Alma - Oeo (2017)

viernes, 8 de febrero de 2013

Fragmentos de Los laberintos bizantinos. Un viaje con espectros - El Barón Corvo - Joan Perucho - España


Segunda parte
LOS PERFUMES DE ORIENTE

III. CÚPULA Y MONARQUÍA EN LA NUEVA ROMA

    Contemplo la ciudad que se llamó Bizancio, luego Constantinopla (con el apelativo exultante de "Nueva Roma"), y finalmente Estambul. Encima de la cúpula de Santa Sofía veo, un poco a la manera del ángel veleta de la parroquial de El Vendrell, la imagen giratoria del caballero bizantino Kosmas, luciendo armadura de oro dejada al descubierto por una corta y elegante clámide de color rojo, parecida a la del joven atleta del Museo Arqueológico. Luego le veo descender hacia el Hipódromo, cabalgando un corcel cuyas virtudes relatan los labios de Miguel Psellos en su Cronografía de dudosa credibilidad. Para éste, quedaban atrás los tiempos de Byzas, el fundador de la ciudad, y los de Constantino, el que la engrandeciera y, a la postre, rebautizara. El emperador Justiniano, que acaba de repasar "in mente" su Corpus iuris civilis, con la actitud meditabunda que le concediera posteriormente el siglo XI, examina la viabilidad de su Código, su DigestoPandectas, su Instituta y sus Novelas con ojo hipercrítico, en compañía de su mujer, la emperatriz Teodora.
    Unos pasos más atrás, el caballero Kosmas estudia en silencio las posibilidades de introducir autómatas en la recaudación general de las contribuciones del Imperio, método por él ensayado con éxito en las provincias de España, concretamente en su oficina de Cartagena. Justiniano acaricia con su mirada los perfiles de Santa Sofía que inaugurara el 27 de diciembre del año 537 ("¡Oh, Salomón, te he vencido!") y decide refrescar sus pies en las aguas siniestras de las sobrecogedoras cisternas subterráneas de Yerebatan, que modernamente han servido de escenario a las novelas (y consiguientemente a las películas) de James Bond. 
    [...] Justiniano salvó su piel (y la de Teodora, por supuesto) el día 8 de enero del año 532, exactamente, por "el canto de un duro", como antes solía decirse graciosamente, a consecuencia del empeño, valor y habilidad de Belisario, genio de la guerra. Todo esto es muy sabido. Producto de unas divergencias entre los "azules" y los "verdes", el bipartidismo del momento, estalló una sangrienta revuelta, según Procopio, que fue suprimida por el general Belisario. Los revoltosos se refugiaron en el Hipódromo. Belisario lo tomó por asalto y ordenó una completa degollación. Fueron treinta mil los degollados ante la figura impasible de Justiniano. En un artículo, Nestor Luján dijo que Justiniano "debió ser un tipo extraordinario, débil y soberbio, suntuoso e inteligente, arrebatado y sangriento como la misma historia de su pueblo".

    Belisario fue un héroe con ecos de leyenda y a quien fue dedicado un poema que lleva su nombre: Belisario. Este poema y el Digenis Akritas son, hasta el momento, las piezas más representativas de la poesía épica bizantina. Dice el poema:

Ordena el gran emperador que extiendan damascos,
sedas, alfombras y ricos paños, para que descienda Belisario,
para que pise su corcel, se dirija a palacio.
Tres mil oficiales de las naves desfilaron a caballo
y en medio Belisario con gran gloria.

    Como todos los grandes personajes históricos, cae en la desdicha, y la leyenda (no la verdad histórica) le convierte, al final de su vida, en mendigo invidente por obra de la envidia de Justiniano. Estos temas son aprovechados por diferentes autores. Dante, Jacob Bidermann, Mira de Amescua, Lope de Vega, Marmontel, Graves. Donizetti estrena en Venecia el año 1836 la ópera Belisario. La representación iconográfica más importante corre a cargo de David con el cuadro Date obolum Belisario (1781). Quevedo terminó un soneto a Belisario con el siguiente terceto:

Quisiéronte cegar tus enemigos,
sin advertir que mal puede ser ciego
quien tiene en tanta fama tales ojos.

    [...] Quien nos describe profusamente Constantinopla es nuestro embajador Clavijo, el cual, en su Viaje al gran Tamerlán (en 1403) nos hace saber que, tanto él como sus compañeros (Fray Alonso Páez de Santa María y Gómez de Salazar) se hospedaron en Pera, ciudad detentada por los genoveses con permiso del emperador, situada ante Constantinopla. Los genoveses la llamaban Pera y los griegos Gálata, que significa -dice Clavijo- "el corral de la leche".
    [...] Constantinopla fue tomada por los turcos el día 29 de mayo de 1453. Se la arrebató Mahomet II al último Paleólogo, el emperador Constantino XI, a quien las naves catalanas, años antes, habían llevado a Constantinopla para su coronación y sin que nadie ayudara en este nefasto día. Cuando los turcos entraban en la ciudad se produjo el milagro del convento de Blikli, justo en el momento en que moría por el hierro Constantino XI. Los peces rojos que iban a ser servidos a la mesa de los monjes, volvieron a la vida y escaparon, saltando y coleando, furiosamente, hacia el mar.
    El cocinero bizantino se quedó estupefacto; y los monjes, paralizados por el terror. Entonces, los movimientos de los hombres y animales quedaron detenidos en el tiempo, como fijados en las pinturas de los iconos. Pero se abrió una ventana de improviso. Apareció, asomándose por ella, la inevitable y siniestra sombra del barón Corvo.
    [... ]

    Joan Perucho, nacido en Barcelona en 1920, se licenció en Derecho y posteriormente ingresó en la carrera judicial, pero el centro de su vida siempre fue la creación literaria, convirtiéndose muy pronto en la figura más original y de mayor profundidad imaginativa de toda la literatura catalana.
    En Los laberintos bizantinos. Un viaje con espectros, un viajero imaginario cuenta en primera persona sus impresiones sobre los lugares que visita, pero en el relato se injertan continuamente maravillas y prodigios, circunstancias mágicas, citas insólitas, encuentros imposibles; personajes del pasado dialogan con los del presente, reaparece por doquier la inquietante sombra del Barón Corvo, y por sus páginas desfilan también una serie de "comisionados secretos", todos de identidad histórica bien establecida, a quienes se supone pertenecientes a la escuela catalana de espionaje. Sería interminable enumerar las bromas, referencias pintorescas, episodios de horror o de comicidad y guiños al lector, que abundan en el libro, convirtiéndolo, tras la inocente apariencia de unos relatos de viajes, en algo muy distinto e infinitamente más rico en poesía.


EL BARÓN CORVO

Ha escogido el gris caviar del Irán
y un Alex-Corton muy frío,
pues no es la miseria la que juzga
sino la venganza contra el impudor,
la seguridad ofensiva del sacerdocio.
En la naturaleza hay falsedad
según el adverado criterio de San Agustín.
«Jesus Christ n'a point voulu
du temoignage des démons»1, confirmó Pascal.

Londres está lejos y Venecia es triste.
El oro de Bizancio se fatiga en San Marcos;
pero murió en una triste pensión de familia
con el egoísmo del pez fuera del agua
escribiendo libros de decadente obscenidad.
De La Medusa (1987)
1 Jesucristo no deseaba el testimonio de los demonios. (Trad. de J. N.)

4 comentarios:

Gatopardo dijo...

escribiendo libros de decadente obscenidad.
Lírico final para un poeta.

Juan Nadie dijo...

Ya te digo...

marian dijo...

Hay que tener imaginación y, conocimientos, y habilidad para mezclarlos...
Yo de todo lo que nombra, visto en vivo y en directo, solo he visto el ángel veleta de El Vendrell.
Muy buena entrada, eh.

Juan Nadie dijo...

Gracias, pero con autores como éste no hay pérdida.