Del pájaro no sé, ni sé del canto.
Sólo en espejos de caliente llanto
la inútil sangre vi correr del Cristo.
No sé quién soy, ni sé para qué existo.
Crece ante mí la flora del espanto.
Y el temeroso paso que adelanto
Las losas pisa de un dolor previsto.
Cerradas puertas, negras torres mudas.
Cadáveres de niños y campanas.
Gesticular de euménides y dudas.
Muertas bajo un laurel las nueve hermanas.
Y mis manos ardientes y desnudas
escribiendo al azar palabras vanas.

