Dulce Pontes - Caminhos (1997)

miércoles, 18 de junio de 2014

Literatura y jazz/ 30 - Fragmento de Pero hermoso. Un libro de jazz - Geoff Dyer - Reino Unido


 [...] Todos los músicos de jazz de París habían acudido al club St. Germain: Milt Jackson, Percy Heath, Kenny Clarke, Miles, Don Byas. Llegaste con Buttercup, cogido de su brazo para sostenerte de pie. Caminabas como si descendieras una escalera a oscuras, tanteando cada escalón con el pie. Tu mirada no revelaba nada, solo una tímida y cauta felicidad.
   Todo el club observaba al grupo de estadounidenses reunidos en torno a la barra abrazándose, chocando las manos, aporreándose la espalda afectuosamente, riendo, llenando el club con las volutas de humo del hablar de los negros. Al abrirse paso camino del servicio sonreían y se disculpaban con gran amabilidad, felices de estar de pie recibiendo cumplidos, estrechando y besando manos y preguntando los nombres de aquellos que les dedicaban tantas atenciones antes de excusarse y volver al corrillo de la barra. Los chicos susurraban a sus novias, indicándoles quién era cada uno, cuál era Miles Davis. Jóvenes sentados solos con bebidas y libros a medias miraban en su dirección, buscando pistas en cada cosa que hacían, puesto que incluso el modo en que aquellos hombres reían y charlaban parecía tocado por la gracia.
   Luego el silencio se adueñó del grupo conforme fueron mirando hacia el escenario, el silencio fue ganando impulso y propagándose por el club. Uno de ellos susurró:
   —Bud va a tocar.
Nadie te vio abandonar el grupo ni se fijó en que te dirigías al piano hasta que ya estabas a punto de sentarte en la banqueta. El silencio se tornó húmedo. Voces entre el público:
   —Ya no puede tocar, no puede tocar.
   Y siempre las sílabas murmuradas flotando en el ambiente:
   Bud Powell Bud Powell.
   El repiqueteo del hielo y los vasos se fundió en la nada. El humo se retorcía entre pilares de luz. La caja registradora se abrió estruendosamente como una alarma.
   Tocaste las teclas un par de veces, te centraste y te zambulliste en «Nice Work», sin pararte a pensar en una salida para lo que ibas a tocar, todo ocurría instantáneamente. Tus dedos se movían como si tocases la melodía de Gershwin desde crío y pudieras llevarla a donde quisieras, todo te resultaba tan natural como el respirar, ni siquiera tenías que pensar porque tus manos sabían recorrer el teclado como un pájaro surca el cielo. Todo el club notó el alivio que fue apoderándose de los estadounidenses, mirándote como si te hubieras subido a una cuerda floja.
   —Vamos, tío, venga.
   —Dale, Bud, dale.
   El sudor te perlaba la frente y sonreías como si nunca te hubiera ido nada mal. Un foco te brillaba en un lado de la cara, proyectaba una silueta perfecta en la pared de detrás, una sombra que duplicaba cada uno de tus movimientos, una forma tambaleante que colgaba de tu espalda y se burlaba de ti.
   —Sí, Bud.
   —Vamos, Bud, vamos.
   Y luego, como el funambulista que se tambalea, el primer indicio de inseguridad, titubeas en una nota, flaqueas, recuperas el equilibrio y después dudas otra vez, sin saber qué camino tomar, con las sombras de tus brazos extendiéndose tras de ti como las alas de un pájaro. Tropiezas, las manos se te enredan una con otra, el teclado es un laberinto del que nunca conseguirás salir, estás perdido y entonces... entonces tocas algunas notas pero pierdes el hilo, te ahogas en la melodía como si fuera un océano que te engulle... Entonces, entonces, entonces. Entonces ya ni siquiera tenía sentido tocar.
   Te levantaste, apartaste la banqueta con las piernas, tu sombra retrocedió por encima de ti. La devastación marcándote la cara, sudando, te sacas un pañuelo blanco del bolsillo, te lo pasas por la cara como un niño frotaría una pizarra, confiando en borrarte, en eliminar cualquier recuerdo de tu persona. El silencio del club había pasado de ser una cosa viva, que respiraba, al silencio que es ausencia de toda vida, el silencio que pende de los árboles tras una batalla terrible. Te alejaste del escenario. Las manos chocaron entre sí, se convirtieron en aplauso. Buttercup se acercó, te abrazó, le rodeaste el hombro con un brazo, sus dedos subieron a calmar el nervio que te palpitaba en la mejilla, latiendo a su contacto mientras os reuníais con el grupo de estadounidenses. Y mientras ellos aplaudían, todo el público, todos los presentes, comprendieron que una forma de música capaz de destrozar a semejante hombretón sin duda tiene que poseer algo terrible. Fue como ver a un gimnasta y dar su agilidad y su fuerza por descontadas hasta que cometía una fracción de error y caía al suelo. Solo entonces entendías la apariencia de normalidad que se le había dado a algo apenas posible... y es la caída en lugar de las volteretas perfectas lo que expresa la verdad, la esencia de la actividad; es el recuerdo que jamás te abandonará. [...]
Nice Work If You Can Get It - Bud Powell

4 comentarios:

Gatopardo dijo...

¡Bieeen! Otro que me ahorro...
¡Menudo libraco!, es una joya.

Juan Nadie dijo...

Un libro extraordinario. Gran literatura.

carlos perrotti dijo...

Excelente fragmento, también la foto que elegiste para ilustrar este post. Bud Powell componiendo, aspecto me parece que no suele resaltarse de estos tipos, el work, cómo trabajaban estos tipos! Por eso después fluían tocando.

Juan Nadie dijo...

Hay gente que piensa que el jazz no es más que pura improvisación. Nada más lejos de la realidad.