Hace 50 años / The Beatles - Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (1967)

sábado, 20 de octubre de 2007

Ándele - Julio Cortázar - Argentina


1)

Como una carretilla de pedruscos
cayéndole en la espalda, vomitándole
su peso insoportable,
así le cae el tiempo a cada despertar.

                  Se quedó atrás, seguro, ya no puede
                  equiparar las cosas y los días,
                  cuando consigue contestar las cartas
                  y alarga el brazo hacia ese libro o ese disco,
                        suena el teléfono: a las nueve esta noche,
                        llegaron compañeros con noticias,
                        tenés que estar sin falta, viejo,

o es Claudine que reclama su salida o su almohada,
o Roberto con depre, hay que ayudarlo,
o simplemente las camisas sucias
amontonándose en la bañadera
como los diarios, las revistas, y ese

                     ensayo de Foucault, y la novela
                     de Erica Jong y esos poemas
                de Sigifredo sin hablar de mil
                trescientos grosso modo libros discos y películas,
más el deseo subrepticio de releer Tristram Shandy,
Zama, La vida breve, El Quijote, Sandokán,
                y escuchar otra vez todo Mahler o Delius
                todo Chopin todo Alban Berg,
                y en la cinemateca Metrópolis, King Kong,
                La barquera María, La edad de oro —Carajo,

la carretilla de la vida
con carga para cinco décadas, con sed
de viñedos enteros, con amores
que inevitablemente superponen
tres, cinco, siete mundos
que debieran latir consecutivos
y en cambio se combaten simultáneos
en lo que llaman poligamia y que tan sólo
es el miedo a perder tantas ventanas
sobre tantos paisajes, la esperanza
de un horizonte entero—


2)

Hablo de mí, cualquiera se da cuenta,
pero ya llevo tiempo (siempre tiempo)
sabiendo que en el mí estás vos también,
y entonces:

                     No nos alcanza el tiempo,
                     o nosotros a él,
                     nos quedamos atrás por correr demasiado,
                     ya no nos basta el día
                     para vivir apenas media hora.


3)

El futuro se escinde, maquiavelo:
el más lejano tiene un nombre, muerte,
y el otro, el inmediato, carretilla.

                    ¿Cómo puede vivirse en un presente
                    apedreado de lejos? No te queda
                    más que fingir capacidad de aguante:
                    agenda hora por hora, la memoria
                    almacenando en marzo los pagarés de junio,
                    la conferencia prometida,
                    el viaje a Costa Rica, la planilla de impuestos,
Laura que llega el doce,
   un hotel para Ernesto,
       no olvidarse de ver al oftalmólogo,
           se acabó el detergente,
              habrá que reunirse
                  con los que llegan fugitivos
                         de Uruguay y Argentina,
darle una mano a esa chiquita
    que no conoce a nadie en Amsterdam,
        buscarle algún laburo a Pedro Sáenz,
           escucharle su historia a Paula Flores
              que necesita repetir y repetir
                  cómo acabaron con su hijo en Santa Fe.

Así se te va el hoy
en nombre de mañana o de pasado,
así perdés el centro
en una despiadada excentración
a veces útil, claro,
útil para algún otro, y está bien.

                             Pero vos, de este lado de tu tiempo,
                             ¿cómo vivís, poeta?,
                             ¿cuánta nafta te queda para el viaje
                             que querías tan lleno de gaviotas?


4)

No se me queje, amigo,
las cosas son así y no hay vuelta.
Métale a este poema tan prosaico
que unos comprenderán y otros tu abuela,
dése al menos el gusto
de la sinceridad y al mismo tiempo
                         conteste esa llamada, sí, de acuerdo,
                         el jueves a las cuatro,
                         de acuerdo, amigo Ariel,
                         hay que hacer algo por los refugiados.


5)

Pero pasa que el tipo es un poeta
y un cronopio a sus horas,
que a cada vuelta de la esquina
le salta encima el tigre azul,
un nuevo laberinto que reclama
ser relato o novela o viaje a Islandia,
(ha de ser tan traslúcida la alborada en Islandia,
se dice el pobre punto en un café de barrio)
           Le debe cartas necesarias a Ana Svensson,
           le debe un cuarto de hora a Eduardo, y un paseo
           a Cristina, como el otro
           murió debiéndole a Esculapio un gallo,
           como Chénier en la guillotina,
           tanta vida esperándolo, y el tiempo
           de un triángulo de fierro solamente
           y ya la nada. Así, el absurdo
           de que el deseo se adelante
           sin que puedas seguirlo, pies de plomo,
           la recurrente pesadilla diurna
           del que quiere avanzar y lo detiene
           el pegajoso cazamoscas del deber.

la rémora del diario
con las noticias de Santiago mar de sangre,
con la muerte de Paco en la Argentina,
con la muerte de Orlando, con la muerte
y la necesidad de denunciar la muerte
cuando es la sucia negación, cuando se llama
Pinochet y López Rega y Henry Kissinger.
           (Escribiremos otro día el poema,
           vayamos ahora a la reunión, juntemos unos pesos,
           llegaron compañeros con noticias,
           tenés que estar sin falta, viejo.)


6)

Vendrán y te dirán (ya mismo, en esta página)
sucio individualista,
tu obligación es darte sin protestas,
escribir para el hoy para el mañana
sin nostalgias de Chaucer o Rig Veda,
sin darle tiempo a Raymond Chandler o Duke Ellington,
basta de babosadas de pequeñoburgués,
hay que luchar contra la alienación ya mismo,
dejate de pavadas,
elegí entre el trabajo partidario
o cantarle a Gardel.


7)

Dirás, ya sé, que es lamentarse al cuete
y tendrás la razón más objetiva.
Pero no es para vos que escribo este prosema,
lo hago pensando en el que arrima el hombro
mientras se acuerda de Rubén Darío
o silba un blues de Big Bill Broonzy.

               Así era Roque Dalton, que ojalá
               me mirara escribir por sobre el hombro
               con su sonrisa pajarera,
               sus gestos de cachorro, la segura
               bella inseguridad del que ha elegido
               guardar la fuerza para la ternura
               y tiernamente gobernar su fuerza.
               Así era el Che con sus poemas de bolsillo,
               su Jack London llenándole el vivac
               de buscadores de oro y esquimales,
               y eran también así
               los muchachos nocturnos que en La Habana
               me pidieron hablar, Marcia Leiseca
               llevándome en la sombra hasta un balcón
               donde dos o tres manos apretaron la mía
               y bocas invisibles me dijeron amigo,
               cuando allá donde estamos nos dan tregua,
               nos hacen bien tus cuentos de cronopios,
               nomás queriamos decírtelo, hasta pronto—


8)

Esto va derivando hacia otra cosa,
es tiempo de ajustarse el cinturón:
zona de turbulencia.
Nairobi, 1976

No es necesario estar de acuerdo con todo lo que se dice en un poema para disfrutarlo. Parece, por los tres últimos versos, que Cortázar no tenía mucha fe en que esto se entendiera así y se curó en salud.

2 comentarios:

Geraldina Méndez dijo...

Gracias por publicarlo, tenía tiempo que no lo leía y regalé el libro...¿Qué cuadro has usado para ilustrarlo?¿Es un Jackson Pollock?
Saludos desde Caracas, Venezuela

Juan Nadie dijo...

Sí, efectivamente es un Jackson Pollock y se titula "The Key"

Saludos y bienvenida, Geraldina. Veo que en tu blog hablas Pollock, lo leeré con interés.