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martes, 3 de marzo de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 8 - Francisco Umbral - España


El niño es una luz que se extingue en su propio humo, una llama que se sopla a sí misma. El niño desaparece un día en el hombre. ¿Qué queda de una infancia? Quedan fotografías, rastros, cintas, alambres, pero la niñez es fragancia que desaparece al aspirarla. El hombre empieza siendo sólo perfume. La vida se inicia como aroma.
Un niño acaba por perderse siempre en el bosque de los adultos. Quizá sea ese el significado de los cuentos infantiles. La niñez está perpetuamente amenazada, destinada a desaparecer para siempre en un horizonte poblado, adulto y oscuro. Al hijo lo perderemos siempre, en la vida o en la muerte. Mas nadie podrá quitarme el turbión de frescura, la ráfaga, la dimensión desgarradora y clara que él le dio al mundo, de pronto, y me dio a mí. El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra un momento. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro y más lejos, y quizás -ay- eso basta. [...] La felicidad es algo que ocurrió una vez. [...]

El niño entre las niñas. Carolina, de belleza cerrada y tensa. Yolanda, esponjosa en su sonrisa y en sus ojos. Mariona impenetrable como una fruta. María José, flor sin nombre ni color, mínima y sonriente como una pequeña tristeza. El niño entre las niñas, feliz.

[...] La silla de mi hijo, sola.
Hay que beber a morro del dolor, como se bebe de las férreas fuentes. Que esta carne de luz empape toda la sombra. Hay que baldear hasta el fin el ciego enlagunamiento de la sangre. Hay que agotar el mal, el sufrimiento, no en pequeños sorbos, no en tragos cobardes, sino seguido y hasta lo hondo, que luego queda un fuego neutro, una nada, y sólo resta, por fin, la loza simple de la vida. Voy hasta el final de mi dolor, hago todo el recorrido, bebo de mí mismo, sacio una sed de sufrimiento que estaba en mí y yo no conocía. La saciedad del dolor es como la saciedad del placer. El dintel de una paz vacía, de un cielo plano y soso, de una neutralidad de clima y carne que es toda la imparcialidad desoladora de la naturaleza.
La alegría es un camino más corto. El dolor es un laberinto con angustia de perderse. La alegría nos lleva en línea recta y eso vale más que la alegría misma. Pero el dolor duda continuamente, vuelve atrás, como una bestia sombría que no acaba de aprenderse el viejo camino. Voy tras sus oscuras pezuñas y de vez en cuando, sí, bebo en las fuentes amargas y densas, con sabor a hierro y a muerte. No huyo mi dolor, no me lo dosifico, como el suicida precavido o la dama sin sueño. Bebo y bebo. Me fulminará el veneno o lo agotaré. No quiero cucharaditas de plata para sufrir. A morro, directamente, bebo a borbotones sangre de niño, muerte de niño, la hemorragia necia y dulce del mundo.

4 comentarios:

carlos perrotti dijo...

Umbral no sólo te estimula a leer, también a releer a otros. No sé por qué, en este caso, me hizo volver al discurso de Ana María Matute ante la Real Academia Española... Qué buena mañana de lectura.

Juan Nadie dijo...

Es lo que tiene la buena literatura. Una cosa te lleva a otra, esta a su vez... Una exponencial. Pena no tener mas que una vida.

carlos perrotti dijo...

Como dijo Sábato: pena de que la vida sea una sola y que no dure por lo menos doscientos años, con lucidez, conciencia y vitalidad. Una injusticia que así no sea.

Juan Nadie dijo...

La Naturaleza nunca fue justa, al menos desde nuestro punto de vista de seres humanos pensantes y deseantes. La Naturaleza es ciega.