I wandered lonely as a cloud
That floats on high o'er vales and hills,
When all at once I saw a crowd,
A host, of golden daffodils;
Beside the lake, beneath the trees,
Fluttering and dancing in the breeze.
Continuous as the stars that shine
And twinkle on the Milky Way,
They stretched in never-ending line
Along the margin of a bay:
Ten thousand saw I at a glance,
Tossing their heads in sprightly dance.
The waves beside them danced; but they
Out-did the sparkling waves in glee:
A poet could not but be gay,
In such a jocund company:
I gazed—and gazed—but little thought
What wealth the show to me had brought:
For oft, when on my couch I lie
In vacant or in pensive mood,
They flash upon that inward eye
Which is the bliss of solitude;
And then my heart with pleasure fills,
And dances with the daffodils
Iba solitario como una nube Iba solitario como una nube que flota sobre valles y colinas, cuando de pronto vi una muchedumbre de dorados narcisos: se extendían junto al lago, a la sombra de los árboles, en danza con la brisa de la tarde. Reunidos como estrellas que brillaran en el cielo lechoso del verano, Poblaban una orilla junto al agua dibujando un sendero ilimitado. Miles se me ofrecían a la vista, moviendo sus cabezas danzarinas. El agua se ondeaba, pero ellas mostraban una más viva alegría. ¿Cómo, si no feliz, será un poeta en tan clara y gozosa compañía? Mis ojos se embebían, ignorando que aquel prodigio suponía un bálsamo. Porque a menudo, tendido en mi cama, pensativo o con ánimo cansado, los veo en el ojo interior del alma que es la gloria del hombre solitario. y mi pecho recobra su hondo ritmo y baila una vez más con los narcisos.
El poema de amor debe tener previsto
el transcurso futuro de los astros
pero también
el vocabulario de la derrota
y la gloria muy simple del minuto.
Debe tener prevista la palabra Albertur
sólo porque está escrita en el costado
del autobús nocturno que te devuelve a casa.
Debe decir la periferia urbana,
aceptar lo que ve por donde va,
y desde nuestros labios convertirse
en oda a las ciudades encendidas.
Debe tener previstos los fracasos,
toda nuestra pobreza,
el miedo a que se quiebre nuestro amor extramuros.
El poema de amor debe saber que somos
iguales, y por tanto debe incluir tu nombre y mi nombre,
de la misma manera que mi nombre incluye el tuyo. Así
no diré que Petrarca no nos sirve.
Diré que no nos basta. Nuestro fuego sucede
más acá de los límites del mundo.
Si el ciprés y la lluvia tienen la misma forma,
no quiero ser oscuro, ni pobre de aventura.
Cuando la niebla azul de Ítaca aparezca
me daré a tocar mi saxo.
Cuidaré colocar la boquilla de aquel
con el que dije a mis sentidos
los acordes que me dejaban en suspenso
y que les haría oír mientras los otros
naufragaban en sexo y engañosas
substancias de elevación.
No volveré a mirarme en un espejo.
No tiene más sentido un espejo
que el que el ciego de Buenos Aires
le dio. Ah! Saxo en la vieja historia eres
el arco; nadie podrá tocarte como yo.
En la estación del metro, vueltos boñiga
mis amigos por maldición de Calipso,
me di a tocar Summertime;
la detención de algunos entre la multitud
y las monedas que arrojaron nos sirvió
para ir al mercado por nutrientes
antes de volver a embarcarnos.
Dados a la mala unos y otros esperando
encontrar el Espíritu; si era que éste
no los había abandonado ya o ninguna
esperanza podía servirles de ambición.
La música del mar, intimidante y lenta
nos fue cubriendo de olvido
como a un boxeador su muñeca y antebrazo
en palanca le sirven para botar el uppercaut
del contendor que lo aventaja.
La gracia era eso que de entre todos podía
librarme. Era de ella y sólo de ella
lo que me valía para creer que Ítaca estaba
ante mis ojos aunque estos no la vieran.
Si la vida te empuja
no huyas.
Nunca huyas
si el misterio hurga
en el fondo de tus ojos,
si del corazón fluye
un viento de preguntas.
No quieras disfrazar
ningún fuerte sentimiento
ni diluir por sistema
el tránsitro apretado.
Cuanto acontece, amigo,
te lleva a renacer
de forma permanente.
Y aunque su lenguaje sea crudo,
tiene siempre la misma finalidad: enseñarte.
No cedas ante el miedo,
no te des por vencido.
Todo lo más
y, según lo benigno del día,
abre la puerta
que conduce a ti mismo,
asómate trémulo a la ventana del mundo
o simplemente camina por las calles sin prisas.
No creas que ante el muro
se detiene la paz o cesa tu sueño.
Cada compás de espera
es también un tiempo válido.
Tienes ante ti
la magnitud de los posibles.
Si la vida te empuja
no es para abatirte,
no caigas en el desastre del pájaro herido.
Ella es maestra de lo sublime
y busca así que rompas tus límites,
que reconozcas de manera fehaciente
lo mucho que vales.
Ingrid Bergman pidió 200.000
dólares por hacer Atormentada
más un tanto por ciento del total
en taquilla (fue poco). Era la estrella
que condesciende a arder entre inferiores,
a hacerles rutilar por un dinero.
Odió los decorados y la trama,
perdió los nervios repetidamente,
pensaba sólo en ir con Rossellini
hacia el eolio éxtasis de Stromboli.
"Bajo basura cursi" (Under Corny Crap), despreciaba Cotten la película.
Para Jack Cardiff fue a technical nightmare.
Hitchcock hablaba de fracaso artístico
y no quiso volver a hacer más dramas…
Qué raro este entusiasmo negro entonces.
Qué rara esta amargura conmovida.
De dónde este exaltarme de tristeza
en Sidney, Australia. Siglo XIX.
Se pregunta el teólogo
medieval si dos ángeles
pueden
hablar -comunicarse-
sin que los otros ángeles los oigan.
No importa la respuesta
sino la sensación
casi física
de que bajo esos códigos simbólicos
se dibuja una exacta
definición de cómo
funciona la poesía
trasmitida en especie
de libro, y este raro
placer que proporcionan
las cosas del espíritu
siempre
que se escriba en minúscula.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.