Chet Baker - Like Someone In Love

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jueves, 27 de septiembre de 2018

Memento mori/ 8 - Elegía escrita en un camposanto - Thomas Gray - Gran Bretaña


Suena el toque de los difuntos al partir el día,
El viento suspira lentamente sobre el prado,
El arador vuelve a casa por el camino cansado,
Y abandona el mundo a la oscuridad, y a mi.

Ahora el paisaje se deshace, apenas brilla en los ojos,
Y todo el aire sostiene una quietud solemne,
Donde zumba el vuelo, las ruedas del escarabajo,
Un rumor soñoliento que se pierde en la distancia.

A salvo de la joven hiedra en la torre,
El búho decrépito se queja con la luna,
Vagando cerca de su secreta laguna,
Perturba su reino antiguo y desolado.

Bajo aquellos olmos rugosos, aquella sombra del Tejo,
Donde el césped cubre las almas en descomposición,
Cada uno en su célula estrecha, por siempre,
Los rudos antepasados de la aldea sueñan.

La llamada ventosa del incienso en la mañana,
El trago que gorjea en el cobertizo de paja,
El clarín áspero del gallo, o el cuerno que resuena,
Ya no los despertará de su cama eterna.

Para ellos el hogar ardiente ya no quemará,
O la atareada ama de casa los cuidará:
Ningún niño gritará al volver su padre,
Rodeando sus rodillas para sellar el regreso.

A menudo barría la cosecha con su hoz,
El surco obstinado siempre se quebró:
¡Cuán alegre conducía su grupo lejos!
¡Cómo dobló los bosques bajo su golpe robusto!

La ambición no se burla de su trabajo útil,
De su felicidad hogareña, su destino oscuro;
Ni el esplendor oye, con su sonrisa desdeñosa,
Los breves y simples anales de los pobres.

La jactancia de la heráldica, la pompa del poder,
Y todo lo que la belleza, lo que la riqueza dio,
Aguardan su hora inevitable: los caminos
De la riqueza también conducen a la tumba.

Ni tu, orgulloso, cargues de culpa sus huesos,
Si la memoria sobre sus tumbas no tiene trofeos,
Donde por el pasillo largo su bóveda y arte ilustró
El himno aumenta las melodías de su plegaria.

¿Es que puede la urna legendaria
Recuperar su aliento breve?
¿Puede la voz del honor provocar el polvo silencioso,
O la adulación suavizar el oído helado de la muerte?

Tal vez en este espacio olvidado habita un corazón,
Alguna vez agitado por el fuego celeste;
Manos, que la rueda del imperio hayan convocado,
O despertado el éxtasis de una lira en llamas.

Pero el Conocimiento, con su amplia página,
Nunca desenrolló en sus ojos el despojo del tiempo;
La miseria fría reprimió su rabia noble,
Y congeló la corriente cálida de su alma.

Gemas llenas del rayo más puro y sereno,
Durmiendo en las ignotas cuevas del océano:
Flores que nacen para un rubor invisible,
Gastando su dulzura en el aire desierto.

Algún pueblo que con el pecho intrépido
Soportó el peso de su pequeño tirano,
Algún Milton mudo aquí puede descansar,
Algún Cromwell inocente de la sangre natal.

El aplauso de los jefes para ordenar,
Las amenazas del dolor y la ruina para despreciar,
Para dispersar la abundancia sobre la tierra alegre,
Leyendo su historia en los ojos nacionales,

Su parte prohibió: no restringirá en soledad
La encendida virtud, sus crímenes son confinados;
Prohibió para abrirse paso en sangre al trono,
Y cerrar las puertas de la piedad sobre el hombre,

Los tormentos que buscan ocultarse de la verdad,
Para aniquilar el rubor de una vergüenza ingenua,
O alabar el templo de la Lujuria y la Vulgaridad,
Con el incienso ardiente, la llama de la Musa.

Lejos de la demente multitud que lucha,
Sus sobrios deseos nunca aprendieron a callar;
A lo largo del fresco valle de la vida
Conservaron el tenor silencioso de su camino.

Aún estos huesos del insulto protegen
Un recuerdo frágil del quizás,
Con rimas groseras y esculturas informes
Imploran el tributo débil de un suspiro que pasa.

Sus nombres, sus años, deletreados por la Musa procaz,
Les otorgan el lugar de la fama y la elegía:
Y esparce muchos sagrados textos en torno a ella,
Que instruyen al rústico moralista a morir.

¿Para quién, al mudo Olvido su presa,
Esta ansiosa y resignada complacencia,
Abandona los lugares del día caliente,
Ni lanza una detenida mirada hacia atrás?

En algún pecho afectuoso el alma que se separa confía,
Algunas gotas piadosas que el ojo cerrado necesita;
Incluso de la tumba la voz de la Naturaleza llora,
Incluso de nuestras cenizas se agita el fuego.

Por aquellos que, atentos al deshonrado muerto,
Ven en estas líneas su historia sencilla;
Si por casualidad la solitaria contemplación condujera
A un espíritu similar a inquirir el por qué de su destino,

Felices los encanecidos pueden decir:
A menudo lo hemos visto al despuntar el alba,
Cubriendo con paso apresurado el rocío lejano,
Para encontrar al sol en la meseta del horizonte.

Allí, a los pies de la joven y nudosa Haya,
Que enrosca sus fantásticas raíces tan abajo,
Su longitud decaída en el atardecer estirará,
Bebiendo en el arroyo que murmura al pasar.

Cerca de la madera, ahora sonriendo con desprecio,
Susurrando sus fantasías caprichosas,
Torciéndose, afligido y pálido, como un desesperado,
Enloquecido, arrebatado por un amor sin esperanza.

Lo extrañé una mañana sobre la colina,
A lo largo del brezal, cerca de su árbol;
Otro vino, lejos aún, sin tocar el camino
Ni la hierba, tampoco en el bosque era él;

El siguiente, con las deudas tristes detrás,
Lento por el sendero de la iglesia lo vimos llevar,
Se acerca y lee (para que tu puedas leer)
La lápida de piedra bajo el Espino anciano.

Epitafio:
Aquí descansa su cabeza en la falda de la Tierra,
Una juventud que no conoció la Fama ni la Fortuna.
La ciencia justa frunció el ceño sobre su nacimiento,
Y la Melancolía lo marcó como un hijo propio.

martes, 17 de octubre de 2017

Memento mori/ 7 - Memento mori - Carmen González Huguet - El Salvador


"...y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuera recuerdo de la muerte"
Quevedo
                I

Es la sombra que viene,                                  
La garra preparada                                  
Para el golpe certero,                                
La mirada en alerta                                        
Que busca, sigue, acecha.
                            
Nada se escapa al ojo
Implacable y absorto.
Nada al cruel arrebato.

Cuando la furia cae
Rasgando piel y carne,
Y la vida se escapa,
Y la sangre se amansa,
Y se instala la muerte;
Entonces comprendemos
Que el mayor enemigo,
El más voraz y aleve,
Nos hiere siempre el último
Desde adentro del pecho.

                II

Ya no te creo, ciudad, el paraíso,
El eterno jardín donde la dicha enciende
Sus fuegos de San Telmo.

Tampoco te concibo como la cuna de las ilusiones,
O el rincón iluminado
Por las luces secretas del deseo.

Caída la venda de los espejismos,
Eres tan sólo ese paisaje sórdido
Donde rufianes y tahúres
Se tasan mutuamente,
Mientras los mismos tiburones
Se mastican sin pausa
Con sus dientes de oro.

La araña teje su tela, indiferente,
Mientras tanto.
Tarde o temprano,
Cualquiera ha de caer.

domingo, 17 de julio de 2016

Memento mori/ 6 - El mar de las tinieblas - Marco Martos - Perú


Carta Moral a Lucilio
Escribe Séneca (40 d. C.)

Solitario y débil,
el buey viejo
quiere pasto tierno
y los hombres,
no muy diferentes,
somos alimento
diario de la muerte.
Nuestros cocineros
circulando entre los fuegos
preparan manjares para muchos
y los labriegos en Sicilia
y en África, y acaso más allá
del mar de las tinieblas, siembran
hierbas aromáticas, hortalizas y frutales
para alimentar a Roma y a las ciudades
de los cuatro confines
en cada uno de los imperios.
Cada quien defiende con los dientes
su verdad en el foro.
Con discursos y denuestos
los antagonistas se acompañan.
La mujer discute con el marido.
Ambos escuchan el eco
de dos voces y como esto no les basta
engendran al hijo entre sollozos.
Condición del hombre es estar solo,
vivir lo breve en la incertidumbre.
En cualquier cosa que hagas, Lucilio,
pon tus ojos en la muerte.
Consérvate bueno.
(El mar de las tinieblas, 1999)

martes, 4 de agosto de 2015

Memento mori/ 5 - Salmo XVIII - Francisco de Quevedo - España


Todo tras sí lo lleva el año breve
de la vida mortal, burlando el brío
al acero valiente, al mármol frío,
que contra el tiempo su dureza atreve.

Aún no ha nacido el pie cuando se mueve
camino de la muerte, donde envío
mi vida oscura: pobre y turbio río
que negro mar con altas ondas bebe.

Cada corto momento es paso largo
que doy a mi pesar en tal jornada,
pues parado y durmiendo siempre aguijo.

Corto suspiro, último y amargo,
es la muerte forzosa y heredada;
mas si es ley y no pena, ¿qué me aflijo?

jueves, 14 de mayo de 2015

Memento mori/ 4 - Fragmentos de De rerum natura - Lucrecio - Roma


LIBRO III

El conocimiento del error trae la salvación

Si pudieran los hombres, así como sienten en su alma un peso cuya opresión les fatiga, conocer también la causa de ello y de dónde viene esta mole tan grande de mal que aplasta su pecho, no vivirían así, como vemos comúnmente, sin saber lo que desean y buscando siempre cambiar de lugar, como si pudieran deshacerse de su carga. A menudo sale uno fuera de su palacio, porque siente hastío de su casa, y vuelve de repente, no sintiéndose en nada mejorado fuera de ella. Corre después a su granja, espoleando sus potros en precipitada carrera, como si volara en socorro de su casa incendiada; al pisar el umbral de la quinta, bosteza de pronto, o se refugia, cansado, en el sueño, buscando el olvido, o incluso se apresura a volver a la ciudad. Es así como cada uno huye de sí mismo; pero, incapaz de ello las más veces, queda a su pesar encadenado a este sí mismo, y lo odia, porque, enfermo, no comprende la causa de su mal; si bien lo viera, dejándolo todo, aplicaríase primero a estudiar la Naturaleza, pues lo que se discute no es la condición de una hora, sino la de la eternidad en que han de pasar los mortales todo el tiempo que les queda después de la muerte.


El mísero afán de vivir

En fin, ¿qué inmoderado y funesto afán de vivir nos fuerza a temblar de este modo en tan dudosos peligros? El fin de la vida está, en verdad, fijado a los mortales, y nadie se escapa de comparecer ante la muerte. Por lo demás, giramos y permanecemos siempre en el mismo círculo, y ningún nuevo placer nos forjaríamos viviendo más tiempo. Pero, mientras nos falta, el bien que deseamos nos parece superior a los demás; conseguido, suspiramos por otro, y la misma sed de vida nos mantiene siempre anhelantes. Dudosa es la suerte que nos traiga la edad venidera, qué nos depare el azar y qué fin nos aguarde. Y tampoco podemos, alargando la vida, robar ni un instante a la muerte, para abreviar quizá el tiempo de nuestro aniquilamiento. Por tanto, puedes vivir tantos siglos como quieras; no por esto la eterna muerte dejará de aguardarte y no durará menos el no ser para este que hoy dejó la luz de la vida, que para aquel que cayó muchos meses y años atrás.
Traducción de Eduardo Valentí Fiol

Apenas se sabe nada sobre la vida del poeta Lucrecio, nacido hacia el 95 a.C., salvo que al parecer era víctima de frecuentes depresiones, y padeció un ataque de locura que le llevó al suicidio antes de cumplir cuarenta y cuatro años, dejando incompleta su obra, de cuya publicación se encargó Cicerón.
La obra de Lucrecio a través de la física epicúrea intenta liberar al hombre de la dependencia de la religión y el miedo a los dioses. Defiende una vida sencilla, el goce de la naturaleza y el conocimiento íntimo de las cosas para abandonar así el temor irracional.

Nada conocemos apenas del itinerario de Lucrecio. No es seguro, sin embargo, que, de saber más, variáramos nuestra percepción de De rerum natura: un libro de arquitectura cristalina pero asimismo extrañamente misterioso, en el cual, como sucede a menudo con las obras maestras, las insinuaciones tienen la misma importancia que las declaraciones. Hay varios Lucrecios en su interior. [...] Hay un Lucrecio que quiere alejar el terror del corazón de los hombres predicando la impasibilidad del sabio; y hay otro Lucrecio que, lejos de esta impasibilidad, insinúa las mismas debilidades que dice combatir. Pero es, precisamente, en esta contradicción insuperable donde radica la magnitud de su obra.
El lector actual puede acercarse a De rerum natura atendiendo a uno en particular de esos Lucrecios o, lo que es más fértil, al juego tenso entre ellos. Si opta, como me parece aconsejable, por esta última incursión no dejará de apreciar un rasgo dominante que atraviesa el marco temporal en el que fue escrito el libro hasta conseguir hacer mella en nuestro ánimo. Este rasgo no es otro que la voluntad de liberación humana que recorre todo el poema, del primer al último verso. No importa si juzgamos que Lucrecio fracasó en su proyecto, porque sabemos que estos proyectos están, siempre, destinados al fracaso. Lo que importa es la grandeza del intento. ¿Cómo no conmovernos todavía hoy por la osadía de quien se propuso vencer al más invencible de los monstruos? El miedo. (Del prólogo de RAFAEL ARGULLOL para la edición de "Clásicos Latinos" de Círculo de Lectores, S. A., 1998)

sábado, 2 de mayo de 2015

Carpe Diem/ 9 - Memento mori/ 3 - Odas - Horacio - Roma


LIBRO I
Oda 9

    Ya ves cómo blanquea la alta nieve
en el Soracte; los cansados árboles
          bajo el peso sufren; el hielo
      áspero inmóviles tiene a los ríos.

    Aleja el frío echando generoso
leña al fuego y un vino de cuatro años
          con largueza, Taliarco, escancia
      de sabina ánfora y el resto déjalo

    a los dioses, que en cuanto aplacar quieran
la lucha de los vientos sobre el férvido
          piélago, los viejos cipreses
      y fresnos quietos quedarán ya.

    No te preguntes más por el futuro
y apunta en tu haber, mozo, cada día
          que te dé Fortuna y las danzas
      y amores dulces aun no desprecies

    mientras en tu vigor no haya morosas
canas. Ahora buscar debes el Campo
          y las plazas y la nocturna
      cita en que se oigan suaves susurros;

    ahora la grata risa que a la niña
delate en su rincón, ahora la prenda
          robada a la muñeca o dedo
      que se defiendan con pocas ganas.


LIBRO II
Oda 3

    Acuérdate de conservar ecuánime
tu alma en los trances arduos y templada,
          sin insolentes alegrías,
      en las venturas, Delio que debes

    morir, ya triste estés siempre o ya goces
en los días de fiesta, recostado
          sobre la yerba recoleta
      con un Falerno de vieja marca.

    ¿A qué otro fin el gran pino y el blanco
álamo de asociar gustan sus ramas
          benignas? ¿Por qué en el sinuoso
      arroyo activas saltan las linfas?

    Manda que allí perecederas flores
del amable rosal y vino aporten
          y ungüentos mientras lo permitan
      las circunstancias, la edad y el hilo

    negro de las tres Parcas. De los sotos
que compraste te irás y de la casa
          y la villa que el rubio Tíber
      baña. Te irás: tus herederos

    se harán con la riqueza acumulada.
Seas rico o retoño del viejo Ínaco
          o pobre y de ínfima ralea,
      sólo consigues una demora,

    víctima de Orco el despiadado. Todos
vamos allá: se agita en la urna el lote
          que pronto o tarde nos embarque
      con dirección al eterno exilio.
Traducción de Manuel Fernández-Galiano

martes, 31 de marzo de 2015

Memento mori/ 2 - De la brevedad engañosa de la vida - Luis de Góngora - España


Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago y tu lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas;
las horas, que limando están los días,
los días, que royendo están los años.
Luis de Góngora

    Memento mori es una locución latina que viene a significar "Recuerda que morirás". Esta frase, que seguramente tiene origen sabino y que, según el testimonio de Tertuliano, procede de la expresión Respice post te! Hominem te esse memento! ("¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre"), se convirtió enseguida en tópico literario y artístico para poner de relieve la vanidad de la existencia y la fugacidad de la vida. Está directamente emparentada, por tanto, con otro lugar común literario, cual es Tempus fugit.
    Parece que el tópico tiene su origen en una muy conocida costumbre romana: cuando un general (leamos César, por ejemplo) desfilaba por las calles de Roma tras una victoria, se hacía acompañar de un siervo que le avisaba constantemente "Recuerda que eres mortal", en un intento de evitar que incurriese en la soberbia de creerse un dios y utilizar su recién adquirido poder para saltarse las leyes a su conveniencia. Esto a César, por cierto, no le sirvió de nada.

    Memento mori es uno de los tópicos más utilizados en el Barroco, tanto en la literatura (Góngora, Quevedo...) como en la pintura (pintura de vanitas), donde son comunes los cráneos humanos acompañados de flores marchitas, frutas podridas, relojes de arena...

sábado, 8 de marzo de 2008

Memento mori/ 1 - Piedra blanca sobre una piedra negra - César Vallejo - Perú

César Vallejo
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos.

    La capacidad profética de los poetas. Efectivamente, César Vallejo, el magnífico poeta peruano al que le dolía España, murió en París con aguacero, aunque no un jueves, sino un viernes. Nadie es perfecto.