Carmen Mcrae - Just A Little Lovin' (2018)

domingo, 1 de abril de 2018

Dos dibujos - Antonio Buero Vallejo - España


El 28 de marzo de 1942 moría en el Reformatorio de Adultos de Alicante el poeta Miguel Hernández. Había sido detenido por la policía portuguesa cuando intentaba refugiarse en el país vecino y entregado a las autoridades españolas. Juzgado y condenado a muerte, Miguel pasó por varios centros penitenciarios hasta desembocar en el de su patria chica, donde la enfermedad acabaría con su peregrinación. Fue enterrado en el nicho número 1.009 de la ciudad de Alicante. Durante su estancia en la prisión de Conde de Toreno, en Madrid, Miguel Hernández tuvo una amistad singular, la del entonces pintor (luego dramaturgo de éxito) Antonio Buero Vallejo, a quien debemos el dibujo más conocido del poeta.

Yo conocí a Miguel en el último año de la guerra, declara Buero Vallejo. Le conocí en Benicasim; yo estaba en unas oficinas de trabajos diversos, y él había sido conducido al hospital. No tenia ninguna herida, pero estaba muy fatigado y necesitaba reponerse. Durante los viente o treinta días que permaneció allí nos vimos poco, nada más que en las comidas, porque nos sentábamos a la misma mesa. Fue una relación superficial. Terminada la guerra, yo ingresé en la prisión de Conde de Toreno, y tiempo después llegó él. Me di a reconocer, me recordó enseguida y, entonces sí, entablamos una buena amistad que duró todo el tiempo que estuvimos juntos. Yo estaba ya en la galería de condenados a muerte, y él, como también fue condenado, vino a parar a la misma galería.
De una entrevista de Carmen Santamaría a Buero Vallejo para El País - 28-03-1982

Miguel, digo tu nombre y me posee
la hiriente y melancólica certeza
de que ya no me oyes.
Roto quedó el diálogo y es vano
pretender tu respuesta.
Desde lapiedra de tu lecho último
perdona esta locura
tú, para siempre sordo.

Sin bulto, sin colores, sin conciencia,
el pálido ectoplasma de un dibujo
me devuelve tu gesto.
Hace incontables años
que lo tracé con pulso esperanzado.

Alentabas, vivías.
Sonreías a veces
sentado en el petate
e iban naciendo rasgos de mi mano.

Fueron tiempos insólitos
fijos en la memoria
como un denso presente que no acaba.

Hacinados en vasta galería
tras el perdido sueño del futuro
del hombre y su justicia,
la derrota y las hambres compartíamos
en aquella antesala de la fosa.

Las flechas de la luz, desde una reja
incendiaron tu iris.

No a mí, sino a esos hierros,
siguen mirando sus dos leves chispas
en el viejo retrato que contemplo.

Cuando agobiado y triste
vuelvo de mis inútiles afanes,
reclino en un sillón la anatomía
hastiada de mi cuerpo
e interrogo a la esfinge
de tu pena extinguida
bajo el cristal que en mi pared te guarda.

Estás vivo -medito-. Tus pupilas
observan fijamente y yo imagino
que se mueven un poco
cuando la habitación se halla vacía.

Entonces rememoro
un diseño sin firma
muy posterior al mío
que mostró tu mandíbula sujeta
por el pañuelo de la despedida.
Abatir no pudiste
-el dibujo lo prueba-
los párpados tenaces.

Quizá sentí aquel día, desde el Dueso,
mientras alguien copió tu rostro exangüe,
cómo me traspasaba la sospecha
de tu mirar helado,
de tu entreabierto labio ya sin hálito
semejante a otro párpado
por donde avizoraran
los dientes de la boca enmudecida.

Tu ocular claridad en mi retrato
y esos ojos inertes que otro lápiz
recogiera más tarde
forman juntos, miguel, el contrapunto
que siempre me acompaña.

Sé que en noche ignorada
el fin o las injurias de la vida
han de lograr cegarme
para ser, de tu mano,
definitivo hijo de la sombra.

Pero tú habías dicho
-y me parece oírlo si estoy solo-:
Los muertos, con su fuego
congelado que abrasa
laten junto a los vivos
de una manera terca.

Yo siento ese latido.
Tus espectrales dedos se detienen
en mis cansados hombros
cuando intento escribir, porque no cantas
y una agresión viscosa
transformó en pardo magma
los cristalinos globos
con que bebiste el mundo.

Tal vez no los cerraras
porque no era tu esposa quien lo hacía.

Hasta el final los mantuviste alerta
llamando a Josefina,
buscando su sonrisa en la ventana
crucificada que se ennegrecía.

Yo me asomo tras ella desde entonces
a una indecible estancia en que reposas
sin poder divisarte.
Sin que tú me divises.

Me abalanzo y atisbo
entre un espeso bosque de barrotes
sin entrever siquiera el esqueleto
del armonio callado
donde tu voz reía o imprecaba.

Y la mía se quiebra por el ansia
de tu clamor vibrante,
cuyos hondos acordes han de oírse
cuando ya nadie escuche
mis palabras inciertas
borradas por los soplos del olvido.

Acaso me recuerden vagamente
sólo por el retrato que te hice.
Eso te deberé, eso te debo.

Recíbenos, Miguel, en la paz yerta
de aquel otro dibujo
que muestra tus pupilas apagadas
y tus labios resecos.

Espéranos a todos
mientras el pueblo entona con tu viento
la ardiente sinfonía
que avanza bajo el sol de los estíos.

Desde hace largos años
comprendo que me aguardas
pues noto que también amarillea
el tiempo sobre mis fotografías.

Dormiré un día dentro de tu sueño
con un mirar absorto y detenido
que irán trocando en cieno
las fraternales larvas inocentes.

Tampoco yo podré decir mañana
que mi escondido nombre es el del légamo
pues ya no tendré lengua.

Por eso, como tú, lo grito ahora
en tu oído cerrado,
Miguel, roca de lumbre que destellas
en el sombrío barro.

Duerme tranquilo. El polvo
resucita perenne
aunque nos sirva a todos de mortaja.

En él germina un coro inexorable
de raíces y aceros que palpitan,
de instrumentales fibras resonantes
en la inmensa guitarra
del torno y de las mieses.

Del cantar al silencio
dos conmovidos lápices fijaron
tu fatal trayectoria.
En esos dos dibujos que te abarcan
se abrazan vida y muerte.

Pero en otras gargantas renacidas
del húmedo mantillo que te sorbe
suena ya la incesante melodía
de tu voz rescatada.
1977

4 comentarios:

carlos perrotti dijo...

Siempre amé ese dibujo de Miguel Hernández como de ahora en más amaré esta verdadera elegía para su amigo poeta. Ambos, dibujo y elegía, son obra de la misma extraordinaria mano de Buero Vallejo.

Muchas veces releeré este poema. Formará parte de las obras a las que uno siempre regresa.

El otro dibujo “que otro lápiz” anónimo nos legó me conmueve mucho también.

Juan Nadie dijo...

Extraordinaria, y sobre todo, sentida elegía del amigo hacia el amigo. Amistad formada en una misma situación límite.

De Buero Vallejo conviene leer "Historia de una escalera".

De Miguel hernández conviene leer todo.

Juan Nadie dijo...

https://nomesesunblog.files.wordpress.com/2010/11/historia-de-una-escalera.pdf

carlos perrotti dijo...

Agradecidísimo, Juan.