Alma - Oeo (2017)

domingo, 9 de junio de 2013

En el principio / Fragmentos de Historia (casi) de mi vida - Blas de Otero - España


    Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
    Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
    Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
Me queda la palabra - Aguaviva

    Galaxia Gutemberg edita por primera vez estos días la Obra Completa (1935-1977) de Blas de Otero en un sólo volumen. La edición, preparada por Mario Hernández y Sabina de la Cruz, filóloga y viuda del poeta, recoge todo lo que el gran escritor vasco publicó en vida, además de inéditos como Poesía e Historia y Nuevas historias fingidas y verdaderas, y póstumos como Hojas de Madrid con la galerna. Incluye la también inédita Historia (casi) de mi vida, de la que pueden leer a continuación algunos fragmentos: 

    Lo primero que recuerdo es que no recuerdo nada. Yo sé que había nacido, incluso que andaba a gatas o trepaba hacia el seno de mi madre, mas ignoro qué sentía, veía, escuchaba o vislumbraba por aquellos años. De pronto, aparezco en Hurtado de Amézaga, en el número 52, aquella casa con terraza y pérgola que construyó mi padre en los años de la primera guerra, que tan provechosa resultó para los industriales y almacenistas bilbaínos. Debajo de nuestro piso -esto lo supe más tarde- vivía don Genaro, un belga director de la Compañía de Tranvías, y durante los días de huelga yo oía decir que peligraba su vida ante un posible atentado anarquista. Era aquel un piso grande, amplio, de buena burguesía, con dos o tres muchachas -Candelas, Margarita- a nuestro servicio y un gran comedor donde un atardecer Julia me mostró su muslo blanco, y ante cuyos cristales yo me quedaba pensativo, mirando la triste, fina lluvia de mi país. [...]
    Tenía un amigo que se llamaba Enrique y era aprendiz en un taller de pintura detrás del Ayuntamiento, y con él me iba a la Escuela Taurina de Las Ventas, a ver torear el aire y al carrito para las banderillas, algunas veces sacaban unos becerrillos graduados en monaguillos y toda mi ilusión era lucirme ante uno de ellos, pero los ocho duros que había que apoquinarle al valenciano era imposible soñar con ellos, así que le propusimos pintarle un bonito cartel para la entrada de la placita. Y con esto conseguimos que nos echara un becerrote al que lanceé dos o tres veces, pues el valenciano no me dejaba acercarme al bicho y me gritaba que yo tenía los huesos demasiado tiernos. [...] 
     Mi padre me mandó a sacar tres entradas al teatro Novedades, en la calle de Toledo. El teatro ardió con furia. Se representaba
La mejor del puerto y el acto anterior había figurado una fiesta en la cubierta de un barco, con banderitas y farolillos a la valenciana. Creo que fuimos los tres únicos de familia que se salvase completa. Estoy viendo El Mundo Gráfico de aquellos días. Horrorosas fotografías. En la escalera que descendía del anfiteatro, todos están muertos, de pie: uno le agarra furiosamente el pelo al muerto de delante. Salí con las piernas llenas de sangre y mi padre, rasgada la chaqueta de arriba abajo de un navajazo. [...]
     Tiempo terrible de la guerra. Te recuerdo en Alcañiz, montados en los horribles camiones que nos llevaron hasta Vinaroz, bajando junto a Morella y las hoscas hondonadas de piedra, espino y hierbajos, bajo un cielo duramente azul. ¿Voy a hablar de la guerra, de esa gran cabronada que nos armaron cuatro militares, ocho terratenientes y cinco curas, con el respaldo del hijo de puta de Hitler? No, no voy sino a recordar Bilbao asediado por los requetés, yo en mi batallón vasco, acaso sólo por la fina y triste lluvia que tanto amé siempre. [...] 
     Escribir la historia de mi vida podría resultar escandaloso para los demás, que no aman la terrible sinceridad, mas no para mí, que toda mi vida me hundí hasta tocar el fondo, con un lema único: Prefiero una verdad desagradable a una mentira agradable.  [...]
    De las tierras de España la que más me complace es Tierra de Campos. No cambio una calle o torre de Palencia por todo Toledo. Amo también mi país, el valle de mis antepasados, sus tenues laderas, su lluvia desmenuzada. Bilbao es adusto, mas de una fuerte belleza. Y la mayor alegría me la deparó el Madrid de la anteguerra. En Andalucía, me voy a Málaga por su recatado andalucismo. Tierras de España. Pueblos de España. Caminos de mi patria que no van a parte alguna. [...]

    Ahora estoy escuchando The Beatles -Hey Jude, Revolution-, y descansa en la mesa El libro del ama de casa. ¿Cuándo tuve yo una casa? Solo al nacer, solo al morir. Y los amplios hospitales que me cobijaron en París, y Shanghai, y La Habana. Aquellas compañeras del Hospital Naval, en La Habana del Este. Las enfermeras mulatas, tan decididas, tan eficaces, tan cachondas. [...]
     Juro que es París la ciudad más maravillosa del mundo, lástima de franceses, que lo único que saben hacer mejor que yo es pronunciar el francés. Mis ruadas interminables por el Luxemburgo, los bulevares, el Sena, las grises callejuelas de Saint-Martin. [...] 
     Ahora estoy escuchando a Falla y lieder de Fauré, así que déjame tranquilo, Josechu, y no quieras que nos pasemos toda la tarde dando saltos sobre la manta. Cuando te vuelva a ver en Burgos, al intentar visitar a tu padre en la cárcel, resultará que apenas has medrado. Tiempos estos de represión. Pero no quiero hablar de nuestra guerra, ni de lo que le siguió, que casi fue peor, lo que sí recuerdo es el gran Rolls-Royce que tenía mi padre a cuenta de la guerra europea, y me regaló una Pathé-Baby en la que vi las primeras películas de Charlot, y luego vino mademoiselle Isabel del sur de Francia: he aquí por qué no era rubia como miente el famoso endecasílabo. Y mademoiselle me llevaba al parque y se tomaba al pasar un par de huevos crudos en aquella tiendita de Fernández del Campo en la que vendían cromos y cuentos de Calleja. Y llegó mi primera comunión, toda de blanco y azul, pero tan angustiada, tan atosigante de bandas blancas sobre el traje azul marinero, velas, velos y azucenas que maldita la falta que hacían, pero yo era un niño rico -de verdad, no como el de Juan Ramón- y todo esto era imprescindible, lo que no impidió que a los pocos meses, un anochecer, estando en el comedor con Julia, esta me mostrara, como dije antes, su muslo blanco y purísimo como una hostia de verdad. [...]

    Y así va pasando la película de mi vida, con secuencias entrelazadas, refundidas -un montaje caprichoso-. De pronto, estalla la guerra de 1939, la guerra madre que la parió...

5 comentarios:

Gatopardo dijo...

Qué final.....

finchu dijo...

Escuché en la radio el otro día la edición de ésta obra completa.
A ver si me hago con ella, éste poeta también es de los míos.

Juan Nadie dijo...

Lo sé. Pero también es de todos.

carlos perrotti dijo...

Cuando refiere a Los Beatles en sus fragmentos de vida seguro que estaba escuchando el álbum que al menos acá en Argentina los tenía en la tapa parados con una puerta de madera de fondo y un busto a cada lado, uno de ellos con sombrero... que debería sacárselo en este preciso momento por Blas de Otero, otro altísimo poeta.

Juan Nadie dijo...

Conozco esa carátula, aunque no recuerdo en qué disco salió aquí en España, creo que fue un recopilatorio.
Efectivamente para "sacarse" el sombrero.