus triomphante aux rives du Cydnus!

Actium m’a livrée au vainqueur qui me brave;
Mon sceptre, mes trésors ont passé dans ses mains;
Ma beauté me restait, et les mépris d’Octave
Pour me vaincre ont fait plus que le fer des Romains.
Mes pleurs même ont coulé sur ses mains répandus,
J’ai subi l’affront des refus.
Moi !... qui du sein des mers, comparable à Vénus,
M’élançai triomphante aux rives du Cydnus!

Au comble des revers, qu’aurais-je encore à craindre?
Reine coupable, que dis-tu?
Du destin qui m’accable est-ce à moi de me plaindre?
Ai-je pour l’accuser les droits de la vertu?
J’ai d’un époux déshonoré la vie.
C’est par moi qu’aux Romains l’Égypte est asservie,
Et que d’lsis l’ancien culte est détruit.
Quel asile chercher? Sans parents! sans patrie!
Il n’en est plus pour moi que l’éternelle nuit!


MÉDITATION

How if when I am laid into the tomb ... 
Shakespeare
Grands Pharaons, nobles Lagides,
Verrez-vous entrer sans courroux,
Pour dormir dans vos pyramides,
Une reine indigne de vous?

Non!.. non, de vos demeures funèbres
Je profanerais la splendeur!
Rois, encor au sein des ténèbres,
Vous me fuiriez avec horreur.

Du destin qui m’accable est-ce à moi de me plaindre?
Ai-je pour l’accuser le droit de la vertu?
Par moi nos dieux ont fui d’Alexandrie,
Et d’lsis le culte est détruit.

Non, j’ai d’un époux déshonoré la vie.
Sa cendre est sous mes yeux, son ombre me poursuit.
C’est par moi qu’aux Romains l’Égypte est asservie.
Par moi nos dieux ont fui les murs d’Alexandrie,
Et d’Isis le culte est détruit.

Osiris proscrit ma couronne.
A Typhon je livre mes jours!
Contre l’horreur qui m’environne
Un vil reptile est mon recours.

Dieux du Nil... vous m’avez... trahie!
Octave... m’attend... a son char.
Cléopâtre en... quittant... la vie,
Redevient digne de... César !


La muerte de Cleopatra

¡Ya la suerte está hechada! Mi vergüenza está asegurada.
Viuda de Antonio y viuda de César.
Entregada al poder de Octavio,
no he podido cautivar su mirada torva.
He sido vencida y estoy deshonrada.
Para reanimar el esplendor de mis encantos en vano
he profanado el luto de una viudez funesta;
en vano, en vano, agotando los secretos del arte,
he escondido bajo las flores los hierros de la esclavitud;
nada ha podido desarmar los decretos del vencedor.
He arrastrado a sus pies mis oprimidas grandezas.
Mis propias lágrimas resbalaban por sus manos abiertas,
y la hija de los Ptolomeos
ha sufrido la afrenta del rechazo.

¡Ah! ¡Qué lejos quedan aquellos días, tormento de mi memoria,
cuando sobre el seno de los mares, comparable a Venus,
reflejando la gloria de Antonio y de César,
hacía mi aparición triunfal en las orillas del Cidno!

Actium me ha entregado al vencedor que me desafía;
mi cetro, mis tesoros han pasado a su manos;
me queda mi belleza, y el desprecio de Octavio,
que para vencerme ha hecho más que las espadas de los                                                                               [Romanos.
Mis propias lágrimas resbalaban por sus manos abiertas.
He sufrido la afrenta del rechazo.
¡Yo!... ¡Que sobre el seno de los mares, comparable a Venus,
hacía mi aparición triunfal en las orillas del Cidno!

En el colmo de la adversidad, ¿qué puedo temer ya?
Reina culpable, ¿tú qué dices?
¿Tengo derecho a llorar por el destino que me humilla?
¿Me asiste, acaso, la virtud para acusarle?
He deshonrado la vida de un esposo.
Por mi culpa Egipto ha quedado sometido a Roma,
y el antiguo culto a Isis ha sido destruido.
¿qué silo resta buscar? ¡Sin familia!¡Sin patria!
¡Ya sólo me queda la noche eterna!


MEDITACIÓN
Y cuando yazca sobre la tumba...
Shakespeare
Grandes faraones, nobles Lagidas,
¿miraréis sin ira cómo entra
para dormir entre vuestras pirámides
una reina indigna de vosotros?

¡No! No, con ello profanaría
el esplendor de vuestras moradas fúnebres.
Reyes, aun en el seno de las tinieblas,
huiríais espantados de mí.

¿Tengo derecho a llorar por el destino que me humilla?
¿Me asiste, acaso, la virtud para acusarle?
Por mi culpa nuestros dioses se fueron de Alejandría,
el culto a Isis ha sido destruido.

No, he deshonrado la vida de un esposo.
Sus cenizas están bajo mis ojos, su sombra me persigue.
Por mi culpa Egipto ha quedado sometido a Roma.
Por mi culpa nuestros dioses se han ido de las murallas de                                                                             [Alejandría,
y el culto a Isis ha sido destruido.

Osiris proscribe mi corona.
¡A Tifón encomiendo mis días!
Contra el horror que me rodea
un vil reptil es mi recurso.

¡Dioses del Nilo, me habéis traicionado!
Octavio me espera en su carro.
¡Cleopatra, al quitarse la vida,
vuelve a hacerse digna de César!
Traducción de L. C. G.
La muerte de Cleopatra - Meditación (Largo misterioso) - Louis-Hector Berlioz
Jessye Norman: soprano
Orquesta de París
Daniel Barenboim

jueves, 23 de febrero de 2017

Fragmento de Romeo y Julieta - William Shakespeare - Inglaterra


ACTO SEGUNDO

ESCENA IV

[Una calle]

Entran Benvolio1 y Mercucio2.

MERCUCIO.  ¿Dónde diablos ha de estar este Romeo3 ¿No volvió a casa anoche?
BENVOLIO.  A la de su padre, no: he hablado con su criado.
MERCUCIO.  En fin, esa pálida moza de corazón duro, esa Rosalina, le atormenta tanto, que seguro que se volverá loco.
BENVOLIO.  Tebaldo4, el pariente del viejo Capuleto5, ha enviado una carta a casa de su padre.
MERCUCIO.  Un desafío, por vida mía.
BENVOLIO.  Romeo responderá.
MERCUCIO.  Cualquiera que sepa escribir puede responder a una carta.
BENVOLIO.  No, quiero decir que responderá al autor de la carta: desafiado, le desafiará.
MERCUCIO.  ¡Ay, pobre Romeo! ¡Ya está muerto! Apuñalado por los ojos negros de una blanca muchacha; traspasado de oído a oído por una canción de amor; con el corazón partido en su misma diana por la flecha del ciego niño arquero: ¿y va a ser hombre para enfrentarse con Tebaldo?
BENVOLIO.  ¡Bah! ¿Qué es Tebaldo?
MERCUCIO.  Más que el príncipe de los gatos6, puedo decirte. Ah, es el valiente capitán de las perfecciones. Lucha como tú cantarías una partitura; lleva el compás, la distancia y la proporción: te hace una pausa de mínima: una, dos y el tres en tu pecho: el auténtico matarife de los botones de seda7, un duelista, un duelista; un caballero de la primerísima escuela, de la primera y segunda causa8. ¡Ah, la inmortal pasada! ¡Los grados del perfil! ¡El "tocado"!
BENVOLIO.  ¿El qué?
MERCUCIO.  ¡La peste de esos fantásticos grotescos, balbucientes y afectados, esos nuevos entonadores de acentos! "¡Por Jesucristo, una excelente hoja: un hombre de buen talle; una estupenda puta9!". Vaya, ¿no es cosa lamentable, abuelo mío, que estemos tan afligidos con estas moscas impertinentes, estos lanzadores de modas, estos pardonnez-moi, que se asientan tanto en las nuevas formas que no pueden estar cómodos en sus antiguos bancos? ¡Ah sus bons, ah sus bons10!

Entra Romeo

BENVOLIO.  Aquí viene Romeo, aquí viene Romeo.
MERCUCIO.  Sin las huevas, como un arenque seco. ¡Ah, carne, carne, cómo estás de pescadeada! Ahora se ha dado a la métrica en que manó Petrarca: Laura, al lado de su amada, era una fregona: pardiez, aquélla tuvo un amante mejor para ponerla en rima; Dido, muy dudosa11; Cleopatra, una gitana; Helena y Hero, bribonas y rameras; Tisbe, ojos garzos, o algo así, pero no servía para el caso. Signor Romeo, bon jour! Ahí tienes un saludo francés para tus bragas a la francesa. Anoche nos diste lindamente moneda falsa.
ROMEO.  Buenos días a los dos. ¿Qué moneda falsa os di?
MERCUCIO.  El esquinazo, hombre, el esquinazo: ¿no entiendes?
ROMEO. Perdón, buen Mercucio: tenía un asunto importante; y en caso tal como el mío, uno puede apurar la cortesía.
MERCUCIO.  Es como decir que un caso como el tuyo obliga a uno a inclinarse por las corvas.
ROMEO.  Esto es, para hacer una reverencia.
MERCUCIO.  Has acertado amablemente.
ROMEO.  Una interpretación muy cortés.
MERCUCIO.  Claro, soy la misma flor de la cortesía.
ROMEO.  Como una rosa.
MERCUCIO.  Eso es.
ROMEO.  A mis pies, como las rosas caladas de mis escarpines12.
MERCUCIO.  Bien dicho, y ahora haz correr el chiste hasta que gastes los escarpines, y cuando estén sin suela, consuela tu ánimo pensando que queda el chiste, aunque por los suelos.
ROMEO.  ¡Ah, qué chiste de siete suelas!
MERCUCIO.  Ponte en medio de nosotros, buen Benvolio: me flaquea el ingenio.
ROMEO.  Flauta y espuelas, flauta y espuelas, o cantaré victoria.
MERCUCIO.  Bueno, si nuestros ingenios se ponen a jugar a la oca, estoy perdido, porque tú eres más ganso en un solo sentido que yo en mis cinco, seguro. ¿He picado yo nunca a tu altura en la oca13?
ROMEO.  Tú nunca has subido a picar a mi altura, sino a la oca.
MERCUCIO.  Te picaré en la oreja por esa broma.
ROMEO.  No, no me piques, buen gansito.
MERCUCIO.  Tu ingenio es agridulce para sazonar; una salsa muy picante.
ROMEO.  ¿Y no va bien para servir un ganso dulce?
MERCUCIO.  ¡Ah, ese es un ingenio de cabritilla, que de una pulgada de estrecho, se agranda hasta un codo de ancho!
ROMEO.  El cabritillo es lo que se agranda hasta demostrar lo que eres14.
MERCUCIO.  Bueno, ahora estás mejor que gimiendo de amor. Ahora estás sociable, ahora eres Romeo; ahora eres lo que eres, por tu ser natural y por arte15: pues el loco de amor es como un gran idiota, que corre de acá para allá para meter su juguete en un agujero.
BENVOLIO.  Quédate ahí, quédate ahí.
MERCUCIO.  Tú pretendes que me quede en mi cuento a contrapelo.
BENVOLIO.  Ya sé que no tienes pelos en la lengua16.
MERCUCIO.  Ah, te engañas; ya no iba a partir un pelo en cuatro, porque había llegado al fondo de la cosa y no quería seguir metiéndome en el asunto.
ROMEO.  ¡Buena gente hay aquí!

Entran el Ama17 y Pedro18.

MERCUCIO.  ¡Una vela, una vela!
BENVOLIO.  Dos, dos: una camisa y una falda.
AMA.  ¡Pedro!
PEDRO.  ¡Mandad!
AMA.  Mi abanico, Pedro.
MERCUCIO.  Buen Pedro, es para taparle la cara; porque el abanico es el más bello de las dos cosas.
AMA.  Buenos días, caballeros.
MERCUCIO. Buenas tardes nos dé Dios, hermosa dama.
AMA.  ¿Son tardes?
MERCUCIO.  Nada menos, os lo aseguro; pues la lasciva manecilla del reloj toca las partes del mediodía.
AMA.  ¡Quitad allá! ¡Qué hombre sois!
ROMEO.  Un hombre, buena dama, al que Dios le ha hecho para que se eche él mismo a perder.
AMA.  A fe mía, está bien dicho: "para que se eche él mismo a perder". Caballeros, ¿alguno de vosotros puede decirme dónde encontraría al joven Romeo?
ROMEO.  Yo os lo puedo decir, pero el joven Romeo será más viejo cuando le hayáis encontrado que cuando le buscabais: yo soy el más joven de ese nombre: a falta de otro peor.
AMA.  Bien decís.
MERCUCIO.  ¡Sí! ¡Está bien lo peor! Muy bien tomado, a fe: con sensatez, con sensatez.
AMA.  Si sois él, deseo deciros algo en confidanza.
BENVOLIO.  Le irá a incitar a alguna cena.
MERCUCIO.  ¡Una celestina, una celestina, una celestina! ¡Ahí va, eh!
ROMEO.  ¿Qué caza has levantado?
MERCUCIO.  Ninguna pájara19, señor mío, a no ser una pájara en empanada de Cuaresma; algo rancio y pasado antes de comerse... (Canta)

La pájara vieja,
la pájara vieja
en Cuaresma es buena:
pero si ya apesta
la pájara esta
es mucho para una docena.

Romeo, ¿irás a casa de tu padre? Vamos a comer allí.
ROMEO.    Os seguiré.
MERCUCIO.  Adiós, anciana señora; adiós [cantando], "señora, señora, señora". (Se van Mercucio y Benvolio.)
AMA.  ¡Adiós, pardiez! Por favor, señor, ¿qué mercader de indecencias era ese, que estaba tan lleno de cordelerías?
ROMEO.  Un caballero, ama, que gusta de oírse hablar, y que habla en un minuto más de lo que escucha en un mes.
AMA.  Pues si habla algo contra mí, le pondré en su sitio, aunque fuera veinte veces más valiente de lo que es, y a veinte tipos como él; y si no puedo yo, ya encontraré quien pueda. ¡Granuja indecente! ¡Yo no soy de sus bribonas, yo no soy de su pandilla! [A Pedro.] Y tú tambien, ¿tienes que quedarte ahí, aguantando que cualquier granuja me trate a su gusto?
PEDRO.   Yo no he visto ningún hombre que os tratara a su gusto: si lo hubiera visto, habría sacado el arma enseguida, os lo aseguro. Me atrevo a meter mano tan pronto como cualquiera, si veo ocasión de una buena riña, y con la justicia de mi parte.
AMA.  ¡Vamos, bien lo sabe Dios, que estoy tan ofendida, que tiemblo por todas partes! ¡Granuja indecente! Señor, una palabra, por favor: como os decía, mi señorita me ha encargado que os buscara: lo que me ha encargado que dijera, me lo guardaré: pero primero dejadme deciros que si la vais a llevar, como suele decirse, al paraíso de los tontos, sería una conducta muy grosera, como suele decirse: pues la dama es joven, y, por tanto, si la tratáis con doblez, de veras que sería una mala cosa para hacérsela a ninguna dama, y un mal comportamiento.
ROMEO.  Ama, encomiéndome a tu señora y dueña. Te juro...
AMA.   ¡Buen corazón! A fe, que eso le diré. Oh Dios mío, será una mujer feliz.
ROMEO.  ¿Qué le vas a decir, ama? No me haces caso.
AMA.  Le diré, señor, que juráis; lo que me parece que es un ofrecimiento de caballero.
ROMEO.  Dile que invente algún medio para irse a confesar esta tarde; y allí, en la celda de fray Lorenzo20, se confesará y se casará. Aquí tienes, por tu molestia.
AMA.  No, de veras, señor: ni un penique.
ROMEO.  Vamos, te digo que sí.
AMA.  ¿Esta tarde, señor? Bueno, allí estará.
ROMEO.  Y espera, buena ama: antes de una hora, mi criado estará contigo detrás de las tapias del convento, y te llevaré unas cuerdas en forma de escalera que, hasta el alto mastelero de mi alegría, me dejarán ascender en la secreta noche. Adiós: sé fiel, y pagaré tus molestias; adiós, encomiéndame a tu señora.
AMA.  ¡Ea, que os bendiga el Dios del cielo! Escuchad, señor.
ROMEO.  ¿Qué dices, mi querida ama?
AMA.  ¿Vuestro criado es reservado? ¿No habéis oído decir que dos pueden guardar un secreto cuando uno se va lejos?
ROMEO.  Te garantizo que mi criado es tan fiel como el acero.
AMA.  Bien, señor: mi señora es la más dulce dama... ¡Señor, Señor! cuando era una pequeñita charlatana... Ah, hay un noble en la ciudad, un tal Paris21, que estaría dispuesto a entrar al abordaje; pero ella, alma bendita, preferiría ver un sapo, un sapo en persona, antes que a él. A veces la hago rabiar, y le digo que Paris es el hombre más apropiado; pero, os lo aseguro, cuando digo eso, se pone tan pálida como el trapo más blanco de todo el mundo universal. ¿No empiezan con la misma letra romero y Romeo?
ROMEO.  Sí, ama, ¿y qué? Con R las dos.
AMA.  ¡Ah, bromista! La letra del perro22; R es por él... No, ya sé que empieza con otra letra... Y ella ha hecho con vos y el romero una sentencia muy linda, que os haría bien oírla.
ROMEO.  Recuerdos a tu señora. (Se va Romeo.)
AMA.  Sí, mil veces. ¡Pedro!
PEDRO.  ¡Mandad!
AMA.  Pedro, toma mi abanico, y ve delante, y andando. (Se van.)
Traducción y notas de José María Valverde
William Shakespeare

1 BENVOLIO: sobrino de Montesco y amigo de Romeo.
2 MERCUCIO: pariente del Príncipe de Verona y amigo de Romeo.
3 ROMEO: hijo de Montesco.
4 TEBALDO: sobrino de la señora Capuleto.
5 CAPULETO: cabeza de la familia Capuleto, enemistada con los Montesco.
6 Así se llama el gato en Reinard the Fox, versión inglesa del Roman de Renard
7 Los esgrimidores muy hábiles se complacían en dar en los botones del jubón de su adversario (botones forrados, según la moda, de seda).
8 En el código de honor había un catálogo de causas para el duelo. 
9 Los jóvenes a la moda, además de una esgrima "científica", se caracterizaban por su fraseología inusitada. 
10 Se alude ahora a la moda de los nuevos calzones, considerados afeminados e incómodos. 
11 En el original se juega con Dido y Dowdy.
12 Estaban de moda los escarpines con agujeros calados en forma de flor: hay aquí toda una cadena de juegos de palabras, traducida con relativa exactitud, aunque abreviamos la siguiente respuesta de Romeo (O single-sol'd jest, solely singular for the singleness.) 
13 En el original wild-goose chase, "caza del pato salvaje", nombre dado a un ejercicio de equitación, con persecución de jinetes. El juego de la oca, entonces difundido desde Italia, nos sirve para sustituirlo, dando lugar a todos los juegos de palabras que vienen a continuación, y que es preferible no comentar. 
14 Para no romper la cadena de chistes, ha habido que cargar la mano: el original dice: I stretch it out for that word "broad", which added to the "goose", proves thee far and wide a broad goose; broad goose, literalmente "ganso ancho", era un insulto de calibre medio. 
15 Saltamos el juego de palabras entre art, "arte", y thou art, "eres".
16 Se juega con tale, "cuento", y tail, "cola": no entramos en más detalles.
17 AMA: ama de compañía de Julieta.
18 PEDRO: criado de los Capuleto.
19 Aquí, y en la canción inmediata, sustituimos con "pájara" el original hare, "libre" y "prostituta".
20 FRAY LORENZO: franciscano.
21 PARIS: joven gentilhombre, pariente del Príncipe de Verona.
22 Pasaje oscuro y de lectura muy discutida. Ben Johnson, en su Gramática Inglesa, decía que la R era la letra del perro, porque éste ladra con su sonido.

Romeo y Julieta - Mercucio (Allegro giocoso) - Serge Prokofiev
Boston Symphony Orchestra
Seiji Ozawa

martes, 21 de febrero de 2017

Ofelia - Arthur Rimbaud - Francia


OPHÉLIE

I

Sur l’onde calme et noire où dorment les étoiles
La blanche Ophélia flotte comme un grand lys,
Flotte très lentement, couchée en ses longs voiles…
- On entend dans les bois lointains des hallalis.

Voici plus de mille ans que la triste Ophélie
Passe, fantôme blanc, sur le long fleuve noir.
Voici plus de mille ans que sa douce folie
Murmure sa romance à la brise du soir.

Le vent baise ses seins et déploie en corolle
Ses grands voiles bercés mollement par les eaux;
Les saules frissonnants pleurent sur son épaule,
Sur son grand front rêveur s’inclinent les roseaux.

Les nénuphars froissés soupirent autour d’elle;
Elle éveille parfois, dans un aune qui dort,
Quelque nid, d’où s’échappe un petit frisson d’aile:
- Un chant mystérieux tombe des astres d’or.

II

Ô pâle Ophélia ! belle comme la neige!
Oui tu mourus, enfant, par un fleuve emporté!
- C’est que les vents tombant des grands monts de Norwège
T’avaient parlé tout bas de l’âpre liberté;

C’est qu’un souffle, tordant ta grande chevelure,
A ton esprit rêveur portait d’étranges bruits;
Que ton coeur écoutait le chant de la Nature
Dans les plaintes de l’arbre et les soupirs des nuits;

C’est que la voix des mers folles, immense râle,
Brisait ton sein d’enfant, trop humain et trop doux;
C’est qu’un matin d’avril, un beau cavalier pâle,
Un pauvre fou, s’assit muet à tes genoux!

Ciel! Amour! Liberté! Quel rêve, ô pauvre Folle!
Tu te fondais à lui comme une neige au feu:
Tes grandes visions étranglaient ta parole
- Et l’Infini terrible effara ton oeil bleu!

III

- Et le Poète dit qu’aux rayons des étoiles
Tu viens chercher, la nuit, les fleurs que tu cueillis;
Et qu’il a vu sur l’eau, couchée en ses longs voiles,
La blanche Ophélia flotter, comme un grand lys.


OFELIA

I

Sobre el tranquilo remanso donde las estrellas duermen,
como una gran flor de lis la blanca Ofelia flotaba,
rodeándole largos velos que lentamente la mecen
- lejanas trompas de caza en el bosque se escuchaban.

Hace ya más de mil años que la triste Ofelia yace
sobre el río negro y largo, igual que un blanco fantasma.
Hace ya más de mil años que murmura la romanza
de su suave locura al céfiro de la tarde.

El viento besa sus senos y despliega en corola
sus grandes velos mecidos muellemente por las aguas,
los sauces estremecidos sobre su espalda la lloran
sobre su frente dormida se inclinan los cañizares.

Los nenúfares heridos en trono a ella se pasman;
ella despierta a veces, en un abedul moroso,
algún nido del que escapa un leve temblor de alas:
- Y de los astros de oro cae un canto misterioso.

II

¡Oh pálida Ofelia bella! igual que la nieve hermosa:
¡Sí! tú te moriste niña por la corriente llevada.
- De los montes de Noruega los vientos tumultuosos
de ásperas libertades te hablaron con voz quebrada.

Fue que un soplo retorciendo tu espléndida cabellera
a tu alma soñadora trajo un extraño sonido;
Tu corazón escuchaba cantar la naturaleza
en los quejidos del árbol y de la noche el suspiro.

Es que la voz de los mares, locos, con inmenso hálito,
rompió tu pecho de niña tan humana y tan sencilla;
¡y una mañana de abril un caballero muy pálido,
un pobre mudo alocado, se sentó en tus rodillas!

¡Cielo, amor y libertad! ¡Qué sueño, oh pobre loca!
Tú te fundías con él como nieve en llamarada:
y tus tremendas visiones enmudecieron tu boca.
- Y el infinito terrible azaró tu azul mirada.

III

- Y nuestro poeta cuenta que, con el fulgor del cielo,
las flores que tú cogiste de noche vas a buscar,
y que ha visto sobre el agua, recostada entre los velos,
como una gran flor de lis, la blanca Ofelia flotar.
15 de mayo de 1870
Traducción de J. F. Vidal-Jover
La mort d'Ophélie - Louis-Hector Berlioz
Cecilia Bartoli: mezzo soprano 
Myung-Whun Chung: piano

domingo, 19 de febrero de 2017

Agotada - Elizabeth Siddal - Inglaterra


Elizabeth Eleanor Siddal (1829-1862) fue la modelo y musa preferida de los pintores de la Hermandad Prerrafaelita (Pre-Rafaelite Brotherhood), movimiento artístico surgido en Inglaterra en la primera mitad del siglo XIX, llamado así porque sus componentes (John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti, William Holman Hunt, la propia Siddal) propugnaban el regreso a los modos pictóricos de los primitivos italianos y flamencos anteriores a Rafael. Siddal, casada con Dante Gabriel Rossetti, además de su pintura y sus dibujos nos ha dejado bellos poemas melancólicos, como el que van ustedes a leer a continuación. Acabó suicidándose a los 33 años con una sobredosis de láudano, cansada de las continuas infidelidades de Rossetti.


Worn Out

Thy strong arms are around me, love
My head is on thy breast;
Low words of comfort come from thee
Yet my soul has no rest.

For I am but a startled thing
Nor can I ever be
Aught save a bird whose broken wing
Must fly away from thee.

I cannot give to thee the love
I gave so long ago,
The love that turned and struck me down
Amid the blinding snow.

I can but give a failing heart
And weary eyes of pain,
A faded mouth that cannot smile
And may not laugh again.

Yet keep thine arms around me, love,
Until I fall to sleep;
Then leave me, saying no goodbye
Lest I might wake, and weep


Agotada

Tus fuertes brazos me rodean,
Mi cabello se enamora de tus hombros;
Lentas palabras de consuelo caen sobre mi,
Sin embargo mi corazón no tiene descanso.

Porque sólo una cosa trémula queda de mí,
Que jamás podrá ser algo,
Salvo un pájaro de alas rotas
Huyendo en vano de ti.

No puedo darte el amor
Que ya no es mío,
El amor que me golpeó y derribó
Sobre la nieve cegadora.

Sólo puedo darte un corazón herido
Y unos ojos agotados por el dolor,
Una boca perdida no puede sonreír,
Y tal vez ya nunca vuelva a reír.

Pero rodéame con tus brazos, amor,
Hasta que el sueño me arrebate;
Entonces déjame, no digas adiós,
Salvo si despierto, envuelta en llanto.

viernes, 17 de febrero de 2017

La belleza del cuerpo - Dante Gabriel Rossetti - Inglaterra


Body's Beauty

Of Adam’s first wife, Lilith, it is told
    ('The witch he loved before the gift of Eve,)
    That, ere the snake’s, her sweet tongue could deceive,
And her enchanted hair was the first gold.
And still she sits, young while the earth is old,
    And, subtly of herself contemplative,
    Draws men to watch the bright web she can weave,
Till heart and body and life are in its hold.

The rose and poppy are her flowers; for where
    Is he not found, O Lilith, whom shed scent
And soft—shed kisses and soft sleep shall snare?
    Lo! as that youth’s eyes burned at thine, so went
    Thy spell through him, and left his straight neck bent
And round his heart one strangling golden hair.


La belleza del cuerpo

Se cuenta de la primera mujer de Adán, Lilith,
(la hechicera a quien amó antes de recibir el regalo de Eva)
que su lengua engañaba antes que la de la serpiente
y su pelo embrujado fue el oro primigenio.

Inmóvil permanece; joven, mientras el mundo se hace viejo;
y, delicadamente contemplativa de sí misma,
hace que los hombres contemplen la red brillante que teje,
hasta que corazón y cuerpo y vida en ella quedan presos.

La rosa y la amapola son sus flores, pues ¿dónde
podremos encontrar, oh Lilith, aquél a quien no engañen
tus fragancias, tu sutil beso y tus sueños tan dulces?

Ah, en el mismo instante en que ardieron los ojos del joven en los                                                                               [tuyos,
tu embrujo lo penetró, quebró su altivo cuello
y retorció su corazón con uno solo de tus cabellos de oro.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Fragmento de Las bodas del cielo y el infierno - William Blake - Inglaterra


Proverbios del infierno

En tiempos de siembra aprende, en la cosecha enseña y en 
        el invierno goza.
Conduce carro y arado sobre los huecos de los muertos.
La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría.
La prudencia es una fea y rica solterona cortejada por la
        incapacidad.
Quien desea y no actúa engendra la plaga.
El gusano cortado perdona el arado.
Sumergid en el río a quien ama el agua.
El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio.
Aquél cuyo rostro no irradia luz nunca llegará a estrella.
La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo.
A la atareada abeja no le queda tiempo para la pena.
Las horas de la locura el reloj las mide; pero ningún reloj
        puede medir las de la sabiduría.
Ningún alimento sano se atrapa con red ni trampa.
Expone número, peso y medida en año de escasez.
No hay pájaro que vuele demasiado alto si lo hace con sus
        propias alas.
El cuerpo muerto no venga injurias.
El acto más sublime consiste en poner a otro ante ti.
Si el necio persistiera en sus necedades llegaría a sabio.
La necedad es el atuendo de la bellaquería.
La vergüenza es el atuendo del orgullo.
Las prisiones se construyen con piedras de Ley; los lupa-
        nares con ladrillos de religión.
La altivez del pavo real es la gloria de Dios.
La lujuria del chivo es la liberalidad de Dios.
La cólera del león es la sabiduría de Dios.
La desnudez de la mujer es obra de Dios.
El exceso de pena ríe; el exceso de dicha llora.
El rugir de los leones, el aullido de los lobos, el oleaje
        furioso del mar huracanado y la espada destructora
        son porciones de la eternidad demasiado grandes
        para que las aprecie el ojo humano.
El zorro condena a la trampa, no a sí mismo.
El júbilo impregna; las penas procrean.
Que el hombre vista la melena del león y la mujer el
        vellón de la oveja.
Para el pájaro el nido, para la araña su tela, para el hom-
        bre la amistad.
El egoísta y sonriente necio y el necio que frunce malhu-
        morado el ceño han de considerarse sabios, que po-
        drían ser cetros.
Lo que hoy está probado, en su momento era sólo algo
        imaginado.
La rata, el ratón, el zorro y el conejo vigilan las raíces;
        el león, el tigre, el caballo y el elefante vigilan los
        frutos.
La cisterna contiene; el manantial rebosa.
Un pensamiento llena la inmensidad.
Presto has de estar para decir lo que piensas, que así el
        ruin te evitará.
Todo lo que es posible creerse es imagen de la verdad.
Nunca el águila malgastó tanto su tiempo como cuando
        se avino a aprender del cuervo.
El zorro provee para sí mismo; pero Dios provee para
        el león.
Piensa por la mañana, actúa a mediodía, come al anoche-
        cer y duerme por la noche.
Quien ha sufrido tus imposiciones, te conoce.
Como el arado sigue a las palabras, Dios recompensa las
        plegarias.
Los tigres de la ira son más razonables que los caballos
        de la instrucción.
Del agua estancada espera veneno.
No sabrás lo que es bastante hasta saber lo que es más
        que bastante.
¡Escucha los reproches de los tontos! ¡Forman un título
        regio!
Los ojos del fuego, las narices del aire, la boca del agua,
        las barbas de la tierra.
El débil en coraje es fuerte en astucia.
El manzano nunca pregunta al haya cómo ha de crecer tal
        como el león no interroga al caballo sobre cómo
        atrapar la presa.
Quien recibe agradecido da copiosas cosechas.
Si otros no hubiesen sido tontos, tendríamos que serlo
        nosotros.
El alma de la dulce delicia no puede mancillarse.
Al ver un águila ves una porción de genio. ¡Alza la ca-
        beza!
Tal como la oruga elige las hojas mejores para depositar
        en ellas sus huevos, el sacerdote reserva su anatema
        para las mejores dichas.
Crear una florecilla es labor de eras.
La condena estimula, la bendición relaja.
El mejor vino es el más añejo; la mejor agua, la más
        nueva.
¡Las oraciones no aran!
¡Los elogios no cosechan!
La cabeza es lo Sublime; el corazón, lo Patético; los geni-
        tales, la Belleza; manos y pies son la Proporción.
Como el aire es al ave o el mar al pez es el desdén para
        el despreciable.
El cuervo quisiera que todo fuese negro; el búho, que
        todo fueso blanco.
La exuberancia es belleza.
Si el león recibiese consejos del zorro, sería astuto.
El perfeccionamiento traza caminos rectos; pero los tor-
        cidos y sin perfeccionar son los caminos del genio.
Mejor matar a un niño en su cuna que alimentar deseos
        que no se llevan a la práctica.
Donde no está el hombre, la naturaleza es estéril.
La verdad  nunca puede decirse de modo que sea com-
        prendida sin ser creída.

¡Basta! o demasiado

Los antiguos poetas animaban todos los objetos sensibles
        con dioses o genios. Les prestaban nombres de bos-
        ques, ríos, montañas, lagos, ciudades, naciones y de
        todo lo que sus dilatados
        y numerosos sentidos podían percibir.
Y en particular estudiaban el genio de cada ciudad o país
        y los colocaban bajo el patrocinio de su divinidad
        mental.
Hasta que se formó un sistema del cual algunos se apro-
        vecharon para esclavizar al vulgo pretendiendo com-
        prender o abstraer las divinidades mentales de sus
        objetos. Así comenzó el sacerdocio.
Que escogió formas de culto tomándolas de cuentos
        poéticos.
Hasta que por fin sentenciaron que eran los dioses quie-
        nes habían ordenado aquello.
Así los hombres olvidaron que todas las deidades residen
        en el pecho humano.
Traducción de Pablo Mañé Garzón

lunes, 13 de febrero de 2017

Fragmento de Julio César - William Shakespeare - Reino Unido


ACTO TERCERO

ESCENA II

[Roma. El Foro]

Entra Bruto1 y sube al "rostrum2"; y Casio3 con los Ciudadanos.

CIUDADANOS. Han de darnos explicaciones: tienen que satisfacernos.
BRUTO.  Entonces segidme, y prestadme atención, amigos. Casio, tú vete a la otra calle: separemos a la multitud. Los que me quieran oír hablar, que se queden aquí; los que quieran seguir a Casio, que se vayan con él, y se darán explicaciones públicas de la muerte de César4.
CIUDADANO PRIMERO.  Yo quiero oír hablar a Bruto.
CIUDADANO SEGUNDO.  Yo quiero oír a Casio y comparar sus razones cuando las oigamos dar por separado.

Se va Casio con algunos Ciudadanos.

CIUDADANO TERCERO.  El ilustre Bruto ha subido: ¡silencio!
BRUTO. Tened paciencia hasta el final. Romanos, compatriotas, amigos, escuchadme en mi motivación, y estad callados para que podáis oír. Creedme por mi honor, y tened respeto a mi honor, para que creáis. Censuradme en vuestra prudencia, y despertad vuestros sentidos, para juzgar mejor. Si en esta reunión hay algún afectuoso amigo de César, le digo que el cariño de Bruto a César no era menos que el suyo. Entonces, si ese amigo pregunta por qué Bruto se levantó contra César, mi respuesta es ésta: no es que yo amara menos a César, sino que amaba más a Roma. ¿Preferiríáis que viviera César y todos fuerais esclavos, en vez de que César haya muerto y todos viváis como hombres libres? Puesto que César me quiso, le lloro; puesto que fue afortunado, me alegro de ello; puesto que fue valiente, le honro; pero, puesto que era ambicioso, le he matado. Aquí hay lágrimas, por su cariño; alegría, por su suerte; honor, por su valentía; y muerte, por su ambición. ¿Quién hay aquí tan vil que quiera ser esclavo? Si lo hay, que hable, porque a ése es a quien he ofendido. ¿Quién hay aquí tan vil que no ame a su patria? Si lo hay, que hable, porque a ése es a quien he ofendido. Me detengo en espera de respuesta.
TODOS.  Nadie, Bruto, nadie.
BRUTO.  Entonces no he ofendido a nadie. No he hecho a César más que lo que tenéis que hacer a Bruto. El motivo de su muerte está inscrito en el Capitolio: no se ha menguado su gloria, en aquello en que fue digno; ni se han deformado los delitos por los que sufrió la muerte.

Entra Marco Antonio5, con el cadáver de César.

Aquí viene su cadáver, llorado por Marco Antonio, que, aunque no tuvo parte en su muerte, recibirá el beneficio de que haya muerto, un puesto en la república, y ¿quién de vosotros no? Y con esto, me retiro, pues, igual que he matado a quien más quería por el bien de Roma, tengo para mí esa misma daga, cuando a mi nación le parezca bien tener necesidad de mi muerte.
TODOS.  Vive, Bruto, vive, vive.
CIUDADANO PRIMERO.  Llevadle a su casa en triunfo.
CIUDADANO SEGUNDO.  Dadle una estatua con sus antepasados.
CIUDADANO TERCERO.  Hacedle César.
CIUDADANO CUARTO.  Las mejores cualidades de César han de ser coronadas en Bruto.
CIUDADANO PRIMERO.  Le llevaremos a su casa con gritos y clamores.
BRUTO.  ¡Compatriotas míos!
CIUDADANO SEGUNDO.  ¡Callad, silencio! Habla Bruto.
CIUDADANO PRIMERO.  ¡Callad, eh!
BRUTO.  Mis buenos compatriotas, dejadme marchar solo, y, en atención a mí, quedáos aquí con Antonio: honrad el cadáver de César, y haced honor a su discurso que dará gloria a César, como, por nuestra licencia, se le permite a Marco Antonio que haga. Os ruego que no se marche nadie más que yo mismo hasta que Antonio termine de hablar. (Se va.)
CIUDADANO PRIMERO.  ¡Quietos, eh! Oigamos a Marco Antonio.
CIUDADANO TERCERO.  Que suba a la tribuna pública, y le oiremos: noble Antonio, sube.
ANTONIO.  Os estoy agradecido, en atención a Bruto.
CIUDADANO CUARTO.  ¿Qué dice de Bruto?
CIUDADANO TERCERO.  Dice que, en atención a Bruto, nos está agradecido a todos.
CIUDADANO CUARTO.  ¡Más valdría que no dijera aquí nada malo de Bruto!
CIUDADANO PRIMERO.  Ese César fue un tirano.
CIUDADANO TERCERO.  No, lo cierto es que tenemos suerte con que Roma haya quedado libre de él.
CIUDADANO SEGUNDO.  Callad, vamos a oír lo que pueda decir Antonio.
ANTONIO.  ¡Oh amables romanos!
TODOS.  ¡Callad, eh! ¡Dejad que le oigamos!
ANTONIO.  Amigos, romanos, compatriotas, prestadme oídos: vengo a sepultar a César, no a elogiarle. El mal que hacen los hombres, vive después de ellos; el bien, muchas veces, queda enterrado con sus huesos: sea así con César. El ilustre Bruto os ha dicho que César era ambicioso: si así fue, fue una grave falta, y César la ha pagado gravemente, Aquí, con permiso de Bruto y de los demás (pues Bruto es un hombre honrado, y los demás también: todos son hombres honrados) vengo a hablar en el funeral de César. Él fue amigo mío, fiel y justo conmigo, pero Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honrado. Trajo a Roma muchos cautivos cuyos rescates llenaron las arcas públicas. ¿Pareció César ambicioso en esto? Cuando los pobres clamaban, César lloraba: la ambición debería estar hecha de materia más dura. Sin embargo, Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honrado. Visteis todos que en el Lupercal le ofrecí tres veces una corona real, y él la rechazó tres veces. ¿Fue eso ambición? Sin embargo, Bruto dice que era ambicioso, y, por supuesto, él es un hombre honrado, No hablo para desmentir lo que dijo Bruto, sino que estoy aquí para decir lo que sé: todos vosotros le quisisteis antes, no sin razón. ¿Qué razón, entonces, os impide llorarle? ¡Ah juicio! has huido a las bestias irracionales, y los hombres han perdido la razón. Perdonadme: mi corazón está aquí en el ataúd con César, y tengo que detenerme hasta que vuelva a mí.
CIUDADANO PRIMERO.  Me parece que tiene mucha razón en lo que dice.
CIUDADANO SEGUNDO.  Si consideras bien el asunto, a César se le ha hecho un gran agravio.
CIUDADANO TERCERO.  ¿Se le ha hecho, señores? Me temo que vendrá otro peor en su lugar.
CIUDADANO CUARTO.  ¿Os fijasteis en sus palabras? No quería recibir la corona, de modo que está claro que no era ambicioso.
CIUDADANO PRIMERO.  Si así resulta, algunos lo pagarán caro.
CIUDADANO SEGUNDO.  ¡Pobre hombre! TIene los ojos rojos como el fuego de tanto llorar.
CIUDADANO TERCERO.  No hay en Roma un hombre más noble que Antonio.
CIUDADANO CUARTO.  Fijaos ahora en él: otra vez empieza a hablar.
ANTONIO.  Ayer mismo, la palabra de César podía enfrentarse al mundo; ahora yace ahí, y nadie es tan poca cosa que le haga reverencia. ¡Ah señores! Si pretendiera remover vuestros corazones y ánimos al desorden y la cólera, agraviaría a Bruto y a Casio, que, como sabéis todos, son hombres honrados. No les agraviaré: prefiero más bien agraviar al muerto, agraviarme a mí mismo y a vosotros, antes que agraviar a tan honrados hombres. Pero aquí hay un pergamino con el sello de César: lo encontré en su cuarto. Es su última voluntad: los villanos, sólo con que oyeran este testamento (que, perdonadme, no pienso leer), irían a besar las heridas de César muerto y a mojar sus pañuelos en su sangre sagrada: más aún, pedirían un pelo suyo como reliquia, y al morir, lo mencionarían en sus testamentos, dejándolo a su progenie como rico legado.
CIUDADANO CUARTO.  Queremos oír el testamento: léelo, Marco Antonio.
TODOS.  El testamento, el testamento: queremos oír el testamento de César.
ANTONIO.  Tened paciencia, amables amigos, no debo leerlo. No es conveniente que sepáis cómo os quería César: no sois madera, no sois piedra, sino hombres, el escuchar el testamento de César os inflamará y os volverá locos: está bien que no sepáis que sois sus herederos, pues, si lo supierais, ah ¿qué resultaría de ello?
CIUDADANO CUARTO.  Lee el testamento: queremos oírlo, Antonio: tienes que leernos el testamento, el testamento de César.
ANTONIO.  ¿Vais a tener paciencia? ¿Queréis esperar un poco? Me he excedido al hablaros de ello: temo que agravio a los hombres honrados cuyas dagas apuñalaron a César: lo temo.
CIUDADANO CUARTO.  Fueron traidores. ¿Qué hombres honrados?
TODOS.  El testamento, la última voluntad.
CIUDADANO SEGUNDO.  Fueron villanos, asesinos: el testamento, lee el testamento.
ANTONIO.  Me vais a obligar entonces a leer el testamento. Reuníos, pues, en círculo en torno al cadáver de César y dejadme mostraros al que hizo el testamento: ¿he de bajar? ¿me lo permitiréis?
TODOS.  Baja.
CIUDADANO SEGUNDO.  Desciende.
CIUDADANO TERCERO.  Te lo permitiremos.
CIUDADANO CUARTO.  En círculo: poneos alrededor.
CIUDADANO PRIMERO.  Apartaos del ataúd, apartaos del cadáver.
CIUDADANO SEGUNDO.  Dejad sitio a Antonio, al nobilísimo Antonio.
ANTONIO.  Ea, no me apretéis tanto, apartaos.
TODOS.  Echaos atrás: sitio, echaos atrás.
ANTONIO.  Si tenéis lágrimas, preparaos para verterlas ahora. Todos vosotros conocéis este manto: recuerdo la primera vez que se lo puso César. Fue un atardecer de verano, en su tienda, el día que venció a los de Nervi. Mirad, por este sitio se clavó el puñal de Casio: mirad qué desgarrón hizo el rencoroso Casca6: a través de éste, el bienamado Bruto le apuñaló, y al retirar su maldito acero, fijaos cómo lo siguió la sangre de César, como precipitándose a salir por la puerta para averiguar si era o no Bruto quien llamaba tan cruelmente; pues, como sabéis, Bruto era el ángel de César. Juzgad, oh dioses, qué profundamente le quiso César: éste fue el tajo más cruel de todos. Pues cuando el noble César le vio que le apuñalaba, le venció la ingratitud, más fuerte que los brazos de los traidores; entonces estalló su poderoso corazón, y envolviendo el rostro en el manto, al pie de la estatua de Pompeyo7 (que durante todo ese tiempo manó sangre) cayó el gran César. ¡Ah qué caída fue esa, mis compatriotas! Entonces yo, y vosotros, y todos nosotros caímos, mientras la sanguinaria traición triunfaba sobre nosotros. Ah, ahora lloráis y noto que sentís el mordisco de la compasión: ésas son gotas de generosidad. Almas bondadosas, ¿cómo? ¿lloráis sólo de ver herida la toga de César? Mirad aquí: aquí está él mismo, despedazado como veis por los traidores.
CIUDADANO PRIMERO.  ¡Ah espectáculo lamentable!
CIUDADANO SEGUNDO.  ¡Oh noble César!
CIUDADANO TERCERO.  ¡Ah día de desgracia!
CIUDADANO CUARTO.  ¡Ah traidores, villanos!
CIUDADANO PRIMERO.  ¡Ah visión sangrienta!
CIUDADANO SEGUNDO.  Nos vengaremos8. ¡Venganza, ve por ahí, a buscar, a quemar, a incendiar, a matar, a exterminar! No dejes un traidor vivo.
ANTONIO.  Esperad, compatriotas.
CIUDADANO PRIMERO.  Callad ahí, oíd al noble Antonio.
CIUDADANO SEGUNDO.  Le oiremos, le seguiremos, moriremos con él.
ANTONIO.  Buenos amigos, dulces amigos, no quiero sublevaros a tan repentino desbordamiento de rebelión. Los que han hecho esta acción, son honrados. Yo no sé, ay, qué agravios particulares tuvieron para llevarles a hacerlo: son prudentes y honrados, y no dudo de que os responderán con razones. Yo, amigos, no vengo para apoderarme de vuestros corazones. Yo no soy orador, como lo es Bruto: sino -tal como me conocéis todos- un hombre sencillo y franco que quiero a mi amigo, y lo saben muy bien ellos, que me han dado permiso para hablar de él en público: pues no tengo texto escrito9 ni palabras ni valor ni habilidad ni elocuencia ni poder de lenguaje para removerles la sangre a los hombres. Yo hablo sólo por las buenas: os digo lo que sabéis vosotros mismos, os muestro las heridas del amado César, pobres, pobres bocas mudas, y les pido que hablen por mí: pero si yo fuera Bruto, y Bruto fuera Antonio, habría un Antonio que os agitaría los ánimos y pondría una lengua en cada herida de César para mover hasta a las piedras de Roma a la rebelión y el motín.
TODOS.  ¡Nos amotinaremos!
CIUDADANO PRIMERO.  Quemaremos la casa de Bruto.
CIUDADANO TERCERO.  Vamos allá, venid a buscar a los conspiradores.
ANTONIO.  Pero escuchadme, compatriotas, escuchadme hablar todavía.
TODOS.  Callad, eh, oíd a Antonio, el nobilísimo Antonio.
ANTONIO. ¿Qué es eso, amigos? ¿Os vais a hacer no sábeis qué? ¿En qué ha merecido César de ese modo vuestro cariño? Ay, no lo sabéis: os lo tengo que decir entonces: habéis olvidado el testamento de que os hablé.
TODOS.  Es mucha verdad: el testamento. Esperémonos a oír el testamento.
ANTONIO.  Aquí está el testamento, y bajo el sello de César: da a cada ciudadano romano setenta y cinco dracmas por cabeza.
CIUDADANO SEGUNDO.  ¡Nobilísimo César, vengaremos su muerte!
CIUDADANO TERCERO.  ¡Ah egregio César!
ANTONIO.  Escuchadme con paciencia.
TODOS.  ¡Silencio, eh!
ANTONIO.  Además, os ha dejado todos sus paseos, sus glorietas particulares, sus jardines recién plantados a esta orilla del Tíber: os lo ha dejado a vosotros y a vuestros herederos para siempre: lugares públicos de recreo para pasear y disfrutar. Ése fue un César: ¿cuándo saldrá otro igual?
CIUDADANO PRIMERO.  Nunca, nunca; ea, vamos, vamos: incineraremos su cadáver en el lugar sagrado, y con las ascuas quemaremos las casas de los traidores. Llevaos el cadáver.
CIUDADANO SEGUNDO.  Id a buscar fuego.
CIUDADANO TERCERO.  Derribad bancos.
CIUDADANO CUARTO.  Derribad asientos, ventanas, todo.

Se van los Ciudadanos llevándose el cadáver.

ANTONIO.  Ahora, hay que dejarlo actuar. Ruina, estás en marcha: toma la dirección que quieras. ¿Qué hay, mozo?

Entra un Criado.

CRIADO.  Señor, Octavio10 ya ha llegado a Roma.
ANTONIO.  ¿Dónde está?
CRIADO.  Está con Lépido11 en casa de César.
ANTONIO.  Allí iré derecho, a visitarle: llega conforme al deseo. La fortuna está contenta, y con ese humor, nos dará cualquier cosa.
CRIADO.  Le he oído decir que Bruto y Casio han salido al galope como locos por la puerta de Roma.
ANTONIO.  Quizás han tenido noticia de cómo he agitado a la gente. Acompáñame a ver a Octavio. (Se van.)
Traducción de José María Valverde

1 MARCO BRUTO: conspirador contra Julio César.
2 Tribuna pública, pedestal de piedra, a modo de proa, para uso de los oradores. (Nota del traductor)
3 CASIO: conspirador contra Julio César.
4 JULIO CÉSAR: dictador y, antes, uno de los componentes del Primer Triunvirato, junto con Pompeyo y Craso.
5 MARCO ANTONIO: triunviro después de la muerte de César, junto con Lépido y Octavio (2º Triunvirato).
6 CASCA: conspirador contra Julio César.
7 POMPEYO: triunviro del Primer Triunvirato, junto con César y Craso.
8 En ediciones modernas, las siguientes exclamaciones se distribuyen entre los otros tres Ciudadanos o entre otros que hasta ahora no hubieran dicho nada. (Nota del traductor)
9 Algunos leen wit, "ingenio", en vez de writ, "texto escrito". (Nota del Traductor)
10 OCTAVIO: sobrino-nieto e hijo adoptivo de César; triunviro del 2º Triunvirato (como se ha dicho), que más adelante se convertiría en el Primer Emperador bajo el título de Augusto.
11 LÉPIDO: uno de los componentes del 2º Triunvirato.

Marlon Brando como Marco Antonio en 'Julio César', de Joseph L. Mankiewicz, 1953

Banda sonora de la película 'Julio César' (Obertura y Preludio) - Miklós Rózsa

sábado, 11 de febrero de 2017

Ulises - Alfred Tennyson - Inglaterra / Fragmento de Cómo leer y por qué - Harold Bloom - Estados Unidos


Ulises

It little profits that an idle king,
By this still hearth, among these barren crags,
Match'd with an aged wife, I mete and dole
Unequal laws unto a savage race,
That hoard, and sleep, and feed, and know not me.
I cannot rest from travel: I will drink
Life to the lees: All times I have enjoy'd
Greatly, have suffer'd greatly, both with those
That loved me, and alone, on shore, and when
Thro' scudding drifts the rainy Hyades
Vext the dim sea: I am become a name;
For always roaming with a hungry heart
Much have I seen and known; cities of men
And manners, climates, councils, governments,
Myself not least, but honour'd of them all;
And drunk delight of battle with my peers,
Far on the ringing plains of windy Troy.
I am a part of all that I have met;
Yet all experience is an arch wherethro'
Gleams that untravell'd world whose margin fades
For ever and forever when I move.
How dull it is to pause, to make an end,
To rust unburnish'd, not to shine in use!
As tho' to breathe were life! Life piled on life
Were all too little, and of one to me
Little remains: but every hour is saved
From that eternal silence, something more,
A bringer of new things; and vile it were
For some three suns to store and hoard myself,
And this gray spirit yearning in desire
To follow knowledge like a sinking star,
Beyond the utmost bound of human thought.

This is my son, mine own Telemachus,
To whom I leave the sceptre and the isle,
Well-loved of me, discerning to fulfil
This labour, by slow prudence to make mild
A rugged people, and thro' soft degrees
Subdue them to the useful and the good.
Most blameless is he, centred in the sphere
Of common duties, decent not to fail
In offices of tenderness, and pay
Meet adoration to my household gods,
When I am gone. He works his work, I mine.

There lies the port; the vessel puffs her sail:
There gloom the dark, broad seas. My mariners,
Souls that have toil'd, and wrought, and thought with me
That ever with a frolic welcome took
The thunder and the sunshine, and opposed
Free hearts, free foreheads--you and I are old;
Old age hath yet his honour and his toil;
Death closes all: but something ere the end,
Some work of noble note, may yet be done,
Not unbecoming men that strove with Gods.
The lights begin to twinkle from the rocks:
The long day wanes: the slow moon climbs: the deep
Moans round with many voices. Come, my friends,
'T is not too late to seek a newer world.
Push off, and sitting well in order smite
The sounding furrows; for my purpose holds
To sail beyond the sunset, and the baths
Of all the western stars, until I die.
It may be that the gulfs will wash us down:
It may be we shall touch the Happy Isles,
And see the great Achilles, whom we knew.
Tho' much is taken, much abides; and tho'
We are not now that strength which in old days
Moved earth and heaven, that which we are, we are;
One equal temper of heroic hearts,
Made weak by time and fate, but strong in will
To strive, to seek, to find, and not to yield.


Ulises

De nada sirve que viva como un rey inútil 
junto a este hogar apagado, entre rocas estériles, 
el consorte de una anciana, inventando y decidiendo 
leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro, 
que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy. 
No encuentro descanso al no viajar; quiero beber 
la vida hasta las heces. Siempre he gozado 
mucho, he sufrido mucho, con quienes 
me amaban o en soledad; en la costa y cuando 
con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia 
irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso; 
pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento, 
he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres 
y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos, 
no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas; 
y he bebido el placer del combate junto a mis iguales, 
allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya. 
Formo parte de todo lo que he visto; 
y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual 
se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye 
una y otra vez cuando avanzo. 
¡Qué fastidio es detenerse, terminar, 
oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio! 
Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra 
sería del todo insuficiente, y de la única que tengo 
me queda poco; pero cada hora me rescata 
del silencio eterno, añade algo, 
trae algo nuevo; y sería despreciable 
guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles, 
y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo 
de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae, 
más allá del límite más extremo del pensamiento humano. 

Éste es mi hijo, mi propio Telémaco, 
a quien dejo el cetro y esta isla. 
Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar 
en esta labor, para civilizar con prudente paciencia 
a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente 
a que se sometan a lo que es útil y bueno. 
Es del todo impecable, dedicado completamente 
a los intereses comunes, y se puede confiar 
en que sea compasivo y cumpla los ritos 
con que se adora a los dioses tutelares 
cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío. 

Allí está el puerto; el barco extiende sus velas; 
allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros, 
almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí, 
y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida 
tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos 
con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos                                                                          [envejecido. 
La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo. 
La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin, 
alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse, 
no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los                                                                               [dioses. 
Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas: 
el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los                                                                              [hondos 
lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos. 
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo. 
Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos 
los resonantes survos, pues me propongo 
navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan 
todos los astros del occidente, hasta que muera. 
Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan; 
es posible que demos con las Islas Venturosas, 
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos. 
A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar 
de que no tenemos ahora el vigor que antaño 
movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos: 
un espíritu ecuánime de corazones heroicos, 
debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad                                                                             [decidida 
a combatir, buscar, encontrar y no ceder. 
Traducción: Randolph D. Pope

Sólo en muy contadas ocasiones -momentos raros, como el del enamoramiento- la poesía nos ayuda a comunicarnos con los otros; pensar lo contrario es bello idealismo. La marca más frecuente de nuestra condición es la soledad. ¿Cómo poblaremos esa soledad, entonces? Los poemas pueden ayudarnos a hablar más plena y claramente con nosotros mismos, y a oír esa conversación. De ese tipo de atención casual Shakespeare es el maestro supremo: sus personajes se oyen hablar consigo mismos; sus mujeres y hombres son precursores nuestros, y también lo es el Ulises de Tennyson. Hablamos con una otredad que hay en nosotros, o con lo que puede haber de mejor y más viejo. Leemos para encontrarnos, acaso más plenamente y con más sorpresa de la que habríamos esperado.
Traducción de Marcelo Cohen

jueves, 9 de febrero de 2017

Poema para Náufragos - Bel Atreides - España


A Jesús García Calero
En el Sacramento de la Amistad
Qué incurablemente lejos.
Todo.
To-
dos.
Y la Palabra suspendida
al filo del hilo de la voz,
que muere desde dentro
seco,
poco a poco,
el tallo del so-
nido.

La Palabra que no llega,
que no oyen,
que no quieren,
expósita.

La Palabra en su membrana,
suspendida,
transfija por ecos de sol-
edad;
esfera de oídos que la ignoran,
vueltos hacia dentro,
devotos del murmullo únicamente
de privada sangre imperfecta,
que baña los adentros,
sí, puliendo
en somáticas orillas
runas de muerte.

Y la Palabra, sola, rota,
muere ahí fuera,
desoída,
                               gangrenada de llanto y poesía.

martes, 7 de febrero de 2017

Fragmento de Paraíso perdido - John Milton - Inglaterra


Libro V

Avanzaba el Alba por el este con rosáceo paso,
Esparciendo por tierra perla oriente,
Cuando Adán se despertó, siguiendo su costumbre,
Pues tenía el sueño tan ligero, por la pura digestión
Y los vapores blandos, temperados, que el sonido sólo
De las hojas y arroyos neblinosos, ventalle de la Aurora,
Enseguida lo ahuyentaban, y el chirrido matinal
De pájaros en cada rama. Tanto más su asombro,
Pues, al hallar a Eva aún dormida,
Con cabellos descompuestos y mejilla sonrojada
Como por descando inquieto: apoyándose en el codo,
Alzado a medias, con miradas de profundo amor,
Se recostó sobre ella cautivado y vio
Belleza que irradiaba, ya despierta ya dormida,
Gracia peculiar; después, con voz tranquila,
Como cuando a Flora Céfiro le sopla1,
Tocándole la mano dulce susurró: "Despierta,
Bella mía, mi mujer, mi don reciente,
El postrero y el mejor del Cielo, mi deleite siempre nuevo.
Despierta, la mañana brilla, fresco el campo
Nos reclama, nos perdemos la alborada: el brotar
De nuestras plantas, florecer del limonar,
El goteo de la mirra, de los bálsamos
Y cómo la Natura pinta sus colores, cómo pausa
En la flor la abeja succionando líquida dulzura".
    Tal susurro la despierta; mas con ojos asustados,
Abrazándose a Adán, así le habla:
    "Oh único en quien mis pensamientos se reposan,
Perfección y gloria mías, qué alegría ver
Tu rostro y el tornado amanecer, pues esta noche
-Noche como ésta nunca tuve- he soñado
-Si soñé-, no como siempre, cosas tuyas,
La labor cumplida ayer, la que hacer mañana,
Sino ofensas y conflicto, que mi mente
Nunca viera hasta esta noche inoportuna; parecía
Que alguien al oído me invitaba a caminar
Con voz gentil (pensé la tuya) que decía:
"¿Por qué duermes, Eva? Ésta es la hora grata,
Fresca, silenciosa, salvo allí donde el silencio cede
Ante el ave de nocturno trino que, despierta ahora,
Extrema la dulzura de su canto pasional; ahora reina
Pletórica la Luna, y con luz más plácida
La faz asombra de las cosas; mas en vano,
Cuando nadie mira; vela el Cielo, todo ojos,
Contemplándote, ¿y a quién sino al capricho de Natura,
En cuya imagen toda cosa se complace,
Arrobada por seguir mirándote?".
Me levanté cual si llamases, sin hallarte,
Y por hallarte dirigí mis pasos luego;
Y creí pasar a solas por senderos
Que de pronto me llevaron a ese Árbol
De prohibida Ciencia: muy hermoso parecía,
Más hermoso en sueños que de día;
Y mientras lo miraba con asombro, cerca había
Uno con figura y alas como esos de los Cielos
Que a menudo vemos; sus rorantes aladares
Destilaban ambrosía; también el Árbol él miraba;
Y "Oh hermosa planta -dijo- abundante en fruto,
¿No hay nadie que tu peso alivie y pruebe tu dulzor?
¿Ni Dios, ni hombre? ¿Tanto se desdeña el conocer?
¿O envidia, o reserva alguna, vedan degustarte?
Védelo quien quiera, que ninguno ha de privarme más
De tus presentes: ¿qué harías tú aquí, si no?".
Dicho esto no pausó, sino con brazo temerario
Arrancó, probó. Un frío horror me recorrió al oír
Palabras tan audaces rubricadas con audacia tal;
Mas él, arrebatado: "Oh divino fruto,
Dulce por ti mismo y aun más dulce así cogido,
Prohibido aquí, parece, cual si sólo apto para Dioses,
Mas capaz de convertir en Dioses a los Hombres:
¿Y por qué no en Dioses a los Hombres, pues el bien,
Cuanto más se extiende, crece más fecundo
Y el Autor recibe más, no menos, honra?
Ven, feliz criatura, bella Eva angélica,
Participa tú también, dichosa como eres
Más dichosa habrás de ser: más digna, no es posible.
Prueba de esto y, desde ahora entre los Dioses,
Diosa sé tú misma, no a la Tierra limitada:
A veces, cual nosotros, vive por los aires,
Otras sube al Cielo, por tus méritos, y ve
Qué vida ahí los dioses tienen, y tú vívela también".
Diciendo esto vino a mí y me ofreció,
A los labios me ofreció, parte de ese fruto
Que arrancara; el sabroso aroma placentero
Tanto me avivó el deseo que, pensé,
Tenía que probarlo. Al instante yo a las nubes
Ascendí con él, y abajo contemplé
La Tierra inmensa, un extenso panorama
Y muy diverso, sorprendida de mi vuelo y cambio
A tal exaltación. De pronto,
Ya mi guía me faltaba y, creyendo hundirme,
Caí dormida; pero qué contenta desperté
Y vi que fuera sólo un sueño". [...]
Traducción y nota de Bel Atreides
John Milton

1 Flora: la diosa de las flores y la floración; Céfiro aparece aquí como la personificación del viento del oeste.

La Creación - Dúo: 'Adorable esposa, a tu lado transcurren las horas dulcemente' - Joseph Haydn
Gundula Janowitz: soprano
Dietrich Fischer-Dieskau: barítono
Filarmónica de Berlín
Herbert von Karajan