Chet Baker - Like Someone In Love

martes, 12 de marzo de 2013

Los pícaros/ 8 - Vida del escudero Marcos de Obregón (fragmento) - Epístola al marqués de Peñafiel (fragmento) - Vicente Espinel - España


LIBRO PRIMERO
RELACIÓN PRIMERA DE LA VIDA DEL ESCUDERO MARCOS DE OBREGÓN

Descanso X
    Fuimos caminando con el arriero, la mitad del camino al pie de la letra, y la otra como tercios de pescado cuando al arriero se le antojaba, que era mozo tesezuelo* de condición, desapacible, enseñado a perder el respeto a los estudiantes novatos. Y así nos quiso hacer una burla en un pueblo pequeño, y en parte la hizo, lo uno por llevar sus mulos descansados y lo otro porque pensó, quedándose solo, derribar la fortaleza de una mujercita de buena gracia que iba en nuestra compañía, destituyéndola del arrimo y apoyo que llevaba con cierto oficial que se había de casar con ella.  
    Fingió que le habían hurtado un zurrón de dineros, y que la justicia venía a prendernos a todos para darnos tormento hasta averiguar quién lo tenía. Y junto con esto juró que nos había de dejar en la cárcel y caminar con los mulos lo más que pudiese, que para muchachos sin experiencia, cualquiera temor de estos bastaba. Creímoslo como si fuera verdad averiguada, y encareciólo de manera que nos hizo andar toda aquella noche -tras lo que habíamos caminado el día antes- cinco o seis leguas, y no caminando, sino huyendo por dehesas y montañas, fuera de camino, sin guía que nos pudiese alumbrar por donde íbamos, y él se quedó riendo, importunando con requiebros y mal lenguaje a la pobre mujer, sola y sin defensa. Pero no le sucedió como pensaba, porque el ruido que él había hecho había sido por medio de un alguacilejo amigo suyo; y la mujer, como valerosa, después de haberse defendido de la violencia que con ella quiso usar, tuvo modo cómo escabullirse de él, y yéndose al alcalde, le dijo con grandísima acción de palabra y sentimiento que aquel arriero había hecho una estratagema y maraña muy perniciosa, por aprovecharse de ella y quitarle el remedio que consigo traía. Creyólo el buen hombre, así por conocer la desvergüenza y mal trato del arriero como por atajar el daño que a la pobre mujer le podía suceder; y afeándole este caso y la inhumanidad que había usado con los estudiantes, le mandó que diese fianzas que llevaría muy regalada a la mujer sin hacerle agravio ni ofensa, y que no le castigaba muy gravemente por no desviar la jornada a los estudiantes; y amonestóle que mirase cómo procedía, porque le castigaría con todo rigor, sin tener respeto a cosa alguna, si por el camino iba haciendo insolencias; y mandóle con esto que se aviase muy de mañana para recoger a los cansados y hambrientos estudiantes. 
    ¡Oh arrieros, impía gente y sin caridad! ¡Crueles contra su misma naturaleza! No conocen a nadie más de en cuanto le están quitando el dinero. Y así los castiga Dios, porque tienen muchas posadas y pocos amigos. Todos los géneros de gente aman la piedad, si no son estos. El día que no hacen alguna burla a los caminantes, no están en sí. Tratan con bestias, y así se van convirtiendo en su naturaleza. No se ha visto que llevando bestias vacías aliviasen del trabajo y cansancio del camino a algún miserable; parece que les falta el uso de la razón natural como a éste, que no pudiera uno de ley contraria usar con nosotros más exorbitante bellaquería que hacernos huir de noche, cansados de haber caminado el día antes, sin más ocasión de cometer dos enormes maldades. 
    Íbamos huyendo y por no ser sentidos, yendo en tropa, dividimos cada cual por donde mejor le pareció. Yo seguí una media vereda, que estaba bien cubierta de árboles; hice cuanto pude de mi parte por no quedarme más atrás de los otros, pero mi cansancio era de modo que en poco espacio a ninguno de todos sentía. Puse el oído en la tierra, que de este modo se oyen mejor los pasos aunque estén algo lejos: no sentía cosa que me hiciese compañía. Traspúseme un poco y luego dime prisa a andar, volviéndome hacia atrás, pensando que iba adelante; y así cuanto más andaba y me apresuraba, menos esperanza tenía de alcanzar los compañeros. Hacia las espaldas me parecía que oía perros ladrar algo lejos, que como los compañeros iban aprisa alteraban estos animalejos. Como no estaba ejercitado en caminos, y el día antes se había trabajado en eso, el sueño -como descanso general de todos los miembros- solicitaba sus horas diputadas, y no pudiendo ya más conmigo, rendíme al cansancio y al sueño.
[...]
Vicente Espinel
* Tesezuelo: resuelto.

    Vicente Espinel nació en Ronda (Málaga) en 1550. Fue un excelente músico, poeta y prosista, amigo de los Argensola, Luis de Góngora, Cervantes, Lope de Vega..., que le admiraban. Cervantes le alabó con entusiasmo varias veces, una de ellas en el Canto a Calipso del Viaje del Parnaso (1614). Lope de Vega -en su Laurel de Apolo- le califica de "único poeta latino y castellano de estos tiempos"; y en su dedicatoria de El caballero de Illescas, dice a Espinel que el bello arte "no olvidará jamás en los instrumentos el arte y la dulzura de vuesa merced"; y en la dedicatoria a Marta de Nevares de La viuda valenciana, al ponderar la voz y la destreza musical de su amante, dice que, oyéndola, "el padre de la música, Vicente Espinel, se suspendería atónito".
    En efecto, Espinel ha quedado en el mundo de la música como el introductor de la quinta cuerda en la vihuela (el mi agudo, o prima), que transformó el instrumento y desde entonces tomó el nombre de guitarra española. La sexta cuerda se añadiría más tarde.

    En poesía, es el inventor de la décima llamada espinela en su honor. Antes de él la décima se componía de dos quintillas diferentes entre sí; la espinela consta de dos estrofas de cuatro versos octosílabos -consonantes primero y cuarto, y segundo y tercero-, entre los que se introducen dos versos octosílabos, auxiliares del pensamiento, para ligar entre sí la tesis y la conclusión; estos dos versos riman el primero con el cuarto y el segundo con el séptimo.
    Pero su máxima gloria literaria la debe Espinel a su libro novelesco Vida del escudero Marcos de Obregón (Madrid, 1618), del género picaresco. [...] Marcos de Obregón tiene no poco de autobiografía de Espinel. Y es una novela extraordinaria pletórica de lances curiosos, de anécdotas deliciosas, de felices rasgos de ingenio, tan realista, natural y amena -y bien distinta de ellas- como lo son el Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, El buscón. Algunos caracteres del Marcos de Obregón, como los del doctor Sagredo y la parlanchina y malhumorada doña Mergelina, compiten con los más geniales de Molière. (FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES)

Fragmento de la epístola que Espinel escribió a su amigo Juan Téllez Girón, marqués de Peñafiel:

      La destemplanza de este invierno frío,
y entre riscos el levante y cierzo,
encogerán al más lozano brío.
      Estoy cual sapo o soterrado escuerzo,
cual el lagarto o rígida culebra,
la cerviz corva, sin valor, ni esfuerzo.
      Voy a escribir y el brazo se me quiebra:
si quiero asir el hilo antiguo roto,
tiembla la mano al enhilar la hebra.
      Ya, gallardo marqués, estoy remoto
de mí: que la inclemencia de este cielo
tiene el ingenio remontado y boto.
      Dicen algunos que antes este suelo,
por la extrañeza de estos altos riscos,
dará ocasión bastante al dios de Delo.
      ¡Mirad qué gusto ofrecerán lentiscos,
chaparros y torcidas cornicabras
entre enconosos, fieros basiliscos!
      Que aquí todo el lenguaje y las palabras
es cochinos, bellota, ovejas, roña;
cultivar huertas y ordeñar las cabras;
      si crece el pan; si el alcacel retoña;
si Abbu-Hassen promete viento o lluvia
y todo el resto es vértigo y ponzoña...

sábado, 9 de marzo de 2013

Literatura satírica y burlesca/ 22 - El diablo cojuelo - Luis Vélez de Guevara - España

   
    Luis Vélez de Guevara nació -1579- en Écija y murió -1644- en Madrid. Y su vida nada tuvo que envidiar a la turbulentísima y variadísima de su maestro Lope de Vega. Monaguillo, bachiller en Arte por la Universidad de Osuna, paje, soldado, abogado, secretario y alcahuete de nobles señores, pedigüeño, caradura, gorrón, bufón y ujier de cámara, espadachín, dramaturgo afortunado y fecundo, enamorado a perpetuidad, cuatro veces casado, padre de numerosos hijos legítimos y bastardos...
    Cervantes dice de él en El viaje del Parnaso:

Este, que es escogido entre millares
de Guevara Luis Vélez es el bravo,
que se puede llamar quitapesares.
Es poeta gigante, en quien alabo
el verso numeroso, el peregrino
ingenio, si un Gnatón nos pinta, o un Dabo.

    Y Lope, en La Filomela:

... Y el famoso Luis Vélez que tenía
en éxtasis las Musas, que a sus labios
iban por dulce néctar y ambrosía.

    Quevedo, en La Perinola, aconseja a Montalbán que deje "las comedias a Lope, a Luis Vélez, a don Pedro Calderón..." [...]
    De Vélez, que escribió cerca de cuatrocientas comedias, sólo nos quedan un centenar; de las cuales no hay colección antigua completa, estando impresas, la mayor parte de ellas, en colecciones generales de diversos autores.
    El diablo cojuelo -impresa en Madrid, 1641- es una novela que tiene mucho de satírica y bastante de picaresca. Está dividida en trancos, en vez de en capítulos, y sus antecedentes están, quizás, en Los Sueños de Quevedo -cuyo conceptismo imita Vélez- y en Los anteojos de mejor vista, de Rodrigo Fernández de Ribera. Desde su aparición no hizo sino aumentar su éxito. [...]
    En El diablo cojuelo no se trata, en verdad, de las aventuras de un pícaro, sino de los cuadros que un estudiante contempla en los lugares públicos y en el interior de los hogares, cuando las familias están en el abandono de la vida íntima. Auxiliado por un diablejo, el estudiante don Cleofás Leandro Pérez Zambullo -quien, huyendo de la justicia y habiendo penetrado en la buhardilla de un astrólogo que tenía encantado en una redoma al diablo de marras, diole la libertad-, marchan juntos a la torre del Salvador y, desde allí, por artes diabólicas, son levantados los techos de las viviendas en las que han de fisgar. En opinión del gran hispanista Ticknor, "es la más picante y animada entre todas las sátiras en prosa de la literatura moderna". FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES


PRÓLOGO A LOS MOSQUETEROS1 DE LA COMEDIA DE MADRID

    Gracias a Dios, mosqueteros míos o vuestros, jueces de los aplausos, cómicos por la costumbre y mal abuso, que una vez tomaré la pluma sin el miedo de vuestros silbos, pues este discurso del Diablo Cojuelo nace a luz, concebido sin teatro original, fuera de vuestra juridición, que aun del riesgo de la censura de leello está privilegiado por vuestra naturaleza, pues casi ninguno de vosotros sabe deletrear: que nacistes para número de los demás y para pescados de los estanques de los corrales, esperando, las bocas abiertas, el golpe del concepto por el oído y por la manotada del cómico y no por el ingenio. Allá os lo habed con vosotros mismos, que sois corchetes de la Fortuna, dando las más veces premio a lo que aun no merece oídos y abatís lo que merece estar sobre las estrellas; pero no se me da de vosotros dos caracoles: hágame Dios bien con mi prosa entretanto que otros fluctúan por las maretas de vuestros aplausos, de quien nos libre Dios por su infinita misericordia. Amén, Jesús.


CARTA DE RECOMENDACIÓN AL CÁNDIDO O MORENO LECTOR

    Lector amigo: yo he escrito este discurso, que no me he atrevido a llamarle libro, pasándome de la jineta de los consonantes a la brida de la prosa en las vacantes que me han dado las despensas de mi familia y los autores de las comedias por su Majestad;2 y como es EL DIABLO COJUELO, no lo reparto en capítulos, sino en trancos. Suplícote que los des en leyenda,3 porque tendrás menos que censurarme y yo que agradecerte. Y por no ser para más, ceso, y no de rogar a Dios que me conserve en tu gracia.
    De Madrid, a los que fueren entonces del mes y del año, y tal y tal y tal.
EL AUTOR Y EL TEXTO


TRANCO PRIMERO

    Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto, hora menguada para las calles y, por faltar la luna, juridición y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El Prado boqueaba coches en la última jornada de su paseo, y en los baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de la arena que limpios del agua, decían el Ite, río es,4 cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos, caballero huracán y encrucijada de apellidos, galán de noviciado y estudiante de profesión, con un broquel y una espada, aprendía a gato por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia, que le venía a los alcances por un estupro que no lo había comido ni bebido, que en el pleito de acreedores de una doncella al uso estaba graduado en el lugar veintidoseno, pretendiendo que el pobre licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado; y como solicitaba escaparse del "para en uno son" -sentencia definitiva del cura de la parroquia y auto que no lo revoca si no es el vicario Responso, juez de la otra vida-, no difilcultó arrojarse desde el ala del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buarda de otro que estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los pies y la boca a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales naufragios y dejando burlados los ministros del agarro y los honrados pensamientos de mi señora doña Tomasa de Bitigudiño, doncella chanflona5 que se pasaba de noche como cuarto falso, que para que surtiese efecto su bellaquería había cometido otro estelionato6 más con el capitán de los jinetes a gatas que corrían las costas de aquellos tejados en su demanda y volvían corridos de que se les hubiese escapado aquel bajel de capa y espada que llevaba cuativa la honra de aquella señora mohatrera7 de doncellazgos, que juraba entre sí tomar satisfacción deste desaire en otro inocente, chapetón8 de embustes doncelliles, fiada en una madre que ella llamaba tía, liga donde había caído tanto pájaro forastero.
    A estas horas, el Estudiante, no creyendo su buen suceso y deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí,9 admiraba la región donde había arribado por las estranjeras estravagancias de que estaba adornada la tal espelunca,10 cuyo avariento farol era un candil de garabato que descubría sobre una mesa antigua de cadena papeles infinitos mal compuestos y desordenados escritos de caracteres matemáticos, unas efemérides abiertas, dos esferas y algunos compases y cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más abajo algún astrólogo dueño de aquella confusa oficina y embustera ciencia; y llegándose don Cleofás curiosamente, como quien profesaba letras y era algo inclinado a aquella profesión, a revolver los trastos astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos que, pareciéndole imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la atención, papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico; escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no era engaño de la fantasía, sino verdad que se había venido a los oídos, dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente: "¿Quién diablos suspira aquí?", respondiéndole al mismo tiempo una voz entre humana y estranjera:
    -Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma, a donde me tiene preso este astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta de la mágica negra y es mi alcaide dos años habrá.
    -Luego, ¿familiar eres? -dijo el Estudiante.
    -Harto me holgara yo -respondieron de la redoma- que entrara uno de la Santa Inquisición, para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí desta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque este a cuyos conjuros estoy asistiendo me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del infierno.
    Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le dijo:
    -¿Eres demonio plebeyo o de los de nombre?
    -Y de gran nombre -le repitió el vidrio endemoniado-, y el más celebrado en entrambos mundos.
    -¿Eres Lucifer? -le repitió don Cleofás.
    -Ese es demonio de dueñas y escuderos -le respondió la voz.
    -¿Eres Satanás? -prosiguió el Estudiante.
   -Ese es demonio de sastres y carniceros -volvió la voz a repetille.
    -¿Eres Bercebú? -volvió a preguntalle don Cleofás.
    Y la voz a respondelle:
    -Ese es demonio de tahúres, amancebados y carreteros.
   -¿Eres Barrabás, Belial, Astarot? -finalmente le dijo el Estudiante.
   -Esos son demonios de mayores ocupaciones -le respondió la voz-: demonio más que menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra; yo truje al mundo la zarabanda, el déligo, la chacona, el bullicuzcuz, las cosquillas de la capona, el guiriguirigay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado;11 yo inventé las pandorgas,12 las jácaras,13 las papalatas, los comos,14 las mortecinas, los títeres, los volatines, los saltambancos, los maesecorales15 y, al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo.
    -Con decir eso -dijo el Estudiante- hubiéramos ahorrado lo demás: vuesa merced me conozca por su servidor, que hay muchos días que le deseaba conocer. Pero ¿no me dirá, señor Diablo Cojuelo, por qué le pusieron este nombre a diferencia de los demás, habiendo todos caído desde tan alto que pudieran quedar todos de la misma suerte y con el mismo apellido?
    -Yo, señor don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, que ya le sé el suyo, o los suyos -dijo el Cojuelo-, porque hemos sido vecinos por esa dama que galanteaba y por quien le ha corrido la justicia esta noche, y de quien después le contaré maravillas, me llamo desta manera porque fui el primero de los que se levantaron en el rebelión celestial y de los que cayeron y todo; y como los demás dieron sobre mí, me estropearon, y ansí quedé más que todo señalado de la mano de Dios y de los pies de todos los diablos y con este sobrenombre; mas no por eso menos ágil para todas las facciones que se ofrecen en los países bajos, en cuyas impresas nunca me he quedado atrás, antes me he adelantado a todos: que, camino del infierno, tanto anda el cojo como el viento; aunque nunca he estado más sin reputación que ahora en poder deste vinagre, a quien por trato16 me entregaron mis propios compañeros, porque los traía al retortero a todos, como dice el refrán de Castilla, y cada momento a los más agudos les daba gato por demonio. Sácame de este Argel de vidrio, que yo te pagaré el rescate en muchos gustos, a fe de demonio, porque me precio de amigo de mi amigo, con mis tachas buenas y malas.
    -¿Cómo quieres -dijo don Cleofás, mudando la cortesía con la familiaridad en la conversación- que yo haga lo que tú no puedes, siendo demonio tan mañoso?
    -A mí no me hes concedido -dijo el Espíritu-, y a ti sí, por ser hombre con el previlegio del baptismo y libre del poder de los conjuros, con quien han hecho pacto los príncipes de la Guinea infernal. Toma un cuadrante de ésos y haz pedazos esta redoma, que luego en derramándome me verás visible y palpable.
    No fue escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el Espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico jigote del vaso, inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que se conservaba el tal Diablillo; y volviendo los ojos al suelo, vio en él un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas, sembrado de chichones mayores de marca, calabacino de testa y badea de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos, que no tenían más muela ni diente los desiertos de las encías, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Hircania; los pelos de su nacimiento, ralos, uno aquí y otro allí, a fuer de los espárragos, legumbre tan enemiga de la compañía, que si no es para venderlos en manojos no se juntan. Bien hayan los berros, que nacen unos entrepernados con otros, como vecindades de la Corte, perdone la malicia de la comparación.
    Asco le dio a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para salir del desván, ratonera del Astrólogo en que había caído huyendo de los gatos que le siguieron -salvo el guante a la metáfora-, y asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole: "Vamos, don Cleofás, que quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo", salieron los dos por la buarda como si los dispararan de un tiro de artillería, no parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San Salvador, mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la una -hora que tocaba a recoger el mundo poco a poco al descanso del sueño; treguas que dan los cuidados a la vida, siendo común el silencio a las fieras y a los hombres; medida que a todos hace iguales; habiendo una priesa notable a quitarse zapatos y medias, calzones y jubones, basquiñas,17 verdugados,18 guardainfantes,19 polleras, enaguas y guardapies, para acostarse hombres y mujeres, quedando las humanidades menos mesuradas y volviéndose a los primeros originales, que comenzaron el mundo horros de todas estas baratijas-, y engestándose al camarada, el Cojuelo le dijo:
    -Don Cleofás, desde esta picota de las nubes, que es el lugar más eminente de Madrid, malaño para Menipo en los diálogos de Luciano, te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta Babilonia española, que en la confusión fue esotra con ella segunda deste nombre.
    Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo hojaldrado, se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fue de capas y gorras.
1 Los equivalentes a quienes hoy forman la "claque".
2 Empresarios.
3 Lectura.
4 Se acabó el río.
5 Tosca, grosera, mal formada.
6 Fraude o engaño en los contratos.
7 Vendedora de lo que carecía.
8 Novato.
9 Buhardilla.
10 Cueva, gruta, concavidad tenebrosa.
11 Bailes populares.
12 Música ruidosa.
13 Cantares de rufianes.
14 Burlas
15 Prestidigitadores
16 Traición.
17 Faldas.
18 Vestidura que se ponía debajo de las basquiñas.
19 Molde de alambre sobre el cual se ponían las faldas.

miércoles, 6 de marzo de 2013

A la hora del yantar - José Calderón Escalada, "El Duende de Campoo" - España


    Un lunes de mucho mercado en Reinosa y a la hora de comer se juntaron a la puerta de la casa de Quiterio, en las inmediaciones de la Plaza de Abastos, un aldeano que por el habla y atuendo parecía de Bustasur o Malataja, alto y desgarbado, recio de pisada y manchado de barro hasta más arriba de las corvas; la mujer de éste, bajita, repolluda y charlatana, y el chico mayor de ambos, un rapaz encanijado de doce o trece años, de mirada asustadiza, muy enmarañado de pelo, bajuco de color, con los brazos muy largos para las mangas, o las mangas muy cortas para los brazos, de pantalón estrecho y a media pierna, bufanda vieja enroscada al pescuezo y en los pies unas albarcas pesqueranas con los clavos gastados y sonido de rotas, pese a los arcos y hojalatas con que se las había remendado su padre.
    La casa de comidas era un hervidero de gente a tales horas: campurrianos que habían vendido patatas y gorrines, vallucos al ojeo de una pareja de novillos y gentes de Carabeos y Valdeolea que tenían en la plaza un saco de nabos o media carga de yeros, de habucos o de cebada; y que haciendo por la vida, como dicen ellos, se engullían con excelente apetito y las prisas que traen los muchos quehaceres, buenas raciones de cordero asado y platos encogollados de callos picantes y asadura frita, a fuerza de pan blanco y de manchegas de vino.
   Alzábanse de la mesa unos vallucos cuando entraban por la puerta los riconchanos, apresurándose éstos a ocupar el sitio que dejaban los otros, sin esperar a que la fámula, una mozona de Aradillos o Fontecha contratada para los lunes de mercado, pasara un trapo por el sucio tablero de la mesa ¿Para qué?
    El hueco vacío estaba en el centro del largo tablero y, como no era cosa de molestar a los señores de uno y otro extremo de la mesa, pasó nuestro hombre por encima de ella, con aijada y todo, a ocupar el asiento de junto a la pared, posando su zapato embarrado donde momentos después había de poner el pan, rebulléndose un poco para hacer sitio al rapaz, que dobló los riñones y se coló, sin tropezar, por debajo de la mesa; porque el asiento de afuera lo quería él para la su mujer, que lo necesitaba muy ancho si había de alojar en él la cesta grande de las dos tapas, amén de sus orondas posaderas.
    No se habían visto en toda la mañana, y aprovecharon aquel ratuco de la comida para contarse uno al otro los encargos que llevaban hechos y los que les quedaban por hacer. Todo ello, claro es, sin perder bocado y sin que el interés de la conversación alargara un punto el tiempo destinado a satisfacer la prosaica necesidad. Porque aquel pan blanco, mojado en la pringue de los callos o en el vino de la jarra, entraba solo, casi sin tropezar.
    -Te diré, Frasia, que las patatas ya las vendí. Muy rogamente, eso sí; que toa la mañana me he llevau detrás del patateru pa que hiciera con ellas. Y no es eso lo pior, sino que me las ha llevao en media perra menos que el otru lunes.
    -¿A cómo las echastes, a lo último?
    -¿No te digo, mujer, que media perra menos que el otru lunes? A tres riales, menos perra chica.
    -Pos, otra vez será más; y que Dios mos dé salú.
    -A ver tú, Juanucu -dijo el buen hombre volviéndose hacia el rapaz, que no quitaba ojo de las tajadas del plato, pero que no metía baza en él hasta que por riguroso turno le correspondía-, ¿cuántos duros tien que dame el patateru por las patatas vendías?
    -¿Cuántas son ellas? -respondió al punto el rapaz, arrancando un casco de yeso de la pared y barriendo un trozo de mesa con la manga para hacer allí la cuenta.
   -Pos son seis costales, que en junto pesan sesenta y dos arrobas y media.
    -Y, ¿a cómo cada arroba?
    -¿No acabas de oír que a tres riales menos perra chica?
  -¡Releñe! Si fueran arrobas justas y riales justos, en un santiamén se lo sacaba; pero esas medias... ¿que hago yo con ellas?
    -Dejalas a un lau hasta que saques las enteras; ya golverás por ellas después.
    El rapaz llenó el tablero de números, los borró con la manga, los volvió a hacer..., los volvió a borrar..., y no supo desenredarse de aquel lío.
   -El muchachu es listu como el hambre -decía de reojo a su mujer el riconchano-, ya me lo tien dicho el maestro bien de veces; pero, claro, le falta la esperencia de los años. Déjalo, déjalo, no te calientes la cabeza -añadió vuelto hacia el rapaz-, ya sacaremos la cuenta yo y el patateru, aunque sea contando con los deos.
   -Bueno, ¿qué habís hecho vusotros?
  -Juimos, lo primero, en ca del abogauMos dijeron que entavía no se había levantau. ¡Ya ves qué madrugás echa el buen señor! ¡Bien se conoz que no tien gallu que le despierte dos horas antes del amanecer, como a nusotros el nuestru!
   -¡Quitá allá, mujer, eso aquí no se estila!
   -Conque, mientras llegaba la hora de golver a la visita, juime de compras con el muchachu y, con el dinero de los güevos, merqué las tres varas de tela pa la blusa, la pana pa remendar los pantalones tuyos y tos los avíos del matancíu, que aquí traigo en la cesta. Hecho esto, se llegó la hora y vuelta otra vez en ca del abogau.
    -¿Y qué, qué tal se puso la cosa?
   -El hombre tan parcial y tan bien hablau como siempre. ¡Qué explicativa tien el buen señor!
    -Como tol que tiene estudios, mujer. ¿Y qué dijo?
   -Que lo de parale los pies al que se ha empeñau en sacar servidumbre por donde no la tien, es cosa de pensalo muchu porque la cosa a su ver tien sus más y sus menos. Que lo que podíamos hacer era plantale un interdito; pero que tampoco lo ve mu claro el hombre; y que te podías tarazar los deos en la puerta. Yo le dije que me lo pusiera to en un papelucupa que no se me olvidara; y aquí lo traigo. Un duru me sopló por apuntar esos cuatro renglonucos. Ten.
    -El casu es que así, sin los antiojos, no veo una letra. A ver tú, Juanucu, a ver si me sacas de esti apuru.
  -¡Releñe! ¿Cómo quier que lea yo esto, si aquí toas las letras paecen iguales y están estirás y tan seguías que no se sabe aonde empiezan las palabras ni aonde terminan? ¡Esto no hay quien lo entienda!
   -¡Esta sí que es buena! Pos habrá que dirotru abogau pa que mos lea lo que esti escribió.
   -¡Sí, hiju, sí! ¡Pa que me sople otru duru! -protestó la airada consorte- No quiero más cuentos con los abogaos, que mos van chumpando la sangre sin qué ni para qué. Que se quede la servidumbre en tal estau y que mos pise la finca tol que le dé la gana. Mucha parcialidámuchu aquel, mientras te rascan los cuartos, y después...
    -¿Qué te queda que hacer ahora?
    -Mientras entregas las patatas y las cobras, dir en ca la sastra con el muchachu a que le tome medía pa unos pantalones; y a encargarla muchu que se los saque bien cumplíos por si da esti añu el estirón.
   -¿No le ha de dar, mujer? Una cuarta ha de crecer más o menos, como le entren bien las berzas y el tocinu.
    El rapaz, sin levantar los ojos del plato, muy esponjado por el dicho de su padre, se daba prisa a rebañar la pringue de los callos con los restos del último mendrugo, como queriendo que empezara a cumplirse entonces mismo la profecía del estirón.
   Y como al acabarse el tema de la conversación se había acabado también el apetitoso condumio y nada les quedaba que hacer allí, salieron por donde habían entrado, dejando como muestra de su paso un emplasto de barro en el sitio exacto donde habían posado el pan; y donde lo posarían de seguro los que, para sentarse, esperaban rato hacía a que terminaran y se fueran.

José Calderón Escalada, "El Duende de Campoo"

   Dedicado especialmente a los campurrianos, riconchanos, vallucos y demás personajes que pueblan estos andurriales del sur de Cantabria y que siguen viniendo los lunes al mercado de Reinosa y a realizar sus "gestiones".

domingo, 3 de marzo de 2013

El desnieve - José Calderón Escalada, "El Duende de Campoo" - España


    La giraldilla de la torre apunta con su flecha de hierro hacia el Sur. La barrena ingente de elevadísima montaña no logra contener el ímpetu de los pardos nubarrones, que vuelan sobre ellas en alas potentes y ligeras de un viento huracanado. La nieve de los glaciales se deshace rápidamente; es un arroyo cada sendero del monte, y el hilo de agua de los regajales, que se mueren de sed en el estío, se ha convertido en torrente vocinglero y avasallador. Inundáronse los ansares; de los altos taludes de las hoces se desprenden con la nieve grandes masas de tierra y piedra, que los turbiones arrastran hasta lo llano de la vega. Rásganse a intervalos los vellones grises de las nieblas en las asperezas de los picachos, dejando entrever un jirón de cielo de un azul pálido, dando paso a un haz de rayos mortecinos, que hacen brillar por un momento las gotas de las reciente llovizna, como perlas engastadas en las briznas de la pradera.

    Siguen avanzando las nieblas; encapotándose más el cielo; la cerrazón del horizonte se hace más espesa, sopla el ábrego con menos intensidad, y comienza una lluvia mansa, menuda, persistente, que cala hasta los huesos.

    Un viejo experimentado, con fama en la comarca de algunos conocimientos astronómicos, ha salido al hastial, desafiando el aguacero, a observar las per­turbaciones atmosféricas y, de vuelta a la cocina, pro­nuncia ante su mujer, que no aparta la vista de la la­bor que tiene entre manos, este dictamen: “Quedan las témporas de arriba y no habrá que temer más nie­ve este año. Las nieblas de la Colladía se han juntao a las de la Garganta y juntas bajan de vez en cuando a beber en el río grande. En resumías cuentas: Temporal pa largo, primavera húmeda, mucha hierba y güen verano”.

    Es día de mercado en la villa, y las mujerucas de los pueblos, que pasaron la mañana regateando en los puestos de la plaza y en las tiendas de los pasiegos, viéndolo y manoseándolo todo para comprar muy poca cosa, visto el mal cariz del tiempo, la abandonaron pronto, para retomar a sus hogares, capeando el temporal cada quien a su manera y según los medios de que disponía.

    Un grupo de ellas, en larga caravana y a lomos de pacientísimos borricos, con la cesta al brazo, bien repleta de cosas heterogéneas, cubierta la cabeza con la saya tosca salida hace veinte años de los telares de esta tierra, haciendo paso a los jinetes que, envueltos de pies a cabeza en sus largos capuchones, inclinando el busto para defenderse de la lluvia que azota la cara, pasan de largo al trote ligero de sus tordillos y siguiendo de cerca a la enraberá de carros, que pronto dejan atrás, por haberse parado estos a la puerta de la taberna.

    -Mujer, ¿supiste al cabu si bajó la Goyanta con lo poco que quedó de la mercancía?
    -Ayer en cuenta de venir estaba.
   -Conmigo y con Sidora salió esta mañana; pero, como hizo tortilla al salir de casa... ¿no sabes?
    -No sé na.
    -¡Hijuca, lo que te hubías reío, si estás allí!
    -Pos, ¿qué fue ellu?
    -Que con la helá anoche estaban como un cristal las pozas de la corralá. Hacíaseme que tardaba muchu y cuando fui a llamala, díjele, mientras que ella volvía la puerta pa fuera: "mire onde pisa, tía Goya, que está to mu helao". Hijuca, si bien se lo dije, mejor salió ello. No habíamos andao cuatro pasos, cuando ¡rus! la mi Goyanta esternía en el hielu, los güevos saltando del cuévanu por encima de la cabeza, y ella gritando con rabia mientras se levantaba: ¡Ya se fueron a la po­rra los mis güevos!
    -¡Mujer!
    -Hijuca, lo mismo que te lo cuento. Pos mira, después de ha salío ganando, por que se libró de la mojadura que le esperaba hoy.
    -Razón tienes; que ni un hilu secu llevamos ya.

    Y era la pura verdad. El temporal iba arreciando por momentos; el viento soplaba con fuerza cada vez mayor; quedaba poca nieve en las alturas y bajaban los ríos que metía miedo.
1957
José Calderón Escalada, "El Duende de Campoo"

Agradecemos a José L. López el recuerdo al Duende de Campoo en su Página alternativa de Reinosa y Campoo.

viernes, 1 de marzo de 2013

Fábulas/ 2 - El zapatero y el banquero - Jean de La Fontaine - Francia


Le Savetier et le Financier

Un Savetier chantait du matin jusqu'au soir:
C'était merveilles de le voir,
Merveilles de l'ouïr; il faisait des passages,
Plus content qu'aucun des sept sages.
Son voisin au contraire, étant tout cousu d'or,
Chantait peu, dormait moins encor.
C'était un homme de finance.
Si sur le point du jour parfois il sommeillait,
Le Savetier alors en chantant l'éveillait,
Et le Financier se plaignait,
Que les soins de la Providence
N'eussent pas au marché fait vendre le dormir,
Comme le manger et le boire.
En son hôtel il fait venir
Le chanteur, et lui dit: Or çà, sire Grégoire,
Que gagnez-vous par an? - Par an? Ma foi, Monsieur,
Dit avec un ton de rieur,
Le gaillard Savetier, ce n'est point ma manière
De compter de la sorte; et je n'entasse guère
Un jour sur l'autre: il suffit qu'à la fin
J'attrape le bout de l'année:
Chaque jour amène son pain.
- Eh bien que gagnez-vous, dites-moi, par journée?
- Tantôt plus, tantôt moins: le mal est que toujours;
Et sans cela nos gains seraient assez honnêtes,
Le mal est que dans l'an s'entremêlent des jours
Qu'il faut chommer; on nous ruine en Fêtes.
L'une fait tort à l'autre; et Monsieur le Curé
De quelque nouveau Saint charge toujours son prône.
Le Financier riant de sa naïveté
Lui dit: Je vous veux mettre aujourd'hui sur le trône.
Prenez ces cent écus: gardez-les avec soin,
Pour vous en servir au besoin.
Le Savetier crut voir tout l'argent que la terre
Avait depuis plus de cent ans
Produit pour l'usage des gens.
Il retourne chez lui: dans sa cave il enserre
L'argent et sa joie à la fois.
Plus de chant; il perdit la voix
Du moment qu'il gagna ce qui cause nos peines.
Le sommeil quitta son logis,
Il eut pour hôtes les soucis,
Les soupçons, les alarmes vaines.
Tout le jour il avait l'oeil au guet; Et la nuit,
Si quelque chat faisait du bruit,
Le chat prenait l'argent: A la fin le pauvre homme
S'en courut chez celui qu'il ne réveillait plus!
Rendez-moi, lui dit-il, mes chansons et mon somme,
Et reprenez vos cent écus.


El zapatero y el banquero

Desde el alba a la noche
cantaba un zapatero a troche y moche;
y era una maravilla
el verle y el oírle,
el cuero machacando en pobre silla, 
contento como aquel que el bien aprecia, 
más que los siete sabios de la Grecia.
Su vecino, un banquero, 
era al revés, porque cantaba poco, 
durmiendo mucho menos que el artista; 
y cuando al alba el sueño conciliaba, 
la voz del zapatero 
en sus cansados ojos lo ahuyentaba;
y un cargo hacía a Dios, que no dispuso
que el sueño se vendiera
como el pan y otras cosas que hay en uso. 
Un día al remendón llamó a su casa:
- Vamos a ver -le dijo-: ¿Cuánto ganas al año? 
El zapatero, sonriendo sin tasa, 
contestó: - Yo, señor, no hago esas cuentas, 
que son largas a fe; no acertaría; 
me basta que a la noche 
haya ganado el pan de cada día. 
- ¿Qué es lo que ganas, dime, en la jornada?
- Más o menos, según; hay muchas fiestas 
en que es preciso descansar y, al cabo, 
son para mi bolsillo muy molestas.
Reíase el banquero 
oyendo a su vecino el zapatero,
y sacó de la caja cien ducados,
que le entregó, diciendo:
- Guárdalos con cuidado 
para remunerarte lo que pierdas.
Absorto el remendón y entusiasmado, 
creyendo que veía 
en su poder cuanto la tierra cría, 
los soterró en la cueva de su casa,
y soterró también su regocijo,
porque ya no cantaba,
a un afán entregado tan prolijo.
Perdió asimismo el sueño,
descuidando el trabajo
por cuidar del tesoro con empeño;
crecían sus sospechas, sus alarmas;
cualquier rumor nocturno
lo convertía en viles intenciones
de avarientos ladrones;
hasta que al fin, un día,
cogió el oro, diciendo a su vecino:
- Devolvedme, señor, por vida mía,
el alegre sosiego,
a cambio de este oro que os entrego.

martes, 26 de febrero de 2013

Los pícaros/ 7 - La lozana andaluza (fragmentos) - Francisco Delicado - España


RETRATO DE
la Loçana andaluza: en lengua española:
muy claríssima. Compuesto en Roma.
El qual Retrato demuestra loque en Ro-
ma passaua y contiene munchas más
cosas que la Celestina.
(Portada del único ejemplar que se conserva de la edición "princeps" de Venecia, 1528 - Osterreich Nationalbibliothek de Viena)

ARGUMENTO EN EL QUAL SE CONTIENEN TODAS LAS PARTICULARIDADES QUE HA DE HABER EN LA PRESENTE OBRA

   Decirse ha primero la ciubdad, patria y linaje, ventura, desgraçia y fortuna, su modo, manera y conuersación, su trato, plática y fin, porque solamente gozará de este Retrato quien todo lo leyere.
    Protesta el autor que ninguno quite ni añada palabra ni razón ni lenguaje, porque aquí no compuse modo de hermoso decir, ni saqué de otros libros, ni hurté elocuencia porque: para decir la verdad poca elocuencia basta, como dice Séneca; ni quise nombre, salvo que quise retraer muchas cosas retrayendo una, y retraxe lo que vi que se debería retraer, y por esta comparación que se sigue verán que tengo razón.
    Todos los artífices que en este mundo trabajan desean que sus obras sean más perfectas que ningunas otras que jamás fuesen. Y vese mejor esto en los pintores que no en otros artífices, porque cuando hacen un retrato procuran sacarlo del natural, e a esto se esfuerzan, y no solamente se contentan de mirarlo e cotejarlo, mas quieren que sea mirado por los transeúntes e circunstantes, y cada uno dice su parecer, mas ninguno toma el pincel y enmienda, salvo el pintor que oye y ve la razón de cada uno, y así enmienda, cotejando también lo que ve más que lo que oye; lo que munchos artífices no pueden hacer, porque después de haber cortado la materia y dádole forma, no pueden sin pérdida enmendar. Y porque este retrato es tan natural, que no hay persona que haya conocido la señora Lozana en Roma o fuera de Roma, que no vea claro ser sacado de sus actos y meneos y palabras; y asimismo porque yo he trabajado de no escrebir cosa que primero no sacase en mi dechado la labor, mirando en ella o a ella. Y viendo vi muncho mejor que yo ni otro podrá escrebir, y diré lo que dijo Eschines, filósofo, leyendo una oración o proceso que Demóstenes había hecho contra él; no pudiendo expremir la muncha más elocuencia que había en el dicho Demóstenes, dixo: «¿Qué haría si oyérades a él?» (quod si ipsam audissetis bestiam?), y por eso verná en fábula muncho más sabía la Lozana que no mostraba, y viendo yo en ella munchas veces maneras y saber que bastaba para cazar sin red, y enfrenar a quien muncho pensaba saber, sacaba lo que podía, para reducir a memoria, que en otra parte más alta (que una picota) fuera mejor retraída que en la presente obra; y porque no le pude dar mejor matiz, no quiero que ninguno añada ni quite; que si miran en ello, lo que al principio falta se hallará al fin; de modo que por lo poco entiendan lo muncho más ser como dedución de canto llano, y quien al contrario hiciere, sea siempre enamorado y no querido. Amén.


PRIMERA PARTE

MAMOTRETO PRIMERO
COMIENZA LA HISTORIA O RETRATO SACADO DEL JURE CEVIL NATURAL DE LA SEÑORA LOZANA; COMPUESTO EL AÑO MILL Y QUINIENTOS Y VEINTE E CUATRO, A TREINTA DÍAS DEL MES DE JUNIO, EN ROMA, ALMA CIUBDAD, Y COMO HABÍA DE SER PARTIDO EN CAPÍTULOS, VA POR MAMOTRETOS, PORQUE EN SEMEJANTE OBRA MEJOR CONVIENE

    La señora Lozana fue natural compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber, la cual desde su niñez tuvo ingenio y memoria y vivez grande, y fue muy querida de sus padres por ser aguda en servillos e contentallos, e muerto su padre, fue necesario que acompañase a su madre fuera de su natural. Y ésta fue la causa que supo y vido munchas ciubdades, villas y lugares de España, que agora se le recuerdan de casi el todo; y teníe tanto intelecto, que casi escusaba a su madre procurador para sus negocios; siempre que su madre le mandaba ir o venir, era presta, y como pleiteaba su madre, ella fue en Granada mirada y tenida por solicitadora perfecta e prenosticada futura; acabado el pleito, e no queriendo tornar a su propia ciubdad, acordaron de morar en Xerez y pasar por Carmona; aquí la madre quiso mostrarle texer, el cual oficio no se le dio ansí como el hordir y tramar, que le quedaron tanto en la cabeza, que no se le han podido olvidar. Aquí conversó con personas que la amaban por su hermosura y gracia; asimismo, saltando una pared sin licencia de su madre, se le derramó la primera sangre que del natural tenía; y muerta su madre, y ella quedando huérfana, vino a Sevilla, a donde halló una su parienta, la cual le decía: «hija, sed buena, que ventura no os faltará»; y asimismo le demandaba de su niñez, en qué era estada criada, y qué sabía hacer, y de qué la podía loar a los que a ella conocían. Entonces respondíale desta manera: «señora tía, yo quiero que vuestra merced vea lo que sé hacer; que cuando era vivo mi señor padre yo le guisaba guisadicos que le placían, y no solamente a él mas a todo el parentado; que, como estábamos en prosperidad, teníamos las cosas necesarias, no como agora, que la pobreza hace comer sin guisar, y entonces las especias, y agora el apetito; entonces estaba ocupada en agradar a los míos, y agora a los extraños».


MAMOTRETO II
RESPONDE LA TÍA, Y PROSIGUE

    Tía.- Sobrina, más ha de los años treinta que yo no vi a vuestro padre, porque se fue niño, y después me dixeron que se casó por amores con vuestra madre, y en vos veo yo que vuestra madre era hermosa.
    Lozana.- ¿Yo, señora? Pues más parezco a mi agüela que a mi señora madre, y por amor de mi agüela me llamaron a mí Aldonza, y si esta mi agüela viviera, sabía yo más que no sé, que ella me mostró guisar, que en su poder deprendí hacer fideos, empanadillas, alcuscuzu con garbanzos, arroz entero, seco, graso, albondiguillas redondas y apretadas con culantro verde, que se conocían las que yo hacía entre ciento. Mirá, señora Tía, que el padre de mi padre decía: «¡Éstas son de mano de mi hija Aldonza!» ¿Pues adobado no hacía? Sobre que cuantos traperos había en la cal de la Heria querían proballo, y máxime cuando era un buen pecho de carnero, y ¡qué miel! pensá, señora, que la teníamos de Adamuz y zafrán de Peñafiel, y lo mejor de la Andalucía venía en casa de esta mi agüela. Sabía hacer hojuelas, pestiños, rosquillas de alfaxor, textones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, xopaipas, hojaldres, hormigos torcidos con aceite, talvinas, zahínas y nabos sin tocino y con comino; col murciana con alcarabea, y olla reposada no la comía tal ninguna barba; pues boronía ¿no sabía hacer?, por maravilla, y cazuela de berengenas moxies en perfición; cazuela con su ajico y cominico, y saborcico de vinagre, esto hacía yo sin que lo vezasen. Rellenos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado con limón ceutí, y cazuelas de pescado cecial con oruga, y cazuelas moriscas por maravilla, y de otros pescados que sería luengo de contar. Letuarios de arrope para en casa, y con miel para presentar, como eran de membrillos, de cantueso, de uvas, de berengenas, de nueces y de la flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y hierba buena, para quien pierde el apetito; pues ¿ollas en tiempo de ayuno?, estas y las otras ponía yo tanta hemencia en ellas, que sobrepujaba a Platina, De voluptatibus, y a Apicio Romano, De re coquinaria, y decía esta madre de mi madre: «Hija Aldonza, la olla sin cebolla es boda sin tamborín». Y si ella me viviera, por mi saber y limpieza (dexemos esta hermosura) me casaba, y no salía yo acá por tierras ajenas con mi madre, pues me quedé sin dote, que mi madre me dexó solamente una añora con su huerto, y saber tramar, y esta lanzadera para texer cuando tenga premideras.1
    Tía.- Sobrina, esto que vos tenéis y lo que sabéis será dote para vos, y vuestra hermosura hallará ajuar cosido y sorcido; que no os tiene Dios olvidada; que aquel mercader que vino aquí ayer me dixo que, cuando torne, que va a Cádiz, me dará remedio para que vos seáis casada y honrada; mas querría él que supiésedes labrar.
    Loz.- Señora Tía, yo aquí traigo el alfilelero, mas ni tengo aguja ni alfiler, que dedal no faltaría para apretar; y por eso, señora Tía, si vos queréis, yo le hablaré antes que se parta, porque no pierda mi ventura, siendo huérfana.


MAMOTRETO III
PROSIGUE LA LOZANA, Y PREGUNTA A LA TÍA

    Loz.- Señora Tía, ¿es aquel que está paseándose con aquel que suena los órganos? Por su vida, que lo llame. ¡Ay, cómo es dispuesto!, ¡y qué ojos tan lindos!, ¡qué ceja partida!, ¡qué pierna tan seca y enxuta! ¿Chinelas trae? ¡Qué pie para galochas y zapatilla ceyena! Querría que se quitase los guantes por verle qué mano tiene. Acá mira; ¿quiere vuestra merced que me asome?
    Tía.- No, hija; yo quiero ir abaxo, y él me verná a hablar, y cuando él estará abaxo vos vernéis; si os hablare, abaxá la cabeza y pasaos, y si yo os dixere que le habléis, vos llegá cortés y hacé una reverencia, y si os tomare la mano, retraeos hacia atrás, porque, como dicen, amuestra a tu marido el copo, mas no del todo; y desta manera él dará de sí, y veremos qué quiere hacer.
    Loz.- Veislo viene acá.
    Mercader.- Señora, ¿qué se hace?
    Tía.- Señor, serviros, y mirar en vuestra merced la lindeza de Diomedes el Ravegnano.
    Merc.- Señora, pues ansí me llamo yo. Madre mía, yo querría ver aquella vuestra sobrina. Y por mi vida que será su ventura, y vos no perderéis nada.
    Tía.- Señor, está revuelta y mal aliñada, mas porque vea vuestra merced cómo es dotada de hermosura, quiero que pase aquí abaxo su telar y verála cómo texe.
    Diomedes.- Señora mía, pues sea luego.
    Tía.- ¿Aldonza? ¿Sobrina? ¡Veníos acá, y veréis mejor!
    Loz.- Señora Tía, aquí veo muy bien, aunque tengo la vista cordobesa: salvo que no tengo premideras.
    Tía.- Decí sobrina que este gentilhombre quiere que le texáis un texillo, que proveeremos de premideras. Vení aquí, hacé una reverencia a este señor.
    Diomedes.- ¡Oh, qué gentil dama! Mi seora madre, no la dexe ir, y suplícole que la mande que me hable.
    Tía.- Sobrina, respondé a ese señor, que luego torno.
    Diom.- Señora, su nombre me diga.
    Loz.- Señor sea vuestra merced de quien mal lo quiere; yo me llamo Aldonza, a servicio y mandado de vuestra merced.
    Diom.- ¡Ay!, ¡ay!, ¡qué herida!, que de vuestra parte qualque vuestro servidor me ha dado en el corazón con una saeta dorada de amor.
    Loz.- No se maraville vuestra merced; que cuando me llamó que viniese abaxo, me parece que vi un mochacho, atado un paño por la frente, y me tiró no sé con qué; en la teta izquierda me tocó.
    Diom.- Señora, es tal ballestero, que de un mismo golpe nos hirió a los dos. Ecco adunque due anime í uno core. ¡Oh, Diana!, ¡oh, Cupido!, socorred el vuestro siervo. Señora, si no remediamos con socorro de médicos sabios, dudo la sanidad, y pues yo voy a Cádiz, suplico a vuestra merced se venga conmigo.
    Loz.- Yo, señor, verné a la fin del mundo; mas dexe subir a mi tía arriba, y pues quiso mi ventura, seré vuestra más que mía.
    Tía.- ¡Aldonza! ¡Sobrina!, ¿qué hacéis?, ¿dónde estáis? ¡Oh, pecadora de mí!, el hombre dexa el padre y la madre por la mujer, y la mujer olvida por el hombre su nido. ¡Ay, sobrina!, y si mirara bien en vos, viera que me habíades de burlar; mas no tenéis vos la culpa, sino yo, que teniendo la yesca busqué el eslabón; mirá qué pago, que si miro en ello, ella misma me hizo alcagüeta; va, va, que en tal pararás.
[...]
Francisco Delicado

1 Pedal de los telares manuales.

    Joaquín del Val, el más agudo estudioso -hasta hoy- de la Lozana afirma: "Históricamente constituye un documento vivo de la estancia de los españoles en Italia a comienzos del siglo XVI. La corrupción de Roma, que llegó al máximo libertinaje en tiempo de los papas Alejandro VI y León X, la refleja fielmente el clérigo Francisco Delgado (Delicado es italianización del apellido castellano Delgado), que no vacila en calificar a la gran ciudad de meretriz y concubina de forasteros... Triunfo de grandes señores, paraíso de putanas, purgatorio de jóvenes, infierno de todos, fatiga de bestias, engaño de pobres, peciguería de bellacos. Y añade: Es la mayor parte de Roma burdel, y le dicen Roma putana. Observa que Roma al revés es Amor... La Lozana tiene un gran valor documental, casi fotográfico... "
    [...] En la Lozana, ciento veinticinco personajes se mueven en torno a la protagonista, Aldonza, lozana andaluza cordobesa, quien "desde su niñez tuvo ingenio y memoria y viveza grandes".
    [...] Creo que la Lozana encierra muchos elementos folklóricos y frases y modismos españoles populares, muchos italianismos de baja estofa, una lascivia caliente, una gracia gorda, una indiscutible intención moralizadora, trozos y frases en castizo y familiar lenguaje, mucho color y brío, y un sentido picaresco netamente español, pese a cuajarse su acción en medios y costumbres de Roma. FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES

sábado, 23 de febrero de 2013

Literatura satírica y burlesca/ 21 - Ejemplo de lo que aconteció a don Pitas Payas, pintor de Bretaña (fragmento) - Arcipreste de Hita - España


    Del que olvida la mujer te diré la hazaña:
si creyeres que es burla, dime otra tamaña.
Era don Pitas Payas un pintor de Bretaña;
casó con mujer moza, pagábase1 de compaña.

    Antes del mes cumplido dijo él: "Nostra dona,
yo volo ir a Flandes, portaré muita dona2."
Ella dijo: "Monseñor, anda en hora buona;
no olvidéis vuestra casa ni mi persona."

    Díjole don Pitas Payas: "Doña de hermosura,
yo quiero hacer en vos una buena figura,
porque seáis guardada de toda otra locura."
Dijo ella: "Monseñor, haced vuestra mesura."

    Pintóle sobre el ombligo un pequeño cordero.
Fuese don Pitas Payas a ser nuevo mercadero.
Tardó allá dos años, mucho fue tardinero;
hacíasele a la dona un mes año entero.

    Como era la moza nuevamente casada,
había hecho con su marido poca morada;
tomó un amante e pobló la posada,
deshízose del cordero, de él no queda nada.

    Cuando ella oyó que venía el pintor,
muy deprisa envió por el entendedor3;
díjole que le pintase, como pudiese mejor,
en aquel lugar mismo un cordero menor.

    Pintóle con gran priesa un igualado carnero
cumplido de cabeza, con todo su apero;
luego en ese día vino el mensajero:
que ya don Pitas Payas de esta venía certero.

    Cuando fue el pintor ya de Flandes venido,
fue por su mujer con desdén recibido;
desque en el palacio ya con ella estido,
la señal que le hiciera no la echó en olvido.

    Dijo don Pitas Payas: "Madona, si a vos plaz
mostradme la figura e hayamos buen solaz."
Dijo la mujer: "Monseñor, vos mismo la catad:
haced con atrevimiento todo lo que vollaz."

    Cató don Pitas Payas el susodicho lugar,
e vio gran carnero con armas de prestar.
"¿Cómo, madona, es esto, cómo puede estar,
que yo pinté cordero, e hallo este manjar?"

    Como en este hecho es siempre la mujer
sutil e ingeniosa, dijo: "¿Cómo, monseñer,
pedís que en dos años un cordero no llegue a ser carner?
Veniéseis temprano: hallárais corder."
    [...]
Del Libro de Buen Amor
1 Pagábase: presumía.
2 Dona: significa tanto señora (dueña), como dones, regalos.
3 Entendedor: amante.  (N. de J. N.)