A Scott Hightower
No sé si muy lejos. Quizá por donde la Gran Damaalza su antorcha, pudo verse en el declive de este día,
el esplendor del púrpura, sus aleves trazos dorados
y el celaje malva sobre el cielo turbio de Manhattan.
Por el crepúsculo ahora renace y se desgrana desde
el corazón de Kenny Barron. Los prodigios brotan
de sus dedos que van deshaciendo un surtidor de trinos
que inundan cada rincón, y hasta el aire, de Birland.
Twilight song es toda la música de este mundo.
El barman sonríe a la camarera negra que se mueve
entre las mesas con la belleza de una reina de Benin.
Al otro lado del escaparate, bajo la culebra de neón,
nos observa un chino. Parpadean mudos los semáforos.
Regresa nuevamente la música y el piano evoca
aquellos sones de las sentinas de los barcos, las cadenas,
la memoria del látigo y el dolor en los anchos maizales.
¡All that jazz, Kenny! -exclamó alguien-. ¡All that jazz!
Luego, el silencio apagó definitivamente el tintineo de los vasos.
Llueve. La calle cuarenta y cuatro es un río de coches amarillos.
