A Donal Savage
Conocí a un locotan febril y estrafalario como un líder ungido.
Sus palabras parecían los vestigios
de oxidadas utopías.
En su casa bebíamos absenta,
fumábamos free jazz
y le cerrábamos la puerta al acreedor encorbatado
durante el desalojo.
Oh, la adolescencia legendaria.
Oh, el ánimo abollado…
Recuerdo sus soliloquios
y recuerdo la música
-Ornette Coleman al saxo
como un poeta maldito desertando del idioma-
cada vez que la reminiscente culpa
pequeñoburguesa
me aloja en el barato Motel
de la Tristeza.
Conocí a un borracho hijo del hombre
capaz de supervisar el catálogo de nuestras
revoluciones.
Los distribuidores de camisas de fuerza
lo tomaron al final como rehén
para que todo siga
como siempre.

