Madeleine Peyroux - Secular Hymns (2016)

domingo, 3 de enero de 2016

Tabaquería1 - Álvaro de Campos (Fernando Pessoa) - Portugal


No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe
      quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la
      gente,
a una calle innacesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente
      evidente,
con el misterio de las cosas por bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos
      blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera
      de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pitada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y
      olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por
      fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por
      dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré ahí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a
      pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber
      tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí,
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas
      convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o
      menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol
      verdadero ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga
      razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades
      que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de
      una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no
      venga.
Esclavos cardiacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Látea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las
      chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que
      comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de
      estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin
      lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las
      cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese
      viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que
      inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni
      amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada
      de eso);
puede que hayas existido tan sólo como un lagarto al que cortan
      el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El dominó que me puse estaba equivocado.
Me conocieron en seguida como quien no era y no lo
      desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había
      quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y
      se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los
      versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la
      muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como
      gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo
      debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del
      misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar
      tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo
      contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de
      encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino, seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera,
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio
      en el bolsilo de los pantalones?)
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me
      ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves!,
      y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de
      la tabaquería se ha sonreído.
Traducción de Ángel Crespo
De Poesías (1914-1935)

1 El portugués tabacaría no significa lo que el español estanco, pues se trata de un establecimiento en el que se venden diferentes artículos. (N. del T.)

14 comentarios:

carlos perrotti dijo...

Me gusta de Pessoa que juega con las palabras, como haciendo mantras, le salen con naturalidad, sin moverse demasiado de su lugar:

"¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?"

"¿Creer en mí? No, ni en nada."

"Todo es extranjero, como todo."

Pero también suele ser un torbellino, como en este poema.

"El Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada."

"Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería."

"Ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente..."

Como tiene alter egos Pessoa tiene también alter versos. Es tan diverso en su unidad.

Juan Nadie dijo...

Un fenómeno.

Poema ciertamente derrotista, con algún toque de humor:

"la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de
encontrarse indispuesto."

carlos perrotti dijo...

Sí, genial. Un melanco irredimible además.

Juan Nadie dijo...

Eso sí.

"... la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo
contrario."

marian dijo...

Tremendo, Pessoa. Solitario, pero siempre en compañía (propia).
¿Y el final? "Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto. Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves!, y el Universo se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

carlos perrotti dijo...

Sí, Juan, qué talento el de este tímido diminuto casi invisible hombrecito poeta gigante...

Siempre en compañía propia, qué agregar?

Juan Nadie dijo...

Fantástico final.

Siempre en compañía propia, o de 72 como él.

carlos perrotti dijo...

A todos ellos haría sonreír... Marian con todas las letras.

marian dijo...

Menudo elenco tiene la "compañía"...

marian dijo...

Por lo menos le diría que a la conciencia de la metafísica también se puede llegar con un empacho de chocolatinas.

Juan Nadie dijo...

Porque "no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas". Tantos siglos para llegar a esta conclusión. Sin duda acertada. O no, ¿qué más da?

marian dijo...

(Lo que puede dar de sí una simple chocolatina y su envoltorio:)

Campurriana Campu dijo...

Sí. Lo de las chocolatinas es tan cierto... Me he imaginado de niña comiendo chocolatinas...¡cuánta verdad en ese instante!
Pessoa es único y mágico. Un observador implacable, sobre todo de sí mismo.

Juan Nadie dijo...

La verdad es que el hombre se machacaba la cabeza.