Dulce Pontes - Caminhos (1997)

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La belleza convulsa (y III) - Francisco Umbral - España


13, DOMINGO

    Lo más importante del surrealismo ha sido la pintura. Los pintores surrealistas nunca pintaron otra cosa que el hombre interior. Eran unos místicos de sí mismos. Las gentes de catálogo y media tarde lo decían con asquito:
    - Pintura literaria, pintura literaria, literatura pintada.
    - Naturalmente, señora, naturalmente.
    Y, como el surrealismo era una pintura literaria, los peores, los más literarios, resultaron los más significativos de entre los pintores surrealistas. El arte surrealista es el nuevo bisonte altamirano de las cavernas del alma (una caverna, ya, sin la linterna de Platón), y por él paseamos mirando nuestros sueños en grafito. Delvaux llena el mundo cotidiano de señoritas desnudas y generalmente rubias, muy aseadas en su desnudez, con esa cosa atuendaria y decente que tiene la carne, y las mujeres jóvenes, castas y excitantes de Delvaux llenan las estaciones nocturnas, el carbón de la noche, todo lo negro de la negrura, con sus desnudos de espejo rosa, orlado, espejo de fonda de estación con pretensiones, espejo por donde pasan los Grandes Expresos Europeos llevando a Paul Morand hacia Barcelona, llevando a Lenin, blindado, hacia Moscú.
    El surrealismo es eso: meter lo insólito en lo cotidiano, poner manos arriba la cotidianeidad con dos tetas como dos pistolas. O descubrir hormigueros en la mano humana, como Salvador Dalí. El surrealismo es la Ilíada y la Odisea de la noche humana, que no se había contado nunca. Eluard, Breton, Aragon, Arp, Ernst, Domínguez, Prévost, Prévert, Magritte, Chirico, tantos, nos cuentan la noche como un día siniestro, y ya, desde entonces, los niños de la guerra (mundial) no podíamos ser los educandos de la realidad mostrenca, sino los pilletes del subconsciente. No fuimos como los demás niños, que se enamoraron de la vecina, de la tía, de la amiga de la madre, de la propia madre. Nosotros nos enamoramos de Ana María, la hermana de Dalí, que tenía fuertes pantorras payesas, de las señoritas desnudas y ferroviarias de Delvaux, de las señoritas en yeso de Magritte, con una rosa de sangre en la sien, de las mujeres/pájaro de Max Ernst, que no eran sino las meretrices impersonales de nuestra adolescencia cruel. Pero luego hablaré de eso.
    El surrealismo nos enseñó que el día no es sino el forro brillante y mediocre de la noche, porque la humanidad adulta se había retirado a sus cavernas interiores, llevándonos de la mano. El sexo, el irracionalismo, el psicoanálisis, el surrealismo, todo el sistema interior que nos permite recorrer la riqueza negra y minera de la vida, agotado ya el continente diurno de los clásicos, los neoclásicos y los que estaban dispuestos, a toda costa, a seguir haciendo citas de Aristóteles, como si eso fuera aconsejable.
    La mutación fundamental del siglo XX es esta emigración hacia el continente de la noche. Hegel habría sido, así, el último coletazo desesperado de la ballena blanca de la luz, Moby Dick de la razón que adopta su última forma parabólica. Fuimos, somos los patriotas de la noche, segunda generación. Nunca más volveremos a creer que la realidad sea la realidad, sino sólo el sitio irreal y mediocre por donde se movían nuestros abuelos burgueses. Varias generaciones hemos vivido ya, hemos escrito, hemos creado, alumbrados por el fanal negro de la noche, por la linterna del sueño, que se abre a realidades más ricas, circulares y violentas.
    Eso está, me parece, en toda la pintura posterior al surrealismo, incluso en la que se cree nuevamente realista, que ve y pinta ya una realidad alucinatoria, porque el día no puede ser otra cosa que una alucinación para los pioneros de la noche. Eso está en el abstracto, que es la pintura pintándose a sí misma, que es el pintor pintando sus ganas de pintar, como yo escribo ahora mis ganas de escribir.
  Hombre interior, hombre interior. Los refugios atómicos de cemento armado, que ahora se fabrican, no son otra cosa que el remedo bélico y tecnológico de las cavernas sutiles y cultas en que nos metió el surrealismo y el psicoanálisis. Lo de menos, en Freud, es que tuviese razón científica. Lo importante es que nos salva de Hegel/Moby Dick sumergiéndonos más profundo que la ballena. La pequeñoburguesía grancapitalista, con los refugios atómicos que digo, ha llegado tarde, como siempre, al interior de la tierra. Creen huir de la bomba de neutrones, pero huyen, como todos, de la enfermedad de la luz, primero intuida por los poetas (nocturno Baudelaire, Moréas) y luego formulada por Einstein.

10 comentarios:

marian dijo...

Me gusta el último párrafo, especialmente.

marian dijo...

También podría ser el surrealismo: meter lo cotidiano en lo insólito, ¿no crees?

Juan Nadie dijo...

Podría ser, pero yo estoy más de acuerdo con Umbral: lo insólito en lo cotidiano. E todavía estoy más de acuerdo con Cortázar (ambos aprendieron del surrealismo): lo cotidiano y lo insólito se solapan hasta ser una misma cosa. ¿Dónde comienza uno y dónde termina otro? No comienzan ni terminan: lo insólito está en lo cotidiano si se lo quiere ver, y viceversa.

Juan Nadie dijo...

¿Qué pinta ese pedazo de E mayúscula ahi?

Gatopardo dijo...

Ahí te he visto Sabina, o, viceversa.
Estás sembrao...

Gatopardo dijo...

Umbral como crítico de arte no tenía precio ni sucwesor. Al menos en España.

carlos perrotti dijo...

No tiene desperdicio, Umbral. Incluso "sus ganas de escribir..."

Juan Nadie dijo...

No era un crítico al uso, por eso era genial.

Muy buena la frase "escribo mis ganas de escribir", sí.

marian dijo...

E yo también, con Cortázar.

Juan Nadie dijo...

Después de mi primer comentario debería haber puesto "léase 'Continuidad de los parques', entre otros muchos relatos".