Las gradas de jade blanco
están cubiertas de un rocío diáfano.
A media noche, el frío traspasa
las pantuflas de seda.
Dejando caer la persiana cristalina,
la doncella contempla
una redonda luna de otoño.
La vida es un largo sueño.
¿Para qué abrumarla con fatigas?
Por eso, todo el día estoy ebrio.
Abatido, me acuesto
junto a una columna de la puerta.
Al despertar, miro más allá del patio,
y veo un ave que canta entre las flores.
La interpelo:
"¿En qué estación del año estamos?".
"¡Vaya pregunta!
¿No ves que es la primavera
quien hace hablar, con su brisa,
a la oropéndola vagabunda?".
Conmovido, quiero arrancarme un suspiro.
Mas prefiero volver a servirme vino.
Canto en voz alta, esperando la luna.
Al terminar, todo queda en el olvido.
Cabalgando sobre la alfombra de flores, el garboso jinete pasa.
Su fusta toca la carroza de nubes multicolores1, en que viaja una
[belleza.
Ésta, sonriendo, alza la cortina de perlas.
Y, señalando un lejano pabellón rojo, murmura: "Allí está mi
[casa".
Vino de uva… Copa de oro…
Una doncella de Wu de quince años
llega sobre un airoso caballo.
Sus cejas están pintadas de negro,
y sus zapatos son de satén rojo.
Habla con una pronunciación extraña,
pero canta con una voz que acaricia.
En el espléndido festín,
se embriaga en los brazos de mi amigo.
Y, bajo el toldo color rosa,
éste no sabe qué hacer.
A la luna
Tú, que rigiendo de la noche el carro,
Sus sombras vistes de cambiantes bellos,
Dando entre nubes -que en silencio arrollas-
Puros destellos,
Para que mi alma te bendiga y ame,
Cubre veloz tu lámpara importuna...
Cuando eclipsada mi ventura lloro,
¡Vélate, luna!
Tú, que mis horas de placer miraste,
Huye y no alumbres mi profunda pena
No sobre restos de esperanzas muertas
Brilles serena.
Pero ¡no escuchas! Del dolor al grito
Sigues tu marcha majestuosa y lenta,
Nunca temiendo la que a mí me postra,
Ruda tormenta.
Siempre de infausto sentimiento libre,
Nada perturba tu sublime calma
Mientras que uncida de pasión al yugo,
Rómpese mi alma.
Si parda nube de tu luz celosa
Breve momento sus destellos vela,
Para lanzarla de tu excelso trono
Céfiro vuela.
Vuela, y de nuevo tu apacible frente
Luce, y argenta la extensión del cielo
¡Nadie, ay, disipa de mi pobre vida
Sombras de duelo!
Bástete, pues, tan superior destino;
Con tu belleza al trovador inflama;
Sobre los campos y las gayas flores
Perlas derrama;
Pero no ofendas insensible a un pecho
Para quien no hay consolación ninguna
Cuando eclipsada mi ventura lloro,
¡Vélate, luna!
Oda a la bella desnuda Con casto corazón, con ojos puros, te celebro, belleza, reteniendo la sangre para que surja y siga la línea, tu contorno, para que te acuestes a mi oda como en tierra de bosques o de espuma, en aroma terrestre o en música marina. Bella desnuda, igual tus pies arqueados por un antiguo golpe de viento o del sonido que tus orejas, caracolas mínimas del espléndido mar americano. Iguales son tus pechos de paralela plenitud, colmados por la luz de la vida. Iguales son volando tus párpados de trigo que descubren o cierran dos países profundos en tus ojos. La línea que tu espalda ha dividido en pálidas regiones se pierde y surge en dos tersas mitades de manzana, y sigue separando tu hermosura en dos columnas de oro quemado, de alabastro fino, a perderse en tus pies como en dos uvas, desde donde otra vez arde y se eleva el árbol doble de tu simetría, fuego florido, candelabro abierto, turgente fruta erguida sobre el pacto del mar y de la tierra. Tu cuerpo, en qué materia, ágata, cuarzo, trigo, se plasmó, fue subiendo como el pan se levanta de la temperatura y señaló colinas plateadas, valles de un solo pétalo, dulzuras de profundo terciopelo, hasta quedar cuajada la fina y firme forma femenina? No sólo es luz que cae sobre el mundo lo que alarga en tu cuerpo su nieve sofocada, sino que se desprende de ti la claridad como si fueras encendida por dentro. Debajo de tu piel vive la luna.
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye, luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene sus ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
La nueva amada
es fascinante como una flor.
Mas la antigua es tan preciosa
como el jade. Liviana,
la flor vacila con el viento;
mientras el jade
nunca se altera en su pureza.
La anciana de hoy
ha sido novia en otra época.
La novia de hoy
algún día será anciana.
¡Mirad el Pabellón de Oro
de la emperatriz Chen!:
en sus cortinas ornadas de perlas,
ya aparecen,
silenciosamente,
telas de araña.
A la orilla azul del agua,
la doncella Lo Fu, del país Qin,
recoge moras.
Sus manos blancas brillan
entre las verdes hojas.
Bajo el fulgor del sol,
luce aún más radiante su ropa de grana.
"Tengo que irme -dice-,
mis gusanos de seda tienen hambre.
Y usted, con sus cinco caballos,
no demore en volver a casa".
Verano
En el extenso lago del Espejo,
los lotos florecen alegremente.
Es mayo. La bella Xi Shi los recoge.
En ambas orillas, se aglomera
una multitud para contemplarla.
Su barca regresa
sin esperar el claro de luna
y se desliza
hasta el palacio del rey de Yue.
Otoño
La ciudad de Changan se baña en luces de luna.
Se golpea la ropa en miles de casas.
La brisa otoñal no puede barrer
las añoranzas del Paso de Jade.
¡Ay! ¿Cuándo derrotarán a los invasores tártaros?
¿Cuándo tornará el amado del campo de batalla?
Invierno
Mañana partirá el correo a la frontera.
Ella cose toda la noche un abrigo de soldado.
Trabajando con la frígida aguja,
sus finos dedos están helados,
y apenas pueden manejar las tijeras.
¡Ay! ¿Cuándo llegará el envío a manos del amado?
Los pájaros han tornado a sus nidos en bandadas.
Perezosa, la última nube se aleja.
La montaña es mi única compañera.
Ni al uno ni al otro nos cansa mirarnos.
1 Qiu Pu es un distrito de la provincia de Anhui. El poeta vivió allí por algún tiempo y escribió 17 baladas, de las que presentamos aquí dos.
Ante el espejo
Mide mil varas mi cabello cano.
Y mis tristezas miden otro tanto.
Me miro en el espejo cristalino,
y no me explico por qué está escarchado.
De noche Agua diáfana... luna clara... En el resplandor de la luna, vuela una garza. ¡Escuchad! Las doncellas recolectoras de castañas de agua, inundando de canciones la senda, retornan a casa.
El sol enciende el Incensario,
que exhala un vapor violáceo.
Lejos una cascada
cuelga de la montaña.
En un vertiginoso vuelo
rueda mil pies hacia abajo.
¿Estará la Vía Láctea cayendo
Nostalgia en una noche serena Brillantes luces inundan mi lecho. ¿Será la escarcha sobre la tierra? Alzo los ojos y veo la luna. Al bajar la cabeza, añoro mi hogar.
El que vive es un viajero en tránsito, el que muere es un hombre que torna a su morada. Un trayecto muy breve entre el cielo y la tierra, ¡Ahimé!, y ya no somos más que el viejo polvo de los diez mil siglos. El conejo en la luna busca en vano el elixir de vida. Fu Sang, el árbol de la inmortalidad, se ha desmoronado en un montón de leña. El hombre muere; sus blancos huesos enmudecen cuando los verdes pinos sienten el retorno de la primavera. Miro hacia atrás y suspiro; miro hacia adelante y suspiro. ¿Hay algo sólido en la vaporosa gloria de la vida?
En el monte florido, dos hombres, solos, beben una taza, otra taza y otra taza... Estoy borracho, tengo sueño, ya te puedes marchar. Vuelve mañana con el laúd, si quieres.
Me abandona el pasado, para siempre perdido, y me punza la angustia del presente. El otoño despide a los patos silvestres y aúlla el huracán. Es bueno contemplarlo bebiendo desde la torre alta. ¿Dónde las grandes obras que aspiraban a la inmortalidad? Y los grandes talentos de la época Kien-ngan, ¿qué se hicieron? ¿Y el ilustre poeta Sie, a quien este pabellón fue consagrado? Espíritu de alto vuelo que ambicionó subir al cielo y que miró a la luna muy de cerca. Cortad con vuestra espada la corriente del río: el río seguirá corriendo; sumergid en el vino la pena: será mayor la pesadumbre. Mañana iremos a remar con el cabello al viento.
Si el Cielo no tuviera amor por el vino, no habría una Estrella del Vino en el cielo. Si la Tierra no tuviera amor por el vino, no habría una ciudad llamada Fuentes de Vino. Como el Cielo y la Tierra aman el vino, puedo amar el vino sin avergonzar al Cielo. Dicen que el vino claro es un santo, el vino espeso sigue el camino (Tao) del sabio. He bebido profundamente de santo y de sabio, ¿qué necesidad entonces de estudiar los espíritus y los inmortales? Con tres copas penetro el Gran Tao, tomo todo un jarro, y el mundo y yo somos uno. Tales cosas como las que he soñado en vino, nunca les serán contadas a los sobrios.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.