Alma - Oeo (2017)

domingo, 28 de febrero de 2010

A ti, silente tiempo - Rafael de Penagos - España

Dibujo de Rafael de Penagos (padre)A ti, silente tiempo sin ternura,
vecino y primo hermano de la muerte.
A ti, por quien la vida se convierte
en una desmochada arquitectura.

A ti, para mi queja piedra dura,
mirada sin pupila hacia mi suerte.
A ti, voz sin sonido que me advierte
lo débil que se torna esta envoltura.

A ti, desgastador de corazones,
espada cortadora de ilusiones,
mayoral de los días y los años.

A ti, disgregador de la esperanza,
ala que, sin volar, todo lo alcanza.
A ti, sordo clamor de desengaños.

Rafael de Penagos

Hijo del genial dibujante Rafael de Penagos Zalabardo, el poeta Rafael de Penagos acaba de fallecer en Madrid a los 86 años de edad. Descanse.
Amigo de Pablo Neruda, Jorge Luis Borges y Rafael Alberti, recibió el espaldarazo poético nada menos que de Juan Ramón Jiménez. Premio Nacional de Literatura 1964, es una de las voces más conocidas de este pais, ya que como actor de doblaje prestó la suya desde los años cuarenta a actores como Stan Laurel, Richard Boone, Tony Curtis, Klaus Kinski, Charles Laughton, Louis de Funes, Robert Montgomery, Claude Rains (en Casablanca), Van Johnson, Donald Pleasence... La lista es interminable. 

viernes, 26 de febrero de 2010

Poesía del vino/5 - Bebe vino precioso con mosquitero dentro - Francisco de Quevedo y Villegas - España

Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas - Juan van der HamenTudescos Moscos de los sorbos finos,
Caspa de las azumbres más sabrosas,
Que porque el fuego tiene mariposas,
Queréis que el mosto tenga marivinos.

Aves luquetes, átomos mezquinos,
Motas borrachas, pájaras vinosas,
Pelusas de los vinos envidiosas,
Abejas de la miel de los tocinos,

Liendres de la vendimia, yo os admito
En mi gaznate pues tenéis por soga
Al nieto de la vid, licor bendito.

Tomá en el trazo hacia mi nuez la boga,
Que bebiéndoos a todos, me desquito
Del vino que bebistes y os ahoga.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Atardecer en el Whang Pu - Otto-Raúl González - Guatemala - México

Hua YenEste río parece que naciera de mi mano
o de las manos de los pescadores
que van cantando canciones milenarias
o alegres poemas de Tu Fu
desde sus viejas barcazas de madera.

Este río es hijo de un río sagrado
y por eso no va hacia el mar sino el mar hacia él viene.

Este río parece un joven príncipe de cobre adormecido
el que velan cantando princesas de bambú.

Este río al crepúsculo huele a huertos en flor
a perfume concreto de dulces mandarinas.

Este río es bello como ningún río autónomo o tributario
cuando entre sus aguas se hunde el sol como una estrella roja.

La brújula constante - Otto-Raúl González - Guatemala - México

Brújula
Para Alejandro Finisterre

Estoy un poco hecho a golpes de catástrofe
la tempestad me dio con su martillo,
y han pulido mi torso exilios y naufragios
pero nunca he perdido mis cartas de marear
ni mi fe ni mi brújula me abandonaron nunca.

lunes, 22 de febrero de 2010

Color solo - Diego Jesús Jiménez - España

Limones, naranjas y una rosa - Francisco de Zurbarán¿Cómo, entonces,
salir de aquí? ¿Intentar la aventura
de salir de este tiempo
de desolación?
El verde claro
que nos trae la alegría y la esperanza, no como el del musgo o el de las botellas,
llenos de incertidumbre y de sollozos, o el verde ya oxidado
del tiempo; ni tan siquiera el de la manzana o el del oleaje
porque no tienen ojos ni cintura. Ni los verdes del puerto, porque están en silencio; ni
aquellos
que nos dicen adiós desde las estaciones o desde la ventana.
Ni el de los cuarteles o el de las casullas
porque jamás dan flor. Yo digo el verde de la infancia
que no nos deja solos nunca, y vive y sueña
y morirá con nosotros; o el de ese vestido
que lo levanta el aire a nuestro paso, y nos mira y acepta desde
su inocencia infantil; no el de ese otro
que anda desde la amanecida en bata
y nos ve con recelo; ni ese que está siempre
con los ojos en blanco; ni el que se santigua
porque no tiene fe.
Yo hablo del verde que está solo
y que es aventura, del verde de los mares
porque no tiene rumbo, del que nace en los sueños
porque no nos olvida.
Hablo del verde
que nos mira a los ojos
y jamás siente miedo.
Zurbarán lo pintaba
con racimos de uvas y en mesas florecientes. Yo lo recojo ahora
del juego de esos niños que están ahí, en las sombras,
cerca de casa. Toco ese verde
que se encoge de hombros
porque es inocente, y sus pechos me miran
ligeros como gestos, tiemblan
de amor bajo las estrellas.

viernes, 19 de febrero de 2010

QUIJOTESCAS/10 - El testamento de Don Quijote - Francisco de Quevedo y Villegas - España

Don Quijote - Gustavo Doré
De un molimiento de güesos,
a duros palos y piedras,
Don Quijote de la Mancha
yace doliente y sin fuerzas.
Tendido sobre un pavés,
cubierto con su rodela,
sacando como tortuga
de entre conchas la cabeza;
con voz roída y chillando,
viendo el escribano cerca,
ansí, por falta de dientes,
habló con él entre muelas:
Escribid, buen caballero,
el testamento que fago
por voluntad postrimera.

[...] Y en lo de «su entero juicio»,
que ponéis a usanza vuesa,
basta poner «decentado»,
cuando entero no le tenga.
A la tierra mando el cuerpo;
coma mi cuerpo la tierra,
que, según está de flaco,
hay para un bocado apenas.
En la vaina de mi espada
mando que llevado sea
mi cuerpo, que es ataúd
capaz para su flaqueza.
Que embalsamado me lleven
a reposar a la iglesia,
y que sobre mi sepulcro
escriban esto en la piedra:
«Aquí yace Don Quijote,
el que en provincias diversas
los tuertos vengó, y los bizcos,
a puro vivir a ciegas».
A Sancho mando las islas
que gané con tanta guerra:
con que, si no queda rico,
aislado, a lo menos queda.
Ítem, al buen Rocinante
dejo los prados y selvas
que crió el Señor del cielo
para alimentar las bestias.

[...] De los palos que me han dado,
a mi linda Dulcinea,
para que gaste el invierno,
mando cien cargas de leña.

[...] Mi lanza mando a una escoba,
para que puedan con ella
echar arañas del techo,
cual de si San Jorge fuera.

[...] Dejo por testamentarios
a don Belianís de Grecia,
al Caballero del Febo,
a Esplandián el de las Xergas.

[...]En esto la extremaunción
asomó ya por la puerta;
pero él que vio al sacerdote
con sobrepelliz y vela,
dijo que era el sabio proprio
del encanto de Niquea;
y levantó el buen hidalgo
por hablarle la cabeza.
Mas viendo que ya le faltaban
juicio, vida, vista y lengua,
el escribano se fue
y el cura se salió afuera.

martes, 16 de febrero de 2010

Comisión de servicios - Jaime Siles - España

El oro de sus cuerpos - Paul Gauguin
En la orilla del Sena sé y no sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsay.
La arena de los mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet:
Henri Fantin-Latour hizo su Breda
de Rimbaud, de Verlaine. De Baudelaire
era el foulard sonoro de la seda
que bordaba en el aire aquel vaivén.
De todo aquel momento sólo queda
lo que pienso sentado en el andén
mientras el autobús me dice que sí queda
El Oro de sus cuerpos de Gauguin.
El oro de sus cuerpos en la acera
son balandros que flotan en mi sien.
Son un mástil, las velas, la carena,
los veloces tacones de sus pies.
Los veloces tacones de sus pies
son las medias que suben, las caderas,
el collar en el cuello, las hombreras
con el bolso en el brazo como bies.
En un escaparate reverbera
una figura que es y que no es
o de carne o de lienzo o de cera
o la Gala del pintor de Cadaqués.
He de tomar un autobús. Y un tren.
Y un avión. Y un barco, por el Sena,
deja en el agua escrita la carena
de las quillas que pasan por mi sien.
Soy el avión y el barco y soy el tren.
Soy esta sensación que me encadena
con la cabeza llena, llena, llena
de imágenes y ritmos en vaivén.
Para que entiendas todo tú también
te escribo esta postal. Tú no la leas.
Has de venir aquí para que veas
con tus ojos mis ojos: no te creas
que esta postal lo dice todo bien.
Si lo dijera todo, toma el tren.
Y, si no dice nada, una primera.
Y, si te dice algo, una litera.
Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven!, ¡ven!
Cenaré en la Embajada con las damas
y no en Maxim's. Te compraré Chanel.
No traigas camisones ni pijamas:
te cubriré de tinta y de papel
Tengo en la mesa cinco telegramas,
dos despachos urgentes y, en la piel,
resueltos todos los crucigramas
del diluvio a la Torre de Babel.
Si me llamas, hazlo por la mañana
de seis a siete, no de nueve a diez.
Estoy aquí al pie de la ventana
esperando el télex color grana
cifrado sobre el tacto de tu tez.
No me digas la clave: sé que emana
de la combinación del diorama
de música, de labios y de cama
con la carne inventada cada vez.
Como las letras, sí, del anagrama
del saturnio que somos, ama, ama
estos signos que sobre las semanas
de tu cuerpo militan como grama
de mi vegetación sobre el cuartel
de la memoria, que tendrá sus canas
-tu cintura, tu zinc, tu cronograma-
en las olas de todas las mañanas
de la espuma que fui sobre tu piel.
Escrito por los días en las granas
pestañas y pistilos y ventanas
de la vidriera virgen del papel,
el oro de tu cuerpo se derrama
en tacto, en tinta, en texto, en tez, en trama
sobre la lengua líquida que llama
con un rumor de ríos y de rama
la basa, el plinto, el fuste, el capitel
del gótico jinete que reclama
la enseña y la divisa de su dama,
los colores, la cinta, la retama
para el torneo y justo redondel,
combinación de música y de cama
con ese delicado diorama
que, bajo las enseñas de la grama,
gleichzeitig langsam und gleichzeitig schnell,
ejecuta en nosotros -pentagramas,
hiperbólicas sumas, cronoramas-
el vidriado Bolero de Ravel.
El ministro firmó. Una llamada
dice que el protocolo es de chaqué.
Toma el avión y tráeme, planchada,
la camisa de seda y, RESERVADA,
manda por la valija, bien lacrada,
la chequera, la Visa y tu corsé.
Acaba de llegar un telegrama
que dice que decreta una semana
el gobierno de fiesta. ¡Ven!, ¡ven, ¡ven!
El Oro de sus cuerpos es un falso
engendro tahitiano de Gauguin.
El Oro de tu cuerpo -also, also!-
el oro de tu cuerpo y tu vaivén,
tu ritmo de amazona y tu melena
abierta por el aire en una E.
La arena de tus mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Son un mástil, las velas, la carena,
los balandros que flotan en mi sien.
Con los ojos llenos de gasolina
y del vapor del Sena sé y no sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsay.
Navegaré al compás de la bolina,
grímpolas en los estayes izaré.
Por tu carne -como una golosina,
un circuito de nata, un canapé-
navegará mi lengua submarina
las escotas, las jarcias, el bauprés
en el cock-tail de la carta marina
-entremeses, ahumados y terrina,
Gänsleber, caviar, Cháteau Sauternes
y, de postre, tarta de mandarina,
Peras Duquesa con hojaldre y miel
polvorones de almendra y espumosa
Viuda servida en copa. Minué
para ti, mandarina de la China.
Para ti, mi Duquesa, este proel
ha trazado tu mapa turmalina
en la tenue tinta mortecina
de la luz que le pone en la retina
el oro de tu cuerpo y de tu piel.
En esta sala sola, sin salida,
donde la craquelada simetría
que veo dibujada en el pincel
del oro de tu cuerpo y no en la guía
del museo, ni en la idolatría
de los lejanos mares ni en Gauguin,
me hacen saber que la soberanía
del territorio está en la monarquía
de la carne del cuerpo de la vida
y no en el bronce pensante de Rodin.
En el agua del Sena a mediodía
los paquebotes abren una vía
a la que el tiempo pone un cascabel.
El sonido que huye deja herida
no tanto el aire como sí la vida,
no tanto el agua como sí la piel
de este caballo que se me desbrida
por el raíl de la melancolía
que en un ritmo de imágenes desvía
la cortina y la saca del riel.
Ese grisú de gas de cada día
es el que quiero hoy para el pincel:
no la nata montada ni la fría
ordenación de la caballería
en un desfile militar. Plein air!
La dotación de mi artillería
no dispara sus salvas, sino envía
la munición contra la batería
del tiempo atrincherado en el cuartel
de la memoria y del mediodía
que soy en este instante de mi vida
ante este cuadro. Junto al Quai d'Orsay
quiero que sepas que no sé si sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce. ¿Quién, cuál, qué
quedará en la orilla junto al Sena?:
si tú, si yo, si el barco o la sirena.
Pero esto -sólo esto- sí lo sé:
tu ritmo de amazona, tu melena
abierta por el aire en una E.
La arena de tus mares suena, suena.
La arena de tus mares son los pies
que sostienen el ritmo del poema
con el mismo fulgor de diadema
que las manos sostuvieron el pincel.
¿Qué importa que Gauguin ya no lo vea,
si la imagen es centro de la idea
y, en la idea, respira aquel vaivén?
El oro de sus cuerpos en la acera
es la inmovilidad de la tijera
que nos corta y recorta en el andén.
Para inmovilizar esa sirena
que oigo en las márgenes del Sena,
quiero el oro de tu cuerpo yo también.
Ya ves que todo es una cadena
de símbolos, y suena, suena, suena
el codaste, la cofa, la carena
de la turgente urgencia de tu piel.
En este mediodía junto al Sena
la tijera que corta la cadena
me ha dejado escrita en el papel
toda la carta que es este poema
y, en el aire, abierta la melena,
tu nombre resumido en una E.
Tu nombre como una diadema
que destella en la ele de tu Ela
mientras no sé si viene o vuelve o vuela
este tan kilométrico poema
pintado por un mástil sin su vela
en el agua del Sena en Quai d'Orsay.
Hazme caso: no quiero que lo leas.
Has de venir aquí para que veas
con tus ojos mis ojos: no te creas
que este poema lo dice todo bien.
Si lo dijera todo, toma el tren.
Y, si no dice nada, una primera.
Y, si te dice algo, una litera.
Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven, ¡ven!
Arroja al fuego esta postal-poema.
Yo sé que mis jazmines en tu gema
son el mejor salón que tiene el tren.
El tren es lo que corta la tijera.
Y el oro de tu cuerpo en la acera,
la única razón para mi espera
sobre el gres, gris de nieve, del andén.
Por eso, mientras vienes, mientras llegas,
construyo este edificio, esta quimera
de palabras que trazan la frontera
en el tiempo que soy sobre el papel
con la tinta de tantas noches ciegas
de leer en tu cuerpo la primera
sombra de luz y página de cera
del día que, en su día, vio Gauguin.
Sobre la margen gélida del Sena,
tahitiana miniada, niña buena,
bailaremos sin fin un minué
antes de que la muerte -la tijera
que recorta las sombras en la acera-
nos deje sin la vida y sin vaivén.
Antes de que te hagan prisionera
los faros y la niebla y la fea
escala en el viaje a la vejez;
antes de que seamos anagrama
del telegrama que fuimos una vez;
antes de todo eso, ama, ama,
mandarina, duquesa, tú, mi dama,
este vagón que somos y este tren
que correrá por las mañanas granas,
por los años, los días, las semanas
y dejará, en las estaciones canas,
grises gotas de grasa en el andén.
Grises gotas de grasa dicen: «Ven, ven
por los años, los días, las semanas,
Por el coral pezón de las mañanas
y el traqueteo zíngaro del tren».
Tiene la luz vegetación de alas,
cromatismo de olas, hilos, balas
disparadas al aire. ¿Contra quién
nos herirán los aros de las horas,
los relojes de arena, las auroras
y el sonido del zinc en esta sien?
En esta sien donde una caracola
la sucesión del mar tiene, y de ola
que bate en nieve púrpura tu piel.
Tu piel y tu clavel y tu corola
que pinto sobre el lienzo solo, sola
mientras en la memoria la moviola
del Danubio como una pianola
de címbricos corales en vaivén
me deja en las esloras de las horas
las espuelas y espinas, amapolas
del oro de tu cuerpo y de tu piel
en una floración del rompeolas
de las bombas, fusiles y pistolas
que el tiempo pone dentro de mi sien.
Contra esos misiles de las horas,
contra esos proyectiles, el proel
que he sido por el mar de las auroras
de la página, la tinta y el papel,
dispara hoy las cargas niqueladas,
los torpedos, obuses y granadas
que defienden tu carne cincelada,
el oro de tu cuerpo y la nevada
acuarela de líquenes pintada
que dejaron mis días sobre él.
El Oro de sus cuerpos de Gauguin
se resume en una pincelada:
es el pigmento, el punto, la mirada
que inmoviliza el tiempo en el pincel.
Como él, como tú y como cada
cuerpo que se termina y que resbala
por la página que somos, el papel
de la vida devuelve, bronceada,
la trayectoria roja de la bala
y el recorrido terso de la piel
en fuego graneado que dispara
sobre la posición de nuestra nada
la memoria -el único cuartel
que, dentro de la luz erosionada
por la ceniza del color, prepara
una ventana que no tiene dintel,
una coma conífera y un ala
donde la trayectoria de la bala
y el recorrido terso de la piel
se articulan en una sola sala
que la luz en instantes acristala
en un juego de espejos en vaivén,
donde la coma se convierte en ala,
el ala en bala, y la bala en
la munición que el tiempo nos dispara
en fuego graneado que no para
de recorrer el oro de la piel.
El oro de la piel no para; para
el pintor, y la mano, y el pincel,
pero no la pintura ni el verano
ni la música que es su carrusel.
Lo que detiene el tiempo de la mano,
lo que detiene el cuadro de Gauguin
es el aire que pasa por el vano
del instante que pasa por la piel.
La cordillera del amor humano
está sobre los límites del plano
que, en la aceleración de su aeroplano,
nos inventa la carne cada vez.
El altímetro que mide lo lejano
reduce al escorzo de este plano
la intensidad que fuimos una vez.
Veo cúpulas de todos los veranos,
brújulas, hemisferios, meridianos
escritos en el cuadro de Gauguin.
Y veo la distancia de mis manos
y siento la distancia del vaivén.
El que yo fui tiene color lejano,
ceniza encima, el cuerpo tatuado
por el color del oro de tu piel.
Lo que el tiempo me deja entre las manos
es el color de todos los veranos
en la Gare Saint-Lazare de Claude Monet.
En la Gare Saint-Lazare de Claude Monet
los colores resultan tan lejanos
como lo son también los meridianos,
los hemisferios y las mismas manos
en la distancia que divide al quien.
El quien es dividido por lejanos
colores de veranos y de planos
que vemos reunirse en el andén
un día del otoño cuando vamos
al museo del mundo y lo miramos
como un viajero desde el tren
mira los puntos que le son lejanos
e imagina los montes y los llanos
y entra en un túnel y sale a un terraplén.
Así también nosotros nos quedamos
con el olor de todos los veranos
disueltos en el oro de la piel
y tomamos aviones, hidroplanos,
globos-sondas, cohetes y llegamos
no al corazón de zinc de los veranos
disueltos en el oro de la piel,
sino al falaz y turbio mecanismo
que devuelve las balas de uno mismo
repetidas en salvas de papel,
en las que el frenesí de los seísmos
se queda convertido en solipsismo
de la emoción que abre los abismos
y nos deja a un lado del arcén.
Por eso digo que nosotros mismos
somos reflejos de los espejismos
como el poema lo es de este papel
de este papel que me condena al istmo
de la península de un silogismo
de imágenes y ritmos en vaivén.
La arena de sus mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Son un mástil, las velas, la carena,
los balandros que flotan en mi sien.
En el agua del Sena a mediodía
los paquebotes abren una vía
a la que el tiempo pone un cascabel.
El sonido que huye deja herida
no tanto el aire como sí la vida,
no tanto el agua como sí la piel
de este caballo que se me desbrida
por el raíl de la melancolía
que, en un ritmo de imágenes, desvía
la cortina, y la saca del riel.
Ahora que soy aún mi todavía,
ahora que soy aún y que no sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsay;
ahora que soy aún el que te mira,
ahora que soy aún el que te ve,
ahora que todavía nos admira
El Oro de sus cuerpos de Gauguin;
ahora que aún ardemos en la pira,
ahora que aún el vértigo es un bien,
ahora que la carne aún delira,
imitemos al mundo en su vaivén.
Con el lujo de goces de la China,
con El Oro de sus cuerpos de Gauguin
he trazado un mapa turmalina
en la tenue tinta mortecina
de la luz que me pone en la retina
el oro de tu cuerpo y de tu piel.
Los dioses griegos y todos los latinos,
los de Acadia, Sumeria e Israel,
los hititas, egipcios y triestinos,
y el Atlántico, donde mojas tus pies,
darán su bendición a este poema
escrito en el estribo de la E
de tu nombre, tu piel y tu melena
por el aire que suena, suena, suena
con imágenes y ritmos en vaiven
sobre la sucesión de la cadena
de símbolos que pasan por el Sena
como cuchillas pasan por mi sien.
Como las quillas pasan por el quien,
así también el túnel nos espera
en la cartografía que encadena
gotas grises de grasa en el andén.
Gotas grises de grasa dicen «¡ven!, ¡ven!»
En carne o voz o página de cera
quiero llegar hasta la noche ciega
que -mientras viene o va o vuelve o llega-
nos salva del metal de la tijera
y nos lleva, en tu gema, por el tren.
Para inmovilizar esa sirena
que oigo en las márgenes del Sena
quiero el oro de tu cuerpo yo también.
El oro de tu cuerpo es el tesoro
que bato cuando fundo, fijo, doro
el territorio todo de tu piel.
En la orilla del Sena sé y no sé
si el autobús me lleva o la ballena
de Jonás me conduce al Quai d'Orsay.
La arena de tus mares suena, suena.
Régates a Argenteuil de Claude Monet
se mueven en mis ojos y la arena
que pinta en los desiertos Guillaumet.
Contra el tiempo que hace este poema
contra el tiempo que hace que no es,
ante ti, mandarina de la China,
ante ti, mi Duquesa, este proel
ha trazado el mapa turmalina
en la navegación a la bolina
que disuelve la luz y difumina
sobre el texto del tacto de tu piel
la visión que se me rebobina
en la sesión de cine vespertina
con el lápiz de labios más cruel.
Con los ojos llenos de gasolina
he leído el espacio: una Menina
de Velázquez. Y el tiempo -coronel
de la muerte- me dio, como propina,
el gimnosperma poema de tu piel.

Tempus fugit/ 16 - Variación barroca sobre un tema de Lucrecio - Jaime Siles - España

El divino placer guía la vida - Tito Lucrecio CaroI

En una noche nos hacemos viejos
y, al despertar al mundo, la mañana
en la luz del cristal de la ventana
nos clava, como insultos, sus reflejos.

Los ojos en el agua son espejos
de la memoria llena de gris grana
y la palabra, para siempre cana,
nos deja sus acentos circunflejos.

En el lavabo de las horas lavo
el hollín de los días. Las semanas
dejan cal en el cuerpo; ladeada,
la sombra de los años; ignorada,
la inteligencia de las cosas vanas:
el grifo, el jabón, este lavabo.

II

El grifo, el jabón, este lavabo
adelantan la ciencia soberana
del existir: mirar por la ventana,
ver cuántas cosas cada día lavo.

Un resplandor de rayas, rojos lagos,
una copa, un libro, una mañana
de otro rostro mirando en la ventana
el mismo gris de sus contornos vagos

me hacen saber que acentos circunflejos,
auroras grises de los días, granas
sombras inmovilizan los espejos;
que somos el rumor de los reflejos
de las horas, los días, las semanas
y que una noche nos hacemos viejos.

viernes, 12 de febrero de 2010

Poetas de al-Andalus/Sefarad/ 2 - Jarcha de la Moaxaja nº 8 - Yehudah Ha-Levi / D'ror Yiqra - Dunash ibn Labrat - al-Andalus

D'ror Yikra - The Yuval Ron Ensemble

Jarcha de la Moaxaja nº 8
No me toques, oh amigo mío
quedáos quieto ahí
- La Majestad es toda indulgencia
baste el permiso.

No me muerdas, amigo! ¡No,
no quiero al que hace daño!
El corpiño es frágil. ¡Basta!
A todo me niego.
Yehudah Ha-Levi

D'ror Yiqra

Proclamará la libertad para todos sus hijos,
y os mantendrá como la manzana de su ojo,
su nombre es agradable y no será destruido;
descansad y relajaos en Shabbat.
Busca un santuario y mi casa,
dame una señal de la libertad,
planta una parra en mi viña, cuida a mi pueblo,
escucha sus lamentos.

Pisa por encima de mi prensa de vino en Bozrakh,
y en la gran ciudad de Babilonia,
aplasta a mis enemigos con ira,
en el día en que grito -oye mi voz-.

Planta mi señor en el desierto de la sierra
pinos, acacias, mirtos y olivos.
A los que enseñan y a los que obedecen,
dales paz abundante, como la corriente del río.

Rebate a mis enemigos, coloso Señor,
llena sus corazones con miedo y con desesperanza,
entonces abriremos las bocas
y llenaremos nuestras lenguas con sus alabanzas.

Conoced la sabiduría que vive en tu alma,
será una corona para vuestra frente,
guardad el mandamiento del Sagrado,
para vuestro Shabbat sagrado.

martes, 9 de febrero de 2010

Poetas de al-Andalus/Sefarad/ 1 - Poesía del vino/4 - Él dijo, "no duermas" - Dunash ibn Labrat - al-Andalus

Sin título
Él dijo no duermas. Bebe vino viejo
con mirra y lilas, hena y áloes
en un vergel de granadas, palmas y vinos
llenos de plantas placenteras y tamarindos,
con el murmullo de los manantiales
y el canto de los laúdes
al son de los cantantes, flautas y liras.
Allí dónde cada árbol es alto, las ramas
están llenas de frutas,
y los pájaros voladores de cada rey
cantan entre las hojas.
Las palomas gimen melodiosamente
y replican arrullando como lengüetas.
Beberemos entre camas de flores cercadas por lilas
aportando penas al vuelo de canciones y alabanzas.
Comeremos dulces y beberemos con el cuenco repleto.
Actuaremos como gigantes y beberemos
de las copas enormes.
Por las mañanas, yo me levantaré para matar toros
sanos y elegidos, becerros y carneros.
Nos ungiremos con aceite fragante e incienso
de áloe ardiente.
Antes que el día de la muerte caiga sobre nosotros, cubrámonos!
Yo le reproché: ¡Silencio, silencio! Eso ¿Cómo te atreves? ¿Cuándo la Casa Santa, el escabel de Dios,
para Incircuncisos?
Atontadamente tú has hablado, pereza tú has elegido.
Tonterías has pronunciado, como burlas y engaños.
Tú has abandonado el estudio

lunes, 8 de febrero de 2010

QUIJOTESCAS/9 - A Sancho Panza - Gabriel Celaya - España

Sancho - Santiago CarusoSancho-bueno, Sancho-arcilla, Sancho-pueblo,
tu lealtad se supone,
tu aguante parece fácil,
tu valor tan obligado como en la Mancha lo eterno.

Sancho-vulgar, Sancho-hermano,
Sancho, raigón de mi patria que aún con dolores perduras,
y, entre cínico y sagrado, pones tu pecho a los hechos,
buena cara a malos tiempos.

Sancho que damos por nada,
mas presupones milenios de humildad bien aceptada,
no eres historia, te tengo
como se tiene la tierra patria y matria macerada.

Sancho-vulgo, Sancho-nadie, Sancho-santo,
Sancho de pan y cebolla,
trabajado por los siglos de los siglos, cotidiano,
vivo y muerto, soterrado.

Se sabe sin apreciarlo que eres quien eres, siempre el mismo,
Sancho-pueblo, Sancho-ibero,
Sancho entero y verdadero,
Sancho de España es más ancha que sus mil años y un cuento.

Vivimos como vivimos porque tenemos aún tripas,
Sancho Panza, Sancho terco.
Vivimos de tus trabajos, de tus hambres y sudores,
de la constancia del pueblo, de los humildes motores.

Sancho de tú te la llevas,
mansa sustancia sin mancha,
Sancho-Charlot que edificas como un Dios a bofetadas,
Sancho que todo lo aguantas.

Sancho con santa paciencia,
Sancho con buenas alforjas,
que en el último momento nos das, y es un sacramento,
el pan, el vino y el queso.

Pueblo callado, soporte
de los fuegos de artificio que con soberbia explotamos,
Sancho-santo, Sancho-tierra, Sancho-ibero,
Sancho-Rucio y Rucio-Sancho que has cargado con los fardos.

Hoy como ayer, con alarde,
los señoritos Quijano siguen viviendo del cuento,
y tú, Sancho, les toleras y hasta les sigues el sueño
por instinto, por respeto porque creer siempre es bueno.

Hombre a secas, Sancho-patria, Sancho-pueblo,
pura verdad, fiel contraste
de los locos que te explotan para vivir del recuerdo,
¡ya ha llegado tu momento!