tallada hace un siglo
para vigilar las olas
desde la proa de un barco
con sus grandes ojos café
y el pelo en remolino
sobrevolando ahora en silencio
la mesa del poeta.
Esa noche en el bar
dio justo con mi codo:
idénticos ojos, idéntico pelo,
no de madera y pintura sino carne.
A él le gusta que me quede callada,
se sonrió. No me gusta callarme.
Quiero subir los escalones
de Macchu Picchu.
Quiero conversar sobre poesía toda la noche.
Quiero más vino.
