Chet Baker - Like Someone In Love

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domingo, 30 de septiembre de 2018

Yo, a quien Apolo visitó - Robert L. Stevenson - Escocia


Yo, a quien Apolo visitó
O fingió visitar, ahora, al acabar el día,
Deseo el descanso; no conocer
El cansancio de los cambios; no ver
A las incomensurables arenas de los siglos
Beber de la blanqueante tinta, ni escuchar
La música ahogada por el estrépito de las generaciones.
De Poems

domingo, 5 de agosto de 2018

La suerte está echada y para siempre - Robert L. Stevenson - Escocia


La suerte está echada y para siempre
maestro y discípulo, amigo, amante, padre e hijos,
caminarán separados, aunque cercanos parezcan.
Cada uno ve a los que ama tan lejos como estrellas.
Así nosotros, por siempre separados nos acercará el llanto,
con llantos contemplaremos la bahía,
las Grandes Puertas,
como dos grandes águilas que volaran sobre las montañas,
sólo unidas por sus lamentos, hasta perderse entre los cedros.
Los años irán acercándonos,
día tras día irán atrayéndonos, semana tras semana,
hasta que la muerte disuelva esta separación.
Porque amamos lo que soñamos,
y en nuestro sueño, aunque muy lejos el uno del otro,
vivimos juntos, corazón a corazón.
Olvidamos lo que somos,
nuestras almas están protegidas por un vano sueño.
Como el soldado que de una atroz guerra vuelve sin temor,
o el marino desde los abismos,
como el caminante regresa de la helada noche y de los bosques a                                                                                  [su refugio,
aún con los ojos llenos de rocío y de oscuridad.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Pronto mueren los amigos - Robert L. Stevenson - Escocia


Pronto mueren los amigos,
Cuando más los queremos
Se extinguen como oscurece el día,
Como marchítanse las flores.
Pronto llega Diciembre,
Y mirando las apagadas ascuas
Solitarios oímos soplar los helados vientos.
De New Poems

lunes, 25 de enero de 2016

Hermosa isla / Epitafio - Robert L. Stevenson - Escocia


Hermosa isla
Tu amado nombre
llega a mis oídos como la más suave música.
Amo ese mar,
y alguna veces he fondeado en las islas del Paraíso.
De Poems
Robert L. Stevenson

Stevenson escribió su propio epitafio:

Bajo el inmenso y estrellado cielo,
cavad mi fosa y dejadme yacer.
Alegre he vivido y alegre muero.
Pero al caer quiero haceros un ruego.
Que pongáis sobre mi tumba este verso:
Aquí yace donde quiso yacer;
De vuelta del mar está el marinero,
de vuelta del monte está el cazador.

domingo, 24 de mayo de 2015

Poesía para niños/ 11 - Mi sombra - Robert L. Stevenson - Escocia


My Shadow

I have a little shadow that goes in and out with me,
And what can be the use of him is more than I can see.
He is very, very like me from the heels up to the head;
And I see him jump before me, when I jump into my bed.
The funniest thing about him is the way he likes to grow,
Not at all like proper children, which is always very slow;
For he sometimes shoots up taller like an india-rubber ball,
And he sometimes goes so little that there’s none of him at all.
He hasn’t got a notion of how children ought to play,
And can only make a fool of me in every sort of way.
He stays so close behind me, he’s a coward you can see;
I’d think shame to stick to nursie as that shadow sticks to me!
One morning, very early, before the sun was up,
I rose and found the shining dew on every buttercup;
But my lazy little shadow, like an arrant sleepy-head,
Had stayed at home behind me and was fast asleep in bed.


Mi sombra

Mi sombra es más bien pequeña y va siempre conmigo,
pero su provecho para mí es desconocido.
Es idéntica a mí, tenemos igual tamaño
y la veo ir delante si a la cama salto.
Lo más peculiar en ella es que crece a su antojo,
no como lo hacen los niños, siempre poco a poco;
porque a veces se alarga como si fuera goma,
y otras se encoge tanto, que de pronto se borra.
No tiene idea alguna de cómo juega un niño,
y siempre sabe cómo ponerme en ridículo.
Es miedosa, yo lo sé por cómo se me pega.
Pero yo actúo igual, ¡me pego a mi niñera!
Una mañana temprano, antes de salir el sol,
me levanté y vi brillar el rocío en cada flor;
pero mi pequeña sombra, somnolienta y vaga,
no me acompañó esta vez, prefirió quedarse en cama.
De Jardín de versos para niños

jueves, 13 de noviembre de 2014

Viaje - Robert L. Stevenson - Escocia


Me gustaría partir hacia
Donde crecen las manzanas de oro;
Allí donde bajo otro cielo
Se extienden islas llenas de papagayos,
Y, observados por cabras y cacatúas,
Solitarios Robinsones construyen su barca;
Donde fundidas con los rayos del sol,
Orientales ciudades lejanísimas
Levantan sus mezquitas y alminares
Sobre desérticos jardines,
Y ricas mercancías de todos los confines
Se muestran a la venta en el bazar;
Donde la Gran Muralla rodea China
Con el viento del desierto a un lado
Y las campanas y las voces y la música
De las ciudades, al otro.
Donde hay bosques calientes como el fuego,
Anchos como Inglaterra, altos como una torre,
Llenos de simios, cocoteros
Y chozas de los cazadores indígenas;
Allí donde el nudoso cocodrilo
Adormilado aguarda junto al Nilo
Y el rojo flamingo vuela
A la caza de un pez ante sus ojos;
Donde la jungla por doquier,
Esconde tigres devoradores de hombres
Agazapados al acecho,
Esperando al cazador
O a alguien que viaja
Balanceándose en su palanquín;
Allí donde rodeadas por el desierto
Se levantan perdidas ciudades
Donde los niños, miserables o príncipes
Hace ya mucho que se hicieron hombres.
No hay nadie en las calles o en las casas,
Ni un ruido de niño ni de ratón,
Y cuando apacible cae la noche
No se encienden las luces de la ciudad.
Allí he de llegar
Con una caravana de camellos.
Encenderé fuego en la oscuridad
De algún polvoriento salón;
Veré los cuadros en las paredes,
Héroes, combates y fiestas;
Y en un rincón hallaré los juguetes
De los muchachos del Antiguo Egipto.
De New Poems

domingo, 31 de agosto de 2014

Novela de aventuras/1 - Fragmento de La isla del tesoro - Robert L. Stevenson - Escocia


Dedicatoria

  AL COMPRADOR INDECISO

Si los cuentos que narran los marinos,
hablando de temporales y aventuras, de sus amores y sus odios,
de barcos, islas, perdidos Robinsones
y bucaneros y enterrados tesoros,
y todas las viejas historias, contadas una vez más
de la misma forma que siempre se contaron,
encantan todavía, como hicieron conmigo,
a los sensatos jóvenes de hoy:
¿qué más pedir? Pero si ya no fuera así,
si tan graves jóvenes hubieran perdido
la maravilla del viejo gusto
por ir con Kingston o con el valiente Ballantyne,
o con Cooper y atravesar bosques y mares:
bien. ¡Así sea! Pero que yo pueda
dormir el sueño eterno con todos mis piratas
junto a la tumba donde se pudran ellos y sus sueños.


PARTE QUINTA: MI AVENTURA EN LA MAR
II. A LA DERIVA

    El coraclo1 -y bien lo comprobé antes de acabar mis andanzas- era un bote muy seguro (si conseguía uno caber en él), y también muy marinero, pero al mismo tiempo se trataba del artefacto más indócil para su manejo. No conseguía fijar el rumbo, se desequilibraba, viraba por completo ante cualquier ola, y lo más apropiado quizá sea decir que parecía una peonza. Hasta el propio Ben Gunn me confesó tiempo después que era "un tanto misterioso hasta que uno descubría sus cualidades".
  Ciertamente yo no conocía esas cualidades. No sabía gobernarlo; se atravesaba constantemente, y estoy convencido de que jamás hubiera alcanzado la goleta a no ser por el propio reflujo. Por fortuna, remase yo como quisiera, la marea me llevaba mar adentro y en ese camino la Hispaniola era un blanco difícil de no alcanzar. Al principio vi su silueta como una mancha más oscura aún sobre la oscuridad; después empecé a ver el limpio dibujo de sus mástiles y su casco, y antes de darme cuenta (pues cuanto más mar abierta alcanzaba, más rápida era la corriente), me encontré junto a su amarra y me así a ella.
   La amarra estaba tan tirante como la cuerda de un arco, porque también el barco era forzado por la corriente que batía contra su casco en la oscuridad con el rumor de un riachuelo en las montañas. Un solo tajo con mi navaja y la Hispaniola sería arrastrada por la marea.
   Recordé entonces que una amarra tirante, si es cortada de pronto, puede resultar tan peligrosa como la coz de un caballo. Si hubiera llegado a cometer la torpeza de cortarla, lo más probable hubiera sido que el latigazo nos enviara al coraclo y a mí por los aires.
   Tratar de resolver este imprevisto, me detuvo; y al punto comprendí que no tenía solución. Pero la suerte volvió a serme propicia. Los suaves vientos que habían empezado a soplar del sur y del sureste cambiaron después de anochecer, y empecé a sentir la brisa del suroeste. En estas cavilaciones estaba, cuando un golpe de aire empujó la Hispaniola contra la corriente, y con indecible gozo vi que la amarra se aflojaba, y la mano con que la tenía asida se hundió en el mar.
   Me decidí en un instante; saqué mi navaja, la abrí con los dientes y corté el trenzado hasta que el barco quedó sujeto sólo con dos hilos. Me detuve, esperando para dar el último tajo a que de nuevo soplara el viento.
   Durante toda esta faena yo había estado escuchando voces que venían del camarote; no les había prestado mucha atención, porque mi pensamiento estaba ocupado por completo en mi tarea. Pero en aquel momento, en el silencio, aguardando, no pude dejar de prestar atención. Una de las voces era la del timonel, Israel Hands, el que en tiempos fuera artillero de Flint. La otra era, por supuesto, la de mi ya conocido bandido del gorro rojo. Deduje que ambos habían bebido en exceso y que aún seguían emborrachándose; pues mientras yo atendía a sus palabras, uno de ellos, lanzando un grito propio de borracho, abrió la portañuela de popa y arrojó al agua lo que supuse una botella vacía. Pero no sólo estaban embriagados, sino que era evidente que se mostraban furiosos. Escuché una sarta de maldiciones y hasta en algún momento tales expresiones de cólera, que pensé que acabarían riñendo. El altercado pareció aplacarse y las voces empezaron a suavizarse; de nuevo pelearon, y de nuevo volvieron a apaciguar sus ánimos.
    Yo veía en la lejanía, en tierra, el resplandor de la gran hoguera que iluminaba por entre los árboles. Alguno cantaba una vieja, apagada y monótona canción marinera, con un quiebro al final de cada verso, y que al parecer era interminable, o al menos dependía tan sólo de la paciencia del cantor. Yo ya la había escuchado muchas veces durante la travesía, y recordaba aquellas palabras:

"… y sólo uno quedó
de setenta y cinco que zarparon."

    Pensé que esa canción tan triste era la más apropiada para unos facinerosos que habían sufrido tan crueles pérdidas en el combate de la mañana. Pero el tono tampoco reflejaba otra emoción que la dureza de aquellos bucaneros, tan insensibles como el océano por el que navegaban.
    Sentí entonces un golpe de viento; la goleta viró y pareció alejarse hacia la oscuridad; noté que se aflojaba la amarra, y, con un golpe de navaja, corté los últimos hilos.
    Fui arrastrado contra la proa de la Hispaniola. La goleta empezó a virar lentamente sobre sí misma, impulsada por la corriente. Me afané como llevado por todos los demonios, pues sabía que en cualquier momento podía irme a pique; vi que no podía evitar que el coraclo chocara contra el casco del barco, y traté de llevarlo hacia popa. Conseguí salvar el choque con mi peligrosa vecina, pero en el mismo instante en que daba el último empujón mis manos tropezaron con un cabo que arrastraba colgando desde la toldilla. Inconscientemente me agarré a él.
    No sabría decir por qué lo hice. Fue un acto instintivo; pero una vez que tuve bien cogido aquel cabo, y comprobé que estaba firme, la curiosidad, como siempre, pudo más que cualquier otra consideración, y trepé para echar una mirada por la portañuela de popa.
  Fui cobrando el cabo hasta que juzgué que estaba lo suficientemente cerca, y con bastante peligro me balanceé hasta que pude ver el techo y parte del interior del camarote.
    En aquel momento la goleta y su pequeña rémora se deslizaban ya velozmente por la mar, hasta el punto de que casi habíamos alcanzado la altura de la hoguera de los piratas. La goleta hablaba, como dicen los marinos, y bien alto, además, cortando las olas con un rumor de espuma; tan fuerte, que fue preciso que yo mirara a través de la portañuela para explicarme cómo los guardianes no se habían alarmado. Pero un vistazo fue más que suficiente, aunque tampoco, en mi peligroso equilibrio, hubiera podido dar más: Hands y su compinche estaban empeñados en una lucha a muerte, cuerpo contra cuerpo, y cada uno de ellos aprisionaba con sus manos el cuello del otro.
    Me dejé caer sobre el coraclo y a punto estuve de caer al mar. No había podido ver más que a aquellos dos furiosos contendientes con el rostro de ira, luchando bajo la lámpara humeante; y cerré mis ojos para que se acostumbrasen de nuevo a la oscuridad.
    La canción de los piratas había terminado, finalmente, y toda aquella mermada pandilla, alrededor del fuego, entonaba ahora aquella otra que tantas veces yo había oído cantar en el "Almirante Benbow":

Quince hombres sobre el cofre del muerto,
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! 
¡Y una botella de ron!
El ron y Satanás se llevaron al resto.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! 
¡Y una botella de ron!
[...]
Versión de David Chericián
1 El coracle o coraclo es un primitivo bote ligero, cuya forma permite llevarlo a la espalda. Mide unos 2 m. y está fabricado con cuero sobre un armazón de mimbre. La velocidad máxima es de unos 16 km/h y es una embarcación unipersonal. Su mayor inconveniente es la inestabilidad en el agua: hay que ser un experto navegante para mantener el control con un solo remo en forma de pala.