Chet Baker - Like Someone In Love

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domingo, 24 de abril de 2016

Fragmentos de Encuentro en Valladolid (y 2) - Anthony Burgess - Inglaterra


[...] La casa de Cervantes era pequeña y estaba impregnada de los olores de su cocina: ajo, aceite de oliva, especias que Will recordaba de souks norteafricanos. En la diminuta sala de estar había unos taburetes moros arqueados, una mesa redonda con manchas de tinta, unos 80 libros o así. Uno de esos libros yacía tirado sobre la raída alfombra mora a los pies de Cervantes, que había cogido, con seco egoísmo impropio de un anfitrión, la única silla de la habitación. Will y don Manuel se sentaron, un poco bajos, en los asientos arqueados. Cervantes le pasó el libro a Will de un puntapié, y éste lo recogió humildemente. Guzmán de Alfarache, por un tal Alemán. ¿Sería un alemán, con un nombre así? Era una de aquellas novelas. Cervantes habló y don Manuel tradujo:
—Sólo a lo largo del pasado año ese libro ha tenido 20 ediciones. Trata de un joven bribón que crece en un mundo bribón. Picaresco, si conocéis la palabra, lo cual dudo. Responde a cierta necesidad profunda del alma española, la necesidad de ser desollados y cauterizados por un Dios Padre contrariado que no moverá un divino dedo para ayudar al hombre, sino que le pone obstáculos en el camino para que tropiece. Y al final de una vida desgraciada no hay descanso, ni paz, sólo eterno tormento. Ésa es la clase de historia que nuestra nación adora. Y eso es lo que esperaban de mí cuando dejé el fatigoso e ingrato mundo del teatro por el de la narración pausada. Un Don Quijote apaleado en esta broma del Dios de sangre y dientes rotos. Pero en lugar de eso yo les doy comedia. Will dijo:
Haya es sayyi para todos.
Cervantes explotó y don Manuel, sin explosiones, tradujo así las consonantes expectorantes y las quejumbrosas vocales:
—Oh, no juguéis en mi presencia con árabe mal pronunciado y mal aprendido. Para mí el árabe ha sido el habla de la tortura y de la opresión. Hablad vuestra propia e impía lengua septentrional, de la que al menos presumo que tendréis un mínimo dominio. De vosotros los ingleses digo esto: que no habéis sufrido. No sabéis lo que es el tormento. Nunca crearéis una literatura a partir de vuestra endemoniada complacencia. Necesitáis el infierno, que habéis abandonado, y necesitáis el clima del infierno: vendavales, fuego, sequía.
—Lo hemos hecho lo mejor posible —dijo Will con humildad—. Pero os preguntaría, humildemente, ¿qué podéis saber vos de nuestra literatura? No habláis nuestra lengua, y nuestros libros y dramas no se han vertido aún al castellano. Tal vez con la llegada de la paz haya un mayor conocimiento recíproco...
—Paz, paz, ¿cómo puede haber paz? —Cervantes gritaba paz como si fuera el nombre de alguna enfermedad—. Os separasteis del cristianismo y optásteis por retiraros de la lucha con el musulmán infiel. Ésa es la única guerra, la expulsión del infiel islámico de los lugares santos, la cesación de su poder en el mar medio. Vino aquí a contaminar nuestro latín. A vosotros nunca os invadió. Sois un miembro podrido y amputado del árbol del Cristo vivo. Jugáis con sangre y canibalismo en vuestras obras de teatro idiotas...
—Sólo en esa ocasión. Os lo aseguro, Tito Andrónico no es nada típica. Está el problema de la barrera lingüística...
—La barrera está en el alma, no en la lengua y los dientes.
—No me habléis del alma —dijo Will con resolución—. Según admitís, los españoles veis a Dios como a un padre odioso y al hombre como a una bestia irredimible. Y el alma está encomendada a curas torturadores que piden una confesión de fe mientras las llamas saltan en torno a la víctima que aúlla. No me habléis del alma.
—La imagen del mundo de Alemán no es la mía. En algún lugar existe un Dios bondadoso, lejos de los gordos obispos y de los flacos verdugos. ¿Y cómo buscamos a ese Dios bondadoso? No por medio de la tragedia de unas vidas arruinadas, sino de la comedia de una odisea burlesca. Es un hallazgo que sólo podía hacerse aquí, aquí, aquí. (El aquí era una mano izquierda que circundaba un imaginario mapa de Iberia, una mano derecha que se golpeaba el pecho.) Es por medio de lo ridículo como debe confrontarse la gran verdad espiritual: que existe un Dios bondadoso. Vuestra idiota obra de anoche era ridícula en otro sentido. Vosotros los ingleses sois absolutamente incapaces de aceptar a Dios. No sufrís y no podéis hacer comedia a partir de lo que no existe en vuestra verde y templada tierra...
—Que vos nunca habéis visto.
—La veo en vos, en vuestra mirada dulce y en vuestra piel poco curtida. La amargura no está en vuestro cáliz. Nunca produciréis un Don Quijote.
—¿Y por qué habría de hacerlo? —dijo Will acaloradamente—. He producido y seguiré produciendo otras cosas —pero ¿las produciré?, pensó. ¿Acaso deseo producirlas?—. He hecho buena comedia y además tragedia, que es la más alta expresión del talento del dramaturgo.
—No lo es ni lo será jamás. Dios es un comediante. Dios no padece las consecuencias trágicas de una esencia llena de grietas. La tragedia es demasiado humana. La comedia es divina. Esta cabeza me está matando —los ojos parecían palpitarle a la luz de la vela cercana a su silla. No había ofrecido vino alguno. Si ésta era la hospitalidad española, burla y desprecio, Will no quería seguir recibiéndola—. Debo acostarme.
—Habláis de la comedia sin la menor comicidad —dijo Will, y a continuación—: Vos no habéis producido un Hamlet ni un Falstaff.
Pero esos nombres no significaban nada para aquel hombre torturado, antiguo esclavo en una galera, que había esperado largo tiempo el rescate de su reino y que, cuando había llegado, se había visto obligado a devolverlo a un elevado interés.
Don Manuel dijo:
—Yo he visto vuestras obras. He leído su libro. Me perdonaréis si digo que sé en qué reside su superioridad. Os falta su totalidad. Él ha visto más de la vida. Él tiene la capacidad de representar la carne y el espíritu de una vez y al mismo tiempo. La carne y el espíritu aparecieron hoy en el ruedo y la gente los reconoció. Me perdonaréis si doy la impresión de menospreciar lo que habéis hecho.
—No he hecho más que ganarme la vida. El arte no es sino una forma de ganarse el sustento. En lo que a mí respecta él puede ser el más grande. Yo no tengo tal pretensión.
—Ah, sí, la tenéis.
Will miró amargamente a don Manuel y luego temerosamente a Cervantes, que daba alaridos de dolor. Dijo Cervantes:
—Idos, idos. No deberíais haber venido.
—Fui invitado. Pero me iré.
—Debo transportar esta cabeza hendida a una alcoba oscura. Apurad vuestro vino y partid.
—No ha habido vino que apurar.
—Sin comunión de ninguna especie —masculló Cervantes—, y luego salió tambaleándose de la habitación.
Will y don Manuel se miraron. Will se encogió de hombros. Los dos hombres salieron a una calle oscura sin luna, aunque resplandecían las constelaciones, y se encaminaron hacia la posada de Will. Will dijo:
—¿Se puede leer el libro aquí?
—Si aprendéis suficiente español.
—Depende en gran medida de cuánto lleve esta forja de la paz perpetua.
—Puedo traduciros un poco para daros muestra de su calidad.
—¿Se puede convertir en una obra de teatro?
—No. Su extensión es su virtud. No podéis abarcar un viaje tan largo en vuestras dos horas de tráfico.
Will lanzó un silencioso gemido.
—Es consustancial a las obras de teatro el ser breves. ¿Tiene poesía el libro?
—Cuenta su historia con claridad. Él no posee vuestras dotes para la comprensión viva e intensa. Pero no las necesita.
A Will se le iluminó invisiblemente la cara.
—Entonces, no es poeta.
—No como lo sois vos.
—Pues eso ya es algo. Pero la poesía no se enseñorea de un ruedo y arranca entusiastas vítores de los mosqueteros.
—Veo que eso os escuece. Que se salgan de un libro y vivan en aire no enrarecido.
—Un poco.
Will ya estaba dormido cuando entró Burbage. Éste no lo despertó para decirle que La comedia de los errores, muy abreviada, había sido bastante bien acogida, confirmando que los dramaturgos de Inglaterra eran tratantes en cerveza floja y risas fáciles. Pero al alba fue Will quien sí despertó a Burbage.
—¿Eh? ¿Eh? ¿Qué? ¿Qué hora es, en nombre de Dios?
—Levantaos. Hay mucho que hacer. Hay que reunir a todos. Ahora mismo voy a sacarlos de sus camas a patadas, junto con las putas que hayan almacenado.
Jack Hemmings, Gus Phillips, Tom Pope (su pequeña santidad)1, George Bryan, Harry Condell, Will Sly, Dick Cowly, Jack Lowine, Sam Cross, Alex Cooke, Sam Gilburne, Robin Armin, Will Ostler (que odiaba a los caballos)2, Jack Underwood, Nick Tooley, Will Ecclestone, Joseph Taylor, Rob Benfield, Rob Gough, Dicky Robinson, Jack Shank y Jack Price estaban sentados, con los ojos nublados y doloridos por la intensa luz española, asímismo disgustados por el forzado despertar tan temprano, mojando pan tostado en sus brebajes de leche caliente y vino mientras escuchaban a su poeta con incredulidad. Dick Burbage lo había oído ya todo: no le quedaba por hacer más gestos que encogerse de hombros y poner los ojos en blanco. Dijo Will:
—Mañana o pasado representamos Hamlet. Pero lo hacemos de manera algo distinta de como lo hemos hecho hasta ahora. Porque metemos en la obra a sir John Falstaff. No os asombréis ni sobresaltéis de ese modo. El arreglo es facilísimo. Pues Hamlet es ahora un príncipe al que le encanta la vida ordinaria de la taberna. Son Falstaff y su cuadrilla quienes mantienen alejada la idea del suicidio. Falstaff puede llamar a Hamlet dulce Ham en vez de Hal, no cambia más que una letra. Hay una guerra contra las fuerzas del rey usurpador. Al final, Hamlet es coronado rey y despide a Falstaff. Veréis que es poco lo que hay que variar, aunque mucho lo que añadir. Tendréis una obra de unas seis horas de duración, y si no les gusta nos pueden mandar a casa. Preferentemente por tierra... Tengo ganas de ver el Rosellón.

Hubo ruido de fuertes protestas, acalladas por el bramido de Burbage. Dijo Burbage:
—Hay mucho sentido en lo que dice Will. Así no podrán acusarnos de falta de peso. Y al día siguiente, Hamlet y Falstaff atravesarán el ruedo juntos a caballo. Nick Tooley se ha estudiado el papel de Hamlet para suplencias. Ya es hora de que lo interprete. Además es alto y delgado, así que hay que suprimir el verso que dice que está gordo y con poco aliento, que una vez sirvió para mí, aunque ya no, gracias a Dios. Alex Cooke, que hace de la reina Gertrudis, hará también de Mistress Quickly. Las dos son, cada una a su manera, mujeres malvadas. Tenemos bastantes muertes, incluyendo la de Hotspur, que está por el rey usurpador. Pero Hamlet sobrevive, así que no se trata de ninguna tragedia.
—¿Es entonces La comedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca? —preguntó Jack Underwood.
—¿Cómo puede tratarse de Inglaterra y de Dinamarca al mismo tiempo? —quiso saber Jack Lowine.
—¿Se trata de Inglamarca o de Dinaterra? —preguntó ingeniosamente Jack Shank.
—Hotspur —dijo Burbage— suena más danés que Claudio. Basta de impertinencias geográficas. Aquí está ya Will montando las escenas en un orden continuado. Muy bien puede resultar la mejor obra que representemos jamás.
—Sin duda la más larga —dijo Will Sly.
Sin duda la más larga.
—Bien —le dijo Will a Cervantes cuando el público volvía a sus casas tambaleándose a las tres de la madrugada—, ¿os parece que somos deficientes en lo cómico?
Don Manuel tradujo. Cervantes dijo:
—Ha sido demasiado larga.
—Lo será vuestra barba para el barbero.
¿Cómo?
—De ninguna de las maneras es tan larga como vuestra condenada novela, según la llamáis.
—Yo no la llamo condenada. El hombre gordo y el hombre flaco me los habéis robado a mí.
—Ah, no. Allí estaban ya en el teatro de Londres antes de que yo oyera hablar de vuestra existencia. ¿Qué decís, pues, ahora?
—No he entendido una palabra.
—Ésa es vuestra tragedia. [...]
Traducción y notas de Javier Marías
1 Pope significa Papa en inglés. 
2 Ostler significa mozo de cuadra en inglés.

viernes, 22 de abril de 2016

Fragmentos de Encuentro en Valladolid (1) - Anthony Burgess - Inglaterra


Mañana, 23 de abril, se conmemora el IV centenario de las muertes de Cervantes y Shakespeare, aun sabiendo que ninguno de los dos murió en esa fecha. Miguel de Cervantes falleció el 22 de abril y fue enterrado el 23. La muerte de  William Shakespeare se produjo el 23 de abril, pero del calendario juliano, que seguía utilizándose en Inglaterra. Según el calendario gregoriano, que España había adoptado en 1582, esa fecha correspondería al 3 de mayo.
Quien sí murió el 23 de abril de 1616 fue el Inca Garcilaso de la Vega.

No hay evidencias de que Cervantes conociera la obra e incluso la existencia de Shakespeare, pero sí es seguro que Shakespeare leyó a Cervantes. En 1611 o 1612, apenas seis años después de la publicación en España de la primera parte del Quijote, se editó en Inglaterra una versión de la novela traducida por Thomas Shelton. El éxito fue enorme, tanto o más que en España, como atestiguan las sucesivas traducciones y ediciones y las numerosas adaptaciones de la obra en el teatro inglés de la época. Dichas adaptaciones solían centrarse en episodios secundarios o "novelas intercaladas" del Quijote, de las cuales la favorita parece haber sido la Historia de Cardenio. Se sabe que una obra titulada Cardenno fue representada en la corte inglesa en el invierno de 1612-1613, y nuevamente a principios del verano de 1613, por los King’s Men, la compañía teatral de Shakespeare. En 1653 la obra fue registrada como The History of Cardenio, figurando como autores Mr. Fletcher (John Fletcher) y William Shakespeare, pero no hay constancia de que se publicase, y el manuscrito original aún no se ha encontrado.

Encuentro en Valladolid

La delegación británica desembarcó en Santander con un tiempo asqueroso, para luego seguir hasta Valladolid a caballo y en coches alquilados. Fue recibida en el muelle por un puñado de emisarios de la corte española y un intérprete llamado Manuel del Pulgar Garganta. Mostraba éste menos interés por milord Esto y el conde de Aquello que por un grupo de cómicos que, muy compungidos, miraban cómo el carro de sus pertenencias era llevado a tierra por remeros morenos y vociferantes en una barca semianegada. Tenían que alquilar caballos en una cuadra de algún punto de la ciudad, y mandaron a Robert Armis, un payaso que además era hijo de un mozo de cuadra, a inspeccionar lo que sin duda serían rocines aquejados de esparaván.
—Rocinantes —dijo don Manuel con una amplia sonrisa—. Los mejores caballos estarán ya apalabrados para llevar a milord Eso y al conde de lo Otro. Pero yo iré con maese Armin, a quien recuerdo haber visto en el teatro del Globo, y también haberle oído, cantaba muy bien, para cerciorarme de que no le engañan en exceso.
—Por Dios que habláis nuestra lengua británica, como debemos llamarla ahora a partir de la nueva denominación de nuestro reino, con excelente acento y fluvial soltura —dijo Dick Burbage—. De ello vamos a alegrarnos, os lo aseguro. De los que aquí estamos no hay uno que hable más de tres palabras de vuestro castellano, siendo esas palabras sí y no y mañana1. Los tiempos han desaconsejado hablar la lengua del enemigo que ya no debemos consideraros. Esperad, paz es otra palabra nueva. Va a haber en Valladolid una lenta negociación de paz, y los Hombres del Rey2 estamos aquí para untar con una suerte de miel el insulso pan de la diaria molienda de las ruedas de la paz perpetua. Perdonadme, señor...
—Don Manuel, a vuestra disposición.
—Vos lo decís. Burbage, a la vuestra. Si hablo demasiado es porque las últimas semanas he tenido la boca enteramente ocupada con arcadas y vomitonas. Ahí, ved, hay uno vomitando aún. Tiene el estómago más delicado de todos nosotros.
—Tenía que ser vuestro maestro Shakespeare.
—Por Dios que nos conocéis a todos. Un español en Londres, lo digo sin ánimo de ofender, no podría haber tenido más trabajo que el de espía. Pero ahora todo ha terminado, o la habrá hecho para cuando nosotros hayamos representado nuestro repertorio entero.
—No finjo que no. Me ayudó tener una madre inglesa leal a Roma y por tanto necesariamente desleal con su país. Los grandes asuntos de Estado son duros para los humildes, como tan a menudo decía ella. Ay, murió de fiebres en Ávila y mi pobre padre no tardó en seguirla. Vuestro maestro Shakespeare parece un poco en apuros. ¿Puedo ofreceros a él y a vos un brebaje de leche agria de cabra y espeso vino de Jerez? Obra maravillas con los estómagos revueltos.
—A él no. Pero yo aceptaré vuestro sack jerezano sin aditamentos cabríos. ¿Queréis decir en esa posada de ahí?
—En la misma. Iremos a arreglaros hasta que esté arreglado lo de los caballos. Vuestros nobles señores y los nuestros se están desenvolviendo bastante bien, me parece oír, en la lengua toscana.
Burbage y Pope y Dicky Robinson y Will Shakespeare se sentaron juntos a beber lo que ellos llamaban sack mientras el resto de la compañía se empapaba de sol (tras tantos días grises) y comía ante mesas puestas bajo ciclamores. Comían huevos fritos y jamón al que había cerdas adheridas. Will se estremeció.
Esos estómagos jóvenes —dijo—. Soy demasiado viejo para cabecear en el Golfo de Vizcaya. Soy demasiado viejo para cualquier cosa. Tengo ganas de quitarme la librea real cuando regresemos y decirle al rey lo que puede hacer con ella. Un cuarentón debería cuidar su cuerpo y varar su alma en un puerto tranquilo.
—Sólo acabáis de cumplir 40. Eso no es edad.
—Cuanrenta y uno enteros. Este sack quema. Acuchilla. Ojalá supiera cómo se dice agua de cebada en español.
—Habla el hombre que ha hecho más por el monopolio del sack que el mismísimo y fiero sol de Jerez. Vuetro Falstaff es un fraude.
—Nunca lo he negado.

Se cabalgó cansinamente por la Cordillera Cantábrica, pasándose la noche en una repugnante posada de Reinosa en medio de un ballet de pulgas. Luego se siguió hasta Carrión, donde algunos hubieron de dormir destapados sobre un suelo por el que correteaban ratas. Luego a Palencia y por fin a Valladolid, una hermosa ciudad en la cuenca del Duero, donde los británicos, a quienes los españoles llamaban ingleses y no parecían contentos de ver, fueron recibidos por un sermón en latín a cargo de un obispo ceñudo a la entrada de la ciudad. [...]
Los nobles delegados fueron conducidos a una especie de palacio de estuco descascarillado, en cuyos muros había frases de bienvenida a los heréticos británicos escritas con tiza o pintarrajeadas: Viva la paz... unos días y Abajo los ingleses. Don Manuel se acercó en su caballo, sonriendo, a los Hombres del Rey.
—No creo que esperarais resonar de trompetas a modo de bienvenida —dijo—. Nuestro poeta Góngora ha estado ya manos a la obra. Escribe como si todo hubiera ya acabado —sostenía un papel en su mano finamente enguantada—. Como no sabéis nuestro castellano, os traduciré: "Dedicamos pompas, pura estulticia, / y fastos llenos de grandes patrañas / a los espías de la Gran Bretaña / llegados con luterana codicia. / Lutero es burla de nuestra miseria, / la paz es coz a nuestros juramentos. / Aquí se ofrece cómica materia / a Don Quijote y Sancho y a su jumento". Algo así, perdonad el inglés lleno de ripios.
—¿Quiénes son estos Don Quijote y Sancho? —preguntó Will.
—¿Aún no los conocéis? Pero si en Londres yo conocí a un hombre llamado Shelton que estaba ya trabajando en una versión inglesa. Es una larga tarea. Se trata de una novela muy larga.
—¿Qué es una novela? —preguntó Burbage.
—No las lindas historietas de unas pocas páginas con que las damas entretienen su abundante ocio en Inglaterra. Esto es macizo y aún no está hecha su construcción. Su autor anda por aquí. En cuanto a Don Quijote y Sancho y a su jumento, los veréis mañana en la plaza de toros.
—¿Aquí también hostigáis a los toros? —dijo Will melindrosamente.
—Nada de hostigarlos. Un igual combate entre hombre y toro. El toro no siempre muere. Hemos inventado un ritual compuesto de los sacrificios cristiano y mitraico. A veces el hombre es corneado y destripado. A veces le toca al toro. Pero los que siempre sufren son los caballos. No importa, siempre han dejado atrás su esplendor, rocines viejos, simples rocinantes.
—Siempre estáis hablando de rocinantes, sean lo que sean.
—Don Quijote montará uno mañana. Los veréis a todos.
—No me gusta que se maltrate a los caballos —dijo Will con ira—. Un caballo es una prolongación del hombre, luego, parte de él. Todos somos centauros. No asistiré.
—Debéis, Will —dijo Burbage—. El delegado del lord Chamberlán nos contará. Somos oficiales de la Cámara y tenemos nuestras responsabilidades.
—No he venido a España a presenciar torturas de caballos.
—Podéis presenciar torturas más terribles —dijo don Manuel—. La Inquisición trata a los herejes de tal manera que el destripamiento de un rocín parece el simple cosquilleo de una mosca a su lado.
—Necesito agua de cebada para mi estómago —dijo Will. [...]

Con el fresco de la media tarde don Manuel llevó a hacer un recorrido a pie por la ciudad a los miembros de los Hombres del Rey que no estaban cazando mozas ni mozos ni aliviando sus estómagos del fuerte vino local. Los ríos Pisuerga y Esgueva confluían aquí. La riqueza de la provincia llegaba en barco: cereales y vino y aceite y miel y cera de abejas. Ved la catedral, reluciente y nueva, de sólo 20 años de antigüedad, pues todo Valladolid quedó destruído por un incendio en 1561 y el rey Felipe, que había nacido aquí, la hizo reconstruir entera. Hace sólo 99 años murió aquí Cristóbal Colón. En esa casa, ved, habita el maestro Miguel de Cervantes Saavedra, padre de Don Quijote y Sancho y otrosí del jumento de Sancho. Mirad, ese es él, que sale, sin mirar ni adelante ni atrás ni a derecha ni a izquierda, un hombre sin amigos y apaleado por el mundo que reinventa el mundo en su calavera. Es un viejo, ved, 57 años cumplidos, cano. Durante los festejos por la paz se va a poner una obra teatral suya, pero a él le trae sin cuidado. Ha trabajado como un negro en el teatro sin recompensa. No os propongo que lo conozcáis. No sabe nada de vuestra lengua y es bastante lacónico cuando habla castellano. Pero a veces se muestra locuaz en la lengua mora que aprendió siendo esclavo y rehén.
—La lengua mora —dijo Will—. Yo no he sido esclavo ni rehén, pero la aprendí un poco. Fue cuando acompañé a mi señor de Southampton en misión a Rabat, misión fallida para comprar caballos árabes para la campaña de Irlanda de mi señor Essex. Campaña fallida, debo añadir. Creo que mi estómago está ya lo bastante aplacado para cenar algo. [...]

Una versión truncada de Tito Andrónico fue lo que vieron tanto los británicos como sus anfitriones españoles. Hubo más sangre (de cerdo, comprada en el lugar) que verso blanco. Algunos españoles hicieron ademán de vomitar, un gesto de crítica, y los que habían comido en abundancia y bebido a lo grande salieron a hacer más que el ademán. Los británicos, cómodamente repantigados, se zamparon todos los horrores con fruición, incluida la empanada. Cuando, más tarde, Will y Burbage yacían juntos en su espaciosa cama, a ninguno de los dos se le ocultaba que en cierta medida habían traicionado las pretensiones estéticas e intelectuales de este nuevo país llamado Gran Bretaña, gobernado por un rey conocido como el tonto más sabio de la cristiandad. [...]

Aquella tarde el ruedo estaba abarrotado por la gente común de Valladolid, que abucheó a la delegación británica con sus elegantes capas y ropajes. Will se sentó a la sombra con sus compañeros de los Hombres del Rey, que masticaban nueces, todos compuestos para la ocasión con sus libreas reales. El espectáculo se inició con una melodía a cargo de una aguda trompeta, y entonces apareció trotando en el ruedo un hombre mayor alto y flaco que llevaba una armadura de cartón, un yelmo remendado con cuerda, una lanza rota vuelta a unir chapuceramente con vendas, montado en un lamentable rocín que dejaba ver los huesos bajo la sarnosa piel. Le seguía un hombre pequeño y gordo a horcajadas de un burro, que de cuando en cuando se llevaba a sus hirsutos y barbudos labios una bota de vino que goteaba. Los dos saludaban con la mano agradeciendo los aplausos de la multitud, que claramente los adoraba. Tras ellos, a considerable distancia, aparecieron cojeando desde la entrada un par de hombres vestidos de monjes que portaban, cada uno un asta, una pancarta desplegada en la que estaba inscrito pax et paupertas. La multitud lanzó gritos de aprobación y volvió a abuchear a los británicos. Will le dijo a don Manuel:
—El flaco caballero de broma y su escudero, ¿qué salen, de un libro?
—Exactamente. Pero son demasiado grandes para un libro. Han escapado de él como quien huye de una cárcel.
Will refunfuñó para sus adentros. Hamlet y Falstaff estaban encerrados en sus respectivas obras de teatro. Nunca irrumpirían en un soleado ruedo para ser aclamados por una muchedumbre entusiasta. Pero ¿por qué habría de importarle? Lo que importaba era el terreno, y costales de malta almacenados para la próxima mala cosecha. El teatro era sólo teatro. Sin embargo, refunfuñó e hizo rechinar los dientes. Cuando el contrahecho caballero y su gordo escudero se retiraron en medio de un último estallido de entusiasmo, empezó de verdad la tarde. Desfilaron toreros con espadas a los que arrojaban flores las damas con sus mantillas negras. Entonces salió un toro dando bufidos. Fue despiadadamente atormentado por unos hombres con arpones de fantasía. Luego corneó a un flaco caballo cuyas tripas salieron en un amasijo. La muchedumbre rugía como en la alta comedia.
—Voy a salir de aquí —le gruñó Will a Burbage—. Ya he visto de sobra. No les veo la gracia a las entrañas desparramadas. [...]

[...] Don Manuel se le acercó con un hombre cuyo rostro le resultaba vagamente familiar. El hombre rió burlonamente ante Will y dijo algo ininteligible. Pero en ello iba la palabra maida, y así era como se decía estómago en árabe. Esto quedó confirmado cuando el hombre habló en lo que evidentemente era castellano, diciendo con desprecio estómago. Don Manuel dijo, pesaroso:
—Dice que tenéis bastante estómago para la sangre y las tripas en el teatro, pero que os apartáis de la realidad. Como esta tarde. Os vio marcharos. Éste, perdonadme por la tardanza en presentaros, es Miguel de Cervantes Saavedra. William Shakespeare.
—¿Chequespirr? —el nombre no significaba nada. [...]
Traducción y notas de Javier Marías
Anthony Burgess
1 Las palabras españolas en cursiva están en castellano en el original.
2 Los Hombres del Rey o The King's Men fue el nombre por el que se conoció a la compañía de Shakespeare a partir del 19 de marzo de 1603, cuando el rey Jacobo I, poco después de su ascensión al trono, la tomó bajo su protección. Richard Burbage (c. 1567-1619) fue el más famoso y celebrado actor de la época isabelina, e interpretó todos los grandes papeles de las obras de Shakespeare.