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martes, 21 de marzo de 2017

Silabario escolar - Derek Walcott - Santa Lucía (Pequeñas Antillas)


El poeta y dramaturgo antillano Derek Walcott, Premio Nobel de Literatura 1992, murió el pasado viernes en la isla de Santa Lucía (una de las islas de Barlovento de las Pequeñas Antillas), donde había nacido en 1930. Descanse.


Silabario escolar
In memoriam: H. D. Boxill
No tenía dónde registrar
el avance de mi trabajo
salvo el horizonte, ningún lenguaje
salvo los bajíos en mi largo paseo

hasta casa, por lo que extraje toda la ayuda
que mi mano derecha pudiera aprovechar
de las algas cubiertas de arena
de lejanas literaturas.

El rabihorcado era mi fénix,
yo estaba embriagado de yodo,
una gota de la púrpura del sol
teñía de vino el tejido de la espuma;

mientras araba blancos campos de olas
con mis canillas de muchacho, me
tambaleaba al deslizarse el banco
de arena bajo mis pies,

entonces encontré mi más profundo deseo
en las oscilantes palabras del mar,
y el esquelético pez
que era aquel muchacho tomó cuerpo en mí;

pero vi como el broncíneo
atardecer de las palmeras imperiales
curvaba sus frondas convirtiéndolas en preguntas
sobre los exámenes de latín.

Yo odiaba los signos de escansión.
Aquellos trazos a través de las líneas
llovían sobre el horizonte
y ensombrecían la asignatura.

Eran como las matemáticas
que convertían el deleite en designio,
clasificando los palillos lanzados al aire
de las estrellas en seno y coseno.

Enfurecido, hacía rebotar una piedra
sobre la página del mar; seguía
barriendo su propia sílaba:
troqueo, anapesto, dáctilo.

Miles, un soldado de infantería. Fossa,
una trinchera o tumba. Mi mano
sopesa una última bomba de arena para lanzarla
hacia la playa que se desvanece lentamente.

No obtuve matrícula
en matemáticas; aprobé; después,
enseñé el latín básico del amor:
Amo, amas, amat.

Vestido con una chaqueta de tweed y corbata,
maestro de mi escuela,
vi como las viejas palabras se secaban
como algas en la página.

Meditaba desde el acogedor puerto
de mi mesa, las cabezas
de los muchachos se hundían suavemente
en el papel, como delfines.

La disciplina que predicaba
me convertía en un hipócrita;
sus esbeltos cuerpos negros, varados en la playa,
morirían en el dialecto;

Hacía girar el meridiano del globo,
mostraba sus sellados hemisferios,
pero ¿adónde podían dirigirse aquellos entrecejos
si ninguno de los dos mundos era suyo?

El silencio taponó mis oídos
con algodón, el ruido de una nube;
escalé blancas arenas apiladas
intentando encontrar mi voz,

y recuerdo: fue
un sábado casi a mediodía, en Vigie,
cuando mi corazón, al volver la esquina
de Half-Moon Battery,

se detuvo a mírar cómo el sol
de mediodía fundía en bronce
el tronco de un gomero
sobre un mar sin estaciones,

mientras la ocre Isla de la Rata
roía el encaje del mar,
un rabihorcado llegó volando
a través del entramado de un árbol para izar

su emblema en los cirros,
con su nombre, fruto del sentido común
de los pescadores: tijera de mar,
Fragata magnificens,

ciseau-la-mer, en patois,
por su vuelo, que corta las nubes;
y esa metáfora indígena
formada por el batir de los remos,

con un golpe de ala por escansión,
esa V que se abría lentamente
se fundió con mi horizonte
mientras volaba sin cesar

más allá de las columnas, mordisqueadas por las ovejas,
de árboles de mármol caídos,
o de los pilares sin techo que fueron en tiempos
sagrados para Hércules.
De El testamento de Arkansas, 1987
Traducción de Antonio Resines

      En ocasiones (Neruda, Sartre, Hemingway, García Márquez), la concesión del Premio Nobel no es otra cosa que la corroboración de una evidencia: autores de prestigio universal ven confirmado con él un reconocimiento que público y crítica venían otorgándoles sin vacilaciones. En otras -no pocas-, la academia sueca yerra al magnificar una obra que en breve tiempo se tragará el olvido, o -lo que sin duda es peor- deja morir sin el supremo galardón literario (Proust, Kafka, Nabokov, Joyce, Borges...) autores sin los cuales es inconcebible la literatura contemporánea.
    No obstante, en escasas y celebrables oportunidades, el premio máximo de las letras no incurre en la obviedad, el exceso o la melancolía, sino que colabora a descubrir una obra esencial que hubiese seguido siendo patrimonio de unos pocos sin la iluminación internacional que el prestigio de su concesión otorga. Es el caso del extraordinario poeta y dramaturgo antillano Derek Walcott, autor de culto de una minoría de iniciados y una de las grandes voces de la lírica en lengua inglesa del siglo XX, al que el Nobel puso en circulación ante audiencias mucho más amplias y merecidas. [...] ALBERTO COUSTÉ

3 comentarios:

carlos perrotti dijo...

Complejo poema pero estimulante lectura. El hombre embriagado con su paisaje nos embriaga con su poesía, o viceversa. El poeta fundido con su paisaje, de paseo por sus recuerdos de muchacho estudiante joven profesor y poeta pintando su aldea, su lugar en el mundo...

Juan Nadie dijo...

Fantástico poeta, Derek Walcott, del que habrá que poner más cosas.

"maestro de mi escuela,
vi como las viejas palabras se secaban
como algas en la página.

La disciplina que predicaba
me convertía en un hipócrita"

Creo que esa sensación la tienen (la tenemos) de vez en cuando muchos profesores, pero hay que saber decirlo.

carlos perrotti dijo...

Genialmente.