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martes, 11 de febrero de 2014

Literatura y jazz/ 18 - La vuelta al piano de Thelonious Monk - Julio Cortázar - Argentina


Concierto del cuarteto de Thelonious Monk 
en Ginebra, marzo de 1966

    En Ginebra de día está la oficina de las Naciones Unidas pero de noche hay que vivir y entonces de golpe un afiche en todas partes con noticias de Thelonious Monk y Charles Rouse, es fácil comprender la carrera al Victoria Hall para fila cinco al centro, los tragos propiciatorios en el bar de la esquina, las hormigas de la alegría, las veintiuna que son interminablemente las diecinueve y treinta, las veinte, las veinte y cuatro, el tercer whisky, Claude Tarnaud que propone una fondue, su mujer y la mía que se miran consternadas pero después se comen la mayor parte, especialmente el final que siempre es lo mejor de la fondue, el vino blanco que agita sus patitas en las copas, el mundo a la espalda y Thelonious semejante al cometa que exactamente dentro de cinco minutos se llevará un pedazo de la tierra como en Héctor Servadac, en todo caso un pedazo de Ginebra con la estatua de Calvino y los cronómetros de Vacheron & Constantin.
   Ahora se apagan las luces, nos miramos todavía con ese ligero temblor de despedida que nos gana siempre al empezar un concierto (cruzaremos un río, habrá otro tiempo, el óbolo está listo) y ya el contrabajo levanta su instrumento y lo sondea, brevemente la escobilla recorre el aire del timbal como un escalofrío, y desde el fondo, dando una vuelta por completo innecesaria, un oso con un birrete entre turco y solideo se encamina hacia el piano poniendo un pie delante de otro con un cuidado que hace pensar en minas abandonadas o en esos cultivos de flores de los déspotas sasánidas en que cada flor hollada era una lenta muerte de jardinero. Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio, porque el recorrido tangencial de Thelonious por el escenario tiene algo de riesgoso cabotaje fenicio con probables varamientos en las sirtes, y cuando la nave de oscura miel y barbado capitán llega a puerto, la recibe el muelle masónico del Victoria Hall con un suspiro como de alas apaciguadas, de tajamares cumplidos. Entonces es Pannonica, o Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado, las burdas zarpas bondadosas yendo y viniendo entre abejas desconcertadas y hexágonos de sonido, ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk.
    Pero eso no se explica: A rose is a rose is a rose. Se está en una tregua, hay intercesor, quizá en alguna esfera nos redimen. Y luego, cuando Charles Rouse da un paso hacia el micrófono y su saxo dibuja imperiosamente las razones por las que está ahí, Thelonious deja caer las manos, escucha un instante, posa todavía un leve acorde con la izquierda, y el oso se levanta hamacándose, harto de miel o buscando un musgo propicio a la modorra, saliéndose del taburete se apoya en el borde del piano marcando el ritmo con un zapato y el birrete, los dedos van resbalando por el piano, primero al borde mismo del teclado donde podría haber un cenicero y una cerveza pero no hay más que Steinway & Sons, y luego inician imperceptiblemente un safari de dedos por el borde de la caja del piano mientras el oso se hamaca cadencioso porque Rouse y el contrabajo y el percusionista están enredados en el misterio mismo de su trinidad y Thelonious viaja vertiginoso sin moverse, pasando de centímetro en centímetro rumbo a la cola del piano a la que no llegará, se sabe que no llegará porque para llegar le haría falta más tiempo que a Phileas Fogg, más trineos de vela, rápidos de miel de abeto, elefantes y trenes endurecidos por la velocidad para salvar el abismo de un puente roto, de manera que Thelonious viaja a su manera, apoyándose en un pie y luego en otro sin salirse del lugar, cabeceando en el puente de su Pequod varado en un teatro, y cada tanto moviendo los dedos para ganar un centímetro o mil millas, quedándose otra vez quieto y como precavido, tomando la altura con un sextante de humo y renunciando a seguir adelante y llegar al extremo de la caja del piano, hasta que la mano abandona el borde, el oso gira paulatino y todo podría ocurrir en ese instante en que le falta el apoyo, en que flota como un alción sobre el ritmo donde Charles Rouse está echando las últimas vehementes largas admirables pinceladas de violeta y de rojo, sentimos el vacío de Thelonious apartado del borde del piano, el interminable diástole de un solo inmenso corazón donde laten todas nuestras sangres, y exactamente entonces su otra mano se toma del piano, el oso se balancea amablemente y regresa nube a nube hacia el teclado, lo mira como por primera vez, pasea por el aire los dedos indecisos, los deja caer y estamos salvados, hay Thelonious capitán, hay rumbo por un rato, y el gesto de Rouse al retroceder mientras desprende el saxo del soporte tiene algo de entrega de poderes, de legado que devuelve al Dogo las llaves de la serenísima.
De La vuelta al día en ochenta mundos
Round About Midnight - Thelonious Monk Quartet 
Thelonious Monk - Piano 
Charlie Rouse - Saxo tenor 
Larry Gales - Contrabajo 
Ben Riley - Batería 
(Grabado en Noruega en 1966)

11 comentarios:

Gatopardo dijo...

¡Qué cabronazo!, ¡qué manera de escribir sobre jazz!, ¡qué envidia más cochina!...

Juan Nadie dijo...

Extraordinaria definición de la forma de actuar del "Oso".

marian dijo...

Y esa música que cala hasta los huesos.

Juan Nadie dijo...

Sí. Además la música de Thelonious siempre es diferente, quiero decir que puedes escuchar una misma pieza cien veces y siempre te suena distinta.

carlos perrotti dijo...

Es la misma, siempre distinta. Sí, señor.

"...el interminable diástole de un solo inmenso corazón donde laten todas nuestras sangres..." Mamita, diríamos por aquí.

Juan Nadie dijo...

Eso sí que es prosa poética.

jose dijo...

En el magnifico documental sobre Monk, titulado 'Straight, no chaser' se ve todo esto que cuenta Cortazar, y mas, claro.
Pero hay una cosa que definía a Monk, y es eso cuando dice en un ensayo... 'pero no me digas que no habéis grabado esto?...
como demonios voy a volver a tocar eso de nuevo?' o algo así.

Juan Nadie dijo...

Estupendo documental, sí señor, del que podía haber extraido algún fragmento donde se ve a Thelonious como si estuviese perdido, buscando una salida o algo, y dando vueltas al piano como un oso.

Gatopardo dijo...

Estaba como una auténtica cabra. No se sabe muy bien si por las sustancias, o de nacimiento.

Juan Nadie dijo...

Seguramente era por las dos cosas, pero tenía la genialidad del loco.

marian dijo...

"pero no me digas que no habéis grabado esto?... como demonios voy a volver a tocar eso de nuevo?"

Esto es muy grande, eh, pero muy grande.