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miércoles, 3 de abril de 2019

Capítulo II de Industrias y andanzas de Alfanhuí - Rafael Sánchez Ferlosio - España


II. DONDE SE CUENTA CÓMO AQUEL NIÑO SE ESCAPÓ DE SU CUARTO Y LA AVENTURA QUE TUVO (Ver capítulo I)

Aquel cuarto era el más feo de la casa y allí había ido a parar también el gallo de veleta, abrazado a su tizón. Un día el niño se puso a hablar con él, y el pobre gallo, con la boca torcida, le dijo que sabía muchas cosas, que lo librara y se las enseñaría. Entonces hicieron las paces y el niño le sacó el carbón y lo enderezó. Y se pasaban el día y la noche hablando, y el gallo, que era más viejo, enseñaba, y el niño lo escribía todo en el rasgón de camisa. Cuando venía la madre, el gallo se escondía porque no querían que ella supiera que un gallo de veleta hablaba.

Desde lo alto de la casa había aprendido el gallo que lo rojo de los ponientes era una sangre que se derramaba a esa hora por el horizonte, para madurar la fruta, y, en especial, las manzanas, los melocotones y las almendras. Esto fue lo que al niño más le gustó de cuantas cosas el gallo le enseñaba, y pensó cómo podría tener de aquella sangre y para qué serviría.

Un día, que al gallo le pareció bueno, cogió el niño las sábanas de su cama y tres ollas de cobre y se escapó con el gallo al horizonte de aquella ventana. Llegaron a una meseta rasa, en cuyo borde estaba el horizonte que se veía lejísimos desde la casa, y esperaron a que bajara el sol y se derramara la sangre.

Poco a poco vieron venir una nube rosa; luego una niebla rojiza les envolvía y tenía un olor ácido, como a yodo y limones. Por fin la niebla se hizo roja del todo y nada se veía más que aquella luz densísima entre carmín y escarlata. De cuando en cuando pasaba una veta más clara, verde o de color de oro. La niebla se hizo cada vez más roja, más oscura y espesa y dificultaba la luz, hasta que se vieron en una noche de color escarlata. Entonces la niebla empezó a soltar una humedad y una lluvia finísima, pulverizada y ligera, de sangre que lo empapaba y lo enrojecía todo. El niño cogió las sábanas y se puso a sacudirlas en el aire hasta que se volvían del todo rojas. Luego las estrujaba en las ollas de cobre y volvía con ellas al aire para que se embebieran de nuevo. Así se estuvo hasta que las tres ollas fueron llenas.

Ya la niebla había tomado un color negro rojizo y se veteaba de azul. El olor agrio y almizclado se iba transformando en otro olor más ligero, como de violetas animales. La luz aumentaba de nuevo y la niebla tomaba un color morado, cárdeno, porque las vetas azules se habían fundido con lo demás. La humedad disminuía y la niebla aclaraba cada vez más. El olor a violetas animales se hacía más sutil y se tornaba vegetal. La niebla aclaraba tomando un color rosa azulado, cada vez más claro, hasta que abrió de nuevo, y todo se volvió a ver. El cielo estaba blanco y limpio, y el aire tenía un perfume a tila y rosas blancas. Abajo se veía el sol que se iba con sus nieblas escarlata y carmín. Oscurecía. Las tres ollas estaban llenas de una sangre densísima, roja, casi negra. Hervía despacio en grandes, lentas burbujas que explotaban sin ruido como besos de boca redonda.

Aquella noche durmieron en una cueva, y a la mañana siguiente lavaron las sábanas en un río. El agua de aquel río se manchó y lo iba madurando todo, hasta pudrirlo. Bebió una yegua preñada y se volvió toda blanca y transparente, porque la sangre y los colores se le iban al feto, que se veía vivísimo en su vientre, como dentro de un fanal. La yegua se tendió sobre el verde y abortó. Luego volvió a levantarse y se marchó lentamente. Era toda como de vidrio, con el esqueleto blanco. El aborto, volcado sobre la hierba menuda, tenía los colores fuertísimos y estaba envuelto en una bolsa de agua, rameada de venillas verdes y rojas que terminaba en un cordón amoratado por cuya punta iba saliendo el líquido lentamente. El caballito estaba hecho del todo. Tenía el pelo marrón rojizo y la cabezota grande, con los ojos fuera de las órbitas y las pestañas nacidas; el vientre hinchado y las cañas finísimas, que terminaban en unos cascos de cartílago, blando todavía; las crines y la cola flotaban ondulando por el líquido mucoso de la bolsa, que era como agua de almíbar. El caballito estaba allí como en una pecera y se movía vagamente. El gallo de veleta rasgó la bolsa con su pico y toda el agua se derramó por la hierba. El potro, que tendría el tamaño de un gato, fue despertando poco a poco, como si se desperezara, y se levantó. Sus colores eran densos y vivos, como no se habían visto nunca; todo el color de la yegua se había recogido en aquel cuerpo pequeñito. El potrillo dio una espantada y salió en busca de su madre. La yegua se tendió para que mamara. Blanqueaba la leche en sus ubres de cristal.

El niño y el gallo de veleta volvieron hacia su casa. Llevaban las ollas de cobre y entraron por un balcón. Luego echaron la sangre en una tinaja y la lacraron. La madre perdonó a su hijo; pero el niño dijo que quería ser disecador y tuvieron que mandarlo de aprendiz con un maestro taxidermista.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Los pícaros/ 10 - Fragmentos de La vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor - ¿Anónimo? ¿Esteban González? - España


A EL LECTOR (Fragmentos)

    Carísimo o muy barato letor o quienquiera que tú fueres, si, curioso de saber vidas ajenas, llegares a leer la mía, yo me llamo Estebanillo González, flor de la jacarandaina;1 y te advierto que no es la fingida de Guzmán de Alfarache, ni la fabulosa de Lazarillo de Tormes ni la supuesta del Caballero de la Tenaza,2 sino una relación verdadera, con parte presente3 y testigos de vista y contestes4 (que los nombro a todos para averiguación y prueba de mis sucesos), y el dónde, cómo y cuándo, sin carecer de otra cosa que de día, mes y año; y antes quito que no añado. [...]
    Tengo por imposible que te deje de agradar, si acaso no estás dejado de la mano del gusto, o hecha la cara a el desaire de andar corto5 en alabar lo que es bueno por dar muestras de entendido. Aquí hallará el curioso dichos agudos; el soldado, batallas campales y viajes a Levante; el amante, enredos amorosos; el alegre, diversidad de chanzas y variedad de burlas; el melancólico, epitafios fúnebres a los tiernos mal logros6 del Cardenal-Infante, de la Reina de España y de la Emperatriz María; el poeta, compostura nueva y romances ridículos; el recogido en su albergue, las flores de la fullería, las leyes de la gente de la hampa, las preminencias7 de los pícaros de jábega,8 las astucias de los marmitones,9 las cautelas de los vivanderos10 y, finalmente, los prodigios de mi vida, que ha tenido más vueltas y revueltas que el laberinto de Creta. Donde, después de haberla leído y héchote más cruces que si hubieras visto a el Demonio, la tendrás por digna y merecedora de haber salido a luz. Dios te saque de las tinieblas della con bien, para que tú quedes contento y yo pagado y libre de tu censura.


OTRO PRÓLOGO EN VERSO

Lector pío como pollo,
O piadoso como Eneas,
O caro como el buen vino,
O barato cual cerveza,

Señor en lengua española,
Monsieur en lengua francesa,
Domine en lengua latina,
Y min Heer en la flamenca,

Yo, Estebanillo González,
Que fui niño de la escuela,
Gorrón de nominativos11
Y rapador de molleras,

Romero medio tunante,
Fullero de todas tretas,
Aprendiz de guisar panzas,12
Sota alférez de banderas,13

Criado de un Secretario,
Marmitón de una Eminencia,
Barrendero y niño rey14
De un príncipe de la Iglesia,

Barbero de mendigantes,
Cirujano de apariencia,
Maestro de mancar brazos
Y enfermero sin conciencia,

Mozo de plata15 de un Grande,
Alguacil de vara enhiesta,
Amparador de garduños,16
Residente de las trenas,

Menino17 de un pretendiente,
Peregrino con cautelas,
Bohonero con engaños,
Brandevinero18 con tretas,

Mandadero de prisiones,
Vendedor de tabaqueras,
Cómplice de la temblona19
Trasegador de bodegas,20

Nuevo peón de albañil,
Joven faquín21 de mareas,
Moderno pastor de cabras,
Tierno limpiador de cuevas,22

Aguador con tres oficios,23
Sirviente de la comedia,
Tornillero24 entre españoles,
Soldado de sus galeras,

Vendedor de agujas finas,
Rezador de coplas nuevas,
Pícaro de la marina,
Gavilán de la pesquera,

Navegante fugitivo,
Sinón25 de la gente hebrea,
Inventor de lamparones,26
Paje de rumbo27 y librea,

Mercadante de millares,
Don Monsiur de la Alegreza,
Torbellino de provincias,
Cosario de todas levas,28

Sentenciado a ser racimo,
Mondonguero de plazuela,
Patrón del malcocinado,29
Faraute30 de todas lenguas,

Zurcidor de ajenos gustos,31
Trainel32 de toda braveza,
Mandil33 de toda hermosura,
Casamentero de a medias,

Cocinero de portante,
Tratante de hierro a secas,
Valiente sobre montañas,
Gallina en campaña yerma,

Pastelero de caballos,34
Gorgotero35 de a dos cestas,
Distilador a el aurora,
Y vivandero a la siesta,

Mosquito de todos vinos,
Mono de todas tabernas,
Raposa de las cantinas,
Cuervo de todas las mesas,

Grande de España en cubrirme,36
Caballero en preminencias,
Hidalgo de todas chanzas,
Infanzón de todas muecas,

Menor criado de un duque
Que es el Marte de la guerra,
El Aquiles en las armas
Y el Alcides en las fuerzas,

Entretenido burlesco37
De un Infante, cuyas huellas
Entre alcatifas38 de luces
Pisan tapetes de estrellas,

Gaceta39 común de todo,
Postillón40 de buenas nuevas,
Correo de Majestades,
Y embajador sin grandeza,

Enamorado y celoso,
Siendo, a costa de mi hacienda,
Asistente de Jarama
Y hombre bueno de Cervera,41

Con gota por mis pecados,
Por mi gran culpa poeta,
Y por mi desdicha auctor
De historias y de tragedias,

De parte de Dios te pido,
Amigo lector, que leas
Hasta el fin aquestas burlas,
Pues van mezcladas con veras,

Pues en ellas hallarás
Donaires, chistes, destrezas,
Enredos, embustes, flores,
Ardides, estratagemas,

Quietudes, sosiegos, paces,
Temores, recelos, guerras,
Victorias, aplausos, triunfos,
Pérdidas, desdichas, penas,

Suertes, venturas, bonanzas,
Combates, males, tormentas,
Ingratitudes, mudanzas,
Amor, lealtad y firmeza.

Y si te cansa vida tan molesta,
Cuando tú escribas otra, di mal désta.


CAPÍTULO I
 (fragmentos)
En que da cuenta de su nacimiento, estudios y travesuras, y de un chiste donoso que le sucedió con un valiente y el viaje que hizo de Roma a Liorna.42

    Prométote, lampiño o barbado letor, o quienquiera que fueres, que, si no lo has por enojo, sólo sé de mi nacimiento que me llamo Estebanillo González; tan hijo de mis obras que si "por la cuerda se saca el ovillo", por ellas sacarás mi noble decendencia. Mi patria es común de dos, pues mi padre, que esté en gloria, me decía que era español trasplantado en italiano y gallego enjerto en romano, nacido en la villa de Salvatierra y bautizado en la ciudad de Roma: la una cabeza del mundo y la otra rabo de Castilla, servidumbre de Asturias y albañar43 de Portugal, por lo cual me he juzgado por centauro a lo pícaro, medio hombre y medio rocín: la parte de hombre por lo que tengo de Roma y la parte de rocín por lo que me tocó de Galicia. [...]
    Mi padre fue pintor in utroque,44 como dotor y cirujano, pues hacía pinturas con los pinceles y encajes con las cartas; y lo que se ahorraba en la pasa se perdía en el higo.45 Tenía una desdicha (que nos alcanzó a todos sus hijos, como herencia del pecado original), que fue ser hijodalgo, que es lo mismo que ser poeta; pues son pocos los que se escapan de una pobreza eterna o de una hambre perdurable. [...] 
    Murió mi madre de cierto antojo de hongos estando preñada de mi padre, según ella decía: quedose en el lecho como un pajarito. Y pienso, conforme el alma que tenía la cordera, que pasó de sólo Roma a una de las tres Moradas;46 porque no era tan inocente que al cabo de su vejez y habiendo pasado en su mocedad por la Cruz de Ferro y siendo tan vergonzosa y recatada, fuese al Limbo a ver tantos niños sin bragas. Dejó dos hijas jarifas,47 siendo cristianas, de la edad que las manda comer el dotor, con mucha hermosura en breves abriles; y yo quedé con pocos mayos y muchas flores,48 pues no ignorando la de Osuna no se me ha ocultado la del berro.49
    Después de haber hecho las funerales, ahorcado los lutos y enjugado las lágrimas (aunque no fueron más que amagos, pues se quedaron entre dos luces), volvió mi padre a su acostumbrada pintura, mis hermanas a su almohadilla50 y yo a mi desusada escuela, donde mis largas tardanzas pagaban mis cortas asentaderas. Era mi memoria tan feliz que, venciendo a mi mala inclinación (que siempre ha sido lo que de presente es), supe leer, escribir y contar; lo que me bastara a seguir diferente rumbo y lo que me ha valido para continuar el arte que profeso; pues te puedo asegurar, a fe de pícaro honrado, que no es oficio para bobos. [...]


CAPÍTULO IV
(fragmentos)
De cómo llegó a España, y viaje que hizo a Zaragoza y Madrid y peregrinaje a Santiago de Galicia, y otros ridículos sucesos que le pasaron en Portugal y Sevilla, hasta que entró a ser mozo de representantes.

    Después de haber llegado a Barcelona estuve en ella algunos días por descansar de la larga embarcación, y al cabo dellos fui acompañando hasta Zaragoza a una dama con quien había hecho conociencia por haber posado los dos en una misma posada, la cual era en sí tan generosa y tan amiga de agradar a todos y de no negar cosa que le pidiesen, que en virtud de los regalos y mercedes que me hizo por el camino comí dos meses de balde51 en el hospital de Nuestra Señora de Gracia, que es uno de los más ricos de España, y adonde con más amor y cuidado se asiste a los enfermos y adonde con más abundancia se les regala.
    Después de salir de la convalescencia me metí en un carro cargado de frailes y de mujeres de buen vivir (carga de que jamás han ido ni van faltos).52 Fuime con él a Madrid, por la noticia que tenía de ser esta villa madre de todos. Llegué a la que es corte de cortes, leonera del Real León de España, academia de la grandeza, congregación de la hermosura y quintaesencia de los ingenios.
    A el segundo día que estuve en ella me acomodé por paje de un pretendiente, tan cargado de pretensiones como ligero de libranzas: dábame diez cuartos53 de ración y quitación,54 los cuales gastaba en almorzar cada mañana, y lo demás del día estaba a diente,55 como haca de bohonero, siendo, a más no poder, paño veinticuatreno.56 Comía mi amo tarde,57 por ser costumbre antigua de pretendientes, y era tan amigo de cuenta y razón, peso y medida, que comía por onzas y bebía por adarmes,58 y tan amigo de limpieza que pudo blasonar no tener paje que fuese lameplatos, porque los dejaba él tan lamidos y escombrados que ahorraba de trabajo a las criadas de la posada.
    Viéndome sin esperanza de librea y con posesión de sarna y las tripas como trancahilo,59 traté de ponerme en figura de romero, aunque no me conociese Galván,60 por ir a ver a Santiago de Galicia, patrón de España, y por ver la patria de mis padres, y principalmente por comer a todas horas y por no ayunar a todos tiempos.
    Dejé a mi amo, vestíme de peregrino con hábito largo, esclavina61 cumplida, bordón62 reforzado y calabaza de buen tamaño. Fui a la imperial Toledo, centro de la discreción y oficina de esplendores, adonde, después de haber sacado mis recados y licencia para poder hacer el viaje, me volví por Illescas a visitar a aquella divina y milagrosa imagen,63 y dando la vuelta a Madrid me partí en demanda del Escurial, adonde se suspendieron todos mis sentidos viendo la grandeza incomparable de aquel sumptuoso templo, obra del segundo Salomón64 y emulación de la fábrica del primero, olvido del arte de Corinto, espanto65 de los pinceles de Apelles y asombro de los sinceles de Lisipo.66 Diéronme sus reverendos frailes limosna de potaje y caridad de vino: piedad que en ellos hallan todos los pasajeros.
    Partí de allí a Segovia y, habiendo descansado tres días en su hospital, pasé a la ciudad de Valladolid. Junteme en ella con dos devotos peregrinos que hacían el propio viaje y eran, cuando no de mi cantidad, por lo menos de mi calidad y costumbres. Era el uno francés, y el otro ginovés, y yo gallego romano, y todos tan diestros en la vida poltrona que podíamos dar papilla67 al más entendido gitano y, en efeto, trinca68 que se escaparon muy pocos de nuestras garatusas.69
    A las primeras vistas nos conocimos los humores, como si nos hubiéramos criado juntos y, a el fin, por conformidad de estrellas o concordancia de inclinaciones, hicimos liga y monipodio70 de ir a pérdida y ganancia en todos lances que nos podían suceder en esta jornada, guardando las leyes de buena compañía. Y para que mejor las observásemos, el ginovés, como hombre más experimentado, con tono fraternal nos informó en las ceremonias y puntos de la vida tunante. Dorola con tantos epitectos y atributos, que por gozar de sus excepciones y libertades dejara los títulos y grandezas del mayor potentado de la Europa.
    Acabó el Cicerón a lo pícaro71 su compendiosa oración, que además de ser gustosa penetró de tal manera nuestros corazones que no hubo punto, por delicado que fuese, que no nos obligásemos a repetirlo y ejercitarlo; y principalmente cuando en lugar de quan mihi et vobis72 nos encargó aquella santa palabra de "quémese la casa y no salga humo",73 con que quedó tan pagado como nosotros contentos.
    Proveídas las calabazas a discreción, dimos principio a nuestra romería con tal fervor, que el día que más caminábamos no pasaban de dos leguas, por no hacer trabajo lo que habíamos tomado por entretenimiento. En el camino vendimiábamos las viñas solitarias y cogíamos las gallinas huérfanas, y con estas chanzas y otras salimos cargados de dineros y limosnas, de las cuales comíamos los canterones74 y rebanadas de pan blanco, y lo negro, quemado y mal cocido vendíamos en los hospitales, para sustento de gallinas y aumentación de alejur.75 [...]
    Llegamos a la ciudad de Santiago, que, por que no me tengan por parte apasionada por lo que tengo de gallego, me excuso de decir lo mucho que hay en ella que poder alabar. Ajustamos nuestras conciencias (que bien anchas las habíamos traído) y, cumpliendo con las obligaciones de ser cristianos y de ir a visitar a aquella santa casa, quedamos tan justificados que por no usar de nuestras mercancías andábamos lacios y desmayados. Por cuya causa y por ser muchos los peregrinos que acuden a la dicha ciudad y pocos los que dan limosna, me despedí de mis camaradas y, con deseo de ver y vivir con capa de santidad, caminé a la vuelta del reino de Portugal. [...]
Notas de Enrique Suárez Figaredo, que también ha fijado el texto

1 Rufianesca, picaresca.
2 De Quevedo.
3 Compareciente. Se refiere a las partes o litigantes en el pleito.
4 El que confirma lo testificado por otro.
5 Incurras en, peques de contenerte.
6 Defunciones prematuras. El Cardenal-Infante fue don Fernando de Austria (1609-1641). Había sido nombrado Arzobispo de Toledo... a los diez años.
7 Privilegios, ventajas.
8 Los que, en la playa, ayudaban a los pescadores tirando de la red (jábega) y recogiendo el pescado.
9 Pinches, personal de cocina.
10 Los que seguían a los ejércitos llevando y vendiendo víveres. 'Cautela': engaño, trampa, artimaña.
11 Pricipiante, párvulo (en la Gramática se empezaba por estudiar los nominativos).
12 Cocinar mondongo: la panza del animal rellena con los intestinos.
13 La bandera (que pesaba lo suyo) era compañía inseparable del alférez. En ocasiones éste pagaba a un ayudante que, entre otros servicios, la llevase durante las marchas.
14 Se refiere al papel que representó en una comedia (cap. II).
15 El que cuidaba del menaje.
16 Rateros, delincuentes.
17 Criado joven, pajecillo.
18 Vendedor de aguardiente.
19 Pedir limosna fingiéndose enfermo.
20 El que mueve el vino de una cuba a otra.
21 Mozo de carga. 'Mareas' debe referirse a su etapa de 'pícaro de la marina'.
22 Cavas, bodegas. Estebanillo recurre en esta estrofa a cuatro variantes de 'juvenil'.
23 También trasladaba mensajes amorosos y vendía jaboncillos a las damas.
24 'Tornillo': desertor.
25 El que engañó a los troyanos.
26 Escrófulas. Tumores que suelen aparecer en el cuello. Existía la creencia de que los reyes de Francia tenían la virtud de curarlas con sólo tocarlas.
27 Pompa, ostentación. La 'librea' era el uniforme que los nobles daban a sus criados, con los colores de su escudo de armas.
28 'Leva' vale reclutamiento, zarpar la nave y trampa. 'Corsario' vale experimentado.
29 Guiso hecho con los menudillos del animal.
30 Intérprete.
31 Alcahuete.
32 Criado de rufián o 'bravo'.
33 Criado de una prostituta o 'hermosura'.
34 Hacía pasteles con carne de caballos muertos.
35 Vendedor ambulante de baratijas.
36 El título de Grande de España permite no descubrirse ante la Realeza. Algún noble se lo permite a Estebanillo en el curso de sus mandaderías.
37 Mantenido, empleado. También se llamaba 'entretenido' al que aguardaba la concesión de un empleo oficial y recibía una compensación para el sustento.
38 Alfombrillas, tapetes.
39 Diario o periódico de noticias. También la persona que gusta de estar al corriente de todo y divulgarlo. Las 'buenas nuevas' aluden a las victorias militares.
40 El que conduce y guía la posta, correo.
41 'Asistir' vale 'residir'. En las riberas del Jarama (afluente del Tajo) se criaban toros bravos y 'Cervera' sugiere 'ciervo'. En otras palabras: cornudo.
42 Livorno, en la Toscana, al sur de Pisa.
43 'Albañal', cloaca.
44 Doctor in utroque era el doctorado en ambos Derechos: Civil y Canónico.
45 Perdía jugando a las 'pintas' lo que ganaba en su oficio de pintor. Pasas e higos eran comida de moriscos.
46 Infierno, Purgatorio y Paraíso.
47 Jóvenes y hermosas. Lo de 'siendo cristianas' viene de que era nombre de una mora hermosísima que aparece en varios romances.
48 Malas artes, mañas, picardías.
49 Saber 'la flor de Osuna' (prov. de Sevilla) es ser pícaro, y la expresión pudo originarse en un Conde de tal título, contumaz jugador. Andarse 'a la flor del berro' es desenvolverse a sus anchas, hacer lo que uno quiere.
50 Cojín que usa la costurera. 
51 Gratis, sin coste. Se entiende que contrajo una enfermedad venérea. 
52 Estebanillo se refiere al carro, aunque el malintencionado lector pueda pensar otra cosa. El equívoco alude al libro Carro de donas, de Fray Francisco Jiménez. 
53 El cuarto, la cuarta parte del real 'de vellón', valía 4 maravedís. 
54 El criado solía comer por su cuenta, fuera de la casa del señor. De su salario, la 'ración' era para el sustento diario, y la 'quitación' el resto.. 
55 Sin comer. 
56 Por comer sólo una vez cada veinticuatro horas. El 'veinticuatreno' era paño cuya urdimbre tenía 24 centenares de hilos. 
57 Infrecuentemente. 'Tenía sobre el sayo negro señalados el peto, espaldar y gola, y la... camisa medio pudrida de sudor; que no era posible menos de quien tan tarde se desnudaba' (Quijote de Avellaneda, XXXIV) 
58 En corta cantidad, con escasez. La libra castellana, equivalente a 460 gramos, se dividía en 16 onzas, y la onza en 16 adarmes. 
59 Hechas un nudo. 
60 Del romance: 'Vámonos, dijo, mi tío, / a París esa ciudad, / en figura de romeros, / no nos conozca Galván. 
61 Capa corta. 'Cumplida': ancha, de mayor talla que la conveniente al sujeto. 
62 Cayado, báculo. 
63 Nuestra Señora de la Caridad. 
64 Lo construyó Felipe II, hijo de Carlos V, en conmemoración de la batalla de San Quintín. 
65 Asombro. 
66 Apeles y Lisipo: famosos pintor y escultor griegos. 
67 Engañar, timar. 
68 Terna, trío. 
69 Tretas, malicias. 
70 Consorcio, junta. 
71 Por lo elocuente. 
72 '... praestare dignetur Dominus noster Iesus Christus'. Fórmula con la que se concluían los sermones. 
73 No haya delación. Equivalente a 'Antes mártir que confesor'. 
74 'Cantos': puntas, extremos. 
75 Orig.: 'alejux'. El 'alajú' o 'alfajor' es un pastelillo de pan rallado, nueces y miel.

domingo, 14 de abril de 2013

Los pícaros/ 9 - Fragmento de Rinconete y Cortadillo - Miguel de Cervantes Saavedra - España


    [...] Con esto se consoló algo el sacristán, y se despidió de Cortado, el cual se vino donde estaba Rincón, que todo lo había visto un poco apartado dél; y más abajo estaba otro mozo de la esportilla, que vio todo lo que había pasado y cómo Cortado daba el pañuelo a Rincón; y llegándose a ellos, les dijo:
    -Díganme, señores galanes: ¿voacedes son de mala entrada, o no?
    -No entendemos esa razón, señor galán -respondió Rincón.
    -¿Que no entrevan, señores murcios? -respondió el otro.
    -Ni somos de Teba ni de Murcia -dijo Cortado-; si otra cosa quiere, dígala; si no, váyase con Dios.
    -¿No lo entienden? -dijo el mozo-. Pues yo se lo daré a entender, y a beber, con una cuchara de plata: quiero decir, señores, si son vuesas mercedes ladrones. Mas no sé para qué les pregunto esto, pues sé ya que lo son. Mas díganme: ¿cómo no han ido a la aduana del señor Monipodio?
    -¿Págase en esta tierra almojarifazgo de ladrones, señor galán? -dijo Rincón.
    -Si no se paga -respondió el mozo-, a lo menos regístranse ante el señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo; y así, les aconsejo que vengan conmigo a darle la obediencia, o si no, no se atrevan a hurtar sin su señal, que les costará caro.
    -Yo pensé -dijo Cortado- que el hurtar era oficio libre, horro de pecho y alcabala; y que si se paga, es por junto, dando por fiadores a la garganta y a las espaldas; pero pues así es, y en cada tierra hay su uso, guardemos nosotros el désta, que por ser la más principal del mundo, será el más acertado de todo él; y así, puede vuesa merced guiarnos donde está ese caballero que dice, que ya yo tengo barruntos, según lo que he oído decir, que es muy calificado y generoso y además hábil en el oficio.
    -¡Y cómo que es calificado, hábil y suficiente! -respondió el mozo-. Eslo tanto, que en cuatro años que ha que tiene el cargo de ser nuestro mayor y padre no han padecido sino cuatro en el finibusterrae, y obra de treinta envesados, y de sesenta y dos en gurapas.
    -En verdad, señor -dijo Rincón-, que así entendemos esos nombres como volar.
    -Comencemos a andar, que yo los iré declarando por el camino -respondió el mozo-, con otros algunos, que así les conviene saberlos como el pan a la boca.
    Y así, les fue diciendo y declarando otros nombres de los que ellos llaman germanescos o de la germanía, en el discurso de su plática, que no fue corta, porque el camino era largo. En el cual dijo Rincón a su guía:
    -¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón?
    -Sí -respondió él-, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; que todavía estoy en el año del noviciado.
    A lo cual respondió Cortado:
    -Cosa nueva es para mí que haya ladrones en el mundo para servir a Dios y a la buena gente.
    A lo cual respondió el mozo:
    -Señor, yo no me meto en tologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus ahijados.
    -Sin duda -dijo Rincón-, debe de ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan a Dios.
    -Es tan santa y buena -replicó el mozo-, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte. Él tiene ordenado que de lo que hurtáremos demos alguna cosa o limosna para el aceite de la lámpara de una imagen muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes cosas por esta buena obra; porque los días pasados dieron tres ansias a un cuatrero que había murciado dos roznos, y con estar flaco y cuartanario, así lo sufrió sin cantar como si fueran nada; y esto atribuimos los del arte a su buena devoción, porque sus fuerzas no eran bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo. Y porque sé que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero curarme en salud y decírselo antes que me lo pregunten. Sepan voacedes que cuatrero es ladrón de bestias; ansia es el tormento; roznos, los asnos, hablando con perdón; primer desconcierto es las primeras vueltas de cordel que da el verdugo. Tenemos más: que rezamos nuestro rosario, repartido en toda la semana, y muchos de nosotros no hurtamos el día del viernes, ni tenemos conversación con mujer que se llame María el día del sábado.
    -De perlas me parece todo eso -dijo Cortado-; pero dígame vuesa merced: ¿hácese otra restitución o otra penitencia más de la dicha?
    -En eso de restituir no hay que hablar -respondió el mozo-, porque es cosa imposible, por las muchas partes en que se divide lo hurtado, llevando cada uno de los ministros y contrayentes la suya; y así, el primer hurtador no puede restituir nada; cuanto más que no hay quien nos mande hacer esta diligencia, a causa que nunca nos confesamos; y si sacan cartas de excomunión, jamás llegan a nuestra noticia, porque jamás vamos a la iglesia al tiempo que se leen, si no es los días de jubileo, por la ganancia que nos ofrece el concurso de la mucha gente.
    -Y ¿con sólo eso que hacen, dicen esos señores -dijo Cortado- que su vida es santa y buena?
    -Pues ¿qué tiene de malo? -replicó el mozo-. ¿No es peor ser hereje, o renegado, o matar a su padre y madre, o ser solomico?
    -Sodomita querrá decir vuesa merced -respondió Rincón.
    -Eso digo -dijo el mozo.
    -Todo es malo -replicó Cortado-. Pero pues nuestra suerte ha querido que entremos en esta cofradía, vuesa merced alargue el paso; que muero por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.
    -Presto se les cumplirá su deseo -dijo el mozo-, que ya desde aquí se descubre su casa. Vuesas mercedes se queden a la puerta, que yo entraré a ver si está desocupado, porque éstas son las horas cuando él suele dar audiencia.
    -En buena sea -dijo Rincón.
    Y, adelantándose un poco el mozo, entró en una casa no muy buena, sino de muy mala apariencia, y los dos se quedaron esperando a la puerta. Él salió luego y los llamó, y ellos entraron, y su guía les mandó esperar en un pequeño patio ladrillado, que de puro limpio y aljimifrado parecía que vertía carmín de lo más fino. A un lado estaba un banco de tres pies, y al otro un cántaro desbocado, con un jarrillo encima, no menos falto que el cántaro; a otra parte estaba una estera de enea, y en el medio, un tiesto, que en Sevilla llaman maceta, de albahaca.
    Miraban los mozos atentamente las alhajas de la casa, en tanto que bajaba el señor Monipodio; y viendo que tardaba, se atrevió Rincón a entrar en una sala baja, de dos pequeñas que en el patio estaban, y vio en ella dos espadas de esgrima y dos broqueles de corcho, pendientes de cuatro clavos, y una arca grande sin tapa ni cosa que la cubriese, y otras tres esteras de enea tendidas por el suelo. En la pared frontera estaba pegada a la pared una imagen de Nuestra Señora, destas de mala estampa, y más abajo pendía una esportilla de palma, y, encajada en la pared, una almofía blanca, por do coligió Rincón que la esportilla servía de cepo para limosna, y la almofía de tener agua bendita, y así era la verdad.
    Estando en esto, entraron en la casa dos mozos de hasta veinte años cada uno, vestidos de estudiantes; y de allí a poco, dos de la esportilla y un ciego; y, sin hablar palabra ninguno, se comenzaron a pasear por el patio. No tardó mucho, cuando entraron dos viejos de bayeta con anteojos, que los hacía graves y dignos de ser respectados, con sendos rosarios de sonadoras cuentas en las manos. Tras ellos entró una vieja halduda, y, sin decir nada, se fue a la sala, y habiendo tomado agua bendita, con grandísima devoción se puso de rodillas ante la imagen, y a cabo de una buena pieza, habiendo primero besado tres veces el suelo y levantados los brazos y los ojos al cielo otras tantas, se levantó y echó su limosna en la esportilla, y se salió con los demás al patio. En resolución, en poco espacio se juntaron en el patio hasta catorce personas de diferentes trajes y oficios. Llegaron también de los postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros de grande falda, cuellos a la valona, medias de color, ligas de gran balumba, espadas de más de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar de dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina; los cuales, así como entraron, pusieron los ojos de través en Rincón y Cortado, a modo de que los estrañaban y no conocían. Y llegándose a ellos, les preguntaron si eran de la cofradía. Rincón respondió que sí, y muy servidores de sus mercedes.
    Llegóse en esto la sazón y punto en que bajó el señor Monipodio, tan esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía. Parecía de edad de cuarenta y cinco a cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso; los ojos, hundidos. Venía en camisa, y por la abertura de delante descubría un bosque: tanto era el vello que tenía en el pecho. Traía cubierta una capa de bayeta casi hasta los pies, en los cuales traía unos zapatos enchancletados; cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo, anchos y largos hasta los tobillos; el sombrero era de los de la hampa, campanudo de copa y tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pecho, a do colgaba una espada ancha y corta, a modo de las del perrillo; las manos eran cortas, pelosas, y los dedos gordos, y las uñas hembras y remachadas; las piernas no se le parecían, pero los pies eran descomunales de anchos y juanetudos. En efeto, él representaba el más rústico y disforme bárbaro del mundo. Bajó con él la guía de los dos, y trabándoles de las manos, los presentó ante Monipodio, diciéndole:
    -Éstos son los dos buenos mancebos que a vuesa merced dije, mi sor Monipodio: vuesa merced los desamine y verá como son dignos de entrar en nuestra congregación.
    -Eso haré yo de muy buena gana -respondió Monipodio.
    Olvidábaseme de decir que, así como Monipodio bajó, al punto todos los que aguardándole estaban le hicieron una profunda y larga reverencia, excepto los dos bravos, que a medio magate, como entre ellos se dice, le quitaron los capelos, y luego volvieron a su paseo por una parte del patio, y por la otra se paseaba Monipodio, el cual preguntó a los nuevos el ejercicio, la patria y padres.
    A lo cual Rincón respondió:
    -El ejercicio ya está dicho, pues venimos ante vuesa merced; la patria no me parece de mucha importancia decilla, ni los padres tampoco, pues no se ha de hacer información para recebir algún hábito honroso.
    A lo cual respondió Monipodio:
    -Vos, hijo mío, estáis en lo cierto, y es cosa muy acertada encubrir eso que decís; porque si la suerte no corriere como debe, no es bien que quede asentado debajo de signo de escribano, ni en el libro de las entradas: "Fulano, hijo de Fulano, vecino de tal parte, tal día le ahorcaron, o le azotaron", o otra cosa semejante, que, por lo menos, suena mal a los buenos oídos; y así, torno a decir que es provechoso documento callar la patria, encubrir los padres y mudar los propios nombres; aunque para entre nosotros no ha de haber nada encubierto, y sólo ahora quiero saber los nombres de los dos.
    Rincón dijo el suyo y Cortado también.
    -Pues de aquí adelante -respondió Monipodio-, quiero y es mi voluntad que vos, Rincón, os llaméis Rinconete, y vos, Cortado, Cortadillo, que son nombres que asientan como de molde a vuestra edad y a nuestras ordenanzas, debajo de las cuales cae tener necesidad de saber el nombre de los padres de nuestros cofrades, porque tenemos de costumbre de hacer decir cada año ciertas misas por las ánimas de nuestros difuntos y bienhechores, sacando el estupendo para la limosna de quien las dice de alguna parte de lo que se garbea; y estas tales misas, así dichas como pagadas, dicen que aprovechan a las tales ánimas por vía de naufragio; y caen debajo de nuestros bienhechores, el procurador que nos defiende, el guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene lástima, el que, cuando uno de nosotros va huyendo por la calle y detrás le van dando voces: ''¡Al ladrón, al ladrón! ¡Deténganle, deténganle!'', se pone en medio y se opone al raudal de los que le siguen, diciendo: ''¡Déjenle al cuitado, que harta mala ventura lleva! ¡Allá se lo haya; castíguele su pecado!'' Son también bienhechoras nuestras las socorridas que de su sudor nos socorren, ansí en la trena como en las guras; y también lo son nuestros padres y madres, que nos echan al mundo, y el escribano, que si anda de buena, no hay delito que sea culpa ni culpa a quien se dé mucha pena; y por todos estos que he dicho hace nuestra hermandad cada año su adversario con la mayor popa y soledad que podemos.
    -Por cierto -dijo Rinconete, ya confirmado con este nombre-, que es obra digna del altísimo y profundísimo ingenio que hemos oído decir que vuesa merced, señor Monipodio, tiene. Pero nuestros padres aún gozan de la vida; si en ella les alcanzáremos, daremos luego noticia a esta felicísima y abogada confraternidad, para que por sus almas se les haga ese naufragio o tormenta, o ese adversario que vuesa merced dice, con la solenidad y pompa acostumbrada; si ya no es que se hace mejor con popa y soledad, como también apuntó vuesa merced en sus razones.
    -Así se hará, o no quedará de mí pedazo -replicó Monipodio.
    Y, llamando a la guía, le dijo:
    -Ven acá, Ganchuelo: ¿están puestas las postas?
    -Sí -dijo la guía, que Ganchuelo era su nombre-: tres centinelas quedan avizorando, y no hay que temer que nos cojan de sobresalto.
    -Volviendo, pues, a nuestro propósito -dijo Monipodio-, querría saber, hijos, lo que sabéis, para daros el oficio y ejercicio conforme a vuestra inclinación y habilidad.
    -Yo -respondió Rinconete- sé un poquito de floreo de Vilhán; entiéndeseme el retén; tengo buena vista para el humillo; juego bien de la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va por pies el raspadillo, verrugueta y el colmillo; éntrome por la boca de lobo como por mi casa, y atreveríame a hacer un tercio de chanza mejor que un tercio de Nápoles, y a dar un astillazo al más pintado mejor que dos reales prestados.
    -Principios son -dijo Monipodio-; pero todas ésas son flores de cantueso viejas, y tan usadas, que no hay principiante que no las sepa, y sólo sirven para alguno que sea tan blanco que se deje matar de media noche abajo; pero andará el tiempo y vernos hemos: que, asentando sobre ese fundamento media docena de liciones, yo espero en Dios que habéis de salir oficial famoso, y aun quizá maestro.
    -Todo será para servir a vuesa merced y a los señores cofrades -respondió Rinconete.
    -Y vos, Cortadillo, ¿qué sabéis? -preguntó Monipodio.
    -Yo -respondió Cortadillo- sé la treta que dicen mete dos y saca cinco, y sé dar tiento a una faldriquera con mucha puntualidad y destreza.
    -¿Sabéis más? -dijo Monipodio.
    -No, por mis grandes pecados -respondió Cortadillo.
    -No os aflijáis, hijo -replicó Monipodio-, que a puerto y a escuela habéis llegado donde ni os anegaréis ni dejaréis de salir muy bien aprovechado en todo aquello que más os conviniere. Y en esto del ánimo, ¿cómo os va, hijos?
    -¿Cómo nos ha de ir -respondió Rinconete- sino muy bien? Ánimo tenemos para acometer cualquiera empresa de las que tocaren a nuestro arte y ejercicio.
    -Está bien -replicó Monipodio-; pero querría yo que también le tuviésedes para sufrir, si fuese menester, media docena de ansias sin desplegar los labios y sin decir "esta boca es mía".
    -Ya sabemos aquí -dijo Cortadillo-, señor Monipodio, qué quiere decir ansias, y para todo tenemos ánimo; porque no somos tan ignorantes que no se nos alcance que lo que dice la lengua paga la gorja; y harta merced le hace el cielo al hombre atrevido, por no darle otro título, que le deja en su lengua su vida o su muerte: ¡como si tuviese más letras un no que un !
    -¡Alto, no es menester más! -dijo a esta sazón Monipodio-. Digo que sola esa razón me convence, me obliga, me persuade y me fuerza a que desde luego asentéis por cofrades mayores, y que se os sobrelleve el año del noviciado.
    -Yo soy dese parecer -dijo uno de los bravos.
    Y a una voz lo confirmaron todos los presentes, que toda la plática habían estado escuchando, y pidieron a Monipodio que desde luego les concediese y permitiese gozar de las inmunidades de su cofradía, porque su presencia agradable y su buena plática lo merecía todo. Él respondió que, por dalles contento a todos, desde aquel punto se las concedía, advirtiéndoles que las estimasen en mucho, porque eran no pagar media nata del primer hurto que hiciesen; no hacer oficios menores en todo aquel año, conviene a saber: no llevar recaudo de ningún hermano mayor a la cárcel, ni a la casa, de parte de sus contribuyentes; piar el turco puro; hacer banquete cuándo, cómo y adonde quisieren, sin pedir licencia a su mayoral; entrar a la parte, desde luego, con lo que estrujasen los hermanos mayores, como uno dellos, y otras cosas que ellos tuvieron por merced señaladísima, y los demás, con palabras muy comedidas, las agradecieron mucho. [...]

martes, 12 de marzo de 2013

Los pícaros/ 8 - Vida del escudero Marcos de Obregón (fragmento) - Epístola al marqués de Peñafiel (fragmento) - Vicente Espinel - España


LIBRO PRIMERO
RELACIÓN PRIMERA DE LA VIDA DEL ESCUDERO MARCOS DE OBREGÓN

Descanso X
    Fuimos caminando con el arriero, la mitad del camino al pie de la letra, y la otra como tercios de pescado cuando al arriero se le antojaba, que era mozo tesezuelo* de condición, desapacible, enseñado a perder el respeto a los estudiantes novatos. Y así nos quiso hacer una burla en un pueblo pequeño, y en parte la hizo, lo uno por llevar sus mulos descansados y lo otro porque pensó, quedándose solo, derribar la fortaleza de una mujercita de buena gracia que iba en nuestra compañía, destituyéndola del arrimo y apoyo que llevaba con cierto oficial que se había de casar con ella.  
    Fingió que le habían hurtado un zurrón de dineros, y que la justicia venía a prendernos a todos para darnos tormento hasta averiguar quién lo tenía. Y junto con esto juró que nos había de dejar en la cárcel y caminar con los mulos lo más que pudiese, que para muchachos sin experiencia, cualquiera temor de estos bastaba. Creímoslo como si fuera verdad averiguada, y encareciólo de manera que nos hizo andar toda aquella noche -tras lo que habíamos caminado el día antes- cinco o seis leguas, y no caminando, sino huyendo por dehesas y montañas, fuera de camino, sin guía que nos pudiese alumbrar por donde íbamos, y él se quedó riendo, importunando con requiebros y mal lenguaje a la pobre mujer, sola y sin defensa. Pero no le sucedió como pensaba, porque el ruido que él había hecho había sido por medio de un alguacilejo amigo suyo; y la mujer, como valerosa, después de haberse defendido de la violencia que con ella quiso usar, tuvo modo cómo escabullirse de él, y yéndose al alcalde, le dijo con grandísima acción de palabra y sentimiento que aquel arriero había hecho una estratagema y maraña muy perniciosa, por aprovecharse de ella y quitarle el remedio que consigo traía. Creyólo el buen hombre, así por conocer la desvergüenza y mal trato del arriero como por atajar el daño que a la pobre mujer le podía suceder; y afeándole este caso y la inhumanidad que había usado con los estudiantes, le mandó que diese fianzas que llevaría muy regalada a la mujer sin hacerle agravio ni ofensa, y que no le castigaba muy gravemente por no desviar la jornada a los estudiantes; y amonestóle que mirase cómo procedía, porque le castigaría con todo rigor, sin tener respeto a cosa alguna, si por el camino iba haciendo insolencias; y mandóle con esto que se aviase muy de mañana para recoger a los cansados y hambrientos estudiantes. 
    ¡Oh arrieros, impía gente y sin caridad! ¡Crueles contra su misma naturaleza! No conocen a nadie más de en cuanto le están quitando el dinero. Y así los castiga Dios, porque tienen muchas posadas y pocos amigos. Todos los géneros de gente aman la piedad, si no son estos. El día que no hacen alguna burla a los caminantes, no están en sí. Tratan con bestias, y así se van convirtiendo en su naturaleza. No se ha visto que llevando bestias vacías aliviasen del trabajo y cansancio del camino a algún miserable; parece que les falta el uso de la razón natural como a éste, que no pudiera uno de ley contraria usar con nosotros más exorbitante bellaquería que hacernos huir de noche, cansados de haber caminado el día antes, sin más ocasión de cometer dos enormes maldades. 
    Íbamos huyendo y por no ser sentidos, yendo en tropa, dividimos cada cual por donde mejor le pareció. Yo seguí una media vereda, que estaba bien cubierta de árboles; hice cuanto pude de mi parte por no quedarme más atrás de los otros, pero mi cansancio era de modo que en poco espacio a ninguno de todos sentía. Puse el oído en la tierra, que de este modo se oyen mejor los pasos aunque estén algo lejos: no sentía cosa que me hiciese compañía. Traspúseme un poco y luego dime prisa a andar, volviéndome hacia atrás, pensando que iba adelante; y así cuanto más andaba y me apresuraba, menos esperanza tenía de alcanzar los compañeros. Hacia las espaldas me parecía que oía perros ladrar algo lejos, que como los compañeros iban aprisa alteraban estos animalejos. Como no estaba ejercitado en caminos, y el día antes se había trabajado en eso, el sueño -como descanso general de todos los miembros- solicitaba sus horas diputadas, y no pudiendo ya más conmigo, rendíme al cansancio y al sueño.
[...]
Vicente Espinel
* Tesezuelo: resuelto.

    Vicente Espinel nació en Ronda (Málaga) en 1550. Fue un excelente músico, poeta y prosista, amigo de los Argensola, Luis de Góngora, Cervantes, Lope de Vega..., que le admiraban. Cervantes le alabó con entusiasmo varias veces, una de ellas en el Canto a Calipso del Viaje del Parnaso (1614). Lope de Vega -en su Laurel de Apolo- le califica de "único poeta latino y castellano de estos tiempos"; y en su dedicatoria de El caballero de Illescas, dice a Espinel que el bello arte "no olvidará jamás en los instrumentos el arte y la dulzura de vuesa merced"; y en la dedicatoria a Marta de Nevares de La viuda valenciana, al ponderar la voz y la destreza musical de su amante, dice que, oyéndola, "el padre de la música, Vicente Espinel, se suspendería atónito".
    En efecto, Espinel ha quedado en el mundo de la música como el introductor de la quinta cuerda en la vihuela (el mi agudo, o prima), que transformó el instrumento y desde entonces tomó el nombre de guitarra española. La sexta cuerda se añadiría más tarde.

    En poesía, es el inventor de la décima llamada espinela en su honor. Antes de él la décima se componía de dos quintillas diferentes entre sí; la espinela consta de dos estrofas de cuatro versos octosílabos -consonantes primero y cuarto, y segundo y tercero-, entre los que se introducen dos versos octosílabos, auxiliares del pensamiento, para ligar entre sí la tesis y la conclusión; estos dos versos riman el primero con el cuarto y el segundo con el séptimo.
    Pero su máxima gloria literaria la debe Espinel a su libro novelesco Vida del escudero Marcos de Obregón (Madrid, 1618), del género picaresco. [...] Marcos de Obregón tiene no poco de autobiografía de Espinel. Y es una novela extraordinaria pletórica de lances curiosos, de anécdotas deliciosas, de felices rasgos de ingenio, tan realista, natural y amena -y bien distinta de ellas- como lo son el Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, El buscón. Algunos caracteres del Marcos de Obregón, como los del doctor Sagredo y la parlanchina y malhumorada doña Mergelina, compiten con los más geniales de Molière. (FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES)

Fragmento de la epístola que Espinel escribió a su amigo Juan Téllez Girón, marqués de Peñafiel:

      La destemplanza de este invierno frío,
y entre riscos el levante y cierzo,
encogerán al más lozano brío.
      Estoy cual sapo o soterrado escuerzo,
cual el lagarto o rígida culebra,
la cerviz corva, sin valor, ni esfuerzo.
      Voy a escribir y el brazo se me quiebra:
si quiero asir el hilo antiguo roto,
tiembla la mano al enhilar la hebra.
      Ya, gallardo marqués, estoy remoto
de mí: que la inclemencia de este cielo
tiene el ingenio remontado y boto.
      Dicen algunos que antes este suelo,
por la extrañeza de estos altos riscos,
dará ocasión bastante al dios de Delo.
      ¡Mirad qué gusto ofrecerán lentiscos,
chaparros y torcidas cornicabras
entre enconosos, fieros basiliscos!
      Que aquí todo el lenguaje y las palabras
es cochinos, bellota, ovejas, roña;
cultivar huertas y ordeñar las cabras;
      si crece el pan; si el alcacel retoña;
si Abbu-Hassen promete viento o lluvia
y todo el resto es vértigo y ponzoña...

martes, 26 de febrero de 2013

Los pícaros/ 7 - La lozana andaluza (fragmentos) - Francisco Delicado - España


RETRATO DE
la Loçana andaluza: en lengua española:
muy claríssima. Compuesto en Roma.
El qual Retrato demuestra loque en Ro-
ma passaua y contiene munchas más
cosas que la Celestina.
(Portada del único ejemplar que se conserva de la edición "princeps" de Venecia, 1528 - Osterreich Nationalbibliothek de Viena)

ARGUMENTO EN EL QUAL SE CONTIENEN TODAS LAS PARTICULARIDADES QUE HA DE HABER EN LA PRESENTE OBRA

   Decirse ha primero la ciubdad, patria y linaje, ventura, desgraçia y fortuna, su modo, manera y conuersación, su trato, plática y fin, porque solamente gozará de este Retrato quien todo lo leyere.
    Protesta el autor que ninguno quite ni añada palabra ni razón ni lenguaje, porque aquí no compuse modo de hermoso decir, ni saqué de otros libros, ni hurté elocuencia porque: para decir la verdad poca elocuencia basta, como dice Séneca; ni quise nombre, salvo que quise retraer muchas cosas retrayendo una, y retraxe lo que vi que se debería retraer, y por esta comparación que se sigue verán que tengo razón.
    Todos los artífices que en este mundo trabajan desean que sus obras sean más perfectas que ningunas otras que jamás fuesen. Y vese mejor esto en los pintores que no en otros artífices, porque cuando hacen un retrato procuran sacarlo del natural, e a esto se esfuerzan, y no solamente se contentan de mirarlo e cotejarlo, mas quieren que sea mirado por los transeúntes e circunstantes, y cada uno dice su parecer, mas ninguno toma el pincel y enmienda, salvo el pintor que oye y ve la razón de cada uno, y así enmienda, cotejando también lo que ve más que lo que oye; lo que munchos artífices no pueden hacer, porque después de haber cortado la materia y dádole forma, no pueden sin pérdida enmendar. Y porque este retrato es tan natural, que no hay persona que haya conocido la señora Lozana en Roma o fuera de Roma, que no vea claro ser sacado de sus actos y meneos y palabras; y asimismo porque yo he trabajado de no escrebir cosa que primero no sacase en mi dechado la labor, mirando en ella o a ella. Y viendo vi muncho mejor que yo ni otro podrá escrebir, y diré lo que dijo Eschines, filósofo, leyendo una oración o proceso que Demóstenes había hecho contra él; no pudiendo expremir la muncha más elocuencia que había en el dicho Demóstenes, dixo: «¿Qué haría si oyérades a él?» (quod si ipsam audissetis bestiam?), y por eso verná en fábula muncho más sabía la Lozana que no mostraba, y viendo yo en ella munchas veces maneras y saber que bastaba para cazar sin red, y enfrenar a quien muncho pensaba saber, sacaba lo que podía, para reducir a memoria, que en otra parte más alta (que una picota) fuera mejor retraída que en la presente obra; y porque no le pude dar mejor matiz, no quiero que ninguno añada ni quite; que si miran en ello, lo que al principio falta se hallará al fin; de modo que por lo poco entiendan lo muncho más ser como dedución de canto llano, y quien al contrario hiciere, sea siempre enamorado y no querido. Amén.


PRIMERA PARTE

MAMOTRETO PRIMERO
COMIENZA LA HISTORIA O RETRATO SACADO DEL JURE CEVIL NATURAL DE LA SEÑORA LOZANA; COMPUESTO EL AÑO MILL Y QUINIENTOS Y VEINTE E CUATRO, A TREINTA DÍAS DEL MES DE JUNIO, EN ROMA, ALMA CIUBDAD, Y COMO HABÍA DE SER PARTIDO EN CAPÍTULOS, VA POR MAMOTRETOS, PORQUE EN SEMEJANTE OBRA MEJOR CONVIENE

    La señora Lozana fue natural compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber, la cual desde su niñez tuvo ingenio y memoria y vivez grande, y fue muy querida de sus padres por ser aguda en servillos e contentallos, e muerto su padre, fue necesario que acompañase a su madre fuera de su natural. Y ésta fue la causa que supo y vido munchas ciubdades, villas y lugares de España, que agora se le recuerdan de casi el todo; y teníe tanto intelecto, que casi escusaba a su madre procurador para sus negocios; siempre que su madre le mandaba ir o venir, era presta, y como pleiteaba su madre, ella fue en Granada mirada y tenida por solicitadora perfecta e prenosticada futura; acabado el pleito, e no queriendo tornar a su propia ciubdad, acordaron de morar en Xerez y pasar por Carmona; aquí la madre quiso mostrarle texer, el cual oficio no se le dio ansí como el hordir y tramar, que le quedaron tanto en la cabeza, que no se le han podido olvidar. Aquí conversó con personas que la amaban por su hermosura y gracia; asimismo, saltando una pared sin licencia de su madre, se le derramó la primera sangre que del natural tenía; y muerta su madre, y ella quedando huérfana, vino a Sevilla, a donde halló una su parienta, la cual le decía: «hija, sed buena, que ventura no os faltará»; y asimismo le demandaba de su niñez, en qué era estada criada, y qué sabía hacer, y de qué la podía loar a los que a ella conocían. Entonces respondíale desta manera: «señora tía, yo quiero que vuestra merced vea lo que sé hacer; que cuando era vivo mi señor padre yo le guisaba guisadicos que le placían, y no solamente a él mas a todo el parentado; que, como estábamos en prosperidad, teníamos las cosas necesarias, no como agora, que la pobreza hace comer sin guisar, y entonces las especias, y agora el apetito; entonces estaba ocupada en agradar a los míos, y agora a los extraños».


MAMOTRETO II
RESPONDE LA TÍA, Y PROSIGUE

    Tía.- Sobrina, más ha de los años treinta que yo no vi a vuestro padre, porque se fue niño, y después me dixeron que se casó por amores con vuestra madre, y en vos veo yo que vuestra madre era hermosa.
    Lozana.- ¿Yo, señora? Pues más parezco a mi agüela que a mi señora madre, y por amor de mi agüela me llamaron a mí Aldonza, y si esta mi agüela viviera, sabía yo más que no sé, que ella me mostró guisar, que en su poder deprendí hacer fideos, empanadillas, alcuscuzu con garbanzos, arroz entero, seco, graso, albondiguillas redondas y apretadas con culantro verde, que se conocían las que yo hacía entre ciento. Mirá, señora Tía, que el padre de mi padre decía: «¡Éstas son de mano de mi hija Aldonza!» ¿Pues adobado no hacía? Sobre que cuantos traperos había en la cal de la Heria querían proballo, y máxime cuando era un buen pecho de carnero, y ¡qué miel! pensá, señora, que la teníamos de Adamuz y zafrán de Peñafiel, y lo mejor de la Andalucía venía en casa de esta mi agüela. Sabía hacer hojuelas, pestiños, rosquillas de alfaxor, textones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, xopaipas, hojaldres, hormigos torcidos con aceite, talvinas, zahínas y nabos sin tocino y con comino; col murciana con alcarabea, y olla reposada no la comía tal ninguna barba; pues boronía ¿no sabía hacer?, por maravilla, y cazuela de berengenas moxies en perfición; cazuela con su ajico y cominico, y saborcico de vinagre, esto hacía yo sin que lo vezasen. Rellenos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado con limón ceutí, y cazuelas de pescado cecial con oruga, y cazuelas moriscas por maravilla, y de otros pescados que sería luengo de contar. Letuarios de arrope para en casa, y con miel para presentar, como eran de membrillos, de cantueso, de uvas, de berengenas, de nueces y de la flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y hierba buena, para quien pierde el apetito; pues ¿ollas en tiempo de ayuno?, estas y las otras ponía yo tanta hemencia en ellas, que sobrepujaba a Platina, De voluptatibus, y a Apicio Romano, De re coquinaria, y decía esta madre de mi madre: «Hija Aldonza, la olla sin cebolla es boda sin tamborín». Y si ella me viviera, por mi saber y limpieza (dexemos esta hermosura) me casaba, y no salía yo acá por tierras ajenas con mi madre, pues me quedé sin dote, que mi madre me dexó solamente una añora con su huerto, y saber tramar, y esta lanzadera para texer cuando tenga premideras.1
    Tía.- Sobrina, esto que vos tenéis y lo que sabéis será dote para vos, y vuestra hermosura hallará ajuar cosido y sorcido; que no os tiene Dios olvidada; que aquel mercader que vino aquí ayer me dixo que, cuando torne, que va a Cádiz, me dará remedio para que vos seáis casada y honrada; mas querría él que supiésedes labrar.
    Loz.- Señora Tía, yo aquí traigo el alfilelero, mas ni tengo aguja ni alfiler, que dedal no faltaría para apretar; y por eso, señora Tía, si vos queréis, yo le hablaré antes que se parta, porque no pierda mi ventura, siendo huérfana.


MAMOTRETO III
PROSIGUE LA LOZANA, Y PREGUNTA A LA TÍA

    Loz.- Señora Tía, ¿es aquel que está paseándose con aquel que suena los órganos? Por su vida, que lo llame. ¡Ay, cómo es dispuesto!, ¡y qué ojos tan lindos!, ¡qué ceja partida!, ¡qué pierna tan seca y enxuta! ¿Chinelas trae? ¡Qué pie para galochas y zapatilla ceyena! Querría que se quitase los guantes por verle qué mano tiene. Acá mira; ¿quiere vuestra merced que me asome?
    Tía.- No, hija; yo quiero ir abaxo, y él me verná a hablar, y cuando él estará abaxo vos vernéis; si os hablare, abaxá la cabeza y pasaos, y si yo os dixere que le habléis, vos llegá cortés y hacé una reverencia, y si os tomare la mano, retraeos hacia atrás, porque, como dicen, amuestra a tu marido el copo, mas no del todo; y desta manera él dará de sí, y veremos qué quiere hacer.
    Loz.- Veislo viene acá.
    Mercader.- Señora, ¿qué se hace?
    Tía.- Señor, serviros, y mirar en vuestra merced la lindeza de Diomedes el Ravegnano.
    Merc.- Señora, pues ansí me llamo yo. Madre mía, yo querría ver aquella vuestra sobrina. Y por mi vida que será su ventura, y vos no perderéis nada.
    Tía.- Señor, está revuelta y mal aliñada, mas porque vea vuestra merced cómo es dotada de hermosura, quiero que pase aquí abaxo su telar y verála cómo texe.
    Diomedes.- Señora mía, pues sea luego.
    Tía.- ¿Aldonza? ¿Sobrina? ¡Veníos acá, y veréis mejor!
    Loz.- Señora Tía, aquí veo muy bien, aunque tengo la vista cordobesa: salvo que no tengo premideras.
    Tía.- Decí sobrina que este gentilhombre quiere que le texáis un texillo, que proveeremos de premideras. Vení aquí, hacé una reverencia a este señor.
    Diomedes.- ¡Oh, qué gentil dama! Mi seora madre, no la dexe ir, y suplícole que la mande que me hable.
    Tía.- Sobrina, respondé a ese señor, que luego torno.
    Diom.- Señora, su nombre me diga.
    Loz.- Señor sea vuestra merced de quien mal lo quiere; yo me llamo Aldonza, a servicio y mandado de vuestra merced.
    Diom.- ¡Ay!, ¡ay!, ¡qué herida!, que de vuestra parte qualque vuestro servidor me ha dado en el corazón con una saeta dorada de amor.
    Loz.- No se maraville vuestra merced; que cuando me llamó que viniese abaxo, me parece que vi un mochacho, atado un paño por la frente, y me tiró no sé con qué; en la teta izquierda me tocó.
    Diom.- Señora, es tal ballestero, que de un mismo golpe nos hirió a los dos. Ecco adunque due anime í uno core. ¡Oh, Diana!, ¡oh, Cupido!, socorred el vuestro siervo. Señora, si no remediamos con socorro de médicos sabios, dudo la sanidad, y pues yo voy a Cádiz, suplico a vuestra merced se venga conmigo.
    Loz.- Yo, señor, verné a la fin del mundo; mas dexe subir a mi tía arriba, y pues quiso mi ventura, seré vuestra más que mía.
    Tía.- ¡Aldonza! ¡Sobrina!, ¿qué hacéis?, ¿dónde estáis? ¡Oh, pecadora de mí!, el hombre dexa el padre y la madre por la mujer, y la mujer olvida por el hombre su nido. ¡Ay, sobrina!, y si mirara bien en vos, viera que me habíades de burlar; mas no tenéis vos la culpa, sino yo, que teniendo la yesca busqué el eslabón; mirá qué pago, que si miro en ello, ella misma me hizo alcagüeta; va, va, que en tal pararás.
[...]
Francisco Delicado

1 Pedal de los telares manuales.

    Joaquín del Val, el más agudo estudioso -hasta hoy- de la Lozana afirma: "Históricamente constituye un documento vivo de la estancia de los españoles en Italia a comienzos del siglo XVI. La corrupción de Roma, que llegó al máximo libertinaje en tiempo de los papas Alejandro VI y León X, la refleja fielmente el clérigo Francisco Delgado (Delicado es italianización del apellido castellano Delgado), que no vacila en calificar a la gran ciudad de meretriz y concubina de forasteros... Triunfo de grandes señores, paraíso de putanas, purgatorio de jóvenes, infierno de todos, fatiga de bestias, engaño de pobres, peciguería de bellacos. Y añade: Es la mayor parte de Roma burdel, y le dicen Roma putana. Observa que Roma al revés es Amor... La Lozana tiene un gran valor documental, casi fotográfico... "
    [...] En la Lozana, ciento veinticinco personajes se mueven en torno a la protagonista, Aldonza, lozana andaluza cordobesa, quien "desde su niñez tuvo ingenio y memoria y viveza grandes".
    [...] Creo que la Lozana encierra muchos elementos folklóricos y frases y modismos españoles populares, muchos italianismos de baja estofa, una lascivia caliente, una gracia gorda, una indiscutible intención moralizadora, trozos y frases en castizo y familiar lenguaje, mucho color y brío, y un sentido picaresco netamente español, pese a cuajarse su acción en medios y costumbres de Roma. FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES

viernes, 23 de noviembre de 2012

Los pícaros/ 6 - Fragmentos del Coloquio de los perros - Miguel de Cervantes Saavedra - España


 NOVELA Y COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA, PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCIÓN, QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA PUERTA DEL CAMPO, A QUIEN COMÚNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAHUDES


CIPIÓN.- Berganza amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de la confianza y retirémonos a esta soledad y entre estas esteras, donde podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en un mismo punto a los dos nos ha hecho. 

BERGANZA.- Cipión hermano, óyote hablar y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza. 

CIPIÓN.- Así es la verdad, Berganza; y viene a ser mayor este milagro en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella, que la diferencia que hay del animal bruto al hombre es ser el hombre animal racional, y el bruto, irracional. 

BERGANZA.- Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y entenderlo yo me causa nueva admiración y nueva maravilla. Bien es verdad que en el discurso de mi vida diversas y muchas veces he oído decir grandes prerrogativas nuestras; tanto, que parece que algunos han querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan agudo en muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para mostrar que tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso. 

CIPIÓN.- Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que nos suelen pintar por símbolo de la amistad; y así, habrás visto (si has mirado en ello) que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre los dos, a los pies, una figura de perro, en señal que se guardaron en la vida amistad y fidelidad inviolable. 

BERGANZA.- Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura. Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus señores, sin apartarse dellas, sin comer, hasta que se les acababa la vida. Sé también que después del elefante, el perro tiene el primer lugar de parecer que tiene entendimiento; luego, el caballo, y el último, la jimia. 

CIPIÓN.- Ansí es, pero bien confesarás que ni has visto ni oído decir jamás que haya hablado ningún elefante, perro, caballo o mona; por donde me doy a entender que este nuestro hablar tan de improviso cae debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la experiencia que alguna calamidad grande amenaza a las gentes. 

BERGANZA.- Desa manera, no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo que oí decir los días pasados a un estudiante, pasando por Alcalá de Henares. 

CIPIÓN.- ¿Qué le oíste decir? 

BERGANZA.- Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad, los dos mil oían Medicina. 

CIPIÓN.- Pues, ¿qué vienes a inferir deso? 

BERGANZA.- Infiero, o que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar (que sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre. 

CIPIÓN.- Pero sea lo que fuere, nosotros hablamos, sea portento o no; que lo que el Cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que lo pueda prevenir; y así, no hay para qué ponernos a disputar nosotros cómo o por qué hablamos: mejor será que este buen día, o buena noche, la metamos en nuestra casa, y pues la tenemos tan buena en estas esteras, y no sabemos cuánto durará esta nuestra ventura, sepamos aprovecharnos della, y hablemos toda esta noche, sin dar lugar al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos deseado. 

BERGANZA.- Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso, tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria, y allí, de antiguas y muchas, o se enmohecían o se me olvidaban. Empero ahora, que tan sin pensarlo me veo enriquecido deste divino don de la habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo más que pudiere, dándome priesa a decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada y confusamente, porque no sé cuándo me volverán a pedir este bien, que por prestado tengo.
[...]


BERGANZA.- Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta enfermería, en la una estaba un alquimista, en la otra un poeta, en la otra un matemático, y en la otra uno de los que llaman arbitristas. 

CIPIÓN.- Ya me acuerdo haber visto a esa buena gente. 

BERGANZA.- Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado, estando cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la cama del uno dellos, el poeta se comenzó a quejar lastimosamente de su fortuna; y preguntándole el matemático de qué se quejaba, respondió que de su corta suerte. ''¿Cómo y no será razón que me queje -prosiguió-, que, habiendo yo guardado lo que Horacio manda en su Poética, que no salga a luz la obra que después de compuesta no hayan pasado diez años por ella, y que tengo yo una de veinte años de ocupación y doce de pasante, grande en el sujeto, admirable y nueva en la invención, grave en el verso, entretenida en los episodios, maravillosa en la división, porque el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen el poema alto, sonoro, heroico, deleitable y sustancioso, y que, con todo esto, no hallo un príncipe a quien dirigirle? Príncipe, digo, que sea inteligente, liberal y magnánimo. ¡Mísera edad y depravado siglo nuestro!'' ''¿De qué trata el libro?'', preguntó el alquimista. Respondió el poeta: ''Trata de lo que dejó de escribir el Arzobispo Turpín del Rey Artús de Inglaterra, con otro suplemento de la Historia de la demanda del Santo Brial, y todo en verso heroico, parte en octavas y parte en verso suelto; pero todo esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres sustantivos, sin admitir verbo alguno.''  ''A mí -respondió el alquimista- poco se me entiende de poesía; y así, no sabré poner en su punto la desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera mayor, no se igualaba a la mía, que es que, por faltarme instrumento, o un príncipe que me apoye y me dé a la mano los requisitos que la ciencia de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro y con más riquezas que los Midas, que los Crasos y Cresos.'' ''¿Ha hecho vuesa merced -dijo a esta sazón el matemático-, señor alquimista, la experiencia de sacar plata de otros metales?'' ''Yo -respondió el alquimista- no la he sacado hasta agora; pero realmente sé que se saca, y a mí no me faltan dos meses para acabar la piedra filosofal, con que se puede hacer plata y oro de las mismas piedras.'' ''Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias -dijo a esta sazón el matemático-; pero al fin, el uno tiene libro que dirigir y el otro está en potencia propincua de sacar la piedra filosofal; más ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola que no tiene dónde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo he hallado y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato, me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo: que he llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faldriquera; y así, es mi pena semejable a las de Tántalo, que está cerca del fruto y muere de hambre; y propincuo al agua, y perece de sed. Por momentos pienso en dar en la coyuntura de la verdad, y por minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo Sísifo.'' 

Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le rompió diciendo: ''Cuatro quejosos tales que lo pueden ser del Gran Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego yo de oficios y ejercicios que ni entretienen, ni dan de comer a sus dueños. Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a Su Majestad en diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del reino; y ahora tengo hecho un memorial donde le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio que tengo, tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños; pero por lo que me ha sucedido con otros memoriales, entiendo que éste también ha de parar en el carnero. Mas porque vuesas mercedes no me tengan por mentecapto, aunque mi arbitrio quede desde este punto público, le quiero decir, que es éste. Hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de Su Majestad, desde edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vinos, huevos y legumbres se han de gastar aquel día, se reduzga a dinero, y se dé a Su Majestad, sin defraudalle un ardite, so cargo de juramento; y con esto, en veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado. Porque si se hace la cuenta, como yo la tengo hecha, bien hay en España más de tres millones de personas de la dicha edad, fuera de los enfermos, más viejos o más muchachos, y ninguno déstos dejará de gastar, y esto contado al menorete, cada día real y medio; y yo quiero que sea no más de un real, que no puede ser menos, aunque coma alholvas. Pues ¿paréceles a vuesas mercedes que sería barro tener cada mes tres millones de reales como ahechados? Y esto antes sería provecho que daño a los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al Cielo y servirían a su Rey; y tal podría ayunar que le fuese conveniente para su salud. Este es arbitrio limpio de polvo y de paja, y podríase coger por parroquias, sin costa de comisarios, que destruyen la república.''
Riyéronse todos del arbitrio y del arbitrante, y él también se riyó de sus disparates, y yo quedé admirado de haberlos oído, y de ver que, por la mayor parte, los de semejantes humores venían a morir en los hospitales.

CIPIÓN.- Tienes razón, Berganza. Mira si te queda más que decir. 

BERGANZA.- Dos cosas no más, con que daré fin a mi plática; que ya me parece que viene el día. Yendo una noche mi mayor a pedir limosna en casa del Corregidor desta ciudad, que es un gran caballero y muy gran cristiano, hallámosle solo, y parecióme a mí tomar ocasión de aquella soledad para decirle ciertos advertimientos que había oído decir a un viejo enfermo deste hospital, acerca de cómo se podía remediar la perdición tan notoria de las mozas vagamundas, que, por no servir, dan en malas, y tan malas, que pueblan los veranos todos los hospitales de los perdidos que las siguen: plaga intolerable y que pedía presto y eficaz remedio. Digo que queriendo decírselo, alcé la voz, pensando que tenía habla, y en lugar de pronunciar razones concertadas, ladré con tanta priesa y con tan levantado tono que, enfadado el Corregidor, dio voces a sus criados que me echasen de la sala a palos; y un lacayo que acudió a la voz de su señor, que fuera mejor que por entonces estuviera sordo, asió de una cantimplora de cobre que le vino a la mano, y diómela tal en mis costillas, que hasta ahora guardo las reliquias de aquellos golpes.

CIPIÓN.- Y ¿quéjaste deso, Berganza? 

BERGANZA.- Pues ¿no me tengo de quejar, si hasta agora me duele, como he dicho, y si me parece que no merecía tal castigo mi buena intención? 

CIPIÓN.- Mira, Berganza, nadie se ha de meter donde no le llaman, ni ha de querer usar del oficio que por ningún caso le toca. Y has de considerar que nunca el consejo del pobre, por bueno que sea, fue admitido, ni el pobre humilde ha de tener presumpción de aconsejar a los grandes y a los que piensan que se lo saben todo. La sabiduría en el pobre está asombrada; que la necesidad y miseria son las sombras y nubes que la escurecen, y si acaso se descubre, la juzgan por tontedad y la tratan con menosprecio. 

BERGANZA.-Tienes razón, y, escarmentando en mi cabeza, de aquí adelante seguiré tus consejos.
[...]


El acabar el Coloquio el Licenciado y el despertar el Alférez fue todo a un tiempo; y el Licenciado dijo: 

-Aunque este coloquio sea fingido y nunca haya pasado, paréceme que está tan bien compuesto que puede el señor Alférez pasar adelante con el segundo. 

-Con ese parecer -respondió el Alférez- me animaré y disporné a escribirle, sin ponerme más en disputas con vuesa merced si hablaron los perros o no. 

A lo que dijo el Licenciado: 

-Señor Alférez, no volvamos más a esa disputa. Yo alcanzo el artificio del Coloquio y la invención, y basta. Vámonos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento.

-Vamos -dijo el Alférez. 

Y, con esto, se fueron.
Miguel de Cervantes Saavedra

"...pareciéndome ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de los poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden."

  "...hoy se hace una ley y mañana se rompe..."

"...todas o las más cosas de la guerra traen consigo aspereza, rigurosidad y desconveniencia..."

"...esto del ganar de comer holgando tiene muchos aficionados y golosos; por eso hay tantos titiriteros en España..."