Madeleine Peyroux - Secular Hymns (2016)

viernes, 22 de abril de 2016

Fragmentos de Encuentro en Valladolid (1) - Anthony Burgess - Inglaterra


Mañana, 23 de abril, se conmemora el IV centenario de las muertes de Cervantes y Shakespeare, aun sabiendo que ninguno de los dos murió en esa fecha. Miguel de Cervantes falleció el 22 de abril y fue enterrado el 23. La muerte de  William Shakespeare se produjo el 23 de abril, pero del calendario juliano, que seguía utilizándose en Inglaterra. Según el calendario gregoriano, que España había adoptado en 1582, esa fecha correspondería al 3 de mayo.
Quien sí murió el 23 de abril de 1616 fue el Inca Garcilaso de la Vega.

No hay evidencias de que Cervantes conociera la obra e incluso la existencia de Shakespeare, pero sí es seguro que Shakespeare leyó a Cervantes. En 1611 o 1612, apenas seis años después de la publicación en España de la primera parte del Quijote, se editó en Inglaterra una versión de la novela traducida por Thomas Shelton. El éxito fue enorme, tanto o más que en España, como atestiguan las sucesivas traducciones y ediciones y las numerosas adaptaciones de la obra en el teatro inglés de la época. Dichas adaptaciones solían centrarse en episodios secundarios o "novelas intercaladas" del Quijote, de las cuales la favorita parece haber sido la Historia de Cardenio. Se sabe que una obra titulada Cardenno fue representada en la corte inglesa en el invierno de 1612-1613, y nuevamente a principios del verano de 1613, por los King’s Men, la compañía teatral de Shakespeare. En 1653 la obra fue registrada como The History of Cardenio, figurando como autores Mr. Fletcher (John Fletcher) y William Shakespeare, pero no hay constancia de que se publicase, y el manuscrito original aún no se ha encontrado.

Encuentro en Valladolid

La delegación británica desembarcó en Santander con un tiempo asqueroso, para luego seguir hasta Valladolid a caballo y en coches alquilados. Fue recibida en el muelle por un puñado de emisarios de la corte española y un intérprete llamado Manuel del Pulgar Garganta. Mostraba éste menos interés por milord Esto y el conde de Aquello que por un grupo de cómicos que, muy compungidos, miraban cómo el carro de sus pertenencias era llevado a tierra por remeros morenos y vociferantes en una barca semianegada. Tenían que alquilar caballos en una cuadra de algún punto de la ciudad, y mandaron a Robert Armis, un payaso que además era hijo de un mozo de cuadra, a inspeccionar lo que sin duda serían rocines aquejados de esparaván.
—Rocinantes —dijo don Manuel con una amplia sonrisa—. Los mejores caballos estarán ya apalabrados para llevar a milord Eso y al conde de lo Otro. Pero yo iré con maese Armin, a quien recuerdo haber visto en el teatro del Globo, y también haberle oído, cantaba muy bien, para cerciorarme de que no le engañan en exceso.
—Por Dios que habláis nuestra lengua británica, como debemos llamarla ahora a partir de la nueva denominación de nuestro reino, con excelente acento y fluvial soltura —dijo Dick Burbage—. De ello vamos a alegrarnos, os lo aseguro. De los que aquí estamos no hay uno que hable más de tres palabras de vuestro castellano, siendo esas palabras sí y no y mañana1. Los tiempos han desaconsejado hablar la lengua del enemigo que ya no debemos consideraros. Esperad, paz es otra palabra nueva. Va a haber en Valladolid una lenta negociación de paz, y los Hombres del Rey2 estamos aquí para untar con una suerte de miel el insulso pan de la diaria molienda de las ruedas de la paz perpetua. Perdonadme, señor...
—Don Manuel, a vuestra disposición.
—Vos lo decís. Burbage, a la vuestra. Si hablo demasiado es porque las últimas semanas he tenido la boca enteramente ocupada con arcadas y vomitonas. Ahí, ved, hay uno vomitando aún. Tiene el estómago más delicado de todos nosotros.
—Tenía que ser vuestro maestro Shakespeare.
—Por Dios que nos conocéis a todos. Un español en Londres, lo digo sin ánimo de ofender, no podría haber tenido más trabajo que el de espía. Pero ahora todo ha terminado, o la habrá hecho para cuando nosotros hayamos representado nuestro repertorio entero.
—No finjo que no. Me ayudó tener una madre inglesa leal a Roma y por tanto necesariamente desleal con su país. Los grandes asuntos de Estado son duros para los humildes, como tan a menudo decía ella. Ay, murió de fiebres en Ávila y mi pobre padre no tardó en seguirla. Vuestro maestro Shakespeare parece un poco en apuros. ¿Puedo ofreceros a él y a vos un brebaje de leche agria de cabra y espeso vino de Jerez? Obra maravillas con los estómagos revueltos.
—A él no. Pero yo aceptaré vuestro sack jerezano sin aditamentos cabríos. ¿Queréis decir en esa posada de ahí?
—En la misma. Iremos a arreglaros hasta que esté arreglado lo de los caballos. Vuestros nobles señores y los nuestros se están desenvolviendo bastante bien, me parece oír, en la lengua toscana.
Burbage y Pope y Dicky Robinson y Will Shakespeare se sentaron juntos a beber lo que ellos llamaban sack mientras el resto de la compañía se empapaba de sol (tras tantos días grises) y comía ante mesas puestas bajo ciclamores. Comían huevos fritos y jamón al que había cerdas adheridas. Will se estremeció.
Esos estómagos jóvenes —dijo—. Soy demasiado viejo para cabecear en el Golfo de Vizcaya. Soy demasiado viejo para cualquier cosa. Tengo ganas de quitarme la librea real cuando regresemos y decirle al rey lo que puede hacer con ella. Un cuarentón debería cuidar su cuerpo y varar su alma en un puerto tranquilo.
—Sólo acabáis de cumplir 40. Eso no es edad.
—Cuanrenta y uno enteros. Este sack quema. Acuchilla. Ojalá supiera cómo se dice agua de cebada en español.
—Habla el hombre que ha hecho más por el monopolio del sack que el mismísimo y fiero sol de Jerez. Vuetro Falstaff es un fraude.
—Nunca lo he negado.

Se cabalgó cansinamente por la Cordillera Cantábrica, pasándose la noche en una repugnante posada de Reinosa en medio de un ballet de pulgas. Luego se siguió hasta Carrión, donde algunos hubieron de dormir destapados sobre un suelo por el que correteaban ratas. Luego a Palencia y por fin a Valladolid, una hermosa ciudad en la cuenca del Duero, donde los británicos, a quienes los españoles llamaban ingleses y no parecían contentos de ver, fueron recibidos por un sermón en latín a cargo de un obispo ceñudo a la entrada de la ciudad. [...]
Los nobles delegados fueron conducidos a una especie de palacio de estuco descascarillado, en cuyos muros había frases de bienvenida a los heréticos británicos escritas con tiza o pintarrajeadas: Viva la paz... unos días y Abajo los ingleses. Don Manuel se acercó en su caballo, sonriendo, a los Hombres del Rey.
—No creo que esperarais resonar de trompetas a modo de bienvenida —dijo—. Nuestro poeta Góngora ha estado ya manos a la obra. Escribe como si todo hubiera ya acabado —sostenía un papel en su mano finamente enguantada—. Como no sabéis nuestro castellano, os traduciré: "Dedicamos pompas, pura estulticia, / y fastos llenos de grandes patrañas / a los espías de la Gran Bretaña / llegados con luterana codicia. / Lutero es burla de nuestra miseria, / la paz es coz a nuestros juramentos. / Aquí se ofrece cómica materia / a Don Quijote y Sancho y a su jumento". Algo así, perdonad el inglés lleno de ripios.
—¿Quiénes son estos Don Quijote y Sancho? —preguntó Will.
—¿Aún no los conocéis? Pero si en Londres yo conocí a un hombre llamado Shelton que estaba ya trabajando en una versión inglesa. Es una larga tarea. Se trata de una novela muy larga.
—¿Qué es una novela? —preguntó Burbage.
—No las lindas historietas de unas pocas páginas con que las damas entretienen su abundante ocio en Inglaterra. Esto es macizo y aún no está hecha su construcción. Su autor anda por aquí. En cuanto a Don Quijote y Sancho y a su jumento, los veréis mañana en la plaza de toros.
—¿Aquí también hostigáis a los toros? —dijo Will melindrosamente.
—Nada de hostigarlos. Un igual combate entre hombre y toro. El toro no siempre muere. Hemos inventado un ritual compuesto de los sacrificios cristiano y mitraico. A veces el hombre es corneado y destripado. A veces le toca al toro. Pero los que siempre sufren son los caballos. No importa, siempre han dejado atrás su esplendor, rocines viejos, simples rocinantes.
—Siempre estáis hablando de rocinantes, sean lo que sean.
—Don Quijote montará uno mañana. Los veréis a todos.
—No me gusta que se maltrate a los caballos —dijo Will con ira—. Un caballo es una prolongación del hombre, luego, parte de él. Todos somos centauros. No asistiré.
—Debéis, Will —dijo Burbage—. El delegado del lord Chamberlán nos contará. Somos oficiales de la Cámara y tenemos nuestras responsabilidades.
—No he venido a España a presenciar torturas de caballos.
—Podéis presenciar torturas más terribles —dijo don Manuel—. La Inquisición trata a los herejes de tal manera que el destripamiento de un rocín parece el simple cosquilleo de una mosca a su lado.
—Necesito agua de cebada para mi estómago —dijo Will. [...]

Con el fresco de la media tarde don Manuel llevó a hacer un recorrido a pie por la ciudad a los miembros de los Hombres del Rey que no estaban cazando mozas ni mozos ni aliviando sus estómagos del fuerte vino local. Los ríos Pisuerga y Esgueva confluían aquí. La riqueza de la provincia llegaba en barco: cereales y vino y aceite y miel y cera de abejas. Ved la catedral, reluciente y nueva, de sólo 20 años de antigüedad, pues todo Valladolid quedó destruído por un incendio en 1561 y el rey Felipe, que había nacido aquí, la hizo reconstruir entera. Hace sólo 99 años murió aquí Cristóbal Colón. En esa casa, ved, habita el maestro Miguel de Cervantes Saavedra, padre de Don Quijote y Sancho y otrosí del jumento de Sancho. Mirad, ese es él, que sale, sin mirar ni adelante ni atrás ni a derecha ni a izquierda, un hombre sin amigos y apaleado por el mundo que reinventa el mundo en su calavera. Es un viejo, ved, 57 años cumplidos, cano. Durante los festejos por la paz se va a poner una obra teatral suya, pero a él le trae sin cuidado. Ha trabajado como un negro en el teatro sin recompensa. No os propongo que lo conozcáis. No sabe nada de vuestra lengua y es bastante lacónico cuando habla castellano. Pero a veces se muestra locuaz en la lengua mora que aprendió siendo esclavo y rehén.
—La lengua mora —dijo Will—. Yo no he sido esclavo ni rehén, pero la aprendí un poco. Fue cuando acompañé a mi señor de Southampton en misión a Rabat, misión fallida para comprar caballos árabes para la campaña de Irlanda de mi señor Essex. Campaña fallida, debo añadir. Creo que mi estómago está ya lo bastante aplacado para cenar algo. [...]

Una versión truncada de Tito Andrónico fue lo que vieron tanto los británicos como sus anfitriones españoles. Hubo más sangre (de cerdo, comprada en el lugar) que verso blanco. Algunos españoles hicieron ademán de vomitar, un gesto de crítica, y los que habían comido en abundancia y bebido a lo grande salieron a hacer más que el ademán. Los británicos, cómodamente repantigados, se zamparon todos los horrores con fruición, incluida la empanada. Cuando, más tarde, Will y Burbage yacían juntos en su espaciosa cama, a ninguno de los dos se le ocultaba que en cierta medida habían traicionado las pretensiones estéticas e intelectuales de este nuevo país llamado Gran Bretaña, gobernado por un rey conocido como el tonto más sabio de la cristiandad. [...]

Aquella tarde el ruedo estaba abarrotado por la gente común de Valladolid, que abucheó a la delegación británica con sus elegantes capas y ropajes. Will se sentó a la sombra con sus compañeros de los Hombres del Rey, que masticaban nueces, todos compuestos para la ocasión con sus libreas reales. El espectáculo se inició con una melodía a cargo de una aguda trompeta, y entonces apareció trotando en el ruedo un hombre mayor alto y flaco que llevaba una armadura de cartón, un yelmo remendado con cuerda, una lanza rota vuelta a unir chapuceramente con vendas, montado en un lamentable rocín que dejaba ver los huesos bajo la sarnosa piel. Le seguía un hombre pequeño y gordo a horcajadas de un burro, que de cuando en cuando se llevaba a sus hirsutos y barbudos labios una bota de vino que goteaba. Los dos saludaban con la mano agradeciendo los aplausos de la multitud, que claramente los adoraba. Tras ellos, a considerable distancia, aparecieron cojeando desde la entrada un par de hombres vestidos de monjes que portaban, cada uno un asta, una pancarta desplegada en la que estaba inscrito pax et paupertas. La multitud lanzó gritos de aprobación y volvió a abuchear a los británicos. Will le dijo a don Manuel:
—El flaco caballero de broma y su escudero, ¿qué salen, de un libro?
—Exactamente. Pero son demasiado grandes para un libro. Han escapado de él como quien huye de una cárcel.
Will refunfuñó para sus adentros. Hamlet y Falstaff estaban encerrados en sus respectivas obras de teatro. Nunca irrumpirían en un soleado ruedo para ser aclamados por una muchedumbre entusiasta. Pero ¿por qué habría de importarle? Lo que importaba era el terreno, y costales de malta almacenados para la próxima mala cosecha. El teatro era sólo teatro. Sin embargo, refunfuñó e hizo rechinar los dientes. Cuando el contrahecho caballero y su gordo escudero se retiraron en medio de un último estallido de entusiasmo, empezó de verdad la tarde. Desfilaron toreros con espadas a los que arrojaban flores las damas con sus mantillas negras. Entonces salió un toro dando bufidos. Fue despiadadamente atormentado por unos hombres con arpones de fantasía. Luego corneó a un flaco caballo cuyas tripas salieron en un amasijo. La muchedumbre rugía como en la alta comedia.
—Voy a salir de aquí —le gruñó Will a Burbage—. Ya he visto de sobra. No les veo la gracia a las entrañas desparramadas. [...]

[...] Don Manuel se le acercó con un hombre cuyo rostro le resultaba vagamente familiar. El hombre rió burlonamente ante Will y dijo algo ininteligible. Pero en ello iba la palabra maida, y así era como se decía estómago en árabe. Esto quedó confirmado cuando el hombre habló en lo que evidentemente era castellano, diciendo con desprecio estómago. Don Manuel dijo, pesaroso:
—Dice que tenéis bastante estómago para la sangre y las tripas en el teatro, pero que os apartáis de la realidad. Como esta tarde. Os vio marcharos. Éste, perdonadme por la tardanza en presentaros, es Miguel de Cervantes Saavedra. William Shakespeare.
—¿Chequespirr? —el nombre no significaba nada. [...]
Traducción y notas de Javier Marías
Anthony Burgess
1 Las palabras españolas en cursiva están en castellano en el original.
2 Los Hombres del Rey o The King's Men fue el nombre por el que se conoció a la compañía de Shakespeare a partir del 19 de marzo de 1603, cuando el rey Jacobo I, poco después de su ascensión al trono, la tomó bajo su protección. Richard Burbage (c. 1567-1619) fue el más famoso y celebrado actor de la época isabelina, e interpretó todos los grandes papeles de las obras de Shakespeare.

10 comentarios:

carlos perrotti dijo...

Inefable imaginero Burgess. Me conmovió ese clímax de su relato en el que El Quijote y Sancho escapan de su historia como quien huye de una cárcel... Y Will abominando las corridas de toros me parece un destello de desparpajada (si existe el término) genialidad.

Juan Nadie dijo...

Y si no existe, para cuando exista. Ya inventaban palabras Umbral, Valle-Inclán y hasta Gabo.

Imaginero, Burgess, pero en este relato hace gala de un buen conocimiento de algunas costumbres españolas y de las idiosincrasias española e inglesa de la época, de las que capta perfectamente (creo) la atmósfera. En el segundo fragmento (y último), que saldrá a continuación, se puede ver esto, aunque desde otro punto de vista.
Le salió un relato genial a Burgess.

marian dijo...

Espero el segundo fragmento. Este primero, para mí, abusa de los topicazos, incluido el llevarlos a una plaza de toros. Lo mejor "... Han escapado de él como quien huye de una cárcel." Muy bueno.

Juan Nadie dijo...

Sí, pero ya sabemos que los tópicos no salen porque sí, sino que proceden de algo que ya estaba ahí.

Quizá te guste más el segundo fragmento, no sé.

marian dijo...

Un ballet de pulgas en Reinosa, qué categoría!

marian dijo...

Es que me da la sensación de que a los "ingleses" (con su Shakespeare), les ha dado cierta rabia que "El Quijote" lo escribiese un español, y se les nota.

Juan Nadie dijo...

Je, je,... Es que Reinosa era tierra de posadas y de molinos. Durante siglos esta fue nuestra seña de identidad. Los carreteros que venían de Castilla con el grano posaban en Reinosa para molerlo, descansar y llevarlo después a embarcar a otras tierras. De modo que Reinosa tierra de posadas y de molinos: había unos cuantos. ¿Pulgas en las posadas? Con toda seguridad, teniendo en cuenta los niveles sanitarios de la época.

Juan Nadie dijo...

"El Quijote", como creo que se dice en el próximo post, sólo podía escribirlo un español, aunque no cualquier español, claro, sino alguien que conocía el alma española (si es que eso existe) como nadie y cuya empatía con la gente (no juzgaba a la gente, la describía), teniendo en cuenta lo que tuvo que pasar, es casi inconcebible.

marian dijo...

Mira qué interesante.
(Las pulgas no tienen nacionalidad, son internacionales)

Juan Nadie dijo...

Por supuesto. Es que pegan unos saltos... Saltan y... voilà... ya están en otro país. Qué cosas las pulgas, oiga!