Chet Baker - Like Someone In Love

Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Umbral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Umbral. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de marzo de 2018

Fragmento de Mis paraísos artificiales - Francisco Umbral - España


    Eran las castañas pilongas y el regaliz de palo, eran las pipas y las alcachofas, aquella psicodelia modesta de los cacahuetes y el bebedizo negro del agua con pastillas de a perrona. Eran los alimentos terrestres, los frutos de la tierra, los paraísos perdidos y callejeros de la infancia. Las pilongas, sí, con su sabor milenario de fruto chino, con su vejez, su dulzor rancio, como venidas del regazo de las abuelas, y aquel regaliz de palo, de un sabor montaraz y acre, que había que morder y morder, que luego era en la boca un estropajo triste, ya sin dinero en los bolsillos, o el anís picante del cigarrillo, su tos primera, el humo detrás de las bardas, por no hablar ya de años de hambre, posguerras, cosas.

    Los primeros alimentos callejeros del niño malo, su mercadería menuda y sabrosa, todo aquello que vendía la señora Landelina, una universal señora Landelina, en sus chiscones de barrio, en sus tenderetes de domingo, a la puerta de los colegios, en los barrios atroces, en el suburbio estremecido de trenes distantes. Para qué seguir. La calderilla robada, las propinas escasas, esas monedas que florecen milagrosamente en los bolsillos de la infancia, inmediatamente eran un puñado de alcachofas oscuras y crujientes, un cuenco de semillas secas, raíces dulces, granos para masticar de prisa, con el hambre clandestina.

    Cómo recuperar los alimentos terrestres, los sabores primeros, aquellas donaciones modestas y breves de la tierra, su cosecha seca de presentes para una infancia que giraba entre los peones de pino, los carruseles del pasado y los astros solemnes de los cielos. Nunca más. Luego se prueban otras cosas, se viven otras vidas, pero es como si la madre tierra se hubiera secado para siempre de aquella riqueza vegetal y menor, de aquella agricultura entrañable que era la de las oscuras tribus infantiles.

    Quizá van todavía por nuestra sangre, quizá vienen de tarde en tarde a nuestra saliva los alimentos terrestres, los frutos amargos y dulces de los ocho, de los diez años, pero nunca más. Y no sabemos cómo encontrar a la señora Landelina en su chiscón para que nos llene las manos de esencias, anises, pastillas de leche de burra, regalices, pipas de gigantea.

    La gigantea, sí, aquel sol granado y terrestre, aquel planeta vegetal de largo tallo, con lumbres amarillas y estivales. Luego hemos visto una plantación de giganteas, un bosque de girasoles, y hemos vivido frente a ellos, a la orilla del mar. Pero ya no el gigantismo de la gigantea, planta que era más alta que nuestra infancia.

    El niño no se alimentaba de purés maternales y postres médicos. Alguien dijo que los libros que verdaderamente forman al muchacho son los que lee a escondidas en la copa de los árboles. Así, los alimentos terrestres que nos hicieron crecer el corazón dentro del pecho no fueron los ceregumiles ni los huevos pasados por agua, sino aquellas cosas del tenderete, y por siempre tendremos un alma de castaña pilonga, de gigantea solar. ¿Qué es eso que desde siempre nos gira ya dentro del pecho, siguiendo el curso de la luz, para morir cada noche y renacer cada mañana, qué es sino un girasol, una gigantea en la que viven todas las giganteas que nos comimos a puñados?

    Si se tiene en el alma una gigantea alta y fresca, la gigantea de la infancia, un girasol amarillo y adolescente, se es niño eternamente, se es joven, se sigue el curso natural de los astros, aunque el cuerpo vaya a sus cosas y tire por otro lado. Pero hay muchos hombres a quienes la gigantea se les ha quedado muerta -o seca y tiesa- dentro del pecho, y en seguida se lo notamos en la cara, se lo vemos en los ojos, y nos preguntamos por qué se les murió la planta, por qué la dejaron morir, quién se la ha matado. Los niños tienen un alma de girasol y de ellos será el reino de los soles. Pero qué difícil saber esto. "Cada día creo menos en la inteligencia", dice Proust. Y se refería a su propia inteligencia. Pero no hay que estar muy seguros de lo que dice, naturalmente, porque él ha hecho una de las obras más altas y sinfónicas de la inteligencia humana. Quizás, en toda su obra, sin embargo, Marcel Proust quiso ir renunciando a su inteligencia de adulto para oír sólo dentro de sí el girar suavísimo de la gigantea infantil, aquellos girasoles que le iluminaron en los lejanos veranos de la Francia atlántica.

    Federico García Lorca, en un poema adolescente, le devuelve a Dios su corazón, "que es un membrillo demasiado otoñal y está podrido", y dice que le va a pedir prestado el corazón a un amigo, un corazón de hierro de veleta. ¿Y por qué no un corazón de gigantea que gire todos los días siguiendo el curso del sol? Ignacio Aldecoa habló bellamente del corazón y otros frutos amargos. Parece que los escritores y los poetas están de acuerdo en la condición caediza y otoñal del corazón humano. Es tan difícil, sí, que la luminosa gigantea de la infancia siga alta y fresca en el pecho del hombre que dicen unidimensional.

Que nos criamos en años de hambre, que fuimos unos niños malos, que hicimos lo que no debíamos hacer. Todas esas cosas nos dicen. Ahora les dan a los niños harinas lacteadas y preparados con varios cereales. Pero nosotros, los que íbamos directamente al quiosquillo de la señora Landelina a buscar los alimentos terrestres, nos criamos con dureza de castaña pilonga, dulzor acre de regaliz de palo, pulpa de alcachofas y remolacha robada. Claro que nos daban otras cosas nuestras madres, pues buenas eran, pero uno sabe secretamente que lo que le hizo crecer y vivir fueron aquellas cosechas de cacahuetes que pasaban del cuenco de madera de la señora Landelina al cuenco rosa y sucio de nuestras manos juntas.

Leíamos Corazón, de don Edmundo el italiano, leíamos enciclopedias gloriosas, pero lo que nos hizo hombres fueron aquellos poemas "Eróticos y sentimentales" que nos estaban prohibidos, con alejandrinos carnosos que no entendíamos. Y luego Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado y otros versos secretos. ¿Por qué vienen todavía, de tarde en tarde, después de tantos años, los sabores prohibidos, los placeres y los días de entonces, la sustancia lenta y oscura de los alimentos terrestres? Es como si el niño se hubiera despertado, como si el girasol girase, como si fuera a ocurrir algo antiguo, fresco y grande, en nosotros. Pero luego no ocurre nada.

miércoles, 6 de abril de 2016

Un mar asusta menos si aprendemos su nombre - Francisco Umbral - España


      Y puede venir un golpe de soledad,
      como salir de pronto a las traseras del mundo. Es
      en un día oscuro, complicado,
      dificultosamente cotidiano,
      que, al fin, resulta llevar dentro de sí otro día más
claro,
      más ligero.
      En cierto minuto se produce el rompimiento,
      el soltar amarras,
      cortar cables,
      el levar anclas una libertad, una facilidad.
      Y ya estoy solo.
      (Tan indiferente que parezco alegre.)
      Nadie podrá nunca acompañarme por los ecos últimos de
mi soledad.

      La soledad,
      como las movedizas ciudades de la costa,
      tiene sus muelles por donde acercarse al mar, y un
largo vacío como escamas.
      Se ven paisajes, mundos, desde la soledad;
      pero duele no saber de dónde son, cómo se llaman.
      (Un mar asusta menos si aprendemos su nombre.)
      La soledad me acerca un catalejo, me alarga la mirada,
      es como una videncia ya angustiosa, perpetua,
      que me hace presentes
      los bosques y las tardes donde nunca estaré,
      el dolor de no estar en aquel campo atardecido donde
sé que alguien deja que le crezca la sombra,
      donde alguien va a morir por un momento cuando más
bella era su larga sombra en tierra.
      El dolor de saber dónde no estamos.
      Será un mundo inhabitado
      por donde pasan barcos camino de algún mar.

      Sé que al anochecer muere un velero cada día,
      una ilusión marina que echa a volar en mí
      como la gaviota de cada crepúsculo.
      Pero soy tierra adentro, algún día lo sabré,
      y voy de plaza en plaza hasta donde mi soledad haya
de prolongarse.
      En soledad sé cosas, sé más cosas; la soledad me da
      conocimiento,
      pero me quita vida,
      espumas,
      mundo.
      Hasta que me sorprendo con sólo una moneda o un
metal o una rueda,
      cualquier sencillo objeto invariable y opaco,
      repetido en mis manos, pesándome en los dedos,
empañado de tacto.
      Le vengo dando vueltas desde mi soledad
      y me es ya extraño como algo recogido en otra estrella.
      De una ciudad sin parentescos, desabrigado y lento,
estremecido, voy regresando a todo.

      Aún traigo en la cabeza los astros que he mirado.
      Pero se va invadiendo de mundo nuestro mundo.
      Qué lentamente -y un calor despierta- se me puebla
la vida,
      se me habita una vaga humanidad,
                                  les vuelve la mirada a las distancias.
      Cuándo he dejado de estar solo.
      Aún traigo en la cabeza los astros que he mirado.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ y 10 - Francisco Umbral - España


POSTERIOR a mí mismo, enfermo, salgo todas las mañanas de un sueño que no sé si es desvanecimiento. Mi despertar tiene algo de resurrección. Es casi un resucitar, sí. Pero un resucitar sin júbilo, un volver a la vida para echar una mirada vacía en torno, para comprobar que todo está en orden -en desorden- y que puede uno volver a morirse tranquilamente. Y para qué hablar de los periódicos. No pido el periódico, no lo busco, pero si me llega, si me lo traen, le echo una ojeada como quien se toma una purga. Cómo está el mundo. Como siempre, claro. Sigue la sangre, la muerte, el espectáculo bochornoso que la humanidad viene dando desde el principio de los siglos. Lo nuestro no tiene arreglo. El hombre es decididamente mediocre y nunca hará carrera. Francia ensaya ahora sus bombas atómicas. A la gente le asusta mucho esto de la bomba atómica. ¿Por qué? Yo creo que, después de tantos siglos de sangre, matanzas, crueldad y obstinación, lo más digno que puede hacer la humanidad es suicidarse colectivamente, globalmente, y terminar de una vez. [...]

SÓLO encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.
Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este medio día con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.

ELLA ha madrugado, inquieta, movida por un secreto, por una alegría pequeña -qué triste picardía la suya- y se ha movido por la casa con más vivacidad, como cuando tú vivías, y ha traído de la calle dos rosas rojas, dos flores forradas de verde, que eran la clave de su secreto, el centro de su pequeña y tierna conspiración, porque algo había que hacer, hijo, y las dos rosas estuvieron ahí, lumbre de una alegría remota en lo gris del hogar.
Diría yo, sí, que fue ella a lo más remoto de nuestra dicha, al fondo de los días, al bajorrelieve de la memoria, allí donde aún ríes entre conchas doradas, para cortar esas dos flores -que en realidad son del mercado- y hacer que por última vez prenda en esta casa la luz de un tiempo en que éramos alegres. A la tarde, escucha, fuimos apresurados, silenciosos, sonámbulos, en el fondo de un coche, hacia el hueco doloroso, lejano, y el otoño estaba rojo, dorado, lento, espeso, como si tú existieras, y cruzamos tantas arboledas, hijo, tanto espesor de muertos, tanta luz acumulada en las márgenes de la tarde, para sumirnos en el túnel azul e inexistente en que no nos esperas, y llevábamos las dos rosas, como un reclamo para tu sangre, una llamada de lo rojo a lo rojo, de la vida a la vida, de la vida -ay- a la muerte.

sábado, 7 de marzo de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 9 - Francisco Umbral - España


La risa de mi hijo. He perdido la risa de mi hijo. ¿Cuánto hace que no sonríe? En este mismo diario tengo escrito, me parece, que a la cripta que es un niño sólo se llega por la celosía de su risa. Mi hijo no ha vuelto a reir ni a sonreir. Su seriedad banal de otras veces resulta que presagiaba esta seriedad definitiva, esta manera de ser adulto que le da la enfermedad a un niño.[...] El niño, ya, es sagrado. Sé, como sabía el poeta, que la vida no es noble, ni buena, ni sagrada, y no hallo nada que respetar ni venerar en el cielo ni en la tierra, ni un solo ser, ni un solo hombre merecen mi devoción, desde hace mucho tiempo, pero gracias a este hijo tenido y perdido habrá ya siempre para mí, en lo más puro de la luz, en el resplandor de lo inexistente, un ser sagrado, una criatura de oro, de modo que el hijo se constituye en criatura aparte de la creación, en relámpago de la sacralidad que no se ha dado jamás en todo el universo. [...]

Sufro como hombre, a la medida del hombre, con mis recursos y mi mecánica de hombre, pero dentro de mí, dentro de ese sufrimiento, hay algo más sufriente, una pulpa casi submarina de sollozo, un fondo último y retráctil de dolor al que temo descender, que no me atrevo a tocar. Es ya un sufrimiento como vegetal, el gemido de la flor rota -ya se sabe que las plantas gimen-, un dolor no humano, un miedo anterior al hombre, una medusa de espanto, no sé. Lo más sensible y doliente de lo vivo, el cartílago marino y vegetal, sin otra conciencia que el dolor, donde algo pulsa infinitamente, muy por debajo de mi dolor racional, mediocre, de hombre que sufre.

TU muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de luz en la luz. Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote.

martes, 3 de marzo de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 8 - Francisco Umbral - España


El niño es una luz que se extingue en su propio humo, una llama que se sopla a sí misma. El niño desaparece un día en el hombre. ¿Qué queda de una infancia? Quedan fotografías, rastros, cintas, alambres, pero la niñez es fragancia que desaparece al aspirarla. El hombre empieza siendo sólo perfume. La vida se inicia como aroma.
Un niño acaba por perderse siempre en el bosque de los adultos. Quizá sea ese el significado de los cuentos infantiles. La niñez está perpetuamente amenazada, destinada a desaparecer para siempre en un horizonte poblado, adulto y oscuro. Al hijo lo perderemos siempre, en la vida o en la muerte. Mas nadie podrá quitarme el turbión de frescura, la ráfaga, la dimensión desgarradora y clara que él le dio al mundo, de pronto, y me dio a mí. El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra un momento. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro y más lejos, y quizás -ay- eso basta. [...] La felicidad es algo que ocurrió una vez. [...]

El niño entre las niñas. Carolina, de belleza cerrada y tensa. Yolanda, esponjosa en su sonrisa y en sus ojos. Mariona impenetrable como una fruta. María José, flor sin nombre ni color, mínima y sonriente como una pequeña tristeza. El niño entre las niñas, feliz.

[...] La silla de mi hijo, sola.
Hay que beber a morro del dolor, como se bebe de las férreas fuentes. Que esta carne de luz empape toda la sombra. Hay que baldear hasta el fin el ciego enlagunamiento de la sangre. Hay que agotar el mal, el sufrimiento, no en pequeños sorbos, no en tragos cobardes, sino seguido y hasta lo hondo, que luego queda un fuego neutro, una nada, y sólo resta, por fin, la loza simple de la vida. Voy hasta el final de mi dolor, hago todo el recorrido, bebo de mí mismo, sacio una sed de sufrimiento que estaba en mí y yo no conocía. La saciedad del dolor es como la saciedad del placer. El dintel de una paz vacía, de un cielo plano y soso, de una neutralidad de clima y carne que es toda la imparcialidad desoladora de la naturaleza.
La alegría es un camino más corto. El dolor es un laberinto con angustia de perderse. La alegría nos lleva en línea recta y eso vale más que la alegría misma. Pero el dolor duda continuamente, vuelve atrás, como una bestia sombría que no acaba de aprenderse el viejo camino. Voy tras sus oscuras pezuñas y de vez en cuando, sí, bebo en las fuentes amargas y densas, con sabor a hierro y a muerte. No huyo mi dolor, no me lo dosifico, como el suicida precavido o la dama sin sueño. Bebo y bebo. Me fulminará el veneno o lo agotaré. No quiero cucharaditas de plata para sufrir. A morro, directamente, bebo a borbotones sangre de niño, muerte de niño, la hemorragia necia y dulce del mundo.

viernes, 27 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal rosa/ 7 - Francisco Umbral - España


El niño y los colores. El otro día se sentó a pintar, con un papel sujeto a una pizarra, y estuve mirando la naturalidad, la frescura, la novedad con que el niño obtiene los colores. No hay inhibiciones para el artista infantil. Pinta y ya está. "Si el sol dudase un momento se apagaría", escribió Blake. Los niños son pequeños soles porque no dudan un momento. Mi hijo se pone ante el papel ignorando que hay siglos de pintura detrás de él. No experimenta el peso inhibitorio de la cultura. Acaba de inventar ese ademán, ese gesto, esa manera de pintar. Acaba de inventar la pintura.
Es asombrosa su serenidad, su falta de dubitación, su saber lo que quiere. Pinta, colorea, dibuja, moja el pincel aquí y allá, lo mueve sobre el papel con ligereza y libertad. No importa lo que hace ni si lo hace bien o mal. Importa esa maravillosa libertad del niño, la ligereza mental que le permite apoderarse del mundo sin esfuerzo. Así hay que crear. Sólo haciéndose como uno de esos pequeñuelos se entra en el reino de la creación artística. Se ha dicho esto muchas veces, pero es maravilloso comprobarlo, vivirlo. El niño pinta como hace música o cuenta, sin prisa y sin pausa (el niño sí que no tiene prisas ni pausas, sino un ritmo natural). Los colores, que son colores industriales de droguería, falsos, le quedan brillantes, vivos, auténticos, valientes, encendidos. El niño es la creación sin angustia. Sólo él crea, dibuja, pinta, sin la angustia del creador, y esto es lo que nos fascina en las obras de los niños, por encima de su consabida gracia: la ausencia de angustia.

Ahora tengo al niño entre los niños enfermos, en el pabellón de las sombras por donde un pequeño saltamontes humano, niño roto e inquieto, o una niña destrozada por un automóvil, con su sueño de manzana pisada, bullen y mueren. Tengo al hijo pendiente de esa salud que gotea, de esa gota de suero, de luz, de vida. En torno de su silencio, el dolor del pueblo, madres jóvenes y oscuras como montes calcinados, hombres como pájaros hambrientos de graznido triste, el fondo del mundo, el hondón de la existencia, la verdad pueril y desoladora de la vida.
Niños que sufren, niños que mueren, madres con los ojos pardos como lobas del pueblo, algo que gotea vida o muerte. Y nada más. Zumba el dolor en patios interiores, pasan mujeres con palanganas en la mano, orinan los niños su tristeza y huele el mundo a herida infectada. He ido, con el hijo en los brazos, llevados de la velocidad, hasta estrellarnos contra el fondo del silencio. Era como la visualización de nuestro destino. Ahora lo tengo aquí, enfermo siempre, mirando por la muerte, y su gloria es el dolor de otros niños, el débil varillaje humano pinchando las esquinas de un lienzo pobre.
La mano pura que sabe crear colores de la nada, el loto infantil y breve que pinta el día con luces nuevas, cae ahora herido, con una aguja en su vena más fina, en una inmensa clínica de hierro donde los platos humeantes de muerte van solos, en multitud, por ascensores lentos, y la sangre que ya no es de nadie, anónima y sagrada, sueña formas de serpiente debajo de las lágrimas crueles. Me quedan los colores que ha creado el niño, oros enigmáticos de un universo que se ignora a sí mismo.

El niño y la risa. La risa del niño. Su risa triunfa de la muerte. Cuando el niño ríe, el mundo se espuma, la vida se aligera y el sol se enciende. Pasa su risa como un agua ligera por encima de las cosas, riza la luz, alegra el día y establece una continuidad sencilla entre los seres que no puede ser destruida por nada. La risa siempre es comunicativa, funde a los seres unos con otros, los enjabona de contigüidad, pero con los adultos hay otros lenguajes. El máximo lenguaje, para con el niño, es la risa.
Llegar a su risa, conectar con su risa, provocarla o compartirla, es haber entrado en lo más infante del niño, en lo más niño de la infancia. La risa es su gran lenguaje, el primero y el más profundo, y sólo aspiro ya a encontrar la risa de mi hijo, a hacerla correr, a escucharla de lejos y de cerca. En la cripta que es un niño sólo se entra por la celosía de su risa.

lunes, 23 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 6 - Francisco Umbral - España


LA fiebre, ese fuego secreto que mi madre buscaba en sí, que buscaba en mí, como luego me lo buscaba yo mismo, como lo busco ahora en mi hijo.
La fiebre, la llama quieta que crece por la sangre, ese miedo que me asusta como nada, ese quemarse el cuerpo y la vida en un incendio lento y mudo. La fiebre, porqué la fiebre, de dónde, y sus crepúsculos internos agrandándose hasta los ojos, torturando las sienes, haciendo restallar las manos.
La fiebre del hijo, el fuego en que me arde, la hoguera inexistente en que se quema, el abismo rojo donde le pierdo. La fiebre y el horror. Cómo se puede vivir en el horror. Se puede. La muerte en torno, la fiebre ondeando sus fatigadas banderas, el miedo. Pero se puede vivir -y esto es lo atroz- en la entrada misma del horror. También el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable. Tener a un ser en la muerte es tenerlo ya seguro, a salvo, fijo, como una estrella, libre de todos los peligros, más allá de todas las riadas de la vida.
Comprar una lámpara, un día se sale a comprar una lámpara, tenemos que comprar una lámpara, y se vuelve a casa con la fiebre, con el mal, con el miedo. Esas cosas de que se hace la vida. [...]

PERO el niño es sagrado. La vida se sacraliza en los niños, tiene su instante celeste y único en la carne dorada del hijo. Hay una acumulación de pureza, una aglomeración de tiempo y presente en el cuerpo desnudo del niño, en su vida desnuda, una decantación de la luz y de la palabra, y por eso la vida es sacrílega cuando profana al niño, cuando atenta contra él. La vida es suicida y necia cuando se encarniza contra el niño, se niega a sí misma, y el mal de los niños tiene todo el horror de una profanación. Un niño enfermo es una blasfemia que profiere la vida. Por el mal de los niños descubrimos que "la vida no es noble, ni buena, ni sagrada". Descubrimos lo que la vida tiene de alimaña ciega, de cebarse en sí misma. Casi todos los movimientos del universo son estúpidos, y el atentado contra la vida del niño es una destrucción de la única sacralidad de la existencia. La biología es blasfematoria. La sacralidad del niño es algo que alumbra milagrosamente en el universo, pero el légamo original acaba siempre por decir su palabra horrible contra la vida. Un niño enfermo es la visualización del suicidio incesante de la especie, es, más que un crimen, una profanación, y después de esto sólo queda la mera rutina vegetativa, abolida toda posibilidad de ascensión del hombre a sí mismo.

jueves, 19 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 5 - Francisco Umbral - España


El niño en la prisión blanca de la clínica, en manos del dolor, manipulado, pinchado, dolorido, el niño entre los niños que sufren. Han entrado en la vida por el túnel amarillo de la enfermedad. El nño, mi niño, está ahí, sufriente, enfrentado a un miedo, a una magnitud superior, y lo llevan en alas blancas y sucias, lo traen en camas duras y sonoras. Me resisto a amar una creación donde los niños son torturados, escribió el francés, y lo recuerdo siempre, y lo repito, cuando el niño sufre. La creación, siniestra y mayúscula, doliendo en la carne de un niño. El encarnizamiento inútil de la vida contra la vida. Cogido en las fauces del dolor, mirando de cerca por la muerte, al niño se le rompen los ojos en cristales, se le ahuesan las manos, perdida su calidad de flores, y le viene la blancura inhumana del terror. El universo es una geometría inútil, una matemática obstinada y loca, que se cumple ciegamente, que se demuestra a sí misma vanamente, y en todo este juego de fuerzas ociosas hay siempre un niño que sufre, una víctima. El dolor de los niños, el dolor de las plantas, el dolor de las bestias. Qué tres dolores insufribles. El niño sufre como las bestias y como las plantas. Dando vagidos y perfume. La clínica es un corredor verde donde el dolor se hace razonable por un momento. La ciencia ha racionalizado el dolor en una medida discreta, y de eso se envanece. El universo, la creación, prodigiosa máquina de errores, sistema perfecto y cerrado de equivocaciones, es un gran absurdo que equivale a una gran razón. Funciona. Funciona con el dolor y la muerte de los niños, lubricado de sangre niña y fresca. Me llevo al niño, dolorido y lánguido, lejos del gran absurdo organizado, a nuestro pequeño rincón de sinrazones, al cubil de la ternura. Viene aterido de miedo, perplejo de frío, y empieza a poner orden -su orden cálido y anárquico- en las cosas. [...]

DIBUJA, el niño, escribe, hace sus primeras letras, sus primeras figuras, y es como cuando el hombre primitivo comenzó a miniar la roca de la caverna. Su caligrafía salvaje (en todo niño hay un salvaje perdido) y sus dibujos tienen el temblor de una primera delineación del mundo. Todos los niños dibujan igual, no sólo porque su personalidad no está hecha, sino porque el niño vive en el fondo común  y feliz de la especie. Se parecen todos los niños como se parecen todos los folklores y todas las culturas primitivas. Bien sabemos que la individualidad es una conquista o una perversión de la cultura. Él sólo se mueve todavía en el légamo anónimo. Todo niño es un anónimo, un primitivo, no porque lo que hace lo haga ingenuamente, sino porque su arte y su escritura nacen del fondo común, indiferenciado, arcádico, de la especie, de la humanidad. Como la artesanía, como la cerámica, lo que hace el niño no tiene nombre propio, no tiene firma, aunque el niño lo firme muy claramente, muy implacablemente, con la tozudez de un nombre recién conquistado.
Ceramista, el niño, artesano anónimo, pertenece al gran gremio de la infancia y nada más. Tiene el estilo párvulo, que es el más puro de los estilos, y de ninguna manera es un naïf, como Rousseau no lo era ni pensó nunca serlo. Todo niño, sí, es un salvaje que echa de menos su tribu, que se ha perdido en la jungla de los adultos. Y esas señales que va dejando mi hijo en el papel, en la pizarra, ese rastro de líneas, números y letras, más que un mimetismo de la cultutra adulta, es una recreación del mundo desde sus supuestos salvajes, un primer afán de interpretación y entendimiento. El cuatro que dibuja mi hijo no es un cuatro, sino la afirmación de una óptica, una fe de vida. Porque, precisamente por moverse en el reino del anonimato, de lo primitivo y comunitario, el niño no hace signos por los signos, sino que los hace por sí mismo, se afirma, se reclama en cada número, en cada letra. No es esto contradictorio con la idea de anonimato y primitivismo, sino una misma cosa. El arte primitivo afirma colectivamente, se hace por algo y para algo. En él hay un alma común que se expresa. Sólo en el arte culto, adulto, posterior, el código importa más que el mensaje. El adulto hace un cuatro cuando tiene que contar cuatro. El niño, en su cuatro, pone el alma y la vida. Se lo juega todo en cada cuatro, como el hombre primitivo en cada ciervo.
Él cree que está aprendiendo los números, o quizá ni siquiera lo cree. Lo que está haciendo, en realidad, es dejar huella de sí -de un sí mismo que es aún colectivo, infantil, puro-, señas de identidad, datos de su presente. El cuatro, para el niño, no puede ser un valor abstracto. Para el niño no existe lo abstracto (ni para el hombre: lo abstracto es una ilusión filosófica de la que ya estamos cayendo). El cuatro para el niño, es una silla o una escalera, no sólo por juego y plasticidad, sino por la sencilla razón de que las sillas y las escaleras existen, mientras que los cuatros no existen.
Mi hijo hace su cuatro, su alfabeto, sus fieras, y toda la infancia vuelve a mirarse en su pizarra. Una cosa egipcia y etrusca y salvaje y sensible, que es el primer barro del alma humana, está ya ahí. O desea "que las medicinas no se confundan de niño", entrando así en el animismo primitivo, dándoles alma a las medicinas y quitándosela a sí mismo. Haciendo surrealismo vallejiano, cultura, sin saberlo. Como no existe en puridad el pensamiento abstracto, lo que yace en el fondo del hombre es el jeroglífico, su escritura natural con imágenes, y nuestro alfabeto y nuestra numeración abstractas toman aire de jeroglífico en el cuaderno del niño, que está realizando el esfuerzo cultural gigantesco, con sus manos torpes y obstinadas, de adaptar un código a otro, de meter en nuestras estrechas abstracciones toda la vastedad de imágenes y formas que es el alma misma de la especie.

domingo, 15 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 4 - Francisco Umbral - España


Mi hijo en el mercado, entre el fragor de la fruta, quemado por todas las hogueras de lo fresco, iluminado por todos los olores del campo. La fruta -ay- le contagia por un momento su salud, y el niño ríe, mira, toca, corre, sintiendo y sin saber un mundo natural, el bosque poblado en que se encuentra, esa consecuencia de bosque que es un cesto de fruta, una frutería. Mi hijo en el mercado, entre el crimen matinal de las carnes, el naufragio azteca de los pescados y, sobre todo, entre los fuegos quietos de la fruta, que le abrasa de verdes, de rojos, de malvas, de amarillos. Él, fruta que habla, calabaza que vive, está ahora entre los dos fuegos, entre los mil fuegos fríos de la fruta, y grita, chilla, ríe, vive, lleno de pronto de parientes naturales, primo de los melocotones, hermano de los tomates, con momentos de hortaliza y momentos de exquisita fruta tropical. Es como si le hubiéramos traído de visita a una casa de mucha familia, a un hogar con muchos niños. Como cuando se reencuentra con la hueste ruidosa de los primos. Qué fragor de colores en el mercado de fruta. El niño corre entre las frutas, entre los niños, entre los primos, entre los albaricoques.

Las letras, el alfabeto, la escala de las vocales, el niño, a la sombra de la madre, pájaro ligero por el árbol de la gramática. Salta, va, viene, se equivoca de rama, vuelve a saltar, dice la a, la e, ríe con la i, se asusta con la u, vive.
Por ahí empieza la historia, hijo, empieza la cultura, el mundo de los hombres, ese juego largo que hemos inventado para aplazar la muerte. Las letras, insectos simpáticos y tenaces, juegan contigo como hormigas difíciles.. Estás empezando a pulsar las letras, las teclas de un piano que resuena en cinco o diez mil años de historia.
Cada letra tiene un eco de lenguajes pasados, de idiomas milenarios, que tú despiertas inocentemente, como cantando dentro de una catacumba. Eres el paleontólogo ingenuo de nuestro mundo de jeroglíficos. Somos tus antepasados remotos, esfinges egipcias, dioses griegos, estatuas etruscas, dialectos nubios. Me siento -ay- más del lado de la Antigüedad que del lado de tu vida reciente. Se me incorpora una cultura de siglos que contempla impávida, fósil, tu pajareo alegre por sobre las losas del pasado. Cada letra es una losa que pisas, cada palabra es una tumba. Estás jugando en el cementerio, como los niños de aquella película, porque las palabras son cadáveres, enterramientos, embalsamientos de cosas. Tú, que eres todavía del reino fresco de las cosas, te internas ahora, sin saberlo, en el reino sombrío de las palabras, de los signos.
Pero los signos y las palabras, para ti, también son cosas, porque estás saludable de realidad, y juegas con las letras como con insectos o guijarros. No sé si vale la pena arrancarte del mundo de las cosas. No sé si vas a perdurar en el mundo de las ideas ni en ningún mundo, hijo, pero asisto, dolorido y consternado, a ese cruce de fronteras, a esa confluencia de atrios que atraviesas alegremente, de la mano de la madre.

Vienes del pájaro y vas a la catacumba. Vienes de la hortaliza y vas al concepto. No sabes, hijo, cuánto cuesta, luego, volver a reconquistar las cosas, que el idioma sea otra vez voluptuosidad, descubriminto, fruta, y no diccionario. Es un largo camino de vuelta el que inicias ahora. ¿Vas a tener tiempo de recorrerlo?
Quisiera hacer yo contigo ese camino, hijo. No podremos ni tú ni yo, seguramente. No vamos a sobrevivir ninguno de los dos, quizá, tú por prematuro y yo por tardío. Me alegra, me entristece, me duele, me desconcierta verte jugar con fuego, con el fuego apagado y triste de las palabras, que en tus manos y en tu voz vuelve a ser resplandor, llama, alegría, quemazón, locura, canto.
Mi a no es tu a. Mi a es lúgubre y sabia. Tu a es una nota de luz en tu paladar, en el paladar claro del mundo. Qué juego de luces y sombras. A veces el idioma se cierne sobre ti y me asusto. A veces echas tú sobre él un desconcierto alegre de juego. Qué miedo, qué alegría, qué susto, qué tristeza, verte aprender las letras.

HIJO, salto que da el día
hacia otro día.
Pimpirincoja,
zapateta,
pingaleta en el aire
hacia otro aire.
Por ti van las semanas
a patacoja,
sin pisar raya.
El que pisa raya pisa medalla.
Cuando no sabe el mundo
qué paso dar,
y todo está en suspenso,
como trabado,
saltas tú a pies juntillas,
salvas la zanja,
y vuelve el día a correr,
claro en tu agua.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 3 - Francisco Umbral - España


Los libros, cómo crecen los libros en la casa, aquellos primeros libros de la madre, secos y polvorientos, que me han acompañado por pensiones, viajes, noches, años, cómo proliferaron. Apenas los veo ahora entre el farallón de los libros, pared maestra, muro de letra impresa que ha modificado la estructura de la casa, y ese hormigón con que se pegan las páginas de algunos libros que no volvemos a leer jamás. Los libros respiran, como las flores, y nos van matando, nos van secando el aire, pero los cuido, los ordeno, los desordeno, y crecen. Me olvido de su distribución, pero ellos solos se barajan y vuelven a su geometría lógica de biblioteca, y sé, sin querer saberlo, dónde está cada uno, porque el paso de la vida es el irse convirtiendo uno de poeta en bibliotecario.
Tomar un libro es como quitarle un ladrillo a la muralla, puede venirse abajo toda la construcción y demolernos. Nos amparamos, ya, en una pared de tipografía que nos resguarda de los vientos de la vida, celda de papel en la que uno va siendo el monje de sus propias religiones heterodoxas. Puedo abrir un libro y encontrarme dentro de él, porque uno no es sino la señal de lector puesta entre las páginas de la novela de la propia vida, o puedo mirar y olvidar mis propios libros, los que yo he escrito, rectángulos de ignorancia y obstinación, cajas de puros sin puros.
La marea de los libros, su silencio en la noche, su olor a engrudo y memoria, esa sustancia de celulosa y oro que rodea y limita ya mi vida. Cómo escapar a los libros. Son el enladrillado de mi alma. Para no verlos, para no sentirlos, abro un libro y leo.

Acumulamos cosas levantando un baluarte contra la muerte. A la delicia de no tener nada sobreviene enseguida el espanto de estar disponibles, prestos para la partida. Hay que echar anclas, amarras, anudarse desesperadamente a la vida. Pero me quedo así, indefenso, sin deseo ni futuro, entre el pasado y la muerte, entre el niño y la nada. Alguien ha visto la literatura como la infancia recuperada. Por eso escribo, sí, porque escribir es jugar y jugar es ser niño esencial. Sólo quiero la infancia, la mía y la del mundo, la de mi hijo y la de todos los hijos, sólo quiero el juego, el girar del planeta por toda aventura. Asisto, sin verlos, a los juegos de esos niños de la calle, y no soy el observador sonriente, condescendiente, qué torpeza, sino el ámbito humano en que ellos juegan, la humanidad toda que atiende a su juego, el cielo y la tierra, la ciudad y las luces.

OCTUBRE. Se perfecciona la redondez del mundo. Los árboles son violines cuya música es el azul del cielo. El bosque juega con mi hijo como un tigre verde con un jilguero. Somos el interior de una lentísima manzana cayendo silenciosamente en el tiempo.

sábado, 7 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 2 - Francisco Umbral - España


Ha venido el verano y se ha llevado al niño hacia otros soles, hacia otros veranos, arboledas de sombra en que se me pierde, tan amenazado siempre, playas desvariantes, mares que le acogen en su gran barba blanca, en su vejez clamorosa como una eternidad.
Niño mío, hijo, fruta fugaz, manzana en el mar, siempre lo he dicho, milagro instantáneo, doblemente imposible, estoy aquí, en el desorden de tu ausencia, entre los colores, animales, objetos, hierros, ruedas y seres de tu mundo, tan muertos sin ti, juguetes de un sol solo que apenas los roza, y me mira tu ausencia desde todas las paredes, encarnas en fotografías cuando halago el tacto de la nada. No estás.
Si algún día no estuvieras del todo, niño, cómo sería eso, cómo sería el mundo, todo él cuarto de juegos abandonado, planeta infantil vacío, el universo reducido a la ausencia de un niño. Voy y vengo, ahora, con mis tropelías de adulto, entre la quietud de toda tu actividad. Tropiezo cosas que dejaste caídas, deshago con los pies, involuntariamente, un resto de tu juego interrumpido, y la pizarra me mira con su negror, pero tomar una tiza y escribir en ella una letra o dibujar un lobo, sería convocarte, estremecer el mundo de ondulaciones, y no me atrevo a hacerlo.
Qué callada la casa, sin ti, qué madre la casa, qué útero sombrío recordándote. Tu ausencia queda dibujada en un orden que es un desorden, y el flash de otros veranos fija en las paredes tu brevísima biografía de osos, playas, disfraces, mares y desayunos.

Los leones más fieros, los pájaros más metálicos remiten ya a ti dulcemente. Tu secreto emparentamiento con la selva llena de ternura las fieras de las revistas, y te recuerdo más violentamente cuando un animal pasa a mi lado, aparece en una página o se escribe en letra impresa. Con eso basta. Los animales, para la infancia, son signos, un leopardo vale por una letra y una jirafa por una palabra. El lenguaje para entenderse contigo son los bichos, y yo hablo gustoso ese lenguaje porque tú me entiendas, para enterderte. Ni mimos ni enseñanzas ni diminutivos. Es natural el niño porque maneja cosas, mejor que ideas, porque para él no existen las ideas. Las cosas mejores y más vivas son los bichos, de modo que tu lenguaje está hecho de ellos. Eres puro porque jamás has formulado una idea, aún, y discurres con objetos, te mueves entre realidades y te expresas mediante patos salvajes y lobos amigos. Fauna convencional que hemos acuñado para ti y para mí. Con la presencia de un perro en la calle me viene lo que tienes de perro, hijo, lo que tienes de bestia natural y directa, de ser errátil, y no hay nada como el parentesco de los niños con los animales, ese niño secreto de los ojos del gato, esa fiera rosada de tu cuerpo.
Estoy aquí, transitando la ausencia de un niño, pulsando la soledad, y me siento gigantesco y melancólico en el mundo menudo que él ha dejado. La melancolía de los gigantes, sí, me invade a los pies de lo pequeño, y quiero que el niño vuelva para que le vaya dando cuerda, desordenadamente, al reloj-búho y a todas las cosas que, a su paso, se llenan de ojos y reojos, le miran y hacen tic-tac. El mundo hace tic-tac cuando juega un niño. El universo es un tic-tac de luz y sombra. Tengo miedo, ahora, de tocar el desorden frágil y abandonado de tus juegos, hijo, porque no se me desmorone el alma y por no rectificar el azar sagrado de la vida.

martes, 3 de febrero de 2015

Fragmentos de Mortal y rosa/ 1 - Francisco Umbral - España


...esta corporeidad mortal y rosa
donde el amor inventa su infinito.
PEDRO SALINAS

Hay una dimensión del hogar que sólo descubre el niño. De la persona descomunal que le toma en brazos, sólo le interesa un botón determinado. Del mar sólo le interesa una concha. Sabe reducir lo enorme a su medida, compendiar el mundo y entenderse con lo inmenso mediante lo pequeño.
Por la noche, entra en el sueño como en una gruta viva. Cualquier postura es buena, y el dormir le sorprende siempre yendo a hacer algo, en ademán de tirarle a la luz de su túnica o apresar el agua por la garganta. Toco su pelo de luz, su rostro simple a la mirada, pero minucioso al tacto, su piel de queso que ama, su carne que huele a calle, a frío, a actualidad furiosa, y aparto el dolor de que el niño haya nacido, pueda morir. Sólo quiero sentir en mí ese cuajarón de existencia, esa ráfaga de animalidad que le ha robado al hombre retazos de lenguaje, este amago de humanidad que todavía se asoma a las cuevas húmedas de las otras especies y conversa con ellas.

El niño participa de la fruta, del gato y del hombre. Es un cruce de individuo, manzana y felino. Ansía tanto la vida y no sabe que está dentro de la vida, de que en él se han logrado y detenido corrientes de siglos y que le habita la actualidad. No verle, de vez en cuando, como hijo, sino como milagro de las cosechas, como creación momentánea del tiempo. Todas las fuerzas de la vida pasan por él y con esta misma materia que se ha hecho un niño podría haberse hecho un tigre, un frutal o un regato. La reunión de días y electricidades, de energías y semillas que ha producido un niño, igual podría liberarse y producir un crepúsculo, una cosecha, una descarga o un puma.

Lo que palpo en el niño son fuerzas heterogéneas y hermosas que en él se armonizan indeciblemente. Más que a un proyecto, parece deberse a un encuentro. Y como todavía participa de las corrientes generales de que ha sido hecho, reconoce enseguida la hermandad de las cáscaras, los pescados y el légamo. Es una pulpa salvaje en la que se han hincado suavemente los peines lentos del idioma. [...]

El quiosco de los latones brillantes, los colores, los juguetes, las semillas, flores de anís pobre y artillería de chocolate triste. Un vaho de algo que se guisa, se cuece, se asa, se fríe, se sufre. El quiosco, para el niño, es la cultura, toda la cultura, el haz apretado de las posibilidades, los sueños, la guerra, el relato, la velocidad y la risa. El quiosco es la Historia Universal del niño. Y toda mi Historia Universal, la cultura, la guerra, la ciencia, lo escrito y lo pensado se me reducen a un quiosco de semillas, de juguetes, de periódicos. En la mañana inmensa, el quiosquillo de la cultura, todo el arsenal de las guerras y la filosofía. El niño lleva en las manos raíces, armas, frutos secos, objetos, cosas, realidades. Yo llevo periódicos, sólo periódicos, palabras, palabras, palabras. Letra impresa, tipografía menuda, el hilo del caracol humano, la repetición y la oclusión.

Estoy oyendo crecer a mi hijo.
Francisco Umbral

En Mortal y rosa, sobrecogedora y tierna elegía de la infancia, Francisco Umbral evoca la muerte de su hijo. Desde la inhóspita revelación de la pérdida, el escritor construye un largo monólogo en que la muerte de su hijo actúa como la coartada maravillosa que convierte su pesadilla humana en una fuerza catártica y liberadora.
Umbral procura el reencuentro en la evocación y cada sensación es un superar la existencia inerte, cada objeto una excusa para la reflexión: "sillas de paja infantil, graves mecedoras, caballos de crin celeste me preguntan por ti, se preguntan por ti". Con "esta corporeidad mortal y rosa, donde el amor inventa su infinito" -verso de Pedro Salinas que preludia el texto-, el escritor aborda una cantata de belleza y originalidad máxima, que desborda todos los rencores, porque, como señala en una frase que bien pudiera glosar la obra: "El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro, y más lejos, y quizás, ay, eso basta". [De la contraportada de la edición de Ediciones Destino, S. A.]

lunes, 29 de diciembre de 2014

Para aquel que no quiere ver... - Paul Morand - Francia


Para aquel que no quiere ver
Que las dictaduras, los vértigos, las doctrinas,
Las drogas,
Las orquestas, las herejías, los horizontes
Están cuestionados.
No habría que confundir
El sistema de alcantarillado y el motocultivo
Con el paraíso.
Algunos han resbalado sobre esta viscosa palabra: lujo
Y se han matado.
Hemos advertido el fallecimiento
De un gran número de comerciantes franceses
Que había querido dejar de pertenecer a
Órdenes contemplativas.
Un ministro negro inaugura el osario:
Con un arrebato cabruno.
Cogió por la cintura a la cantante subvencionada
Que recitaba la oda fúnebre
En un vestido de pana naranja
Con encajes de Irlanda en las mangas,
Y el himno a la producción se le quedó en la garganta.
El combate entre gordos y flacos terminó.
Las masacres entre flacos empiezan.
Un jugador de golf no produce calorías.
Si hay que quitar refinamientos
No se perderá gran cosa.
Muchedumbres cargadas de odio
Paciendo la desconfianza en los pastos de asfalto
Vacilan a la hora de las bebidas heladas,
Sobre un mundo anémico por sangrientas locuras.
Escalas pobres, catálogos de sensualidad,
Ninguna evasión por este lado.
Sin arriesgar encantamientos
Podemos hacer el peritaje de nuestro corazón:
El peso del mundo está mal repartido,
Hay que volver a empezar desde cero,
Hay que volver a empezar desde el nivel de la tierra
Y del mar.
Prestad vuestra ayuda a una obra de caridad:
Hay que volver a hacer el mundo.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Verlaine - Rubén Darío - Nicaragua

Canéforas- Juan Antonio Tinte

A Ángel Estrada, poeta.

RESPONSO

Padre y maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
               diste tu acento encantador;
¡Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste
hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
               ¡al son del sistro y del tambor!

    Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,
que se humedezca el áspero hocico de la fiera
               de amor si pasa por allí;
que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;
que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne
               y de claveles de rubí.

    Que si posarse quiere sobre la tumba del cuervo,
ahuyenten la negrura del pájaro protervo
               el dulce canto de cristal
que Filomela vierta sobre tus tristes huesos,
o la harmonía dulce de risas y de besos
               de culto oculto y florestal.

    Que púberes canéforas te ofrenden el acanto,
que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,
               sino rocío, vino, miel;
que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,
y que se escuchen vagos suspiros de mujeres
               ¡bajo un simbólico laurel!

    Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,
en amorosos días, como un Virgilio, ensaya,
               tu nombre ponga en la canción;
y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche,
con ansias y temores entre las linfas luche,
               llena de miedo y de pasión.

    De noche, en la montaña, en la negra montaña
de las Visiones, pase gigante sombra extraña,
               sombra de un Sátiro espectral;
que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;
de una extra-humana flauta la melodía ajuste
               a la harmonía sideral.

    Y huya el tropel equino por la montaña vasta;
tu rostro de ultratumba bañe la luna casta
               de compasiva y blanca luz;
y el Sátiro contemple sobre un lejano monte
una cruz que se eleve cubriendo el horizonte
               ¡y un resplandor sobre la cruz!
De Prosas profanas y otros poemas (1896-1901)

Peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.
RUBÉN DARÍO

    Indio con entorchados (casi se le adivinan los pies descalzos por debajo del uniforme diplomático), "negro" con alma de princesa cachonda y pianista ("negro" le llama Valle-Inclán, que tanto robó y plagió de él), cuaco idolizado, fabuloso derrumbe humano que iluminó Madrid, que habitó París, que se irguió frente al mar latino, congestionado de trascendencia, pálido bajo su color indio, robusto de persona y esbelto de corazón. Impar como una ruina, precolombino y único, parisiense, madrileño, poeta solo de la noche occidental, como un Baudelaire más nuevo, más triste y más bueno.
    Aunque su mercancía es el Modernismo, lo que realmente trae Rubén es algo más profundo y difundido, nada menos que la modernidad. Rubén tiene esa cosa inaugural y festival del que vuelve la esquina de un siglo, es el quicio humano por el que nos asomamos a lo venidero y no sólo entonces, sino todavía hoy; [...]
    "Que púberes canéforas te ofrenden el acanto." ("De todo el verso, sólo he entendido el que", diría García Lorca.) Qué ramo de palabras recién golpeadas contra el agua, como rosas grandes o mujeres desnudas. Devuelve su mañana a "púberes", incorpora "canéforas" (bordadora griega), hace más verde y duradero el acanto. "Peregrinó mi corazón y trajo de la sagrada selva la armonía." Es la sintaxis, siempre la sintaxis, una sintaxis nueva que reinventa el mundo. La sintaxis del poeta no es sino la matemática de su música. Porque el poeta no ha de tener musa, como dice el tópico, sino música. 
    Habría que esperar al surrealismo y las vanguardias para que se diese en el lenguaje, en los idiomas, otra revolución semejante e insurgente. Pero el surrealismo y las vanguardias son más bien destructivos, contraculturales, como empezaba a serlo el siglo XX (cuya enfermedad secreta es la dispersión), y en cambio Rubén es armonizador, armónico, orfeónico, el hombre capaz de hacer pasar el viejo camello del mundo por el ojo de la aguja de oro de su verso. [...]
De Las palabras de la tribu, 1994 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La belleza convulsa (y III) - Francisco Umbral - España


13, DOMINGO

    Lo más importante del surrealismo ha sido la pintura. Los pintores surrealistas nunca pintaron otra cosa que el hombre interior. Eran unos místicos de sí mismos. Las gentes de catálogo y media tarde lo decían con asquito:
    - Pintura literaria, pintura literaria, literatura pintada.
    - Naturalmente, señora, naturalmente.
    Y, como el surrealismo era una pintura literaria, los peores, los más literarios, resultaron los más significativos de entre los pintores surrealistas. El arte surrealista es el nuevo bisonte altamirano de las cavernas del alma (una caverna, ya, sin la linterna de Platón), y por él paseamos mirando nuestros sueños en grafito. Delvaux llena el mundo cotidiano de señoritas desnudas y generalmente rubias, muy aseadas en su desnudez, con esa cosa atuendaria y decente que tiene la carne, y las mujeres jóvenes, castas y excitantes de Delvaux llenan las estaciones nocturnas, el carbón de la noche, todo lo negro de la negrura, con sus desnudos de espejo rosa, orlado, espejo de fonda de estación con pretensiones, espejo por donde pasan los Grandes Expresos Europeos llevando a Paul Morand hacia Barcelona, llevando a Lenin, blindado, hacia Moscú.
    El surrealismo es eso: meter lo insólito en lo cotidiano, poner manos arriba la cotidianeidad con dos tetas como dos pistolas. O descubrir hormigueros en la mano humana, como Salvador Dalí. El surrealismo es la Ilíada y la Odisea de la noche humana, que no se había contado nunca. Eluard, Breton, Aragon, Arp, Ernst, Domínguez, Prévost, Prévert, Magritte, Chirico, tantos, nos cuentan la noche como un día siniestro, y ya, desde entonces, los niños de la guerra (mundial) no podíamos ser los educandos de la realidad mostrenca, sino los pilletes del subconsciente. No fuimos como los demás niños, que se enamoraron de la vecina, de la tía, de la amiga de la madre, de la propia madre. Nosotros nos enamoramos de Ana María, la hermana de Dalí, que tenía fuertes pantorras payesas, de las señoritas desnudas y ferroviarias de Delvaux, de las señoritas en yeso de Magritte, con una rosa de sangre en la sien, de las mujeres/pájaro de Max Ernst, que no eran sino las meretrices impersonales de nuestra adolescencia cruel. Pero luego hablaré de eso.
    El surrealismo nos enseñó que el día no es sino el forro brillante y mediocre de la noche, porque la humanidad adulta se había retirado a sus cavernas interiores, llevándonos de la mano. El sexo, el irracionalismo, el psicoanálisis, el surrealismo, todo el sistema interior que nos permite recorrer la riqueza negra y minera de la vida, agotado ya el continente diurno de los clásicos, los neoclásicos y los que estaban dispuestos, a toda costa, a seguir haciendo citas de Aristóteles, como si eso fuera aconsejable.
    La mutación fundamental del siglo XX es esta emigración hacia el continente de la noche. Hegel habría sido, así, el último coletazo desesperado de la ballena blanca de la luz, Moby Dick de la razón que adopta su última forma parabólica. Fuimos, somos los patriotas de la noche, segunda generación. Nunca más volveremos a creer que la realidad sea la realidad, sino sólo el sitio irreal y mediocre por donde se movían nuestros abuelos burgueses. Varias generaciones hemos vivido ya, hemos escrito, hemos creado, alumbrados por el fanal negro de la noche, por la linterna del sueño, que se abre a realidades más ricas, circulares y violentas.
    Eso está, me parece, en toda la pintura posterior al surrealismo, incluso en la que se cree nuevamente realista, que ve y pinta ya una realidad alucinatoria, porque el día no puede ser otra cosa que una alucinación para los pioneros de la noche. Eso está en el abstracto, que es la pintura pintándose a sí misma, que es el pintor pintando sus ganas de pintar, como yo escribo ahora mis ganas de escribir.
  Hombre interior, hombre interior. Los refugios atómicos de cemento armado, que ahora se fabrican, no son otra cosa que el remedo bélico y tecnológico de las cavernas sutiles y cultas en que nos metió el surrealismo y el psicoanálisis. Lo de menos, en Freud, es que tuviese razón científica. Lo importante es que nos salva de Hegel/Moby Dick sumergiéndonos más profundo que la ballena. La pequeñoburguesía grancapitalista, con los refugios atómicos que digo, ha llegado tarde, como siempre, al interior de la tierra. Creen huir de la bomba de neutrones, pero huyen, como todos, de la enfermedad de la luz, primero intuida por los poetas (nocturno Baudelaire, Moréas) y luego formulada por Einstein.

lunes, 15 de diciembre de 2014

La belleza convulsa (II) - Francisco Umbral - España


13, DOMINGO

    [...] Crepuscular siglo XX, como luego ha probado el tiempo. Siglo iluminado de una luz apaisada y rojiza en la que vienen los cantos de Bela Bartok, los claros de luna enferma, rojiza, de Rubinstein, los campos locos y girantes de Van Gogh, las banderas soviéticas, bajo las cuales los nobles que no creían servir para nada se afanan enseñando idiomas a los niños rusos: los idiomas de su infancia cosmopolita. Porque "el que no trabaja, no come".
    Lus horizontal y febril de la tarde, que los neoclásicos ignoran porque siempre se han regocijado más temprano. Luz que sólo da en los ojos ciegos de Max Estrella, en la nariz congestiva de Verlaine, en alguna vocal de Rimbaud, en la boca/trébol de Marléne y en la rosa homicida que besa a Rilke.
    Luz rasante, inervante y tristísima que daba en nuestras tardes de niños de la guerra, en nuestra calle de Oriente a Poniente, mientras Hitler se iba llenando de condecoraciones como cicatrices, de cicatrices como condecoraciones de metralla.
    Tras aquella ruina de luz crepuscular, en el siglo había venido la noche, y es cuando el surrealismo decide meter la cabeza de Baudelaire bajo el ala de la Victoria de Samotracia, y de eso nacen Paul Elouard y Salvador Dalí, univitelinos de Gala. Huyendo de la luz que nos huye, Freud había buscado previamente la noche del alma como cuévano del hombre y explicación de sus terrores, que eran todos heredados del cuévano materno. Hay en todo el arranque del siglo, y en su continuidad, un volver del hombre civilizadísimo a las cavernas, que ahora son cavernas del ser. El hombre del siglo XX es, en este sentido, el nuevo hombre de las cavernas -circularidad obvia de la Historia/Prehistoria-, y los amores nocturnos priman sobre los amores diurnos. Es cuando Freud nos construye un yo secreto y cuando Hitler se construye un Berlín Subterráneo.
    El rosa y el azul de Picasso quedaban arriba, no mirados por nadie. La luz cansada de la tarde pasaba por entre la melena de Einstein y por los balcones de mi barrio. La humanidad se acogía al sueño, al yo desconocido de las tinieblas, al alcantarillado sexual del hombre. [...]

sábado, 13 de diciembre de 2014

La belleza convulsa (I) - Francisco Umbral - España


13, DOMINGO

    Jean Moréas, el parnasianismo, el simbolismo, el modernismo. Parecía que todo eso era la frontera floral que nos separaba del siglo XIX. Pero todo eso, a una luz de crepúsculo, no hacía sino forzar la verdad que un día hubo de escribir Einstein, científica y poéticamente: la luz del atardecer, fatigada de luchar contra el espacio, en su viaje hacia la nada, se descompone, se desintegra, se torna rojiza. A esa luz enferma y cansada estaban escribiendo y pintando los artistas de entre dos siglos, y sólo a esa luz podemos entenderlos hoy como puro siglo XX (me preocupa mucho precisar los imprecisos límites del siglo XX, o de mi siglo XX, en este libro).
    Al otro lado de la luz, Pablo Neruda titulaba Crepusculario uno de sus primeros libros. Lo de "las viejas hélices del crepúsculo" era una verdad científica. Casi todas las verdades poéticas acaban siéndolo. Moréas y las púberes canéforas que nos ofrendan el acanto parecen una cosa del romanticismo tardío, exacerbado, floral y triunfal. Algo así como los últimos juegos florales del XIX.
    Muy al contrario, se trataba de la primera celebración del siglo XX, aunque un filósofo mediterráneo, paisano de mar de Moréas el griego, dijera que en Moréas nada es exacto, salvo la medida de sus versos. ¿Y por qué exigirle exactitud a un poeta, que precisamente se ha elegido poeta para salvarse de la ley de pesos y medidas? En la luz enferma de Einstein, en esa luz fatigada de viaje contra el espacio y el tiempo, viene el simbolismo y el parnasianismo de Baudelaire, tintos no ya en sangre, sino en ladrillo lírico de un Universo que es una ruina. Los poetas intuían crepúsculos, y de toda aquella poesía/pintura crepuscular sólo nos salva, como se ha dicho en este libro, el azul/rosa de Picasso, que, en comunicación con la genialidad, como lo están todos los genios, quiere devolverle al mundo la primera mañana de la creación. [...]

De La belleza convulsa, 1986

jueves, 8 de agosto de 2013

Nocturno funambulesco - Gerardo Diego / Fragmento de La noche que llegué al Café Gijón - Francisco Umbral - España


El muelle es el escenario.
Desde allí diviso el vario,
brumario y extraordinario
               panorama.
Los luceros se estremecen.
Tan diminutos parecen
margaritas que florecen
               en la grama.

Sobre el silencio terrestre
se abre el blanco circo ecuestre
en el paisaje rupestre
               de la luna.
Mis visiones de noctámbulo
acrobatizo sonámbulo
en equilibrio funámbulo
               una a una.

La luna en cuarto creciente
es como un huevo esplendente.
Todo el cielo se resiente
               de su luz.
Los faroles en hilera
son estrellas de primera,
de segunda y de tercera
               magnitud.

Se divisa en lontananza
el verde de la esperanza
y el rojo, sobre la panza
               de un vapor.
Y con el lunar reflejo
se agitan en el espejo
formando un vivo aparejo
               tricolor.

La guirnalda de las luces
cae en el agua de bruces,
quebrándose en mil chapuces.
               Y si arrecia
la brisa sobre el cristal
móvil, rizado, banal,
baila el agua un carnaval
               de Venecia.
                                              [1918]

    A Gerardo le había visto yo un par de veces en provincias, dando conferencias al piano. Para mí estaba vigente el Gerardo del surrealismo, el vanguardismo, el creacionismo, el ultraísmo, el gerardismo. Toda aquella poesía fresca, sorprendente, deshilada, que tenía un poco del sol parisino y cosmopolita de Apollinaire y un poco del sol madrileño y pequeñoburgués de Ramón Gómez de la Serna.
    Un día de mi santo me había comprado yo a mí mismo, en soledad, me había regalado una antología de Gerardo Diego. Gerardo tenía algo de pobre de pedir soso, que no pide nada, una sequedad de santo de sacristía, desmentida por la pelambrera interior que le salía por las orejas y un poco por la nariz, como la abundancia de versos -versos para los conversos y para los reversos- que habían llenado varias épocas de la vida española. A Gerardo le veía yo y le veo un poco como el surrealista dominical que puede llevar a casa, con el paquetito de la pastelería, un puñado de imágenes enceguecedoras, un ramo de palabras festivas, fluviales y enamoradas. En la tertulia se estaba quieto, clerical y profesor, fraile de paisano, catedrático de rezos laicos, con las piernas muy juntas y las manos también juntas, y a veces el mar de Santander le pasaba por los ojos, pero Gerardo incurría en parpadeo y el mar se le volaba.

viernes, 29 de agosto de 2008

El poeta - Francisco Umbral - España


(El poeta José Hierro se encuentra hospitalizado en Cartagena a causa de infarto)
No te vayas, poeta, no te mueras,
no vayas, Pepe Hierro, a Cartagena.
Te hemos querido tanto, toma vino
o toma este chinchón carminativo.
Poeta carminativo, vuelve a casa,
mira que hay mucha tos por las esquinas,
mira que hay mucha luz en nuestro cielo.
No te mueras, poeta, yo te llevaré a Ávila,
y robarás el viento en la muralla,
probarás esas ostras del hotel,
de las que tú me dabas a probar,
como urgentes sonetos que han llegado
desde la luna hasta este pedregal.
Volvamos a por vino a aquella noche,
no te mueras, joder, amigo ronco,
tose tu enfermedad como un gran hombre,
tose tu soledad de gatopardo.
No te quedes sin voz
al costado sombrío de los buques,
no te entregues al duelo militar,
mira lo que te he escrito,
vive, Pepe,
no eres el que mejor tose en Cartagena.

Ayer se cumplió un año de la muerte de Umbral y casi seis de la de José Hierro. En otro lugar de esta bitácora se da cuenta de la próxima aparición -en otoño- de los poemas que Umbral fue escribiendo durante toda su vida y que nunca se atrevió a publicar, quizá porque entre sus amigos se contaban extraordinarios poetas. A uno de ellos, a Pepe Hierro en un momento difícil, está dedicado el poema que acaban de leer.

jueves, 15 de mayo de 2008

Tiempo de muerte - Cristino de Vera - España


¿Qué hay detrás de la muerte?
No somos de hoy ni de ayer... tenemos una inmensa edad
llevamos toda la belleza infinita de los astros en la mente humana
llevamos la miseria infinita en la mente humana.
El hombre moderno ha desposeído a las cosas de su misterio, de su luminosidad... ya nada es sagrado.
A veces quedan ecos sagrados
una melodía
una pintura
la arqueología
la geometría
Y algo de nuevo vuelve a nosotros,
como el invisible aire
como el soplo de la vida
como el aire de la muerte.
Pero parece que los viejos Dioses se han marchado de la tierra.
La tierra ya tiene menos Dioses, lo sagrado se suple por lo falso, la codicia, el éxito, el poder, el dinero, la mentira... mas nada de esto tan falso sirve para el alma humana y un profundo vacío se apodera de las cosas... y el laberinto de la existencia se escapa camino de la muerte y la crueldad.
¿Qué hay detrás de la muerte?
"Vaciamiento del yo" como querían algunos meditadores desde Eckart, Juan Taulero hasta San Juan de la Cruz.
Mantener el sentido iluminativo y en total humildad ir a la "Absoluta Luz"
Será el tiempo un miembro de Dios
Desde el origen de los tiempos
el hombre y la magia
el hombre y sus sombras
el hombre y los infinitos espacios
el hombre y la complejidad de sus temores.
De lo irreal llévame a lo real
De la oscuridad llévame a la luz
De la muerte llévame a la inmortalidad
(del Upanishad)
Bálsamo curativo para el sufrir
El aire noble hecho canto
El silbo del poniente de una extraña atardecida
en que entendimos sin entender
la fugacidad del tiempo, El Ángelus de Millet.
Alguien vio... quizás
lo que hombre alguno en el transcurrir de los tiempos...
vieron el semblante iluminado
de la tierra, la longitud infinita del universo...
la vibración del rincón de las estrellas.
Desde la oscuridad del silencio y abriendo los espacios...
un ángel de oscuro fuego,
en corona de justicia adornado reveló la soledad absoluta,
engarzó astros y luminosas estrellas
iluminando los abismos de la nada...
Creo que desde el comienzo del ser del enigmático origen,
nadie sabe el espacio que va a ocupar la muerte
Su quietud
Su silencio
Su paz
Su esfuerzo por sacarnos del Tiempo
Es un sueño el tiempo
Es un sueño la vida
Es un sueño el tránsito del existir
Espejismos, realidad, vida, muerte, dolor, placer, aburrimiento, miedo, soledad...
Hay curación para el Temor a la muerte
Algo como rayo iluminado que nos sanara de ese oscuro vacío vacuidad (Sunyata)
La niebla que da ungüento curativo y nos trae en leve gris...
casi invisible... levitado
El puente de Charing Cross de Monet.
Tal vez morir no sea más que esto
volver suavemente cuerpo
el perfil de tu rostro en los espejos
hacia el lado más puro de la sombra
(José Ángel Valente)
Las escrituras que signan los astros y estrellas... en la negra noche... y nos trae con su profundo silencio, sentido y clave... y nos desvela algo del misterio de la muerte.
En cualquier rincón, en cualquier pequeño espacio... hay un insecto que nos mira, la sombra de un gran árbol que nos protege y cualquier amanecer filtra rayos de oro... que llevan energía misericordiosa que arropan
a mendigos
enfermos
doloridos... lisiados...
en la dorada luz bíblica de Rembrandt.
Ya vamos llegando al gran silencio que es mariposa malva del sueño de la paz total...
espacio oculto
espacio sagrado, curativo
Invisible
Llegamos sin sentido a una radiante lejanía... conducidos escapan los sentidos a la oscura flor del miedo que nos navega y purifica para llevarnos al final...
Y llega el aroma oloroso de la muerte... como la más pura flor corrompida... en pétalos
de quietud negra... sus ramas engarzan olvido...
aroma de cirios
armonía de silencios
olores purificativos no identificados.
Final del tiempo
por encima de límites
por encima de siglos
Y en espacio y aire enrarecido
No entendible
Todo se desprende
y el aire de la muerte... es rosa del olvido.
Lean lo que sobre el pintor Cristino de Vera dejó escrito su amigo Francisco Umbral