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viernes, 17 de julio de 2009

Fragmento de Las mocedades de Ulises - Álvaro Cunqueiro - España

Ulises y las sirenas - Waterhouse
El laértida cumplió largas jornadas en el mar. En nave de ajena nación, en cuyo puente se oían extraños y oscuros acentos levantinos, navegó toda la vuelta de Fenicia y las Sirtes. La luna de las vendimias lo hayó en el mar de Siria. Alfa del Cisne presidía serena e impasible las noches. El invierno lo retuvo cirenaico, como a las golondrinas. Naufragó en nave cefalónica que subía hacia el mar de los jonios, y cabalgando un tablón violentamente arrancado a la nave por las rocas, vio las Pléyades matutinas. Las olas del mar lo llevaron a desconocido país, rico en ágoras, en las que contó notables vidas, todas diferentes y todas suyas. Muchos fuegos se consumieron delante de su voz. Asistió a solemnes batallas en las que cayeron grandes reyes de los bien ensillados caballos, quienes conocieron con los rostros ensangrentados la monarquía irrefutable del polvo terrenal. Príncipes adultos le cedieron paso, aceptando su arco infalible y la moral de sus discursos. Oyó voces misteriosas en la tierra y en el mar, y le fueron ofrecidas sidras perfumadas que daban al que bebiese eterna juventud, perpetua vida. Enamoradas bocas femeninas florecían junto a sus rodillas, y los días eran todos de sol, y el mundo un gran palacio que se le ofrecía con todas las puertas abiertas, y en los jardines el dulce verano.

Al fin, como ladrón que viene nocturno, en barca propia y único remador, asaltó el inquieto camino que conduce a Ítaca. Rogó a los vientos que le fueran propicios y ataran sus sandalias con nudos perfectos. Todas las mañanas veía a Ítaca en el horizonte, y coronaban el Partenón nubes blancas y humo carbonero. Vio pasar las golondrinas y las codornices, los malvises y la zumaya. Confiaba encontrar a Penélope en el paterno hogar. Estaría sentada al telar en que tejiera su abuela, la madre de Laertes, racimos azules en linos cándidos. Penélope saldría vespertina con la madre Euriclea, posando el inquieto oído en la nueva y solitaria noche. Laertes bajaría al muelle, en los labios el amado nombre. ¿Quién derramaba como el más preciado de los vinos, noticias de Ulises? El más banal suceso se convertiría en agüero, y nada ni nadie podría evitar que los progenitores y la esposa soñaran con los terribles naufragios, las estrepitosas batallas, las pestes locas y la muerte. El telar se llenaba de ovillos de hilo negro.

Pero Ulises, adulto fatigado, regresaba. Sus pies se hundían en la playa de Ítaca, y del roce de los pies con la arena nacía una oscura canción. El héroe se vestía con burdos paños remendados, y la barba le poblaba el pecho. Hubiera podido anudar en ella cien años...

Cunqueiro ha utilizado las historias de los brumosos celtas, de los dorados árabes, de los antiguos griegos para darnos lo que tenía que darnos, su mentira.. La literatura es siempre una mentira, la mentira de Cunqueiro nos da consolación y serenidad. Las mocedades de Ulises están escritas en un tempo sereno y de paso de paseo, nos piden una hora descansada y vagabunda y a cambio nos dan su bálsamo para las heridas que nos proporcionan nuestros días. SUSO DEL TORO

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