Chet Baker - Like Someone In Love

miércoles, 14 de marzo de 2018

Requiem por la muerte de un niño // Canción de la muerte . Gabriela Mistral - Chile


En memoria del niño Gabriel Cruz Ramírez ('Pescaíto'), cuya muerte criminal ha conmocionado a España, como ya ocurriera con otros niños asesinados.

Canción de la muerte

La vieja Empadronadora,
la mañosa Muerte,
cuando vaya de camino,
mi niño no encuentre.

La que huele a los nacidos
y husmea su leche,
encuentre sales y harinas,
mi leche no encuentre.

La Contra-Madre del Mundo,
la Convida-gentes,
por las playas y las rutas
no halle al inocente.

El nombre de su bautismo
-la flor con que crece-,
lo olvide la memoriosa,
lo pierda la Muerte.

De vientos, de sal y arenas,
se vuelva demente,
y trueque, la desvariada,
el Oeste y el Este.

Niño y madre los confunda
lo mismo que peces,
y en el día y en la hora
a mí sola encuentre.
Gabriela Mistral

"Girasoles", de Rozalén, era la canción preferida de Gabriel, que le gustaba bailar con su madre.

Girasoles - Rozalén 
 Vídeo publicado por Paco Martínez

lunes, 12 de marzo de 2018

El triunfo de la muerte - Carlos Vitale - Argentina


Non c′è di dolcezza che possa 
                                                  uguagliare la Morte.
                                                  Dino Campana
1

Alguien lloraba
en el Camposanto de Pisa.
Sin embargo, las tumbas vacías de los muertos
guardaban la escoria de los vivos.
La muerte siempre triunfa.
Silencio del Camposanto y fuera.
En alguna parte alguien llora.


2

Ahora que definitivamente no podrás contestarme
la espera se convierte en su propio botín.
Frágil, el día universal
volvió vana la precoz indignación.
Sólo la muerte es sólida.


3

Materias impuras
de un incierto dominio.
¿Qué claridad asoma
de su opaca presencia?
¿En su fluir existe
lo que velado pasa?
No hay belleza superflua.


4

Al filo dice madre de esperanza.
La generosa maldad de los oficios
no abandona a su servidor más encumbrado.
Nupcias de silencio llamadas
a heroicas ceremonias de nobleza.
Feliz del que quiere creer y cree.
Esta victoria es una trampa.


5

El ojo avanza y la mano no llega.
En medio, la costumbre de las cosas
la sombra de una luz extranjera.
No acierta el viajero a recordar
su desvelada imagen y el cansado espejo.
El ojo es el fracaso de la mano.
Su ojo es una luz extranjera.


6

Un colorido manto de sombrillas
protege el sueño de plenitud de la especie.
Cuerpos al sol en la tarde de agosto.
¿La tierra o el aire? ¿Los gusanos o el fuego?
Abusos de la imaginación en un mar de arena y carne.
Extensa mancha de horizontal destreza
que en la quietud encuentra su prodigio.
La ausencia es el milagro que repite.


7

La humillación
es el signo de los tiempos.
Para una voz lejana
un recuerdo presente.
Fragmentos de una máscara
que el azar reconstruye.
Temblor y oscuro afán.
Fiesta vedada.


8

Simultáneamente se vive en las ventanas.
Las mujeres se entregan a un futuro cercano
y el verano no encierra más que escasos deberes.
No será éste tampoco el día revelado.
Una mediocridad febril sustenta los objetos
en su reiterada formulación pasiva.
Ese que grita sólo pide un movimiento verdadero.
Sabores de espuma en un cuarto vacío.


9

Vagaba por la casa con ambición furtiva.
Una prisión doméstica bastaba
para hacer muros de huesos compartidos.
Temeroso escondía sus motivos de tregua
y callado esperaba las virtudes ajenas.
Nunca sabré quién era en realidad.
No distingo ni su voz que en este instante me habla.
Una parte de ignorancia y una parte de desdicha.


10

Una noche conjunta vimos
la cara del horror imperfecto.
¿De qué exilio volvía
a disiparse ante un gesto
de la desolación severa?
Con la gravedad de un cadáver hastiado
anfibio mostraba la boca rigurosa.
Venga ahora la luz.
Ya llegará el tiempo de mirar lo oscuro.
De Confabulaciones, 1992

sábado, 10 de marzo de 2018

Viaje a Montevideo - Dino Campana - Italia


Viaggio A Montevideo

Io vidi dal ponte della nave
I colli di Spagna
Svanire, nel verde
Dentro il crepuscolo d'oro la bruna terra celando
Come una melodia:
D'ignota scena fanciulla sola
Come una melodia
Blu, su la riva dei colli ancora tremare una viola...
Illanguidiva la sera celeste sul mare:
Pure i dorati silenzii ad ora ad ora dell'ale
Varcaron lentamente in un azzurreggiare:...
Lontani tinti dei varii colori
Dai più lontani silenzii
Ne la celeste sera varcaron gli uccelli d'oro: la nave
Già cieca varcando battendo la tenebra
Coi nostri naufraghi cuori
Battendo la tenebra l'ale celeste sul mare.
Ma un giorno
Salirono sopra la nave le gravi matrone di Spagna
Da gli occhi torbidi e angelici
Dai seni gravidi di vertigine. Quando
In una baia profonda di un'isola equatoriale
In una baia tranquilla e profonda assai più del cielo notturno
Noi vedemmo sorgere nella luce incantata
Una bianca città addormentata
Ai piedi dei picchi altissimi dei vulcani spenti
Nel soffio torbido dell'equatore: finché
Dopo molte grida e molte ombre di un paese ignoto,
Dopo molto cigolìo di catene e molto acceso fervore
Noi lasciammo la città equatoriale
Verso l'inquieto mare notturno.
Andavamo andavamo,per giorni e per giorni: le navi
Gravi di vele molli di caldi soffi incontro passavano lente:
Sì presso di sul cassero a noi ne appariva bronzina
Una fanciulla della razza nuova,
Occhi lucenti e le vesti al vento! ed ecco: selvaggia a la fine di un giorno che apparve
La riva selvaggia là giù sopra la sconfinata marina:
E vidi come cavalle
Vertiginose che si scioglievano le dune
Verso la prateria senza fine
Deserta senza le case umane
E noi volgemmo fuggendo le dune che apparve
Su un mare giallo de la portentosa dovizia del fiume,
Del continente nuovo la capitale marina.
Limpido fresco ed elettrico era il lume
Della sera e là le alte case parevan deserte
Laggiù sul mar del pirata
De la città abbandonata
Tra il mare giallo e le dune


Viaje a Montevideo

Yo vi desde el puente de la nave
desvanecerse
las colinas de España, en el crepúsculo
de oro, mientras la morena tierra ocultaba en el verde
casi una melodía:
muchacha sola de ignota escena,
casi una melodía
azul, a la vera de las colinas aún temblaba una viola...
languidecía la tarde celeste sobre el mar:
También los dorados silencios de las alas, de vez en cuando,
cruzaban lentamente en un azulear...
lejanos y teñidos de varios colores
desde los más lejanos silencios
en la celeste tarde cruzaban los pájaros de oro: la nave,
ya ciega, cruzando y golpeando las tinieblas
con nuestros náufragos corazones
golpeando las tinieblas las alas celestes sobre el mar.
Mas un día
subieron a la nave las graves matronas de España
de ojos turbios y angélicos
de pechos grávidos de vértigo. Cuando
en una bahía profunda de una isla ecuatorial
vimos surgir en la luz encantada
una blanca ciudad adormecida
a los pies de los picos altísimos de los volcanes extinguidos
en el soplo turbio del ecuador: hasta que
después de muchos picos altísimos de los volcanes extinguidos
en el soplo turbio del ecuador: hasta que
después de muchos gritos y muchas sombras de un pais ignoto,
después de un gran chirrido de cadenas y muy encendido fervor
dejamos la ciudad ecuatorial
hacia el inquieto mar nocturno.
Andábamos y andábamos, durante días y días: las naves
graves de velas mojadas de cálidos soplos
a nuestro encuentro pasaban lentas:
¡Así, cerca, sobre el alcázar se nos aparecía, broncínea,
una muchacha de la raza nueva,
ojos brillantes y vestidos al viento! y he aquí:
salvaje al final de un día apareció
la ribera salvaje, allá abajo, sobre la infinita marina:
y vi, como yeguas
vertiginosas, disolverse las dunas
hacia la pradera sin fin
desierta, sin casas humanas,
y viramos, huyendo de las dunas, hasta que apareció,
sobre un mara amarillo de la portentosa riqueza del río,
del continente nuevo la capital marina.
Límpida, fresca y eléctrica era la luz
de la tarde y allá las altas casas parecían desiertas,
allá abajo, en el mar del pirata
de la ciudad abandonada
entre el mar amarillo y las dunas
Traducción de Carlos Vitale
Viaggio a Montevideo - Voz de Domenico Pelini - Música de Astor Piazzolla (Milonga del Angel)

jueves, 8 de marzo de 2018

El crepúsculo vespertino (dos visiones diferentes de un mismo poeta) - Charles Baudelaire - Francia


El crepúsculo vespertino

Muere el día. Una profunda paz se hace en los pobres espíritus fatigados por el trabajo de la jornada y sus pensamientos toman ahora los colores suaves e indecisos del crepúsculo.

Sin embargo, desde lo alto de la montaña llega hasta mi balcón, a través de las nubes transparentes de la tarde un intenso aullido, constituido por multitud de gritos discordantes, que el espacio transforma en lúgubre armonía, como la de la marea que sube o la tempestad que se desencadena.

¿Quiénes son los desdichados a los que el crepúsculo no calma y que, como los búhos, interpretan la llegada de la noche como una señal de aquelarre? Este siniestro ulular nos llega del negro hospicio encaramado en la montaña y, al atardecer, fumando y contemplando el descanso del inmenso valle erizado de casas cada una de cuyas ventanas dice: "¡Aquí está la paz ahora; ésta es la alegría familiar!", puedo, cuando el viento sopla de allá arriba, mecer mi pensamiento atónito por esta imitación de las armonías del infierno.

El crepúsculo incita a los locos. Recuerdo a dos amigos que se enfermaban realmente con el crepúsculo. Uno reaccionaba ignorando las relaciones de amistad y cortesía y maltrataba, como un salvaje, al primero que llegase. Le he visto arrojar a la cabeza de un camarero un pollo excelente, en el cual quiso ver no sé qué insultante jeroglífico. El anochecer, preludio de las voluptuosidades profundas, le echaba a perder las cosas más suculentas.

El otro, un ambicioso frustrado, a medida que el día declinaba, se iba volviendo más agrio, más sombrío, más mordaz. Indulgente e incluso sociable durante el día, era implacable de noche y ejercía su manía crepuscular no sólo sobre los demás, sino también sobre sí mismo.

El primero murió loco, incapaz de reconocer a su mujer ni a su hijo; el segundo está poseído de la inquietud de una enfermedad crónica y aunque se le gratificara con todos los honores que puedan conceder las repúblicas y los príncipes, creo que el crepúsculo encendería aún en él el ardiente deseo de distinciones imaginarias.

La noche, que introducía tinieblas en su espíritu, ilumina el mío y, aunque no sea raro ver que la misma causa engendra dos efectos contrarios, ese hecho me sigue intrigando y alarmando.

¡Oh noche! ¡Oh refrescantes tinieblas! Sois para mí la señal de una fiesta interior, sois la liberación de una angustia. En la soledad de las llanuras, en los laberintos pedregosos de una ciudad, vosotros, centelleo de estrellas, explosión de luces, sois los fuegos artificiales de la diosa Libertad.

¡Crepúsculo, qué dulce y tierno eres! Los rosados resplandores que aún se arrastran por el horizonte como la agonía del día bajo la opresión victoriosa de su noche, las luces de los candelabros que manchan de rojo opaco las últimas glorias del poniente, los pesados lienzos que una mano invisible saca de las profundidades del Oriente imitan todos los sentimientos complejos que luchan en el corazón del hombre en las horas solemnes de la vida.

Se diría también que, como bajo el negro presente se transparenta el delicioso pasado, en uno de esos extraños trajes de las bailarinas, una gasa transparente y oscura deja entrever, amortiguados, los esplendores de una falda resplandeciente, y las temblorosas estrellas de oro y plata que la salpican representan esos fuegos de la fantasía que sólo se encienden bien bajo el luto profundo de la Noche.

De Le Spleen de Paris - Petits poèmes en prose, 1862
Traducción de Jaime Uribe



El crepúsculo vespertino

He aquí la noche bruja, del criminal amiga;
Llega a paso de lobo, como un cómplice; el cielo
Se cierra lentamente tal una inmensa alcoba
Tornando en alimaña al hombre sin sosiego.

Oh noche, noche amable, deseada por aquellos
Cuyos brazos, sin trampa, pueden decir: ¡El día
Ha sido laborioso! —La noche es quien alivia
Las almas consumidas por el dolor sin tregua:
Al obstinado sabio cuya frente se nubla
Y al obrero agotado que a su lecho retorna.

Los malsanos demonios, mientras, en esa atmósfera
Se desperezan torpes, como hombres de negocios,
Golpeando en su vuelo aleros y postigos
A través de las luces que bambolea el viento.
De pronto, en las aceras, se abre el amor venal,
Y alzando sus compuertas tal inmenso hormiguero,
Sin esfuerzo se labra un oculto camino
Igual al enemigo que prepara un asalto;
Retuércese en el seno de la ciudad de fango
Cual larva que robara al hombre su alimento.
Se oyen aquí y allá silbar a las cocinas,
Los gritos del teatro, acordes orquestales,
Los verdosos tapetes donde el juego gobierna
Se pueblan de rameras y estafadores cómplices
Y los cacos, que no saben de días feriados,
También ellos, comienzan su nocturno trabajo
Forzando suavemente las puertas y las cajas
Y viven cierto tiempo y visten a sus bellas.

Recógete, alma mía, en tan grave momento
Y permanece sorda a ese inmenso tumulto.
Es la hora en que todos los enfermos se agravan.
La Noche los aferra por la garganta; acaban
Su destino y se hunden en el común abismo;
El hospital se llena de suspiros. Más de uno
No irá a buscar jamás la suculenta sopa
Junto al fuego, a la noche, cerca del ser querido.

Más aún, la mayoría no ha conocido nunca
El calor del hogar ni han vivido siquiera.
De Las flores del mal, 1857
Traducción de Antonio Martínez Sarrión

martes, 6 de marzo de 2018

Fragmento de Mis paraísos artificiales - Francisco Umbral - España


    Eran las castañas pilongas y el regaliz de palo, eran las pipas y las alcachofas, aquella psicodelia modesta de los cacahuetes y el bebedizo negro del agua con pastillas de a perrona. Eran los alimentos terrestres, los frutos de la tierra, los paraísos perdidos y callejeros de la infancia. Las pilongas, sí, con su sabor milenario de fruto chino, con su vejez, su dulzor rancio, como venidas del regazo de las abuelas, y aquel regaliz de palo, de un sabor montaraz y acre, que había que morder y morder, que luego era en la boca un estropajo triste, ya sin dinero en los bolsillos, o el anís picante del cigarrillo, su tos primera, el humo detrás de las bardas, por no hablar ya de años de hambre, posguerras, cosas.

    Los primeros alimentos callejeros del niño malo, su mercadería menuda y sabrosa, todo aquello que vendía la señora Landelina, una universal señora Landelina, en sus chiscones de barrio, en sus tenderetes de domingo, a la puerta de los colegios, en los barrios atroces, en el suburbio estremecido de trenes distantes. Para qué seguir. La calderilla robada, las propinas escasas, esas monedas que florecen milagrosamente en los bolsillos de la infancia, inmediatamente eran un puñado de alcachofas oscuras y crujientes, un cuenco de semillas secas, raíces dulces, granos para masticar de prisa, con el hambre clandestina.

    Cómo recuperar los alimentos terrestres, los sabores primeros, aquellas donaciones modestas y breves de la tierra, su cosecha seca de presentes para una infancia que giraba entre los peones de pino, los carruseles del pasado y los astros solemnes de los cielos. Nunca más. Luego se prueban otras cosas, se viven otras vidas, pero es como si la madre tierra se hubiera secado para siempre de aquella riqueza vegetal y menor, de aquella agricultura entrañable que era la de las oscuras tribus infantiles.

    Quizá van todavía por nuestra sangre, quizá vienen de tarde en tarde a nuestra saliva los alimentos terrestres, los frutos amargos y dulces de los ocho, de los diez años, pero nunca más. Y no sabemos cómo encontrar a la señora Landelina en su chiscón para que nos llene las manos de esencias, anises, pastillas de leche de burra, regalices, pipas de gigantea.

    La gigantea, sí, aquel sol granado y terrestre, aquel planeta vegetal de largo tallo, con lumbres amarillas y estivales. Luego hemos visto una plantación de giganteas, un bosque de girasoles, y hemos vivido frente a ellos, a la orilla del mar. Pero ya no el gigantismo de la gigantea, planta que era más alta que nuestra infancia.

    El niño no se alimentaba de purés maternales y postres médicos. Alguien dijo que los libros que verdaderamente forman al muchacho son los que lee a escondidas en la copa de los árboles. Así, los alimentos terrestres que nos hicieron crecer el corazón dentro del pecho no fueron los ceregumiles ni los huevos pasados por agua, sino aquellas cosas del tenderete, y por siempre tendremos un alma de castaña pilonga, de gigantea solar. ¿Qué es eso que desde siempre nos gira ya dentro del pecho, siguiendo el curso de la luz, para morir cada noche y renacer cada mañana, qué es sino un girasol, una gigantea en la que viven todas las giganteas que nos comimos a puñados?

    Si se tiene en el alma una gigantea alta y fresca, la gigantea de la infancia, un girasol amarillo y adolescente, se es niño eternamente, se es joven, se sigue el curso natural de los astros, aunque el cuerpo vaya a sus cosas y tire por otro lado. Pero hay muchos hombres a quienes la gigantea se les ha quedado muerta -o seca y tiesa- dentro del pecho, y en seguida se lo notamos en la cara, se lo vemos en los ojos, y nos preguntamos por qué se les murió la planta, por qué la dejaron morir, quién se la ha matado. Los niños tienen un alma de girasol y de ellos será el reino de los soles. Pero qué difícil saber esto. "Cada día creo menos en la inteligencia", dice Proust. Y se refería a su propia inteligencia. Pero no hay que estar muy seguros de lo que dice, naturalmente, porque él ha hecho una de las obras más altas y sinfónicas de la inteligencia humana. Quizás, en toda su obra, sin embargo, Marcel Proust quiso ir renunciando a su inteligencia de adulto para oír sólo dentro de sí el girar suavísimo de la gigantea infantil, aquellos girasoles que le iluminaron en los lejanos veranos de la Francia atlántica.

    Federico García Lorca, en un poema adolescente, le devuelve a Dios su corazón, "que es un membrillo demasiado otoñal y está podrido", y dice que le va a pedir prestado el corazón a un amigo, un corazón de hierro de veleta. ¿Y por qué no un corazón de gigantea que gire todos los días siguiendo el curso del sol? Ignacio Aldecoa habló bellamente del corazón y otros frutos amargos. Parece que los escritores y los poetas están de acuerdo en la condición caediza y otoñal del corazón humano. Es tan difícil, sí, que la luminosa gigantea de la infancia siga alta y fresca en el pecho del hombre que dicen unidimensional.

Que nos criamos en años de hambre, que fuimos unos niños malos, que hicimos lo que no debíamos hacer. Todas esas cosas nos dicen. Ahora les dan a los niños harinas lacteadas y preparados con varios cereales. Pero nosotros, los que íbamos directamente al quiosquillo de la señora Landelina a buscar los alimentos terrestres, nos criamos con dureza de castaña pilonga, dulzor acre de regaliz de palo, pulpa de alcachofas y remolacha robada. Claro que nos daban otras cosas nuestras madres, pues buenas eran, pero uno sabe secretamente que lo que le hizo crecer y vivir fueron aquellas cosechas de cacahuetes que pasaban del cuenco de madera de la señora Landelina al cuenco rosa y sucio de nuestras manos juntas.

Leíamos Corazón, de don Edmundo el italiano, leíamos enciclopedias gloriosas, pero lo que nos hizo hombres fueron aquellos poemas "Eróticos y sentimentales" que nos estaban prohibidos, con alejandrinos carnosos que no entendíamos. Y luego Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado y otros versos secretos. ¿Por qué vienen todavía, de tarde en tarde, después de tantos años, los sabores prohibidos, los placeres y los días de entonces, la sustancia lenta y oscura de los alimentos terrestres? Es como si el niño se hubiera despertado, como si el girasol girase, como si fuera a ocurrir algo antiguo, fresco y grande, en nosotros. Pero luego no ocurre nada.

domingo, 4 de marzo de 2018

Lluvias // La lluvia - Jorge Luis Borges - Argentina / Llueve - Pablo Neruda - Chile / Los paragüas de Buenos Aires - Horacio Ferrer - Uruguay-Argentina / Lluvia - Federico García Lorca - España / Balada de otoño - Antonio Machado-Joan Manuel Serrat - España / Maldije la lluvia - Wu King - China / Lluvia - Juan Gelman - Argentina


La Lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto

Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto

Llueve

Llueve
sobre la arena, sobre el techo
el tema
de la lluvia:
las largas eles de la lluvia lenta
caen sobre las páginas
de mi amor sempiterno,
la sal de cada día:
regresa lluvia a tu nido anterior,
vuelve con tus agujas al pasado:
hoy quiero el espacio blanco,
el tiempo de papel para una rama
de rosal verde y de rosas doradas:
algo de la infinita primavera
que hoy esperaba, con el cielo abierto
y el papel esperaba,
cuando volvió la lluvia
a tocar tristemente
la ventana,
luego a bailar con furia desmedida
sobre mi corazón y sobre el techo,
reclamando
su sitio,
pidiéndome una copa
para llenarla una vez más de agujas,
de tiempo transparente,
de lágrimas.


Los paraguas de Buenos Aires

Está lloviendo en Buenos Aires, llueve,
y en los que vuelven a sus casas, pienso,
y en la función de los teatritos pobres
y en los fruteros que a lluvia besan.

Pensando en quienes ni paraguas tienen,
siento que el mío para arriba tira.
"No ha sido el viento, si no hay viento", digo,
cuando de pronto mi paraguas vuela.

Y cruza lluvias de hace mucho tiempo:
la que al final mojó tu cara triste,
la que alegró el primer abrazo nuestro,
la que llovió sin conocernos, antes.

Y desandamos tantas lluvias, tantas,
que el agua está recién nacida, ¡vamos!,
que está lloviendo para arriba, llueve,
y con los dos nuestro paraguas sube.

A tanta altura va, querida mía,
camino de un desaforado cielo
donde la lluvia en sus orillas tiene
y está el principio de los días claros.

Tan alta, el agua nos disuelve juntos
y nos convierte en uno solo, uno,
y solo uno para siempre, siempre,
en uno solo, solo, solo pienso.

Pienso en quien vuelve hacia su casa
y en la alegría del frutero
y, en fin, lloviendo en Buenos Aires sigue,
yo no he traído ni paraguas, llueve, llueve.


Lluvia

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!
Balada de otoño (Antonio Machado) - Joan Manuel Serrat


Maldije la lluvia

Maldije la lluvia, que, azotando mi techo
no me deja dormir

Maldije al viento, que me robaba las flores de
mis jardines.
Pero tu llegaste y alabé la lluvia. La alabé
cuando te quitaste la túnica empapada.
Pero tu llegaste y alabé al viento.
Lo alabé porque apagó la lámpara.


Lluvia

Hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la mujer
entra a la casa por la ventana y no por la puerta
por una puerta se entra a muchos sitios
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo
pero no al mundo
ni a una mujer
ni al alma
es decir
a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así
como hoy
que llueve mucho
y me cuesta escribir la palabra amor
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran
y cuándo
y cómo
pero el alma qué puede explicar
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca
palabras que naufragan
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá
como el silencio que hay entre dos rosas
o como yo
que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia
a la lluvia
a mi corazón desterrado
Juan Gelman

A sugerencia de Gatopardo incluiremos la extraordinaria versión que Bill Evans hizo del bolero Esta tarde vi llover, de Armando Manzanero:
Yesterday I Heard the Rain (Esta tarde vi llover) (Armando Manzanero) - Bill Evans

viernes, 2 de marzo de 2018

Invitación al viaje - Eduardo García - España


Lo más urgente es encontrar
un charco de agua clara
en donde se reflejen nuestros rasgos.

Una vez comprobada la suma transparencia,
su textura de imagen tocada por la gracia,
conviene aproximarse con sigilo
para no despertar sospecha alguna.

Observando la orilla
con la mirada limpia de temor
es preciso entregar el alma en la tarea
de vislumbrar el límite del agua,
la piel en que reposa.

Se despegan entonces los bordes con cuidado
empujando hacia arriba con una mano en tierra.
Cuando el charco esté listo bastará incorporarse,
dar un tirón en seco, vertical,
para abrir la trampilla de las aguas.

Para evitar intrusos
hay que dejar caer durante el salto
con delicada precisión
el charco en su abertura.

Nada impide al viajero
fugarse por el hueco hacia otra parte.