Chet Baker - Like Someone In Love

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domingo, 3 de agosto de 2014

Literatura y jazz/ 35 - Fragmento de Pero hermoso. Un libro de jazz - Geoff Dyer - Reino Unido


[...] Cuando otro tocaba un solo, él se levantaba y bailaba. Empezaba despacio, moviendo un pie, chasqueando los dedos, luego levantaba las rodillas y los codos, rotaba, meneaba la cabeza, vagaba por ahí con los brazos abiertos. Parecía siempre a punto de caerse. Giraba una y otra vez sin moverse del sitio y luego se abalanzaba de vuelta al piano, con un propósito claro. La gente se reía cuando bailaba, y era la reacción más apropiada mientras andaba por ahí arrastrando los pies como un oso después del primer trago. Era un tipo divertido, su música era divertida, y casi todo lo que decía era broma, solo que no decía gran cosa. Su baile era una forma de dirigir, de abrirse paso en la música. Tenía que meterse en la pieza hasta que formaba parte de él, la interiorizaba, la penetraba como un taladro la madera. Una vez se había enterrado en la canción y se la sabía de arriba abajo, tocaba a su alrededor, nunca dentro de ella: pero siempre con aquella intimidad, con franqueza, porque estaba en el corazón mismo de la canción, en su interior. No tocaba alrededor de la melodía, tocaba alrededor de sí mismo.
   —¿Qué propósito persigue su baile, señor Monk? ¿Por qué lo hace?
   —Me canso de estar sentado al piano.

    Había que ver a Monk para escuchar su música como es debido. El instrumento más importante del grupo —cualquiera que fuera la formación— era su cuerpo. En realidad no tocaba el piano. Su cuerpo era el instrumento y el piano sólo un medio para extraer el sonido de su cuerpo al ritmo y en la cantidad deseados. Si lo tapas todo menos su cuerpo, parece que toque la batería, abriendo y cerrando el charles con el pie, cruzando los brazos estirados. Su cuerpo rellena todos los huecos de la música; sin verle suena a que falta algo, pero cuando le ves, hasta los solos de piano adquieren el sonido denso de un cuarteto. El ojo escucha lo que el oído no oye.
   Todo lo que hacía quedaba bien. Se sacaba un pañuelo del bolsillo, lo agarraba y tocaba con él en la mano, sin soltarlo, limpiando las notas que se escapaban del teclado, se secaba la cara con una mano mientras con la otra mantenía la melodía como si tocar el piano le resultara tan natural como sonarse la nariz.
   —Señor Monk, ¿qué opina de las ochenta y ocho teclas del piano? ¿Sobran o faltan teclas?
   —Bastante cuesta tocar las ochenta y ocho que hay.

   Una parte del jazz es la ilusión de espontaneidad, y Monk tocaba el piano como si nunca hubiera visto ninguno. Lo atacaba desde todos los ángulos, con los codos, a hachazos, doblando las teclas como si fueran naipes de una baraja, rozándolas como si quemaran demasiado o tambaleándose a su alrededor como una mujer con tacones... tocándolo fatal en términos de piano clásico. Todo salía torcido, de lado, no como te lo esperabas. Si hubiera tocado Beethoven, ciñéndose escrupulosamente a la partitura, solo su forma de golpear las teclas, el ángulo en que sus dedos tocaban el marfil, lo habría desestabilizado, lo habría hecho balancearse y girar, lo habría convertido en un tema suyo. Lo habría tocado con los dedos extendidos, aplanados sobre las teclas, con las yemas casi mirando arriba cuando los dedos deberían estar arqueados.
   Un periodista le preguntó sobre el asunto, sobre el modo en que golpeaba las teclas.
   —Les doy como me apetece. [...]
Straight No Chaser - Clint Eastwood

miércoles, 18 de junio de 2014

Literatura y jazz/ 30 - Fragmento de Pero hermoso. Un libro de jazz - Geoff Dyer - Reino Unido


 [...] Todos los músicos de jazz de París habían acudido al club St. Germain: Milt Jackson, Percy Heath, Kenny Clarke, Miles, Don Byas. Llegaste con Buttercup, cogido de su brazo para sostenerte de pie. Caminabas como si descendieras una escalera a oscuras, tanteando cada escalón con el pie. Tu mirada no revelaba nada, solo una tímida y cauta felicidad.
   Todo el club observaba al grupo de estadounidenses reunidos en torno a la barra abrazándose, chocando las manos, aporreándose la espalda afectuosamente, riendo, llenando el club con las volutas de humo del hablar de los negros. Al abrirse paso camino del servicio sonreían y se disculpaban con gran amabilidad, felices de estar de pie recibiendo cumplidos, estrechando y besando manos y preguntando los nombres de aquellos que les dedicaban tantas atenciones antes de excusarse y volver al corrillo de la barra. Los chicos susurraban a sus novias, indicándoles quién era cada uno, cuál era Miles Davis. Jóvenes sentados solos con bebidas y libros a medias miraban en su dirección, buscando pistas en cada cosa que hacían, puesto que incluso el modo en que aquellos hombres reían y charlaban parecía tocado por la gracia.
   Luego el silencio se adueñó del grupo conforme fueron mirando hacia el escenario, el silencio fue ganando impulso y propagándose por el club. Uno de ellos susurró:
   —Bud va a tocar.
Nadie te vio abandonar el grupo ni se fijó en que te dirigías al piano hasta que ya estabas a punto de sentarte en la banqueta. El silencio se tornó húmedo. Voces entre el público:
   —Ya no puede tocar, no puede tocar.
   Y siempre las sílabas murmuradas flotando en el ambiente:
   Bud Powell Bud Powell.
   El repiqueteo del hielo y los vasos se fundió en la nada. El humo se retorcía entre pilares de luz. La caja registradora se abrió estruendosamente como una alarma.
   Tocaste las teclas un par de veces, te centraste y te zambulliste en «Nice Work», sin pararte a pensar en una salida para lo que ibas a tocar, todo ocurría instantáneamente. Tus dedos se movían como si tocases la melodía de Gershwin desde crío y pudieras llevarla a donde quisieras, todo te resultaba tan natural como el respirar, ni siquiera tenías que pensar porque tus manos sabían recorrer el teclado como un pájaro surca el cielo. Todo el club notó el alivio que fue apoderándose de los estadounidenses, mirándote como si te hubieras subido a una cuerda floja.
   —Vamos, tío, venga.
   —Dale, Bud, dale.
   El sudor te perlaba la frente y sonreías como si nunca te hubiera ido nada mal. Un foco te brillaba en un lado de la cara, proyectaba una silueta perfecta en la pared de detrás, una sombra que duplicaba cada uno de tus movimientos, una forma tambaleante que colgaba de tu espalda y se burlaba de ti.
   —Sí, Bud.
   —Vamos, Bud, vamos.
   Y luego, como el funambulista que se tambalea, el primer indicio de inseguridad, titubeas en una nota, flaqueas, recuperas el equilibrio y después dudas otra vez, sin saber qué camino tomar, con las sombras de tus brazos extendiéndose tras de ti como las alas de un pájaro. Tropiezas, las manos se te enredan una con otra, el teclado es un laberinto del que nunca conseguirás salir, estás perdido y entonces... entonces tocas algunas notas pero pierdes el hilo, te ahogas en la melodía como si fuera un océano que te engulle... Entonces, entonces, entonces. Entonces ya ni siquiera tenía sentido tocar.
   Te levantaste, apartaste la banqueta con las piernas, tu sombra retrocedió por encima de ti. La devastación marcándote la cara, sudando, te sacas un pañuelo blanco del bolsillo, te lo pasas por la cara como un niño frotaría una pizarra, confiando en borrarte, en eliminar cualquier recuerdo de tu persona. El silencio del club había pasado de ser una cosa viva, que respiraba, al silencio que es ausencia de toda vida, el silencio que pende de los árboles tras una batalla terrible. Te alejaste del escenario. Las manos chocaron entre sí, se convirtieron en aplauso. Buttercup se acercó, te abrazó, le rodeaste el hombro con un brazo, sus dedos subieron a calmar el nervio que te palpitaba en la mejilla, latiendo a su contacto mientras os reuníais con el grupo de estadounidenses. Y mientras ellos aplaudían, todo el público, todos los presentes, comprendieron que una forma de música capaz de destrozar a semejante hombretón sin duda tiene que poseer algo terrible. Fue como ver a un gimnasta y dar su agilidad y su fuerza por descontadas hasta que cometía una fracción de error y caía al suelo. Solo entonces entendías la apariencia de normalidad que se le había dado a algo apenas posible... y es la caída en lugar de las volteretas perfectas lo que expresa la verdad, la esencia de la actividad; es el recuerdo que jamás te abandonará. [...]
Nice Work If You Can Get It - Bud Powell

miércoles, 9 de abril de 2014

Literatura y jazz/ 24 - Fragmentos de Pero hermoso. Un libro de jazz - Geoff Dyer - Reino Unido


    Europa no era tanto un continente como una red ferroviaria que él trataba como si fuera un gran metro que lo trasladaba de una parte a otra de la ciudad, de un club a otro. Viajaba con trajes que a los pocos días estaban arrugados como pijamas; de igual modo, las corbatas que comenzaban ceñidas al cuello de la camisa terminaban colgando como una serpentina de una fiesta navideña. [...]
    Sí, nunca fue más feliz que cuando viajaba por Europa en tren, observando cómo el campo se transformaba en ciudad y viceversa, a los viajeros subiendo y bajando en las estaciones, los portazos y aquellos primeros instantes de movimiento apenas perceptible cuando el tren volvía a arrancar, el chasquido de las pesadas ruedas y los raíles al rozarse, todo aquel peso muerto en movimiento, venciendo a la inercia. En un tren le daba igual lo que pasara, incluso cuando atisbaba el caos garabateado de su diario y descubría, por lo que alcanzaba a interpretar, que estaba llegando dos horas tarde a su actuación de Nápoles, todavía a más de seiscientos kilómetros. [...]
    Cargaba su soledad a cuestas como el estuche de un instrumento. Nunca le abandonaba. Después de los bolos, después de hablar con los fans y quizá algunos amigos que estaban de paso, después de entrar en un bar y quedarse el último, después de volver dando tumbos a su habitación, después de buscar las llaves y oírlas arañar la cerradura silenciosa, después de abrir la puerta de un piso que estaba siempre exactamente igual que lo había dejado, después de tirar el estuche del saxo al sofá... después de todo eso, por tarde que fuera, siempre llegaba el momento en que le apetecía continuar hablando, escuchar el tintineo y el burbujeo de alguien preparando un café o una copa. Tras regresar al piso, abría una botella, pegaba algunos tragos y se sentaba en camiseta y calzoncillos a tocar el saxo lo más flojo posible. Mientras vivía en Amsterdam solía telefonear a los amigos de Estados Unidos a cualquier hora de la noche, pero ahora sólo tenía el saxofón y con él intentaba hablar con Duke o Bean o cualquier otro, alternando durante más de una hora la botella y el instrumento. [...]

Ben Webster - Los Angeles, 1961

    El sentimiento de sus baladas nacía de la nostalgia, siempre rememoraba la época de las jams en Kansas City, cuando tocaban toda la noche, superándose unos a otros, rodeados de aplausos y amigos. La época en que una muchedumbre aplaudía al final de un solo y él se despedía con la mano derecha, dando las gracias al público como si un viejo amigo acabara de entrar en el local con el estuche del saxo al hombro, dispuesto a participar. [...]
    -Si te gusta el jazz tiene que gustarte Ben. Podría gustarte el jazz y no gustarte Ornette, incluso podría no gustarte Duke, pero es imposible que te guste el jazz y no te guste Ben.
    Cargaba con la soledad a cuestas, pero también llevaba consigo su sonido, a modo de consuelo. El saxo era su hogar, el saxo y los sombreros, que más que ponerse, habitaba, los porkpies y los trilbies echados tan atrás que se le pegaban como casquetes. Despertarse por la mañana y alegrarse porque el indestructible sombrero seguía en su cabeza... era lo más parecido que conocía a esa cálida sensación de haber pasado fuera mucho tiempo y darte cuenta de pronto de que estás de nuevo en tu cama. Sombrero y saxo: la tradición, el hogar que nunca tendría que dejar. [...]
Traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Over The Rainbow - Ben Webster con Stan Tracy al piano

Autumn Leaves
Ben Webster - Saxo tenor
Kenny Drew - Piano
Niels-Henning Ørsted Pedersen - Contrabajo
Alex Riel - Batería
Grabado en Metronome Studios (Copenhage, Septiembre 1965)