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domingo, 9 de julio de 2017

Pasión del laberinto - Pedro Luis Menéndez // Vida y muerte - Cecilio F. Testón - España


A la memoria de Cecilio F. Testón, humanista, viejo profesor de latín del responsable de este blog.

Pasión del laberinto,
                             tierra viva,
llegarás sin temer
el tiempo viejo
                      para nacer aquí,
como un delirio
que se enreda y se vierte,
se compone,
se dispone
en imágenes caudales:


Bosque del aire,
                       luna de semilla,
templo del hombre, fiel pulmón del alba,
derramarás la lluvia copa a copa
hasta estampar tus huesos enterrados,
cauto temblor, racimo del destino,
hasta empapar los mundos,
redimirnos
                 de otro fervor
que tu ámbito extendido,
de otro saber
que tus revelaciones.


Donde yo te contemplo se concentran
los contraluces ávidos de ensueño,
la magia celular del hongo, el liquen
que desespera en musgo de humedades;
secreto a pura voz, hay corazones
ardiendo sin cesar en la espesura.


Una espesura de anclas enraizadas,
un aparejo mágico,
hojarasca
               abarloada al ámbito dormido
de tu espalda, salinidad antigua,
fiebre y savia
para la sed de ti
que gimo en cada paso, huella de ti
que sigo en el silencio.


Sólo los pasos saben, tan desnudos,
gozarte así, remanso del otoño,
huella fugaz tras huella que se pierde,
deshecha ya, marisma de hoja y hoja.
Si te perdí, te tengo
si te tuve.


Fermentas en la noche como el amor
y el miedo,
raíz vital del roble,
centro del bosque,
                         espacio prevenido
para durar los siglos abundantes
sin otra fe que el tiempo
sobre el tiempo,
sin otra luz que el agua
                                   de una sombra.

Perpetuación de un cántico encendido,
fermentas en la noche
como los sueños blancos
tu humedad por las almas elegidas.


Dolor de la madera, nudo tenso
de incitación al llanto,
piel devota que atravesó los lindes,
fuese adentro
del último desvelo
en abanico de carbón y llamas,
dijo el grito y la nube,
cumplió el vuelo
de algún dulce morar
                             por los caminos,
dolor de la madera, viento
al viento de ser la última muerte.


Entregarás a un mismo reverbero
la soledad y el cauce de la estrella,
vecino al mar
desnudo donde acabas,
acantilado insomne sin fronteras:
las ramas se estremecen, brisa
feliz, no arcádica, a la tierra
desliza un mundo lleno, en sí completo.
  
Claros del bosque, ojos del vacío,
premio sin paz,
ventana al laberinto,
recuérdame después de la presencia,
del preguntar atónito a la vida
si otra quietud
me aguarda entre los verbos
con lucidez de savia y de sorpresa,
preciosa luz de un cándido arrebato,
ventana abierta
                       al pie del laberinto,
si otra quietud me aguarda,
qué distancia
no besarán los ríos de la ausencia.

Estás ahí,
al lado de mí mismo.
Sentirte así me anuncia ya el silencio. 
Corre la voz,
canción de la arboleda,
quiero abrazarte en música, jugarnos
la última sombra
en ocre y en caricia
para volver a tus enredaderas,
y no partir jamás:

ser hombre y tierra.

4 comentarios:

carlos perrotti dijo...

"En imágenes caudales..." Te pone la piel de gallina este poema. Te hace releerlo sin pausa.

"Sólo los pasos saben, tan desnudos,
gozarte así, remanso del otoño,
huella fugaz tras huella que se pierde,
deshecha ya, marisma de hoja y hoja.
Si te perdí, te tengo
si te tuve..." Son convicciones y hallazgos sus cavilaciones. Hay que poder escribir así pero sólo luego de escarbarse...

"Sin otra fe que el tiempo..." Mejor me callo y lo sigo leyendo un rato largo.

carlos perrotti dijo...

Impecable reseña sobre tu viejo maestro de latín. Que allí donde esté muy bien se encuentre. Persona valiosa, verdad? También así te ha formado. Serás siempre dichoso de haberlo conocido...


Juan Nadie dijo...

No lo dudes.
Cecilio era un sabio. Quienes tuvimos el privilegio de asistir a sus clases particulares de latín lo sabemos. Nos sentábamos en una larga "mesa redonda" (no era redonda, pero yo ya me entiendo), y, aparte de dar clases de latín, ahí se hablaba de todo, lo mismo de política de que literatura o lo que cuadrase en el momento, siempre con el suave magisterio de Cecilio, quien mientras tanto solía pintar. Por aquellos tiempos su pintura era bastante expresionista y barroca y había adoptado un método que él llamaba "boligrafía", porque pintaba con bolígrafos. Más tarde haría otras cosas.

Los métodos académicos de Cecilio eran geniales: tú hacías una traducción del latín en la que seguramente no habías dado pie con bola, y te decía: "Ah, interesante, no está mal visto, pero... (y ahí venía lo bueno), si le damos otro enfoque..." Al final te dabas cuenta que tu traducción era una chapuza, pero te sentías valorado. Un genio.

Cuando yo comencé a dar clases privadas (no de latín, sino de Matemáticas, Física y Química) me acordé inmediatamente de Cecilio e intenté aplicar esos métodos. Y no me fue nada mal, oye.

Agradecimiento enorme a Cecilio.

carlos perrotti dijo...

Cecilio (tan bello nombre) sabía lo que era capaz de lograr una palabra de valoración o de aliento. Un maestro.

Creo que entiendo a lo que aludes con aquello de mesa redonda que no era redonda...