Las gradas de jade blanco
están cubiertas de un rocío diáfano.
A media noche, el frío traspasa
las pantuflas de seda.
Dejando caer la persiana cristalina,
la doncella contempla
una redonda luna de otoño.
Enheduanna es el primer escritor y poeta (escritora y poeta) de la Humanidad del que se tiene noticia cierta, ya que fue el primero (la primera) que firmó sus escritos. Nació hacia 2354 a. C. en la ciudad sumeria de Ur. Era hija de Sargón I, rey que unificó las ciudades-estado de la Alta y la Baja Mesopotamia en un único imperio. Según la investigadora Ale Mendé, cada sílaba del nombre de Enheduanna tiene un sentido: en quiere decir "alta sacerdotisa", hedu "ornamento" y anna significa "cielo". Fue nombrada por su padre Gran Sacerdotisa del dios de la Luna Nanna. El puesto era sumamente poderoso, ya que era la única que podía nombrar a cualquiera de los mandatarios de la ciudad, de modo que sus funciones no eran únicamente religiosas, sino, además, políticas. Vivió en un templo cercano a lo que hoy es el Golfo Pérsico y mantuvo el puesto de Gran Sacerdotisa hasta su muerte, de la que se desconoce su fecha exacta. El reverso de una de tablillas aparecidas con su nombre en el templo de Nanna en Ur contiene un texto que podría hacer referencia a su nacimiento. Dicho texto, según la traducción de Robert Rivas, reza así: Mi madre sacerdotal me concibió; secretamente Me trajo al nacimiento Me colocó en un Arca, hizo trabar mi puerta. Me confió al río, que no me hundió. El río me trajo hasta aquí, el labrador, Quien me condujo a ser su hijo… Durante mi jardinería, La Diosa Ishtar, me amó, y durante Cincuenta y cuatro años Mío fue el reinado. A lo largo de su vida y sobre todo durante su cargo como sacerdotisa, escribió una gran variedad de poemas e himnos religiosos, en su mayoría escritos para el dios de la Luna Nanna y para la diosa sumeria del Amor. En la actualidad se conservan 42 himnos que enaltecen diferentes ciudades de Sumeria y Acadia como Eridu, Sipar y Esnunna.
Lo que van a leer a continuación es un extracto del poema La exaltación de Enheduanna a Inanna , compuesto por 18 estrofas en las que se habla sobre la felicidad y desastres de la Diosa Innana según la traducción de Robert Rivas. Pero Enheduanna también es considerada como la primera música, ya que escribió diferentes himnos, la mayoría de temática religiosa, como no podía ser otra forma en aquellos tiempos. El más conocido es el Himno a Inanna (diosa sumeria del Amor), que se utilizaba durante el ritual en honor a la diosa. Enheduanna podría también ser considerada como la primera cronista de la historia, ya que fue ella quien escribió la crónica del derrocamiento de su padre y el destierro de su familia. Unos 4300 años después, los eruditos la llaman la Shakespeare de Sumeria.
INNANA1 Y LAS ESENCIAS DIVINAS
Señora de todas las esencias, luz plena, buena mujer
vestida de esplendor
a quien el cielo y la Tierra te aman,
amiga del templo de An
tú llevas grandes ornamentos,
tú deseas la tiara de la grande sacerdotisa
cuyas manos sostienen las siete esencias,
las has escogido y colgado de tu mano.
Has reunido las esencias sagradas y las has puesto
apretadas sobre tus pechos
INNANA Y AN2
Como un dragón has cubierto el suelo de veneno
como el trueno cuando ruges sobre la Tierra
árboles y plantas caen a tu paso.
Eres una inundación descendiendo desde
una montaña,
¡Oh primaria,
Diosa Lunar del cielo y de la Tierra!
tu fuego sopla alrededor y cae sobre
nuestra nación.
Señora montada sobre una bestia,
An te da cualidades, ordenes sagradas
y tú decides
tú estás en todos nuestros grandes ritos
¿Quién puede entenderte?
INNANA Y ENLIL3
Las tormentas te prestan alas,
destructora de nuestras tierras.
Amada por Enlil, tú vuelas sobre nuestra nación
tú sirves a los decretos de An.
Oh mi señora, al oír tu sonido
colinas y llanuras reverencian.
Cuando nos presentamos ante ti,
aterrados, temblando en tu clara luz
tormentosa,
recibimos justicia
nosotros cantamos, nos lamentamos y
lloramos ante ti
y caminamos hacia ti a través de un sendero
desde la casa de los enormes suspiros
INNANA E ISHKUR4
Tú lo derribas todo en la batalla.
Oh, mi señora sobre tus alas
llevas la segada tierra y embistes
enmascarada
en una atacante tormenta,
ruges como una rugiente tormenta,
truenas y sigues tronando y resoplas
con vientos malignos.
Tus pies están llenos de inquietud.
En tu arpa de suspiros
yo escucho tu canto fúnebre
INNANA Y LA ANUNNA5
Oh, mi señora, la Anunna, los grandes
Dioses,
Aleteando como murciélagos delante de ti,
se vuelan hacia los farallones.
No tienen el valor de caminar
delante de tu terrible mirada.
¿Quién puede domar tu furibundo corazón?
Ningún Dios menor.
Tu malevolente corazón está más allá de la
templanza.
Señora, tú sedas los reinos de la bestia,
tú nos haces felices.
Tu furia está más allá de la templanza,
¡Oh hija mayor de Suen!
¿Quién te ha negado alguna vez
reverencia,
Señora, suprema sobre la tierra?
INANNA Y EBIH6
En las montañas en donde no eres
venerada
la vegetación está maldita.
Tú has convertido en cenizas sus
grandes entradas.
Por ti los ríos se inflan de sangre
y la gente no tiene nada que beber.
El ejército de la montaña va hacia ti
cautivo
espontáneamente.
Saludables hombres jóvenes desfilan
ante ti
espontáneamente.
La ciudad danzante está colmada de
tormenta,
conduciendo a los hombres jóvenes
hacia ti, cautivos.
1 En la mitología sumeria Inanna era la diosa del amor, de la guerra y protectora de la ciudad de Uruk. Con la llegada de los acadios Inanna se sincretiza con la diosa Ishtar. Su representación era un haz de juncos verticales con la parte superior curvada.
Asociada con el planeta Venus, se la identifica con la diosa griega Afrodita y con la Astarté fenicia. Entre los acadios fue conocida como Ishtar. Según la mitología sumeria era hija de Nannar (Sin en acadio, dios de la Luna) y Ningal (la Gran Dama, la luna) y hermana gemela de Utu, conocido en acadio como Shamash. Su consorte fue Dumuzi (semidiós y héroe de Uruk). Ishtar o Inanna representa el arquetipo de la Diosa madre.
2 En la mitología sumeria, An (en sumerio An = "cielo") o Anu (en acadio) era el dios del cielo, señor de las constelaciones, rey de los dioses, que vivía con su esposa, la diosa Ki (en sumerio, "tierra" o Antu en acadio), en las regiones más altas del cielo.
Se creía que tenía el poder de juzgar a los que habían cometido delitos, y que había creado las estrellas como soldados para destruir a los malvados. Su atributo era la tiara real. Su sirviente y ministro era el dios Ilabrat.
Fue uno de los más antiguos dioses del panteón sumerio, y formaba parte de una tríada de grandes dioses, junto a Enlil, dios del aire y la atmósfera y a Enki (también conocido, en acadio, como Ea), dios de la tierra o de los "cimientos". Era considerado como el padre y primer rey de los dioses. Anu es asociado con el templo E-anna de la ciudad de Ur (la Erech bíblica), en el sur de Babilonia y hay buenas razones para creer que este lugar sería la sede original del culto a Anu. Si esto fuese correcto, entonces la diosa Inanna (o, en acadio, Ishtar) de Ur puede, en algún momento, haber sido su consorte.
Fue posteriormente asimilado por el dios Assur (asirio-babilónico), y el dios Marduk.
3 En la mitología sumeria, Enlil (también, a veces, Ellil en textos posteriores acadios, hititas o caananitas), era el señor de los cielos y de la tierra, adorado por otros pueblos mesopotámicos, como los acadios, babilonios, cananeos y asirios. Aparece citado en el Código de Hammurabi.
Se han propuesto dos orígenes para el nombre Enlil. Según el primero vendría del sumerio. En es "señor" y líl es "tormenta" o "viento", por lo que su nombre significaría literalmente, "Señor de la tormenta" o "Señor del viento" o "Dios del viento". La otra opción, más reciente, indicaría una sumerización de la raíz semita il (Dios), la misma que da origen a los términos El y Alá, significando así dios señor. Su nombre se encuentra asociado frecuentemente al término kur, que hacía referencia a montaña y a extranjero. Así, su hogar era el é.kur (casa-montaña) y los adjetivos asociados al dios eran kur.gal (gran montaña) y lugal.a.ma.ru (rey de las tormentas). Todos estos términos parecen indicar que Enlil era un dios del clima. En Mesopotamia, el clima no marcaba la bonanza de las cosechas, ya que éstas dependían del curso de los ríos, sino sólo su desgracia y malogro. Esto explica el carácter irascible y temible de Enlil que sólo se manifiesta en hechos negativos como las grandes tormentas, las inundaciones y los cambios de curso de los ríos. Así, en el mito del Diluvio mesopotámico es Enlil quien abre las compuertas del cielo para acabar con los molestos humanos.
4 Isku o Iskur en sumerio, y Adad en acadio, es el dios de las tormentas y las lluvias de los pastores, adorado aproximadamente del 3500 a. C. al 1750 a. C. en la antigua Mesopotamia. Su centro de culto estaba en Karkara, y E.nam.khe era el templo al que recibía culto. Es descrito como hermano del dios sol Utu. En la mitología de la creación Enki puso a su cargo los vientos y "el dique de plata en el corazón del cielo". Otros autores lo describen como un toro o un león, y sus rugidos eran como truenos. En un texto figura como hijo de An y hermano gemelo de Enki.
En 1772 a. C. Hammurabi construyó un trono para rendir culto a Adad.
5 Los Anunnaki (antigua transcripción acadia por el sumerio Anunna) son un grupo de deidades sumerias y acadias identificados en los textos con los Anunna y los Igigi, dioses menores.
Originalmente pertenecían al panteón de la ciudad de Nippur. Se mencionan también en Lagash y en Eridú. En esta última ciudad los Anunna eran cincuenta.
Según la mitología mesopotámica, los Anunna eran, inicialmente, los dioses más poderosos y vivían con Anu en el cielo. Posteriormente, sin que se haya establecido un motivo claro de este cambio, fueron los Igigi los considerados como dioses celestes mientras el término Anunna se empleaba para designar a los dioses del Inframundo, especialmente a siete dioses que hacían la función de jueces en el Inframundo.
6 Gobernante de la antigua ciudad de Mari.
Se conserva una extraordinaria y muy conocida estatua del superintendente Ebih, que representa una ofrenda votiva realizada hacia Ishtar, diosa babilónica del amor y la guerra, de la vida, del sexo, de la fertilidad, y patrona de otros temas menores, conocida también con el nombre de Inanna en Sumeria, Anahit en la antigua Armenia (Urartu), Astarté en Fenicia y en las religiones abrahámicas.
(Datos recogidos de la Wikipedia).
Versos 1-33 del Himno a la diosa Inanna, cantados en sumerio
Mientras busco a mi amado,
me atrevo a llamarlo por su nombre íntimo;
mientras pienso en él, no utilizo jamás su nombre de pila.
Cuanto más lo llamo así, somos más felices,
juramos no separarnos nunca.
Rompo algunas ramas de sauce.
En el jardín, cantan miles de pájaros;
yo también, pues repito sin cesar el nombre de mi amado.
Las innumerables flores se abren.
Ante ese esplendor primaveral,
¿quién podría vivir sola bajo el mosquitero de seda?
Pienso en mi amado, he perdido el apetito.
Ando sin rumbo por una encrucijada,
le confiaré a la brisa los pensamientos para mi amado.
Ya no acomodo mis cabellos,
¿para quién debo tener el cuidado de arreglarme?
Si quieres saber cuánto pienso en ti,
mira cómo enflaquece mi cintura.
Quien ha jugado con fuego,
quien ha prometido el oro y el moro
ha perdido la senda, ha perdido los estribos y está
con la soga al cuello. No ha conseguido vivir como un rey.
Ha pasado más hambre que un perro. Le ha tocado.
Los años se le han echado encima, ha recibido
su castigo, las desgracias nunca vienen solas.
Ahora estampará su firma. Dará su conformidad.
~~~~
Atardecer. Llueve en las colinas vacías del desierto. Cal y roca y olor a tierra mojada después de un árido verano. Se despierta en mí el deseo de ser lo que sería de no haber sabido lo que es sabido. De ser anterior al conocimiento. Como las colinas. Como una piedra en la superficie de la luna. Inerte, silencioso y seguro de que estaré tiempo en exposición.
La vida es un largo sueño.
¿Para qué abrumarla con fatigas?
Por eso, todo el día estoy ebrio.
Abatido, me acuesto
junto a una columna de la puerta.
Al despertar, miro más allá del patio,
y veo un ave que canta entre las flores.
La interpelo:
"¿En qué estación del año estamos?".
"¡Vaya pregunta!
¿No ves que es la primavera
quien hace hablar, con su brisa,
a la oropéndola vagabunda?".
Conmovido, quiero arrancarme un suspiro.
Mas prefiero volver a servirme vino.
Canto en voz alta, esperando la luna.
Al terminar, todo queda en el olvido.
Llueve Llueve sobre la arena, sobre el techo el tema de la lluvia: las largas eles de la lluvia lenta caen sobre las páginas de mi amor sempiterno, la sal de cada día: regresa lluvia a tu nido anterior, vuelve con tus agujas al pasado: hoy quiero el espacio blanco, el tiempo de papel para una rama de rosal verde y de rosas doradas: algo de la infinita primavera que hoy esperaba, con el cielo abierto y el papel esperaba, cuando volvió la lluvia a tocar tristemente la ventana, luego a bailar con furia desmedida sobre mi corazón y sobre el techo, reclamando su sitio, pidiéndome una copa para llenarla una vez más de agujas, de tiempo transparente, de lágrimas.
Está lloviendo en Buenos Aires, llueve,
y en los que vuelven a sus casas, pienso,
y en la función de los teatritos pobres
y en los fruteros que a lluvia besan.
Pensando en quienes ni paraguas tienen,
siento que el mío para arriba tira.
"No ha sido el viento, si no hay viento", digo,
cuando de pronto mi paraguas vuela.
Y cruza lluvias de hace mucho tiempo:
la que al final mojó tu cara triste,
la que alegró el primer abrazo nuestro,
la que llovió sin conocernos, antes.
Y desandamos tantas lluvias, tantas,
que el agua está recién nacida, ¡vamos!,
que está lloviendo para arriba, llueve,
y con los dos nuestro paraguas sube.
A tanta altura va, querida mía,
camino de un desaforado cielo
donde la lluvia en sus orillas tiene
y está el principio de los días claros.
Tan alta, el agua nos disuelve juntos
y nos convierte en uno solo, uno,
y solo uno para siempre, siempre,
en uno solo, solo, solo pienso.
Pienso en quien vuelve hacia su casa
y en la alegría del frutero
y, en fin, lloviendo en Buenos Aires sigue,
yo no he traído ni paraguas, llueve, llueve.
Lluvia La lluvia tiene un vago secreto de ternura, algo de soñolencia resignada y amable, una música humilde se despierta con ella que hace vibrar el alma dormida del paisaje. Es un besar azul que recibe la Tierra, el mito primitivo que vuelve a realizarse. El contacto ya frío de cielo y tierra viejos con una mansedumbre de atardecer constante. Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores y nos unge de espíritu santo de los mares. La que derrama vida sobre las sementeras y en el alma tristeza de lo que no se sabe. La nostalgia terrible de una vida perdida, el fatal sentimiento de haber nacido tarde, o la ilusión inquieta de un mañana imposible con la inquietud cercana del color de la carne. El amor se despierta en el gris de su ritmo, nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre, pero nuestro optimismo se convierte en tristeza al contemplar las gotas muertas en los cristales. Y son las gotas: ojos de infinito que miran al infinito blanco que les sirvió de madre. Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio y le dejan divinas heridas de diamante. Son poetas del agua que han visto y que meditan lo que la muchedumbre de los ríos no sabe. ¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos, lluvia mansa y serena de esquila y luz suave, lluvia buena y pacifica que eres la verdadera, la que llorosa y triste sobre las cosas caes! ¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas almas de fuentes claras y humildes manantiales! Cuando sobre los campos desciendes lentamente las rosas de mi pecho con tus sonidos abres. El canto primitivo que dices al silencio y la historia sonora que cuentas al ramaje los comenta llorando mi corazón desierto en un negro y profundo pentagrama sin clave. Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena, tristeza resignada de cosa irrealizable, tengo en el horizonte un lucero encendido y el corazón me impide que corra a contemplarte. ¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman y eres sobre el piano dulzura emocionante das al alma las mismas nieblas y resonancias que pones en el alma dormida del paisaje!
Maldije la lluvia, que, azotando mi techo
no me deja dormir
Maldije al viento, que me robaba las flores de
mis jardines.
Pero tu llegaste y alabé la lluvia. La alabé
cuando te quitaste la túnica empapada.
Pero tu llegaste y alabé al viento.
Lo alabé porque apagó la lámpara.
Lluvia Hoy llueve mucho, mucho, y pareciera que están lavando el mundo mi vecino de al lado mira la lluvia y piensa escribir una carta de amor una carta a la mujer que vive con él y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él y se parece a su sombra mi vecino nunca le dice palabras de amor a la mujer entra a la casa por la ventana y no por la puerta por una puerta se entra a muchos sitios al trabajo, al cuartel, a la cárcel, a todos los edificios del mundo pero no al mundo ni a una mujer ni al alma es decir a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así como hoy que llueve mucho y me cuesta escribir la palabra amor porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran y cuándo y cómo pero el alma qué puede explicar por eso mi vecino tiene tormentas en la boca palabras que naufragan palabras que no saben que hay sol porque nacen y mueren la misma noche en que amó y dejan cartas en el pensamiento que él nunca escribirá como el silencio que hay entre dos rosas o como yo que escribo palabras para volver a mi vecino que mira la lluvia a la lluvia a mi corazón desterrado
Asegúrate bien de que a tu lado peleen
los océanos eternos, aunque esta noche
el viento en contra y las mareas
nos hagan su juguete.
A fuerza de tiempo, no de guerra,
en medio del peligro nos guiamos:
Sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que aparezca
en todo tiempo de angustia y también
en el de nuestra salvación,
el juego vence siempre al jugador
y el barco a su tripulación.
De la niebla salen rumbo a la tiniebla
las olas que brillan y se encrespan.
Casi estas aguas sin conciencia se comportan
como si tuviesen alma-
casi como si hubieran pactado sumergir
nuestra bandera debajo de sus aguas verdes:
sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que pueda verse, etc.
Asegúrate bien, a pesar de que las olas y el viento
en reserva guardan ráfagas aún más poderosas,
que los que cumplimos las guardias asignadas
ni por un instante descuidemos la vigilancia.
Y mientras nuestra proa flotando rechaza
cada carrera frustrada de las olas,
canta, sea bienvenida la descortesía del Destino
dondequiera que se desvele, etc.
No importa que sea barrida la cubierta
y se rompan la arboladura, el maderamen-
de cualquier pérdida podremos sacar provecho
salvo de la pérdida del regreso.
Por eso, entre estos Diablos y nuestra astucia
deja que la cortesía de las trompetas suene,
y que sea bienvenida la descortesía del Destino,
dondequiera que se encuentre, etc.
Asegúrate bien, aunque en poder nuestro
nada quede para dar
salvo sitio y fecha para encontrar el fin,
y deja de esforzarte por vivir,
que hasta que éstos se disuelvan, nuestra Orden se mantiene,
nuestro Servicio aquí nos ata.
Sea bienvenida entonces la descortesía del Destino,
dondequiera que aparezca,
en todo tiempo de angustia y también
en el de nuestro triunfo,
el juego vence siempre al jugador
y el barco a su tripulación.
Cabalgando sobre la alfombra de flores, el garboso jinete pasa.
Su fusta toca la carroza de nubes multicolores1, en que viaja una
[belleza.
Ésta, sonriendo, alza la cortina de perlas.
Y, señalando un lejano pabellón rojo, murmura: "Allí está mi
[casa".
Al igual que los atletas y quienes tratan de mantenerse en forma no sólo cuidan de su estado físico y entrenamiento, sino también de su oportuna relajación -por entender que es la parte principal de su preparación-, asimismo interesa a los intelectuales, a mi parecer, tras una prolongada lectura de los autores más serios, relajar su mente y hacerla más vigorosa para su esfuerzo futuro.
Resultaría acorde con ellos el descanso si tomaran contacto con aquellas lecturas que no sólo ofrecen pura evasión, fruto del ingenio y humor, sino las que presentan un contenido no ajeno a las Musas, como creo que ellos estimarán en el caso de esta obra; no sólo les atraerá lo novedoso del argumento, ni lo gracioso de su plan, ni el hecho de que contamos mentiras de todos los colores de modo convincente y verosímil, sino además el que cada historia apunta, no exenta de comicidad, a alguno de los antiguos poetas, historiadores y filósofos, que escribieron muchos relatos prodigiosos y legendarios; los habría citado por su nombre, si no se desprendieran, en tu caso, de la lectura. [...]
Hacia el mediodía, cuando ya no se divisaba la isla, sobrevino de repente un tifón que hizo girar la nave y, elevándola por el aire unos trescientos estadios, ya no la dejó descender al mar, sino que, hallándose en las alturas, sopló viento sobre su velamen y la arrastraba a vela hinchada.
Por siete días y otras tantas noches viajamos por el aire, y al octavo divisamos un gran país en el aire, como una isla, luminoso, redondo y resplandeciente de luz en abundancia. Nos dirigimos a él y, tras anclar, desembarcamos, y observando descubrimos que la región se hallaba habitada y cultivada. Durante el día nada divisábamos desde allí, pero al hacerse de noche empezaron a aparecérsenos muchas otras islas próximas -unas mayores, otras más pequeñas- de color semejante al del fuego. Vimos también otro país abajo, con ciudades, ríos, mares, bosques y montañas, y dedujimos que era la Tierra.
Decidimos seguir avanzando, pero fuimos detenidos al encontrar a los que ellos llaman "cabalgabuitres"1. Los cabalgabuitres son hombres que cabalgan sobre buitres enormes, y utilizan dichas aves como caballos. Los buitres son enormes y suelen tener tres cabezas; puede inferirse su tamaño del hecho siguiente: cualquiera de sus plumas es mayor y más robusta que el mástil de un gran navío mercante2. Dichos cabalgabuitres tienen como misión sobrevolar el país y conducir ante el rey a cualquier extranjero que encuentren; por ello, nos detuvieron y condujeron ante él. Éste, después de observarnos y deducirlo de nuestros vestidos, dijo: "Vosotros sois griegos, ¿verdad, extranjeros?" Al confirmárselo nosotros, preguntó: "¿Y cómo habéis llegado hasta aquí, tras atravesar un gran trecho por el aire?" Nosotros le explicamos todo. Entonces comenzó él a contarnos su propia historia: era también un ser humano, llamado Endimión, que había sido raptado de nuestro país mientras dormía y, una vez allí, llegó a ser rey del territorio. Decía que aquel país era la Luna que vemos desde abajo3. Nos exhortó a confiar y no temer peligro alguno, ofreciéndonos cuanto necesitáramos.
"Si triunfo -añadió- en la guerra que ahora mantengo contra los habitantes del Sol, viviréis muy felices a mi lado". Nosotros le preguntamos quiénes eran los enemigos y la causa del conflicto. "Faetonte -contestó--, el rey de los habitantes del Sol (pues aquél también está habitado, como la Luna), desde mucho tiempo atrás nos hace la guerra. Comenzó por el siguiente motivo. En cierta ocasión reuní a los más pobres de mi reino, con el proyecto de establecer una colonia en la Estrella de la Mañana4, que se hallaba desierta e inhabitada. Celoso Faetonte, impidió la colonización, saliendo al paso a medio camino al frente de sus cabalgahormigas5. Entonces fuimos vencidos (pues no estábamos a su altura en preparación) y nos retiramos; pero ahora deseo reanudar la guerra y fundar la colonia. Si lo deseáis, podéis participar conmigo en la expedición, y os proporcionaré a cada uno de vosotros un buitre real y el armamento necesario. Mañana partiremos". "De acuerdo -dije yo-, puesto que es tu designio."
Desde entonces permanecimos con él en calidad de huéspedes, y con la aurora nos levantamos a ocupar nuestros puestos, pues los atalayas señalaban que el enemigo estaba cerca. Integraban nuestro ejército cien mil soldados, sin contar los porteadores, los ingenieros, la infantería y los aliados extranjeros. De ellos, ochenta mil eran cabalgabuitres, y veinte mil, jinetes sobre plumaverdes6 -se trata también de un ave descomunal, que, en vez de plumas, está cubierta enteramente de hortalizas, y sus alas son en extremo semejantes a las hojas de lechuga-. A continuación estaban alineados los lanzamijos7 y los ajoguerreros8. Habían venido también aliados del rey de la Osa Mayor9 treinta mil pulgarqueros10 y cincuenta mil voladores11. De éstos, los pulgarqueros cabalgan sobre pulgas enormes, de las que reciben el nombre; el tamaño de dichas pulgas equivale al de doce elefantes. Los voladores son de infantería, pero se deslizan por el aire sin alas, y su técnica de deslizamiento es la siguiente: remangan sus túnicas talares, inclinándolas al viento como velas, y se deslizan al igual que las embarcaciones. Por lo general, ellos intervienen en las batallas como peltastas. Se decía que iban a llegar también, de las estrellas de sobre Capadocia, setenta mil gorrionbellotas12 y cinco mil cabalgagrullas13. A ésos no los vi, por lo que no me he atrevido a escribir sobre sus características, ya que se contaban de ellos portentos increíbles14. [...]
Entretanto, durante mi estancia en la Luna, observé muchas rarezas y curiosidades, que quiero relatar. En primer lugar, no nacen de mujeres, sino de hombres: se casan con hombres, y ni siquiera conocen la palabra "mujer". Hasta los veinticinco años actúan como esposas y, a partir de esa edad, como maridos. Y no quedan embarazados en el vientre, sino en la pantorrilla. A partir de la concepción, comienza a engordar la pierna; transcurrido el tiempo, dan un corte y extraen el feto muerto, pero lo exponen al viento con la boca abierta y le hacen vivir. A mi parecer, es de aquí de donde llegó hasta los griegos el término "pierna del vientre"15, porque allí se alberga el feto, en vez de en el vientre.
Pero voy a referirme a algo aún más sorprendente. Existe allí un linaje de hombres, los llamados "arbóreos"16, que nacen del modo siguiente. Cortan el testículo derecho de un hombre y lo plantan en la tierra; de él brota un corpulento árbol de carne, semejante a un falo17: tiene ramas y hojas y su fruto son las bellotas, del tamaño de un codo; cuando están ya maduras, las recolectan y extraen de su interior a los hombres.
Además, sus partes pudendas son artificiales. Algunos las tienen de marfil, pero los pobres las usan de madera, y con ellas se unen y fecundan a su pareja.
Tras la vejez, el hombre no muere, sino que, como el humo, se disuelve y convierte en aire. Su alimento es para todos el mismo: encienden fuego y asan ranas sobre el rescoldo -pues las ranas son muy abundantes allí, y vuelan-; una vez asadas, se sientan en círculo, como en torno a una mesa, aspiran el humo que asciende y se dan el festín18. Así es su comida. La bebida consiste para ellos en aire exprimido en copa, destilando un líquido como el rocío. [...]
Se considera hermoso en el lugar al hombre calvo y pelón; los melenudos, en cambio, son despreciados. Mas a los cometas19, por el contrario, los consideran hermosos por su cabellera: había allí algunos forasteros que nos hablaron de ellos. Otro detalle: tienen barbas, que crecen tímidamente sobre sus rodillas, y carecen de uñas en los pies, pues todos son solípedos. Sobre las nalgas de cada uno crece una col de gran tamaño, a guisa de cola, siempre exuberante, sin ajarse cuando caen de espaldas.
De sus narices fluye una miel muy agria y, cuando trabajan o hacen ejercicio, sudan leche por todo su cuerpo, lo que les permite elaborar queso, extendiendo sobre éste una capa de miel. De las cebollas elaboran un aceite muy denso y aromático, como perfume. Tienen muchas vides productoras de agua, pues los granos de los racimos son como el granizo y, a mi parecer, cuando sopla viento y agita dichas vides, es cuando cae sobre nosotros el granizo, al desgranarse los racimos. Usan sus vientres como alforjas, colocando en ellos los objetos de uso corriente, pues pueden abrirlos y cerrarlos. No parecen encerrar intestinos en ellos: tan sólo una espesa cabellera interior, lo que les permite albergar a los recién nacidos cuando hace frío.
El vestido de los ricos es de vidrio maleable20, y el de los pobres de hilado de bronce, pues abunda el bronce en aquellas regiones y lo trabajan reblandeciéndolo en agua, como la lana. En cuanto a las características de sus ojos, dudo en hablar de ello, por temor de que me juzguen mentiroso, dado lo increíble del relato. Ello no obstante, lo expondré. Tienen los ojos desmontables, y quien lo desea puede quitárselos y guardarlos hasta que necesite ver; entonces se los coloca y ve. Muchos, al perder los propios, los piden prestados a otros y ven. Los ricos suelen tener muchos en reserva. Tienen por orejas hojas de plátano, excepto los hombres-bellota; únicamente ellos las tienen de madera21.
Vi también otra maravilla en el palacio real. Un enorme espejo está situado sobre un pozo no muy profundo. Quien desciende al pozo oye todo cuanto se dice entre nosotros, en la Tierra; y si mira al espejo ve todas las ciudades y todos los pueblos, como si se alzara sobre ellos22. Yo vi, a la sazón, a mi familia y a todo mi pueblo, pero no puedo decir con certeza si ellos también me vieron. Quien no crea que ello es así, si alguna vez va por allí en persona, sabrá que digo la verdad. [...]
1 Griego Hippógypoi. En pro de la intelección y expresividad, optamos por traducir estos nombres de seres fantásticos en lugar de transcribirlos.
2 Cf. Odisea IX 322 ss.11
3 Antonio Diógenes parece ser la fuente de inspiración (Focio, lila). Cf. el Icaromenipo de Luciano.
4 Griego Heōsphóros, literalmente "Portadora de la aurora".
5 Griego Hippomyrmēkes. El término está atestiguado en ARISTÓTELES (Historia de los animales VIII 28).
6 Griego Lachanópteroi = "Alas de lechuga".
7 Griego Kenchrobóloi.
8 Griego Skorodomáchoi = "Luchadores con ajos".
9 Griego Árktos.
10 Griego Psyllotoxótai.
11 Griego Anemodrómoi = "Corredores por el aire".
12 Griego Strouthobálanoi.
13 Griego Hippogéranoi.
14 Tópico presente en HERÓDOTO, TUCÍDIDES y otros historiadores.
15Gastroknémía. Significa "pantorrilla", parte gruesa de la pierna, en forma panzuda, pero preferimos dar en el texto la traducción etimológica del compuesto antecitado, sobre el cual Luciano deja correr su imaginación.
16 Griego Dendritai.
17 Representación plástica del miembro viril con fines mágicos y de culto religioso a la fecundidad.
18 Cf. HERÓDOTO, I 202, IV 75; ESTRABÓN, XV 1 57.
19 Cometa (griego komētés) significa etimológicamente "melenudo".
20 ¿Se trata de una parodia de HERÓDOTO, VII 65, donde se habla de vestidos de madera?
21 Como corresponde a su phýsis o peculiar naturaleza.
Vino de uva… Copa de oro…
Una doncella de Wu de quince años
llega sobre un airoso caballo.
Sus cejas están pintadas de negro,
y sus zapatos son de satén rojo.
Habla con una pronunciación extraña,
pero canta con una voz que acaricia.
En el espléndido festín,
se embriaga en los brazos de mi amigo.
Y, bajo el toldo color rosa,
éste no sabe qué hacer.
Existe una teoría científica que sostiene que hay millones de universos paralelos a este en el que nosotros vivimos y que todos son un poco diferentes. Los hay en los que nunca has nacido y otros en los que no hubieras querido nacer. Hay mundos paralelos en los que ahora estoy teniendo relaciones sexuales con un caballo y otros en los que acaba de tocarme el gordo de la lotería. Los hay en los que yazco desangrándome lentamente en el suelo del dormitorio y otros en los que soy elegido por mayoría absoluta como presidente de la nación. Pero toda esa variedad de mundos no me interesa para nada en estos momentos. Solo me interesan los mundos en los que ella no esté felizmente casada y no tenga un dulce hijito. En los que esté completamente sola. Hay muchos universos así, estoy convencido de ello. Ahora estoy intentando pensar en ellos. También hay mundos en los que nunca nos hemos llegado a conocer. Pero esos tampoco me interesan en estos momentos. De los que quedan, los hay en los que no me quiere y me dice que no. En algunos con delicadeza y en otros hirientemente. Todos esos tampoco me interesan. Ahora solo quedan los mundos en los que me dice que sí y entre ellos escojo uno, un poco como cuando se escoge un níspero en la frutería. Escojo el más bonito, el más maduro, el más dulce. Jamás ni el mundo más caliente ni el más frío, y vivimos en él en una cabaña del bosque. Ella trabaja en la biblioteca municipal de la ciudad que está a cuarenta minutos en coche de nuestra casa y yo trabajo en la delegación regional de educación, en el edificio de enfrente de donde ella trabaja. Desde la ventana de mi despacho a veces la veo recolocando los libros en las estanterías. Siempre desayunamos juntos. La amo, y ella me ama. La amo, y ella me ama. La amo, y ella me ama. Daría cualquier cosa por mudarme a ese mundo, pero entre tanto, hasta que encuentre el camino que lleva a él, solo me queda pensar en él, que no es poco. Pensar que soy yo el que vive en medio del bosque, con ella, en la felicidad más absoluta. Hay un sinfín de mundos paralelos. En uno de ellos ahora estoy teniendo relaciones sexuales con un caballo, y en otro acaba de tocarme el gordo de la lotería. Ahora no quiero pensar en ellos, sino solo en ese otro, solo en ese mundo de la cabaña del bosque. Hay un mundo en el que estoy echado en el suelo del dormitorio con las venas cortadas, desangrándome. Ese es el mundo en el que estoy sentenciado a vivir hasta que esto termine. Ahora no quiero pensar en él. Solo en ese otro mundo. Una cabaña en el bosque, el sol que se pone, yéndonos a dormir temprano. Y en la cama, mi brazo derecho está intacto, seco, y ella yace sobre él porque estamos abrazados. Se apoya tanto rato en él que empiezo a dejar de notarlo. Pero no me muevo, porque estoy muy a gusto con el brazo debajo de su cálido cuerpo, y sigo estando muy a gusto incluso cuando dejo de sentir el brazo por completo. Noto su respiración en la cara, tan rítmica, tan acompasada, interminable. Ahora se me están empezando a cerrar los ojos. No solo en ese mundo, en la cama, en el bosque, sino también en los demás mundos en los que ahora no quiero pensar. Me encanta saber que hay un lugar, en el corazón del bosque, en el que me estoy quedando dormido siendo completamente feliz.
De De repente llaman a la puerta - Siruela - Madrid, 2013
Ni un vástago ni una hoja del viejo árbol.
El viento y la helada ya no lo dañarán.
Un hombre podía atravesar el agujero de su panza,
las hormigas se arrastran buscando bajo sus despegadas
[cortezas.
Su único huésped, el hongo que muere en una mañana.
Los pájaros ya no lo visitan al atardecer.
Pero su madera aún puede chispear yesca.
Aún no es su deseo ser el corazón del vacío1.
Abre los ojos y mira la flor del fenogreco, brillante como una joya en medio del trigo verde, como un ser amado que, con la mejilla sonrosada, ha echado sobre su rostro un velo de seda verde. ¡Qué hermoso el néctar de los rayos del sol cuando su reflejo penetra en el vino! La copa es azul, el vino rojo, los rayos amarillos: se diría que era un fenogreco, violeta y tulipán. Esta claridad que en la copa se insinúa es como cornalina instalada en las perlas. Por esa transparencia y esa pureza, cuando tomas este vino no puedes distinguir la copa del vino, ni de tu mano la copa.
Traducción de Leonor Vernet
sobre la versión francesa de Henri Massé
Kisai
Kisai, nacido en Merv, gozó del favor de los príncipes samánidas y de Mahmud el Gaznaví, al que alabó en sus panegíricos. Por otra parte, chií y con tendencias al ascetismo, exaltó en sus versos a Alí y a la familia santa, si bien celebró el vino en otros versos (tal vez en un sentido místico). Su lengua y su estilo son de los más notables. De su obra no se conservan más que algunos fragmentos. Posiblemente murió después de 1002, fecha indicada por los autores de antologías.
A la luna
Tú, que rigiendo de la noche el carro,
Sus sombras vistes de cambiantes bellos,
Dando entre nubes -que en silencio arrollas-
Puros destellos,
Para que mi alma te bendiga y ame,
Cubre veloz tu lámpara importuna...
Cuando eclipsada mi ventura lloro,
¡Vélate, luna!
Tú, que mis horas de placer miraste,
Huye y no alumbres mi profunda pena
No sobre restos de esperanzas muertas
Brilles serena.
Pero ¡no escuchas! Del dolor al grito
Sigues tu marcha majestuosa y lenta,
Nunca temiendo la que a mí me postra,
Ruda tormenta.
Siempre de infausto sentimiento libre,
Nada perturba tu sublime calma
Mientras que uncida de pasión al yugo,
Rómpese mi alma.
Si parda nube de tu luz celosa
Breve momento sus destellos vela,
Para lanzarla de tu excelso trono
Céfiro vuela.
Vuela, y de nuevo tu apacible frente
Luce, y argenta la extensión del cielo
¡Nadie, ay, disipa de mi pobre vida
Sombras de duelo!
Bástete, pues, tan superior destino;
Con tu belleza al trovador inflama;
Sobre los campos y las gayas flores
Perlas derrama;
Pero no ofendas insensible a un pecho
Para quien no hay consolación ninguna
Cuando eclipsada mi ventura lloro,
¡Vélate, luna!
Oda a la bella desnuda Con casto corazón, con ojos puros, te celebro, belleza, reteniendo la sangre para que surja y siga la línea, tu contorno, para que te acuestes a mi oda como en tierra de bosques o de espuma, en aroma terrestre o en música marina. Bella desnuda, igual tus pies arqueados por un antiguo golpe de viento o del sonido que tus orejas, caracolas mínimas del espléndido mar americano. Iguales son tus pechos de paralela plenitud, colmados por la luz de la vida. Iguales son volando tus párpados de trigo que descubren o cierran dos países profundos en tus ojos. La línea que tu espalda ha dividido en pálidas regiones se pierde y surge en dos tersas mitades de manzana, y sigue separando tu hermosura en dos columnas de oro quemado, de alabastro fino, a perderse en tus pies como en dos uvas, desde donde otra vez arde y se eleva el árbol doble de tu simetría, fuego florido, candelabro abierto, turgente fruta erguida sobre el pacto del mar y de la tierra. Tu cuerpo, en qué materia, ágata, cuarzo, trigo, se plasmó, fue subiendo como el pan se levanta de la temperatura y señaló colinas plateadas, valles de un solo pétalo, dulzuras de profundo terciopelo, hasta quedar cuajada la fina y firme forma femenina? No sólo es luz que cae sobre el mundo lo que alarga en tu cuerpo su nieve sofocada, sino que se desprende de ti la claridad como si fueras encendida por dentro. Debajo de tu piel vive la luna.
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye, luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene sus ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.