Chet Baker - Like Someone In Love

jueves, 11 de octubre de 2012

Fragmentos de Silvalandia - Julio Cortázar/Julio Silva - Argentina

¿Quién es quién en Silvalandia?

A pocos lectores se les ocurriría pedir explicaciones sobre la portada de un libro. En general las portadas están destinadas a dar alguna idea de lo que va a seguir, razón por la cual toda pregunta les hace pensar que no sirven para nada y las ofende muchísimo.

Ah, pero en Silvalandia es diferente. En Silvalandia es muy diferente porque las astutas criaturas que allí habitan pasan gran parte de su tiempo entregadas a la tarea de reírse, y toda ocasión les parece buena para revolcarse entre carcajadas de múltiples colores. La primera prueba la proporciona la portada de su libro, en la que dos de ellas se han puesto debajo de los nombres de los Julios, sus cronistas, con la maligna intención de jorobarlos. Fíjese bien antes de entrar en Silvalandia, tenemos el deber de advertírselo: los desprevenidos, los inocentes pensarán que el más alto representa a Silva y el chiquito a Cortázar. ¿Qué se puede hacer contra tanta travesura? Mirar la portada en un espejo restablecería la verdad, pero los espejos son cómplices en Silvalandia y también nuestros nombres se verían invertidos, sin hablar del aspecto vagamente sánscrito que asumirían para regocijo de los causantes de tan complicadas operaciones.

No nos queda más que un recurso, el de rechazar toda semejanza con nuestros supuestos retratos. Admitimos, sin embargo, que el más chico podría hacer pensar en Silva y el otro en Cortázar. Incluso hemos terminado por encontrar un cierto parecido en las actitudes y los gestos, estamos cayendo tristemente en la trampa y los falsos Julios lo saben, como bien lo prueba el azul de satisfacción que los envuelve y esa manera de sonreír contra la que nada es posible, salvo hacer lo mismo. ¿De qué nos valdría enojarnos con las criaturas de Silvalandia? Son formas, colores y movimientos; a veces hablan, pero sobre todo se dejan mirar y se divierten. Son azules y blancas y se divierten. Aceptan sin protesta los nombres y las acciones que les imaginamos, pero viven por su cuenta una vida amarilla, violeta, verde y secreta. Y se divierten.


Crítica de la sinrazón pura

Todo el mundo está de acuerdo en que son los testigos de Silvalandia, aunque nadie los haya designado para tal función y ellos mismos no se tomen demasiado en serio, puesto que al fin y al cabo son del país y bien que se divierten. Pero apenas se encuentran en algún lugar desde donde pueden contemplar lo que pasa en la plaza mayor y en las calles, no pueden contenerse y se hacen confidencias que a muchos les caerían pesadas.

- Están cada día más locos -dice el elefantito Rubén-, y no me sorprendería que una de estas mañanas decidan vestirse de un solo color o aprender a nadar como el pulpo Gustavo.

- Eso no sería locura sino idiotez -responde agriamente el loro Praxiteles-. Por el momento les noto una tendencia a agitarse por la reforma de la ley sobre las gallinas o el impuesto a la piedra pómez, que no me parecen tan importantes.

- Ayer se reunieron para mirar una nube en forma de taburete.

- El miércoles fueron al mercado y solamente compraron zanahorias, con lo cual media hora después no quedaba ninguna y en cambio la lechuga y los tomates se echaban a perder irremisiblemente.  

- Los días pares abandonan a los gatos y se dedican únicamente a cuidar a los canarios.

- Hay muchos que sostienen que un libro leído al revés es más profundo.

- Se habla de expulsar a los elefantes.

- Conocerás nuevos países -dice Praxiteles, amable.

- Espera a que decidan comerse a los loros -dice Rubén rabioso.

Así se van poniendo lúgubres, hasta que alguien los descubre y se muere de risa mirándolos, tras de lo cual Praxiteles y Rubén sienten una especie de vergüenza y también empiezan a reírse; en Silvalandia todo termina en torno de una mesa con numerosos potes de mostaza, vino y postres perfumados, sin contar el platito de semillas de girasol que es el consuelo de Praxiteles.

Julio y Julio partieron de Argentina mediado el siglo a conquistar Europa y no dejarle un indio sin convertir. Lo fueron logrando, no del todo. Hasta que decidieron dar La vuelta al día en ochenta mundos y el éxito, sometido y manso, se arrojó a los pies de su binomio. [...] Siguieron juntos otro rato.


Julio Silva, entonces, decidió instalarse en Silvalandia y retratarla, para que Julio Cortázar se la pusiera en palabras. El resultado, más que un libro, es una civilización entera, donde viven elefantes con todos los derechos ciudadanos en regla y peces a cuyos amos jamás se les ocurriría dejarlos en una pecera cuando salen a pasear. Igual que carteles pintados por una esfinge e interpretados por un Edipo platense que veía crecer la hierba donde nunca pudo crecer la hierba.
Todo lo cual se resume en el mayor peligro de Silvalandia: el lector puede convertirse en niño a cada paso de página. Y quedarse para siempre en esa tierra, agarrado de Julio con la mano izquierda y agarrado de Julio con la mano derecha. Cómo no va usted a correr un riesgo tan cariñoso. [Contraportada de la edición de Santillana, S. A. (Alfaguara), 1996]

lunes, 8 de octubre de 2012

Serranillas - Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana - España


Serranilla I

Serranilla de Moncayo,
Dios vos dé buen año entero,
ca de muy torpe lacayo
faríades cavallero.

Ya se pasava el verano,
al tiempo que onbre se apaña
con la ropa á la tajaña,
encima de Oxmediano
ví serrana sin argayo
andar al pie del otero,
más clara que sale en Mayo,
ell alva, nin su luzero.

Díxele: "Dios nos mantenga,
serrana de buen donayre."
Respondió como en desgayre:
"¡Ay!, que en hora buena venga
aquel que para Sanct Payo
desta yrá mi prisionero."

E vino a mí como un rayo
diziendo: "Preso, montero."

Díxele: "Non me matedes,
serrana, sin ser oído,
ca yo non soy del partido,
desos por quien vos lo avedes.

Aunque me vedes tal sayo
en Agreda soy frontero,
e non me llaman Pelayo,
magüer me vedes señero."

Desque oyó lo que dezía,
dixo: "Perdonad, amigo,
mas folgad ora comigo,
e dexad la montería.

A este çurrón que trayo
quered ser mi parcionero,
pues me fallesçió Mingayo
que era comigo ovejero.

Entre Torellas y el Fayo
pasaremos el Febrero."

Díxele: "De tal ensayo,
serrana, soy placentero."


Serranilla VI

Moça tan fermosa
non ví en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa.

Faziendo la vía
del Calatraveño
a Santa María,
vençido del sueño,
por tierra fragosa
perdí la carrera,
do ví la vaquera
de la Finojosa.

En un verde prado
de rosas e flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la ví tan graciosa,
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.

Non creo las rosas
de la primavera
sean tan fermosas
nin de tal manera;
fablando sin glosa,
si antes supiera
de aquella vaquera
de la Finojosa.

Non tanto mirara
su mucha beldad,
porque me dexara
en mi libertad.

Mas dixe: "Donosa
(por saber quién era),
¿aquella vaquera
de la Finojosa?..."

Bien como riendo,
dixo: "Bien vengades,
que ya bien entiendo
lo que demandades:
non es desseosa
de amar, nin lo espera,
aquessa vaquera
de la Finojosa."


Serranilla IX

Moçuela de Bores
allá do la Lama
púsom'en amores.

Cuydé que olvidado
Amor me tenía,
como quien s'avía
grand tiempo dexado
de tales dolores,
que más que la llama
queman amadores.

Mas ví la fermosa
de buen continente,
la cara plaçiente,
fresca como rosa,
de tales colores
qual nunca vi dama
nin otra, señores.

Por lo qual: "Señora
(le dixe), en verdat
la vuestra beldat
saldrá desd'agora
dentre estos alcores,
pues meresçe fama
de grandes loores."

Dixo: "Cavallero,
tiratvos á fuera:
dexat la vaquera
passar al otero;
ca dos labradores
me piden de Frama,
entrambos pastores."

"Señora, pastor
seré si queredes:
mandarme podedes,
como á servidor:
mayores dulçores
será á mí la brama
que oyr ruyseñores."

Asy concluymos
el nuestro proçesso
sin facer exçesso,
é nos avenimos.

É fueron las flores
de cabe Espinama
los encobridores.

Escritas durante sus años de juventud, las serranillas combinan la tradición lírica castellana con la tradición trovadoresca francesa y provenzal. Su tema central es el encuentro de un caballero con una pastora en medio de la montaña; este encuentro es seguido de una petición de amores, que puede terminar en el rechazo por parte la pastora alegando desigualdad social, en la aceptación, o en una suspensión admirativa. Las serranillas comienzan con un refrán que marca la rima en las glosas, y muchas veces el léxico y el contenido del poema: rechazo, aceptación, suspensión admirativa.

viernes, 5 de octubre de 2012

Los Proverbios o Centiloquio (Fragmento) - Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana - España


De amor é temor
Fijo mío mucho amado,
para mientes,
e non contrastes las gentes,
mal su grado:
ama e serás amado,
e podrás
façer lo que non farás
desamado.

¿Quién reservará al temido
de temer,
si discrepçión e saber
non ha perdido?
Si querrás, serás querido,
ca temor
es una mortal dolor
al sentido.

Çésar, segund es leydo,
padesçió,
e de todos se falló
desçebido:
quien se piensa tan ardido,
pueda ser
que sólo baste a façer
grand sonido.

¡Quántos vi ser augmentados
por amor:
e muchos más por temor
abaxados!
Ca los buenos, sojudgados,
non tardaron
de buscar cómo libraron
sus estados.

¡O fijo! sey amoroso,
e non esquivo;
ca Dios desama al altivo
desdeñoso.
Del iniquo e maliçioso
non aprehendas;
ca sus obras son contiendas
sin reposo.

E sea la tu respuesta
muy graçiosa:
non terca nin soberbiosa,
mas honesta.
¡O fijo! ¡Quán poco cuesta
bien fablar!...
E sobrado amenaçar
poco presta.

Non te plegan altiveçes
indevidas,
como sean abatidas
muchas veçes.
Non digo que te arrafeçes
por tal vía,
que seas en compañía
de soheçes.

Refuye los noveleros
deçidores,
como a lobos dapnadores
los corderos:
ca sus lindes e senderos
non atrahen
sinon laços, en que caen
los groseros.

Asuero, sinon oyera,
non usara
justamente de la vara,
e cayera
en error que non quisiera
encontinente,
e de fecho el inosçente
padesçiera.

Ca muy atarde el absente
fallan justo,
nin por consequente injusto
al presente.
Oye, e de continente
jamás libres;
pero guarda que delibres
sabiamente.

Ca de fecho delibrado
non se atiende
que segunda vez se emiende
por errado:
faz que seas enclinado
a consejo,
e non excludas al viejo
de tu lado.

Tanto tiempo los romanos
prosperaron
quanto creyeron e onraron
los ançianos;
mas después que a los tiranos
consiguieron,
muy pocos pueblos vençieron.


El Marqués de Santillana compuso los Proverbios a petición del rey Juan II para la educación del príncipe Enrique, futuro rey Enrique IV, hermanastro de Isabel la Católica. Constan de cien estrofas (Centiloquio) y son una especie de manual de instrucción y una forma de transmisión de la sabiduría tradicional.

martes, 2 de octubre de 2012

Dylan Revisited/ 6 - El ciego de la pandereta - Pablo Neruda - Chile / Mr. Tambourine Man - El hombre de la pandereta - Bob Dylan - Estados Unidos

El joven trovador - Bob Dylan
EL CIEGO DE LA PANDERETA
Ciego, siempre será tu ayer mañana?
Siempre estará tu pandereta pobre
estremeciendo tus manos crispadas?

Yo voy pasando y veo tu silueta
y me parece que es tu corazón
el que se cimbra con tu pandereta.

Yo pasé ayer y supe tu dolor:
dolor que siendo yo quien lo ha sabido
es mucho mayor.

No volveré por no volverte a ver,
pero mañana tu silueta negra
estará como ayer:

la mano que recibe,
los ojos que no ven,
la cara parda, lastimosa y triste,
golpeando en cada salto la pared.

Ciego, ya voy pasando y ya te miro,
y de rabia y dolor —qué sé yo qué—
algo me aprieta el corazón,
el corazón y la sien.
Por tus ojos que nunca han mirado
cambiara yo los míos que te ven!

De Crepusculario, 1923


MR. TAMBOURINE MAN
Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
I'm not sleepy and there is no place I'm going to.
Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
In the jingle jangle morning I'll come followin' you.

Though I know that evenin's empire has returned into sand,
Vanished from my hand
Left me blindly here to stand but still not sleeping.
My weariness amazes me, I'm branded on my feet,
I have no one to meet
And the ancient empty street's too dead for dreaming.

Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
I'm not sleepy and there is no place I'm going to.
Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
In the jingle jangle morning I'll come followin' you.

Take me on a trip upon your magic swirlin' ship,
My senses have been stripped, my hands can't feel to grip,
My toes too numb to step, wait only for my boot heels
To be wanderin'.
I'm ready to go anywhere, I'm ready for to fade
Into my own parade, cast your dancing spell my way,
I promise to go under it.

Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
I'm not sleepy and there is no place I'm going to.
Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
In the jingle jangle morning I'll come followin' you.

Though you might hear laughin', spinnin' swingin' madly across the sun
It's not aimed at anyone, it's just escapin' on the run
And but for the sky there are no fences facin'.
And if you hear vague traces of skippin' reels of rhyme
To your tambourine in time, it's just a ragged clown behind,
I wouldn't pay it any mind, it's just a shadow you're
Seein' that he's chasing.

Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
I'm not sleepy and there is no place I'm going to.
Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
In the jingle jangle morning I'll come followin' you.

Then take me disappearin' through the smoke rings of my mind,
Down the foggy ruins of time, far past the frozen leaves,
The haunted, frightened trees, out to the windy beach,
Far from the twisted reach of crazy sorrow.
Yes, to dance beneath the diamond sky with one hand waving free,
Silhouetted by the sea, circled by the circus sands,
With all memory and fate driven deep beneath the waves,
Let me forget about today until tomorrow.

Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
I'm not sleepy and there is no place I'm going to.
Hey! Mr Tambourine Man, play a song for me,
In the jingle jangle morning I'll come followin' you.


EL HOMBRE DE LA PANDERETA
Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
No he dormido y no hay sitio donde pueda ir.
Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
En la mañana cantarina te seguiré.

Aunque el imperio de la noche ha vuelto a la arena,
Se escapó de entre mis dedos,
Dejándome aquí ciego, pero sin ganas aún de dormir.
Mi cansancio me sorprende, tengo marcados los pies,
No tengo a nadie con quien reunirme
Y la antigua calle vacía está demasiado muerta para soñar.

Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
No he dormido y no hay sitio donde pueda ir.
Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
En la mañana cantarina te seguiré.

Llévame de viaje en tu mágico barco que gira como un torbellino,
Mis sentidos están despojados, mis manos entumecidas y
Los dedos de mis pies demasiado insensibles para caminar, sólo esperan los tacones de mis botas
Para vagar errantes.
Estoy preparado para ir adonde sea, estoy preparado para desvanecerme
En el interior de mi propio desfile, que tu danza hechice mi camino,
Prometo someterme.

Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
No he dormido y no hay sitio donde pueda ir.
Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
En la mañana cantarina te seguiré.

Aunque quizá oigas risas, dando vueltas, balanceándose locamente frente al sol,
No se dirigen a nadie, es sólo una escapada en la huida
Y no hay más barreras que el cielo.
Y si oyes vagos trazos de danzas de rima saltarinas
A ritmo con tu pandereta, es sólo un payaso harapiento tras de ti
Yo no le prestaría atención, no es sino una sombra lo que
Ves que él persigue.

Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
No he dormido y no hay sitio donde pueda ir.
Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
En la mañana cantarina te seguiré.

Llévame entonces desapareciendo a través de los humeantes anillos de mi mente,
Bajo las ruinas neblinosas del tiempo, más allá de las hojas heladas,
De los encantados, aterrorizados árboles, hacia la playa sacudida por el viento,
Lejos del retorcido alcance de la pena enloquecida.
Sí, danzar bajo el cielo diamantino con una mano saludando libremente,
Silueteado por el mar, rodeado de arenas de circo,
Con todo el recuerdo y el destino conducidos profundamente bajo las olas,
Deja que me olvide de hoy hasta mañana.

Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
No he dormido y no hay sitio donde pueda ir.
Eh, Hombre de la Pandereta, toca una canción para mí,
En la mañana cantarina te seguiré.

Traducción de Carlos Álvarez

Mr. Tambourine Man 
Newport Folk Festival. 1964

sábado, 29 de septiembre de 2012

Testamento de otoño - Pablo Neruda - Chile

Paisaje otoñal - Vincent Van Gogh
El poeta entra a contar su condición y predilecciones

Entre morir y no morir
me decidí por la guitarra
y en esta intensa profesión
mi corazón no tiene tregua,
porque donde menos me esperan
yo llegaré con mi equipaje
a cosechar el primer vino
en los sombreros del Otoño.

Entraré si cierran la puerta
y si me reciben me voy,
no soy de aquellos navegantes
que se extravían en el hielo:
yo me acomodo como el viento,
con las hojas más amarillas,
con los capítulos caídos
de los ojos de las estatuas
y si en alguna parte descanso
es en la propia nuez del fuego,
en lo que palpita y crepita
y luego viaja sin destino.

A lo largo de los renglones
habrás encontrado tu nombre,
lo siento muchísimo poco,
no se trataba de otra cosa
sino de muchísimas más,
porque eres y porque no eres
y esto le pasa a todo el mundo,
nadie se da cuenta de todo
y cuando se suman las cifras
todos éramos falsos ricos:
ahora somos nuevos pobres.


Habla de sus enemigos y les participa su herencia

He sido cortado en pedazos
por rencorosas alimañas
que parecían invencibles.
Yo me acostumbré en el mar
a comer pepinos de sombra,
extrañas variedades de ámbar
y a entrar en ciudades perdidas
con camiseta y armadura
de tal manera que te matan
y tú te mueres de la risa.

Dejo pues a los que me ladraron
mis pestañas de caminante,
mi predilección por la sal,
la dirección de mi sonrisa
para que todos lo lleven
con discreción, si son capaces:
ya que no pudieron matarme
no puedo impedirles después
que no se vistan con mi ropa,
que no aparezcan los domingos
con trocitos de mi cadáver,
certeramente disfrazados.
Si no dejé tranquilo a nadie
no me van a dejar tranquilo,
y se verá y eso no importa:
publicarán mis calcetines.


Se dirige a otros sectores

Dejé mis bienes terrenales
a mi Partido y a mi pueblo,
ahora se trata de otras cosas,
cosas tan oscuras y claras
que son sin embargo una sola.
Así sucede con las uvas,
y sus dos poderosos hijos,
el vino blanco, el vino rojo,
toda la vida es roja y blanca,
toda claridad es oscura,
y no todo es tierra y adobe,
hay en mi herencia sombra y sueños.


Contesta a algunos bien intencionados

Me preguntaron una vez
por qué escribía tan oscuro,
pueden preguntarlo a la noche,
al mineral, a las raíces.
Yo no supe qué contestar
hasta que luego y después
me agredieron dos desalmados
acusándome de sencillo:
que responda el agua que corre,
y me fui corriendo y cantando.


Destina sus penas

A quién dejo tanta alegría
que pululó por mis venas
y este ser y no ser fecundo
que me dio la naturaleza?
He sido un largo río lleno
de piedras duras que sonaban
con sonidos claros de noche,
con cantos oscuros de día
y a quién puedo dejarle tanto,
tanto qué dejar y tan poco,
una alegría sin objeto,
un caballo solo en el mar,
un telar que tejía viento?


Dispone de sus regocijos

Mis tristezas se las destino
a los que me hicieron sufrir,
pero me olvidé cuáles fueron,
y no sé dónde las dejé,
si las ven en medio del bosque
son como las enredaderas:
suben del suelo con sus hojas
y terminan donde terminas,
en tu cabeza o en el aire,
y para que no suban más
hay que cambiar de primavera.


Se pronuncia en contra del odio

Anduve acercándome al odio,
son serios sus escalofríos,
sus nociones vertiginosas.
El odio es un pez espada,
se mueve en el agua invisible
y entonces se le ve venir,
y tiene sangre en el cuchillo:
lo desarma la transparencia.
Entonces para qué odiar
a los que tanto nos odiaron?
Allí están debajo del agua
acechadores y acostados
preparando espada y alcuza,
telarañas y telaperros.
No se trata de cristianismos,
no es oración ni sastrería,
sino que el odio perdió:
se le cayeron las escamas
en el mercado del veneno,
y mientras tanto sale el sol
y uno se pone a trabajar
y a comprar su pan y su vino.


Pero lo considera en su testamento

Al odio le dejaré
mis herraduras de caballo,
mi camiseta de navío,
mis zapatos de caminante,
mi corazón de carpintero,
todo lo que supe hacer
y lo que me ayudó a sufrir,
lo que tuve de duro y puro,
de indisoluble y emigrante,
para que se aprenda en el mundo
que los que tienen bosque y agua
pueden cortar y navegar,
pueden ir y pueden volver,
pueden padecer y amar,
pueden temer y trabajar,
pueden ser y pueden seguir,
pueden florecer y morir,
pueden ser sencillos y oscuros,
pueden no tener orejas,
pueden aguantar la desdicha,
pueden esperar una flor,
en fin, podemos existir,
aunque no acepten nuestras vidas
unos cuantos hijos de puta.


Finalmente se dirige con arrobamiento a su amada

Matilde Urrutia, aquí te dejo
lo que tuve y lo que no tuve,
lo que soy y lo que no soy.
Mi amor es un niño que llora,
no quiere salir de tus brazos,
yo te lo dejo para siempre:
eres para mí la más bella.

Eres para mí la más bella,
la más tatuada por el viento,
como un arbolito del sur,
como un avellano en agosto,
eres para mí suculenta
como una panadería,
es de tierra tu corazón,
pero tus manos son celestes.

Eres roja y eres picante,
eres blanca y eres salada
como escabeche de cebolla,
eres un piano que ríe
con todas las notas del alma
y sobre mí cae la música
de tus pestañas y tu pelo,
me baño en tu sombra de oro
y me deleitan tus orejas
como si las hubiera visto
en las mareas de coral:
por tus uñas luché en las olas
contra pescados pavorosos.

De Sur a Sur se abren tus ojos,
y de Este a Oeste tu sonrisa,
no se te pueden ver los pies,
y el sol se entretiene estrellando
el amanecer en tu pelo.
Tu cuerpo y tu rostro llegaron,
como yo, de regiones duras,
de ceremonias lluviosas,
de antiguas tierras y martirios,
sigue cantando el Bío-Bío
en nuestra arcilla ensangrentada,
pero tú trajiste del bosque
todos los secretos perfumes
y esa manera de lucir
un perfil de flecha perdida,
una medalla de guerrero.
Tú fuiste mi vencedora
por el amor y por la tierra,
porque tu boca me traía
antepasados manantiales,
citas en bosques de otra edad,
oscuros tambores mojados:
de pronto oí que me llamaban:
era de lejos y de cuando
me acerqué al antiguo follaje
y besé mi sangre en tu boca,
corazón mío, mi araucana.

Qué puedo dejarte si tienes,
Matilde Urrutia, en tu contacto
ese aroma de hojas quemadas,
esa fragancia de frutillas
y entre tus dos pechos marinos
el crepúsculo de Cauquenes
y el olor de peumo de Chile?

Es el alto otoño del mar
lleno de niebla y cavidades,
la tierra se extiende y respira,
se le caen al mes las hojas.
Y tú inclinada en mi trabajo
con tu pasión y tu paciencia
deletreando las patas verdes,
las telarañas, los insectos
de mi mortal caligrafía,
oh leona de pies pequeñitos,
qué haría sin tus manos breves?
dónde andaría caminando
sin corazón y sin objeto?
en qué lejanos autobuses,
enfermo de fuego o de nieve?

Te debo el otoño marino
con la humedad de las raíces
y la niebla como una uva,
y el sol silvestre y elegante:
te debo este cajón callado
en que se pierden los dolores
y sólo suben a la frente
las corolas de la alegría.
Todo te lo debo a ti,
tórtola desencadenada,
mi codorniza copetona,
mi jilguero de las montañas,
mi campesina de Coihueco.

Alguna vez si ya no somos,
si ya no vamos ni venimos
bajo siete capas de polvo
y los pies secos de la muerte,
estaremos juntos, amor ,
extrañamente confundidos.
Nuestras espinas diferentes,
nuestros ojos maleducados,
nuestros pies que no se encontraban
y nuestros besos indelebles,
todo estará por fin reunido,
pero de qué nos servirá
la unidad de un cementerio?
Que no nos separe la vida
y se vaya al diablo la muerte!


Recomendaciones finales

Aquí me despido, señores,
después de tantas despedidas
y como no les dejo nada
quiero que todos toquen algo:
lo más inclemente que tuve,
lo más insano y más ferviente
vuelve a la tierra y vuelve a ser:
los pétalos de la bondad
cayeron como campanadas
en la boca verde del viento.

Pero yo recogí con creces
la bondad de amigos y ajenos.
Me recibía la bondad
por donde pasé caminando
y la encontré por todas partes
como un corazón repartido.

Qué fronteras medicinales
no destronaron mi destierro
compartiendo conmigo el pan,
el peligro, el techo y el vino?
El mundo abrió sus arboledas
y entré como Juan por su casa
entre dos filas de ternura.
Tengo en el Sur tantos amigos
como los que tengo en el Norte,
no se puede poner el sol
entre mis amigos del Este,
y cuántos son en el Oeste?
No puedo numerar el trigo.
No puedo nombrar ni contar
los Oyarzunes fraternales:
en América sacudida
por tanta amenaza nocturna
no hay luna que no me conozca
ni caminos que no me esperen:
en los pobres pueblos de arcilla
o en las ciudades de cemento
hay algún Arce remoto
que no conozco todavía
pero que nacimos hermanos.

En todas partes recogí
la miel que devoran los osos,
la sumergida primavera,
el tesoro del elefante,
y eso se lo debo a los míos,
a mis parientes cristalinos.
El pueblo me identificó
y nunca dejé de ser pueblo.
Tuve en la palma de la mano
el mundo con sus archipiélagos
y como soy irrenunciable
no renuncié a mi corazón,
a las ostras ni a las estrellas.


Termina su libro el poeta hablando de sus variadas transformaciones y confirmando su fe en la poesía

De tantas veces que he nacido
tengo una experiencia salobre
como criaturas del mar
con celestiales atavismos
y con destinación terrestre.
Y así me muevo sin saber
a qué mundo voy a volver
o si voy a seguir viviendo.
Mientras se resuelven las cosas
aquí dejé mi testimonio,
mi navegante estravagario
para que leyéndolo mucho
nadie pudiera aprender nada,
sino el movimiento perpetuo
de un hombre claro y confundido,
de un hombre lluvioso y alegre,
enérgico y otoñabundo.

Y ahora detrás de esta hoja
me voy y no desaparezco:
daré un salto en la transparencia
como un nadador del cielo,
y luego volveré a crecer
hasta ser tan pequeño un día
que el viento me llevará
y no sabré cómo me llamo
y no seré cuando despierte:

entonces cantaré en silencio.
De Estravagario

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías - Federico García Lorca - España

Corrida de toros: muerte del torero - Pablo Picasso
A mi querida amiga
Encarnación López Júlvez

1
La cogida y la muerte

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones de bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.

En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde.
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde.
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde
.

Un ataúd con ruedas es la cama.
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

Andy García en la película The Disappearance of Garcia Lorca (Muerte en Granada, 1996), de Marcos Zurinaga


2
La sangre derramada

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.

¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.

No.
¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¿Quién me grita que me asome?
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas,
que gritaban a toros celestes
mayorales de pálida niebla.

No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué buen serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.

¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!

No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!

Paco Rabal. La música de guitarra que se escucha es de Federico García Lorca


3
Cuerpo presente

La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.

Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.

Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otra plaza sin muros.

Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte lo ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
se calienta en la cumbre de las ganaderías.

¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.

¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.

Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos:
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.

Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para esté capitán atado por la muerte.

Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.

Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.

No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

Manolo Noriega


4
Alma ausente

No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.

El Otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace.
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

Ana Belén. Música de Víctor Manuel San José

domingo, 23 de septiembre de 2012

Os nenos / Los niños - Luis Pimentel - España

Niños jugando - Oskar Kokoschka
OS NENOS
Escondido o seu terror
antre os plegues do manto
das nais,
asusta sentir o seu corazón veloz
dentro dun peito tan mísero.
¿Cómo se sostén ou defende
tanta fraxilidade?
(¡Unha folla no vento!)

¿Recordades, como rosas que chegan da sombra,
esas filas de olladas dos expósitos
en domingo?

(En non falemos da infancia dos príncipes.)

¡Oh, as navallas sempre abertas
pra ferilos,
dentro do terror dos seus sonos!
E nos escuros currunchos
as súas silenciosas bágoas.

O neno non conoce a morte;
mais ás veces chéganos un berro
dun mundo desconocido pra o home.

¿I esa pregunta fonda
que se para por un intre nos seus ollos?
¿I esa luz tristeira, doce,
sobre unha frente mol e tenra,
de ónde ven?

Mais eisisten nenos solitarios,
estranos nenos
que conocen a morte.


LOS NIÑOS
Escondido su terror
entre los pliegues del manto
de las madres,
asusta sentir su corazón veloz
dentro de un pecho tan mísero.
¿Cómo se sostiene o defiende
tanta fragilidad?
(¡Una hoja en el viento!)

¿Recordáis, como rosas que llegan de la sombra,
esas filas de miradas de los expósitos
en domingo?

(Y no hablemos de la infancia de los príncipes.)

¡Oh, las navajas siempre abiertas
para herirlos,
dentro del terror de sus sueños!
Y en los oscuros rincones
sus silenciosas lágrimas.

El niño no conoce la muerte;
pero a veces nos llega un grito
de un mundo desconocido para el hombre.

¿Y esa pregunta honda
que se para un instante en sus ojos?
¿Y esa luz penosa, dulce,
sobre una frente blanda y tierna,
de dónde viene?

Pero existen niños solitarios,
extraños niños
que conocen la muerte.
Versión de Miguel González Garcés

Luis Vázquez Fernández Pimentel (1895-1958) nació en Lugo y, tras estudiar en Santiago y Madrid, se dedicó profesionalmente a la medicina en su tierra; escribió una importante obra lírica cuyo intimismo sentimental, vestido con galas simbolistas, nos hace pensar en Rosalía de Castro, Juan Ramón Jiménez y Francis Jammes. Su obra en gallego está representada por el librito Triscos (1950) y la antología póstuma Sombra do aire na herba; también póstumamente se publicó Barco sin luces, la obra más importante de Pimentel en castellano. FRANCISCO RICO

Sus poemas apenas fueron conocidos, pues sólo los leía a sus amigos en las tertulias que frecuentaba.