Madeleine Peyroux - Secular Hymns (2016)

sábado, 19 de noviembre de 2016

Desde la República de la Conciencia - Seamus Heaney - Irlanda


I

Cuando aterricé en la república de la conciencia
y los motores se callaron, era tal el silencio
que pude escuchar el canto de un pájaro por encima de la pista.
El funcionario de inmigración, un hombre viejo,
extrajo una billetera de su abrigo tejido a mano
para mostrarme una fotografía de mi abuelo.
La mujer de la aduana me hizo declarar
las palabras de nuestros tradicionales rezos
contra el mal de ojo y de nuestros remedios para la mudez.
No hubo ningún portero. Ningún intérprete. Ni un taxi.
Uno llevaba su propio bulto y muy pronto desaparecían
los síntomas del recién adquirido privilegio.

II

Allá la neblina es un agüero temido, mas los rayos
anuncian la bonanza universal y los padres, durante la                                                                                    [tempestad,
cuelgan a sus infantes en los árboles.
Su mineral precioso es la sal. Y ponen conchas marinas contra el                                                                                 [oído
a la hora de los nacimientos y de los entierros.
Todos los pigmentos y tintas tienen por base el agua del mar.
Su símbolo sagrado es una barca estilizada.
La vela es una oreja y una pluma inclinada, el mástil.
El casco tiene forma de boca, la quilla es un ojo abierto.
Al asumir sus cargos, los funcionarios públicos
deben jurar su defensa de la ley no escrita, llorar
de vergüenza por atreverse a ocupar sus puestos
y afirmar su convicción de que la vida nació
de sal en las lágrimas derramadas por el Dios-del-cielo
cuando soñó que su soledad era infinita.

III

Regresé de aquella república frugal
con los dos brazos de igual tamaño, pues la aduanera insistía
que uno mismo representa el límite de los recursos permitidos.
El viejo se levantó, me miró a la cara y declaró
que en eso consistía el reconocimiento oficial
de que ahora disfrutaba de la doble nacionalidad.
Quiso por lo tanto que yo, al llegar a casa,
me considerara un representante de ellos
y que, usando mi propia lengua, hablara en su nombre.
Tenían embajadas, dijo, en todas partes, pero que cada una                                                                                 [operaba
independiente
y ningún embajador sería retirado jamás.

7 comentarios:

carlos perrotti dijo...

Hondo imaginativo y complejo universo Heaney. Tiene versos que dan más que para una charla que intentara desentrañarlos, para una conferencia... "uno mismo representa el límite de los recursos permitidos..." y otros que ponen en palabras lo que uno tal vez percibe y no alcanza a expresar: "la vida nació
de sal en las lágrimas derramadas por el Dios-del-cielo
cuando soñó que su soledad era infinita."

Me gusta cada vez más Seamus Heaney, cada vez más su universo se hace nítido.

Juan Nadie dijo...

Sí, esos últimos versos que has transcrito son de lo mejor del poema. Por otra parte, labor del poeta es intentar, como dices, poner en palabras lo inefable, lo inexpresable, y Heany lo hace como nadie.

Juan Nadie dijo...

Por cierto, el título del poema ya lo dice todo: "República la Conciencia". De la conciencia libre, añado yo:

"la aduanera insistía
que uno mismo representa el límite de los recursos permitidos."

"Tenían embajadas, dijo, en todas partes, pero que cada una operaba independiente".

carlos perrotti dijo...

Sí, y libre de interpretaciones que hasta me han llevado a releer el discurso de recepción del Premio Alfonso Reyes de Octavio Paz sobre La República de las Letras. Son textos hermanos.

carlos perrotti dijo...

...Hasta donde alcanzo a comprender, claro.

Juan Nadie dijo...

No sé si he leído ese discurso, creo que no.

Juan Nadie dijo...

Acabo de leer el discurso de Paz que me enviaste por correo. Magnífico, para releerlo con frecuencia.

Los premios son buenos y son malos: depende de quién los otorga, de quién los recibe y de cómo se conceden. En una sociedad ideal no habría premios pero tampoco habría castigos: unos y otros serían innecesarios. El saber, la bondad y el genio artístico no serían virtudes aisladas sino comunes y naturales. Cada uno de nosotros sería una encarnación de la rectitud, la poesía y la ciencia; cada bicho viviente sería una obra maestra. Pero en esa sociedad de hombres y mujeres perfectos saldrían sobrando las constituciones y las instituciones, los gobiernos y los tribunales, las artes y la literatura misma. Escribimos porque nos falta algo o porque algo nos sobra, por carencia o por exceso, es decir, por un desequilibrio. Leemos por la misma razón. Lo que llamamos civilización es la expresión del desequilibrio congénito de los hombres. Añado que ese desequilibrio es creador.

Admirable. Como admirable es también, en los siguientes párrafos, el estudio de las relaciones entre la literatura y el Estado.

Agradecido.